A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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QUE DIRÍA DOÑA EMILIA
AHORA QUE LO PIENSO columna por EDURNE PORTELA

¿Qué diría doña Emilia?

Algunos de los cuentos de Pardo Bazán podrían haberse escrito hoy

He leído recientemente los cuentos de Emilia Pardo Bazán recogidos en El encaje roto: Antología de cuentos de violencia contra las mujeres (editorial Contraseña). Leer a Pardo Bazán en el actual contexto de reimpulso feminista, agudizado por el peligro que corren nuestros derechos debido al auge de la ultraderecha, ha reafirmado mi admiración por su profunda comprensión de la situación de la mujer.
Dirán que mucho ha cambiado desde su época: tenemos derecho al divorcio, integración en la educación y vida laboral, derecho a la contracepción y a la interrupción del embarazo, una ley contra la violencia de género. Institucionalmente y por ley la mujer es un sujeto ciudadano pleno. Pero esto que en el papel está claro, en la realidad no tanto, sobre todo cuando vemos a jueces que siguen aplicando una concepción patriarcal de justicia, o notamos la diferencia salarial, la discriminación laboral, la normalización de la violencia contra la mujer, etcétera. A pesar de que nos quedan muchos motivos para seguir luchando (insisto, y más ahora), hay un marco legal y político, una base que defender y desde la que trabajar. Pardo Bazán estaba convencida de que estos avances iban a llegar, que con una reforma de la educación la igualdad real era inevitable, y que con todo ello se subsanarían los problemas íntimos de las mujeres a los que dedicó buena parte de su obra.
Pardo Bazán describió las múltiples facetas del maltrato femenino, tanto físico (del que Marta Sanz habló en otra columna para este periódico) como psicológico. Algunos de sus cuentos podrían haberse escrito hoy. En El revólver, por ejemplo, después de un año casada la protagonista empieza a notar un cambio en el marido, provocado por “unos celos violentos, irrazonados, sin objeto ni causa”. El marido aísla progresivamente a su mujer, que queda “separada ya de mis amigas, de mi parentela, de mi propia familia”. Un día el marido le anuncia: “El día que note algo que me hiera en el alma, ese día sin quejas, ni escenas (…) me levanto de noche calladamente, cojo el arma, te la aplico a la sien y te despiertas en la eternidad”. El pánico se instala en ella, se vuelve insomne, tiene miedo de moverse por la casa, de salir a la calle y provocar la ira del marido. Vive así durante cuatro años, hasta que el marido muere y ella descubre que el revólver no estaba cargado. No le hizo falta cargarlo para conseguir lo que quería: que ella internalizara el miedo de tal forma que perdiera su voluntad.
¿Acaso este cuento les suena antiguo? ¿Cuántas mujeres, sometidas a la amenaza constante, al control violento de sus parejas, no acaban siendo anuladas? En el artícu¬lo La mujer española (1907), decía Pardo Bazán: “La enfermedad que arrebata a tantas españolas es la navaja, esgrimida por celosas y brutales manos”. Pero para ella el problema no era sólo el individuo violento, sino también las instituciones que dominaban la vida de la mujer: el matrimonio era una cárcel, la Iglesia controlaba la educación e imponía una moral que sometía a la mujer al padre o al marido, la justicia encubría o incluso defendía al maltratador. ¿Qué diría Pardo Bazán al ver que en 2019 el feminicidio sigue vigente, que la igualdad real aún no ha llegado, que aquellos derechos que ella anhelaba están siendo cuestionados? La respuesta ya está en sus páginas, escritas hace casi 100 años.


El PAIS, 28 de enero de 2019
Comentarios (0) - Categoría: Biografías-Emilia Pardo Bazán - Publicado o 28-01-2019 23:31
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ROSALÍA EN NOSOTROS
ROSALÍA EN NOSOTROS


"Rosalía estaba en nos, os alonxados.
Sen querer falar do doble fío da saudade,
soio diremos que a saudade é
a dinámica da emigración,"
Eliseo Alonso


De esto hace ya treinta y cuatro años. En abril de 1985 recibí por correo una invitación para participar en el Congreso Rosalía de Castro e o seu Tempo, convocado en Santiago de Compostela, a partir del 15 de julio de ese año, en conmemoración del centenario del pasamento de Rosalía, acaecido en 1885, en su casa de Padrón, localidad de A Matanza, en cuyos ámbitos se sitúa hoy el Museo que honra su memoria.

