A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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Ramón Suárez Picallo na derradeira sesión do parlamento republicano
O xornal La Voz de Galicia faise eco das reivindicacións dos deputados galegos na última sesión do Congreso dos Deputados da II República, dos que se cumpre nestes días o 80 aniversario. Entre eles, destaca a voz clarificadora de Ramón Suárez Picallo.
--> Así sonaba Galicia en el Congreso hace 80 años
Comentarios (0) - Categoría: Actualidade - Publicado o 25-03-2016 13:53
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EDMUNDO MOURE NA BIBLIOTECA VIRTUAL DE GALICIA DIXITAL
Edmundo Moure
Na biblioteca virtual de Galicia Dixital poden consultarse dúas obras do noso socio e colaborador chileno Edmundo Moure: "El libro de los Anhelos" e "Chiloé y Galicia: confines mágicos". Convidámosvos a que non deixedes de lelas agora que tedes oportunidade.
Comentarios (0) - Categoría: Actualidade - Publicado o 15-03-2016 19:14
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Sobre RAMÓN LOUREIRO
DIARIOS DE LA ÚLTIMA BRETAÑA



“En mí todo es pasado. Habito el fermento
de los recuerdos, el ansia de la niebla y esa
letargia, a veces dulce, de la saudade”
Ramón Loureiro


Mi gentil amiga de Sada, Regina Basadre, me ha traído desde Galicia un regalo singular, el libro de Ramón Loureiro, recién publicado por Eurisaces Editora, Diarios, con certero prólogo de César Antonio Molina.

A través del fantasioso éter cibernético, me había yo enterado de este libro y de su presentación allá, en la “Última Bretaña”, como llama Loureiro al mundo y trasmundo del finisterre gallego, al comenzar el 2016, en que él cumple medio siglo y yo acabo de enterar los tres cuartos… Pero yo le conocía hace una década, a través de hondas palabras literarias que me ayudaron a culminar mis “Memorias Transeúntes” o “Libro de los Anhelos”.

Hará diez años, adquirí en Follas Novas, la librería gallega que visito en cada viaje a la Terra Nai, un ejemplar de El Corazón Portugués, hermosa novela de este Ramón que enriquece la estirpe creativa de otros ilustres Ramones de la Península Ibérica, esa ancha patria que hemos adoptado con la mitad del corazón, porque la otra, enraizada en las vastedades telúricas del Último Reino, es sudamericana, como este confín austral que se adelgaza, cual flecha ciclópea, para acabar en la confluencia portentosa de los dos océanos, Atlántico y Pacífico, en el cono geográfico donde estallan las aguas y concluye la bitácora de todas las aventuras.

Ramón Loureiro nos entrega una entrañable escritura, sustentada en un pasado vivo, cuyos ecos él rescata con sabiduría y propiedad, haciéndolos suyos para que convivan con el arduo presente que nos toca padecer, adentrados ya tres lustros en el siglo XXI. La fina sensibilidad del poeta que sin duda es, le lleva a lamentarse por su coexistencia en un mundo que le resulta ajeno en muchos aspectos y situaciones. Este sentirse fuera de época es propio de espíritus que asientan sus raíces en la tierra nutricia de la tradición histórica y cultural, donde convivieran, durante milenios, los pueblos, etnias y estirpes que nos hicieron posibles, cuya arcilla vital nos conforma, querámoslo o no, para ser como somos.

En un tiempo en que todo parece transarse en el atroz mercado de lo superficial, cuando el aquí y ahora nos absorben con enloquecido apremio, forzados a poseer cosas insustanciales, alejándonos del auténtico ser, Ramón Loureiro recoge y reparte entre nosotros, en un rito que se vuelve eucaristía de las palabras, sus recuerdos, vivencias, anhelos y fantasías que apenas parecen tocar la pedestre realidad cotidiana.

Más que escribir, en sentido lato, Ramón habla, dialoga y conversa con “ese que siempre va conmigo”, al decir de Antonio Machado, interlocutor que se multiplica en un nosotros del que formo –dichoso yo- parte despierta e interesada. Y es que me ocurre con este notable libro, llamado sucintamente Diarios, lo que sucede en contadísimas ocasiones: soy leído por sus páginas, a medida que camino por su constante remembranza, cuando entro en la Cocina Vieja de la Casa del Horno de Pedre y me asaltan los viejos aromas que hace treinta años percibiera, por primera vez, en la casa petrucial de A Touza, al descubrir que aquel hasta entonces inexplicable desasosiego, era la intuición inconsciente de esa Tierra que se me develaba como propia, más allá incluso de un sentido anímico y familiar de la morriña, asociadacomúnmente con sensaciones primarias de ancestrales tipologías migratorias… Sí, era la pertenencia más allá del tiempo y el espacio.

