A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


Visitas (desde o 05/08/2010)





Únete a nós!
comisionsuarezpicallo@gmail.com
 CATEGORÍAS
 GALERÍAS FOTOGRÁFICAS
 RECOMENDADOS
 BUSCADOR
 BUSCAR BLOGUES GALEGOS
 ARQUIVO
 ANTERIORES
 DESTACADOS

TERREMOTO EN CHILE
Un novo sismo en Chile. Unha constante nada novidosa nese país. O noso colaborador, Edmundo Moure, nos remite este artigo sobre o que aconteceu e que viviu en persoa.

OTRO TERREMOTO


Anoche, pasadas las 8:00 PM, estaba yo de espaldas en mi cama, iniciando el reposo, cuando sentí que algo se movía bajo la colcha. Percibí que era un sismo, pero no le hice caso, hasta que el movimiento fue creciendo en fuerza y horizontalidad. Me levanté; en el pasillo topé con Marisol, que abandonaba la cocina, hacia la puerta de salida. Había varios vecinos en los umbrales y una vecina que bajaba, como un celaje, desde el tercer piso. Comentarios, risas nerviosas, pero la sacudida continuaba, eterna en sus dos minutos y diez segundos de duración… Se abrieron las puertas de los muebles de cocina y los cajones, algunos libros cayeron del estante, entre ellos, el tomo de Ensayos de George Orwell, los cuentos eróticos de Rolando Rojo, cuadros que perdieron su compostura… Nada grave, a pesar del tremendo susto.

No se cortó la energía eléctrica ni el agua ni el gas, hasta los teléfonos estaban funcionando. ¿Quién puede hablarnos de imprevisión a los chilenos? Un terremoto grado 8,4 Richter, con epicentro en el Norte Verde, provincia de Coquimbo; 7,6 en Santiago. En cualquier otro lugar del mundo esto hubiera sido una catástrofe de proporciones, con miles de fallecidos y centenares o miles de casas destruidas. (Pudimos comunicarnos con nuestros hijos, que estaban en la universidad, bailando cueca en una fonda académica).

Bueno, no ha sido tan halagüeño, después de todo. Más de un millón de personas evacuadas a lo largo de cuatro mil kilómetros de litoral, ciudades y villas con serios destrozos y devastaciones producidas por el maremoto o por el colosal temblor telúrico. Muertos que no alcanzaron la decena. Un millar de albergados en edificios públicos, damnificados del comercio que claman a las autoridades por ayuda. Claro, tenían todo preparado para iniciar los festejos de Fiestas Patrias, al día siguiente, 17 de septiembre, que se extenderán –pese a todo- hasta el domingo 20… Y la dicha, en esta sociedad nuestra, se mide por las “cuentas alegres” de los comerciantes. Lo contrario es lo más parecido a la crisis o al caos.

Por la mañana, en el Metro, rumbo a mis habituales quehaceres contables, observo a los innumerables chilenos que viajan hacia sus labores cotidianas, transcurridas apenas doce horas del siniestro telúrico, con absoluta normalidad, como un día cualquiera, la mayoría de ellos sumidos en el mutismo cetrino de la estirpe, los menos hablando en voz baja, con esa especie de pudor nacional por alzar la voz, salvo cuando se ingiere bebidas alcohólicas y aflora un raro desplante que exhibe cierta dosis de agresividad a punto de estallar. Algunos comentan el sismo de la noche anterior, como una anécdota más, intrascendente y trivial, señalando el lugar y la circunstancia en que les sorprendió el terremoto. Luego, la conversación deriva hacia lo importante: de qué manera vamos a celebrar las Fiestas Patrias, estos tres días y medio de jolgorio nacional en fondas y ramadas, en el campo o en la playa, en casa de amigos o de parientes; qué carne tenemos adquirida para el infaltable asado y los choripanes y la chicha y el vino…

Y no es casualidad que el trago que más se bebe en estas fiestas y en otras populares, como el Año Nuevo, sea el llamado “terremoto”, que consiste en un gran vaso de vino pipeño (vino nuevo de la cosecha que se guarda en toneles llamados pipas), mezclado con helado de piña y unas gotas de licor amargo, pócima que se vende a destajo en locales de parranda o se consume en casa, hasta que produce efectos más demoledores que cualquier hecatombe.

