A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


Visitas (desde o 05/08/2010)





Únete a nós!
comisionsuarezpicallo@gmail.com
 CATEGORÍAS
 GALERÍAS FOTOGRÁFICAS
 RECOMENDADOS
 BUSCADOR
 BUSCAR BLOGUES GALEGOS
 ARQUIVO
 ANTERIORES
 DESTACADOS

95 anos do pasamento de Emilia Pardo Bazán
Cúmplense 95 anos do pasamento de Emilia Pardo Bazán (12 de maio de 1921) e tal día como hoxe de 1895 no diario matutino El Imparcial publicaba este conto.

Posesión


Por Emilia Pardo Bazán

El fraile dominico encargado de exhortar a la mujer poseída del demonio, para que no subiese a la hoguera en estado de impenitencia final, sintió, aunque tan acostumbrado a espectáculos dolorosos, una impresión de lástima cuando al entrar en el calabozo divisó, a la escasa luz que penetraba por un ventanillo enrejado y lleno de telarañas, a la rea.
Escuálida y vestida de sucios harapos, reclinada sobre el miserable jergón que le servía de cama, y con el codo apoyado en un banquillo de madera, la endemoniada, que se había llamado en el siglo Dorotea de Guzmán, que había sido orgullo de una hidalga familia, alegría de una casa, gala y ornato de las fiestas, parecía un espectro, una de esas mendigas que a la puerta de los conventos presentaban la escudilla de barro para recibir la bazofia de limosna. Su estado de demacración era tal, que a pesar de verse por los desgarrones del mísero jubón las formas de su seno, el dominico, que era un asceta y solía luchar con tentaciones crueles, no sintió turbación ni rubor, y sólo la piedad, la dulce y santa piedad, le impulsó a ofrecer a Dorotea amplio pañuelo de hierbas, y a decir benignamente:
-Cúbrase, hermana.
De tanta miseria y abyección tomó pie el fraile para empezar a convencer a Dorotea de que sacudiese el yugo de un amo que así paga a sus fieles servidores. Y mientras la posesa clavaba en el religioso sus grandes pupilas color de humo, donde, de cuando en cuando brillaba fosfórica chispa, él habló copiosamente, con unción y ternura, encareciendo la amorosa efusión de Cristo, que siempre tiene abiertos los brazos para recibir al pecador, la continua intercesión de su Santa Madre, la infinita misericordia del Criador, que sólo nos pide un instante de contrición para borrar todos nuestros delitos. Mas no tardó en advertir el dominico que la sentenciada le oía con salvaje insensibilidad, bajo la cual trepidaba una cólera sorda; y entonces pensó que convendría, para abrir brecha en un alma contaminada por la presencia de Satanás, hablar un lenguaje humano, casi egoísta, buscar palabras que irritasen a la pecadora y la forzasen a una discusión, en que saldría vencedor el dominico.
-Dorotea -dijo, tuteándola con violencia y enojo-, mira que ya pronto comparecerás ante ese Dios que va a pedirte cuenta de tus actos, y que a una vida de sufrimientos pasajeros seguirá otra de suplicios perdurables. Un paso, un segundo, es el tránsito a la eternidad, y esa eternidad es fuego, no como el de aquí, que causa la muerte, y con la muerte trae el descanso, sino interminable, horrendo, continuo, que renueva las carnes para volverlas a tostar y recuaja los huesos para calcinarlos otra vez. Pobre oveja que has seguido al hediondo macho cabrío, ahí tienes lo que te espera. ¿No te avergüenzas de ser esclava del demonio? ¿No lloras al menos tu esclavitud?
La endemoniada seguía guardando el mismo hosco silencio; pero, de pronto, se estremeció. Era que el dominico, enternecido por sus propias palabras, había dejado asomar a sus ojos humedad de llanto; y la mujer, conmovida, tal vez a su pesar por aquel indicio inequívoco de conmiseración, dijo sombríamente:
-Yo no puedo llorar. Lo primero que hizo mi dueño y señor Satanás fue quitarme las lágrimas de las pupilas y el calor de los miembros. Toca y verás.
Y alargando una mano, rozó la del dominico, que retrocedió espantado de la glacial, de la mortuoria frigidez de aquella piel que creía abrasada por la fiebre.
-No me compadezcas -añadió orgullosamente-. La sensibilidad y el ardor que faltan por fuera se han refugiado en mi corazón, que es un brasero de llama rabiosa.
-Eso mismo les sucede a los santos -murmuró el dominico con angustioso afán-. Que ese fuego no se apague; pero purifícalo ofreciéndoselo a Jesús.
-No -respondió con energía la endemoniada, cuyo rostro se contrajo y cuyos ojos, donde boqueaba el horno de la escondida hoguera, bizcaron repentinamente con frenético estrabismo.
-Pero ¿por qué, desdichada hermana? Dame una razón, una siquiera. De cuantas sentenciadas me ha tocado exhortar, sólo tú has callado, en vez de blasfemar y maldecir. Maldice, que lo prefiero. Ya sé que han sido inútiles los exorcismos, los conjuros, el hisopo, las oraciones, las santas reliquias; ya sé que el demonio no ha salido de ti, porque no quisiste tú que saliese, y como Dios, que ha podido criarte sin tu voluntad, no puedo contra tu voluntad salvarte, el espíritu impuro se alberga aún en tu seno. No he pensado en emplear contra ti la fuerza; te pido y te ruego, si es menester de rodillas, que me des una explicación de tu ceguedad. Eras hermosa y eres horrible; eras dama principal y pudiente, y eres menos que las mujerzuelas de la calle; eras buena y honrada, y eres ludibrio y vergüenza de tu sexo... ¿En qué moneda te paga el maldito? ¿Qué felicidad ignominiosa te da a cambio de todo lo que sacrificas por él?
Crispando los labios y arrancando del pecho un suspiro ronco, respondió la poseída:
-Ya que te empeñas en saberlo, lo sabrás. No creas que en este momento habita en mí el que llamas espíritu maligno. Sufría con los exorcismos y las reliquias y se apartó de mí. Pero sé que volverá, y sé que cuando me achicharren nos vamos a reunir para siempre.