En la prosa diáfana y a veces desencantada de Ramón Loureiro, prevalece sin embargo un fino humor que nos hace sonreír en la levedad precisa de sus destellos. La retranca galaica deviene aquí en sutil ironía bergsoniana, y nos trae a la memoria la sentencia de Mark Twain: “El humor es la cosa más seria del mundo”. Ramón se ríe primero de sí mismo, con misericordia de cristiano viejo, o con ribetes existencialistas, para decirnos, sin ambages: “Listo no soy, eso es verdad. Soy tonto, y así me ha ido, cualquiera puede verlo”… Hago mío su aserto, como tantas cosas de este libro, porque la nuestra es época de astutos y de audaces, tan alejados de la auténtica inteligencia como un simio tecnificado de un sabio que reflexiona sobre las miserias de nuestro tiempo.

Quisiera citar para ti, amigo lector, textos y pasajes de estos Diarios, para compartir su disfrute, pero solo es posible hacerlo con un puñado de palabras como éstas:

“Por lo general, todas las puestas de sol son muy hermosas en los Límites Occidentales de la Última de Todas las Bretañas Posibles, que es donde a veces, a última hora de la tarde, mientras la noche se acerca, se escuchan las postreras campanadas del día, que despeinan a los ángeles de melena suelta y más larga al ser lanzadas al aire las torres de las iglesias que se alzan frente al Mar Mayor, donde el continente termina.”

Y de ese pretérito remoto, que para muchos es letra muerta o ceniza estéril, Ramón revive reflexiones poéticas e interpretativas que reconfortan el espíritu:

“No cabe duda de que hubo un tiempo, más o menos el del reinado de Felipe II, en el que, como cuenta Hugh Thomas, las novelas de caballerías cambiaron muchas vidas. Entre ellas, las vidas de quienes, leyendo las grandísimas hazañas y las maravillosas conquistas de los que protagonizaban esos libros, llegaron a la conclusión de que el Destino tiene menos poder del que se le atribuye y decidieron marchar al Nuevo Mundo”.

Hay nombres y también seres entrañables que nos pertenecen –a Ramón y a mí-, como Basilio Losada, a quien conocí en el año 2002, en Santiago de Compostela, cuando me obsequiara su precioso libro La Peregrina; como Gonzalo Torrente Ballester, cuya saga novelesca, Los Gozos y las Sombras, leyéramos en casa –mi padre, mi madre y nosotros, los ocho hermanos. Recuerdo la visita a su Fundación, conducido por mi amigo Xosé María Palmeiro, hará doce años.

Pero, sobre todo, su cercana comunión con Álvaro Cunqueiro, autor que tampoco me canso de leer, al que vuelvo con asiduidad cada vez que requiero de sus palabras luminosas, sean éstas en el gallego de mi infancia o en el rotundo castellano de la instrucción escolar.

César Antonio Molina define a Ramón Loureiro como un “creedor”, sí, un hombre de acendrada fe, no exento de esa angustia existencial que acomete también a descreídos o agnósticos como Fernando Pessoa (como yo mismo, si se me excusa la pretensión comparativa). Así, el oficio de este sillobrés se traduce en “escribir no para explicar, sino para entender”. Y más adelante, apunta el lúcido prologuista:

“Loureiro está en el Finisterre de Europa… y escribe como Ovidio redactó sus quejosas Cartas de Ponto: con palabras (aquellas en latín, éstas en gallego-castellano o viceversa) que son lágrimas. Lágrimas de dolor, pero no de renuncia, no de claudicación, sino de afirmación. Desde el extremo del mundo, desde el extremo de la vida, el diario de ambos se convierte en una patria, el exilio como una patria. La escritura como acontecimiento, la escritura como ley de esa patria nueva”.

Basilio Losada nos decía que él posee nueve patrias. Ramón Loureiro tendrá otras tantas, o quizá menos, tal vez la Última Bretaña sea la primera de ellas, aunque yo creo que la de Sillobre también lo será; como para mí lo es aquel pequeño villorrio, enclavado en los montes del sur de Lugo, de nombre enigmático, A Touza, donde pude haber nacido, quizá, por un prurito estético y amoroso del subjuntivo.

