A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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EL PASTOR DE ORIHUELA (Recordando a Miguel Hernández)

EL PASTOR DE ORIHUELA


En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.

Se acaban de conmemorar los 74 años de la muerte física del gran poeta Miguel Hernández Gilabert , quien nació enOrihuela, Alicante, hoy Autonomía de Valencia, el 30 de octubre de 1910, y falleció el 28 de marzo de 1942, en la cárcel de Alicante; debiéramos decir, en una de las perores mazmorras del franquismo, víctima del odio cerril y de la tuberculosis…Dámaso Alonso lo distingue como “genial epígono” de la generación del 27. Pablo Neruda, que le apoyara generosamente en sus inicios, escribe del Pastor de Orihuela:

Recordar a Miguel Hernández, que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela, cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra. No tenía Miguel la luz cenital del Sur como los poetas rectilíneos de Andalucía sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la sangre, trazó su poesía duradera. ¡Y éste fue el hombre que aquel momento de España desterró a la sombra! ¡Nos toca ahora y siempre sacarlo de su cárcel mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio, enseñarlo como ejemplo de corazón purísimo! ¡Darle la luz! ¡Dársela a golpes de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen, arcángel de una gloria terrestre que cayó en la noche armado con la espada de la luz!

En mi propio “exilio financiero” en Buenos Aires, entre septiembre de 1989 y diciembre de 1990, conocí al poeta y escritor paraguayo, Elvio Romero, nacido en el pueblo de Yegros, en el interior campesino del Paraguay, en 1926. A fines de la década de los 90, él era director de una editorial bonaerense… Me lo presentó el poeta Aristóteles España, en cuya casa de Lavalle encontré providencial refugio y cálido hogar.
Quizá por semejanza de origen y hermanamiento de sensibilidades estéticas, Elvio Romero era entusiasta admirador y conspicuo estudioso de la poesía de Miguel Hernández. En nuestra segunda reunión, en el café Tortoni, me obsequió su exquisita biografía, Miguel Hernández, Destino y Poesía, que leí con especial regocijo.
El ejemplar, que conservo, es de la primera edición de 1959, con la correspondiente dedicatoria de Elvio, fechada el 30 de noviembre de 1989, en la capital del Plata. Desde el inicio de la lectura se puede apreciar el cariño del autor por el notable poeta-personaje, cuya vida va detallando con amorosa dedicación y certero conocimiento.Nos narra su difícil infancia, la negativa de su padre para que continuara sus estudios, forzándolo a hacerse pastor de ovejas; un hecho común entre los siervos de la tierra, atados a la inmutable rueda de una existencia de expoliación y miseria, en la que los padres solo esperan un relevo o una ayuda material de los hijos, para aliviar la carga insoportable del trabajo rudo, de sol a sol, sin otro descanso que la noche que les abraza en cotidiano y mezquino alivio.El padre suele golpearle de manera brutal, y es posible que allí tengan su origen las atroces cefaleas que sufría el poeta. No obstante, se las arregla para leer en las pausas de su trabajo pastoril, con la devoción de quien se entrega con cuerpo y alma al “vicio impune”.

Un carnívoro cuchillo
de ala dulce y homicida
sostiene un vuelo y un brillo
alrededor de mi vida.
Rayo de metal crispado
fulgentemente caído,
picotea mi costado
y hace en él un triste nido.
Mi sien, florido balcón
de mis edades tempranas,
negra está, y mi corazón,
y mi corazón con canas.


Con veinticuatro años (1934), Miguel deja Orihuela y viaja a Madrid. Sus expectativas son desmesuradas, imagina que será recibido como un poeta consagrado, pero la desilusión no se hará esperar. Salvo el poeta Vicente Aleixandre (Premio Nobel 1977) y el vate chileno Pablo Neruda (Premio Nobel 1971), que le acogen con generosidad y beneplácito, el resto de poetas y escritores, ya célebres, le dispensan la frialdad habitual de ese tipo de cenáculos, donde suelen primar la envidia y la desconfianza. Sus desacuerdos con Federico García Lorca se harían patentes, dejando entrever la distancia generacional que les separaba (Lorca era doce años mayor), y hondas diferencias en la concepción estética y en el compromiso político de la escritura. No obstante, Hernández funda con Aleixandre, quien le acoge en su casa como a un hermano, la revista Caballo Verde para la Poesía.