Dos años antes de esa fecha, en mayo de 1983, viajé por primera vez a Galicia y conocí el casal de A Touza, parroquia de Santa María de Vilaquinte, Lugo, donde vino al mundo mi progenitor, Cándido Moure Rodríguez, quien emigrara a la Argentina, en 1924, con sus padres y sus seis hermanos. Visité luego la morada de Rosalía y tuve como gentil anfitriona a la actriz Maruja Villanueva, a la sazón directora de la Casa Museo. Mientras yo contemplaba la figura de cera que yacía en el lecho de la poeta, experimenté una honda conmoción y el consecuente llanto que procuré ahogar. Maruja, a mi lado, recitaba “Negra Sombra”…

A instancias del doctor Agustín Sixto Seco, uno de los destacados promotores del congreso rosaliano, envié un texto como ponencia, “Rosalía y la nostalgia del paraíso”, que expuse en una de las aulas de la Universidad de Santiago de Compostela, y que hoy es parte de las Actas de dicho congreso. Para mí, aquello fue como la verificación formal de ese antiguo amor, tanto por la obra poética de Rosalía de Castro como por su figura nimbada de misterio, que había germinado en mí al cumplir los siete años de edad, cuando mi padre me enseñó a recitar sus poemas más conocidos, comenzando por “Adiós ríos, adiós fontes”, que yo declamaba en honor de mi abuela Elena, en su onomástico del 18 de agosto.

Escuchábamos la lengua gallega en los ámbitos de Chacra El Olivo, en Santiago del Nuevo Extremo, de boca de la abuela, de mis tres tías gallegas y de mi padre. Sus dos hermanos varones preferían el castellano y, como la mayoría de los gallegos residentes en Chile, olvidaban la lengua vernácula, en curiosa y patética mezcla de menoscabo cultural del propio acervo y de aquiescencia con la política “españolizadora” y cerril que el franquismo propugnó, dentro y fuera de esa España aherrojada, como única vía posible para expresar “lo español”; cultura entendida como “charanga, cuplé, toreo y pandereta”, que continúa practicándose en muchos de los centros hispanos de América, resabio de un colonialismo añejo y mustio que es parte de la desmemoria colectiva y de la negación endémica de una riqueza cultural que radica en la diversidad creadora de los pueblos que habitan, desde hace dos milenios, la Península Ibérica, poseedores de un idioma y de una identidad nacional propios: gallegos, vascos y catalanes.

Tal como mi padre pugnaba por revivir aquellos hilos conductores y los referentes existenciales con su lejano mundo gallego, que se abrían en la dulce prosodia de su lengua campesina y marinera, la música, el canto y la poesía han constituido puentes de unión y contacto permanentes con esa maravillosa cultura que nos fuera revelada a través de los sencillos ritos de la mesa y de la fiesta, de la comensalía participativa, de la literatura y de la música, como pan necesario para articular una vida más plena de anhelos y de raigambre originaria.

Durante siglos, desde las comarcas de Occitania, en las faldas del norte de los Pirineos, a través del Camino de Santiago, las voces de los trovadores francos transmitieron la poesía que cantaban, en palacios, villas y aldeas, por las rutas septentrionales de la Península que desembocaban en Campus Stellae, el Campo de las Estrellas, Santiago de Compostela. Nace así la trova galaico-portuguesa, con cantores ilustres e inolvidables, en la rica tradición que va desde el siglo XII hasta los albores del siglo XV, expresada por medio de las cantigas, en sus tres vertientes o modos principales: De Amor, De Amigo y De Escarnio o Maldecir.

Más que simples entretenimientos de la nobleza palaciega, o solaz de hidalgos, villanos y campesinos, las cantigas constituyeron cauce vivo de la cultura de su tiempo, a través de cuyas vías los seres humanos daban a conocer su cosmogonía, su visión del mundo y de sus semejantes, sus anhelos e inquietudes sociales, sus esperanzas de encontrar algún día el pájaro azul de la felicidad.

La poesía, que era siempre cantada, en inseparable simbiosis con la música, proveía de un medio dinámico y vario para expresarse y entenderse, dentro de los estrechos márgenes de libertad de un tiempo en que la teocracia feudal constreñía, vigilaba y castigaba a los transgresores (pecadores) con miras a enrielarlos hacia la única salvación posible y necesaria: la escatológica bajo la férula del Papado, mientras los poderosos disfrutaban a sus anchas de los bienes de este mundo y aseguraban, con la cruz y la espada, las prerrogativas del otro. Pero los códigos del arte son capaces de eludir la garra del poder establecido, a través de un lenguaje de símbolos y alegorías, donde el humor suele transformarse en arma eficaz y comprensible para los desheredados, haciendo realidad el viejo refrán: “Debajo de mi manto al Rey mato”.