Y ya para terminar esta crónica, que pugna por extenderse, como los viajes de su mentor, aventurero de la fantasía, León Daniel María Bonaparte, personaje y alter ego en los magníficos Diarios, me declaro compatriota en plenitud y compañero de travesía, entre confines y finisterres, de Ramón Loureiro.

Así sea.

& & &

Edmundo Moure
Santiago de la Nueva Extremadura
Último Reino

Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 01-03-2016 01:47
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ASEMBLEA DA A.C. IRMÁNS SUÁREZ PICALLO
O vindeiro venres dí 26 de febreiro terá lugar na Casa da Xuventude de Sada ás 20'00h. en 1ª convocatoria e as 20'30h. en segunda convocatoria, a ASEMBLEA XERAL ORDINARIA coa seguinte


ORDE DO DIA:


- Lectura e aprobación, se procede, da acta da Asemblea anterior.

- Memoria de actividades realizadas no ano 2015

- Informe do Tesoureiro (contas e balance do año 2015).

- Presuposto de ingresos e gastos para o o ano 2016. Cotas dos socios.

-Colaboracións con diversas entidades culturais e outras sociedades ou asociacións sadenses e da bisbarra.

- Publicacións previstas para o 2016 e outros proxectos.

- Avance do contido de AREAL Nº12, que sae en abril.

- Rogos e preguntas.

De seguido, celebrarase Sesión Extraordinaria para por os cargos a disposición da Asemblea e confirmar -si así se estima procedente- nos seus postos á Directiva actual, ao tempo que se proprorá incluir novos vocais colaboradores na citada Xunta Directiva da A.C. Irmáns Suárez Picallo.

Comentarios (0) - Categoría: Actividades - Publicado o 22-02-2016 10:53
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PRESENTACIÓN DUNHA REVISTA SOBRE O ESCULTOR VALDI

Comentarios (0) - Categoría: Actividades - Publicado o 28-01-2016 10:51
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EVOCACIÓN E LEMBRANZA DE MANUEL ESPIÑA GAMALLO
Está a piques de ver a luz o número 5 dos nosos Cadernos de Estudos Xerais. Este volume, editado en colaboración coa Comunidade Cristiá do Home Novo, vai dedicado a Manuel Espiña Gamallo, crego que foi gran promotor da liturxia en galego, e defensor do idioma e das causas xustas. Presentarase na Coruña mañá, día 13, ás 20:00 horas en Portas Ártabras, rúa Sinagoga 22 baixo. No acto, ademais, teremos o privilexio de contar coa música da cantautora Bea a de Estrella.

"Galicia está viva, nunca estivo morta, anque houbo quen lle cantaron o funeral. O Espírito de Galicia sempre estivo con ela...mais temos que confesar que en Galicia hai moitas cousas mortas e outras a piques de morrer. O mais grande que temos, a nosa lingua, para moitos é como follas secas que se espera que o vento as leve a calquera recanto onde apodrezan... O pecado vén de moito atrás, xa case é pecado orixinal" (Outeiro de San Xusto, 1970).

Comentarios (0) - Categoría: Actividades - Publicado o 12-01-2016 22:41
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IV CABODANO DO PASAMENTO DE ISAAC DÍAZ PARDO
O 10 de xaneiro, en Boisaca, houbo novamente pombas e mazás para Isaac Díaz Pardo, no IV cabodano do seu pasamento. Paco Pita, como representante da nosa asociación, interveu, xunto con outras persoas, para lembrar ao bo e xeneroso Isaac.
--> Noticia recollida en La Voz de Galicia


Comentarios (0) - Categoría: Actualidade - Publicado o 11-01-2016 23:18
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O GOBERNO DE SADA SOLICITA A DECLARACIÓN COMO BEN DE INTERESE CULTURA (BIC) DO COMPLEXO DE CERÁMICAS DO CASTRO

A proposta aprobouse no pleno ordinario do 30 de decembro para instar á Consellería de Cultura a tramitación da declaración de BIC da fábrica Cerámicas do Castro, o Museo Carlos Maside, o Laboratorio de Formas de Galicia e o taller do intelectual D. Isaac Díaz Pardo.


Cerámicas do Castro

O complexo industrial de Cerámicas do Castro iniciou as súas actividades en 1949. Preto dun castro celta no concello de Sada levantouse a primeira fábrica da nova Sargadelos, na que se volveron a producir cerámicas feitas coas terras do norte lugués. A fábrica foi creada polo intelectual, artista e empresario galeguista, Isaac Díaz Pardo.

