A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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NO PASAMENTO DE BERNARDINO MACHADO

Bernardino Luís Machado Guimarães (Río de Xaneiro,28 de marzo de 1851 - Oporto, 29 de abril de 1944 ) foi presidente electo da República portuguesa por duas veces. Primeiro do 6 de agosto de 1915 ata o 5 de decembro de 1917, cando Sidónio Pais, ao frente dunha xunta militar, disolve o Congreso e o destitue, obligándoo a abandonar o país. Máis tarde, en 1925, volve á presidencia da República, onde un ano despois, é destituido pola revolución militar do 28 de maio de 1926, de Antonio Carmona que instaura a Dictadura Militar.
RSP que o coñeceu e tratou, ao ter noticia do seu pasamento, escribe este obituario dende Santiago de Chile...


30 de abril de 1944

EL DOCTOR BERNARDINO MACHADO, PRESIDENTE DE PORTUGAL


Por Ramón Suárez Picallo

En un telegrama de cuatro líneas justas, leemos la noticia en un colega de la tarde. Dice así; “Lisboa 29, en la mañana de hoy falleció en la ciudad de Oporto, el ex Presidente de Portugal, Doctor don Bernardino Machado”.

La noticia nos ha conmovido y estremecido, porque hemos tenido el honor de conocer personalmente, y disfrutar de la ilustre amistad del gran Patriarca de la malograda Democracia lusitana. Lo conocimos en A Coruña, siendo deportado político junto con Alfonso Costa, Cunha Leal y el doctor Sardinha. Más tarde, ya producida la guerra española, volvimos a verlo en Madrid, en el café “Gran Vía”, y luego, después en Barcelona, siempre en la misma postura de gallardía política y espiritual.

A la sazón, había cumplido ya el doctor Machado, los 80 años de edad, y estaba muy orgulloso, porque dos jóvenes nietos suyos, habían sido condecorados con la “Medalla del Valor” por el gobierno republicano español, en mérito de grandes hazañas llevadas a cabo como pilotos aviadores de la República.

La proclamación de la República Española, había traído a las ciudades de Madrid, Barcelona, Vigo y A Coruña, a un selecto grupo de demócratas portugueses, exiliados de su país al implantarse en él, la dictadura vaticanista de Carmona–Oliveira Salazar, y que residían antes en París. El Gobierno republicano los acogió y protegió, y puso en práctica, con ellos un viejo tratado secreto de tiempos de la monarquía, concediéndoles directamente un pequeño subsidio, del que disfrutara antes el líder monárquico portugués, capitán Paiva Cruceiro, después de su fallida revuelta para restaurar la monarquía portuguesa, derribada en 1910.

Durante el “bienio negro” de Lerroux-Gil Robles, fue denunciada, desde Lisboa y Madrid simultáneamente, esta “protección de las Izquierdas españolas” a los “revolucionarios portugueses”, y se le presentó como ayuda a un movimiento “subversivo”, en Portugal, para derrocar el régimen de Carmona y de Oliveira. Y de allí arranca en buena parte, la ayuda incondicional portuguesa prestada después a la insurrección contra la República Española, que el doctor Machado había calificado de suicida para el porvenir de la Independencia portuguesa.

En el grupo de portugueses exiliados, había hombres de todas las tendencias, desde la extrema izquierda anarco–sindicalista, hasta republicanos más moderados, encabezados por el doctor Bernardino Machado, cuya autoridad moral acataban todos. Porque el doctor Machado era un “santo laico”, más allá del bien y del mal, con una vida ejemplar y una conducta política rectilínea. Jurista eminente, escritor y poeta, pertenecía a la gran generación de liberales y republicanos ibéricos, que ilustrarán Pi y Margall, Guerra Junqueiro, Salmerón, Giner de los Ríos, Teófilo Braga y Alfonso Costa, durante la última mitad del siglo pasado y las primeras décadas del presente.

Terminada la guerra de España, el doctor Machado y sus compatriotas, se refugiaron otra vez en Francia, hasta su invasión por los nazis. Fue entonces que Oliveira Salazar -el más hábil de los dictadores europeos- tuvo con sus adversarios un gesto generoso y altamente político: invitó a todos los exiliados a retornar a Portugal, concediéndoles una tácita amnistía.

Volvieron muchos, y entre ellos el anciano Patriarca, doctor Machado, que se retiró a su finca de Oporto para dar remate a una “Historia de Lusitania”, sin intervenir más en política. Oliveira Salazar trató varias veces de conquistarlo después de su regreso. Lo visitó y propuso para él especiales honores, que don Bernardino rechazó, invariablemente, con estas frases: “Déjeme morir en paz, sin torcer la historia de mi vida”.

Con la muerte del doctor Bernardino Machado, desaparece quizá, el más viejo liberal y demócrata europeo, de la misma estirpe de Massaryk, a quien admiraba devotamente; el último de aquella insigne generación de filósofos, poetas, profesores y humanistas, de los cuales sólo queda en el mundo, un gran fracaso político, compensado con el recuerdo de sus vidas ejemplares y sus grandes gestos morales.

Portugués del norte, impregnado de alada saudade, poeta devoto de su paisaje nativo, tuvo la dicha de morir en su seno en un día primaveral, cuando todas las tonalidades y todos los matices del verde, cubren los campos de la prócer y bienamada Lusitania, y cuando todo es en ellos una oración panteísta. Al cerrarse la tumba que guarda sus despojos, se cierra también un capítulo de la mejor Historia del Portugal de los últimos tiempos. Para recibir su alma, en el reino de la Inmortalidad, Guerra Junqueiro está componiendo otra gran oración a la luz, en su habitual tono mayor y en la lengua de Luis de Castro Camoens.

(Artigo publicado no xornal La Hora, en Santiago de Childe o día 30 de abril de ... 1944)
Biografía sobre Bernanrdino Machado
Comentarios (0) - Categoría: RSP-Persoeiros (políticos) - Publicado o 30-04-2011 01:11
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SHIRLEY TEMPLE cumple 21 anos

Shirley Jane Temple (n. 23 de abril de 1928) é unha ex-diplomática estadounidense e antiga actriz infantil. Protagonizou máis de 40 películas de cine durante os anos trinta. "Ahora y siempre","La pequeña coronela", "La pequeña rebelde", "Heidi", "La pobre niña rica", "La mascota del regimiento", "La pequeña princesa","El mago de Oz"...
En 1949 (con motivo de cumplir 21 anos)RSP escribe sobre ela e, nese mesmo ano a famosa actriz tomará varias decisións importantes na súa vida. Decide por un lado deixar a sua carreira de actriz e divorciarse...


29 de abril de 1949

SHIRLEY TEMPLE

Por Ramón Suárez Picallo

Shirley Temple, que fuera en su día la niña más simpática y popular del mundo como actriz cinematográfica, acaba de cumplir 21 años de edad. Y, con tal motivo, ha recibido valiosísimos regalos de sus admiradores coetáneos, recordando sus danzas vacilantes de niña prodigio y sus canciones de muñeca balbuciente. Pero recibió aún otro regalo de mayor cuantía. Entró en posesión plena de su fortuna persona, ganada en el celuloide, ascendente a la fabulosa suma de cuatro millones de dólares contantes y sonantes.

