A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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RECUERDOS DEL 11 DE SEPTIEMBRE (EN CHILE)


RECUERDOS DE AQUEL 11 de SEPTIEMBRE


El martes 10 de septiembre de 1973 tuvimos clases en el Pedagógico de la Universidad de Chile, en calle Macul. Yo cursaba Pedagogía en Castellano (no en ?Español?, como dicen ahora), en horario vespertino, a mis treinta y dos años de edad? Manuel Alcides Jofré, joven y entusiasta profesor, nos impartía Literatura Latinoamericana. Salimos cerca de las 11:00 de la noche. Manuel nos dijo, con el rostro agobiado por la preocupación: -Las cosas se están poniendo feas? Cúidense, muchachos?.

Clemente Astudillo y yo, logramos abordar una micro atestada de torvos ciudadanos, rumbo a la Alameda con San Diego, para coger allí un colectivo o lo que fuese, rumbo al sur íntimo. Santiago del Nuevo Extremo parecía una ciudad sitiada, sumida en la oscuridad por los constantes cortes de luz provocados, tanto por los opositores al gobierno de Salvador Allende, como por ?cabezas calientes? de la Unidad Popular. Todo valía para contribuir al desorden.

En medio de los barquinazos del microbús, el Flaco Astudillo me dijo: -Mañana darán el golpe los milicos. Estoy seguro-. ?Cállate, huevón- le dije, me tienen hasta la tusa con esos vaticinios golpistas? El Flaco señaló hacia la calle, mostrándome las estaciones de servicio, a oscuras y sin la constante protección policial que habían tenido hasta ese día. ?Por algo habrán acuartelado a los pacos? No he visto ni uno solo a lo largo del trayecto-, insistió mi pesimista y lúcido compañero.

No quise creerle a Clemente Astudillo, condiscípulo del Pedagógico y camarada de célula. Yo me negaba a considerar las evidencias, como un enfermo terminal que no quiere oír las admoniciones irrefutables del médico. Se podía percibir en el aire la tensión del ambiente, reflejada en los rostros cetrinos de los pasajeros. Con suerte, logramos trepar a un minibús que nos dejó en el paradero 18 de Gran Avenida. El chofer no quiso continuar, a la vista de vehículos militares que atronaban la rúa. Desde ahí, caminamos hasta el paradero 25. El Flaco siguió, rumbo a San Bernardo. Fue la última vez que le vi. Hoy es un nombre más entre los miles de desaparecidos de la represión cuartelera que asolara Chile durante diecisiete años.

En casa me esperaban un sinnúmero de quejas y una larga lista de las vituallas que faltaban. Se me enrostró mi apego a una causa absurda, que nos tenía al borde de la inanición, gracias a los continuos desaciertos y tropelías de la ?Upé?, sigla peyorativa que empleaban los enemigos del socialismo ?vulgo ?momios?-, y que tenía su correspondiente gentilicio: ?upeliento?. El lenguaje exhibía también sus acerados cuchillos fratricidas.

Poco dormí aquella noche. A las 6:30 del miércoles 11, salí rumbo a mi trabajo en las oficinas de Química Hoechst, ubicadas en calle Teatinos, frente a la sede del Partido Comunista y a la Librería Austral, donde la fiel y diligente compañera Violeta me proveía de buenos libros, a precios irrisorios y con un crédito abierto, como corresponde a la solvencia de un escritor en vías de celebridad.

Descendí del microbús en la esquina de Lord Cochrane con Alameda. Vi dos tanquetas de carabineros desplazándose hacia La Moneda. Todo el sector aledaño de la Avenida Bulnes estaba acordonado, impidiendo el paso de peatones y tránsito vehicular hacia los alrededores del palacio de gobierno. Caminé rumbo al norte, por calle Amunátegui. A las 7:45 ingresé en la Hoechst. Recién pasadas las 8:00, mi jefe entró como una tromba en la oficina. Se le veía exaltado, pero feliz. Traía en su mano derecha una radio a pilas. -¡Por fin!- gritó, las Fuerzas Armadas se han rebelado contra este gobierno de mierda?

A las 9:15 de la mañana, don Jorge Mosel, gerente alemán de la empresa, impartió la orden para que todos nos retiráramos a nuestras casas, hasta nuevo aviso. Abandoné la Hoechst y crucé la calle Teatinos hasta la puerta del Partido. Estaba cerrada, al igual que la librería. A través de las ventanas no se veía a nadie, pese a que dentro se encontraban más de cuarenta compañeras y compañeros, convocados quizá a lo que sería una resistencia suicida. En efecto, ninguno de ellos escapó con vida de aquella casona donde se fraguaron tantos sueños.

Caminé hacia La Cisterna, bordeando la carretera Panamericana. Camiones militares se dirigían al centro de la ciudad. El cielo comenzaba a llenarse de nubarrones, traídos por los vientos de septiembre, otrora venturosos anunciadores de las Fiestas Patrias. En San Miguel me topé con unas patrullas de milicos de la Aviación, que derribaban puertas de dependencias municipales. Era la comuna de los hermanos Palestro, Mario y Tito, luchadores socialistas de toda una vida. Mario lograría escapar al exilio. Tito fue lanzado al mar, desde un helicóptero.

Llegué a casa, cariacontecido y agotado, no de la caminata, sino de la insoportable tensión asociada al miedo, a la impotencia, al desconcierto. Me encontré en el umbral con mi pequeña hija Karen, que cumplía ese día aciago siete años de vida. ?Papá- me dijo, no hay nada para que me hagan la torta de cumpleaños, pero la Nena armará una con galletas que tenía guardadas? Y sonrió, feliz y ajena a la tragedia colectiva.

El 11 de septiembre había dejado de ser, para siempre, una fiesta augural y jubilosa.

Edmundo Moure
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 06-09-2013 00:48
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