A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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LA NAVIDAD DEL PAVO, por E. Pardo Bazán

LA NAVIDAD DEL PAVO


Por Emilia Pardo Bazán

El mayor mal que puede sobrevenir a un ser naturalmente estúpido, es adquirir de pronto los dones de la inteligencia. Si lo dudáis, os referiré la aventura de un pavo, del cual, si se descuida, no quedarían ni huesos, porque los huesos de pavo son muy gratos a los canes. En este pavo de mi cuento existía, por lo menos, el instinto de conocerse y saber que, inteligencia, no la tenía. Y es cosa poco común, pues la inmensa mayoría de los pavos se juzga muy avisada, y se hincha y robumba de orgullo, por tan ventajosa opinión de sí propia. Nuestro héroe, al contrario, conocía, como conoció la abutarda el pesado volar de sus hijos, que no le unía a Salomón lazo alguno; que era tonto perdido desde el día de nacer. Y como la humildad es el reducto en que se abroquelan los tontos, o mejor dicho, en que debieran abroquelarse, nuestro pavo, humildemente, determinó pedir a quien fuese más que él y que todos, que le hiciese, de la noche a la mañana, brotar talento. Su ruego se dirigió al Niño Jesús, que se veneraba en la casa cuyo corral habitaba el pavo. Sabía que el Niño puede proteger al que le implora, y que a la tía Carmela, guardiana del corral, en más de una ocasión el Niño la sacó de graves apuros. Era, además, tan lindo y gentil el divino Infante, que atraía y convidaba a pedirle favores. Caía, pues, la cresta; entornando los ojos bajo la azul membrana que los protegía, el pavo se acercó a la urna en que el Niño vestido de rancia seda blanca, alzando en la diestra su mundillo de plata que tiene por remate una cruz, derramaba la gracia de su faz riente y la bondad de sus ojos de vidrio sobre la pobre casa y sus moradores. Y el Niño, recordando que Francisco, el de Asís, miró como a hermanos inferiores a los irracionales, sintió un movimiento de simpatía hacia la gallinácea destinada a saciar la glotonería de los humanos, y quiso atender a su súplica. Mas cuando supo lo que pedía el pavo, la manezuela regordeta que ya iba a bajarse concediendo, se alzó otra vez, y en el lenguaje del misterio, el Niño dijo al pavo: -Pero ¿tú has pensado bien lo que solicitas? Como el pavo insistiese en su demanda, el Nene porfió. La inteligencia, para un pavo, era igual que la hermosura para una almeja: ¡don inútil, y tal vez hasta funesto! Mas el peticionario insistió: ¡quería a toda costa aquella cualidad que tanto se alaba en el hombre! Y entonces, Jesusín otorgó... Sintió el pavo como si dentro de su cabeza se encendiese viva luz. Todo lo vio claro y con realce. Él era un volátil torpe a quien mantenían en un corral, echándole todos los días el sustento, sin que se le impusiese otra obligación ni otro trabajo sino ir engordando y descansar. Sus congéneres, los demás pavos, estaban en igual caso, y, sin meterse en más averiguaciones, picaban el grano, devoraban el cocimiento de salvado, glugluteaban satisfechos, hacían la rueda, cortejaban a las pavas y dormían sueños largos, en la tibieza del cobijadero que les abrigaba de noche. Nuestro héroe, dotado ya de la facultad de comprender, comprendió que los demás pavos eran felices. En cuanto a él..., variaba: vivía inquieto, en continua ansiedad, en incesante sobresalto, cavilando en lo que podría sucederle, después de aquella regalona existencia, y si duraría. Poco tardó en adquirir noticias respecto a este extremo. Palabras sueltas de la guardiana, conversaciones con las vecinas, le ilustraron. La señá Carmela solía gruñir entre dientes: -Híspete, pavo, que mañana te pelan... Tú veras, cuando la Navidá