-¡Qué horror! -exclamó, santiguándose, el dominico.
-Escucha -prosiguió la endemoniada-. No ignoras que en el mundo fui mujer de calidad, ensalzada por linda, respetada por noble, codiciada por rica, aplaudida por discreta. Estas prendas me atrajeron rondadores y galanes; pero ninguno supo hacer que yo pagase sus finezas. Pasaron por delante de mis rejas o de mi estrado y los desdeñé, porque mi alma, que se remontaba muy alto, aspiraba, secretamente, a algo más grande, a un príncipe, a un monarca, a un ser extraordinario, desconocido y superior. Sucedió que una prima hermana mía, que acababa de vestir el sayal de las carmelitas y a quien yo solía visitar en su reja, comenzó a hablarme exaltadamente de sus nupcias con Jesús, de los éxtasis y deliquios que gozaba en brazos de su celestial Esposo y de lo despreciables que parecen, en cotejo de tan divinos regalos, los amoríos y las aventuras de la tierra. Estos coloquios me trastornaron y emprendí una vida de devoción y de mortificaciones que hizo creer a todos, y a mí la primera, que sentía una vocación monástica firme e irresistible. Mientras tanto, en mi interior yo me despedazaba de congoja, de inquietud y de tedio, y un día, en un arranque de sinceridad, dije a mi prima la monja: «Ya no te envidio. Soy demasiado altanera para envidiar un Esposo que con infinitas esposas habrás de repartir. Ahora mismo, en centenares de claustros y en miles de celdas, tu desposado visita a otras mujeres. Desprecio lo que no es sólo mío.»
-¡Diabólica soberbia! -gimió el fraile-. ¡Era el tentador quien te sugería esa locura!
-Aquella noche -prosiguió Dorotea-, estando yo a punto de recogerme y habiendo soltado ya de la redecilla la mata de pelo, he aquí que se me aparece...
-¿Un monstruo horrendo?
-Un mancebo pálido y triste, pero hermoso, muy hermoso.
-¿Con olor a azufre? ¿Con pezuña hendida?
-No; con un cerco de luz rojiza alrededor de la rizada melena rubia.
-¡Virgen santa! Era, sin duda, un íncubo.
-¿Un íncubo? -repitió, sorprendida, Dorotea.
-Así llamamos al demonio cuando toma bella forma de varón para manchar y escarnecer a una mujer desdichada como tú.
-No se trata de escarnecer ni de manchar, pues el aparecido y yo entretuvimos la noche conversando castamente. Refiriome su historia punto por punto, y supe que era un gran príncipe, arrojado de los reinos de su padre por un instante de rebeldía, y que mientras a su padre todos le ensalzan y pronuncian su nombre con adoración, del hijo rebelde abominan y maldicen. Cuando supe que nadie le quería, cuando comprendí su desventura inmensa empecé a sentir que le quería yo y a soñar que mi amor le compensase todo cuanto había perdido, hasta los reinos de la gloria. Al amanecer se fue, pero volvió a la noche siguiente, trayendo un botecillo de un ungüento, con el cual me frotó las plantas de los pies y las palmas de las manos, y salí volando por el ventanillo. Cruzamos espacios inmensos, y abatiéndonos a tierra entramos en unas cuevas muy profundas, abiertas en el seno de altas montañas, y cuyo techo parecía de diamantes. Allí se apiñaba una muchedumbre inmensa, que reconocía la autoridad de mi señor, y bullía al pie de su trono una hueste de mujeres hermosísimas, cortesanas, reinas o diosas, desde la rubia Venus y la morena Cleopatra hasta la insaciable Mesalina y la suicida Lucrecia. Y como yo sintiese en el corazón la mordedura de los celos vi que las apartaba indiferente, sin mirarlas, y oí que decía: «No temas; yo no soy como el «Otro», yo no me reparto... Te pertenezco, Dorotea, pero tú también me perteneces a mí en vida y muerte». Cada noche, al dar las doce, le esperé y le acompañé, y fui venturosa.
-¡No llames ventura a las infames torpezas en que te encenegaba el enemigo de Dios! -protestó el dominico.
-¡Si no he cometido torpeza alguna! -respondió altivamente Dorotea-. Lo primero en que convinimos él y yo fue en que nuestro cariño sería el de dos espíritus, y mantuvimos el pacto. Mi señor tuvo a menos sujetarme con las cadenas de la materia, y cifró su orgullo en poseer mi alma, y nada más que mi alma, por voluntad mía. Mil veces me ha repetido que gracias a mí, puede alabarse de un triunfo que sólo a Dios parecía reservado: el de ser querido espiritualmente, sin mancha de concupiscencia. En cambio, yo sé que no tengo rivales, y que soy el único bien de mi señor. Nada me importa el vilipendio ni el tormento que me han dado. La muerte, la deseo. Cuanto antes enciendan el brasero para mí, más pronto me reuniré con «él».
Y volviendo la espalda al fraile, la posesa ocultó el rostro en la esquina de la pared resuelta a no decir otra palabra.
Cuando salió el dominico de la prisión de la relapsa empedernida, sollozó, besando el Crucifijo pendiente de su grueso rosario:
-¡Cómo permites, Jesús mío, que te parodie Satanás!
Comentarios (0) - Categoría: TEXTOS DE E. PARDO BAZÁN - Publicado o 13-05-2016 11:06
# Ligazón permanente a este artigo
PRESENTACIÓN DE AREAL Nº12
Como ven sendo habitual, no mes de abril presentamos un novo exemplar da revista AREAL, e desta vez xa vai o número 12. A presentación será o próximo venres, día 22 de abril, ás 20:00 h. na Casa da Cultura de Sada, e contaremos coa actuación do grupo de música e danza tradicional sadense Queiroa.
Ademais da revista, repartirase o Caderno de Estudos Locais nº19, que trata o tema das inundacións en Sada, de Rafael Carballeira Coego.
Comentarios (0) - Categoría: Actividades - Publicado o 20-04-2016 12:52
# Ligazón permanente a este artigo
14 de abril en Sada. Ofrenda floral