El trovador, el juglar, el poeta, encarnarán la irreverencia, la burla posible y oportuna, para acceder a la catarsis social de la fiesta y de la plaza, de la cosecha y del beneficio laboral, como recompensas del sudor en los oficios, donde está permitido mofarse de los poderes y dar rienda suelta a los deseos de la humana condición, mediante las formas del sentimiento, la alegría, la cólera, el humor, la tragedia y el placer. Hay creadores que permanecen, cuyos antiguos versos todavía se cantan hoy, como Paio Soares, Don Denís, Airas Nunes, Mendinho y Martín Códax…

Su testimonio, como en una carrera de postas que atraviesa los siglos, pasa de mano en mano y de boca en boca, hasta hoy, en que modernos cantautores replican y renuevan la trova intemporal, porque si las redes de la Historia parecen interrumpirse, en infaustas ocasiones, bajo las tijeras interesadas del olvido, el arte universal mantiene sus hilos misteriosos, el fuego de todos los fuegos. De esa lumbre, donde late la voz estética de la tribu, Rosalía, como nuestra Violeta y otros genios de la poesía universal, recoge testimonios, cantos y decires populares, para recrearlos en su obra.

En Chile contamos con Eduardo Peralta, heredero pertinaz y entusiasta de aquella tradición secular. Discípulo de Georges Brassens y émulo distintivo en la interpretación musical de la mejor poesía chilena e hispanoamericana, Eduardo Peralta ha recorrido diversos escenarios de nuestro continente y de Europa, llevando aquellas voces en su guitarra transeúnte; asimismo, sus propias composiciones, en las que combina el humor, la ironía y la crítica ideológica con acertados componentes líricos y un notable dominio del lenguaje. Recordamos que en el año 2004 cantó, junto a Amancio Prada, en el Centro Cultural de España, de nuestra capital.

En el Mesón Nerudiano, taberna ubicada en el centro bohemio de nuestro Santiago del Último Reino, Eduardo ha completado ya quince años de sus “Noches Brassensianas”, de manera ininterrumpida, en sucesivas convocatorias donde entrega lo mejor de su quehacer musical, a la vez que invita a compañeros en el arte para que aporten y compartan su canto ante un público participativo y alerta.

Recuerdo que el lunes 16 de julio de 2017, a ciento treinta y dos años de la muerte de Rosalía, Eduardo Peralta organizó un singular encuentro, bajo el lema “Un canto a Galicia”, con la participación del cantautor chileno José María Herreros, quien vivió ocho años en Galicia, especializándose en temas de la trova galaico-portuguesa. También estuvieron en el escenario el trovador francés Daniel Fernández, el joven músico y gaitero, José María Moure, y este escriba, que recitó dos de los Seis Poemas Galegos de Federico García Lorca, refiriéndose asimismo a la vida y obra de Rosalía y a su propia experiencia en torno a la poeta universal gallega. Eduardo Peralta ofreció a los presentes un manojo de poemas rosalianos a través de su canto y su guitarra de eximio trovador.




Al otro lado del mar, en la fría noche del invierno del Sur, escuchamos la perenne exhortación de Federico:

¡Érguete Rosalía, que xa cantan os galos do día!
¡Érguete, miña amada, porque o vento muxe coma unha vaca…!

Rosalía vive en nosotros, los hijos de la emigración que hacemos nuestra la convocatoria del granadino universal, para exclamar, en el abanico de la rosa de los vientos:

¡Érguete, nosa Galicia, que xa cantan de novo os galos da Historia!

Esta exhortación –ilusionada hasta el desgarramiento- bien pudo haber brotado también de la boca de Alfonso Castelao, pero, ¿quién lee o siquiera recuerda hoy en día al hijo de Rianxo? Quizá el olvido sea el mayor aliciente de la necedad, individual y colectiva, que parece inundarnos.