llegue... Y si bien nuestro héroe, con entendimiento y todo, no podía hablar, ni preguntar qué pasaría cuando la Navidad llegase, bien se le alcanzaba que cosa buena no podía ser. No; tenía que ser muy mala, muy cruel, muy terrible. Esta convicción se fortaleció cuando, al acercarse la anunciada época de Navidad, notó el pavo que a él y a sus compañeros les imponían un régimen extraordinario, inexplicable. ¿A qué venía, me quieren ustedes decir, tanto atracarles de bolitas de pan, y después, tanto introducirles bárbaramente en el gañote nueces enteras con su cáscara, duras como guijarros, y progresando en el número hasta llegar a veinte diarias? Nuestro protagonista creía sentir que se le rajaba el buche. «Jamás las digeriré», pensaba, sofocándose. Y al cabo las digería, pero pasaba el día entero presa de entorpecimiento y modorra, cual los hombres que sufren dilatación gástrica... Una mañana, cuando acababan de administrarle la vigésima nuez, entró una vecina, la cacharrera de al lado, y dijo a la señá Carmela: -¿Tié usté un pavo listo ya? ¿Bien cebadito? Me ha encargao de buscarlo el cocinero del señor marqués... Es pa la cena de Navidá. Ha de ser cosa de satisfacción. -Aquí hay uno que paece un tocino... Mírelo usté, y tómelo al peso... Y cogiendo a nuestro héroe por las patas, a pesar de una desesperada resistencia, sopló la mujer sobre el plumaje de los zancos, para hacer ver la piel estallante de grasa. -No paece malo -declaró la cacharrera-. Le pediremos cuatro pesos, y usté me da a mí un par de pesetillas... -Y el cocinero le pone seis duros al señor marqués... y arza -repuso la señá Carmela. A nuestro pavo se le había cubierto de lividez la cresta, el moco y las carúnculas; al dejarlo en tierra la señá Carmela, apenas podía tenerse en las patas. Había comprendido perfectamente, puesto, que tenía la facultad de comprender. Iban a venderle para degollarle y devorar sus restos. ¡Horrible destino! Nada podía hacer para evitarlo. ¿Huir del corral? ¿Esconderse? ¿Y adónde iba? Por todas partes le acompañaría como una sentencia de muerte su gordura, su fatal grasa fina, de ave de lujo. El primero que le atrapase, le retorcería el pescuezo y le pondría a asar. No había escape. Su suerte sería la misma de sus compañeros..., sólo que éstos ignoraban el triste sino, y la víspera de su degollación comerían con el mismo apetito la ración de salvado, y tragarían las duras nueces, sin protesta. Entonces conoció nuestro pavo por qué le decía Jesús, con su risa de hoyuelos: -Pero, ¿tú sabes lo que pides? Y revistiéndose nuevamente de humildad, logró entrar en la salita donde se alzaba la urna, y su muda plegaria se elevó hasta la dulce imagen. El Niño ya sabía de lo que se trataba. Comprendía la tragedia interior de la desventurada ave, que, a diferencia de las demás de su especie, sabía, sabía de la ceba, del agudo cuchillo, e iba a saber del impío rellenamiento, del horno ardiente, del nuevo despedazamiento en una mesa donde se ríe y se bebe champán, masticando la pechuga blanca del ave mísera. Piadoso, Jesús bajó de nuevo la mano, y murmuró: -Ve en paz. No temas. Se fue el pavo, consolado, tranquilo, porque en él había surgido una fuerza admirable, un resorte desconocido, ¡la fe! ¡Y la fe es buena hasta para los pavos, y es más fuerte que el cuchillo y que el horno! El pavo no temía, puesto que el Niño le ordenaba que no temiese. Eran, sin embargo, para dar pavor las circunstancias. Le habían cogido en el corral y trasladado a las cocinas del marqués. Y allí, su futuro verdugo, el pinche, se dedicaba a hacerle absorber tragos de aguardiente, alternando con él en la tarea. Poco a poco, la embriaguez se apoderaba de nuestro