Este xoves, 14 de abril, ás 20 horas da tarde, coincidindo co 85 aniversario da proclamación da II República, faremos un sinxelo acto de homenaxe ás vítimas da represión franquista no monumento dedicado a elas no paseo marítimo de Sada. No acto terá lugar a habitual ofrenda floral.

Agardamos contar coa túa presenza. Un cordial saúdo,

A.C. IRMÁNS SUÁREZ PICALLO
Comentarios (0) - Categoría: Actividades - Publicado o 12-04-2016 20:27
# Ligazón permanente a este artigo
Caderno dedicado a Luisa Viqueira Landa
Onte, na inaguración da exposición HEROINAS (REPUBLICANAS) da artista sadense Marta Paz,promovida pola nosa asociación coa colaboración do Concello de Sada,e na que presentou o acto Paco Pita,Presidente da A.C. Irmáns Suárez Picallo e interviron ademáis Benito Portela.Alcalde de Sada; Marta Paz, pintora e feminista; Lola Ferreiro, doutora en Medicina, activista feminista; Manuel Rguez.Viqueira, fillo de Luisa Viqueira e Marcos Villar, concelleiro de Cultura presentouse o Caderno de Estudos Xerais nº 6 dedicado a Luisa Viqueira Landa, no que se recollen as intervencións que, con motivo da traída das súas cinzas o 18 de abril de 2015 ao cemiterio de Ouces (Bergondo), se fixeron en dito acto.
Comentarios (0) - Categoría: Actividades - Publicado o 09-04-2016 10:47
# Ligazón permanente a este artigo
JUICIOS CRÍTICOS ( Edmundo Moure opina sobre a sua obra)
JUICIOS CRÍTICOS


Cada hombre lleva en sí un mundo compuesto por todo aquello que ha visto y amado, adonde continuamente regresa, aun cuando recorra y parezca habitar un mundo extraño.
René de Chateaubriand


En 1950 ingresé al primer año de Humanidades, en el Liceo Manuel de Salas (7° Básico, hoy). Tenía nueve años, era el más chico en edad y porte. La profesora de “Castellano”(me gusta este sustantivo más que “Lenguaje”), una vieja gorda y mal encarada (tal vez cuarentona), nos encomendó la primera tarea: escribir en casa una composición, en dos hojas de cuaderno, sobre el tema “Vacaciones”. Escribí mi texto, ese fin de semana, y lo entregué el lunes. El miércoles, la maestra leyó las calificaciones, cuya relación acostumbraba a informar desde la nota más alta, e iba descendiendo en los guarismos, hasta llegar a los desafortunados… Con estupor, advertí que no decía mi nombre; fui el último en ser mencionado: -Edmundo Moure, tiene un uno... Casi me caí del asiento. Imposible, yo había hecho mi tarea con empeño y convencimiento. Cuando sonó la campana del recreo, me acerqué a la gorda, con cara interrogativa y suplicante… -Mire jovencito, acepto cualquier cosa menos la deshonestidad… -No le entiendo señorita… -Seamos claros, esta composición se la escribió algún adulto, su papá o su mamá, ¿cierto? –No –le respondí en un susurro. –La escribí yo solo. –No le creo, el lenguaje empleado no corresponde a un niño. Respiré hondo, saqué fuerzas de flaqueza, y le rogué: -Señorita, por favor, deme otro tema y yo se lo escribo aquí mismo... Me escrutó, sorprendida. –Bueno, tome esta hoja y escríbame algo sobre la primavera.
Lo hice, en no más de quince minutos, y le alargué la hoja. Mientras leía mi nueva creación, observé que la gorda maestra fruncía el entrecejo. Sonrió levemente, diciéndome: -Tiene usted talento lingüístico, debieracultivarlo si quiere llegar lejos…Suspiré, exitoso. Mi nota final se había empinado a un seis coma cinco.
Dos años después de este primer juicio crítico, organizaron en el colegio un concurso de cuentos, en dos niveles: primero y segundo ciclo de humanidades. Participé con mi relato “El capitán indómito”. Era la historia de un comandante de barco de origen irlandés, de apellido Mac Muty, y transcurría en el Mar de los Sargazos (no me acuerdo hoy de la trama, pero se desencadenaban terribles acontecimientos)…