Mas, quienes la hemos admirado, como a niña feliz, bella y graciosa, sin más preocupación que la de cantar y bailar, no podemos alegrarnos de su nueva condición de millonaria cuatro veces, a los veintiún años de edad. Menuda faena la suya al tener que ingeniarse ahora para gastar, a derechas y con provecho, tantísimo dinero. Y recordamos que Tomás Alva Edison y Abraham Lincoln, los más gloriosos e ilustres de sus paisanos, no tenían a esa edad, más fortuna que el día, la noche y el caudal de sus esperanzas…

(Artigo publicado no xornal La Hora, en Santiago de Chile o día 29 de abril de... 1949)
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AMOR MARIÑEIRO, POR RICARDO FLORES

Colgamos hoxe este breve texto do sadense Ricardo Flores, publicado en Adigal, xullo-setembro de 1997, cando Ricardo contaba 94 anos. Como moitos outros do autor, versa sobre o folcklore musical galego, e neste caso sobreo alalá Amor Mariñeiro, con letra de Ramón Suárez Picallo e música de Paz Hermo, e composto para a obra teatral do primeiro Marola.
Comentarios (0) - Categoría: TEXTOS DE RICARDO FLORES - Publicado o 28-04-2011 09:19
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"La campana de Mondego", por José Soto Picos
Publicamos hoxe este texto do coruñés José Soto Picos, xuiz municipal da Audiencia da Coruña. O artigo viu luz orixinalmente en El Orzán de 18/05/1921, e versa sobre as paisaxes de Sada na obra de Emilia Pardo Bazán.




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Comentarios (0) - Categoría: Textos históricos - Publicado o 27-04-2011 09:37
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FINLANDIA EN 1944
A declaración de independencia de Finlandia adoptouna o parlamento de Finlandia o día 6 de decembro de 1917. A través dela, Finlandia deixou de ser un Gran Ducado ligado ao Imperio Ruso, e volveuse un estado soberano e independente.
Por diversas razóns o seu goberno uniuse a nefasta causa de Hitler e RSP, que sinte aprezo polo pobo finés, manifesta a sua tristura polo oscuro porvir que lle espera ao remate da 2ª Guerra Mundial pois os seus gobernantes acaban de rexeitar un armisticio de paz ofrecido pola Unión Soviética...


26 de abril de 1944

FINLANDIA


Por Ramón Suárez Picallo

De todos los países satélites, que giran en la órbita del Reich totalitario; es Finlandia el que nos ha sido siempre más simpático. Nación culta, democrática, tolerante, vinculada espiritualmente a la ejemplar comunidad de los pueblos escandinavos, no puede comparársela con ninguna otra, de cuantas sirven en la guerra actual, la causa antidemocrática.

Por motivos geográficos e históricos, fatales, que no es del caso examinar aquí, Finlandia se encontró, de la noche a al mañana, con su independencia, su soberanía y su integridad nacional en peligro, víctima de manejos diplomáticos, de ambiciones y de designios estratégicos, ajenos por entero al espíritu de su pueblo pacífico y de su índole netamente democrática. Los gobernantes y diplomáticos finlandeses, no supieron estar a la altura de las circunstancias, adoptaron posturas falsas, y reaccionaron por una viceversa negativa, que llevó al país a una especie de callejón sin salida. El antisovietismo de los dirigentes finlandeses -inspirado por los militaristas y reaccionarios de Mannherheim y compañía- desvirtuó y perjudicó el signo nacional finlandés, justa y altamente acreditado en todo el mundo. En la guerra de España, pese al recuerdo de Ganivet, la Finlandia “oficial”, sirvió incondicionalmente al nazifascismo. Su legación en Madrid, fue un enorme centro de espionaje; no se conmovió, poco ni mucho, con la desgracia de Checoslovaquia, la nueva nación que en espíritu, y en normas políticas más “se le parecía”; coqueteó con la “neutralidad” de los siete poderes de Oslo, aquella desdichada postura que le abrió a Hitler las puertas de la invasión de siete naciones; quiso estar “a dos manos” y bien con Dios y con el Diablo, y un día sintió sobre su tierra, la fuerza invencible de una invasión, sin que nadie de sus amigos, saliese en su defensa.

Hemos defendido a Finlandia con la palabra y con la pluma en aquella oportunidad; hemos dejado de defenderla, cuando salió de un mal soto, para meterse en un soto peor, cuando se sumó a la causa nazi, con armas y bagajes, olvidando que los nazis no la habían defendido en las horas aciagas y tristes, porque a la sazón, eran “amigos” –o lo parecía– de quienes habían atacado a Finlandia.

Y, la noche memorable, en que Hitler, por mal de sus pecados, sellando la destrucción de su Tercer Reich, declaró la guerra a la Unión Soviética, declarando que lo acompañaban en la infortunada aventura, Rumania y Finlandia, hemos exclamado con pena: ¡lo sentimos por Finlandia!.

Aún, así y todo, las grandes democracias, trataron de salvar de la catástrofe al simpático país escandinavo, lapón, y siguieron manteniendo con él relaciones diplomáticas; sin duda, debido a tal circunstancia, la Unión Soviética, a pesar de lo que Finlandia le ha significado estratégicamente, como enemiga, en una guerra a muerte, tuvo con ella consideraciones de especial generosidad, con la esperanza de apartarla del núcleo de sus enemigos.

Y, últimamente, le ofreció unas condiciones de paz que no le ofrecerá a ninguno de los otros países que están en guerra con ella; esas condiciones, dictadas por un país enorme y triunfador a un país pequeño y derrotado fueron declaradas aceptables universalmente, aún por los elementos más ponderados de las democracias. Los gobernantes finlandeses, rechazaron esas condiciones, persistiendo con tenacidad digna de mejor causa, en sus viejos y trágicos errores, con lo cual se juegan definitivamente el integral destino de su Patria, llevándola a compartir la negra suerte que les espera a los vencidos en el campo de batalla, o sea, a la rendición incondicional y al sometimiento, absoluto y justo a los vencedores. Por tal motivo, y según noticias de última hora, los postreros y generosos protectores de Finlandia -los Estados Unidos de Norteamérica- estarían dispuestos a romper con ella todo vínculo, y dejarla librada a sus escasas y muy melladas fuerzas en vísperas de la total derrota,

He aquí un país digno de mejor suerte y de mejores gobernantes; y como la noche en que se sumó a la mala causa de Hitler, tenemos que repetir, con verdadera tristeza: ¡lo sentimos por Finlandia y nos condolemos por su sombrío porvenir!


(Artigo publicado no xornal La Hora, en Santiago de Chile o día 26 de abril de ... 1944)
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"LOS BOCHEROS" E O FOLCLORE ESPAÑOL

Este grupo vasco que se adica a ter no seu repertorio música de tódolos rincóns de España e corre o risco -según RSP- de non saber interpretar as peculiaridades propias dos distintos pobos de España é tamén motivo de crítica pois un dos seus compoñentes infravalora públicamente a realidade de cada un dos pobos que conforman o territorio español...


25 de abril de 1944

“LOS BOCHEROS” Y EL FOLKLORE ESPAÑOL

Por Ramón Suárez Picallo

“Los Bocheros”, son cinco hombres vascos, formados en conjunto lírico, que se anuncian como “representantes del canto popular español”, y que actúan en un restaurante de lujo, en una radio y en alguna que otra fiesta de beneficio en salas de teatro. Los hemos visto y oído en los tres ambientes y después de oírlos hemos confirmado una vieja opinión nuestra: que es muy difícil que cinco hombres, nacidos todos ellos en un solo país ibérico o hispánico, puedan interpretar aunque sea con aproximación relativa, la rica variedad lírica de todos aquellos países, con personalidad propia y diferenciada.

Digamos inmediatamente, que “Los Bocheros” cantan muy bien, las canciones populares vascas y montañesas; cantan, pasablemente, las “asturianas” y las “gallegas” y falsifican, con cierta bastante gracia, los “fados” portugueses. Ello no obstante, si se mantuviesen en esa zona, solemnemente, podrían representarse ante quienes conozcan folklore español, con gallardía y decoro muy estimables.

