A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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SERES DIFUMINADOS
SERES DIFUMINADOS

El recuerdo es una forma de resurrección
Oscar Wilde

Recuerdo a un viejo catalán, taxidermista, cliente de nuestro negocio, que se enfrascaba en largas conversaciones con el gallego Cándido, sobre la España franquista y el posible retorno de Galeuzca (Galicia, Euzkadi y Cataluña), una organización libertaria, fundada en 1923, que reclamaba la plena soberanía política para las tres regiones de las que procedían sus mentores, definidas como ?naciones? y se proponía la creación de un consejo conjunto, dentro del proyecto de Estatuto de las Autonomías, abortado, en julio de 1936, con el golpe de estado y la posterior guerra civil que entronizó a Francisco Franco ?reyezuelo esperpéntico- durante treinta y ocho años? Entre otros objetivos, se proponía combatir la dictadura franquista, afirmar la identidad de las tres naciones, defender sus derechos, trabajar por el restablecimiento de la república y oponerse a la restauración de cualquier forma de monarquía.
Como ustedes saben, con el advenimiento de la democracia en España se puso en práctica, a partir de 1981, la actual división territorial en diecisiete autonomías, tres de las cuales: Galicia, País Vasco y Cataluña, poseen la calidad, consagrada por la nueva Constitución española (1978), de ?Autonomías con carácter de Nacionalidad Histórica?, poseedoras, asimismo, de una lengua propia y distintiva, teniendo las cuatro lenguas vernáculas el rango de ?idiomas oficiales? del Estado: Castellano (Español), Catalán, Vascuense y Gallego.
Pero yo hablaba del catalán embalsamador ?no de propósitos de autonomía-, cuyo apellido no recuerdo, aunque se llamaba Joaquín, un sesentón recio, de mediana estatura, cabellos canos y boina calada hacia la derecha. Poseía unos predios en la Salamanca chilena, en el valle del Choapa, donde Eugenio y Emilia tienen una bella casa en la localidad de Peralillo? Don Joaco era lector entusiasta de Pío Baroja y no le gustaba Ortega y Gasset, por ?relamido y germanófilo?; esto de asiduo a los teutones debe entenderse, y así lo entendía él, por su afección a la filosofía alemana y no por simpatía con el militarismo? Compartía con nuestro padre su afición por la caza y cargaba sus propios tiros, con perdigones seleccionados. No se comía las aves derribadas, pero adolecía del síndrome egipcíaco. Me regaló una docena de piezas embalsamadas que instalé en mi habitación individual, hasta que mamá Fresia me conminó a sacarlas, porque acumulaban polvo y asustaban a la abuela con sus alas fantasmales y sus picos entreabiertos. Don Joaquín quiso enseñarme las técnicas de momificación animal, pero lo encontré repulsivo y cruel? Son cosas de faraones y museólogos -pensé-, aunque no se lo dije.
El catalán desapareció, como tantos otros seres que llegan y se van de nuestra existencia, sin ruido ni despedidas tristes e inútiles? Como nos iremos nosotros, para otros tantos, cerrando la última puerta hasta el fin del mundo. Ahora que le recuerdo, don Joaquín tenía cierto parecido con el gallego-chilote, Demófilo Pedreira, de quien mucho llevo escrito, difuminado también, y no por desaparecimiento luctuoso, como se estilaría, una década más tarde, en esta patria con forma de puñal que aún habitamos.

Recuerdo a un individuo gordo y amanerado, de apellido rimbombante, socio del Club de Leones cisternino, donde casi todos eran calvos, pero cantaban con desparpajo y fundamento el himno institucional, sobre todo aquella estrofa: ?Al aire la melena que flamea?? Y hasta tentaban un ademán como de aventar los inexistentes cabellos enmarañados? El hombre de marras también llegaba a la ferretería, a conversar con papá Cándido? El negocio era una especie de tertulia natural, más un locutorio que un comercio riguroso; quizá ello explique su escaso éxito pecuniario. Del Real -así lo bautizaré para efectos del relato-, llegó un día a preguntar a nuestros padres si podían recomendar a uno de sus hijos, postulante al Liceo de Niñas Nº 10, que era mixto, pero prevaleció su denominación de género, quizá como avanzada de un feminismo que ?a Dios Padre gracias- estaba aún en pañales? En el momento en que mi madre iba a darle el nombre de la directora de aquel pujante establecimiento de educación media, y puede que algún dato adicional, intervine yo y le dije: -?Mire don Fulano, hable con doña Etelvina Cifuentes, la directora, que es una mujer tan pechoña como usted: de rosario, misa y comunión diarias; por ahí se van a entender ligerito y el cabro quedará matriculado??
Nunca más me saludó el viejo Del Real. Me ignoraba por completo, y se dirigía a nuestros empleados, los hermanos Escalante, para inquirir por ?don Cándido? o ?doña Fresia?? Tío Clemente afirmaba que lo deslenguados y ?mete pata?, nos viene por el lado de los Ramírez y no por la rama gallega de los Moure, más proclives a la torpeza ingenua que al latigazo aleve de la sorna. Puede ser.

