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O NETO ESCRÍBELLE A PEDRO

¿MUCHOS AÑOS?

Pedro, como tantos otros, emigró más de una vez. Recorrió casi todo el mundo y recaló, reincidentemente, en Buenos Aires. Sus hijos nacían y se criaban aquí y allá. Desde 1925 solo lo comunicaba con su pueblo el frágil puente de papel, con temblorosas caligrafías, que viajaba, lentamente, en sobres adornados, en sus bordes, con los colores de las banderas. Recién a comienzos de los cincuenta, hizo, con Andrea, su primer retorno a España como visitante; y, diez años después, el último. Al regreso a nuestra casa en Argentina, abría su baúl de viaje y hacía estallar sus regalos, sus trofeos, sus fotos. Con mis primos y hermanos, sonreíamos burlonamente: “¡Abuelo! ¿Quién le prestó esa copa de plata para sacarse la foto?” “¿De quién eran los guantes blancos y la bandera con los que posó para la otra toma?” -“Hombre … aquella fue porque gané la regata”, respondía con un orgullo que notábamos fingido y exagerado. “Y ésta, pues es de cuando me eligieron para llevar el estandarte del pueblo… vamos, y tuve que hacerlo en la fiesta de San Roque y demás”. Entonces, nuestra precoz y porteña complicidad se hacía más socarrona simulando aceptar el seguro engaño, la triquiñuela, la picardía de la que, después de todo, éramos fruto: “¡Qué regata iba a ganar a los setenta y tantos años! ¿Quién lo iba a conocer allí después de tanta ausencia?” Cuarenta años más tarde cumplí mi sueño: me asombré con las serranías gallegas y transité los caminos de Santiago Apóstol. Desde los faldeos de la Villa de Sarria, sentí que retrocedía a la Edad Media al internarme en las neblinas del camino de cornisa para andar por la inclinada callecita que separa las redondeadas paredes de O Cebreiro. Y así, sin apuros, admirando y saboreando cada tramo, cada región, avanzaba desde Lugo hacia Santiago de Compostela; cada vez más cerca del botafumeiro, de la ruta del vino, de las rías, del mar. Llegar a la catedral compostelana ¡justo en la última semana de julio! cuando arriban los peregrinos de todo el mundo para los festejos del Santo, identificados con sus símbolos, sus bastones, sus sombreros marrones con el ala levantada en la frente, su cruz, es un regocijo imposible de explicar o comparar con otras sensaciones. Como impregnarse, en las recovas de piedra, con música celta, gallega y el sonido de gaitas y coplas de estudiantinas, que improbablemente pueda uno escuchar en otras latitudes. Finalmente, el ánimo estaba templado y las viñas rebosantes como para bajar por el camino de Padrón, recordar las estrofas de Rosalía, disfrutar el marco verde de la forestación que acompaña el descubrimiento de la costa bañada por las cristalinas aguas de la Ría de Arosa. Además de los familiares ¿quedaría algún recuerdo en Carril? ¿alguna señal de Pedro y Andrea … de nuestros orígenes? De pronto, allí estaba, después de la última pendiente del camino, se mostraba el recuerdo de una foto panorámica con la que, casi a diario, me había enfrentado durante toda mi infancia y adolescencia: la Isla de Cortegada (¡ahora en colores!) se extendía como una sonrisa tras la ría. Y, en esta orilla, casi escondida, me sorprendió la no menos conocida silueta de un galpón enorme, abandonado; construido, Dios sabe cuándo, entre el camino y el mar. Al sonar las campanas de la Iglesia, en cuya esquina advertí otro cruceiro, alcé la vista y contemplé –como si lo hubiera hecho siempre- las ondiñas que acunaban los botecitos multicolores esperando ser desamarrados. Allí, un par de veces al día, las aguas descubren su lecho y ¡a trabajar! Cuando la marea baja, hombres y mujeres armados de grandes rastrillos, unos con botas, otros con sus pantorrillas desnudas, recorren sus ‘baos’: los viveros de mejillones, almejas y otras delicias. Cada familia tiene un sector rectangular, circular o de cualquier otra forma, allí, en el fondo del mar. Cuando se alza la marea, los veleritos exploran la ría bordejeándola con suavidad. El pueblo extiende sus remozadas casas a lo largo de la bella costa. Si uno se interna hacia el cerro, no cruzará más de dos o tres calles, sinuosas y angostas. Lo guía la dulce cadencia de la lengua gallega en los espaciados comentarios entre vecinos hasta la parte más alta, la de la Capilla de San Roque, acompañada solo por la sombra de la serena arboleda, desde la que se ve toda Villagarcía. Al desandar en busca del puertecito me sorprendió una vivienda revestida de vieiras prolijamente colocadas, una a una, como testimonial repetición del símbolo. Ya junto al malecón, me senté en la umbría vereda del restaurante de Loliña a degustar sus ostras y jamones. Estaba conmovido por haber visto nuestro apellido en varios lugares: en el listado de responsos fijado en la puerta de la Iglesia, en la dedicatoria del reloj de la plazoleta, y, sobre todo, en letras enormes en el frontispicio del viejo galpón de la que fuera la fábrica de conservas. La propia Loliña, en persona, alta y garbosa aún, luego de inquirirme sobre el mayor o menor éxito de sus platos en mi paladar foráneo, quiso saber, también, los motivos de mi presencia en esos parajes. Su estilo medido y elegante casi se perdió al conocer mi origen familiar. Sus ojos reflejaron el sol del tímido verano, oprimió mis hombros con sus manos y me indagó, afectuosa e impacientemente: “Vamos a ver. Y tú ¿quién eres, mi niño?” Tras mi desconcierto (por tal actitud y por lo de “niño”) y mi respuesta, comenzó su impecable y detallado recuerdo de todo lo que había ocurrido ¡hacía cuarenta años! Sin que pudiera –ni quisiera- resistirme, me llevó del brazo hasta la puerta de la casa en la que vivió Pedro. “¡Qué gran hombre!” repetía con una devoción que se me antojó exagerada, mientras describía la pipa en la que él solía fumar mientras daba su diario paseo frente al mar y señalaba dónde quedaba Asados, “junto a Rianxo”, cruzando la ría, donde había nacido Andrea. Sentí que era sincera su emoción al evocar los juegos de naipes que preferían mis abuelos así como al ponderar las aptitudes marineras de “Don Pedro”, además de su ingenio y cordialidad y ¡hasta su anillo! Me embriagaba de sorpresa y orgullo. Pero no pude dejar de sentir una anacrónica vergüenza teñida de culpa con la gran pena del irrecurrible paso del tiempo. Me acongojó la imposibilidad de expresar ahora al abuelo lo que tal vez él hubiera esperado de nosotros en el momento oportuno, al escuchar de labios de aquella mujer el encarnado, vívido y pormenorizado relato de la alegría de la gente del pueblo al indicar a Pedro para ser quien tuviera a su cargo portar el estandarte a lo largo de sus calles, con aquellos guantes tan blancos. Y del aplauso muy grande y ¡qué hermosa fiesta! cuando le entregaron la copa del primer puesto en la regata tan disputada, metro a metro, y en la que él había triunfado … ¡a sus setenta y tantos años!