Más hete aquí, que “Los Bocheros”, no se conforman con limitaciones. Ellos parecen devotos de la “España, grande y única”, y arremeten valerosamente, con toda ella, sin el menor escrúpulo artístico. Es así como manifiestan especial predilección por los “pasodobles” andaluces, las coplas de Triana, y hasta el “cantejondo”, que estropean con magnifico entusiasmo. Cinco vascos, con un maravilloso acordeón, el que exaltó Pío Baroja en un interludio de “Paradox Rey”, acompañados de guitarra y “flamenquería”, suenan como una ametralladora manejada por un “santacristo”. Están como para pegarles treinta y cinco tiros, a razón de siete tiros para cada uno. Aquello de “sielito andalú”, “Mare Andalusía” y “La bien Pagáa”, dicho por gentes de Pasjes, de Trincherpe o de Santurce, es cosa que “con guitarra” mismamente “parte los corazones”.

-“Cada uno es lo que es, o no es nada”– dijo alguien, con muchísimo acierto. Los Bocheros son –quiéranlo o no ellos– vascos, nórdicos y atlánticos, con emoción lírica diferenciada en cuyo carácter distintivo radica precisamente el interés de su arte popular y peculiar. Si en vez de ser cinco, fueren ocho, formarían la unidad primaria y elemental del canto colectivo de su maravilloso país, que es el “Ochote”, famoso en la historia musical y coral de Euzkadi, formado como el nombre lo indica, por ocho cantantes, con las cuatro voces clásicas arquitecturales de todo canto coral y orfeónico.

Como no lo son, se quedan en un grupo “pintoresco y típico”, sin posible clasificación artística. De ello resulta que, de todo lo que les oímos cantar, no sean lo mejor, las canciones vascas de su propio país, sino que lo sea la bellísima canción montañesa “Eres alta y delgada como tu madre”, y le siga en gracia y en acierto interpretativo, la rapsodia navarra de “Las fiestas de San Fermín”.


UN EXPLICADOR QUE ENMIENDA LA HISTORIA

Pero, aún con tales fallas, “Los Bocheros”, constituyen una novedad agradable, entre los grupos de “exportación artística” peninsular, que vinieron por estas Américas de Dios, mal llevando y mal trayendo el nombre de España, múltiple, varia y poliartística, policroma y polifónica, física y espiritualmente. ¡Ello, si no fuese el “spiker”, “explicador” o “presentador”, que dice, frecuentemente, imperdonables desatinos lingüísticos, históricos y literarios! Así por ejemplo, dijo días pasados, que cantarían lo representativo “de las principales provincias de España”. Y seguidamente cantaron una canción andaluza. Y, Andalucía -que nosotros sepamos- no es una “provincia”, sino que son ocho: Huelva, Cádiz, Málaga, Almería, Jaén, Granada, Córdoba y Sevilla. Entraron luego, en Navarra, que tampoco es “provincia”, geográfica e históricamente, sino que es uno de los más originales y vigorosos reinos de las antiguas Españas. Por último, refiriéndose a una primorosa canción vasca, dijeron que la cantaban para honrar a su “región”.

Llamarle “región” a Euzkadi, es un gran disparate, histórico y geográfico, propio de un “magüeto”, el que no sepa leer ni escribir; dicho por vascos, el calificativo tiene un nombre muy feo. Podrían llamarla Euzkadi –sin faltar a la verdad– nación o patria; pero como ello podría implicar un concepto político, con trascendencia sobre el contrato de “Los Bocheros”; podían haber recurrido a cualquiera de las denominaciones que no comprometen a nada: País Vasco o Tierra Vasca. Pero jamás decir “región” -denominación antigeográfica y antihistórica traída a España por extranjeros de Austrias y Borbones-. Un vasco que estaba a nuestro lado, al oír llamarle “región” a su país, pegó tres saltos en el asiento y dijo unas cuantas atrocidades acerca de las cosas que él haría con las cuerdas de las guitarras de “Los Bocheros”. ¡Nos costó Dios y San Pedro contener sus ímpetus!

Y no paran ahí las “enmiendas de plana” del “spiker” del conjunto en cuestión: refiriéndose, otro día, a una canción gallega, dijo que estaba escrita en “dialecto”, con lo cual desmintió al Rey Sabio, a Don Alfonso XI de León, al infante don Juan Manuel, al Marqués de Santillana, al Rey Don Denís de Portugal y a su Condestable, que escribían, trovaban y hablaban en gallego, por ser esta lengua –según ellos– la lengua culta de toda la Península en los siglos XII, XIII y XIV. Y “desmintió” asimismo, al insigne polígrafo don Marcelino Menéndez y Pelayo, que en el prólogo del tomo III de Líricos Españoles consagra el idioma galaico–portugués como a una de las “lenguas madres” del castellano, al que le dio reglas inmutables, giros y formas y matices de suprema belleza.

Y esto, ¡vive Dios!, que ya es desmentir. Mientras el “spiker” de “Los Bocheros” diga “sus cosas” a los comedores y bebedores del restaurante donde actúa, puede pasar. Porque a la hora de las digestiones “pasa cualquiera cosa”; pero decirlo por una radio en cadena, o en un gran teatro, donde hay gentes que saben algo de eso, es muy distinto y muy desagradable de oír.

QUÉ LES SOBRA A “LOS BOCHEROS”

Les sobra, en primer lugar, la representación “total” -¿o totalitaria?- “de lo español”, uno y único; les sobran después las guitarras y lo flamenco, en lo cual no dan una a derechas; sobra luego el “spiker”, a menos que descienda de sus elucubraciones, sobre “regiones” y “dialectos” y, humildemente, consulte el “Diccionario”, vulgo “tumbaburros”, para saber a qué atenerse en temas tan interesantes y complicados. Y, en sus incursiones por el folklore, no olviden a León, a Castilla, a la Extremadura, a Cataluña, a Valencia y a Murcia, ya que les quedan a mitad de camino de la enorme y magnifica Andalucía, que no pueden interpretar correctamente hombres del Norte. O como dice el refrán: “cada uno en lo suyo Dios en lo de todos”.

Y ahora, dicho todo esto, vaya un aplauso, a su presentación plástica, a sus canciones populares del Norte y del Noroeste, y sobre todo, al acordeón, que es una verdadera maravilla, tal como la escribe Pío Baroja, en una atardecida, sobre la cubierta de un quechemarín vasco, bajo cualquier cielo del mundo.


(Este artigo aparece publicado no xornal La Hora, en Santiago de Chile o día 25 de abril de ...1944)
Sobre Los Bocheros
Comentarios (3) - Categoría: RSP-Música - Publicado o 25-04-2011 09:07
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UNHA REPORTAXE SOBRE AS TORRES DE MEIRÁS NO 1902
O 10 de agosto de 1902, o xornal coruñés El Noroeste publicaba esta ampla reportaxe ilustrada sobre a residencia que a condesa de Pardo Bazán e a súa filla, dona Emilia, se estaban a construír en Meirás.




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Comentarios (0) - Categoría: Historia local - Publicado o 24-04-2011 10:48
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O BALLET DE ANA MARIA E A MUIÑEIRA
RSP comenta a actuación do ballet español de Ana María, de xira por terras chilenas, e explica para o lector o significado de "a muiñeira"...


23 de abril de 1947

ANA MARÍA Y SU BALLET ESPAÑOL


Por Ramón Suárez Picallo

Un poco más de un año a esta parte el público chileno aficionado al Arte Español, tuvo oportunidad de ver y de aplaudir a varios excelentes conjuntos, representativos de sus diversas manifestaciones, la canción escenificada, el cuadro de época, y las danzas populares, representadas en formas de ballet, caracterizaron a estos conjuntos beneméritos, esforzados por elevar a la jerarquía de lo universal las manifestaciones más peculiares y más puras de la espiritualidad de los pueblos que forman las ricas polifonías y policromías de la Península Ibérica.

