A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
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CHILE septiembre 1973

E para rematar estas vivencias chilenas ocurridas hai 40 anos, insertamos esta nova colaboración de Edmundo Moure na que lembra un dos actos celebrados o pasado día 11 no estadio Nacional de Santigo no que tomou parte coa sua familia.


LA MEMORIA VIVA DE NUESTROS DESAPARECIDOS


La política de aniquilación del enemigo ideológico, adoptada por el Estado chileno, a través de la manu militari de la dictadura, con el concurso activo de los civiles de la Derecha favorecida, no alcanzó los resultados que aquellos cuatro sicópatas de uniforme preveían, desde el primer acuerdo de la conjura contra Salvador Allende. ?Estamos dispuestos a extirpar el cáncer marxista hasta sus últimas consecuencias?, fue parte de la proclama delirante de Gustavo Leigh, comandante espurio de la fuerza aérea de Chile, propósito cuartelero de combate que hicieron suyo los otros tres generales golpistas, aquella borrascosa mañana del 11 de septiembre de 1973.

Cuarenta años después, tanto esa política como su vaticinio febril, no pudieron cumplirse a cabalidad, pese a que la planificación del exterminio se hizo efectiva con brutal eficacia en todo el territorio nacional, e incluso en el exterior, como ocurriera con los atentados que agentes de seguridad de la siniestra DINA, dirigidos por el coronel Manuel Contreras, perpetraron en Buenos Aires, Washington y Roma.

Sergio Arellano Stark, compañero de armas de Augusto Pinochet Ugarte, uno de sus íntimos incondicionales, quien convenciera al dictador en ciernes para que se sumara al golpe, llevó a cabo el espeluznante recorrido de la ?caravana de la muerte?, a lo largo de Chile, cumpliendo un calendario de ejecuciones encomendadas por su jefe directo, Pinochet. Las pruebas irrebatibles de estos crímenes provocaron, veintisiete años más tarde, el desafuero del militar, ungido senador en virtud de la Constitución antidemocrática que dictara, bajo inspiración del genio ideológico de la Derecha, Jaime Guzmán. Pero aquellos fundamentos irrefutables no le significaron el juicio penal que casi todo Chile esperaba, porque los jueces, venales y serviles, le lanzaron el salvavidas de la misma causal de incapacidad que iba a dejar también impune al mílite Arellano Stark: demencia senil o Alzheimer. Como si los estragos de la edad provecta pudiesen constituir una coartada para los criminales de lesa humanidad.

Anoche, 11 de septiembre de 2013, concurrimos al homenaje que varias agrupaciones políticas y sociales rindieron a los caídos, torturados y desaparecidos en el Estadio Nacional de Santiago, el primer recinto que los militares habilitaron, al día siguiente del Golpe, como prisión masiva y centro de apremios y torturas. Marisol, mi compañera, tenía quince años en 1973. Mis hijos, José María y Sol, no habían nacido aún. Yo tenía treinta y dos años y era entonces militante del Partido Comunista. Los cuatro participamos, unidos por distintas experiencias y por la misma conciencia histórica, porque en nuestro hogar el pensamiento, la palabra y la memoria son inseparables para urdir una vida consciente y auténtica. Esto es lo primero, antes aún que los esfuerzos de manutención y las urgencias de la vida pedestre.

Llegamos a las siete de la tarde ante la entrada principal del Estadio, donde se alza esa estatua desnuda del discóbolo que suele ser objeto de burdas bromas; esta vez lucía un clavel rojo en el pubis, lo que no me pareció grotesco ni extemporáneo. Quizá pude haber aventurado una metáfora de humor equívoco, pero nuestro espíritu se orientaba a revivir y honrar la memoria de tantos compatriotas ultimados por el odio de un poder que actuó, ciego y sordo, para servir a sus dos amos: la plutocracia chilena y sus secuaces internacionales. Nos integramos, pues, en expectante silencio, al enfervorizado ambiente de la conmemoración.

Frente a una sencilla tarima, flanqueada por velas que formaban sobre el piso las siglas del Partido Socialista y del Partido Comunista, se instaló una abigarrada concurrencia de miles de entusiastas convocados, entre los cuales resaltaba la pujante juventud, integrada en su mayoría por nietos que aquella ?generación diezmada? a la que pertenecemos los veteranos del 70?. Pude reconocer a antiguos compañeros que cumplían, con emoción y entusiasmo, su deber memorioso. Entre ellos, Yerko Vilina, Bruno Serrano, Luis Vera, Max Berrú, César Millahueique, Juan Samuel Aravena; este último leyó un breve y desgarrador texto poético sobre el tópico de la paradoja del perdón, visto desde su perspectiva testimonial de combatiente que sobreviviera al horror.

Al inicio del acto programado, nos fueron entregadas sendas fotografías de desaparecidos y ejecutados. Recibí la imagen vívida de Carlos Berger Guralnik, a quien ayer veíamos representado en el film de Andrés Wood, ?Ecos del Desierto?, concebido sobre la trama de la feroz encomienda de aquella ?caravana de la muerte? y la ejecución sumaria de Carlos Berger, esposo de la abogada Carmen Hertz, ejemplar luchadora por la causa de los derechos humanos a la que consagró, sin pausa, estas cuatro décadas. Recibí aquel retrato con unción, entendiendo que no se trataba de una simple coincidencia, sino de sucesos que constituyen eslabones de nuestra propia circunstancia. Lo alcé sobre el semicírculo, como si se tratase de un hermano de sangre caído en la desigual lucha por la dignidad del pueblo chileno.

Nos acompañaron la música de varios conjuntos, la voz de las representantes de la Agrupación de Detenidos Desaparecidos, el canto de Isabel Aldunate, el testimonio de dirigentes juveniles que asumen como propio el legado de la Unidad Popular; todo ello con el trasfondo vibrante de la voz del compañero Presidente, Salvador Allende, a través de sus discursos más señeros.

Al promediar la velada conmemorativa cantamos, en multitudinario coro, la canción ?Libertad?, inspirada en un célebre poema de Paul Eluard. El fuego de la memoria parecía entibiar el frescor de la noche de septiembre. Recordé en silencio las imágenes de aquel martes aciago de 1973, cuatro décadas atrás... Acudieron nombres y rostros amigos, con lacerante nitidez. Pero en el ambiente aligerado por la música y las jóvenes palabras, parecía flamear el apremio sin tiempo de la esperanza.

Entonces nos miramos, Marisol y yo, para luego abrazar a nuestros hijos y coincidir en un juicio íntimo, que se volvía grito multitudinario en todas las gargantas: ?La memoria viva ha derrotado, una vez más, a la artera ceniza del olvido?.

Y, como nos expresara Pablo Poeta, quien se marchó, doce días después de la asonada: ?Somos pueblo, pueblo innumerable, y desde la muerte, renacemos?.

Que así sea.


Edmundo Moure
11 de septiembre de 2013
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 13-09-2013 00:31
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