A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
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BAÑISTAS SMART, por Emilia Pardo Bazán

Na revista Album Salón de 01/03/1899 publicaba Emilia Pardo Bazán este artigo sobre os continxente de persoas da montaña que visitaban Sada cada verán co obxecto de «tomar os baños».


No se si en otras costas que en estas del Cantábrico -donde el mar ruge más fiero y reconcentra mayor cantidad de yodo y de salitre- pueden verse espectáculos como el que acabo de presenciar en el camino de Pontevedra a María, y presencio todos los veranos en la Mariña, en el pintoresco pueblecillo de Sada, cuyo largo playazo aventaja en extensión y seguridad a todos los de la ría de Puentedeume.

Divídese la población de Galicia en ribereña y montañesa; y la división se caracteriza por marcadas diferencias étnicas y psicológicas. Cuanto el ribereño de alegre, animado, despejado, activo, tiene el montañés de callado, tétrico, avariento y supersticioso. A la gente de la beiramar la incita a cierta largueza la fácil ganancia de los lances de pesca de sardina, calamar, merluza y cangrejo. Al montañés, confinado en tierras áridas, lejos de las ciudades, se le impone una sórdida economía; además, el clima es duro en la sierra, y el cuerpo se acostumbra a las privaciones y al mal trato. Y si la vida del montañés en invierno, «en tiempos de lobos» como ellos dicen, es asaz adusta, la de verano, con los baños de mar, tiene dejos de sainete.

No sé si por prescripción facultativa o porque es tradicional, en la montaña, la reputación de los efectos y virtudes salutíferas del mar -del mar que acaricia las Mariñas, alegres y hermosas-el caso es que no hay gente tan amiga, como la montañesa, de remojarse en agua salada. Eso sí: no falta quien asegura que es la única época del año en que se remoja sus carnes y pellejos color de humo, curadas y amojamadas cual la cecina que cuelgan en los garfios de la chimenea.

Dada su afición a la playa y su afán de conciliarla con la estricta economía a que les obligan de consumo necesidad y costumbre, los montañeses han discurrido, hasta reducir el gasto a la mínima expresión. Primer problema resuelto: el transporte. La jornada empieza en el coche de San Francisco, o sea a pata galana, desde las respectivas madrigueras hasta el punto de donde arranca el coche o carromato que han de utilizar. La idea de servirse del ferrocarril ni les cruza por las mientes, pues tendría que salirles caro, aún viniendo en la perrera, como los «de Calatorao», de una zarzuelita popular. Razón sencilla: en el tren paga cada quisque su billete, sitio entero, mientras en el coche procede un ajuste, y según se estrechan y encojen los viajeros, para caber gran número en breve espacio, desciende la cuota, hasta llegar a lo inverosímil. No es cuenta del mayoral o del carretero cómo se arreglan los que van dentro: allá ellos, así se pongan patas arriba y boca abajo.

A no haberlo visto, no se creería el prodigio de acomodarse veinte o treinta personas donde sólo cogerían, bien apretadas, cuatro o seis. Aquello no es ya masa, sino cemento, gelatina de gente. Hay quien entre en el amasijo de chapacuña, y quien atravesado como las sardinas en el tonel. Sobre las rodillas de los hombres se colocan, enroscadas, las hembras, y en el regazo o el hombro de estas, los chicos menores de quince años. El tufo, se adivina; el calor, asfixia solo pensado; los incidentes son de un cómico violento y burdo. Felices los que van de pie en el estrillo o agazapados en la imperial, entre sacos, ollas y mantas, -al menos gozan del aire libre.

Así, prensados, van los montañeses locos de contento, divirtiéndose interiormente, sin estrépito, con risotadas opacas y observaciones de sagacidad candorosa.

Al botijo de los trenes baratos reemplazan potes y trébedes. Llevan además consigo provisiones: el enorme mollete de pan de maíz o centeno, mohoso, que se come añejo adrede, para no comer tanto; las patatas, las berzas para el caldiño; la harina para espesarlo; el unto rancio para darle gracia; hasta la sal... El ideal del montañés consiste en no comprar fuera de casa, a ser posible, cosa alguna, y vivir los ocho o diez días que tarde en tomar sus treinta baños ( a razón de tres cada veinticuatro horas) con lo que trajo en el zurrón. Bastante desembolso representa el real o real y medio diario que ha de aflojar por el rincón del cobertizo o del rancho fétido donde le extienden unos brazados de paja. para dormir, y por la piedra y el haz de leña que le suministran, para cocer junto... el caldo de doce o quince montañeses.

Y empieza la faena: jala con un baño glacial, al amanecer, cuando apenas dora el sol naciente la cresta de las aguas: jala con otro a mediodía, y con el último, delicioso, al anochecer, a la hora en que el mar conserva el calor del día entero. Entre baño y baño, el montañés, persuadido de que conviene un régimen riguroso, se abriga como en diciembre, y desde las cuatro de la tarde, enarbola colosal paraguas azul o rojo, para preservarse del «relente» y de «la luna», terrible enemiga de los beneficios que el baño reporta.

Y trascurrida semana y media, habiendo gastado diez y nueve reales en coche, quince o diez y seis en posada, y hasta setenta y cinco céntimos en extraordinarios e imprevistos de sardina fresca, el bañista montañés otra vez se embute en el carromato, llevando para todo el invierno mucho que contar al amor de la lumbre, y en la cabeza ese rumor del oleaje que se oye resonar en las grandes conchas venidasde América...
Comentarios (0) - Categoría: TEXTOS DE E. PARDO BAZÁN - Publicado o 19-02-2011 09:34
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