pavo. Sus pasos eran vacilantes, su cresta despedía fuego. Un vértigo le confundía. En medio de este vértigo, parecíale sufrir una transformación. Sus miembros perdían la elasticidad. Poco a poco, en vez de pavo de carne, se convertía en pavo de cartón iluminado, muy bien modelado, sostenido en dos patitas de alambre. Y oía exclamaciones de furor en la cocina. El jefe reñía colérico al pinche. -A ver qué has hecho del pavo. So curda. ¡Lo has tomado y lo dejaste escapar! Y casi al mismo tiempo, la doncella gritaba: -¡Habrase visto! ¡Pues no se han traído aquí el pavito de Belén! ¡Vente, monín, que voy a llevarte a tu sitio! Momentos después nuestro pavo, acartonado completamente, inmóvil, reposaba al pie del Niño Dios, que, entre sus pañales, bendecía a los pastores, y aceptaba los dones de los Reyes Magos. Salvado del suplicio, salvado de que triturasen sus carnes dientes glotones, el pavo miraba con infinito reconocimiento al Infante divino. Encontraba que estar allí, a sus piececillos, bajo el hálito pacífico del buey y de la mula; ser uno más en el sacro bestiario, era una suerte mejor que la de antes, una suerte feliz. ¡Aleluya!


(Conto de Emilia Pardo Bazán publicado en Voluntad o 15 de decembro de 1919)
Comentarios (0) - Categoría: TEXTOS DE E. PARDO BAZÁN - Publicado o 24-12-2015 14:51
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EL PRIMER MILAGRO, conto de nadal de Azorín
Este conto de nadal, é un agasallo do noso colaborador e bo amigo Edmundo Moure Rojas.


Este cuento apareció como historia del mes de diciembre en el Número Almanaque para 1927 de la revista «Blanco y Negro». Posteriormente fue incluido en la obra «Blanco en azul» (editada en Madrid en 1929 por Biblioteca nueva).





EL PRIMER MILAGRO,

por Azorín (José Martínez Ruiz)

La tarde va declinando; se filtran los postreros destellos de sol por el angosto ventanuco del sótano. Todo está en silencio. Las manos del anciano van removiendo, como si fuera una blanda masa, el montón de monedas de oro, relucientes, que está sobre la mesa. El anciano tiene una larga barba entrecana; los ojos aparecen hundidos. Los últimos fulgores del sol van desapareciendo; por el tragaluz ya sólo se escurre una débil y difusa claridad. Las monedas vuelven a la recia y sólida arca. El anciano cierra la puerta con un cerrojo, con dos, con una armella, con unas barras de hierro, y luego asciende, lento, por la angosta escalerita. Ya está en la casa. La casa se levanta en un extremo del pueblo; se halla rodeada de extenso vergel, y tiene, a un lado, una accesoria para labriegos y servidumbre. El anciano camina lentamente por la casa; su índice –el de la mano derecha- pasa y repta sobre la curvada nariz. Al pasar por un corredor ha visto el viejo una puerta abierta; esta puerta ha mandado él que esté siempre cerrada. Se detiene un momento el viejo; da una voz de pronto; le enardece la cólera; acude un criado; el viejo impropera al criado, se acerca a él, le grita en su propia cara. Tiembla el pobre servidor, y prorrumpe en palabras de excusa. Y el viejecito de la barba larga prosigue su camino. De pronto se detiene otra vez; ha visto sobre un mueble unas migajas de pan. La cosa es insólita. No puede creer el anciano lo que ven sus ojos. Llegarán, por este camino, a dispersar, destruir su hacienda. Han estado aquí, sin duda, comiendo pan -pan salido, indudablemente, de la despensa-, y han dejado caer unas migajas. Y ahora su cólera es terrible. La casa se hunde a gritos; la mujer del viejo, los hijos, los criados, todos, todos, le rodean suspensos, temblorosos, mohínos, tristes. Y el viejo prosigue con sus gritos, con sus denuestos, con sus improperios, con sus injurias.