Quien influirá, ideológica y estéticamente en su poesía, va a ser Pablo Neruda. Las revolucionarias ideas, sociales y estéticas, del vate chileno, impresionarán al joven poeta campesino, alejándolo de su primera intencionalidad católica. Este proceso le llevaría a tomar partido definitivo por la República, transformándose en un rapsoda combatiente, que alternará el fusil con las octavillas poéticas y las arengas libertarias en medio del fragor de las trincheras. Asimismo, colaborará con entusiasmo en las Misiones Pedagógicas, iniciativa inspirada en el gran maestro laico de la República, Giner de los Ríos, con el propósito de instruir al pueblo y acercar la cultura a los sectores más desfavorecidos de la desigual sociedad española.

En medio del fragor de la lucha, se casa con Josefina Manresa, con la que tendrá dos hijos, el primero de los cuales muere en 1938; el segundo, que le sobrevivirá, nace en 1939, a quien dedica desde la cárcel las celebradas Nanas de la Cebolla. Durante la contienda fratricida, publica una serie de poemas en las revistas El Mono Azul, Hora de España y Nueva Cultura, y ofreció numerosos recitales en el frente de combate.

En cuanto a la amistad, esa otra forma del amor, Miguel Hernández la conocerá tempranamente con Ramón Sijé (José Ramón Gutiérrez), tres años menor que él, de familia acomodada y estudios académicos. Ramón supo apreciar el talento de Miguel y lo apoyó con atinados consejos, con el complemento de buenas lecturas y aun mediante contribuciones económicas. Su prematura muerte, producto de una septicemia aguda, ocurrida en diciembre de 1935, constituyó un durísimo golpe para Miguel Hernández, magistralmente volcado en su estremecedora Elegía:

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.


El 1 de abril de 1939, Francisco Franco declara finalizada la guerra. Pero la muerte había desbocado sus corceles y la paz oficial hizo de España un gigantesco muro de ejecuciones sumarias. Miguel Hernández trató de cruzar la frontera portuguesa, sin éxito. Estuvo prisionero en Huelva y Sevilla, y luego en la cárcel de Torrijos, en Madrid. Fue liberado sorpresivamente, y desoyendo los consejos de quienes le recomendaban el exilio en Sudamérica, retornó a Orihuela, donde fue detenido y trasladado a Madrid, para ser condenado a muerte. La ejecución no se cumplió, y el poeta fallece a los treinta y dos años de edad, abatido por la enfermedad y laimplacable inquina de los conjurados… Se cuenta que no pudieron cerrar sus grandes ojos de “niño yuntero”. Quizá sea su más certera metáfora para el que supo ver y descubrir y desvelar aquello que otros no vieran…
Vuelvo a Elvio, el poeta paraguayo, el amigo que me tendió una mano en los días amargos de Buenos Aires, como lo hicieran también Poli Délano y Carlos Fernández… Elvio Romero me contó de su vida de militante como comunero, cuando antes de cumplir los 21 años debió abandonar esa “profunda tierra” que amaba como a una madre. Buenos Aires se transformó en su hogar definitivo y en una virtual universidad, como lo ha sido para muchos inmigrantes. Pero su patria era parte de una honda saudade que está presente en toda su obra y, sobre todo, en su vibrante poesía, de inequívoco acento guaraní.

Y en el fraternal paralelo que establezco entre poetas de raigambre campesina –y recuerdo también a Efraín Barquero-, les abrazo a ambos, como hermanos de España y de la América morena, unidos en esta “castellana lengua” que heredamos de los “conquistadores torvos”, según escribiera Pablo Neruda, jinetes iracundos que nos dejaron las perdurables“piedrecitas luminosas” del idioma, con las que seguiremos construyendo el edificio infinito y asombroso de las palabras.