Bueno, obtuve el primer premio, y eso me dio alas para soñar que alguna vez sería un escritor célebre y, por supuesto, adinerado, quizá propietario de un velero que atravesara los mares procelosos hasta el Cabo de Hornos… Los libros de Emilio Salgari me habían transformado en navegante cabal, e intenté construir pequeñas embarcaciones de madera, pero mis manos carecían (y carecen) de toda habilidad artesanal. Mi compañero de banco, el alemán Meyer, que construía maravillosos galeones en miniatura, con palos de fósforos y madera de balsa, criticó mis dedos, comparándolos con los de un campesino bruto: -Quizá podrías probar inscribiéndote en el curso gratuito de jardinería… Y rio de buena gana, con su risa teutona y salivosa.
Nueve años más tarde, a los dieciocho, pergeñé un puñado de poemas inspirados en las atrocidades del imperialismo yanqui en la guerra de Vietnam. Un día, tuve el coraje de entregárselos a mi padre, para que los leyera y me aportara su juicio crítico de lector contumaz. Pasaron dos o tres semanas, sin que me dijese nada. Lo abordé, preguntándole qué le habían parecido aquellos textos –para mí- de indudable interés literario. Me miró de soslayo, alargándome la carpeta que los contenía, mientras me preguntaba, con acento sardónico: -¿Has leído a Quevedo? –No mucho, papá –le respondí, algunas cosas que nos pidieron en el colegio. –Bueno, ahí en la biblioteca del salón están las obras completas. Y se volvió, ofreciéndome su espalda como telón que hubiese caído en rotundo veredicto.
Pasaron veinte años de intensas y constantes lecturas. Es posible que durante ese tiempo haya yo escrito algunas páginas que jamás di a conocer, que extravié en la prolífica biblioteca del olvido, donde yacen quizá las mejores obras de la literatura universal. En 1979 publiqué, merced al sistema de autoedición, mi primer poemario, Ciudad Crepuscular, mediante venta de suscripciones entre mis compañeros de la empresa alemana en la que trabajaba. Presenté a aquel hijo de mis palabras en el Instituto Chileno-Hispánico de Cultura, con el respaldo y apoyo intelectual de mi buen amigo, el poeta Raúl Mellado Castro, ante nutrida concurrencia.
Dos semanas más tarde, en el suplemento literario de El Mercurio, Enrique Lafourcade comentaba el nuevo libro con escaso entusiasmo, en su estilo entre perdonavidas satisfecho y crítico arrogante. Pero ese juicio me afectó menos que el de Jorge Garrido, estafeta de la empresa germana, quien me pidióque le concediera unos minutos, porque debía manifestarme algo importante.
Entramos en uno de los bares que entonces abundaban en calle Teatinos. Jorge me miró a los ojos, diciéndome: -Estoy sentido con usted, porque no me consideró en las suscripciones de su libro… -Amigo –le respondí, no quise gravarte con un gasto semejante. –Esa no es una buena razón –retrucó… Además, yo compré el libro en la presentación y le voy a decir, en su cara, que es regularcito… De los dieciocho poemas, hay tres que se salvan; el resto es prescindible, sin mayores luces poéticas. Yo que usted, lo pensaría antes de publicar otro libro de poemas.

A estas alturas de mi vida, con veintiún libros publicados –dieciséis en Chile y cinco en España- y más de un millar de crónicas aparecidas en diarios y revistas literarias, a lo que cabe agregar cuatro obras inéditas, el juicio categórico del estafeta Garrido me parece acertadísimo. De aquel libro, rescataría yo dos poemas; el resto no merece estar impreso.
Puesto ahora a ordenar mis escritos, pensando en la posteridad, incorporé todo, incluyendo los libros, en formato PDF, en una carpeta virtual, con el título “Mi Herencia”, con copia de seguridad en pendrive, por lo que pudiera suceder. Este notable patrimonio pertenece desde ya a mis hijos. Ellos, o mis nietos o biznietos sabrán hacer algo productivo con el trascendental legado…
Puede que algún joven crítico, sagaz y conocedor, de aquellos que reciben las becas Guggenheim u otras prebendas académicas por el estilo, y se van a estudiar al vilipendiado imperio del norte, descubra el valor de una obra como la mía, merecedora sin duda del más alto encomio…
El grillo que guardo en el armario, apostilla:
-¿Y de qué te va a servir el prestigio póstumo?
-Después de todo –le respondo-, puede que el Paraíso sea la biblioteca infinita que soñaba Borges. Aunque también cabe que ella fuese el mismísimo Infierno…
-Eso, ni los críticos lo saben con certeza, -sentencia el grillo, mientras canta en su rincón, como si se mofara.

&&&
Edmundo Moure
Marzo de 2016
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 01-04-2016 00:23
# Ligazón permanente a este artigo
EL PASTOR DE ORIHUELA (Recordando a Miguel Hernández)

EL PASTOR DE ORIHUELA


En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.

Se acaban de conmemorar los 74 años de la muerte física del gran poeta Miguel Hernández Gilabert , quien nació enOrihuela, Alicante, hoy Autonomía de Valencia, el 30 de octubre de 1910, y falleció el 28 de marzo de 1942, en la cárcel de Alicante; debiéramos decir, en una de las perores mazmorras del franquismo, víctima del odio cerril y de la tuberculosis…Dámaso Alonso lo distingue como “genial epígono” de la generación del 27. Pablo Neruda, que le apoyara generosamente en sus inicios, escribe del Pastor de Orihuela:

Recordar a Miguel Hernández, que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela, cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra. No tenía Miguel la luz cenital del Sur como los poetas rectilíneos de Andalucía sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la sangre, trazó su poesía duradera. ¡Y éste fue el hombre que aquel momento de España desterró a la sombra! ¡Nos toca ahora y siempre sacarlo de su cárcel mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio, enseñarlo como ejemplo de corazón purísimo! ¡Darle la luz! ¡Dársela a golpes de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen, arcángel de una gloria terrestre que cayó en la noche armado con la espada de la luz!