Entre estos conjuntos, que el espectador chileno y español residente en Chile, recuerdan con saudoso afecto, hay que destacar a Ana María, la grácil, juvenil y simpática danzarina madrileña por su afán –muy ímprobo tratándose de bailes de bailarines españoles– de hacer ballet a base de un folklore caracterizado por su individualismo, adverso totalmente –salvo las danzas vascas, la Sardana de Cataluña y la Muiñeira gallega- a toda disciplina de conjunto, que es alma y esencia, expresión y forma, de lo que suele llamarse propiamente el ballet.

Ana María, con su talento castizo, su vocación de gran artista y su tenacidad española de arre que te arre, se empeñó en la tarea con éxito notorio, eficientemente secundada por un grupo de artistas de primera calidad, entre los que destaca, con personalidad inconfundible su primer bailarín Ximénez, cuyos progresos son evidentes de un año a esta parte en sus mejores interpretaciones.

Aquí están, otra vez en Santiago, Ana María y su ballet Español, en un fugaz paso de cuatro días, rumbo a otros países, actuando en el Teatro Lux. Su debut fue un acontecimiento en el mundo del Arte, de la Cultura y del amor por lo español. Los programas están hechos a base de obras maestras, sirviéndole de fondo el “Capricho Español”, del gran Rymsky Korsakov, en una versión impecable de gracia, de buen gusto y de emoción popular, alternada con números inolvidables, como la jota; ¡Viva Navarra! Y los primorosos fandangullos, que revelan lo flamenco, imprescindible siempre en todo espectáculo coreográfico español.


LA MUIÑEIRA

Párrafo aparte merece la versión que Ana María ofrece de la Muiñeira (la Molinera); la primorosa danza popular y nacional de Galicia, nacida en el viejo molino colectivo, con rodicio movido con agua, mientras las mozas esperaban turno para moler su grano y los mozos les hacían la ronda, es una de las más bellas obras de arte creadas por un pueblo, con personalidad propia y bien definida. A lo largo de los años y de los siglos, la Muiñeira fue danza de amor, baile religioso y expresión de alegría de todo un País panteísta, que ama a Dios y al Arte en la tierra, en el mar, en los pinares y en los ríos, donde celebra las fiestas del cuerpo y del espíritu.

Hace varios años, cuando el ballet se hizo en Europa el último grito de la moda. Jesús Bal y Gay, musicólogo y escritor, Jefe de la Sección de Folklore del Seminario de Estudios Gallegos de la Universidad de Compostela, señaló en un libro titulado “Hacía un Ballet Gallego” a la Muiñeira como a una de las danzas colectivas de toda España, más aptas, para crear sobre su base un gran ballet.

Mil poetas y mil músicos escribieron Muiñeiras; pero las más hermosas, las que canta y baila el pueblo al son de la gaita céltica y de los violines desastrados de los ciegos gallegos de ferias y romajes, no tienen autores conocidos. Surgieron del paisaje físico de la tierra y del paisaje emocional de las gentes, con la misma naturalidad con que surge el agua clara de los claros manantiales. Pues bien, Ana María escogió, para hacerla ballet a una de estas versiones innominadas, plena de gracia, de sabor y de expresión añejas, que puede ser bailada, con igual donaire, en las Sierras de Lugo, en las Rías Bajas de Pontevedra, en las Mariñas de La Coruña, o en las tierras orensanas del Xinzo de Limia.

¡Y, vive Dios, que la bailan bien, Ana María y su conjunto! “Mismamente la bailan –nos decía un gallego “enxebre” - es que los ángeles bailan bien la Muiñeira”.

Por lo demás –y éste es el aliento optimista de nuestro comentario– Ana María, y los otros conjuntos de arte español que visitaron Chile en los últimos tiempos, indican claramente una creciente difusión, cada día más fervorosamente acogida, de la espiritualidad original, que recuerda a estos pueblos de nuestra América, que tienen en ella raíz en la tierra y estrella en el cielo, a modo de heredad y de patrimonio comunes.
Comentarios (0) - Categoría: RSP-Música - Publicado o 23-04-2011 09:12
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Contos de Semana Santa, por Emilia Pardo Bazán (2-3)

Na imaxe podemos ver a capela das Torres de Meirás. Á esquerda vemos o sepulcro que dona Emilia se fixo construír e que nunca chegou a ocupar. O retable procede do Pazo de Santa María de Sada, e lle foi donado á familia Pardo Bazán por Francisco Posse Nicolich con motivo dun incendio que afectou a parte do inmoble dos Posse.


En Semana Santa



A la cabecera del moribundo estaban Preciosa y Conrado, asistiéndole en sus últimos instantes, temblorosos como el criminal que sube las escaleras del cadalso. Y criminales eran -aunque criminales triunfantes y coronados por el ciego Destino- Conrado y Preciosa. El que, después de largos sufrimientos, sucumbía en el cuarto, impregnado de olores a medicinales drogas, entristecido por la luz amarillenta de la lamparilla, que iba extinguiéndose al par que la vida del agonizante era el esposo de Preciosa, el protector y bienhechor de Conrado; y para los que, de común acuerdo, le engañaron y ofendieron sus canas, no tuvo nunca aquel honradísimo viejo, generoso y confiado como un niño, más que palabras de dulzura y hechos de bondad y amor. Abierta siempre a Conrado su bolsa y su casa; abiertos siempre los brazos y el corazón para Preciosa, cuya juventud no quiso entristecer nunca con severidades de anciano y melancolías de enfermo, el infeliz tenía derecho a la gratitud y al respeto más tierno y grave..., ya que otros sentimientos vehementes no pueda inspirarlos la senectud. Y ahora se moría, se moría lentamente..., después de advertir a Preciosa que quedaba instituida su única heredera, y que, si no sentía repugnancia por Conrado, a quien él miraba como hijo, deseaba que ambos le prometiesen casarse a la terminación del luto.

Cuando manifestó así su voluntad, en voz desmayada y flaca, y apoyando sus manos ya frías, en las manos febriles de Conrado y Preciosa, los dos se estremecieron, y sus ojos, como delincuentes que tratan de ocultarse y no saben dónde, vagaron por el suelo, cargados con el peso de la vergüenza. Preciosa, sin embargo, mujer y extremada en la pasión, fue la primera que recobró ánimos y, reaccionando violentamente, trató de atraer la mirada de Conrado y de pagarla con una débil sonrisa. Pero Conrado, como si sintiese picaduras de víbora, se retiró al fondo de la alcoba y, dejándose caer en la meridiana, escondió entre las palmas el rostro. Un silabeo apenas perceptible del moribundo le llamó otra vez a la cabecera del lecho.

-Conrado, mira: soy yo quien te lo ruega en este momento solemne... No dejes desamparada a Preciosa... Que sea tu mujer, y quiérela y trátala..., como la quise yo... Siquiera por el día en que estamos..., dame palabra.

Y Conrado, balbuciendo, solo pudo barbotar:

-La doy, la doy...

Lució una chispa de contento en las apagadas pupilas del moribundo; pero como si aquel esfuerzo hubiese agotado el poco vigor que le quedaba, cayó en un sopor, nuncio del fin. Tal fue la opinión del médico, que aconsejó se trajese la Extremaunción sin tardanza; pero al llegar el sacerdote con los santos óleos no había calor vital en el cuerpo; Preciosa lloraba de rodillas, y Conrado, agitadísimo, paseaba desesperadamente arriba y abajo por el gabinete que precedía a la estancia mortuoria... El sacerdote, que salía, le tocó suavemente en el hombro.

