A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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SEMANA SANTA
Estamos en plena guerra mundial e RSP que leva catro anos exiliado en Chile,con 50 anos, escribe sobre a Semana Santa no ano 1944. Hoxe, 28 de marzo de 2010 é Domingo de Ramos,dita celebración no ano 1944 foi o 2 de abril.A reflexión que fai ao respecto, salvo as alusións aos bombardeos, teñen para os crentes cristiáns plena vixencia e actualidade...
Éngadimos un segundo artigo escrito en 1949 (tamén en Chile) referido por igual á Semana Santa na que RSP lembra a suas vivencias e se declara crente, para rematar dicindo como era dita celebración no seu pobo de Sada (A Coruña) e falando do cura de entón Don Gerónimo.



2 de abril de 1944

SEMANA SANTA

Por Ramón Suárez Picallo

Con la festividad de hoy, Domingo de Ramos, inicia la Cristiandad las celebraciones de la semana Santa, en memoria y recuerdo de la Pasión y Muerte de Jesús de Galilea.

Católicos o no, incrédulos o creyentes, todos cuantos llevamos como signo de una Civilización Bimilenaria, el sello Cristiano, impuesto en el hogar, en la Escuela y en los primeros pasos de la vida de relación social, cultural y política, habremos de elevar la mirada y el pensamiento por sobre de 20 siglos hacia la figura extraordinaria del gran protagonista, hacedor de leyenda y de Historia, creador de una Fe, de una Ética, y de una Idea trascendente de la Vida y de la Muerte. Y, sobre todo Apóstol, de la fraternidad, de la tolerancia y de la convivencia humanas.

Y esta evocación, que en otros años pudo ser una obligación rutinaria, en respeto de nuestros mayores, un acto de condescendencia a creencias ajenas, o un gesto de admiración al Hombre que quiso redimir al mundo, con su vida y con su sangre, tiene este año, un especial significado. El género humano está matándose en escala jamás conocida; la vida humana no vale un pitoche, en la estimativa de grandes conductores y el amor que predicó Jesús, ha desaparecido en extensas áreas del mundo conocido, para darle paso a feroces iracundias y a rencores incontenibles. Un extraño hálito de crueldad, de rencor, y de afán destructivo, envuelve a inmensas multitudes, trocando al hombre en el lobo del hombre.

En los propios Santos Lugares de Jerusalén, donde transcendió la vida y pasión del predicador de todos los amores, resuenan los estronicios de la ametralladora y de la bomba de mano en busca de la vida para exterminarla con alevosía; y en la Roma, que quiso ser heredera y depositaria del gran sermón de Bienaventuranza, se fusila, se ametralla, se bombardea y se condena con injusticia, y están en peligro de volar por los aires hechas añicos, las piedras venerables de las grandes y bellas construcciones cristianas.

Y tal estado de violencia, negadora de las más puras doctrinas del Maestro, cuyo martirio se evoca en estos días, se ha extendido a todas las latitudes y a todos los centros y aspectos de la vida colectiva y social, por el aire, por el mar, sin enlace físico geográfico, como el alcance de las grandes maldiciones.

No sólo se matan, sino que se cautivan y se torturan cuerpos y almas, se injuria, se calumnia, se levanta falso testimonio, se codician los bienes ajenos, en busca de la muerte civil ignominiosa del adversario; en pos de ?los reinos de este mundo?, que Cristo menospreció, se entra a saqueo en los sagrados recintos de honor personal, sin respetar nada, ni siquiera aquellas cosas que forman en patrimonio, imponderable e inaprensible del espíritu de los efectos y de las buenas intenciones.

¿Y después? ¿Para que todo? He aquí dos preguntas que pueden constituir motivo y tema de las meditaciones de esta Semana Santa que va a iniciarse.

¿Vendrán, para la Humanidad adolecida, después de estos días aciagos, otros días de ventura, de justicia y de paz en la tierra, para los hombres y los pueblos? La esperanza de que así sea, es la única estrella que esta oscura noche de la Historia y el premio junto a tantos dolores.

¿Bajo qué signo social, espiritual y político? No será bajo uno solo. De cuantos en el mundo predicaron ideales de redención humana, de fraternidad y de justicia, y les hicieron la ofrenda de sus vidas, había de tomarse algo; y, con todo, lograr una simbiosis universal y humana, capaz de poner fin a este cataclismo moral que elevó la violencia a la jerarquía de ley inexorable, bárbara y cruel. Y el Cristianismo -en sus múltiples variantes-, purificado por el dolor, engrandecido por nuevas modalidades, de visión amplia, tolerante y democrática, podrá hacerle al mundo que viene, nuevas y caudalosas aportaciones, si se coloca resueltamente al lado de los pueblos que claman, luchan y mueren por la Justicia y por la Libertad.

