A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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EL EXILIO DE LOS LIBROS

EL EXILIO DE LOS LIBROS

A mi hermano Toño, en sus setenta y siete.


(Entonces yo no sabía que el exilio de los libros iba a ser mi propio exilio).


Mi hermano Antonio, Toño, acopió en la casa de Ñuñoa los primeros libros nuestros (los otros eran de la biblioteca familiar, que padre Cándido y madre Fresia procuraban y enriquecían, con ese amor que heredaríamos por la palabra impresa y su aroma de tinta y hojas crepitantes); eran de aventuras, Emilio Salgari, sobre todo, Julio Verne y Zane Grey, y Toño los ordenaba en su habitación y había que pedírselos, uno a uno, para leerlos, dentro de los breves plazos que el primogénito estipulaba.
En la casa de La Cisterna, a los trece años, comencé a armar mi propia biblioteca, que acrecentaría desde los dieciséis, a instancias de doña Carmen Casarejos, que me recomendaba libros de su pequeña pero bien surtida librería del paradero 28 de Gran Avenida. Entre éstos, recuerdo una hermosa edición de Las Uvas y el Viento, de Neruda, otra de Hijo de Ladrón, de Manuel Rojas, Casa Grande, de Luis Orrego Luco, y La Colonia Tolstoyana, de Fernando Santiván, ejemplares que aún no han desaparecido, entre tanto extrañamiento forzoso, de la única propiedad conque hasta ahora cuento… Y no olvido Rimas y Leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer, cuyos poemas memoricé para recitárselos, con poético entusiasmo, a María Elena, aunque no siempre la efusión lírica cumple su cabal cometido…
Comencé a trabajar a temprana edad y compraba libros con mi propia soldada, también discos 78 y 33. A ellos les escribía mi nombre, con la ilusión de que aquella rúbrica aseguraría la permanencia entre mis manos de ese raro acervo, de dudoso valor material para la inmensa y enajenada mayoría. Aún hoy, luego de tantas páginas pasadas por mis manos y bajo mis ojos, suelo encontrar uno que otro ejemplar perdido en librerías de viejo, como también volúmenes de mi propia autoría, que alguna vez regalé a desaprensivos amigos lectores, que se deshicieron sin piedad de ellos, no sé si por apremios económicos o por simple escrutinio estético, a la manera de esa expurgación memorable del cura y el barbero… Sí, en la biblioteca de don Alonso Quijano el Bueno, en ese lugar de La Mancha que solo existió en la imaginación de Miguel de Cervantes. (Mis dedicatorias escritas en la primera hoja equivalen a recordar pecados irremediables).
En el caso de tales hallazgos, vuelvo a comprar esos libros que yo adquiriera o editara en el pretérito remoto, como si fuesen nuevos ejemplares abiertos a mi fascinación.
Por otra parte, desde que escribo artículos y crónicas (más de un millar hasta ahora), recibo a menudo libros obsequiados por amigos escritores o bisoños escribas que esperan un halago o una referencia crítica para esa carrera que, algún día, todos los amantes de las letras soñamos como camino a la ardua e inasible celebridad.
En la casa de La Cisterna tuve por un tiempo mi propio cuarto. Allí construí, con inveterada torpeza manual, un precario estante o andel de libros, donde fui ordenando mis adquisiciones, a las que agregaba –preciso es reconocerlo- ejemplares que encontraba olvidados en otras habitaciones, porque los buenos libros deben pertenecer, a mi juicio, a quienes los aman de modo incondicional, y yo soy uno de esos extraños amantes, ¿qué duda cabe?
Cuando estaba en aquel menester de torpe carpintero, entró en la pieza el tío abuelo Clemente, y me preguntó, sin remilgos:
-¿Te gustan harto los libros, ah?
-Sí, mucho –le dije, y suspiré, con renovado orgullo.
-Entonces, serás un individuo pobre –replicó, abandonando la habitación.
Tú bien sabes, inestimable amigo lector, que el tío Clemente no erró en el juicio lapidario, porque el tesoro de los folios –tampoco es novedad- en contadas ocasiones llega a tornarse dinero contante y sonante.
A los veinticuatro de mi larga vida, comenzó el éxodo existencial y de mis amados libros, en lugares y moradas diversos: calle Goycolea, calle Ossa, de La Cisterna; el Rincón de La Florida; la Casa del Escritor; calle Macul; hogares de Los Jazmines y Tomás Moro; moradas de Vallenar y Copiapó; casas de Hermanos Neut Latour y Ayquina…
En cada mudanza y traslado, se extraviaron muchos libros, no por hurtos de transporte (los libros no son materia apetecible para cleptómanos, salvo que se trate de escribas voraces), sino por olvidos de circunstancia, o porque era preciso hacer espacio para muebles y cachivaches de mayor importancia o necesidad práctica…
(Hoy es raro encontrar una biblioteca en las casas de familias de clase media o aun acomodadas, salvo libros de jardín o de sanaciones orientales).
Algunos de ellos fueron incinerados, por torva mano inquisidora y vindicativa, como ocurriera con los textos que traje de mis primeros viajes a Galicia, escritos en lengua gallega la mayoría de ellos... Es probable que los libros galaicos ardan mejor, porque muchos fueron escritos con tinta mezclada con sangre de brujas y trasgos, la que resulta tan combustible como la más desaforada imaginación.
Ahora me he procurado un espacio, que pago con mis servicios contables, un cuarto en antigua casa del viejo barrio de Blanco Encalada, en el Santiago vetusto y bohemio, con un andel provisorio pero eficaz, donde empecé hace unos días a ordenar esos libros recuperados de casas de parientes y amigos que los custodiaron desde mi más reciente debacle económica, volúmenes que no caben en nuestro apartamento de Ñuñoa, pero que reciben cobijo aquí, bajo altos muros, para que yo vuelva a acariciarlos como antes, con algo más de miopía, pero con parecido anhelo…
Y está la proverbial compañía de los gatos de la casa, tres o cuatro felinos de diversa estampa, amantes de la letra impresa, como lo fueran los gatos de Allan Poe, Baudelaire y Umbral, aficionados a las tertulias literarias y también a los raros incunables.
Don Grillo me pregunta:
-¿Y cuándo terminarán estos exilios?
-Cuando en esa inhallable Ítaca del regreso dé yo la vuelta a la última y preciada página de lectura.

& & &

Edmundo Moure
Agosto 10, 2016


Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 14-08-2016 13:11
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MÁRTIRES DA LIBERDADE EN SADA

Os próximos actos que organiza a A.C. Irmáns Suárez Picallo terán lugar este xoves e venres, e neles honraremos aos mártires sadenses, que fai 80 anos deixaron a vida por defender a liberdade.

As 21 h. o xoves no paseo marítimo.
As 20 h. o venres, 12 de agosto, na Capela de San Roque.

Comentarios (0) - Categoría: Actividades - Publicado o 10-08-2016 00:32
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