Fontenla


Juapo, juapo non é... pero ten un pelaso!

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BAJO INTERÉS VOL. 2
La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. Seguía dándole vueltas a los veinte euros perdidos en pos de la buena educación, cuando el destino me agasajó con un regalo inesperado. Me dirigí a una de las múltiples máquinas expendedoras de carbohidratos que saturan las urbes del primer mundo. Introduje un euro con veinte, pulsé A12 y una bolsa de patatas fritas Vicente García cayó por el expendedor de la máquina. Hasta ahí todo normal.

La sorpresa me sobrevino al descubrir que en el fondo del depósito reposaba un paquete de regalices. Me puse loco de contento y supuse que, al descender la bolsa de patatillas, se quedó enganchado el paquete, de regalices. Feliz por el regalo del destino, pensé en la persona que había desperdiciado sus euros en busca del dulce aperitivo. No sentí remordimiento.

Ya sé que un paquete de regalices no son veinte euros pero un trozo de papel timbrado es menos apetecible que una golosina. Hoy he aprendido a decir “que aproveche” en rumano (pofta buna). Son las nueve de la noche y todavía no he tocado techo. No sé qué pensará Rosa Díez de todo esto.
Disque (1) - Categoría: Relatos - Publicado o 25-02-2010 23:35
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BAJO INTERÉS
El otro día acudí a un céntrico cajero del BBVA a sacar dinero de mi cuenta. Aprovecho estas líneas para criticar el trato que me está dispensado el banco en cuestión. Cualquier día cancelo mi cuenta y me la llevo a otro banco que me la maltrate pero, en fin, ésa es otra historia.

El asunto es que estaba aguantando el frío mientras una pareja operaba en el cajero que nos ocupa. Por su aspecto, sus modos, su acento y su vestimenta, mis prejuicios los situaron rápidamente en mi hueco mental dedicado a “pijos capitalinos con alto poder adquisitivo”. Aproveché la espera para contemplar los coches pasando, la luz roja de un semáforo cercano, escuchar a una señora comentar lo poco que le gusta Obama y para acomodar la parte de mi cuerpo que menos caso me hace. Los quehaceres normales de una espera en la ciudad.

Al fin, la pareja abandonó el cajero y yo aproveché mi turno. Iba a introducir mi tarjeta cuando el cajero escupió un billete de veinte euros. Lo cogí, lo miré, me di la vuelta y grité “chicos, os dejáis esto”. Ellos, ruborizados por semejante error infantil tan poco digno de su categoría económico-social, agarraron el billete, maldijeron el cajero que, según ellos, estaba estropeado y se fueron escuetos en agradecimiento y apurados en el paso.

Yo me quedé frente a la puerta de la sucursal, recargué el teléfono móvil, divagué en mis pensamientos, retiré dinero de mi cuneta y empezó a ponérseme cara de gilipollas. ¿Por qué no me quedé con el billete? ¿Por qué les hice el favor de devolverles el dinero? ¿En qué lo gastarían? ¿Por qué no lo ingresé a plazo fijo? ¿Por qué no se lo di a un pobre que mucha más falta le hará y podría comprar veinticinco cartones de El Conquistador? Todas esas preguntas sólo tenían una respuesta. Mis padres me han educado muy bien y yo no soy Robin Hood. No sé que pensará Ricardo Chorro de todo esto.
Disque (5) - Categoría: Relatos - Publicado o 14-02-2010 17:11
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