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Edmundo Moure
Marzo 2016
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 31-03-2016 00:08
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MIEDO AL OLVIDO ( Alzheimer)
EL MIEDO AL OLVIDO


Mnemósine


La memoria es bagaje y herramienta fundamental del escritor. También es atributo cotidiano para sobrevivir. Al parecer, entre los seres vivos, el único que la posee, como rememoración reflexiva y de alcance remoto, es el ser humano, aunque algunos creen que otras especies cuentan con un registro memorioso significativo, lo que les permite afrontar los riesgos y apremios de la existencia. Hay quienes hablan de la memoria del elefante o de la nostalgia del salmón, que en la vejez remonta el río para morir en la fuente donde nació. Esto último es incierto y metafórico, pero no podemos desestimarlo.
A medida que avanzamos en el tiempo y nos volvemos viejospercibimos el progresivo deterioro de la capacidad nemotécnica. De pronto, se nos escapa el significado de una palabra otrora conocida o se nos difumina un nombre… -¿Cómo se llama el protagonista de la película El Náufrago? Te lo preguntas y no das con él; ha caído un velo sobre aquellas sílabas breves… Pero, según consejo al uso, no fuerzas la búsqueda, te distraes de la interrogación y de súbito surge el nombre perdido: Tom Hanks… Respiras con alivio, como si hubieses aventado para siempre la amenaza del olvido. (Hasta la próxima, claro).
El nombre fatídico viene hoy en una palabra alemana, Alzheimer. Antes, se hablaba de arterioesclerosis, demencia senil y, en lenguaje criollo chileno, de “clorinda”. Así, cuando alguien presentaba los temibles síntomas de irse extraviando en una nebulosa, se decía: -“Está con la Clorinda”, en desmedro de las féminas sujetosde ese nombre propio. Humor equívoco para eludir el temor de su riesgo inminente.
Un rasgo de esta temible senilidad encaminada al extravío, es un reborde blanquecino que se va extendiendo en la base de la pupila, primero como una línea apenas perceptible, para luego ir engrosándose paulatinamente. No hace mucho, me topé con un ex camarada del colegio Don Bosco, en un café céntrico. Respondió a mi saludo con gesto desorientado; no me recordaba, pese a que compartimos algunos sucesos significativos en los últimos años de las humanidades. Me percaté de esa marca rotunda en sus ojos y de su consiguiente dificultad para hilar los recuerdos desde un territorio donde comenzaban ya a prevalecer las sombras.
Suelo observarme en el espejo, buscando el atisbo de esa línea, como si yo fuera un viejo marino que intuye el ingreso al terrible mar de los sargazos, donde los vientos del este y el oeste de detienen para establecer un espacio de aviesa quietud en la que las naves a vela permanecen inmóviles, en una especie de reino de la nada, es decir, en total desconexión con el mundo de la actividad y el afán humanos…
Aún no he notado algo anómalo en mis pupilas –caro lector- y quiera el dios de la memoria de nunca llegue a percibirlo. Y aunque Mnemósine no es una diosa, sino una titánide, hija de Gea y Urano, se la creía poseedora de propiedades divinas, al menos como intercesora ante Zeus, por lo que incluyo su retrato al comienzo de esta crónica, estimando que podemos clamar a ella para que posponga nuestro cruce inevitable del río Leteo, que los romanos ubicaban en la antigua Galaequia, antes de ingresar a la peligrosa comarca de los celtas.Aunque Caio Junio Bruto, que comandaba aquellas tropas, en el año 285 A.C., atravesó el cauce funesto y desde la ribera opuesta llamó a sus soldados, uno a uno, por los nombres, dándoles a entender que su memoria estaba intacta. Quizá desde entonces venga la creencia en la proverbial facultad memoriosa de los gallegos, descendientes –suponemos- de los aguerridos celtíberos.
Hace seis o siete años –no lo recuerdo con precisión- el escritor chileno, Enrique Lafourcade, sufrió los primeros estragos del Alzheimer. Hoy se encuentra recluido en un asilo privado, al parecer desprovisto por completo de recuerdos, sin saber siquiera de su propia identidad, en el atroz abandono del olvido. Su caso nos impresiona, quizá por lo que ello significa para quien desarrolló su largo oficio sobre la base de una poderosa memoria; alguien que ejercitó esta preciada facultad sin pausa y con destellos lúcidos y creativos, como un gran cronista, aun cuando su anhelo fuera llegar a ser un excelso novelista, integrante del llamado boom latinoamericano, cenáculo exitoso al que ningún escritor chileno pudo acceder, tal vez por las endémicas limitaciones de nuestra “narrativa nacional”; ni siquiera José Donoso ha sido considerado entre esos pares, posibles inventores –lo que es asaz dudoso- del “realismo mágico”, pródigo en discípulos garciamarquianos, con menor o mayor triunfo de ventas…
Al parecer, hubo escritores que advirtieron con antelación la llegada del “terrible alemán”, y evitaron sus devastaciones, poniendo fin a su vida con un pistoletazo. Puede que haya sido el caso de nuestro compatriota Joaquín Edwards Bello, y del húngaro SandorMárai. No existe la certeza de ello, pero lo podemos presumir, quizá desde el propio miedo que sentimos al mirarnos en el espejo de la decrepitud.
Hace unos días tuve otra experiencia con un amigo de mi generación, poeta de cierto renombre. Me comentó que estaba perdiendo la memoria, que se olvidaba de los patronímicos de personas conocidas, e incluso célebres; que perdía cada semana un par de anteojos; que dejaba libros olvidados en bancos de la plaza o en el autobús… -Estoy tomando vitaminas y reconstituyentes –me dijo, con un gesto desolado, -pero maldito el provecho que obtengo de eso… Mi mujer me compró una libreta, donde anoto las cosas que debo hacer cada día… hasta que olvide para qué sirve…
Traté de consolarlo, invitándole a una cerveza, luego de advertir bajo su pupila el inexorable trazo blanquecino. Después de tres o cuatro botellas, fuimos a desaguar. Frente al espejo, con las manos puestas en la faena fisiológica, mi amigo preguntó: -¿Quién es ese huevón que nos mira? No había nadie más que nosotros en los urinarios… -¿Cúal? –le dije. –Ése –me respondió, señalando con un gesto del labio inferior mi rostro en el espejo, y agregando, después de una breve risa nerviosa: -No me acuerdo cómo se llama ese boludo…
Al sentarnos, me miró con fijeza, diciéndome: -Tú eres fulano de tal, ¿o me equivoco?
Había dicho otro nombre. No le corregí. Quizá se trataba de una broma negra. En la primera librería compré una agenda roja… Tal vez sea hora de comenzar con las anotaciones.