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Edmundo Moure
enero 13, 2019


Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 25-01-2019 23:39
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ROSALIA CASTRO E GABRIELA MISTRAL
ROSALÍA Y GABRIELA, POETAS DE LA DESOLACIÓN

“…Negra sombra que me asombra” (Rosalía)

“Siempre ella, silenciosa, como la gran mirada
de Dios sobre mí; siempre su azahar sobre mi casa…”
(Gabriela)

Hasta ahora no hay indicios de que Gabriela Mistral haya accedido a la obra poética de Rosalía de Castro, aun cuando Juana de Ibarbouru y Alfonsina Storni, referentes contemporáneas de Gabriela, conocieran y se encantaran con la poesía de la “hija del Sar”; también Victoria Ocampo, con quien Gabriela mantuvo asidua correspondencia, pero no existe rasgo alguno en la obra de la hija de Elqui que nos remita a la excelsa poeta gallega del siglo XIX.
No obstante, hay similitudes notables en el estro vital y estético de las dos grandes creadoras, al punto que sus obras y sus existencias, cotejadas desde la extrañeza admirativa, nos aportan señeras claves analógicas. El denominador común de ambas –me atrevo a decir- es la desolación, el desamparo del ser ante el mundo, sin paliativos, sin esperanza, salvo aquella fuerza interior que la sensibilidad estética y emocional encauza en aras de la creatividad; en este caso, lingüística y poética, en auténtico desgarramiento de la palabra, para que ésta quede temblando o fulgurando en sucesivas impotencias, cárcel patética del sentimiento que las desborda. Sin embargo, debido a su móvil intrínseco, la poesía desvela y se vuelve conocimiento intuitivo del ser y del mundo.
Rosalía casó a temprana edad con el historiador gallego Manuel Murguía, con quien tuvo cinco hijos. Hay versiones encontradas de su vida conyugal, sobre todo en aquellas instancias donde Rosalía requirió, en inmejorable metáfora de Virginia Wolf, “un cuarto propio”, ese espacio escatimado a la mujer durante siglos, ámbito que la cultura patriarcal reservó al hombre, relegando a su compañera al yugo de la cocina y al rigor silencioso de la sala de costuras, o a la esfera de esa maternidad imperativa que se atribuye a una ciega voluntad divina, que obliga pero no provee. Para unos, la poeta fue apoyada e incentivada por el marido en su actividad creadora; para otros, el esposo habría ejercido una tutela autoritaria, celoso de ese genio lírico de Rosalía del que él careció.
Estas contradicciones no podrán ya ser desveladas, pero la obra rosaliana contiene signos y rasgos que constituyen un desafío no resuelto para indagar en su mundo afectivo, en sus amores truncados –que los tuvo, sin duda-, circunstancias que le cerraron opciones a una felicidad anhelada hasta el fin de sus días, cuando en la hora postrera o derradeira le pide a su hija Gala: “Abre la ventana que quiero ver el mar…”
Rosalía fallece el 15 de julio de 1885, habiendo sido negada en vida por los poderes sociales y políticos de su tiempo, por su condición de hija “ilegítima”, así como por su poesía denunciadora de las miserias de su pueblo, sobre todo de la marginación de la mujer gallega. Como flagrante contradicción, su funeral será dirigido y “oficializado” por quienes la menospreciaron: los patriarcas políticos y caciquiles, vestidos de levita y sombrero hongo.
Quizá vibraban, acusadores en la memoria colectiva de su pueblo, esos breves versos suyos que dicen más que un tratado sociológico:
Daqueles que cantan ás pombas e ás froles/ todos din que teñen alma de muller/ I eu, que non ás canto, Virgen de la Paloma, alma de qué a terei?
(De aquellos que cantan a las palomas y a las flores/ todos dicen que tienen almea de mujer/ Y yo, que no canto esos tópicos, Virgen de la Paloma,/ alma de qué tendré…)

Al iniciarse la ceremonia fúnebre, el poeta Manuel Curros Enríquez, rebelde y anticlerical, es impedido de pronunciar un discurso. Como alternativa, insiste en declamar un poema. Se le acepta, pensando quizá en la ineficacia contestataria de la poesía. Curros sube al estrado y con su potente voz de bardo canta:

Do mar pola orela miréina pasar
Na frente una estrela
No bico un cantar

E vina tan soia na noite sin fin
Que inda recéi pola probe da tola
Eu que non teño quen rece por min

A musa dos pobos que vin eu pasar
Comesta dos lobos, comesta morreu
Os ósos son dela que vades gardar

Ai dos que levan na frente unha estrela
Ai dos que levan na frente un cantar.


