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Ramon Porto e o seu fillo
Ramon Porto e o seu fillo


Pois xa dixo todo Juan Carlos

foto donada por juan carlos porto

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5 Comentario(s)
1 Ramón Porto Rey padre y Ramón Porto Rey hijo.Ramón padre era hijo de Francisco Porto Codesido,primer maquinista de la linea ferrea Carril-Santiago en la locomotora Sarita expuesta en la fundación Camilo José Cela y Ramón hijo era el padre de Enrique,Moncho,Eduardo y Manolo+.
Comentario por Juan Carlos Porto (25-12-2009 13:39)
2 Ramón Porto, padre, era un hombre serio en su comportamiento, tanto personal como profesional, pero afable en el trato; y, aunque a primera vista no lo parecía, tenía un singular sentido del humor.

Le gustaba mucho el postre de cocina, influenciado, tal vez, por la repostería inglesa a la que estaba acostumbrado su cuñado, Charles Lessner (ingeniero británico -casado con su hermana, Josefina-, citado en más de una ocasión en este blog), al que, castellanizando su nombre, siempre se le llamó tío Carlos. Bien, los postres que habitualmente se hacían en casa -a pesar de que las cosas no estaban para muchas alegrías-, solían ser: arroz con leche, espolvoreado con azúcar, tostado superficialmente, y canela en polvo; tarta de manzana; natillas, decoradas artísticamente con la ayuda de la manguera pastelera, y, finalmente, flan hecho en molde de tamaño familiar, con orificio central. Las natillas y el flan eran sus preferidos, sin duda, porque, al no requerir ser masticados, facilitan mucho su degustación.

Bueno, la anterior perorata sobre repostería sirve, a modo de introducción, para entender la siguiente anécdota:

Una tarde del mes de agosto, con un calor que fundía los adoquines, estaba yo en el garaje de mi abuelo -Ramón Porto, padre- al que acompañaban tres amigos. Yo era muy joven, tendría unos ocho años, y las tardes de verano solía pasarlas allí. Mi abuelo y sus tres acompañantes, comentaban lo que harían si les tocase un premio importante en la lotería. Uno de ellos, ansioso por conocer mundo, se iría de viaje por Europa visitando las capitales más importantes. Otro, empresario del sector del automóvil, ampliaría su negocio con sucursales en las cuatro provincias gallegas. El tercero, con vocación de bohemio, se compraría una casa frente al mar, con piscina y amplia terraza, y se pasaría el día tumbado en una hamaca, degustando buenos mariscos y bebida en abundancia, entre chapuzón y chapuzón. Y la noche, que tiene su magia, decía, en compañía de bellas mujeres.

Le llegó el turno a mi abuelo, y, al oír su exposición, me quedé muy sorprendido. Dijo, con verdadero entusiasmo, que su ilusión sería un safari en África. Adentrarse en la selva salvaje, con abundante provisión de víveres, cazar leones… Y, al final de una dura jornada de cacería, llegar a un poblado indígena, en son de paz -o sea, de buen rollito-, y darse un baño reparador en un barreño que llenarían de agua bellas jóvenes nativas. Luego, convencer al jefe de la tribu, con obsequios varios, para que le hicieran un flan de 2 metros de diámetro, y él, pulcramente aseado, se sentaría desnudo en el orificio central de aquel enorme flan; y allí sentado, provisto de una pala de explorador, se comería, paladeándolo con deleite, su postre favorito. Ahora bien, era condición indispensable que cuatro nativas con el torso desnudo y turgentes… (al llegar a este punto, tal vez porque estaba yo delante, no le pareció oportuno decir ‘pechos’, e hizo un gesto muy significativo, colocando sus manos en cuenco a la altura de los pectorales), lo abanicasen con enormes hojas tropicales, mientras disfrutaba paladeando aquel ingente manjar de repostería. Y, al fin, comprendí por qué mi abuelo había sentido la llamada de la selva.

Comentario por Roberto Núñez Porto (16-06-2010 01:50)
3 Ramón Porto, hijo, había heredado, además de un gran parecido físico, la misma seriedad de su padre, y el mismo comportamiento afable en el trato cercano. También, aunque era difícil de imaginar, aportaba su cuota de humor cuando la ocasión lo requería.

En la segunda mitad de la década de los ’60, ya jubilado, se entretenía haciendo duplicados de llaves ‘Yale’ -para familiares, amigos y conocidos-, con una pequeña máquina copiadora manual. Disponía de un amplio muestrario de llaves en bruto -es decir, sin mecanizar-, clasificadas por tamaños y modelos, derechas e izquierdas, para los distintos tipos de cerradura.