-No se aflija usted -dijo en tono afectuoso, confundiendo con un gran dolor aquel acceso de remordimiento agudo-. Las virtudes de este señor le habrán ganado un puesto en el cielo. Y después, la misericordia de Dios, ¡especialmente en el día en que estamos!...

Era la segunda vez que esta frase resonaba en los oídos de Conrado; pero ahora resonó, más que en los oídos, en el alma. ¡La misma del moribundo!: «El día en que estamos...» ¿Y qué día era? Conrado necesitó hacer memoria, reflexionar... Recordó de pronto; un relámpago hirió su imaginación fuertemente. El día era el Viernes Santo.

Pocos instantes después de haberse retirado discretamente el sacerdote, que prometió volver a velar el cuerpo, acercóse Preciosa a Conrado de puntillas y quedó espantada de su actitud, del movimiento que hizo al verla tan próxima. ¡Qué desventura! Conrado ya no la quería; a Conrado le infundía horror desde que la muerte había penetrado allí... Adivinaba el estado de ánimo de su cómplice, y precaviendo el porvenir, aspiraba a disipar aquella nube de tristeza, aquella alteración de la conciencia impura. «Si esta noche vela el cadáver, se preocupará más; se grabará doblemente en su espíritu esta impresión terrible...» Una idea acudió a la mente de Preciosa, fértil en expedientes, atrevida, como hembra apasionada, y resuelta a lograr su antojo.

Entró en la estancia mortuoria, y sobre el mueble incrustado, frente a la cama buscó, entre otros frascos, el que contenía poderoso narcótico. Una gota calmaba y amodorraba, dos adormecían; tres o cuatro producían ya el sueño largo, invencible, muy duradero, semiletal... Al poco rato, Preciosa se acercó a Conrado nuevamente y le sirvió por su mano una taza de tila.

-Bebe, estás nervioso.

Conrado bebió por máquina; apuró la calmante infusión... Cuando empezó a notar cierta pesadez incontrastable, le guió Preciosa a su propio cuarto, le reclinó en el amplio diván, revestido de raso y almohadillado de encaje; cubrióle con rico pañuelo de Manila, le abrigó con edredón ligero los pies, le puso almohadas finas bajo la nuca. «Duerme, duerme -pensó-, y no despiertes hasta que esté fuera de casa «el otro».»

Conrado, entretanto, abría los ojos, sacudía el sueño de plomo que le había postrado y se restregaba los párpados, notando que el sitio en que se encontraba no era el elegante dormitorio de su tentadora Preciosa, sino una calzada en cuesta, empedrada de losas rudas y anchas, sobre la cual caía a plomo un sol ardoroso y esplendente, como de primavera en un país cálido. Miró en derredor. A sus pies se extendía una ciudad que le parecía conocer mucho. ¿Dónde había visto él aquellas puntiagudas torres, aquellos extensos baluartes, aquel recinto fortificado, aquellas casas cónicas, aquel monumental templo, aquellas puertas angostas, sombrías, bajo las cuales cruzaban dromedarios y bueyes guiados por hombres de atezado cutis?

La vestimenta de estos hombres también se le figuró a Conrado, aunque extraña, «vista» alguna vez, no en la realidad, sino en esculturas o cuadros como que era la indumentaria hebraica de la gente humilde en tiempo de Augusto -la «chituna» o túnica ceñida, el tallith o manto, el «sudaz» que rodea las sienes, el ceñidor que ajusta el ropaje y los pies descalzos, o metidos en gastadas sandalias de cuero-. Conrado pensó oír una voz persuasiva, salida quizá de lo íntimo de su ser que murmuraba misteriosamente:

-«Esa ciudad es Jerusalén.»

¡Jerusalén! Conrado casi no se admiró, Jerusalén no era para él un lugar exótico. ¡En Jerusalén había pensado tantas veces! Desde niño, por el Nacimiento que preparaba su madre, se había familiarizado con Jerusalén. En Jerusalén tenía hogar su espíritu, su fe tenía casa propia. Lo único que sintió fue inmensa alegría..., imaginó volver de un largo destierro.

Un grupo de gente que se apiñaba en la puerta fijó la atención de Conrado. Instintivamente siguió al grupo. Por un camino que defendían a ambos lados setos de chumberas y que orlaban palmas y vides, rosales de Jericó e higueras ya cubiertas de hoja, dirigíase el grupo hacia áspero cerrillo, que destacaba sus líneas duras sobre el horizonte color de violeta. Bullía una muchedumbre en la colina; hormigueaban los de a pie, y se mantenían inmóviles sobre sus recios corceles los legionarios, cuyas lorigas y rodelas rebrillaban. Dominando la multitud, coronando la escena, erizando el cerro, se erguían tres cruces negras, sobre las cuales parecían estatuas de pórfido rosa, desde lejos, los cuerpos de los tres ajusticiados...

Conrado entonces tampoco se asombró; tampoco se creyó juguete de un delirio. Al contrario: se penetró de que estaba asistiendo, no a un drama, a la representación de la verdad misma. Aquella escena, aquella triple crucifixión y, sobre todo, una de las cruces, la llevaba él entro desde los primeros días de la niñez. Si había sufrido, era cuando, teniéndola en sí, no podía verla ni contemplarla; cuando se le desvanecía, como se desvanece el rostro de una persona querida al querer reconstruirlo cerrando los ojos... ¡Qué felicidad poseer de nuevo la visión -clara, concreta, firme, indubitable- de «la Cruz», no una cruz de oro, plata ni bronce, sino la Cruz viva, el madero al punto en que lo calienta el calor del Cuerpo divino, y lo empapa la sangre redentora! Conrado, sin aliento, de tan aprisa como iba, seguía al grupo, subiendo la agria cuesta, hollando el seco polvo y los abrojos espinosos del siniestro Gólgota, salpicado de blancos huesos humanos que calcinaba el sol... Su afán era colocarse cerca de la Cruz, ver la cara del Salvador en la suprema hora.

Era difícil la empresa. Bullía cada vez más compacta la muchedumbre. Como sucede en sueños, a cada obstáculo que Conrado lograba vencer, surgían otros mayores, insuperables. Nadie le quería abrir paso. Pastores de la sierra, tratantes y tenderillos de la ciudad, mujeres harapientas con niños famélicos en brazos, fariseos altaneros, esenios pálidos y compadecidos, hijas de Jerusalén, modestas burguesas, que bajaban los ojos llenos de lágrimas al ver las torturas del Maestro, y, por último, los soldados a caballo, enhiesta la lanza, se atravesaban para impedir que nadie salvase el círculo de cuerda y estacas que rodeaba los patíbulos. Conrado suplicaba, cerraba los puños, quería infiltrarse, llegar hasta la Cruz central, más alta que las otras, donde colgaba Jesús; quería verle vivo, antes del momento en que, doblando la cabeza, exclamase: «Todo se acabó.» Una angustia profunda se apoderada de Conrado. ¿Lo conseguiría cuando ya el Salvador hubiese muerto? Y bañado en sudor, anhelante, afanoso, corría, corría en dirección a la cima del cerro, que siempre se le figuraba más distante.

Sus ojos divisaron entonces a una Mujer abrazada al árbol mismo de la Cruz; y sin reparar que la Mujer estaba casi desvanecida de congoja, fijándose sólo en que a aquella Mujer «también la conocía», gritó con esfuerzo:

-¡María, María de Nazaret!, alárgame la mano, que quiero llegar hasta tu Hijo.

Y María de Nazaret, temblorosa, con los ojos inflamados, trágica la actitud, se adelantó, alargó la mano, cubierta por un pliegue del manto, y Conrado, inmediatamente, se halló al pie del madero, tan cerca, que el ruido del afanoso resuello del moribundo se le figuraba un huracán. Sin embargo, pensó con gozo: «¡Vive! ¡Vive! ¡Puede escucharme todavía!»