En 1960 construiuse una nova planta incorporando a súa producción deseños entroncados con motivos abstractos xeométricos tomados do románico e do barroco galegos ou as formas que, dalgún modo, gardan un paralelismo co simbolismo formal da arte románico.

En 1963, Cerámicas do Castro e o Laboratorio de Formas asinan un convenio para a creación do Museo Carlos Maside, Ediciós do Castro e outras institucións ideadas para traballar na recuperación da memoria histórica de Galicia.

O Múseo Carlos Maside inaugurouse en 1970 como un centro cultural vivo onde reunir parte da plástica galega contemporánea. Na súa colección permanente exhíbense obras de Francisco Lloréns, Castelao, Bonome, Laxeiro, Xulia Minguillón, Lugrís, Seoane, Francisco Asorey, Xosé Frau, Maside ou Colmeiro.

O edifio proxectado por Andrés Fernández-Albalat, componse de varios volúmenes de forma hexagonal e diferentes alturas, unidos formando un orixinal conxunto. Cada un consta dunha cubrición piramidal. Ademáis os lados de cada figura atópanse pintados de gran colorido.

O complexo do Castro non responde a un deseño preconcebido dunha soa vez. Naceron sen un orde de realización, posibilitados por esforzos e recursos, máis ben patrióticos, chegados con dificultades de todo tipo.
“O Laboratorio de Formas, nacido na Galicia emigrada como feito da vontade de dous artistas, proponse o estudo das formas desenvolvidas no pasado galego e as que aínda hoxe alentan, herdadas dese pasado, no noso presente". Así comeza o Manifesto do Laboratorio de Formas, redactado por Luís Seoane coa contribución de Isaac Díaz Pardo en 1963.

Coa creación do Laboratorio de Formas de Galicia deséñanse as liñas estructurais básicas para a recuperación da memoria históica. Así, a carón de emprendementos para producir e reproducir obxetos industriais, había que recoller para o seu estudo e divulgación obra e documentación do movemento renovar da arte galega a partir de Castelao; promocionar e espallar o estudo da historia contemporánea de Galicia; recuperar a imaxe do que fora Sargadelos onde hai 200 anos deseñarase una empresa industrial pioneira en plantetaxementos xurídicos e éticos que constituen un referente; mellorar a imaxe da información e da comunicación e realizar e apoiar todo tipo de investigación que tivera Galicia no seu horizonte.
Comentarios (0) - Categoría: Actualidade - Publicado o 04-01-2016 13:04
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SIN TREGUA, conto de Emilia Pardo Bazán

O día 1 de xaneiro de 1916 -hai xustamente cen anos- La Esfera publicaba este conto de Emilia Pardo Bazán
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SIN TREGUA