Edmundo Moure
Marzo 2016
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 29-03-2016 22:38
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Ramón Suárez Picallo na derradeira sesión do parlamento republicano
O xornal La Voz de Galicia faise eco das reivindicacións dos deputados galegos na última sesión do Congreso dos Deputados da II República, dos que se cumpre nestes días o 80 aniversario. Entre eles, destaca a voz clarificadora de Ramón Suárez Picallo.
--> Así sonaba Galicia en el Congreso hace 80 años
Comentarios (0) - Categoría: Actualidade - Publicado o 25-03-2016 13:53
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EDMUNDO MOURE NA BIBLIOTECA VIRTUAL DE GALICIA DIXITAL
Edmundo Moure
Na biblioteca virtual de Galicia Dixital poden consultarse dúas obras do noso socio e colaborador chileno Edmundo Moure: "El libro de los Anhelos" e "Chiloé y Galicia: confines mágicos". Convidámosvos a que non deixedes de lelas agora que tedes oportunidade.
Comentarios (0) - Categoría: Actualidade - Publicado o 15-03-2016 19:14
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Sobre RAMÓN LOUREIRO
DIARIOS DE LA ÚLTIMA BRETAÑA



“En mí todo es pasado. Habito el fermento
de los recuerdos, el ansia de la niebla y esa
letargia, a veces dulce, de la saudade”
Ramón Loureiro


Mi gentil amiga de Sada, Regina Basadre, me ha traído desde Galicia un regalo singular, el libro de Ramón Loureiro, recién publicado por Eurisaces Editora, Diarios, con certero prólogo de César Antonio Molina.