La hora de cenar ha llegado. Antes ha conversado el anciano con los cachicanes que llegan todas las noches de las heredades cercanas. Todos han de darle cuenta- cuenta menudísima, detallada- de la jornada diaria. No puede acostarse ningún día el viejo sin que sepa, concretamente, en qué se ha gastado el más pequeño dinero y qué es lo que han hecho, minuto por minuto, todos sus servidores. La relación de los labrantines se desliza entreverada por los gritos y denuestos del anciano. Y todos sienten ante él un profundo pavor.
El pastor se ha retrasado un poco esta noche. El pastor regresa de los prados próximos al pueblo, todas las noches, poco antes de sentarse a la mesa el anciano. El pastor apacienta una punta de cabras y un hatillo de carneros. Cuando llega, después de la jornada, por la noche, encierra su ganado en una corraliza del huerto y se presenta al amo para dar cuenta de la jornada del día. El anciano, un poco impaciente, se ha sentado a la mesa. Le intriga la tardanza del pastor. La cosa es verdaderamente extraña. A un criado que tarda en traerle una vianda -retraso de un minuto-, el anciano le grita desaforadamente. El criado se desconcierta; un plato cae al suelo; la mujer y los hijos del viejo se muestran despavoridos; sin duda, ante esta catástrofe –la caída de un plato-, la casa se va a venir abajo con el vociferar colérico, iracundo, tempestuoso, del viejo. Y, en efecto, media hora dura la terrible cólera del anciano. El pastor aparece en la puerta; trae cara de quien va a ser ajusticiado; en mal momento va a dar cuenta de su misión del día.
-¿Ocurre alguna novedad?- pregunta el viejo al pastor
El pastor tarda un instante en responder; con el sombrero en la mano, mira absorto, indeciso, al señor.
-Ocurrir, como ocurrir- dice al cabo-, no ocurre nada…
-Cuando tú hablas de eso modo es que ha ocurrido algo…
-Ocurrir, como ocurrir… -repite el pastor dando vueltas entre las manos al sombrero.
-¡Sois unos idiotas, mentecatos, estúpidos! ¿No sabéis hablar? ¿No tienes lengua? Habla, habla…
Y el pastor, trémulo, habla. No ocurre novedad, no ha sucedido nada durante el día. Los carneros y las cabras han pastado, como siempre, en los prados de los alrededores. Los carneros y las cabras siguen perfectamente; han pastado bien; si, han pastado como todos los días… El viejo se impacienta.
-¡Pero, idiota, acabarás de hablar! – grita colérico.
Y el pastor dice, repite, torna a repetir que no ha ocurrido nada. No ha ocurrido nada; pero en el establo que se halla a la salida del pueblo, junto a la era -establo y era propiedad del señor-, ha visto, cuando regresaba el pastor a casa, una cosa que no había visto antes. Ha visto que dentro del establo había gente.
El viejo, al escuchar esas palabras, da un salto. No puede contenerse; se levanta, se acerca al pastor y le grita:
-¿Gente en el establo? ¿El establo que está junto a la era? Pero…, pero ¿es que no se respeta ya la propiedad? ¿Es que os habéis propuesto arruinarme todos?
El establo son cuatro paredillas ruinosas; la puerta -de madera carcomida, desvencijada- puede abrirse con facilidad; una ventanita, abierta en la pared del fondo, da a la era. Ha entrado gente en el establo; se han instalado allí; pasarán allí la noche; tal vez estén viviendo allí desde hace días. Y todo esto en la propiedad, en la sagrada propiedad del viejo. Y sin pedirle a el permiso. Ahora la tormenta de cólera es tan grande, más grande, más estruendosa que antes. Sí, sí; indudablemente todos se han propuesto arruinar al pobre anciano; todos, descuidados, manirrotos, sin parar atención en la hacienda, se han propuesto que este anciano acabe en la pobreza, en la miseria. El caso de ahora es terrible; no se ha visto nunca cosa semejante; nunca ha entrado nadie en una propiedad –casa o tierra – de este viejo señor. Y el viejo señor, ante hecho tan peregrino, estupendo, decide ir él mismo a comprobar el desafuero, a remediarlo, a echar del establo a esos vagabundos.