Por Emilia Pardo Bazán

AL terminar el día, las estrellas encienden los diamantes de su estuche, que fulguran de un modo intenso y extraño, como miradas en que destella el amor.
Hace frío; pero no nieva. Una pureza profunda clarifica el aire. El silencio es absoluto. Grave y solemne el momento.
Dos formas, dos bultos, una mujer y un varón, avanzan por la llanura, a paso leve, cual si no sentasen en el suelo la planta.
Ella se envuelve en las amplias telas azules que hoy usan las mujeres egipcias. El, a pesar del glacial soplo nocturno, sólo viste una túnica blanca, que descubre sus descalzos pies.
De tiempo en tiempo, los dos se inclinan, y parecen reconocer los lugares que cruzan. Un cuchicheo de ternura se establece entre ambos.
—¿Te acuerdas. María?—pregunta él.—Ya no estamos lejos. Fue hace muchos siglos, y en un establo.
—Me acuerdo, hijo mío, me acuerdo de cómo tiritábamos José y yo, rendidos de la caminata. El viento entraba libremente por las junturas de las piedras y por las aberturas del tejado. El suelo cstaba húmedo y pegajoso. Fuera, helaba, helaba, helaba. Luego empezó a caer la nieve en anchos copos. Su blancura alumbraba como una aurora. Y entonces viniste al mundo. Te agasajé en mis ropas, y el amigo buey te echó su aliento gordo, tibio, y te lamió mansamente. ¡Cuánto se lo agradecí! Porque los piececitos se te habían puesto como dos granizos, y temblabas... ¡Ah, si yo pudiera librar del yugo y de aguijón a todos nuestros amigos, los bueyes, tan honrados!
—Madre, por ti nadie sufriría... Yo también quiero mucho a los bueyes, a las hermanas palomas, que venían á posarse sobre nuestra casa de Nazaret, y a los borriquillos y á los pájaros, que me extraían las espinas de la frente, y a los peces, que mantuvieron a la multitud cuando me escuchaba, y hasta a los leones y a las panteras, que enterraron a mis ascetas y respetaron en el Circo á mis mártires! Pero más he querido, María, a los hombres; tanto, que por ellos he consentido colgar de un patíbulo por las taladradas palmas y dejar jirones de piel en las roscas de los látigos... Y les he dicho las palabras redentoras, y les he enseñado el camino y la derechura... Y, en oblación eterna, les he ofrecido mi cuerpo y mi sangre, sin reservarme una fibra ni una gota... ¡Mira si les he amado!
—¿Lloras, hijo mío?—murmuró la madre, consoladora.
—¡Lloro, si. Triste está mi alma hasta la muerte. Las aguas del abismo, amargas y hondas, suben hasta ella. Y mira, ni todas las aguas que están entre la tierra y el cielo pudieran apagar mi foco de amor al hombre. La llama me abrasó el corazón. Ve cómo arde!
Y abriendo la túnica mostró una brasa viva, una especie de enorme rubí, que se inflamaba hacia el lado izquierdo. A su lumbre, la oscuridad se encendió, y fue visible el halo luminoso que cercaba la dulce cabeza de Jesús.
En este fuego me consumo, madre—repitió el Salvador con un gemido ardoroso—. Y es por ellos, por los que heredaron la malicia de Adán. Han comido del árbol funesto y por sus venas corre la ponzoña. Ven, te mostraré lo que hacen, lo que está sucediendo ahora en su planeta!
Y el paso leve fue más rápido aún. Caminaban como volando, deslizándose sobre el polvo endurecido por la helada, sobre los guijarros y las hierbas, al través de los montes y los matorrales. Leguas y leguas quedaban atrás, y variaban los paisajes, y tan pronto oían el mugir de las olas azotando escolleras, como el cristalino reír de los arroyos, desatados todavía, a pesar de los hielos, en los repuestos valles.
Al fin empezaron á encontrar campos desolados y yermos, barrancos abruptos, la tierra pisoteada, sembrada de fragmentos de hierro, de caballos despanzurrados y cadáveres en posturas trágicas, unas como de agitado sueño, otras como de inmensa desesperación. María se veló los ojos de violeta con el pico de su manto.
—Ven, sigue, mira—repetía la voz dolorida de Jesús.
Y María miraba, miraba, espantados los ojos, y a su alrededor se alzaban ruinas, escombros, casas con las entrañas abiertas, edificios medio derruidos, lienzos de murallas suspensos, al parecer, en el aire, naves de templos y bóvedas de palacios que mostraban las heridas y mutilaciones de sus esculturas y cornisamentos. María reconoció su efigie, decapitada, con el Niño en brazos, intacto, ostentando en la manecita el mundo.