Se trata pues, de una alegría casi forzosa, que palpita entre el sobresalto y el abandono, entre la exaltación volcánica y la laxitud terrestre… Quizá por eso nuestro color o tinte nacional más común es el grisáceo, tanto en el vestir como en el pintar casas y lugares, como si con eso pudiésemos pasar inadvertidos ante la periódica furia de Gea: “Tranquilo, mi viejo. Si no pasa nada…”, “afírmese, comadre, es un remezoncito no más…”.

Y surgen los chistes en las “redes sociales”, las malas alegorías y las asignaciones aleves de la desgracia… Los derechistas más resentidos afirman, con el desparpajo propio del ricachón en crisis económica, que la culpa es de la Presidenta Bachelet, porque es “yeta”, omitiendo que los terremotos ocurren desde hace miles de años, y que los conquistadores españoles conocieron aquí el del 11 de septiembre de 1552, quizá como premonición o nefasto vaticinio de catástrofes destructivas que se producirían en futuras fechas fatídicas. Porque, como apunta la Memoria Chilena, de la Biblioteca Nacional:
Los terremotos han sido una constante en toda la historia de Chile. Ubicado en el llamado Cinturón de Fuego del Pacífico, Chile es una de las regiones más sísmicas del planeta. Bajo su territorio convergen la placa de Nazca y la placa continental americana, provocando periódicamente movimientos telúricos de diversa magnitud que en ocasiones desencadenan gigantescas catástrofes. Con el pasar del tiempo, los terremotos han pasado a formar parte de la identidad colectiva de los chilenos, quedando registrados en la cultura popular a través de la tradición oral. Desde tiempos prehispánicos, los pueblos indígenas tejieron una red de interpretaciones simbólicas y religiosas frente a los terremotos. Para la cultura mapuche, por ejemplo, fueron percibidos como manifestaciones de un desequilibrio cósmico que debía ser recuperado a través de ofrendas y ritos propiciatorios a los dioses y a los espíritus de los antepasados. Ya durante los primeros años de la conquista, los españoles debieron sentir los efectos devastadores de la actividad sísmica propia de esta región.
Hay quienes atribuyen los terremotos a los cambios bruscos del clima. Otros se apoyan en resabios del trasnochado catolicismo providencialista, para explicarlos como consecuencia de los pecados y la maldad de la criatura humana. (Si fuera por eso, ha mucho tiempo que no existiríamos sobre la faz de la tierra)… Mientras tanto, los científicos se devanan el seso procurando predecirlos, para alertar a las poblaciones en riesgo inminente, pero la Tierra no entrega de buen grado sus terribles enigmas, ni siquiera a los mentalistas o agoreros de salón. Ante sus poderes desatados, volvemos a la condición de niños indefensos.

Por eso no es raro que, en medio de los atroces remezones, hasta el más empedernido ateo suelte una oración remota, invocando al San Miguel de su infancia segura y a sus huestes apaciguadoras… Yo le digo a Marisol que hay que empezar a preocuparse cuando advirtamos, en el piso del departamento, el agua espumosa y salina del mar que comienza a invadir este Santiago del Nuevo Extremo. En ese punto, tendremos la certeza de que Chile es ya una simple faja de cordillera sumergida en el océano proceloso.


Edmundo Moure
Septiembre 17,2015
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 18-09-2015 00:30
# Ligazón permanente a este artigo
164 ANIVERSARIO DE EMILIA PARDO BAZÁN

164 aniversario do nacemento de Emilia Pardo Bazán

Hoxe lembrando o nacemento de Emilia Pardo Bazán presentamos este conto da serie "Cuentos de la Tierra" que se publicou no xornal "El Imparcial" na data do 16 de setembro de 1907 cando a nosa escritora cumplía 56 anos...