Mientras tanto, en este día, de ajetreos multitudinarios, recordemos el Domingo de Ramos de hace hoy 1911 años. Jesús, entra en Jerusalén rodeado de una muchedumbre, que bate palmas en su honor, lo proclama Rey y le rinde clamorosa pleitesía. Tres días después, parte de esa misma muchedumbre, tornadiza e inconsciente, pide a gritos el sacrificio del dulce Rabí, a cambio de la libertad de Barrabás el perdulario. Y es que, las grandes ideas y doctrinas del Maestro, no habían aún arraigado en las almas individuales, atiborradas de las falsas interpretaciones de los escribas y de los fariseos.

Semana Santa: días de recuerdo y de meditación, de examen de conciencia, y de glosa de actos y de pensamientos para saber si podemos decir, sin remordimiento, que han sido cumplidos los deberes que impone la doctrina de Cristo, a los buenos cristianos, que aspiran al bien supremo de su gracia.


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15 de abril de 1949

EVOCACIONES Y RECUERDOS
SEMANA SANTA


Por Ramón Sjuárez Picallo

Estas evocaciones, no se refieren a las incomparables procesiones de Sevilla, prodigiosa y cálida mezcla entre lo católico y lo pagano, para dar, como resumen, un espectáculo único por su originalidad; ni a las pomposas ceremonias que tienen lugar en las naves de las grandes catedrales románicas, góticas o platerescas con cánticos solemnes y sermones deslumbrantes por la elocuencia. No. Estas son evocaciones y recuerdos de una infancia humilde, discurrida en tales días como estos, en una pequeña iglesia lugareña llena de campesinos modestos y de pescadores al quiñón que tenía de patrono un San Andrés con una sardina de plata en la mano; y, en cuyo atrio, había un crucero rústico de cantería en el que aparecía, como durmiendo un plácido sueño, el dulce Rabí de Galilea crucificado; en el reverso, Nuestra Señora de las Angustias con el hijo descendido y muerto en el regazo materno, pequeñito, porque en el regazo de las madres todos los hombres, vivos o muertos, santos o pecadores, somos siempre niños. El escultor rural, tosco cantero, había puesto en la obra de piedra toda su ternura filial y su fe rudimentaria y limpia sin aditamentos retóricos. Por eso, por delante de aquella Cruz, jamás pasó nadie sin rendirle tributo de respeto; y muchos fueron los que, inclinados ante ella, confesaron pecados, imploraron perdones y pidieron consuelo para hondas congojas.

Allí conocí a Jesús, lo amé como a Redentor, mártir y amigo y lo sentí cerca de mi corazón de niño a modo de irresistible fuerza protectora llena de luz. Y hoy, con los pies destrozados de recorrer áridos caminos, y con el alma amargurada de traiciones, desengañados y desconsuelos, quiero volver a la visión bien amada y ante ella arrodillar el espíritu y decirle al viejo crucero y a la iglesia humilde: aquí estoy en espíritu; acoge como ofrenda el dolor de no poder estar en presencia física. Y tú, Cristo Redentor de cantería, bien sabes, porque lo sabes todo, que nunca dejé de amarte y que siempre te recordaré íntimamente con emoción cordial, tanto en las pocas venturas como en las muchas desventuras.


DON GERÓNIMO

Don Gerónimo, el cura párroco, era un viejecillo bondadoso, con una manga muy ancha para los pecados veniales; pero en Semana Santa adquiría un carácter tosco y severo. Cierre general de mesones y tabernas, nada de cánticos y rondas de mozos y mozas, proscripción total para carnes, huevos y alcoholes. Todo el mundo a la Iglesia, comenzando el jueves a las 12 del día. Don Gerónimo era un excelente orador sagrado, claro, sencillo y muy bien dotado para emocionar a su auditorio; y como la feligresía era pobre para traer a un predicador de campanillas, nuestro buen párroco tenía que apechugar con todos los sermones: el del jueves ante el Monumento, el de la Pasión, el viernes por la mañana, el de las Siete Palabras a las tres de la tarde y al anochecido el de Soledad. Sólo cuando regresaba de América algún indiano rico ?un tanto hereje y algo masón? había predicador forastero, pagado por el rumboso emigrante. Por lo general era un jesuita o un dominico, doctor en mil cánones y en cien teologías que los sencillos oyentes escuchaban como si oyesen llover, sin enterarse de nada. Entonces los feligreses de Don Gerónimo, recordaban los sermones del viejo sacerdote, que los emocionaban, hablándoles de un Jesús manso, dulce, suave, amigo de los pobres y de los ricos.
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Comentarios (0) - Categoría: RSP-Relixión - Publicado o 28-03-2010 00:34
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