Moncho, como le llamábamos los familiares y amigos, era sobradamente conocido y respetado, del mismo modo que, también, lo era toda su familia. Pues bien, un buen día se presenta en su casa un muchacho, y le dice: señor Moncho, vengo de parte de mi jefe, señor Fulánez, para pedirle que me deje la “llave maestra” porque perdió la llave de caja fuerte y no puede abrirla. Ante tan inesperada e insólita solicitud, mi tío Moncho, de manera espontánea, sin perder ni un ápice la compostura, y manteniendo el gesto serio que le caracterizaba, le respondió al muchacho, disculpándose: Dile a tu jefe que lo lamento mucho, pero la “llave maestra” me la pidieron los de la serie de televisión: ‘Misión Imposible’, y todavía no me la han devuelto.

Me imagino la cara de sorpresa del muchacho y, cómo no, la de su jefe, al escuchar tan descabellada, a la vez que contundente, respuesta.

Comentario por Roberto Núñez Porto (16-06-2010 01:51)
4 Quiero hacer dos puntualizaciones al comentario núm. 2:

- Escribí: ‘manguera pastelera’, cuando en realidad se denomina ‘manga pastelera’. Craso error.

- Los postres en cuestión no se hacían a diario, sino todos los domingos, días festivos y alguna que otra fecha señalada. Y, por supuesto, tampoco todos el mismo día, sino que, alternándose, uno de ellos cada vez.

Pido disculpas. Dicho queda.
Comentario por Roberto Núñez Porto (16-06-2010 12:35)
5 En la Guerra de Marruecos o Guerra del Rif (1911-1927), que se desarrolló en el norte de Marruecos en contra de la ocupación colonial española, estuvo Ramón Porto, padre, como tantos otros. Él no solía hablar de aquella contienda. Recordaba, con tristeza, que allí perdió a muchos compañeros y a más de un amigo. Sin embargo, con una expresión de gran complacencia, me relató lo acontecido una noche “memorable”.

El día había transcurrido relativamente tranquilo, salvo un conato de escaramuza protagonizado por los rifeños. El calor, como todos los días, era la nota dominante. Estaban sudorosos, con la ropa pegada al cuerpo, y los uniformes tenían un aspecto lamentable. A medida que se iba apagando el día, una ligera brisa empezaba a soplar refrescando el ambiente. Cenaron, de acuerdo con los turnos establecidos, y se disponían a pasar la noche en las trincheras, vigilantes, con los ojos clavados en las alambradas que, a una distancia prudencial, les proporcionaba cierta protección y una relativa tranquidad.

La oscuridad era cada vez mayor, y la visibilidad se había vuelto prácticamente nula. El silencio era tan acentuado que permitía oír la respiración de los atrincherados soldados. De repente, un ligero ruido que parecía provenir de las alambradas, rompió el silencio de la noche. Se sucedieron algunos más, con pequeños intervalos, y el sargento decidió alertar al oficial de guardia. La visibilidad ya era inexistente. Un nuevo ruido, seguido de varios más, hizo pensar que los moros se arrastraban tratando de cruzar las alambradas. Los sonidos que llegaban de aquella zona eran ya tan evidentes, que el oficial no dudó en dar la orden: ¡Fuego a discreción! ¡Fuego a discreción! Aquellos hombres, temiendo que se trataba de un ataque en masa de los rifeños, comenzaron a disparar con denodado furor. Los cerrojos de aquellos fusiles, accionados con destreza profesional, expulsaban los casquillos que, inexorablemente, se iban acumulando en el fondo de las trincheras. Así, disparando sin tregua, permanecieron durante bastante tiempo… La tensión acumulada había producido tal excitación entre la tropa, que, poseídos de un desaforado entusiasmo, desoyeron la orden que el oficial había dado de dejar de disparar. ¡Alto el fuego! ¡Alto el fuego! Se corrió la voz a lo largo de las trincheras.

Cuando cesaron los disparos y se hizo de nuevo el silencio, aquella quietud devolvió el sosiego a los atrincherados que, sin haber sufrido ni un rasguño, comentaban en voz baja la cantidad de muertos que se iban a encontrar por la mañana…

Con las primeras luces del alba se procedió a inspeccionar la zona de las alambradas en la que, sorprendentemente, no había ningún indicio de que los moros hubieran intentado cruzar por allí la noche anterior. Los ruidos, motivo de la alarma, habían sido producidos por papeles y desperdicios que, enganchados en las alambradas y agitados por el viento, hicieron suponer que se trataba de una incursión nocturna del enemigo. Un enemigo imaginario. Sin embargo, la incesante descarga de la fusilería, había causado otro tipo de bajas: los mulos de carga estaban despanzurrados, en aquel suelo polvoriento, con múltiples impactos de bala en sus cuerpos inertes; los carros, en los que se transportaban las cocinas y el avituallamiento, habían quedado destrozados; los enseres: sartenes, perolas y recipientes varios, estaban agujereados como coladores; el aljibe del agua, igualmente perforado por las balas, ya sólo contenía un tercio de aquel líquido tan necesario… Un verdadero desastre material de útiles y enseres. Aquella noche se cubrieron de “gloria”. Lo que vino a demostrar, una vez más, que una mala noche la tiene cualquiera. Y que, también, de noche, en la oscuridad, todos los gatos son pardos.
Comentario por Roberto Núñez Porto (21-06-2010 21:02)
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