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Roger McCain era un tipo con fortuna. Vivía holgadamente de la herencia familiar. Se había casado con su novia de toda la vida, una chica formal. Dios les había regalado tres hijos rubios, blancos y sanos con el único defecto de un mar de pecas sobre la nariz y los mofletes. Roger McCain y su familia daban gracias por su suerte y sus posesiones a diario. Y bendecían la mesa antes de comer pollo con guisantes o costillas a la brasa con salsa barbacoa. Los niños asistían al colegio y siempre cosechaban notas destacadas. La esposa fiel se encargaba de las tareas de casa y de organizar los encuentros sociales de la familia. Y Roger McCain acudía a su despacho en el único edificio que albergaba la plantación. Mientras su secretaria le recordaba el orden del día, Roger observaba sus lustrosos zapatos y se sentía orgulloso de toda lo que la vida le había obsequiado.

Pero había un secreto que le atormentaba. Una mancha en su expediente. Un lunar en su moral perfecta. Un puñetazo en el estómago que le impedía pensar con claridad y que le obligaba a bajar la mirada cuando sus hijos le besaban de regreso a casa.

Roger McCain paseaba por el parque. Había oscurecido y se deslizaba con los zapatos sucios sobre los caminos rodeados de matorrales. La vegetación albergaba los nidos de las tórtolas, las palomas y los sueños húmedos de un padre de familia perfecto. Entonces, Roger se escondía tras la maleza y observaba cómo el más joven de los Brady le lamía los pezones a la hija del sheriff. Y a Roger eso le gustaba mucho más que cualquier caricia de su mujer. Y, a veces, ensuciaba los pantalones no sólo de barro.

De vuelta al coche, cepillaba la ropa y el calzado pero nunca podía secar el sudor de su frente. Y Roque McCain regresaba a casa por el camino más largo intentado controlar su angustia a base de volantazos. Y cada curva era un puñetazo en el estómago. Porque no es lo mismo espiar a jovencitos blancos que asesinar a negros, disfrazado del Ku Klux Klan.
Disque (0) - Categoría: Relatos - Publicado o 17-02-2009 17:27
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