En mi propio “exilio financiero” en Buenos Aires, entre septiembre de 1989 y diciembre de 1990, conocí al poeta y escritor paraguayo, Elvio Romero, nacido en el pueblo de Yegros, en el interior campesino del Paraguay, en 1926. A fines de la década de los 90, él era director de una editorial bonaerense… Me lo presentó el poeta Aristóteles España, en cuya casa de Lavalle encontré providencial refugio y cálido hogar.
Quizá por semejanza de origen y hermanamiento de sensibilidades estéticas, Elvio Romero era entusiasta admirador y conspicuo estudioso de la poesía de Miguel Hernández. En nuestra segunda reunión, en el café Tortoni, me obsequió su exquisita biografía, Miguel Hernández, Destino y Poesía, que leí con especial regocijo.
El ejemplar, que conservo, es de la primera edición de 1959, con la correspondiente dedicatoria de Elvio, fechada el 30 de noviembre de 1989, en la capital del Plata. Desde el inicio de la lectura se puede apreciar el cariño del autor por el notable poeta-personaje, cuya vida va detallando con amorosa dedicación y certero conocimiento.Nos narra su difícil infancia, la negativa de su padre para que continuara sus estudios, forzándolo a hacerse pastor de ovejas; un hecho común entre los siervos de la tierra, atados a la inmutable rueda de una existencia de expoliación y miseria, en la que los padres solo esperan un relevo o una ayuda material de los hijos, para aliviar la carga insoportable del trabajo rudo, de sol a sol, sin otro descanso que la noche que les abraza en cotidiano y mezquino alivio.El padre suele golpearle de manera brutal, y es posible que allí tengan su origen las atroces cefaleas que sufría el poeta. No obstante, se las arregla para leer en las pausas de su trabajo pastoril, con la devoción de quien se entrega con cuerpo y alma al “vicio impune”.

Un carnívoro cuchillo
de ala dulce y homicida
sostiene un vuelo y un brillo
alrededor de mi vida.
Rayo de metal crispado
fulgentemente caído,
picotea mi costado
y hace en él un triste nido.
Mi sien, florido balcón
de mis edades tempranas,
negra está, y mi corazón,
y mi corazón con canas.


Con veinticuatro años (1934), Miguel deja Orihuela y viaja a Madrid. Sus expectativas son desmesuradas, imagina que será recibido como un poeta consagrado, pero la desilusión no se hará esperar. Salvo el poeta Vicente Aleixandre (Premio Nobel 1977) y el vate chileno Pablo Neruda (Premio Nobel 1971), que le acogen con generosidad y beneplácito, el resto de poetas y escritores, ya célebres, le dispensan la frialdad habitual de ese tipo de cenáculos, donde suelen primar la envidia y la desconfianza. Sus desacuerdos con Federico García Lorca se harían patentes, dejando entrever la distancia generacional que les separaba (Lorca era doce años mayor), y hondas diferencias en la concepción estética y en el compromiso político de la escritura. No obstante, Hernández funda con Aleixandre, quien le acoge en su casa como a un hermano, la revista Caballo Verde para la Poesía.

Quien influirá, ideológica y estéticamente en su poesía, va a ser Pablo Neruda. Las revolucionarias ideas, sociales y estéticas, del vate chileno, impresionarán al joven poeta campesino, alejándolo de su primera intencionalidad católica. Este proceso le llevaría a tomar partido definitivo por la República, transformándose en un rapsoda combatiente, que alternará el fusil con las octavillas poéticas y las arengas libertarias en medio del fragor de las trincheras. Asimismo, colaborará con entusiasmo en las Misiones Pedagógicas, iniciativa inspirada en el gran maestro laico de la República, Giner de los Ríos, con el propósito de instruir al pueblo y acercar la cultura a los sectores más desfavorecidos de la desigual sociedad española.

En medio del fragor de la lucha, se casa con Josefina Manresa, con la que tendrá dos hijos, el primero de los cuales muere en 1938; el segundo, que le sobrevivirá, nace en 1939, a quien dedica desde la cárcel las celebradas Nanas de la Cebolla. Durante la contienda fratricida, publica una serie de poemas en las revistas El Mono Azul, Hora de España y Nueva Cultura, y ofreció numerosos recitales en el frente de combate.

En cuanto a la amistad, esa otra forma del amor, Miguel Hernández la conocerá tempranamente con Ramón Sijé (José Ramón Gutiérrez), tres años menor que él, de familia acomodada y estudios académicos. Ramón supo apreciar el talento de Miguel y lo apoyó con atinados consejos, con el complemento de buenas lecturas y aun mediante contribuciones económicas. Su prematura muerte, producto de una septicemia aguda, ocurrida en diciembre de 1935, constituyó un durísimo golpe para Miguel Hernández, magistralmente volcado en su estremecedora Elegía:

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.


El 1 de abril de 1939, Francisco Franco declara finalizada la guerra. Pero la muerte había desbocado sus corceles y la paz oficial hizo de España un gigantesco muro de ejecuciones sumarias. Miguel Hernández trató de cruzar la frontera portuguesa, sin éxito. Estuvo prisionero en Huelva y Sevilla, y luego en la cárcel de Torrijos, en Madrid. Fue liberado sorpresivamente, y desoyendo los consejos de quienes le recomendaban el exilio en Sudamérica, retornó a Orihuela, donde fue detenido y trasladado a Madrid, para ser condenado a muerte. La ejecución no se cumplió, y el poeta fallece a los treinta y dos años de edad, abatido por la enfermedad y laimplacable inquina de los conjurados… Se cuenta que no pudieron cerrar sus grandes ojos de “niño yuntero”. Quizá sea su más certera metáfora para el que supo ver y descubrir y desvelar aquello que otros no vieran…
Vuelvo a Elvio, el poeta paraguayo, el amigo que me tendió una mano en los días amargos de Buenos Aires, como lo hicieran también Poli Délano y Carlos Fernández… Elvio Romero me contó de su vida de militante como comunero, cuando antes de cumplir los 21 años debió abandonar esa “profunda tierra” que amaba como a una madre. Buenos Aires se transformó en su hogar definitivo y en una virtual universidad, como lo ha sido para muchos inmigrantes. Pero su patria era parte de una honda saudade que está presente en toda su obra y, sobre todo, en su vibrante poesía, de inequívoco acento guaraní.