¿Qué gente era? – le pregunta al pastor
Pues eran…, pues eran -replica titubeante el pastor- pues era un hombre y una mujer.
¿Un hombre y una mujer? Pues ahora veréis.
Y el viejo de la larga barba ha cogido su sombrero, ha empuñado el bastón y se ha puesto en camino hacia la era próxima al pueblo.
La noche es clara, límpida, diáfana; brillan –como las moneditas de oro antes– las estrellitas en el cielo. Todo está sosegado; el silencio es grato, profundo. El anciano va caminando solo, nerviosamente, vibrando de cólera. Da fuertes golpazos con el callado en el suelo. La silueta del establo ante la blancura de la era, se percibe a lo lejos, sobre el cielo de un azul oscuro. Ya va llegando el anciano a las paredillas ruinosas. La puerta está cerrada. La mano del viejo pasa y repasa por la luenga barba. No quiere el viejo penetrar de pronto por la puerta. Se detiene un momento, y luego, despacito, se va acercando a la ventanita que da a la era. Se ve dentro un vivo resplandor. El anciano va a aplicar su cara hacia la ventana. Y sus ojuelos vivarachos están cerca del angosto hueco. La mirada del anciano penetra en lo interior. Y, de repente, el viejo lanza un grito, un grito que se esfuerza, un segundo después, por reprimir. La sorpresa ha paralizado los movimientos del anciano. A la sorpresa sucede la admiración, a la admiración, la estupefacción profunda. Todo el cuerpo del anciano está clavado junto a la pared con sólida inmovilidad. La respiración del viejo es anhelosa. Jamás ha visto el viejo lo que ha visto ahora; esto que el anciano contempla no lo han contemplado, sin duda, nunca ojos humanos. No se aparta la mirada del viejo del interior del establo. Pasan los minutos, pasan las horas insensiblemente. El espectáculo es maravilloso, sorprendente. ¿Cuánto tiempo ha pasado ya? ¿Cómo medir el tiempo ante tan peregrino espectáculo? Tiene la sensación el anciano de que han pasado muchas horas, muchos días, muchos años… El tiempo no es nada al lado de esta maravilla, única en la tierra.
Regresaba lentamente, absorto, meditativo, el vino a su casa de la ciudad. Han tardado en abrirle la puerta, y él no ha dicho nada. Dentro de la casa, una criada ha dejado caer la vela cuando iba alumbrándole, y él no ha tenido ni la más leve palabra de reproche. Con la cabeza baja, reconcentrado, iba andando por los corredores como un fantasma. Su mujer, que le ha recibido en una sala, al hacer un movimiento brusco, ha derribado un mueble; han caído al suelo unas figuritas, y se han roto. El anciano no ha dicho nada. La sorpresa ha paralizado a la esposa del caballero. La sorpresa, el asombro ante la insólita mansedumbre del viejo ha sobrecogido a todos. El anciano, encerrado en un profundo mutismo, se ha sentado en un sillón. Sentado, ha dejado caer la cabeza sobre el pecho, ha estado meditando un largo rato. Le han llamado después –como se llama a un durmiente- , y él, con mansedumbre, con bondad, dócilmente cual un niño, se ha dejado llevar hasta la cama y ha consentido que le fueran desnudando. Y a la mañana siguiente, el viejo ha continuado silencioso, absorto; a unos pobres que han llamado a la puerta les ha entregado un puñado de monedas de plata. De su boca no sale ni la más leve palabra de cólera. La estupefacción es profunda en todos. De un monstruo se ha trocado en un niño el viejo señor. Su mujer, los hijos, están alarmados; no pueden imaginar tal cambio; algo grave debe de ocurrirle al viejo; durante su paseo, por la noche, a la era, al establo, algo ha debido de ocurrirle. Esta mansedumbre de ahora es acaso más terrible que las cóleras de antes; acaso pueda ser anuncio este abatimiento de algún grave mal. Todos miran, observan y examinan al anciano, en silencio, recelosos, inquietos. No se deciden a interrogarle; él se obstina en su mutismo. Y la mujer, al cabo, dulcemente, con precauciones, interroga al anciano. El coloquio es largo, prolijo; el viejo no accede a revelar su secreto. Y al cabo, tras el mucho porfiar, con dulzura, de la mujer ha puesto, para hablar, para hacer la revelación suprema, sus labios. El asombro se pinta en la cara de la esposa.
