A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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CONEJOS
Recibimos esta encantadora colaboración desde Chile, do noso bo amigo escriba e poeta Edmundo Moure Rojas, na que nos lembra e remite a vellas costumes da nosa terra.
Incluimos ademáis, nun enlace ao pé pola relación co tema, un artigo de Ramón Suárez Picallo escrito en 1949 -cando a sua estadía en Chile- no que falaba dos coellos españois (e que xa publicamos hai tempo)...



CONEJOS


(Para Joaquín Moure Figueroa)


Por Edmundo Moure


Cándido padre hizo construir, en nuestra casaquinta de La Cisterna, una enorme pajarera, levantada sobre un muro circular de ladrillos de noventa centímetros de alto, que protegía un hoyo de un metro y medio de hondura, a la usanza de las construcciones celtas que se ven aún en O Cebreiro, en la Galicia profunda, con sus agudos techos cónicos. Los maderos verticales se alzaban un metro sobre el murete, cubiertos en su circunferencia por tupida malla de alambre, incluidas sus dos puertas enrejadas. En el centro de la construcción se instaló un tronco seco de muchas ramas, para que se posasen en ellas los pájaros prisioneros, aliviando su claustrofobia. En la base de las paredes interiores, a ras de piso, se cavaron agujeros en forma de media circunferencia, con una profundidad aproximada de un metro; esto, con el objeto que los conejos (Oryctolagus cuniculus), pudiesen continuar cavando sus laberínticas madrigueras, sintiéndose a sus anchas en un amplio espacio. (Ese era el propósito algo idílico de mi progenitor).

Los conejos comenzaron a reproducirse según la mitología de los refranes que destacan su fertilidad a toda prueba y en cualquier trance. En los primeros tres meses, todo se desarrolló según lo planificado, hasta que los pequeños orejudos comenzaron a salir a la superficie por orificios muy alejados de su habitáculo, lo que presumía túneles de cincuenta metros o más. Al parecer, su acotada y relativa libertad no concordaba con su espíritu salvaje y buscaron escaparse como cualquier prisionero honorable. Pero la completa libertad tiene graves riesgos, y comenzaron a ser víctimas de los perros guardianes, que les acechaban para aniquilarlos, aunque nunca los devoraban? Este privilegio correspondía a los humanos, a despecho de animalistas y vegetarianos, menos activos que hoy en aquella época de bullangueras cacerías semanales.

Quizá no se hayan enterado ?los animalistas o zoólogos compungidos- que el conejo es una de las diez especies más nocivas para la agricultura y la forestación, sobre todo cuando menguan sus depredadores naturales, incluidos, en este caso, los cazadores y sus pares gourmets o simples devoradores de ocasión? Nosotros los comíamos en casa, según probadas recetas gallegas, de las que yo prefería el conejo escabechado. Empezábamos por la matanza, mediante un golpe con el filo de la palma de la mano, en la parte posterior del cuello, a dos centímetros de la base de las orejas. Mi padre era experto, poseedor de unas manos capaces de descalabrar un becerro? Luego venía el proceso de descuere, cuidando de no dañar la piel, que iba a ser curtida... Cándido pretendía comercializar los conejos y también sus pieles; nada de eso llegaría a concretarse, pero nos aficionamos a comerlos, aunque hoy sea difícil conseguirlos, a menos que te pasen gato por liebre? Se les extraía las entrañas, lavándolos con esmero, para luego dejarlos en remojo, con una mezcla de vinagre, sal y orégano; especie de líquido pastoso con el que se suele adobar también los cabritos lechones. Veinticuatro horas más tarde, estaban listos para ser puestos al fuego.

Era preciso no encariñarse con los conejos, no considerarlos como mascotas, pues eso impediría el deleite carnívoro de su masticación e ingesta, acompañadas de un vino tinto nuevo, liviano, pues se trata de una carne blanca y magra, muy sabrosa y nutritiva, aunque si no se lava y remoja bien, emite un dejo a orines salvajes (algo así como los riñones mal preparados)? Mis hermanas no comían conejos, encontraban que era un acto de barbarie deglutirlos. Y claro, cabe imaginar la forma e incluso la cara del conejo mirando la fuente o el plato donde yace para su destino final, lo que no ocurre cuando manducamos un bife de vaca, salvo el caso de algún poeta, pacifista trasnochado, que intuya su cara triste y sus ojos melancólicos, mirándole desde la pradera mientras muge llamando al ternero perdido, y ensaye él un soneto geórgico, pidiendo de paso una impoluta ensalada de lechuga como toda ración del condumio.

