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Oubiña, os Troche, Pura....
Oubiña, os Troche, Pura....

Pois si, ali vivia a familia Troche, Nieves o seu home e os seus fillos Farruco e Susana, o Pai era fillo de Señora Mercedes a Carrachaza da tienda de loza.



foto donada por la familia Fernandez Garrido

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3 Comentario(s)
1 Me alegra ver esta foto, pues nunca había visto ninguna tomada desde este lado de la calle.
El letrero de Philips, pertenece al establecimiento de Claudino Castro Soto.
A la derecha, la tienda-bar de Pura,que lindaba con una vivienda de una familia que su padre creo que era ferroviario, y su hija se llama Susana.
Después el callejón, de la "calle sin identificar" y la primera casa era una tienda exposición de material sanitario, posiblemente de Hijos de Francisco Otero "Corbatilla", y la segunda el bodegón de Wenceslao Oubiña,con el "carro del Rubio" a la puerta, en horas de descanso,y los barriles de vino probablemente vacíos, apoyados en la acera de enfrente.
Después la zapatería del abuelo de Secundino Reguera, y retranqueando un poco, estaba la casa de Maria Luisa Puga Quinteiro "Profesora en Partos" tal como rezaba el cartel a la puerta de la casa. Esta señora estaba casada de segundas nupcias con José Villaverde.En el bajo, estaba el estudio de "Foto Nacho".
Ya por ultimo, el local en donde estaban las oficinas de la Organización Nacional de Ciegos, la persona que estaba al frente de esta organización, se llamaba Samuel (a confirmar).
Comentario por luis (26-01-2010 00:35)
2 Creo que ya poco queda por decir de la zona.
La de Oubiña ya la hemos comentado en otras fotos.
En la Once vendian el cupón: Samuel, Costa, Sr. Manolo "o rulo" que antes había tenido un carrillo con caballo, ....
Comentario por Paco Salgado (28-01-2010 20:50)
3
RECUERDOS DEL EMBLEMÁTICO LOCAL VILAGARCIANO
La familia Oubiña: Dos generaciones tras el mostrador

Wenceslao Oubiña abrió en 1918 un almacén de harina que, con la llegada del racionamiento, se dedicaría al despacho de vino y después, a la venta de productos “al detall”. Cuando él se jubiló, ya con 90 años, se hizo cargo del local su hijo Quinso.

Quinso nació en Vilagarcía en 1923, cinco años después de que su padre, Wenceslao Oubiña, llegase desde A Illa para abrir un almacén de harina en la calle Rey Daviña, que 34 años antes de la proclamación de don Jacobo como alcalde, se llamaba calle de González Besada.
Wenceslao se hospedó en el Hotel Carballinés, que por aquel entonces estaba ubicado en San Roque. Con su tez morena y su sombrero de paja enseguida encandiló a Concha, la hija de los dueños. Y aunque en un primer momento éstos no vieron con buenos ojos el noviazgo por la diferencia de edad entre ambos (él tenía 48 años y ella 19), su amor posibilitó la boda.0
El almacén de harina fue prosperando hasta que, con la llegada de la guerra y el racionamiento, el negocio derivó en la venta de vino: “Con la guerra, la harina empezó a escasear y a racionarse y mi padre empezó con el vino porque era la única mercancía que seguía libre, que no estaba intervenida por el gobierno”, explica el propio Quinso, que pronto se convertiría en su sucesor en el negocio.
“Al estar el resto de mercancías racionadas, te obligaban a acudir al extraperlo y como mi padre no quería, se dedicó al vino. Siempre decía que quería vivir tranquilo”.
Sus principales clientes eran, precisamente, bares de A Illa a los que Wenceslao vendía al por mayor. Pero con el fin de racionamiento y la proliferación de productos, proliferaron también los pequeños clientes que compraban “al detall”.
Quinso Oubiña explica que, al principio, en el local no había “chiquiteo”. Su conversión en “bar” llegó casi por casualidad, de la mano de dos vecinos de la calle. “El Quisque” y Joaquín, “El cestillero”, acostumbraban a quedar en “la de Oubiña” para tomarse una chiquita y pronto se les fueron uniendo nuevos tertulianos. Tan estrecha era la relación del “Cestillero” con el local que Quinso acabó casándose con su nieta, Esther.
No es de extrañar que eligiese esposa en la calle del negocio. Cuenta que durante los 14 primeros años en los que trabajó allí no pudo darse ni un solo baño en el mar, a pesar de que por aquel entonces las olas llegaban hasta la Avenida de la Marina. Abría a las 10 de la mañana y, tras un intermedio para comer, se iba después de la una y media de la madrugada, excepto los sábados, que cerraban pasadas las cuatro. La jornada también se prolongaba en los días de invierno porque, con el frío, el aceite a granel se congelaba y había que quedarse hasta las dos de la mañana dándole calor a la máquina que de otro modo no funcionaba.
27 barriles de vino > También tocaba trasnochar cuando llegaba el camión del vino. Quinso Oubiña explica que al principio el vino llegaba de Tarragona, después de Reus, Las Palmas del Condado y Huelva, de dónde también traían coñac y vinagre y, finalmente, de Castilla-La Mancha. Y si al principio viajaba por tren, después lo hizo en cubas de 5.000 litros de blanco y otros tantos de tinto. Las traía un camión y la víspera de su llegada tocaba quedarse hasta la madrugada para limpiar los 27 barriles.