Otro personaje de aquella ilustre clientela era don Fritz, un alemán coloradote y rechoncho, como esas ?gordas al plato? que sirven en la Fuente Alemana, de pequeña estatura, poseedor de voz potente y cavernosa, que ya se la hubiera querido el cabo Führer para arengar a sus compatriotas... El obeso germano calzaba altas botas negras, invierno y verano, y en la mano derecha agitaba un ridículo bastón de comandante de campo. Descendía de un automóvil descapotable, chato y ancho, una especie de jeep de fabricación propia, que había construido en su taller, adosándole un motor Adler que rugía como asmático en trance de convulsiones.
Le acompañaba su mujer, Frau Evelyn (no la rubiecita que baila twist con incautos proletarios), una alemanota maciza que le doblaba en estatura. Ambos eran nazis conspicuos, sin fisuras ni desvirtuaciones democráticas de falso arrepentimiento. Solían lamentar la ineficiencia de los hornos crematorios y la precaria estrategia militar de Adolf? -?De lo contgrario- aseguraba Fritz, -otrgo gallo nos cantaguía?? Y se le enredaba la implacable gue en la garganta? Discutían con Cándido, pero la irreconciliable ideología se evaporaba en los gorgoteos de una gruesa cerveza artesanal, que Fritz y Evelyn preparaban ?parga congsumo familiarg, nada más?? Extraían una pequeña barrica de la cajuela de aquel engendro automotriz y se iban a beber a la galería de la Casa? La abuela Fresia se retiraba a sus habitaciones, con olímpico mohín de desprecio, y bien pudo haber dicho, aunque no lo aseguro ahora: -?Estos alemanes pueden resultar tan ordinarios como los españoles?.
Una tarde de domingo, a la hora del crepúsculo, cuando regresábamos de casa de las hermanas Cayazzo, mis primos Sergio y Manolo, Rolando Macari y yo, escuchamos un gran estruendo? En la vía que corre de sur a norte de la Gran Avenida, un automóvil había chocado con la parte posterior de un enorme camión estacionado. El vehículo menor se metió bajo la rampa? Corrimos hacia el lugar, en medio de los alaridos de los cuatro ocupantes del auto? Era el matrimonio alemán, Fritz y Evelyn, y dos amigos? Intentamos sacarlos. Fue imposible. Diez minutos más tarde apareció un carro de bomberos, luego la ambulancia y un furgón policial. Todos estaban vivos, pero malheridos. Meses después, volvieron a la ferretería, Herr Fritz y Frau Evelyn, cojeando y con algunas persistentes magulladuras. Habían adquirido un escarabajo, el ?auto del pueblo?, que Hitler prometió construir, en número de un millón, para los buenos y obedientes alemanes? El gordo ponderó, de viva voz, las cualidades inigualables del Volkswagen? Papá Cándido esbozó contra mí un gesto de reprobación y amenaza, cuando le dije a Herr Fritz: -?Y tendrá buenos frenos, para no meterse debajo de los camiones?.
En todo caso, la disminución física no hizo mermar sus convicciones prusianas? Creo que en esa oportunidad, papá Cándido acompañó la generosa cerveza con uno de los jamones serranos que colgaban en el repostero, ante la inútil reconvención de mamá Fresia. Recordé la sentencia del primo Eladio, en la casa petrucial de A Touza: ?Se hai pobreza, non se pasa fame nesta casa, non?? Era cierto; y tampoco sed.

El Gualeta era un mocetón fornido, de impresionante musculatura, que trabajaba con la intermitencia propia de los bebedores asiduos, o alcohólicos compulsivos, si se quiere... Se le veía deambular por la punta de diamante del paradero 27, en busca de cualquier trabajo ocasional, como changador de camiones que abastecían de cemento y otros materiales a las ferreterías y barracas del sector. Solía andar con el torso desnudo, exhibiendo sus bíceps y pectorales, para delectación de las domésticas del barrio, que soñaban con una tarde a campo traviesa, adheridas a ese Apolo villano y sentimental. Pese a su envergadura física, el Gualeta no era buen peleador, y muchos compañeros de juerga y borrachera le habían infligido memorables palizas.
En una de las tantas riñas, el Gualeta acuchilló a un cargador, dejándolo gravemente herido. Estuvo preso tres o cuatro meses, en la Penitenciaría de Santiago. Salió de allí algo enflaquecido, pero sin perder su atlética apostura. Durante la reclusión, su mujer, que cumplía de lavandera en varias casas del vecindario, pregonó por el barrio que iba a abandonarle, porque le daba mala vida y la golpeaba con mayor eficacia que a sus compinches de jarana. Una tarde de verano alguien nos avisó que había visto al Gualeta, desnudo, en un sitio aledaño a nuestra quinta, que daba a calle Vicuña Mackenna?
Nos encaramamos sobre la tapia y lo vimos, justo cuando su mujer ingresaba al sitio, sorteando la alambrada. La había hecho llamar por uno de sus secuaces etílicos, pues sus tres cuñados le amenazaron de muerte si se acercaba a la casa de su hermana ofendida. Pese a todo, se reunieron en abrazo conyugal, en medio de los yuyos y las ortigas? Ni el más pretencioso reality podría emularse con aquel espectáculo ?en vivo?, cuando la televisión era apenas sueño fantástico y remoto.
El encuentro concluyó de manera abrupta. Dos carabineros, alertados por padre Cándido, lo condujeron a la comisaría cercana, esposado y cubiertas sus partes pudendas con un saco harinero. Al pasar aquel curioso trío, por la vereda, frente a nuestro negocio, mi padre le hizo al Gualeta un gesto de amenaza, gritándole: -?Asqueroso, degenerado, ya vas a ver?? El Gualeta se volvió, y con voz sollozante, pero respetuosa, le contestó: -?Bah, si ella es mi mujer, y por las tres leyes, para que sepa??
Mi primo abogado hubiera dicho: -?Pero cada caso particular tiene su propia jurisprudencia?.

Les prevengo que el día en que mis recuerdos comiencen a difuminarse, tendré que recurrir a memorias ajenas. Tal vez encuentre entonces un escriba que me haga resucitar con sus palabras, aunque sea a través de un dibujo imperfecto.


Edmundo Moure

Octubre 16, 2013
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 16-10-2013 23:43
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