Cuando mi padre envejeció, ya perdida para siempre la casa originaria, nos distanciamos de tales hábitos de comensalía, salvo mi hermano Eugenio, reemplazando aquellas delicias por plásticos pollos de supermercado, pescados en rictus de congelamiento, y las papas fritas con sabor a conservantes químicos. Pero como todo es cíclico, ahora nuestros sobrinos y nietos recogen lo granado de los genes remotos, inclinándose por el honroso y feliz oficio de la cocina, como lo hacen Fernando e Iñigo, de manera profesional. Pero hoy destaco a Joaquín Moure Figueroa, hijo de mi sobrino mayor, José Antonio, hedonista refinado y gozador de la naturaleza, en el estilo algo rústico de los gallegos, por rama paterna, y de los colchagüinos huasos, por la materna.

Así, premunido de un sencillo rifle a postones, Joaquín recorre los predios suburbanos del llamado ?barrio alto?, donde las casonas y mansiones suelen limitar con montes aledaños, que sirven de telón de fondo a los burgueses adinerados, esos que contemplan desde lejos el paisaje, con un whiskey o un pisco sour en la mano, sin contaminarse con la peligrosa rusticidad circundante.

Hasta esos pagos se allega Joaco, pasada la medianoche, con su arma en ristre, ojo avizor y un foco para encandilar a los conejos que merodean cerca de las casas, algo confundidos y quizá aburguesados con verduras de primera selección y frutas turgentes que los propietarios extraen de las cajas de exportación y luego desechan, casi íntegras, para aprovechamiento de animalitos domésticos y bestezuelas silvestres.

No se trata de un francotirador, sino de un batidor joven que aprovecha las piezas obtenidas para transformarlas en guisos apetecibles, que comparte con amigos y parientes también seleccionados, que en esto de la familia, como en la caza, no todo es digno de llevarse a la mesa? Y si esto se acompaña con buen mosto y mejor conversa, el conejo se vuelve redivivo paradigma cocinado.

Pero no he dicho nada de las aves de aquella pajarera-conejera, quizá porque no las comíamos ?salvo las cazadas en los campos de Pilay o en Camarico- y eran apenas un adorno abigarrado y variopinto: zorzales, tórtolas, codornices (sus huevos sí los disfrutábamos); jilgueros, loros y canarios. Este escriba ya contó cómo, en el verano de 1963, el primo de mi padre, Indalecio, combatiente republicano de la Guerra Civil española, que logró exiliarse en México, abrió de par en par las puertas de la jaula e hizo volar a todos los pájaros fuera de ese cubículo que él consideraba cárcel ominosa. Las amenazas e imprecaciones de mi padre no le arredraron. Pero Indalecio no era animalista ni vegetariano. Degollaba un cordero y bebía su sangre, aliñada como exquisito ñachi, a la usanza mapuche, rito culinario que aprendió en el sur indígena de Chile. Pero las aves había que mirarlas hacia arriba, como a las doncellas hermosas.

Ayer estuvo Joaquín en nuestra casa. Llegó a las ocho de la noche, con tres conejos bajo el brazo, que preparó según una de sus mejores recetas. Éramos cuatro en la cocina, un cocinero avezado y tres curiosos conversadores que bebían cerveza para aligerar los jugos gástricos o ?limpiar las cañerías?, como dice un amigo académico. Pero todo chef que se precia degusta un buen vino mientras ejerce el sacramento de las especias y los primores que darán el punto pletórico al sacramento de la mesa? Una hora y diez minutos estuvieron los tres conejos hirviendo en dos ollas metálicas; mejor hubiera sido un par de cazuelas de barro de Pomaire, pero será para la próxima oportunidad, porque mi querido sobrino Joaco siempre está donde salta la liebre; en este caso, en el sendero donde surge un suave conejo criado entre quienes no saben apreciarlo. Y donde pone el ojo pone la bala (el postón).

La buena mesa también convoca la morriña? Si apelara hoy al tópico del ubi sunt, diría, levantando la copa llena de entrañable vino chileno: ¿Qué se ficieron aqueles nobles e garridos conejos?



Febrero 25, 2015
Coellos autóctonos españois
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 28-02-2015 00:04
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