Y en el fraternal paralelo que establezco entre poetas de raigambre campesina –y recuerdo también a Efraín Barquero-, les abrazo a ambos, como hermanos de España y de la América morena, unidos en esta “castellana lengua” que heredamos de los “conquistadores torvos”, según escribiera Pablo Neruda, jinetes iracundos que nos dejaron las perdurables“piedrecitas luminosas” del idioma, con las que seguiremos construyendo el edificio infinito y asombroso de las palabras.


&&&

Edmundo Moure
Marzo 2016
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 31-03-2016 00:08
# Ligazón permanente a este artigo
MIEDO AL OLVIDO ( Alzheimer)
EL MIEDO AL OLVIDO


Mnemósine


La memoria es bagaje y herramienta fundamental del escritor. También es atributo cotidiano para sobrevivir. Al parecer, entre los seres vivos, el único que la posee, como rememoración reflexiva y de alcance remoto, es el ser humano, aunque algunos creen que otras especies cuentan con un registro memorioso significativo, lo que les permite afrontar los riesgos y apremios de la existencia. Hay quienes hablan de la memoria del elefante o de la nostalgia del salmón, que en la vejez remonta el río para morir en la fuente donde nació. Esto último es incierto y metafórico, pero no podemos desestimarlo.
A medida que avanzamos en el tiempo y nos volvemos viejospercibimos el progresivo deterioro de la capacidad nemotécnica. De pronto, se nos escapa el significado de una palabra otrora conocida o se nos difumina un nombre… -¿Cómo se llama el protagonista de la película El Náufrago? Te lo preguntas y no das con él; ha caído un velo sobre aquellas sílabas breves… Pero, según consejo al uso, no fuerzas la búsqueda, te distraes de la interrogación y de súbito surge el nombre perdido: Tom Hanks… Respiras con alivio, como si hubieses aventado para siempre la amenaza del olvido. (Hasta la próxima, claro).
El nombre fatídico viene hoy en una palabra alemana, Alzheimer. Antes, se hablaba de arterioesclerosis, demencia senil y, en lenguaje criollo chileno, de “clorinda”. Así, cuando alguien presentaba los temibles síntomas de irse extraviando en una nebulosa, se decía: -“Está con la Clorinda”, en desmedro de las féminas sujetosde ese nombre propio. Humor equívoco para eludir el temor de su riesgo inminente.
Un rasgo de esta temible senilidad encaminada al extravío, es un reborde blanquecino que se va extendiendo en la base de la pupila, primero como una línea apenas perceptible, para luego ir engrosándose paulatinamente. No hace mucho, me topé con un ex camarada del colegio Don Bosco, en un café céntrico. Respondió a mi saludo con gesto desorientado; no me recordaba, pese a que compartimos algunos sucesos significativos en los últimos años de las humanidades. Me percaté de esa marca rotunda en sus ojos y de su consiguiente dificultad para hilar los recuerdos desde un territorio donde comenzaban ya a prevalecer las sombras.
Suelo observarme en el espejo, buscando el atisbo de esa línea, como si yo fuera un viejo marino que intuye el ingreso al terrible mar de los sargazos, donde los vientos del este y el oeste de detienen para establecer un espacio de aviesa quietud en la que las naves a vela permanecen inmóviles, en una especie de reino de la nada, es decir, en total desconexión con el mundo de la actividad y el afán humanos…
Aún no he notado algo anómalo en mis pupilas –caro lector- y quiera el dios de la memoria de nunca llegue a percibirlo. Y aunque Mnemósine no es una diosa, sino una titánide, hija de Gea y Urano, se la creía poseedora de propiedades divinas, al menos como intercesora ante Zeus, por lo que incluyo su retrato al comienzo de esta crónica, estimando que podemos clamar a ella para que posponga nuestro cruce inevitable del río Leteo, que los romanos ubicaban en la antigua Galaequia, antes de ingresar a la peligrosa comarca de los celtas.Aunque Caio Junio Bruto, que comandaba aquellas tropas, en el año 285 A.C., atravesó el cauce funesto y desde la ribera opuesta llamó a sus soldados, uno a uno, por los nombres, dándoles a entender que su memoria estaba intacta. Quizá desde entonces venga la creencia en la proverbial facultad memoriosa de los gallegos, descendientes –suponemos- de los aguerridos celtíberos.
Hace seis o siete años –no lo recuerdo con precisión- el escritor chileno, Enrique Lafourcade, sufrió los primeros estragos del Alzheimer. Hoy se encuentra recluido en un asilo privado, al parecer desprovisto por completo de recuerdos, sin saber siquiera de su propia identidad, en el atroz abandono del olvido. Su caso nos impresiona, quizá por lo que ello significa para quien desarrolló su largo oficio sobre la base de una poderosa memoria; alguien que ejercitó esta preciada facultad sin pausa y con destellos lúcidos y creativos, como un gran cronista, aun cuando su anhelo fuera llegar a ser un excelso novelista, integrante del llamado boom latinoamericano, cenáculo exitoso al que ningún escritor chileno pudo acceder, tal vez por las endémicas limitaciones de nuestra “narrativa nacional”; ni siquiera José Donoso ha sido considerado entre esos pares, posibles inventores –lo que es asaz dudoso- del “realismo mágico”, pródigo en discípulos garciamarquianos, con menor o mayor triunfo de ventas…
Al parecer, hubo escritores que advirtieron con antelación la llegada del “terrible alemán”, y evitaron sus devastaciones, poniendo fin a su vida con un pistoletazo. Puede que haya sido el caso de nuestro compatriota Joaquín Edwards Bello, y del húngaro SandorMárai. No existe la certeza de ello, pero lo podemos presumir, quizá desde el propio miedo que sentimos al mirarnos en el espejo de la decrepitud.
Hace unos días tuve otra experiencia con un amigo de mi generación, poeta de cierto renombre. Me comentó que estaba perdiendo la memoria, que se olvidaba de los patronímicos de personas conocidas, e incluso célebres; que perdía cada semana un par de anteojos; que dejaba libros olvidados en bancos de la plaza o en el autobús… -Estoy tomando vitaminas y reconstituyentes –me dijo, con un gesto desolado, -pero maldito el provecho que obtengo de eso… Mi mujer me compró una libreta, donde anoto las cosas que debo hacer cada día… hasta que olvide para qué sirve…
Traté de consolarlo, invitándole a una cerveza, luego de advertir bajo su pupila el inexorable trazo blanquecino. Después de tres o cuatro botellas, fuimos a desaguar. Frente al espejo, con las manos puestas en la faena fisiológica, mi amigo preguntó: -¿Quién es ese huevón que nos mira? No había nadie más que nosotros en los urinarios… -¿Cúal? –le dije. –Ése –me respondió, señalando con un gesto del labio inferior mi rostro en el espejo, y agregando, después de una breve risa nerviosa: -No me acuerdo cómo se llama ese boludo…
Al sentarnos, me miró con fijeza, diciéndome: -Tú eres fulano de tal, ¿o me equivoco?
Había dicho otro nombre. No le corregí. Quizá se trataba de una broma negra. En la primera librería compré una agenda roja… Tal vez sea hora de comenzar con las anotaciones.