(texto escrito por Luis Alberto Crespo, neto de Pedro Crespo Rivas e residente en Arxentina)

E como colofón a este texto colocamos esta gravación da Rumba dos Cinco Mariñeiros interpretada por Hernán Crespo, e o seu grupo arxentino, fillo de Luis Alberto e bisneto de Pedro.

Comentarios (4) - Categoría: Xeral - Publicado o 30-07-2011 13:40
Chuza! Meneame
4 Comentario(s)
1 Luis me emocionó encontrar tanta emoción en el recuerdo de tu abuelo, cierto en las reuniones familiares las morriñas eran cosas habituales y siempr#blgtk08#e las adornaban con la picardía porteña, vivían en Buenos Aires pero su corazón estaba en Carril.cariños ojalá que nuestros nietos nos recuerden así
Comentario por irma lucia varela ramos (01-08-2011 19:15)
2 La emocion me embarga, su picardia me recuerda ami padre que siempre estaba en celebracones y haciendo arcos de papel de flores para fiestas en carril, sus muchos cuadros que adornan su casa y las de suus hijos, mi hermano Pepe es s#blgtk08#u ahijado junto con Andrea, pues coincidio que naciera en unos de sus ultimos viajes. Somos hijos de Ramiro y Maria sus hermanos y yo recuerdo hasta la habitacion de casa Maria Crespo Rivas donde se alojo y eso que hera muy pequeña
Comentario por cuca (02-08-2011 08:23)
3 Que bonitos recuerdos, no sabia de tu exixtencia, soy Marilyn niter de Maria la her#blgtk08#man a de tu abuelo que ell me hablba de tu abuelo con gran admiration, que lo sepas
Comentario por (02-08-2011 14:14)
4 Esto entre outras cousas e unha historia de emigracion, tema moi presente nas familias galegas. Dende este cacho de terra deberiase entender un pouco#blgtk08# millor a os seres humans que chegan buscando millorar a vida. Darlle a noraboa a Luis Alberto e a o seu fillo Hernan por non esquencer as suas raices
Comentario por margarita teijeiro (03-08-2011 10:23)
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