A través del fantasioso éter cibernético, me había yo enterado de este libro y de su presentación allá, en la “Última Bretaña”, como llama Loureiro al mundo y trasmundo del finisterre gallego, al comenzar el 2016, en que él cumple medio siglo y yo acabo de enterar los tres cuartos… Pero yo le conocía hace una década, a través de hondas palabras literarias que me ayudaron a culminar mis “Memorias Transeúntes” o “Libro de los Anhelos”.

Hará diez años, adquirí en Follas Novas, la librería gallega que visito en cada viaje a la Terra Nai, un ejemplar de El Corazón Portugués, hermosa novela de este Ramón que enriquece la estirpe creativa de otros ilustres Ramones de la Península Ibérica, esa ancha patria que hemos adoptado con la mitad del corazón, porque la otra, enraizada en las vastedades telúricas del Último Reino, es sudamericana, como este confín austral que se adelgaza, cual flecha ciclópea, para acabar en la confluencia portentosa de los dos océanos, Atlántico y Pacífico, en el cono geográfico donde estallan las aguas y concluye la bitácora de todas las aventuras.

Ramón Loureiro nos entrega una entrañable escritura, sustentada en un pasado vivo, cuyos ecos él rescata con sabiduría y propiedad, haciéndolos suyos para que convivan con el arduo presente que nos toca padecer, adentrados ya tres lustros en el siglo XXI. La fina sensibilidad del poeta que sin duda es, le lleva a lamentarse por su coexistencia en un mundo que le resulta ajeno en muchos aspectos y situaciones. Este sentirse fuera de época es propio de espíritus que asientan sus raíces en la tierra nutricia de la tradición histórica y cultural, donde convivieran, durante milenios, los pueblos, etnias y estirpes que nos hicieron posibles, cuya arcilla vital nos conforma, querámoslo o no, para ser como somos.

En un tiempo en que todo parece transarse en el atroz mercado de lo superficial, cuando el aquí y ahora nos absorben con enloquecido apremio, forzados a poseer cosas insustanciales, alejándonos del auténtico ser, Ramón Loureiro recoge y reparte entre nosotros, en un rito que se vuelve eucaristía de las palabras, sus recuerdos, vivencias, anhelos y fantasías que apenas parecen tocar la pedestre realidad cotidiana.

Más que escribir, en sentido lato, Ramón habla, dialoga y conversa con “ese que siempre va conmigo”, al decir de Antonio Machado, interlocutor que se multiplica en un nosotros del que formo –dichoso yo- parte despierta e interesada. Y es que me ocurre con este notable libro, llamado sucintamente Diarios, lo que sucede en contadísimas ocasiones: soy leído por sus páginas, a medida que camino por su constante remembranza, cuando entro en la Cocina Vieja de la Casa del Horno de Pedre y me asaltan los viejos aromas que hace treinta años percibiera, por primera vez, en la casa petrucial de A Touza, al descubrir que aquel hasta entonces inexplicable desasosiego, era la intuición inconsciente de esa Tierra que se me develaba como propia, más allá incluso de un sentido anímico y familiar de la morriña, asociadacomúnmente con sensaciones primarias de ancestrales tipologías migratorias… Sí, era la pertenencia más allá del tiempo y el espacio.

En la prosa diáfana y a veces desencantada de Ramón Loureiro, prevalece sin embargo un fino humor que nos hace sonreír en la levedad precisa de sus destellos. La retranca galaica deviene aquí en sutil ironía bergsoniana, y nos trae a la memoria la sentencia de Mark Twain: “El humor es la cosa más seria del mundo”. Ramón se ríe primero de sí mismo, con misericordia de cristiano viejo, o con ribetes existencialistas, para decirnos, sin ambages: “Listo no soy, eso es verdad. Soy tonto, y así me ha ido, cualquiera puede verlo”… Hago mío su aserto, como tantas cosas de este libro, porque la nuestra es época de astutos y de audaces, tan alejados de la auténtica inteligencia como un simio tecnificado de un sabio que reflexiona sobre las miserias de nuestro tiempo.

