A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
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LEMBRANDO A UNAMUNO

RSP foi un fervente admirador de D. Miguel de Unamuno, a quen adicou varios artigos na sua estadía en Chile. Neste, conta algunhas anécdotas como parlamentario merecentes de aparecer en calquer antoloxía como a que fai referencia ao idioma e que aquí explica (ven a podían aplicar en Galicia os nosos políticos na defensa do galego).
RSP que coincidiu con Unamuno no parlamento,e a quen tanto admirou, sempre sostivo que o insigne catedrático -que morreu o 31 de decembro de 1936- fora pola causa da dor de España...


24 de enero de 1943

¿CÓMO MURIÓ UNAMUNO?

Por Ramón Suárez Picallo

En Buenos Aires acaba de ser recordada la muerte de don Miguel de Unamuno, serena y tranquilamente –dicen las crónicas salmantinas de los albores de 1937, en plena guerra civil– falleció en su casa de la calle de Bordadores de la docta ciudad de Salamanca, el Rector de la Universidad, don Miguel de Unamuno. ¿Serena y tranquilamente?; difícil es que el autor de “Agonía del Cristianismo”, se acercara al Tránsito sereno y tranquilo, dejando tras de sí haciéndose pedazos frenéticamente la España de sus amores más hondos y de sus obras más bellas.

Don Miguel fue una vida gloriosa, afanada en la búsqueda de la serenidad espiritual para España. No la halló jamás, y de ahí, sus constantes inquietudes y sorprendentes cambios de postura. Sólo las viejas catedrales, con su eternidad granítica, los paisajes panteístas y los ríos azules y silenciosos, llevaban a su alma –junto con la gracia del Verbo castellano – la sensación de la España inmortal. Los hombres, la carne humana de España, con sus pasiones grandes y pequeñas, lo descomponían y sacaban de quicio. Reñía con ellos, con la palabra admonitoria del pastor protestante. Reñía con sus ideas y, por reñir con todos, reñía consigo mismo frecuentemente. Riñó con la monarquía y con la dictadura, riñó con la república y con sus partidos –de los que decía que estaban “partidos, repartidos y vueltos a repartir”– y riñó con lo que vino después de la República.

La insurrección militar lo sorprendió en unas de estas riñas y creyó que lo tenía por suyo; lo mismo desde julio a octubre de 1936. Hasta la apertura del curso académico en la Universidad. Fue en aquel acto memorable, donde al oír, espantado, el grito hereje de “Abajo la Inteligencia”, proferido por un general mutilado , respondió con su última sentencia: “Con eso venceréis, pero no convenceréis”. Se retiró a su casa y a los tres meses y días -se dice que mirado muy de reojo y estrechamente vigilado- se apagó su gran vida. ¿De qué murió? ¿Cuál fue su voluntad postrera? No se sabe ni se sabrá tan pronto. Mientras tanto, hay un diagnóstico universal: murió del dolor de España. La agonía de España -de la España individualista, paradojal y contradictoria, en la que cada hombre era un imperio independiente- fue la agonía de su hombre más representativo desde “Don Quijote” a nuestros días.


UNAMUNO DIPUTADO DEL “OLIMPO”

Unamuno fue diputado por Salamanca a las Cortes constituyentes de la República. Lo votaron derechas e izquierdas. Acababa de llegar del destierro a hombros de los estudiantes y del pueblo de Madrid en una manifestación memorable y su nombre era una bandera.

Las elecciones habían sido muy reñidas y poco honestas en la provincia. Hubo graves denuncias contra cohechos, fraudes y coacciones por parte de las Derechas. Se pidió la anulación de las actas, en las que aparecía elegido diputado, por las malas artes, José María Gil Robles. La comisión dictaminadora, después de un minucioso estudio, presentó su informe: “Las elecciones han sido incorrectas. Sólo uno de los diputados elegidos obtuvo lícitamente sus votos: Don Miguel de Unamuno. Por respeto a su nombre la comisión, a pesar de las incorrecciones observadas, aconseja su aprobación”. Así, al amparo de don Miguel, entró en la vida política española José María Gil Robles. Unamuno no tenía encasillamiento político. Con Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Salvador de Madariaga, Marañón y otros intelectuales formaban un grupo de diputados sueltos, sin disciplina, orden ni concierto. El reglamento parlamentario, reconocía a los grupos –llamados minorías- a los efectos de conceder la palabra. El tacto extraordinario del Presidente Besteiro y la jerarquía intelectual de estos “diputados sueltos”, les permitía hablar cuando pedían la palabra, extra reglamentariamente.

