Fontenla


Juapo, juapo non é... pero ten un pelaso!

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CUENTO DE NAVIDAD (O NO)
Existen lugares, rodeados de Atlántico, que todavía conservan la magia de civilizaciones ancestrales. Ancoradouro, que en el idioma de aquella tierra significa el ancla dorada, es uno de ellos. Se trata de un enclave rocoso, pegado al mar. Allí hay dos playas y, entre ellas, un arenal inaccesible, oculto, mitológico. Hoy día, habitan en él cangrejos y mejillones pero hay quien dice que allí vivían centauros y unicornios. Existe un camino que conduce hasta el arenal. Sólo lo conocen algunos lagartos, muy pocos búhos y un zorro sagaz. Es una vía inexpugnable, un sendero sobre el que caminaron druidas, los únicos humanos que han pisado esa tierra.

Algunos abuelos llevan a sus nietos a pescar allí. Sueltan las peteras y atrapan calamares y sepias. Preciosos cefalópodos que sobre la madera de la barca se camuflan, regalando a los tripulantes la visión del arco iris en su piel como último estertor. Desde el mar se adivina una playa flanqueada por rocas. Cuando el nieto pregunta al abuelo sobre ella la respuesta siempre es la misma. “Ahí nadie puede llegar. Es una playa inaccesible. Ni siquiera la marea, cuando sube, es capaz de inundar su arena.”

Un día, a pesar de las indicaciones contrarias de su abuelo, un niño se adentró en el monte en busca de esa playa tan especial. Al principio, sólo veía robles por todas partes, con raíces fuertes y profundas hincadas en la tierra. Cada vez los robles eran mayores y sus ramas se retorcían cargadas de bellotas y hojas onduladas. Los rayos del sol se filtraban entre ellas creando los juegos de luz más bonitos que los ojos del niño podían ver. Al igual que las ramas, las raíces se agigantaban y creaban arcos enormes bajo los que un hombre podría pasar sin necesidad de agacharse.

Comenzó a llover. El niño tuvo frío pero no paró de caminar. De repente, apareció un lagarto ocelado. Era completamente verde salvo en los costados, donde lucía cuatro círculos desiguales de un profundo color azul. El lagarto se erguía sobre sus patas delanteras estirando el cuello, divisando el camino que se avecinaba. El niño siguió al lagarto, aprisa, curioso. Se cayó varias veces pero el lagarto se paraba a esperarlo, giraba el cuello y cuidaba de que el niño siguiese su estela. Hasta conducirlo a un nuevo lugar.

Cuando el niño perdió de vista al lagarto dejó de llover. Se encontraba solo, frente a un sendero y, en los flancos, crecían numerosos castaños. Bajo sus pies había una alfombra de erizos repletos de castañas. El niño caminó por el sendero pero se pinchó muchas veces. Enfadado, decidió hacerse un hueco entre la maleza y sentarse a descansar. Comió más castañas aquella vez que en toda su vida junta. Al acabar se notó pesado, con el estómago lleno. Sintió sed y oyó, a lo lejos, el canto del agua rompiendo contra una roca. Se aproximó en dirección al sonido y descubrió un riachuelo nacido de un manantial. Bebió de él. Era un agua fresca, dulce, que sólo con verla y oírla apagaba la sed. Bebió despacio, saboreándola. Se lavó la cara y las manos y también se mojó la nuca. Tan satisfecho se quedó que allí mismo acabó por dormirse.