LA CORPANA


Infaliblemente pasaba por debajo de mi balcón todas las noches, y aunque no la veía, como ella iba cantando barbaridades, su voz enroquecida, resquebrajada y aguardentosa me infundía cada vez el mismo sentimiento de repugnancia, una repulsión física. La alegre gente moza, que me rodeaba y que no sabía entretener el tiempo, solía dedicarse a tirar de la lengua a la perdida, a quien conocían por la Corpana; y celebraban los traviesos, con carcajadas estrepitosas, los insultos tabernarios que le hipaba a la faz.
Cuando me encontraba en la calle a la beoda, volvía el rostro por no mirar a aquel ser degradado. No solamente degradado en lo moral, sino en lo físico también. Daban horror su cara bulbosa, amorotada; sus greñas estropajosas, de un negro mate y polvoriento; su seno protuberante e informe; los andrajos tiesos de puro sucios que mal cubrían unas carnes color de ocre; y sobre todo la alcohólica tufarada que esparcía la sentina de la boca. Y, sin embargo, en medio de su evidente miseria, no pedía limosna la Corpana... Aquella mano negruzca no se tendía para implorar.
Los que tenían el valor de ponerse al habla con ella, de eso precisamente la oían jactarse: de que «se valía sola»; de que vivía y se embriagaba a cuenta de su trabajo... ¡Su trabajo!... Parecía increíble: la arpía encontraba labor..., ya que de algún modo hemos de decirlo... Trajineros y arrieros que incesantemente cruzaban el pueblecillo llevando sus recuas cargadas de pellejos de mosto, cueros o alfarería vidriada; mendigos, transeúntes que corrían tierras espigando la caridad; jornaleros que acababan de gastarse en la taberna parte del sudor de la semana; mozallones desvergonzados que salían de tuna y se recogían antes del amanecer, temerosos de una tolena de sus padres..., he aquí los que ofrecían a la Corpana, entre bisuntas monedas de cobre, fieras zurribandas con las cinchas de los mulos, puñadas entre los ojos, puntillones de zueco y bofetones de los que inflan el carrillo... Porque ha de saberse que los más se acercaban a la Corpana con objeto de tener el gusto de majar en ella, y la diversión consistía en la lucha, de la cual la mujer, con sus bríos de hembra terne, salía rendida y vencida en todos los terrenos, excepto en el verbal, no agotándose el chorro de sus injurias y sus pintorescos dicterios, ni cuando yacía en el suelo, medio muerta a fuerza de golpes y de ultrajes. Alguien llamaría sadismo a la peculiar atracción, salvaje y cruel, que ejercía la Corpana en su clientela especial; y si hubiese sadismo en este caso, preciso será conocer que no es la literatura quien propaga tales iniquidades, pues la mayoría de los atormentadores de la muyerona no creo que hubiesen deletreado, no digo yo al consabido divino marqués, pero ni aún el abecé en la escuela.
Vagaba la Corpana siempre sola; ni las regateras, fruteras ni panaderas del mercado, ni las aldeanas que venían a vender gallinas y leña, ni las golfas de la calle, en pernetas y sin peinar, se hubiesen juntado con semejante barredura. Equivocado estará el que crea que la noción de la desigualdad social la cultivan las altas clases. Es en las bajas, y aún en las ínfimas, donde se acata mejor esa ley de la clasificación y la desigualdad ante los seres humanos. El mohín de desprecio que hacía a la Corpana, por ejemplo, la Gorgoja, panadera de las más humildes, que compraba la harina averiada y se sustentaba de revenderla, y que no era ninguna Lucrecia, si hemos de atender a las murmuraciones, no puede compararse sino al que hace la gran señora a la burguesa entremetida, que aspira a forzar las puertas de su trato. A bien que la Corpana, altanera a su modo, digna a su estilo, no se acercaba a ninguna de aquellas desdeñosas: se contentaba con soltarles, a distancia, una ristra de insultos: «¡Lamelonas! ¡Porcallonas! ¡No tenedes faldra en la camisa!».