Y alzando la frente, doblando las rodillas, poniendo la boca sobre el palo ensangrentado, cerca de los sagrados pies, Conrado suspiró:

-¡Jesús, Jesús, no me abandones!

Y, ¡oh, asombro!, una voz dulce empapada en lágrimas, respondió, desde arriba:

-Tú eres el que me abandonaste hace años, Conrado. ¿No te acuerdas?

Profundo sacudimiento experimentó Conrado. Un agudo cuchillo de pena, de contrición, se clavó en su pecho: Miró hacia lo alto con ansia: Jesús ya había inclinado la cabeza; el sol se velaba tras negrísima nube; la tierra se estremecía, convulsa; a las plantas de Conrado se abrió una grieta horrible, casi un abismo..., y el pecador, atónito, cayó con la faz contra el polvo y las rocas descarnadas...

Al despertarse Conrado de su largo sueño artificial, Preciosa estaba allí, vestida de negro, pero linda, fresca, reposada, espiando el instante de estrechar entre sus brazos al durmiente.

Éste se incorporó, aturdido aún, sin darse exacta cuenta de lo que le sucedía...

Preciosa, sonriendo, quiso halagarle, ser para él la vida que renace al borde de una sepultura. Conrado, sin aspereza, la rechazó; y a paso mesurado, firme, sin tambalearse ya, despejada la cabeza, salió a la antecámara, abrió la puerta, la cerró de golpe y corrió a la calle... Una brisa suave acarició sus sienes.

Era la mañana del Domingo de Resurrección.







La oración de Semana Santa



El último chá de Persia, que, según nadie ignora, murió a manos de un fanático, tuvo en su historia una página de muy pocos conocida, y yo la ignoraría también a no referírmela una viajera inglesa, de esas mujeres intrépidas e infatigables que registran con emoción y curiosidad los más apartados confines del planeta. Cómo se las arregló miss Ada Sharpthorn (que así se llamaba la inglesita) para obtener la confianza y casi la privanza del sha y penetrar en la cerrada magnificencia de su palacio y conocer íntimamente a sus allegados áulicos, cortesanos y generales, es punto de difícil investigación; pero seguramente, al aspirar a este resultado, no se valió miss Ada de ningún medio reprobable, pues compiten en esta valiente exploradora la decencia y pulcritud de las costumbres con la austeridad del criterio moral y la delicadeza de la conducta. Si miss Ada gozó privilegios desconocidos en Persia, debe atribuirse a la tenacidad que sabe desplegar la raza anglosajona para conseguir sus propósitos, tenacidad que va haciendo a esa raza dueña del mundo.

Contóme miss Ada el episodio que voy a narrar la tarde del Jueves Santo, mientras recorríamos las calles de Ávila visitando Estaciones. En aquellas calles, que todavía recuerdan por varios estilos la Edad Media española, el nombre de Persia sonaba como el de un país fantástico, de juglaresca leyenda o de romance tradicional; costaba trabajo admitir que existiese. Quizá la misma «irrealidad» de Persia en la pacífica atmósfera de la ciudad teresiana, acrecentó el interés de los extraños recuerdos de viaje que evocaba miss Ada, y que intentaré trasladar al papel sin alterarlos.

-Nasaredino -empezó la inglesa- era un monarca absoluto, a quien sus vasallos llamaban sombra de Dios, y que disponía de haciendas y vidas, con dominio incondicional. No sé si ahora se habrá modificado el régimen interior de Persia; entonces -y son épocas bien recientes- no había allí más ley que la omnímoda voluntad de Nasaredino. Para mayor desventura de sus súbditos, el sha no conocía el cristianismo, o, por mejor decir, no quería conocerlo ni permitía que se propagase en sus estados opinión alguna que se apartase del código de Mahoma. Quizá comprendía que Cristo Nuestro Señor es el verdadero enemigo de los déspotas, y que la libertad y la dignidad humanas tuvieron su cuna en el humilde establo de Belén.

Esa misma intransigencia del sha con nuestra santa religión me incitó a probar si le atraía el terreno de la controversia, a fin de combatir sus errores. Aprovechando la rara amabilidad con que me acogía, me dediqué a catequizar a Nasaredino, y buscando el flaco de su orgullo, comencé por pintarle la gloria y prosperidad de naciones cristianas como Francia y la Gran Bretaña, superiores en las mismas artes de la guerra a las naciones sujetas al fanatismo musulmán. Mis argumentos parecían hacer mella en el monarca; a veces le vi quedarse pensativo, acariciando la negrísima y puntiaguda barba, con los rasgados ojos de pestañas de azabache fijos en el punto imaginario de la meditación. No era un necio; ciertas ideas le movían a reflexionar; ciertos problemas se le imponían a pesar suyo, al través de su oriental indolencia y su soberbia de dueño absoluto de muchos millones de seres racionales. Despaciosamente, en correcto inglés solía, transcurrido un rato, contestarme, no sin alguna inflexión de desprecio en su voz grave y bien timbrada.

-Jamás me convenceré de que sean heroicas y viriles naciones que se postran ante un Dios humilde, muerto en un suplicio afrentoso. El gran atributo de Dios es «el poder» y «la fuerza». La única explicación que encuentro a ese enigma es que vuestras naciones se llaman cristianas sin serio realmente, y cuando funden cañones y botan al agua barcos blindados niegan a su Dios con los hechos, aunque le reconozcan con la palabra. Y porque le niegan han logrado el predominio que ejercen. Si se atuviesen a la letra de su fe, como nos atenemos nosotros a la nuestra, nosotros les pondríamos la planta del pie sobre la garganta.

Al hablarme así Nasaredino, dejábame confusa. Pertenezco a las «Ligas» de desarme y de la paz universal, y confío más en la energía del amor y de la fraternidad que en todos los ejércitos de Europa reunidos. Mas, ¿cómo hacer entender la verdad a un bárbaro, y a un bárbaro que se cree un semidiós? Sin embargo, lo intenté. A mi manera, empleando los razonamientos que me sugirió la convicción, le di a entender que la misma fuerza material necesita fundarse en la moral, y que sin base de derecho y razón se derrumba toda soberanía. Y pasando a tratar de nuestro Dios, le afirmé que precisamente el haber sufrido y muerto como murió fue esplendorosa muestra de su ser divino. El sha, moviendo la cabeza me contestó entonces esta atrocidad:

-De esa misma manera que pereció tu Profeta sucumbe todos los días alguno o muchos de mis vasallos. Y ni aun así conseguimos acabar con la perniciosa secta de los «babistas», cuyas doctrinas se asemejan a las de vuestros Evangelios.

-Lo confieso -exclamó miss Ada al llegar a este punto-: tan horrible declaración me trastornó, y estuve a pique de prorrumpir en invectivas contra el tirano. Me reprimí trabajosamente, y Nasaredino, de pronto, como si se hubiese olvidado del giro de la conversación, me anunció que al día siguiente se verificaría una representación teatral en los jardines de palacio, y que me convidaba a ella.

Son estas funciones dramáticas espectáculo favorito de los persas, y todos los viajeros las describen: se celebran de noche, a la luz de los farolillos y linternas y de las hachas encendidas, y el telón de fondo lo da hecho la Naturaleza: una cortina de árboles, un macizo de flores, una fuente, un ligero quiosco, constituyen la decoración. Habituada a asistir a tales funciones, me sorprendió, sin embargo, el aspecto del escenario y el golpe de vista del concurso. En primer término, sillones para el sha y los altos dignatarios: detrás la servidumbre, la multitud de funcionarios y parásitos que pululan en el palacio, infestando sus galerías, claustros, patios y salones. A la izquierda, una especie de tribuna o palco cerrado por rejas de madera dorada y pintada de colorines, desde el cual presenciaban la función, ocultas a los ojos de todos, las esposas de Nasaredino. Con extrañeza noté que no se había invitado a ningún diplomático; la única extranjera, yo. Mi sillón, colocado muy cerca, aunque un poco atrás del soberano, era un puesto altamente honorífico.