Quinso trabajó incluso el día de su boda: “Me casé un domingo a las cinco y media de la tarde. Trabajé hasta las dos, fui a una peluquería a afeitarme y luego a casa a ducharme, vestirme y comer y de allí a la Iglesia. Estuve 14 días de luna de miel. El día que volví llegué a Vilagarcía a la una menos cuarto y a la una ya estaba trabajando”. Y no cogió vacaciones hasta que se convirtió en el dueño del local. Quinso tenía 17 años cuando comenzó a trabajar con su padre en el negocio familiar. Llevaba 2 estudiando Contabilidad en la Academia de Alejandro Cerecedo y para trabajar en el almacén de harina tuvo que renunciar a un cómodo puesto en un banco. Explica que la academia tenía mucho prestigio y que, desde luego, no estaba al alcance de cualquiera. Recuerda que sus padres pagaban por sus estudios 25 pesetas, una cantidad nada desdeñable en la Vilagarcía de finales de los años 30. Para hacerse una idea, estudiar en el colegio de las monjas franciscanas, dónde estuvo hasta los 15 años, le costaba 5 pesetas. Quinso Oubiña estuvo 14 años trabajando con su padre y cuando éste se jubiló, ya con 90, se quedó al frente de un negocio en el que toda la familia echaba una mano pero que nunca tuvo empleados. Son muchos los vilagarcianos que recuerdan el aceite a granel que traían de Sevilla, el moscatel, las avellanas, los higos de “cuello de dama”, que recibían en octubre de Málaga y nunca llegaban a la Navidad y, sobre todo, sus cacahuetes tostados. Quinso explica que al principio los compraban ya asados pero que luego, su suegro diseñó un bombo al que, después de comer, daba vueltas para tostar los cacahuetes: “Te los sacaban de las manos. Y si un día te sobraban, no podías guardarlos más de dos días porque se convertían en habas. Sabe Dios la de conservantes que les echarán a los de ahora”, razona. Son muchos los recuerdos que Quinso conserva del local, ubicado frente a Correos, dónde hoy se encuentra la cafetería Maty. Por aquel entonces, sus vecinos eran Nacho el fotógrafo y Manolo, El Chapeiro. Quinso recuerda que un día, por unas obras, la calle se inundó “y Manolo sacó la caña y se puso a pescar en la acera”. Son muchas las anécdotas que atesora Quinso. La del gato que se quedó atrapado en una cesta por querer robar un pez que no soltó por muchos escobazos que le dió o la del ratón que el cantero de Cornazo le metió en el porrón a un cliente, al que no había manera de hacer callar. Muchos clientes bebían por porrón en lugar de por el vaso y ese, en particular, le ponía un corcho y lo ataba con una cadena a la silla. Pero ni así pudo evitar la broma. Muchas anécdotas se las contaba un viajante, Luis Santos. Como la del tabernero que pidió un vino de menor graduación para que le saliese más barato y la fábrica le indicó que bastaba con echarle agua al vino de siempre y así se ahorraba los portes. Quinso estuvo 49 años trabajando en el negocio: Desde los 17 hasta que se jubiló, ya con 66. Fue el 30 de junio de 1989, cuando encontró comprador para un local del que sus hijos ya no querían hacerse cargo, a pesar de que, reconoce, siempre fue un negocio rentable. En cinco décadas hubo muchos cambios en un local que empezó teniendo cajones en lugar de sillas y dónde el mostrador estaba hecho con cajas de jabón. Quinso recuerda la habilidad de su padre para hacer los cartuchos en los que despachaba el azúcar y la harina. Y el golpe sordo que daba al mostrador cuando sus clientes alborotaban demasiado.




Comentario por Articulo de M ontse Fajardo (01-08-2011 17:07)
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