Edmundo Moure
Marzo 2016
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 29-03-2016 22:38
# Ligazón permanente a este artigo
Ramón Suárez Picallo na derradeira sesión do parlamento republicano
O xornal La Voz de Galicia faise eco das reivindicacións dos deputados galegos na última sesión do Congreso dos Deputados da II República, dos que se cumpre nestes días o 80 aniversario. Entre eles, destaca a voz clarificadora de Ramón Suárez Picallo.
--> Así sonaba Galicia en el Congreso hace 80 años
Comentarios (0) - Categoría: Actualidade - Publicado o 25-03-2016 13:53
# Ligazón permanente a este artigo
EDMUNDO MOURE NA BIBLIOTECA VIRTUAL DE GALICIA DIXITAL
Edmundo Moure
Na biblioteca virtual de Galicia Dixital poden consultarse dúas obras do noso socio e colaborador chileno Edmundo Moure: "El libro de los Anhelos" e "Chiloé y Galicia: confines mágicos". Convidámosvos a que non deixedes de lelas agora que tedes oportunidade.
Comentarios (0) - Categoría: Actualidade - Publicado o 15-03-2016 19:14
# Ligazón permanente a este artigo
Sobre RAMÓN LOUREIRO
DIARIOS DE LA ÚLTIMA BRETAÑA



“En mí todo es pasado. Habito el fermento
de los recuerdos, el ansia de la niebla y esa
letargia, a veces dulce, de la saudade”
Ramón Loureiro


Mi gentil amiga de Sada, Regina Basadre, me ha traído desde Galicia un regalo singular, el libro de Ramón Loureiro, recién publicado por Eurisaces Editora, Diarios, con certero prólogo de César Antonio Molina.

A través del fantasioso éter cibernético, me había yo enterado de este libro y de su presentación allá, en la “Última Bretaña”, como llama Loureiro al mundo y trasmundo del finisterre gallego, al comenzar el 2016, en que él cumple medio siglo y yo acabo de enterar los tres cuartos… Pero yo le conocía hace una década, a través de hondas palabras literarias que me ayudaron a culminar mis “Memorias Transeúntes” o “Libro de los Anhelos”.

Hará diez años, adquirí en Follas Novas, la librería gallega que visito en cada viaje a la Terra Nai, un ejemplar de El Corazón Portugués, hermosa novela de este Ramón que enriquece la estirpe creativa de otros ilustres Ramones de la Península Ibérica, esa ancha patria que hemos adoptado con la mitad del corazón, porque la otra, enraizada en las vastedades telúricas del Último Reino, es sudamericana, como este confín austral que se adelgaza, cual flecha ciclópea, para acabar en la confluencia portentosa de los dos océanos, Atlántico y Pacífico, en el cono geográfico donde estallan las aguas y concluye la bitácora de todas las aventuras.

Ramón Loureiro nos entrega una entrañable escritura, sustentada en un pasado vivo, cuyos ecos él rescata con sabiduría y propiedad, haciéndolos suyos para que convivan con el arduo presente que nos toca padecer, adentrados ya tres lustros en el siglo XXI. La fina sensibilidad del poeta que sin duda es, le lleva a lamentarse por su coexistencia en un mundo que le resulta ajeno en muchos aspectos y situaciones. Este sentirse fuera de época es propio de espíritus que asientan sus raíces en la tierra nutricia de la tradición histórica y cultural, donde convivieran, durante milenios, los pueblos, etnias y estirpes que nos hicieron posibles, cuya arcilla vital nos conforma, querámoslo o no, para ser como somos.

En un tiempo en que todo parece transarse en el atroz mercado de lo superficial, cuando el aquí y ahora nos absorben con enloquecido apremio, forzados a poseer cosas insustanciales, alejándonos del auténtico ser, Ramón Loureiro recoge y reparte entre nosotros, en un rito que se vuelve eucaristía de las palabras, sus recuerdos, vivencias, anhelos y fantasías que apenas parecen tocar la pedestre realidad cotidiana.