Al empezar la representación, desde las primeras escenas, percibí un estremecimiento. Yo no podía entender el idioma en que se expresaban los actores, y que es una especie de dialecto persa muy literario y arcaico (el habla misma bella y sonora, que empleó el poeta Firdusi); pero aun sin inteligencia de las palabras, me parecía darme cuenta del sentido, y hasta creí que era familiar para mí, como algo que hubiese escuchado mil veces y otras tantas llevado en mi corazón. Las escenas del drama me recordaban cosas íntimas, vistas, por decirlo así, al través de un vidrio turbio y roto que desfiguraba los objetos, alternando sus colores y rasgos, sin ocultarlos enteramente. Al final del primer acto (llamémoslo así; la transición consistía en extender un riquísimo paño por delante del escenario y dejarlo caer a los cinco minutos), y mientras nos presentaban amplias bandejas cargadas de golosinas, refrescos y sorbetes, de súbito vi claro: el asunto del drama no era sino la vida de Jesucristo, interpretada a estilo persa.

Se apoderó de mí una tristeza involuntaria. Temía una profanación, una burla, cualquier desmán que hiriese mis sentimientos, y hasta que pudiese obligarme a faltar al respeto al monarca levantándome y retirándome. En voz baja le pregunté si creía que me sería posible permanecer allí; y el sha, con lenta inclinación de cabeza, me tranquilizó; después, volviéndose hacia mí, murmuró seriamente, con toda su oriental majestad:

-No temas ofensa alguna para tu fe ni para tu gran profeta.

En efecto, las páginas principales de la sagrada Vida iban desarrollándose más o menos ingenua y peregrinamente interpretadas, pero con profundo sentido de veneración y de simpatía hacia el Salvador de los hombres. Jesús aparecía Niño, jugando en el atrio del templo; después le veíamos predicar a las multitudes; presenciábamos la tentación de la Montaña, el diálogo con Eblis, genio del mal, y por último, en el tercer acto, penetrábamos de lleno en el drama de la Pasión al ser preso Jesús en el huerto, no sin que trabase ruda y encarnizada batalla entre los discípulos y los sayones, que todos iban armados hasta los dientes, con «kanjiares», puñales, pistolas inglesas y espingardas, y dispararon hasta agotar la pólvora, siendo esta parte de la función, gracioso anacronismo, lo que más parecía entusiasmar al auditorio. Era indudable que el papel de traidores lo desempeñaban los enemigos de Jesús, lo cual se traslucía hasta en el modo de vestirse y de caracterizarse los actores, siniestros y feroces, antipáticos de veras.

Al principiar el acto cuarto, que debía ser el último, el actor que desempeñaba el papel de Jesús apareció atado a una columna de jaspe; empezó la escena de la flagelación, que desde el primer instante me crispó los nervios. Supuse que se trataba de un juego escénico; pero así y todo, salté en el asiento y me tapé los ojos con el pañuelo disimuladamente. Era el actor un hombre joven, como de unos veintiocho años, de noble tipo semítico; llevaba los negros cabellos crecidos y partidos en bucles, y en la escena de la tentación, dialogando con Eblis, había tenido acentos llenos de dignidad, de desdén y de dulzura conmovedores hasta para los que no entendíamos los conceptos. Ahora, amarrado a la roja estela, con el torso desnudo y el rostro respirando un entusiasmo misterioso, una sed de sufrir, revelábase, sin duda, como trágico genial: tanta era la verdad de su ficción, la expresiva fuerza de su actividad. Por lo mismo no quería verle; me conmovía demasiado. El silbido de las cuerdas y de los látigos rasgó el aire; escuché cómo sonaban al herir la carne viva, y hasta oí un sofocado gemido, que semejaba involuntario... Y la voz del sha, su acento de mando grave y, sin embargo, cortés, me obligó a atender, a pesar mío, diciéndome en inglés, con irónica entonación:

-No te niegues a mirar. Lo que sucede ahí no es farsa, sino la realidad misma. Persuádete de lo fácil que es padecer resignadamente y hasta con gozo. El papel de tu Profeta lo está desempeñando a lo vivo y sin protestar un «babista» condenado a muerte... Ya le verás crucificar después.

El grito que exhalé debió ser terrible; como que se detuvieron los verdugos, y Nasaredino me fulminó una ojeada severa, tétrica, imponente. Otra mujer se hubiera acobardado; pero una inglesa, en caso tal, saca de su orgullo de raza y de su cristianismo fuerza bastante para no arredrarse, aun cuando se le viniese encima el mundo.

No sé lo que dije al sha: primero creo que le anuncié una cruzada de las naciones civilizadas contra sus reinos y su poder, y le vaticiné venganzas humanas y cóleras del Cielo; mas como el tirano permaneciese impasible y aun firme y aferrado a su crueldad, una inspiración me sugirió que la causa de Jesús ha de sostenerse por medio de la piedad y de las lágrimas, y arrojándome de súbito a los pies de Nasaredino, cogiendo sus manos llenas de anillos magníficos, las besé, las mojé con llanto, las sujeté, las apreté, hasta que una voz, a mi parecer descendida del cielo, murmuró casi en mis oídos:

-Levántate, extranjera. Serás complacida. Te regalo la vida de ese perro.

No sé lo que respondí. Debieron de ser extremos de júbilo tales, que el grave y pálido rostro del sha se iluminó con una fugitiva sonrisa, y su mano derecha, salpicada de mi lloro, que resplandecía sobre las sortijas de piedras, se extendió en imperativo ademán, comprendido instantáneamente por los que torturaban al desdichado ya cubierto de sangre. No era sólo la vida, era la libertad lo que le otorgaba aquel gesto mudo, y en el exceso de mi alegría echéme a llorar otra vez...

Al llegar aquí guardó silencio la inglesa, y yo sólo acerté a preguntar:

-¿Y qué fue del hombre a quien usted salvó?

-Ese hombre -balbució miss Ada-, dos años después..., asesinó a Nasaredino... ¡Sí, el mismo perdonado!... Ya ve usted cómo no hay en el mundo sino una verdad, que es la verdad de Jesús... Para un cristiano, sería sagrado el hombre que supo perdonar siquiera una vez. Y yo, desde entonces, particularmente estos días de Semana Santa, rezo siempre por el que me regaló una vida; imploro a Dios como imploré al rey absoluto, que al fin me escuchó y se ablandó... Tal vez sea una ilusión rezar por Nasaredino, pero ilusión que me consuela.

-Y por el matador, ¿no reza usted? -interrogué cuando nos detuvimos ante el bello pórtico de la catedral.

-¡También debo hacerlo! -exclamó miss Ada, después de vacilar un instante.


Comentarios (0) - Categoría: TEXTOS DE E. PARDO BAZÁN - Publicado o 22-04-2011 11:12
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Un conto de Semana Santa, por Emilia Pardo Bazán (1)
Un dos xéneros nos que a Pardo Bazán mellor se desenvolvía era no conto. Escribiu así relatos de misterio, policiacos, humorísticos, realistas... Destacan pola modernidade e factura impecable. Hoxe traemos este, acaído á data.