Y luego, fue el incendio lo que les salió al paso. Las llamas ascendían al cielo, el humo arrastraba chispas y lengüezuelas ardientes. De algunos edificios salían clamores de socorro. Mujeres con los ojos fuera de las órbitas se empeñaban en atravesar la humareda para rescatar un mueble, un saco de ropa, un niño. Otras gritaban y reían, en histérico ataque. Unos hombres de aspecto feroz empujaron a una anciana al brasero, pinchándola con bayonetas. María se tambaleó.
—Hijo mío. ¿no ves?
Jesús siguió andando. Tropezaron con una interminable procesión. Desfilaban multitudes; era el éxodo de un pueblo entero, a pie, en carromatos, en coches de anticuada forma, en cabalgaduras recargadas con el peso de dos y hasta de tres personas. El rebaño humano se apelotonaba como las reses .en el ferial, y de él salía un gemido confuso, sordo, continuo, el lamentar del sufrimiento físico, del espanto y de la fatiga infinita. A cada instante, alguien se derrumbaba; un viejo exánime, una mujer rendida de cansancio que soltaba a su crío, incapaz de portearlo más tiempo. Nadie atendía al incidente. Para pasto de lobos quedaba allí, al borde del desfiladero, el rezagado. Una dureza inerte cerraba los espíritus a cuanto no fuese el instinto de conservación. Y éste también desfallecía. Muchos se extendían, con propósito de no levantarse. Dentro de los carros iban confundidos puercos, gallinas, moribundos, madres lactando. Y a la cabeza de la mísera horda, un mocetón, oprimiendo un caballo fogoso, repetía: “¡Más aprisa! ¡Más aprisa! ¡Que vienen!”
A lo lejos, la artillería tronaba. Bombardeaban a la ciudad, cuyos fuertes respondían. Las trincheras vomitaban proyectiles. Poderosos reflectores, rasgando la sombra, buscaban en el aire a los pájaros mortíferos para cazarlos. Uno de ellos desplomó aparatos de asfixia. Cientos de hombres cayeron arrojando sangre por la boca. Y pasó una sombra gris, siniestra, y Jesús la reconoció.
— ¡Madre mía; es mi enemiga, es la Muerte! Su guadaña ha relucido, sus huesos han crujido irónicos al notar mi presencia. Parece que dicen: “No me has vencido, Galileo…”
Una lágrima de piedad rodó por las mejillas de lirio de la siempre Virgen... Se alejó de aquel lugar maldito. Un bosque frondoso parecía no esconder horror alguno; por allí no retumbaban los morteros. Sólo al final de un haya corpulenta vieron pendientes dos ahorcados. Avanzaron hacia una villa cuyas luces hormigueaban ya próximas. En una plazuela solitaria desembocó de repente un pelotón. Conducía a una muchacha delgadita, con las manos atadas a la espalda, desmelenada, que a cada momento amagaba caer, si el que llevaba el extremo de la cuerda no la sostuviese, descoyuntándole las muñecas. Un farol del alumbrado público les atrajo. Al pie del farol, arrimaron a la tapia de un jardín a la muchacha. Fué un momento. Unos castañetazos secos y lúgubres. Cayó, rostro contra el suelo. El tiro en el oído no era necesario; pero no faltó. Se alejaron los ejecutores...
María se apresuró más. La orilla del mar no estaba lejos. Las pupilas de Jesús, que escrutan hasta las entrañas, distinguieron bajo las olas una especie de cilindro de hierro que se acercaba a una gran embarcación. Un ruido fragoroso y la embarcación empezó á hundirse, caída hacia una banda. La tripulación se arrojaba al agua pidiendo misericordia. El cilindro segundó el estrépito. La embarcación saltó como un petardo y, precipitadamente, recayó en el agua, y luego en el abismo. Y María pudo oír su nombre, gritado por uno que se ahogaba...
—No puedo más—dijo á Jesús—. Apartémonos de los hombres, hijo mío. ¡Esto es renovar el Gólgota!
—Madre—respondió el maestro—, estoy más triste aún que ants. Necesito el alivio de una caricia maternal. Me duelen los agujeros de los clavos, y la herida del costado me traspasa otra vez...
María tendió los brazos, y no fue sólo el centelleo estelar lo que alumbró. Rosadas tintas de amanecer se difundieron; gorjeos de aves y acordes de instrumentos invisibles resonaron; voces de ángeles tintinearon como campanillas de plata, y aromas de mirra, nardo y miel se difundieron por los ámbitos del aire mientras duró el beso de María a su Hijo. Luego, otra vez la sombra, el frío, el pavor de la naturaleza.
—Perdónales-intercedió María—. Tú lo has dicho: no saben lo que hacen.
Jesús se volvió hacia la Exoradora suspirando.
—Ya lo sabes, Madre; fué en esta noche cuando nacía para ellos... Y no piensan en mí... ¡No me dan tregua! ¡Ni aun esta noche!
—Ni aún esta noche!—repitió, juntando las manos, María.