¡Tres reyes y un niño! – exclama sin poder contenerse.
Y el anciano le indica que calle, poniéndose el índice de través en la boca. Sí, sí, la mujer callará. Callará, pero pensará siempre lo que está pensando ahora. No sabe la buena señora qué es peor, si lo de antes – la cólera de antes – o esta locura, sí, locura, de ahora. ¡Tres reyes en un establo y un niño! Evidentemente; durante su paseo nocturno debió de ocurrirle algo al anciano. Poco a poco se difunde por la casa la noticia de que la mujer del anciano conoce el secreto de éste; preguntan los hijos a la madre; la madre se resiste a hablar; al cabo, pegando la boca al oído de la hija, revela el secreto del padre. Y la exclamación no se hace esperar.
- ¡Qué locura! ¡Pobre!
La servidumbre se enteran de que los hijos conocen la causa del mutismo del señor; no se atreven, por lo pronto, a interrogar a los hijos; al cabo, una sirvienta anciana, que lleva en la casa treinta años, pregunta a la hija. Y la hija, poniendo sus labios a la par del oído de la anciana, le dice unas palabras.
¡Oh, qué locura! ¡Pobre, pobre señor! – exclama la vieja.
Poco a poco la noticia se ha ido difundiendo por toda la casa. Sí; el señor está loco; padece una singular locura; todos mueven a un lado la cabeza tristemente, compasivamente, cuando hablan del anciano. ¡Tres reyes y un niño en un establo! ¡Pobre señor!
Y el viejo de la larga barba, sin impaciencias, sin irritación, sin cóleras, va viendo, en profundo sosiego, cómo pasan los días. A la mansedumbre se junta en su persona la persona la liberalidad. Da de su dinero a los pobres, a los necesitados; tiene palabras dulces para todos, exorables. Y todos en la casa, asombrados, recelosos, entristecidos –sí, entristecidos-, le miran con mirada larga y piadosa. El señor se ha vuelto loco; no puede ser de otra manera. ¡Tres reyes en un estado! La mujer, inquieta, va a buscar a un famoso doctor. Este doctor es un hombre muy sabio; conoce las propiedades de los simples, de las piedras y las plantas. Cuando ha entrado el doctor a la casa le han conducido a presencia del viejo; ha dejado éste hacer al doctor; parecía un niño, un niño dócil y débil. El doctor le ha ido examinando; le interrogaba sobre la vida, sobre sus costumbres, sobre su alimentación. El anciano sonríe con dulzura. Y cuando le ha revelado su secreto al doctor, después de un prolijo interrogatorio, el doctor ha movido la cabeza, asintiendo, como se asiente, para no desazonarlo, a los despropósitos de un loco.
-Sí, sí –decía el doctor-. Sí, sí; es posible. Sí, sí; tres reyes y un niño en un establo.
Y otra vez tornaba a mover la cabeza. Y cuando se han despedido, en el zaguán, a la mujer del anciano, que le interrogaba ansiosamente, ha dicho:
-Locura pacífica, sí; una locura pacífica. Nada de peligro; ningún cuidado. Loco, sí, pero pacífico.
