Pensamientos en voz alta


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EL LUGAR QUE ME VIO CRECER
Vivir en distintos lugares te da una perspectiva diferente de las pequeñas cosas que llenan tu vida. No a todo el mundo le pasa, claro, sólo a las personas que observan, que abren su mente a los cambios, aunque no es algo que se suele hacer de manera consciente.

Yo no me había dado cuenta de los detalles cotidianos que marcan las etapas de nuestras vidas hasta que me puse a pensar en los nombres de las personas y lugares que, de una u otra manera, han dejado huella en mi memoria. Tuve una infancia de Arantza, Koldo, Eneko, Edurne, Portugalete, Bilbao. Mi vida adulta se llenó de Maruxa, Antón, Carme, Xulia, Coruña, Pontevedra. Ahora mismo, la lista la completan Charlie, James, Grace, Beth, Bristol, Bath.

Entre Portugalete y Bristol han pasado muchos años, muchos lugares, muchas experiencias. Y desde Arantza hasta Grace ha habido un largo recorrido de amistades, unas sinceras, otras de quita y pon, de gente maravillosa, de personas fácilmente olvidables. Tan diferentes unas de otras, y todas necesarias para llegar a mi yo actual.

A pesar de que mi infancia ha quedado muy atrás, en los 70 y 80, los recuerdos de mi vida en Portugalete están muy presentes y me sacan una amplia sonrisa. No quiero olvidar de dónde vengo. Recuerdo el nombre de la calle en la que viví tantos años, El Frontón, y el kiosko a la vuelta de la esquina, que todavía está, en el comprábamos los domingos con nuestra paga en pesetas. A los jóvenes de hoy en día les parecerá increíble que incluso recuerde el número de teléfono que teníamos. Mi colegio con sus monjas y algunas maestras, mis compañeras, las hermanas Paquita y Marimar, que entraron en el mundo de las drogas antes de acabar EGB, o la que lloraba cuando sacaba un nueve en lugar de un diez. Yo me conformaba con aprobar. Mi primera mejor amiga, con la que todavía mantengo el contacto, mi primer amor, las acampadas con el grupo scout Ama Lur, las cuestas, el cine Java, mi puente colgante, salir de vinos por la Calle Santa María, las nochebuenas asomada a la ventana para ver pasar el Olentzero.

El cambio de Portugalete a Coruña no fue sólo físico, sino mental. Tuve que adaptarme a otra manera de pensar, y tuve que aceptar las cosas a las que no podía adaptarme. Aprendí a encajar las miradas de odio cuando decía “soy de Bilbao”, los insultos, “asesina” (yo sólo tenía 18 años). También aprendí a esquivar el “¿de dónde eres?”; creo que eso fue lo que más me dolió. El carácter rebelde, inconformista, lo alimenté en Bizkaia, así como la costumbre de decir las cosas de frente, sin envolver las frases en rodeos que las hagan sonar más suaves para, al final, decir lo mismo, como los ingleses.

Lo que no ha cambiado en estas etapas, ha sido el clima. Me he movido por el norte de España para acabar en Inglaterra, así que no ha mejorado el asunto. Al menos, no echo de menos el paisaje, siempre verde, frondoso, con vacas. Sin embargo, a pesar de tener el mismo clima y el mismo verdor natural, la comida es distinta y es uno de mis puntos débiles. Cada vez que vuelvo a España, mi madre hace Marmitako y consigue que en la mesa se produzca un hermandad vasco-gallega al poner una empanada a su vera. Y, ahora que lo pienso, incluso las comidas y los postres marcan esos momentos vividos en diferentes ciudades. De Portugalete, recuerdo las palmeras de coco, aunque yo solía comprar las de chocolate, recién hechas, en una pequeña pastelería al final de la calle San Roque. En Coruña, nunca pude encontrar las de coco, aunque una pastelera en Vilagarcía de Arousa las hizo para mí (quedé eternamente agradecida).

Vienen a mi memoria las imágenes de mi madre en su panadería, en Portugalete, en una esquina de la calle La Paz, muy cerquita de casa. Yo ayudaba en la tienda, aunque no lo hacía gratis, porque me lo cobraba, a escondidas, en gominolas y pastas variadas. Supongo que ella siempre lo supo, pero nunca me dijo nada. No olvidaré el día que, caminando yo hacia la tienda, vi salir a dos tipos corriendo. Cuando entré, mi madre estaba desconsolada porque le habían robado todo el dinero, aunque sin que ella se diese cuenta hasta que los vio correr. Llamó a la policía para denunciar, pero le dijeron que no merecía la pena, que entrarían por una puerta para salir por otra… La frustración e impotencia en la cara de mi madre, que intentó disimular, es algo que una mujer trabajadora, como ella, no se merecía.

De vez en cuando, me doy un paseo por la calle que me vio crecer, me acerco al colegio, al parque, a las piscinas municipales. Lo hago sin sufrir las cuestas porque internet me permite volver a caminar por mi infancia sin salir del salón, tan lejano de mi Portugalete.

Es importante recordar, aunque duela.
Comentarios (0) - Categoría: De todo un poco - Publicado o 09-12-2018 20:24
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