Y cuál sería el grado de desprecio que inspiraba la Corpana, que ni aún se dignaban cruzarse con ella. Reían entre sí, escupían de lado, se limpiaban con el delantal y después aparentaban, diplomáticamente, no haberla visto ni oído.
Indescriptible fue el asombro de la gente cuando un día apareció la Corpana llevando de la mano a una niña.
Y no a una niña del arroyo; no a una de esas criaturas enlodadas y famélicas, hoscas y escrofulosas, que representan, para tantas pobres mujeres el fruto ansiado de las entrañas, sino una especie de señorita gentil y escantadora, rubia y blanca, vestida con esmerada pulcritud... Una chiquilla como un sol, de unos nueve a diez años, altiva, trajeada de cretona gris, con su cuello blanco, su lazo azul en el pelo y la mata de reflejos dulcemente trigueños tendida por la espalda. La extrañeza, elevada a pasmo, se reflejaba en los cándidos ojos, de violeta de la flor de lino, que la pequeña alzaba hacia su madre... Porque todo el pueblo lo sabía a la media hora: la chiquilla era hija de la Corpana, recogida, criada y educada en casa de una hermana mayor de la perdida, que tenía tienda allá en Puentemillo, y que acababa de morir súbitamente. Los herederos, los sobrinos legítimos, devolvían a la loba la inocencia lobezna, y allí andaban las dos, madre e hija, todo el día de la mano; la borracha, sin borrachera; la criatura, atónita y encogida de miedo a algo, no sabía ella decir a qué... Sus mejillas palidecían, su boca se contraía, sus manos se ponían color de sebo, su vestidito planchado se ajaba y a la semana siguiente había adquirido el aspecto sórdido de las pobretonas...
Un domingo, al cruzar la plaza para ir a misa, vi que la propia Corpana me salía al encuentro y me cortaba el paso. No temí la racha de injurias que hasta involuntariamente expelía aquella boca: la Corpana venía de paz, venía con los ojos en el suelo... y, en aquel mismo instante, sentí dentro de mí dos cosas: la primera, que aquella mujer no profería una palabra que no fuese dolor y vergüenza de sí misma; la segunda, que yo ya no sentía ni repulsión ni desdén. Había entre nosotras algo humano que tácitamente nos ponía de acuerdo.
-Por caridad de Dios -balbucía la que nunca había pedido limosna y lo tenía a menos-. Saquen de mi poder a esta criatura, señores... Sáquenmela pronto, llévenmela... ¡Ya ven que no puede ser!
-No puede ser -repetimos todos, comprendiendo inmediatamente; y tomando a la niña con nosotros, la rodeamos como de un círculo defensivo, la aislamos, por un movimiento al cual el instinto dio la precisión de una maniobra militar.
Y lo terrible fue que la niña, sonrosada de gozo y emoción, se nos entregaba, presurosa de libertarse de su tremenda madre; se nos pegaba, huyendo horripilada de la que le había dado el ser... Y yo, fijando el mirar con involuntaria atracción en la Corpana, vi que de los ojos inyectados de la alcohólica saltaba una lágrima pequeña, que debía de ser muy acre, amargosa como el zumo de las retamas en el monte bravío...
Cuando hubimos colocado a la chiquilla en un convento de enseñanza, a fin de que pasase allí los años que le faltaban para tener edad de ganarse el pan honradamente, me dijo un día Tropiezo, el médico de Vilamorta:
-¿Llorar la Corpana? Sería aguardiente de orujo.
¡No! Era sangre y agua, era dolor líquido... En todo corazón está oculta una lágrima. Y los moribundos la vierten en la agonía, si en vida no pudieron...