Más que escribir, en sentido lato, Ramón habla, dialoga y conversa con “ese que siempre va conmigo”, al decir de Antonio Machado, interlocutor que se multiplica en un nosotros del que formo –dichoso yo- parte despierta e interesada. Y es que me ocurre con este notable libro, llamado sucintamente Diarios, lo que sucede en contadísimas ocasiones: soy leído por sus páginas, a medida que camino por su constante remembranza, cuando entro en la Cocina Vieja de la Casa del Horno de Pedre y me asaltan los viejos aromas que hace treinta años percibiera, por primera vez, en la casa petrucial de A Touza, al descubrir que aquel hasta entonces inexplicable desasosiego, era la intuición inconsciente de esa Tierra que se me develaba como propia, más allá incluso de un sentido anímico y familiar de la morriña, asociadacomúnmente con sensaciones primarias de ancestrales tipologías migratorias… Sí, era la pertenencia más allá del tiempo y el espacio.

En la prosa diáfana y a veces desencantada de Ramón Loureiro, prevalece sin embargo un fino humor que nos hace sonreír en la levedad precisa de sus destellos. La retranca galaica deviene aquí en sutil ironía bergsoniana, y nos trae a la memoria la sentencia de Mark Twain: “El humor es la cosa más seria del mundo”. Ramón se ríe primero de sí mismo, con misericordia de cristiano viejo, o con ribetes existencialistas, para decirnos, sin ambages: “Listo no soy, eso es verdad. Soy tonto, y así me ha ido, cualquiera puede verlo”… Hago mío su aserto, como tantas cosas de este libro, porque la nuestra es época de astutos y de audaces, tan alejados de la auténtica inteligencia como un simio tecnificado de un sabio que reflexiona sobre las miserias de nuestro tiempo.

Quisiera citar para ti, amigo lector, textos y pasajes de estos Diarios, para compartir su disfrute, pero solo es posible hacerlo con un puñado de palabras como éstas:

“Por lo general, todas las puestas de sol son muy hermosas en los Límites Occidentales de la Última de Todas las Bretañas Posibles, que es donde a veces, a última hora de la tarde, mientras la noche se acerca, se escuchan las postreras campanadas del día, que despeinan a los ángeles de melena suelta y más larga al ser lanzadas al aire las torres de las iglesias que se alzan frente al Mar Mayor, donde el continente termina.”

Y de ese pretérito remoto, que para muchos es letra muerta o ceniza estéril, Ramón revive reflexiones poéticas e interpretativas que reconfortan el espíritu:

“No cabe duda de que hubo un tiempo, más o menos el del reinado de Felipe II, en el que, como cuenta Hugh Thomas, las novelas de caballerías cambiaron muchas vidas. Entre ellas, las vidas de quienes, leyendo las grandísimas hazañas y las maravillosas conquistas de los que protagonizaban esos libros, llegaron a la conclusión de que el Destino tiene menos poder del que se le atribuye y decidieron marchar al Nuevo Mundo”.

Hay nombres y también seres entrañables que nos pertenecen –a Ramón y a mí-, como Basilio Losada, a quien conocí en el año 2002, en Santiago de Compostela, cuando me obsequiara su precioso libro La Peregrina; como Gonzalo Torrente Ballester, cuya saga novelesca, Los Gozos y las Sombras, leyéramos en casa –mi padre, mi madre y nosotros, los ocho hermanos. Recuerdo la visita a su Fundación, conducido por mi amigo Xosé María Palmeiro, hará doce años.

Pero, sobre todo, su cercana comunión con Álvaro Cunqueiro, autor que tampoco me canso de leer, al que vuelvo con asiduidad cada vez que requiero de sus palabras luminosas, sean éstas en el gallego de mi infancia o en el rotundo castellano de la instrucción escolar.

César Antonio Molina define a Ramón Loureiro como un “creedor”, sí, un hombre de acendrada fe, no exento de esa angustia existencial que acomete también a descreídos o agnósticos como Fernando Pessoa (como yo mismo, si se me excusa la pretensión comparativa). Así, el oficio de este sillobrés se traduce en “escribir no para explicar, sino para entender”. Y más adelante, apunta el lúcido prologuista:

“Loureiro está en el Finisterre de Europa… y escribe como Ovidio redactó sus quejosas Cartas de Ponto: con palabras (aquellas en latín, éstas en gallego-castellano o viceversa) que son lágrimas. Lágrimas de dolor, pero no de renuncia, no de claudicación, sino de afirmación. Desde el extremo del mundo, desde el extremo de la vida, el diario de ambos se convierte en una patria, el exilio como una patria. La escritura como acontecimiento, la escritura como ley de esa patria nueva”.

Basilio Losada nos decía que él posee nueve patrias. Ramón Loureiro tendrá otras tantas, o quizá menos, tal vez la Última Bretaña sea la primera de ellas, aunque yo creo que la de Sillobre también lo será; como para mí lo es aquel pequeño villorrio, enclavado en los montes del sur de Lugo, de nombre enigmático, A Touza, donde pude haber nacido, quizá, por un prurito estético y amoroso del subjuntivo.

Y ya para terminar esta crónica, que pugna por extenderse, como los viajes de su mentor, aventurero de la fantasía, León Daniel María Bonaparte, personaje y alter ego en los magníficos Diarios, me declaro compatriota en plenitud y compañero de travesía, entre confines y finisterres, de Ramón Loureiro.

Así sea.

& & &

Edmundo Moure
Santiago de la Nueva Extremadura
Último Reino

Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 01-03-2016 01:47
# Ligazón permanente a este artigo
© by Abertal