Quisiera citar para ti, amigo lector, textos y pasajes de estos Diarios, para compartir su disfrute, pero solo es posible hacerlo con un puñado de palabras como éstas:

“Por lo general, todas las puestas de sol son muy hermosas en los Límites Occidentales de la Última de Todas las Bretañas Posibles, que es donde a veces, a última hora de la tarde, mientras la noche se acerca, se escuchan las postreras campanadas del día, que despeinan a los ángeles de melena suelta y más larga al ser lanzadas al aire las torres de las iglesias que se alzan frente al Mar Mayor, donde el continente termina.”

Y de ese pretérito remoto, que para muchos es letra muerta o ceniza estéril, Ramón revive reflexiones poéticas e interpretativas que reconfortan el espíritu:

“No cabe duda de que hubo un tiempo, más o menos el del reinado de Felipe II, en el que, como cuenta Hugh Thomas, las novelas de caballerías cambiaron muchas vidas. Entre ellas, las vidas de quienes, leyendo las grandísimas hazañas y las maravillosas conquistas de los que protagonizaban esos libros, llegaron a la conclusión de que el Destino tiene menos poder del que se le atribuye y decidieron marchar al Nuevo Mundo”.

Hay nombres y también seres entrañables que nos pertenecen –a Ramón y a mí-, como Basilio Losada, a quien conocí en el año 2002, en Santiago de Compostela, cuando me obsequiara su precioso libro La Peregrina; como Gonzalo Torrente Ballester, cuya saga novelesca, Los Gozos y las Sombras, leyéramos en casa –mi padre, mi madre y nosotros, los ocho hermanos. Recuerdo la visita a su Fundación, conducido por mi amigo Xosé María Palmeiro, hará doce años.

Pero, sobre todo, su cercana comunión con Álvaro Cunqueiro, autor que tampoco me canso de leer, al que vuelvo con asiduidad cada vez que requiero de sus palabras luminosas, sean éstas en el gallego de mi infancia o en el rotundo castellano de la instrucción escolar.

César Antonio Molina define a Ramón Loureiro como un “creedor”, sí, un hombre de acendrada fe, no exento de esa angustia existencial que acomete también a descreídos o agnósticos como Fernando Pessoa (como yo mismo, si se me excusa la pretensión comparativa). Así, el oficio de este sillobrés se traduce en “escribir no para explicar, sino para entender”. Y más adelante, apunta el lúcido prologuista:

“Loureiro está en el Finisterre de Europa… y escribe como Ovidio redactó sus quejosas Cartas de Ponto: con palabras (aquellas en latín, éstas en gallego-castellano o viceversa) que son lágrimas. Lágrimas de dolor, pero no de renuncia, no de claudicación, sino de afirmación. Desde el extremo del mundo, desde el extremo de la vida, el diario de ambos se convierte en una patria, el exilio como una patria. La escritura como acontecimiento, la escritura como ley de esa patria nueva”.

Basilio Losada nos decía que él posee nueve patrias. Ramón Loureiro tendrá otras tantas, o quizá menos, tal vez la Última Bretaña sea la primera de ellas, aunque yo creo que la de Sillobre también lo será; como para mí lo es aquel pequeño villorrio, enclavado en los montes del sur de Lugo, de nombre enigmático, A Touza, donde pude haber nacido, quizá, por un prurito estético y amoroso del subjuntivo.

Y ya para terminar esta crónica, que pugna por extenderse, como los viajes de su mentor, aventurero de la fantasía, León Daniel María Bonaparte, personaje y alter ego en los magníficos Diarios, me declaro compatriota en plenitud y compañero de travesía, entre confines y finisterres, de Ramón Loureiro.

Así sea.

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Edmundo Moure
Santiago de la Nueva Extremadura
Último Reino

Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 01-03-2016 01:47
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