Esperemos…
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 23-12-2015 01:09
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PARABÉNS A GALLAECIA FILMES
Gallaecia Filmes, o proxecto cinematográfico do I.E.S. ISAAC DÍAZ PARDO de Sada, dirixido polo profesor Xosé Seoane, está de en hora boa. O seu documental sobre fontes e lavadeiros de Sada, na realización do cal participaron alumnas e alumnos do instituto -na foto, algúns deles-, conseguiu un premio no Festival de Cine de Ourense.
Desde aquí vaian os nosos parabéns!

--> Pode lerse a nova en La Voz de Galicia

[Fonte da imaxe: La voz de Galicia]
Comentarios (0) - Categoría: Actualidade - Publicado o 12-12-2015 19:33
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RESISTIR
Ilustración: “Las tentaciones de San Antonio Abad” Pieter Coecke van Aelst, s. XVI. Museo del Prado.


RESISTIR


Por Edmundo Moure

He aquí nuestro verbo –transitivo- de mayor recurrencia, aunque su conjugación no sea consciente: Yo resisto, tú resistes, él resiste, nosotros resistimos, vosotros resistís, ellos resisten… Es el complemento inequívoco de la voluntad de vivir, ese móvil volitivo que Schopenhauer consideró clave del universo, incluido el pretencioso bípedo pensante, con su carga inevitable de antropomorfismo: El mundo como voluntad y representación, y la voluntad expresada en el pulso unívoco de la naturaleza. Con ella, el atributo de la resistencia, junto a la representación crítica o reflexiva, son actitudes esenciales para el ser humano, si bien cuando comienza su etapa de pez prisionero en el estanque hospitalario de la madre, sólo reacciona instintivamente a los estímulos, y pareciera decir “resisto como puedo”.
Hoy se esgrimen teorías acerca de una conciencia primaria que incluye ciertos aprendizajes elementales, provocados por estímulos sensoriales que se grabarían en un incipiente registro de la memoria. (Hay poetas que pretenden escribir, inspirados en visiones intrauterinas, donde habrían sido capaces de intuir las metáforas con que articulan esa creación lírica, comunicándose con su madre y aun con otros individuos cercanos, como quien envía recurrentes whatsapps… Y no hablemos de los recuerdos de otras vidas, porque eso supera mi capacidad de imaginación y hace temblar los cimientos de mi modesta lógica terrestre).
A resistir se atribuye, como sinónimo, el verbo soportar, aunque éste, para mí, tiene una connotación más pasiva, de aguante casi resignado, como algunas relaciones, afectivas u odiosas, que se extienden en el tiempo, más allá de lo deseable, transformándose en virtuales martirios o karmas, sumiéndonos en nula voluntad de reacción...
Pero quien resiste se niega a soportar, va más allá, busca instancias de superación de lo que le afecta o constriñe, pese a que el ciclo vital le irá presentando nuevos escollos y cargas y presiones y fatigas sin cuento, porque ese parece ser el meollo de esta vida y sus interminables apremios; apenas creemos salir de uno, cuando ya nos acosa el siguiente.
A partir de la idea del libre albedrío, asociamos la resistencia con el acto loable de luchar contra las tentaciones del pecado, superándolas. Cristo resistió a Satanás, en su vigilia del desierto, cuando éste le ofrecía los bienes, propiedades y delicias del reino de este mundo, prebendas que parecen no haber resistido los políticos y paniaguados de nuestro tiempo, tan débiles de carácter cuando se trata de aceptar óbolos a cambio de votos favorables en el proceso legislativo. Célebres fueron las tentaciones que padeció San Antonio Alonso, inmortalizadas en la pintura, aunque él jamás postulara a un cargo de servicio público, ni siquiera de modesto concejal. Otras eran las convocatorias melifluas de Satanás, pues en aquel tiempo el pecado tenía rostro y formas femeninas. (Los curas aún sostienen que el atractivo abisal se transmite por el útero de la mujer; también los fundamentalistas islámicos y los musulmanes “moderados”, que en esto de culpar a la fémina, sobran propuestas e hipocresías).