Discutiéndose la Constitución en el artículo referente al idioma, Unamuno presentó una enmienda: “El castellano- decía el texto- es el idioma oficial de la República; todos los españoles tienen el derecho de hablarlo y el deber de aprenderlo y el Gobierno la obligación inexcusable de enseñarlo”. La discusión constitucional fue, reglamentariamente, muy estricta. Para que don Miguel usara de un turno en el debate, para explicar su enmienda, el Presidente quiso darle al grupo intelectual, carácter orgánico; se le propuso a don Miguel, quien se horrorizó ante la idea que lo encasillasen. No hubo manera. A su turno, fuera de reglamento, habló Unamuno. Haciendo historia de las lenguas españolas –catalán, vasco, gallego y castellano- en medio de un silencio religioso, el gran filósofo, logró una pieza magistral, ovacionada durante cinco minutos por toda la Cámara de pie. Alguien le preguntó después al Presidente, qué turno había consumido el Maestro. Don Julián Besteiro contestó:

-El del Olimpo- Y desde entonces, se le llamó “El Olimpo”, al grupo de “diputados sueltos” entre los que se hallaba, como Dios Padre, don Miguel de Unamuno.


ANÉCDOTAS

Don Miguel tenía cierto sentido reverencial y algo tacaño del dinero –como decía Maeztu- y un gran respeto por el capital. En eso era un conservador a su manera, lo cual no le impedía tener por amigos a los obreros socialistas y anarcosindicalistas de Salamanca. Gustaba de pasear con ellos y tener amables diálogos, a condición de que, los que no tenían hijos, no se llamasen proletarios. Cierta vez que un recién casado se lo llamó a sí mismo, recibió la réplica instantánea de Unamuno:

-Proletario viene de prole; tú no eres un proletario mientras tu mujer no tenga familia. Proletario soy yo, que tengo cinco hijos.

-Pero su polémica predilecta con sus obreros, era en defensa del capital, como elemento necesario, para la riqueza y el progreso de los pueblos. En España –solía decir- no hay capitalistas; todos son semi; semifeudales, semiterratenientes, semicapitalistas, semipolíticos, etc. ¡Oh, si en España hubiera verdadero capital, en plenitud de sus funciones, otro gallo le cantaría!

En uno de sus habituales paseos por la bella plaza de su vieja Salamanca, rodeado de cordiales contrincantes, fue detenido por un mendigo que le pidió caridad. Don Miguel solía dar cinco céntimos a cada pobre que le pedía. Buscó y rebuscó en los bolsillos y no encontró ninguna moneda de cinco. Sacó una de diez y se la dio al mendigo, pidiéndole que le devolviera cinco.

-No tengo vuelto, señor- dijo el mendigo con el propósito de quedarse con la perra gorda.

-Qué le hemos de hacer. Quédese con los diez por esta vez, repuso resignado don Miguel. Luego volviéndose, triunfalmente a sus contrincantes arguyó:

-¿Lo ven ustedes? Hasta para pedir limosna hace falta tener capital.

Y siguió su paseo en medio de la maravilla plateresca y barroco florida, que es la gran Plaza Mayor Salmantina donde discurrió lo mejor de su gran vida, y donde nacieron sus más bellos pensamientos.
Cartas de Unamuno a Galdós
outro artigo sobre Unamuno neste blog
Comentarios (0) - Categoría: RSP-Persoeiros (intelectuais) - Publicado o 24-01-2010 00:32
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