DIBUJOS de Echea



La Esfera, 1/I/1916 - (Link a Biblioteca Nacional)
Comentarios (0) - Categoría: TEXTOS DE E. PARDO BAZÁN - Publicado o 02-01-2016 00:12
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LA NAVIDAD DEL PAVO, por E. Pardo Bazán

LA NAVIDAD DEL PAVO


Por Emilia Pardo Bazán

El mayor mal que puede sobrevenir a un ser naturalmente estúpido, es adquirir de pronto los dones de la inteligencia. Si lo dudáis, os referiré la aventura de un pavo, del cual, si se descuida, no quedarían ni huesos, porque los huesos de pavo son muy gratos a los canes. En este pavo de mi cuento existía, por lo menos, el instinto de conocerse y saber que, inteligencia, no la tenía. Y es cosa poco común, pues la inmensa mayoría de los pavos se juzga muy avisada, y se hincha y robumba de orgullo, por tan ventajosa opinión de sí propia. Nuestro héroe, al contrario, conocía, como conoció la abutarda el pesado volar de sus hijos, que no le unía a Salomón lazo alguno; que era tonto perdido desde el día de nacer. Y como la humildad es el reducto en que se abroquelan los tontos, o mejor dicho, en que debieran abroquelarse, nuestro pavo, humildemente, determinó pedir a quien fuese más que él y que todos, que le hiciese, de la noche a la mañana, brotar talento. Su ruego se dirigió al Niño Jesús, que se veneraba en la casa cuyo corral habitaba el pavo. Sabía que el Niño puede proteger al que le implora, y que a la tía Carmela, guardiana del corral, en más de una ocasión el Niño la sacó de graves apuros. Era, además, tan lindo y gentil el divino Infante, que atraía y convidaba a pedirle favores. Caía, pues, la cresta; entornando los ojos bajo la azul membrana que los protegía, el pavo se acercó a la urna en que el Niño vestido de rancia seda blanca, alzando en la diestra su mundillo de plata que tiene por remate una cruz, derramaba la gracia de su faz riente y la bondad de sus ojos de vidrio sobre la pobre casa y sus moradores. Y el Niño, recordando que Francisco, el de Asís, miró como a hermanos inferiores a los irracionales, sintió un movimiento de simpatía hacia la gallinácea destinada a saciar la glotonería de los humanos, y quiso atender a su súplica. Mas cuando supo lo que pedía el pavo, la manezuela regordeta que ya iba a bajarse concediendo, se alzó otra vez, y en el lenguaje del misterio, el Niño dijo al pavo: -Pero ¿tú has pensado bien lo que solicitas? Como el pavo insistiese en su demanda, el Nene porfió. La inteligencia, para un pavo, era igual que la hermosura para una almeja: ¡don inútil, y tal vez hasta funesto! Mas el peticionario insistió: ¡quería a toda costa aquella cualidad que tanto se alaba en el hombre! Y entonces, Jesusín otorgó... Sintió el pavo como si dentro de su cabeza se encendiese viva luz. Todo lo vio claro y con realce. Él era un volátil torpe a quien mantenían en un corral, echándole todos los días el sustento, sin que se le impusiese otra obligación ni otro trabajo sino ir engordando y descansar. Sus congéneres, los demás pavos, estaban en igual caso, y, sin meterse en más averiguaciones, picaban el grano, devoraban el cocimiento de salvado, glugluteaban satisfechos, hacían la rueda, cortejaban a las pavas y dormían sueños largos, en la tibieza del cobijadero que les abrigaba de noche. Nuestro héroe, dotado ya de la facultad de comprender, comprendió que los demás pavos eran felices. En cuanto a él..., variaba: vivía inquieto, en continua ansiedad, en incesante sobresalto, cavilando en lo que podría sucederle, después de aquella regalona existencia, y si duraría. Poco tardó en adquirir noticias respecto a este extremo. Palabras sueltas de la guardiana, conversaciones con las vecinas, le ilustraron. La señá Carmela solía gruñir entre dientes: -Híspete, pavo, que mañana te pelan... Tú veras, cuando la Navidá llegue... Y si bien nuestro héroe, con entendimiento y todo, no podía hablar, ni preguntar qué pasaría cuando la Navidad llegase, bien se le alcanzaba que cosa buena no podía ser. No; tenía que ser muy mala, muy cruel, muy terrible. Esta convicción se fortaleció cuando, al acercarse la anunciada época de Navidad, notó el pavo que a él y a sus compañeros les imponían un régimen extraordinario, inexplicable. ¿A qué venía, me quieren ustedes decir, tanto atracarles de bolitas de pan, y después, tanto introducirles bárbaramente en el gañote nueces enteras con su cáscara, duras como guijarros, y progresando en el número hasta