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Imos vendo o detalle do teito
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Aquela preciosa casa frente a estacion vella, que sucumbeo a piqueta pra facer un adefesio

donada por familia redondo penide

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5 Comentario(s)
1 Debajo de esa terraza redonda se guardaban las piraguas de Benito Durán, en las que tanta gente se divirtió en los veranos de tantos años en la Playa Compostela.
El trocito de pared oscura que se ve a la izquierda y que contrasta enormemente con el blanco impoluto del chalet de Montero, pertenece a la casita en la que nacimos y vivimos mis hermanos y yo (menos la más pequeña). Ya lo comenté en otra foto y no quisiera ser muy reiterativa, que cuando los inviernos eran crudos el mar golpeaba el malecón que se ve en la foto y el agua llegaba hasta la mitad del jardín, y nuestros padres nos llevaban a dormir a las casas que habia en la misma finca y que eran ocupadas únicamente en verano. Mi padre era el guardian de éllas y se permitía la confianza, aunque solo era para resguardarnos en las noches de temporal.
Las escaleras que se ven eran de piedra y los golpes de mar las iban deteriorando, lentamente, dada la dureza del material, pero incesantemente, y llegaba a horadarlas por la parte inferior.
Los temporales de estos últimos meses nos trajeron aquéllos recuerdos, y lo estuvimos comentando estos días. Claro que ya no es lo mismo, entonces era solo el malecón el que nos separaba del mar cuando había marea llena y ahora bastantes metros nos separan de la orilla. Tantas toneladas de losetas y ¿arena? han dejado sepultados muchos recuerdos de los que nacimos y vivimos a pie de playa.
Tal vez este anterior punto y seguido debería corresponder a la galería “ A Praia Compostela”, pero mirando esta foto no encontré del todo fuera de lugar expresarlo como un sentimiento, ya que es el sitio donde nací, viví, y sigo viviendo.


Comentario por Mary Gallego (11-03-2010 19:56)
2 Yo, que he nacido y vivido muchos años cerca del mar, comprendo los sentimientos y vivencias que manifiesta Mary Gallego. Comprendo la añoranza de aquellas vivencias, y más aún si se experimentaron a pie de playa. El contacto directo y constante con el mar, lo mismo con buen tiempo que en condiciones meteorológicas adversas, moldea -tal vez, esculpe- el carácter sentimental de las personas que lo han vivido.

Mis vivencias al borde del mar no son tan directas, pero sí muy cercanas. Lo tenía a 15 ó 20 metros de la galería, en la casa de mis abuelos. Aunque se trataba de un primer piso -calle Ramiro Cores (la actual Avda. de La Marina), entre la Plaza de la Pescadería y la antigua Estación Sanitaria del Puerto-, enfrente sólo estaba el mar, las islas Malveiras y Barbanza (la banda del mar, se decía). No existían, por tanto, ni el muro de contención del relleno, ni el actual muelle de pasajeros. Únicamente estaba, majestuoso, el emblemático muelle de hierro.

Cuando el invierno arreciaba y la llegada de un temporal era inminente, recuerdo que en la Plaza del Obelisco -así la llamábamos todos-, en el muro que cerraba el solar donde luego se erigió el edificio de la Caja de Ahorros Municipal de Vigo, aparecía un cartel de aviso, pintado a mano; que, más o menos, decía: ‘Esta noche habrá una galerna’. Así las cosas, a través de aquel medio informativo, efectivo al cien por cien, el parte meteorológico tenía una rápida difusión, al circular de boca en boca.

Una vez situados, diré que, desde aquella galería de obra con ventanas de guillotina, como si del puente de un buque se tratara, contemplaba emocionado aquellos meteoros que, invariablemente, se sucedían todos los inviernos. Comenzaban con una brisa suave que, poco a poco, se iba intensificando hasta convertirse en fuerte viento. Los focos del alumbrado público empezaban a oscilar hasta alcanzar un movimiento frenético. Todo lo que había en la calle: papeles y materiales ligeros diversos, emprendía un vuelo disparatado, sin control. Y el mar, que se encontraba en marea alta, empezaba agitándose con un lento vaivén, que iba acrecentándose a medida que el viento arreciaba, hasta convertirse en olas encrespadas. La altura de las olas era cada vez mayor, y las blancas crestas, suspendidas en el aire, se fraccionaban en gruesas gotas que, con gran violencia, se estrellaban contra los cristales de aquella galería. La inquietud que sentía era inevitable, pero el espíritu aventurero que todos llevamos dentro me impedía abandonar aquel mirador, aquella atalaya, aquel puente de mando imaginario que, para mi tranquilidad, se encontraba en tierra firme.

El viento iba amainando a lo largo de la noche; y el mar, a medida que la marea descendía, recobraba la tranquilidad. Al despuntar el día, el único rastro que quedaba del temporal eran los desperdicios esparcidos por toda la calle. También, naturalmente, embarcaciones con múltiples desperfectos. Unas, hundidas; otras, todavía a flote, seriamente dañadas; y algunas, en lugares inesperados.

Aquellos inviernos de ciclones y galernas, temporales con entidad, constituyen una parte importante de mis recuerdos, vivencias y sensaciones. Una parte de mi vida frente al mar.

Comentario por Roberto Núñez Porto (14-03-2010 23:22)
3 Como no podía ser de otra manera a manos de mi admirado y entrañable amigo, Roberto (a quien aprovecho para enviar un afectuosísimo saludo) redacta como si de un guión cenematográfico se tratara la emoción que puede llegar a sentirse detrás de una ventana un día de temporal, ventana que para las mentes "calenturientas" a los que se nos desata facilmente la imaginación ante cualquier emoción, se nos convierte en una pantalla de cine 3D. Y es que los temporales -observados a buen recaudo, claro-, son emocionantes, y el mar contribuye de una manera muy especial. En tierra firme es una tormenta, pero al lado del mar es un espectáculo. El mar se vuelve salvaje, agresivo, pero cuando eres niño y vives a su lado, te atreves a tutearle.
Y una cosa de la que guardo especial recuerdo es que cuando esperábamos la llegada de alguno de esos temporales que amanazaban con llegar y el viento era ya exageradamente violento, siempre conseguía ver desde esa ventana que se ve en la foto alguna gaviota que en un vano intento de avanzar en su vuelo, se quedaba suspendida en el aire, planeando y sin moverse de su sitio. Nunca llegaba a entender como el viento tan fuerte que soplaba no lograba zapatearla contra ninguna pared o contra el suelo. Durante un tiempo pensé que las gaviotas eran seres sobrenaturales. Ilusiones maravillosas de la infancia.
Comentario por Mary Gallego (15-03-2010 23:42)
4 Mari e Roberto,volos dous contádelo moi fermoso, nembargantes miña nai contábao doutro xeito, cando viña o temporal lembraba aqueles mariñeiros porriba das ondas do mar, aqueles salseiros que metían medo, aquelas suradas que non remataban, sen poder sair a ganar un patacón. Outra película, pero esta de medo. Un abrazo ós dous
Comentario por lolita camiño (17-03-2010 00:24)
5 Lolita, efectivamente, todo tiene su cara y su cruz. Una cosa es contemplar el mar enfurecido, como mero espectador; y otra, muy distinta, siendo actor protagonista. Es decir, participando activamente en la lucha contra los elementos. Y, sobre todo, si de ello depende el sustento y la supervivencia. Sin embargo, amiga mía, ya sabes que: 'Nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira'. Un fuerte abrazo.
Comentario por Roberto Núñez Porto (17-03-2010 01:27)
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