«El Imparcial», 16 septiembre 1907
Comentarios (0) - Categoría: TEXTOS DE E. PARDO BAZÁN - Publicado o 16-09-2015 11:16
# Ligazón permanente a este artigo
CANTO VALE UN HOME?

14 Septiembre de 1943

¿CUÁNTO VALE UN HOMBRE?


Por Ramón Suárez Picallo

En los últimos años en estos cuatro años que a partir de 1939, parecen anunciar una nueva época, se ha venido hablando del “capital humano” y del “potencial humano”. Eso de “capital humano” huele a exceso de concepción monetaria de la vida. ¿Cuál es el valor medio de un hombre?. En Economía, el perfeccionamiento de la contabilidad de costos ha llegado a valorizar el tiempo y aún, la falta de espacio. Así se dice: “20 horas sin trabajar significan tanta pérdida” o “tres turnos corridos importan tal utilidad”.

Cuentan que una vez interrogaron a un banquero sobre el valor de un hombre-standard. Preguntó cuánto ganaba al mes y se impuso que tenía un sueldo de 150 dólares. Hizo el siguiente cálculo: 150 dólares mensuales acusan una renta anual de 1.800 dólares el 10 por ciento reditúan normalmente el 10 por ciento anual y siendo 1.800 el 10 por ciento de 18.000 dólares, éste el valor del hombre medio. Luego el ciudadano-standard de Estados Unidos vale 18.000 dólares. Si la población se calcula en ese país sobre 180.000.000 de habitantes, es fácil deducir que, el “potencial humano” norteamericano alcanza a 2 billones 340 mil millones de dólares. ¡Ninguna empresa es merecedora de mayor respeto!

Pintoresco o no, el cálculo es bastante elocuente. Pese al progreso de la industria, el desarrollo vertiginoso de las centrales hidroeléctricas, usinas siderúrgicas, pozos petrolíferos, etc., el hombre vale más que todo en conjunto.


DESPILFARRO HUMANO

La organización de empresas es ya una profesión. Ha adquirido esa calidad de selección, debido a la importancia de racionalizar en tal forma una industria o comercio, que no se pierda nada inútilmente. La organización significa ahorro, economía, más bajo costo, mejor rendimientos de utilidades. En resumen, importa la mayor vida de la empresa.

Pues bien, la empresa humana es la que con mayor displicencia e irresponsabilidad, agota su capital, en medio de terribles despilfarros. Tres índices comprueban esta aseveración: natalidad morbilidad y mortalidad.

Sólo en países muy progresistas, el índice de nacimientos se presenta en forma discreta. En otros, llega al 25 por mil y aún al 4 por mil. Esto, sin tomar en cuenta, las pavorosas repercusiones del aborto clandestino que, sólo para nuestro país se calcula en 80.000 al año. La mortalidad ha visto disminuir el año-medio. Hace cincuenta años entre 45 y 55 era una época austera para morir. En la actualidad el término medio baja de los 30 años. Esta apreciación es de manga ancha. No se toma en consideración las masacres en masa producto de las guerras mundiales o parciales que el hombre se brinda: cada 20 años-mundial y en períodos de cinco, parcial. La de 1914-1918, costó 14 millones de hombres. La actual ya superó esta cifra y no sería raro que llegara a los 20 o 25 millones. Es decir, cinco veces la población total de Chile. El índice de mortalidad es empujado por múltiples factores, siendo los principales los siguientes: 1.- Condiciones precarias de existencia; 2.- Ritmo acelerado del régimen industrial; 3.- Calmantes y estimulantes. ¿Qué se ha hecho por resolver este problema?. Durante 20 años un régimen social financia burocracias o aparatos policiales represivos, pero se niega a subir las rentas de la población y a elevar el standard de vida. Al final de los 20 años el mismo régimen gasta 200 mil o 500 mil millones de dólares en financiar una guerra, ¿No sería más lógico haber invertido esa suma en prolongar la vida del hombre?

Finalmente, tenemos el índice de mortalidad. Los factores son múltiples, pero, la mayoría de ellos arrancan del sistema miserable en que viven o mejor, subsisten, la casi totalidad de los hogares. Hace muchos años que se ha pregonado que más vale prever que curar. Pero, en materia de prever se ha hecho muy poco.
Comentarios (0) - Categoría: RSP-Tal día como hoxe... - Publicado o 15-09-2015 23:13
# Ligazón permanente a este artigo
PRIMEIRO PASO PARA FACER UN MUSEO NA CASA DOS SUÁREZ PICALLO
O Concello de Sada incluirá a casa natal dos Suárez Picallo no catálogo de patrimonio, grazas a alegacións ao PXOM presentadas, entre outros, pola nosa asociación. Agardamos que sexa o primeiro paso para convertir a vivenda en museo.
Pode picarse na ligazón para ver a noticia no xornal La Opinión (05/09/2015):
- Sada acepta las alegaciones de la familia Ramón Suárez Picallo y cataloga su casa

Comentarios (0) - Categoría: Actualidade - Publicado o 05-09-2015 12:55
# Ligazón permanente a este artigo
© by Abertal