llegar a veinte diarias? Nuestro protagonista creía sentir que se le rajaba el buche. «Jamás las digeriré», pensaba, sofocándose. Y al cabo las digería, pero pasaba el día entero presa de entorpecimiento y modorra, cual los hombres que sufren dilatación gástrica... Una mañana, cuando acababan de administrarle la vigésima nuez, entró una vecina, la cacharrera de al lado, y dijo a la señá Carmela: -¿Tié usté un pavo listo ya? ¿Bien cebadito? Me ha encargao de buscarlo el cocinero del señor marqués... Es pa la cena de Navidá. Ha de ser cosa de satisfacción. -Aquí hay uno que paece un tocino... Mírelo usté, y tómelo al peso... Y cogiendo a nuestro héroe por las patas, a pesar de una desesperada resistencia, sopló la mujer sobre el plumaje de los zancos, para hacer ver la piel estallante de grasa. -No paece malo -declaró la cacharrera-. Le pediremos cuatro pesos, y usté me da a mí un par de pesetillas... -Y el cocinero le pone seis duros al señor marqués... y arza -repuso la señá Carmela. A nuestro pavo se le había cubierto de lividez la cresta, el moco y las carúnculas; al dejarlo en tierra la señá Carmela, apenas podía tenerse en las patas. Había comprendido perfectamente, puesto, que tenía la facultad de comprender. Iban a venderle para degollarle y devorar sus restos. ¡Horrible destino! Nada podía hacer para evitarlo. ¿Huir del corral? ¿Esconderse? ¿Y adónde iba? Por todas partes le acompañaría como una sentencia de muerte su gordura, su fatal grasa fina, de ave de lujo. El primero que le atrapase, le retorcería el pescuezo y le pondría a asar. No había escape. Su suerte sería la misma de sus compañeros..., sólo que éstos ignoraban el triste sino, y la víspera de su degollación comerían con el mismo apetito la ración de salvado, y tragarían las duras nueces, sin protesta. Entonces conoció nuestro pavo por qué le decía Jesús, con su risa de hoyuelos: -Pero, ¿tú sabes lo que pides? Y revistiéndose nuevamente de humildad, logró entrar en la salita donde se alzaba la urna, y su muda plegaria se elevó hasta la dulce imagen. El Niño ya sabía de lo que se trataba. Comprendía la tragedia interior de la desventurada ave, que, a diferencia de las demás de su especie, sabía, sabía de la ceba, del agudo cuchillo, e iba a saber del impío rellenamiento, del horno ardiente, del nuevo despedazamiento en una mesa donde se ríe y se bebe champán, masticando la pechuga blanca del ave mísera. Piadoso, Jesús bajó de nuevo la mano, y murmuró: -Ve en paz. No temas. Se fue el pavo, consolado, tranquilo, porque en él había surgido una fuerza admirable, un resorte desconocido, ¡la fe! ¡Y la fe es buena hasta para los pavos, y es más fuerte que el cuchillo y que el horno! El pavo no temía, puesto que el Niño le ordenaba que no temiese. Eran, sin embargo, para dar pavor las circunstancias. Le habían cogido en el corral y trasladado a las cocinas del marqués. Y allí, su futuro verdugo, el pinche, se dedicaba a hacerle absorber tragos de aguardiente, alternando con él en la tarea. Poco a poco, la embriaguez se apoderaba de nuestro pavo. Sus pasos eran vacilantes, su cresta despedía fuego. Un vértigo le confundía. En medio de este vértigo, parecíale sufrir una transformación. Sus miembros perdían la elasticidad. Poco a poco, en vez de pavo de carne, se convertía en pavo de cartón iluminado, muy bien modelado, sostenido en dos patitas de alambre. Y oía exclamaciones de furor en la cocina. El jefe reñía colérico al pinche. -A ver qué has hecho del pavo. So curda. ¡Lo has tomado y lo dejaste escapar! Y casi al mismo tiempo, la doncella gritaba: -¡Habrase visto! ¡Pues no se han traído aquí el pavito de Belén! ¡Vente, monín, que voy a llevarte a tu sitio! Momentos después nuestro pavo, acartonado completamente, inmóvil, reposaba al pie del Niño Dios, que, entre sus pañales, bendecía a los pastores, y aceptaba los dones de los Reyes Magos. Salvado del suplicio, salvado de que triturasen sus carnes dientes glotones, el pavo miraba con infinito reconocimiento al Infante divino. Encontraba que estar allí, a sus piececillos, bajo el hálito pacífico del buey y de la mula; ser uno más en el sacro bestiario, era una suerte mejor que la de antes, una suerte feliz. ¡Aleluya!


(Conto de Emilia Pardo Bazán publicado en Voluntad o 15 de decembro de 1919)
Comentarios (0) - Categoría: TEXTOS DE E. PARDO BAZÁN - Publicado o 24-12-2015 14:51
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