(Del mar por la orilla la miré pasar
En la frente una estrella
En los labios un cantar…

Y la vi tan sola en la noche infinita
Que entonces recé por la pobre loca
Yo que no tengo quien rece por mí.

La musa de los pueblos que yo vi pasar,
Comida por los lobos, devorada murió.
Los huesos son de ella, que vais a enterrar…

Ay de los que llevan en la frente una estrella,
Ay de los que llevan en los labios un cantar.)

Cómo no establecer una similitud con Gabriela Mistral, cuando obtuviera, en 1945, el primer Nobel de Iberoamérica, habiendo sido patrocinada al galardón universal, no por Chile, sino por el gobierno de la República del Ecuador. Como patético y grotesco desenlace, seis años más tarde, se le otorga un tardío Premio Nacional de Literatura. Hasta el día de hoy, Gabriela sigue siendo preterida por la “oficialidad literaria” de Chile, con honrosas excepciones de exegetas como Jaime Quezada o Naín Nómez.
De la infancia de Gabriela se recogen testimonios contrapuestos y desvaídos en el tiempo. Habría sido abusada por su padrastro, hecho que influiría, definitivamente, en su comportamiento afectivo con los hombres. Se ha especulado, asimismo, acerca de supuestas inclinaciones lesbianas con sus asistentas y secretarias. Del sobrino que adoptó, Yin Yin, se ha dicho que fue hijo carnal de un amorío secreto… Pero el morbo sensacionalista da para todo, menos para un análisis lúcido de su obra a la luz de una existencia atormentada, que iba a ensombrecerse aún más con el suicidio del sobrino adolescente.
Una década después de la partida de Gabriela nos enteramos de sus encendidas cartas de amor con el poeta Manuel Magallanes Moure, en furtiva y clandestina relación que, según amigos y conocidos cercanos, no habría llegado a su culminación carnal, aunque el fuego de las palabras y de las imágenes epistolares sugiera una pasión desbocada de alma y cuerpo. La poeta escribió al respecto versos significativos:


Él pasó con otra;
yo le vi pasar.
Siempre dulce el viento
y el camino en paz.
¡Y estos ojos míseros
le vieron pasar!

No obstante el ardor epistolar con el que Gabriela parece entregarse por completo al amado, las respuestas de Magallanes Moure son más bien cautelosas, como si estuviese inquieto por verse sorprendido en “falta moral”. Es probable que las cartas más comprometedoras escritas por él a la poeta hayan desaparecido.

Se cuenta que ambos concertaron una cita en la estación El Volcán, del ferrocarril cordillerano que unía, a través de rieles de trocha angosta, la actual Plaza Baquedano, en el centro de Santiago, con esa última parada de un antiguo paso fronterizo en los altos del Cajón del Maipo, entre las cumbres fronterizas de Los Andes.

Manuel la esperó en al andén, vestido con un panamá y sombrero de pita; en el ojal llevaba una rosa roja. Gabriela descendió, caminando a su encuentro por la plataforma. Cuando estaba a unos treinta metros de él, se detuvo, volvió presurosa y se metió en uno de los carros a punto de iniciar el descenso. Un encuentro frustrado, una señal o sino que iba a repetirse muchas veces en la vida de la Poeta, hasta que cuatro décadas más tarde, ella encontró la correspondencia de su amor en Doris Dana, una joven estadounidense estudiosa de su poesía y admiradora incondicional.

Pero cabe preguntarnos, ¿qué hay detrás de esta perenne actitud desolada de ambas creadoras? Quizá una insatisfacción que está más allá de los paliativos que provee la íntima anuencia con otros seres humanos; tal vez una suerte de angustia metafísica de hondo arraigo femenino, tan misteriosa como inexpresable, aún a través de sus genios poéticos. Hay en sus obras un profundo sentido de la vida como tragedia irremediable, de la presencia de la muerte como sombra aciaga o peligro inminente que se ciernen sobre los seres amados para segar su existencia, sumiéndolas en total desamparo, en definitiva orfandad.

Para una parte de nosotros, la que habita en el Noroeste de la vieja Galicia, Rosalía es “la Gabriela Mistral” de los gallegos; para la que mora en la estrecha y larga cinta del Último Reino”, Gabriela es “la Rosalía de Castro” de los chilenos.

Ambos cantos, ambas voces, pervivirán, porque son imprescindibles, pues sin ellos estaríamos sumidos en esa “negra sombra” que nos desasosiega sin remedio.


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Edmundo Moure
Enero 2019
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 17-01-2019 00:34
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