La sed de Cristo


Cuando desde la altura de su patíbulo, abriendo las desecadas fauces, exhaló Cristo la más angustiosa de las Siete Palabras, María Magdalena, que estaba como idiota de dolor, estrechamente abrazaba al tronco de la cruz, se estremeció y, recobrando energía y actividad, a impulsos de una compasión que la penetraba toda, se lanzó en busca de agua que aplacase la sed del moribundo Maestro.
No muy lejos del Calvario, sabía Magdalena que manaba, entre peñascos, purísimo y cristalino manantial. Pidió prestada una taza de arcilla a un hombre del pueblo de Jerusalén, de los que en tropel rodeaban la cruz, y se encaminó hacia la escondida fuente. Poco tardó en encontrarla, sintiendo profundo regocijo al pensar que aquella linfa fresquísima calmaría, siquiera momentáneamente, los sufrimientos del mártir.

Surtía el chorro, más claro que cristal, de una grieta tapizada de musgo y finos helechos, y el rumor de su corriente lisonjeaba el oído y el corazón. Al recoger en el cuenco de barro el agua, Magdalena notó que estaba fría, helada casi, y de nuevo se alegró, pensando lo refrigerante que sería para Jesús el sorbo. Con su taza rebosante corrió al lugar del suplicio, y a fuerza de ruegos logró que le permitiesen los sayones amontonar unas piedras y encaramarse hasta acercar el agua a los labios cárdenos del crucificado. Y cuando esperaba verle paladear el agua consoladora, he aquí que Jesús la rechaza, moviendo la cabeza y repitiendo en un soplo imperceptible: «Sed tengo».

Con la penetración del amor -porque en verdad os digo que no hay nada que ilumine el entendimiento de la mujer como amar mucho y de veras-, Magdalena adivinó que Cristo deseaba otra bebida más exquisita y rara que el agua natural, y era necesario traérsela a cualquier precio. Mientras se precipitaba hacia Jerusalén, iba recordando que el despensero y mayordomo del tetrarca Herodes la había obsequiado antaño con un falerno añejísimo, ardiente como fuego y dulce como miel, del cual una sola gota es capaz de reanimar un yerto cadáver. Suplicante y presurosa rogó la arrepentida a su antiguo galán, y como accediese a sus ruegos, volvió al Calvario radiante, escondiendo bajo su manto el ánfora de inestimable valor, y apoyó el pico en la boca de Jesús. Un movimiento más acentuado de repugnancia y un débil gemido donde casi expiraba inarticulado el lastimoso «Sed tengo», revelaron a la Magdalena que tampoco esta vez poseía el medio de calmar las torturas de la santa víctima.

En su desconsuelo y en su enojo contra sí misma por no haber acertado, reverdeció más y más en la Magdalena la memoria de su escandalosa juventud. Bien presente tenía que un patricio romano, epicúreo fastuoso, lector de Horacio y algo poeta, que por la hermosa hierosolimitana hizo mil locuras, solía hablar de los banquetes del Olimpo pagano y de la misteriosa virtud e incomparable esencia del néctar de los dioses, que infunde la felicidad e inyecta vida a oleadas en las venas exhaustas y en el cuerpo expirante. Y como si algún maléfico poder oculto -tal vez el de Satanás, empeñado hasta la última hora en tentar al Redentor para probar su divinidad- fuese cómplice del insensato anhelo de la pecadora, he aquí que se sintió arrollada y transportada con velocidad increíble en alas del viento, que la depositó suavemente sobre la cumbre de una montaña deliciosa, poblada de olivos, laureles, naranjos cuajados de azahar, que alternaban con boscajes de mirtos y rosales en flor, de embriagador perfume. Bajando airosamente la escalinata de un elegante templete de mármol blanco, salió al encuentro de Magdalena hermoso mancebo sonriente, de rizos color de jacinto y brillantes pupilas, y le presentó una crátera de oro maravillosamente cincelada, donde chispeaba un licor transparente, rosado, de fragancia embriagadora, que trastornaba los sentidos. Llena de gozo, Magdalena estrechó contra su pecho la sagrada ambrosía y sólo pensó ya en ofrecérsela a Jesús, porque era imposible que aquel licor glorioso, escanciado por Ganímedes, no arrebatase el alma del mártir, haciéndole olvidar sus dolores. Sólo con llevar la copa de ambrosía en las manos sentíase Magdalena presa de dulce fiebre y deliquio, y la Naturaleza le parecía más bella, el sol más claro y el aire más ligero, elástico y luminoso. ¡Desengaño cruel! Así que pudo acercar una copa colmada de ambrosía a los labios de Jesús, cuyos tendones estallaban y cuyo rostro descomponía un padecer horrible, el moribundo hizo un gesto de violenta repulsión, y licor y copa rodaron al suelo, derramándose sobre la seca tierra la bebida de los dioses paganos.

Entonces Magdalena, víctima de la tentación, sintió redoblar su amargura. Los resabios de los años de iniquidad resurgieron, porque el pecado deja sedimentos en el alma y sube a la superficie apenas lo remueve la pasión, y aunque la doctrina de Cristo había inflamado el espíritu de aquella mujer, faltaba todavía que la penitencia la purificase y destruyese la vieja levadura. Sucedió, pues, que Magdalena, ofuscada por el dolor de ver que no sabía estancar la sed de Cristo, se imaginó que el Cordero torturado, si rechazaba el falerno que halaga el paladar y la ambrosía que transporta la imaginación, tal vez aceptaría el vino de la venganza y de la ira; tal vez se aplacasen sus sufrimientos al gustar la sangre del enemigo que le clavó en la afrentosa cruz. Y con este pensamiento, Magdalena se acercó a uno de los sayones, el mismo que había fijado sobre la cabeza de Cristo la escarnecedora placa del Inri, y, engañándole, le llevó lejos del Calvario, a un lugar desierto, y aprovechando su descuido le hirió en el cuello con su propia espada, empapó la caliente sangre en una esponja y volvió segura de que Jesús bebería. Y esta vez, al contrario, fue cuando Cristo, con sobrehumano impulso, se irguió sobre los traspasados pies, y exclamó con fúnebre entonación: «Sed tengo.»

María Magdalena cayó al pie de la cruz, desplomada, retorciéndose las manos y arrancándose a mechones las rubias y sueltas guedejas. Su impotencia para aliviar la sed de Cristo la enloquecía, y principió a acusarse interiormente de su impura existencia, sintiendo sobre la frente humillada el rubor y la pena de tanta disipación, del seco erial de su conciencia, donde no tuvo asilo la piedad. Muchas noches, mientras ella derrochaba oro en su opulenta mesa y se reclinaba sobre tapices tirios y pérsicas alfombras, los pobres, a su puerta, esperaban como perros las migajas del festín, y las mujeres de bien, velándose el rostro, apresuraban el paso para no oír las risotadas y las canciones impúdicas. Por eso, sin duda, no podía disfrutar ahora el consuelo de aplacar la sed de Cristo, sed que neciamente creyó satisfacer con el vino de la gula, la ambrosía del placer o la sangre de la venganza. Y al recapacitar, ablandábase poco a poco el corazón de la pecadora, y subiendo a sus ojos el agua del arrepentimiento y de la humildad fluía de sus lagrimales, resbalando lentamente por sus mejillas. Era tanto lo que lloraba Magdalena, que parecía liquidarse su espíritu, y las lágrimas empapaban la ropa y los hermosos extendidos cabellos. Y como levantase los ojos hacia el rostro de Jesús, vio en él una súplica, un ansia tan viva y tan amorosa que, inspirada, juntó las manos y recogió en el hueco de ellas aquel sincero llanto de contrición, y alzándose hasta Jesús, lo llegó a su boca. Por primera vez, en lugar del acongojado «Sed tengo», Jesús respondió a la Magdalena abriendo los labios y bebiendo ávidamente, al par que transfiguraba su rostro una expresión de inefable dicha.


Comentarios (0) - Categoría: TEXTOS DE E. PARDO BAZÁN - Publicado o 21-04-2011 09:27
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