Resistir tiene también connotaciones heroicas. “Madrid qué bien resiste/ Madrid qué bien resiste…”, es parte de la letra de una de las canciones emblemáticas de la Guerra Civil Española, que cantara de manera inigualable Rolando Alarcón. La resistencia francesa contra el nazismo se cubrió de gloria, haciéndonos casi olvidar la cobardía y el ultraje infligidos a la “línea Maginot”, cuyo nombre de matrona somnolienta quizá exacerbó la furia asesina de la blitzkrieg germana.
¿Y los Mapuches? Ésos sí que son paradigma de la resistencia, durante cinco siglos, arrostrando el asedio español, primero, y luego, el acoso rastrero y vil de los huincas chilenos, que no trepidan en subterfugios para acorralarlos sin piedad, sea mediante las fuerzas militares, la policía militarizada o las bandas patronales armadas de los “propietarios” de la Araucanía, con la complicidad de los gobiernos de turno, que adquieren carros blindados y armas de guerra para combatirlos, mientras hablan de “integración de los pueblos originarios” en las cenas a todo trapo de Naciones Unidas.
Yo resistí, yo resisto, amigo lector, los avatares que puedo enfrentar. Uno de ellos es la cotidiana compulsión del trabajo asalariado, en la que llevo reptando hace cincuenta y seis años, de manera ininterrumpida, sin años sabáticos ni largas vacaciones pagadas.

El resultado no ha sido, pese a la receta preconizada por el liberalismo –ideológico y social-, favorable en términos pecuniarios; por el contrario, parece que no combiné los ingredientes de manera adecuada. Donde sí falló mi resistencia (a fuer de confesiones íntimas) fue en las tentaciones de la carne –hedonísticas, como dicen los críticos literarios-, donde quedó en evidencia mi flaqueza y la debilidad de aquellas “convicciones morales” que heredé en los sobrios desayunos, hostia incluida, del credo católico-apostólico-romano.
En contraposición, mi capacidad de resistencia física ha sobrepasado mis propias expectativas, y me vanaglorio de ello, como si de una competición olímpica se tratase. Puede que sea un orgullo algo pedestre, lo asumo, recordando a mi padre, cuando alguien le preguntó: -¿Por qué son tan fuertes los gallegos? Y él respondió, con la retranca viva en sus ojos azules: -Bueno, así somos los que hemos podido resistir…
Pero también me queda la satisfacción de esta pertinacia en el amor por las palabras, eso que se define como literatura, y que para mí es un camino sin pausa y sin retorno posible, una senda como la del peregrino contumaz, cuyo premio mayor sería sucumbir en el camino bajo el último aliento, mirando por última vez las estrellas que le guían por la senda ancestral de la Vía Láctea.
Hoy almorcé, de pasada, en el Bar Ciro, luego de diligencias contables y burocráticas. Un sándwich de pierna de cerdo con palta, tomate y ají verde, acompañado de un botellín de tinto Carmen Margaux. Excelente. Lo disfruté, cambiando unas palabras con Emilio, el viejo mozo de tiempos pasados (viejo y mozo, vaya paradoja), recordando que hace cincuenta años, un 23 de diciembre de 1965, se inició aquí mi larga despedida de soltero, agasajo que aún me parece incumplido… Mientras pagaba la consumición en la caja, advertí a dos asiduos parroquianos que bebían sendas copas de colemono. Sucumbí a la tentación y pedí a Emilio una para mí. Estaba heladito, delicioso. No pude resistir la tentación.
Salí del Ciro con la culpa del retraso y el remordimiento de la dieta quebrada, pero saqué fuerzas de flaqueza y las emprendí hacia la oficina, donde continué esta crónica, antes de asentar las facturas de Compra en el libro respectivo.
Luego, resistí la tentación de seguir escribiendo. La vieja voz de la prudencia, que tenía el acento de mi abuela chilena, Fresia, me aconsejó concluir aquí esta crónica.
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 06-12-2015 18:34
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