Se hizo de noche. El niño durmió tranquilo hasta que la presencia de un búho lo despertó. Pasó volando junto a él, majestuoso, desplegando las alas lenta y ampliamente. Las movía con magia, era imposible dejar de verlo. El niño lo observó embelesado hasta que se levantó para seguirlo. Caminó tras él con el pesado recuerdo de las castañas en el estómago. El búho se paraba en las copas de los castaños aguardando por su joven perseguidor que demostraba una determinación de hierro. Al fin, alcanzó un claro. El búho desapareció, retrocediendo velozmente para regresar al castañal. La luna llena permitía al niño ver lo que ante él se presentaba. Hasta donde llegaba la luz, todo era un gran campo de tojos. Había algún pino que salpicaba aquel paraje con sus siniestras siluetas, adornado de retorcidas ramas, coronadas por piñas a punto de caerse. A lo lejos, se oía rugir al mar y se intuía su presencia en el salitroso olor a algas. Entre los tojos se divisaba un nuevo sendero y el niño, azotado por la curiosidad, se adentró en él hasta que llegó a un acantilado.

La percepción del tiempo se pierde en lugares mágicos. El sol se desperezó y nació el día. No había niebla que impidiese ver el cielo. Unas majestuosas islas recortaban el horizonte con su calmada silueta. El mar desprendía un pulcro color azul. Las aguas cristalinas permitían ver lo que en el fondo escondían. Se oía el rumor de las olas y el canto de los pájaros. Mirlos, ruiseñores, gorriones... todos ellos componían una tocata sin partitura digna de la mejor orquesta. No se atisbaba vida humana y, quizás por ello, se respiraba paz.

El niño bajó por el acantilado, con cuidado, de piedra en piedra. Al fin, divisó la playa escondida. Era preciosa, con arena de concha y con un promontorio de rocas en la bocana que impedía que el mar la tocase. Las rocas parecían flotar sobre el agua y al tiempo, actuaban de dique. El niño se adentró en la playa y disfrutó de todas las sensaciones que en ella se conjugaban. El olor a salitre, la brisa que le azotaba la cara, el sonido de la rompiente sobre las rocas, las algas que profanaban el aire, el canto de los cormoranes, las gaviotas, las sirenas. Todo era perfecto e idílico. Varios cangrejos salieron del agua dibujando sus pasos en la arena. Las lubinas y los múgeles nadaban animosamente en la orilla profiriendo saltitos. Algunos erizos de mar se disputaban con sus pinchos un pedazo de roca, dentro de una charca. Se movían despacio, con parsimonia, ajenos a los brincos de un camarón que jugaba a la vida con una anémona.

Aquel jovencito había logrado acceder al corazón de la naturaleza para descubrir su secreto. El equilibrio, el respeto, la vida. Miró al cielo donde dominaba un radiante sol, adornado por blancas nubes de algodón. El lagarto que le enseñó el camino lo saludó mientras surcaba los cielos a lomos de un búho que, en el idioma de aquella tierra, llamaban moucho.

El niño se levantó para subirse a una de las piedras, para mirar el océano. Oteando las aguas descubrió algunas barcas, como la de su abuelo. Quizás algún tripulante fuese un niño como él. Un niño que, atentamente, escuchase las historias sobre una playa mágica e inaccesible.
Disque (2) - Categoría: Relatos - Publicado o 16-12-2008 21:10
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ALEGATO
Imaxinádevos que un día vades andando pola rúa. A medida que os pasos roen a calzada escomezan a caer do ceo pingueiras illadas. Ó principio non chama a atención de ninguén. Semella que vai chover.

Pero cando a choiva embrabece mirades ó ceo, abraidos por mor da cor desas pingueiras. Está a chover en negro. O que fora unha simple poalla trocou nunha marea negra.

O pantasmal líquido comeza a cubrir toda a paisaxe sen deixar refuxio a ninguén en ningures. Chove petróleo. Tódolos seres vivos perden a súa alma transformándose en inertes anecos de simas. Está a chover morte.

Os percebes, as ameixas, as luras, as xoubas, os araos, os cormoráns, os carromeiros… e os homes. As bateas son cemiterios. As praias, os cons e as rochas perden a súa beleza. Agora son camposantos.

Todos somos responsables deste recuncho. Non podemos agardar sen facer nada a que nos toque de novo.
Disque (0) - Categoría: Verbas - Publicado o 04-12-2008 20:02
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