A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
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MAGALLANES
Tal día como hoxe, pero de, 1520 Magallanes alcanzou o océano Pacífico pasando dende o oceano Atlántico a través do estreito que leva o seu nome, a un novo e inmenso mar que bautizou como Pacífico. RSP faise eco da tal efeméride e conta as peripecias polas que pasou a expedición.



28 de noviembre de 1947

MAGALLANES ANTE EL OCEANO PACÍFICO


Por Ramón Suárez Picallo

Dejaba tras de sí un viaje duro, accidentado y largo, en el que no faltó incluso la insurrección de algunas tripulaciones de sus naves. Una recalada forzosa de meses en San Julián, durante la cruda inverna, y un proceso sumarísimo contra los sublevados, opuestos a sus ensueños descubridores. Pero Hernando de Magallanes, marino portugués al servicio de España, era hijo legítimo de los héroes de las grandes “Descobertas”, protegidas por don Enrique el Navegante y elevadas después a los estrados de la poesía épica por Luis de Castro Comcens. En aquellos tiempos, navegar sobre mares no conocidos, era una especie de alucinante deporte de las almas bien templadas, anhelantes de infinito.

Cristóbal Colón había develado el milenario misterio del Mar tenebroso; y Vasco Núnez de Balboa, después de muchos e impresionantes incidentes y de una marcha pavorosa a través del Istmo panameño, había, a su vez, descubierto que, a las espaldas del mundo geográfico de la época estaba un inmenso y desconocido Océano que era antesala y camino de otros mundos. Armado de punta en blanco se metió en sus aguas y lo tomó en posesión para su Dios y para su Rey, marcando un momento estelar en la Historia de la Humanidad.

Hernando de Magallanes, con la cabeza llena de mapas de estudios y de leyendas se lanzó a la búsqueda del paso comunicante entre los dos grandes escasos líquidos por el lado del Sur extremo.

El historiador chileno Barros Arana y el escritor europeo Stefan Zweig, entro otros mil, narran con lujo de detalles y con gran talento interpretativo, la vida y los hechos rayanos en el milagro, del insigne navegante, especialmente la que evocamos hoy en recuerdo de su encuentro con el Océano Pacífico hilo de una de las más audaces y estupendas hazañas marineras de la Historia conocida. El 21 de octubre de 1520, el Cabo de las Vírgenes señala a la Escuadra la entrada del paso buscado. La desembocadura Este del Estrecho comunicante. Es un paisaje solitario, sin asomos de vida humana, animal ni vegetal, imponente y severo hasta meter pánico. Sólo el viento y las nieves perpetuas haciendo “pendant” al tremendo silencio que da al sitio el hálito espectral y sombrío de los desiertos legendarios y extraterrestres. Los marineros, aún los más expertos, fatigados y acoquinado creen que se trata de un fiordo golfo o bahía; pero el Almirante siente la “tincada”, la intuición y la esperanza, gravitar sobre su espíritu. A lo largo del viaje rendido desde Sanlúcar de Barrameda, había capeado fieros temporales morales y físicos, y, un nuevo riesgo, no contaba poco ni mucho en sus decisiones. Y lanza sus naos dentro del abre misteriosa encomendándose a Dios y todos los Santos en honor de la festividad del día. Excursiones de aquí, expediciones de allá, aquilones furibundos y dramáticas esperas, hasta que le llega el gran mensaje; la desembocadura Oeste del Estrecho ha sido localizada como un ventanal sobre el Mar del Sur, que, desde entonces habría de llamarse Océano Pacífico, por haberlo hallado terso, suave y oleaje muy manso. Las cuatro naves de la Expedición, formando una extraña caravana, se dirigen hacia el lugar señalado por los exploradores, cruzando aguas nunca navegadas hasta entonces: remolinos de viento adversos; brazos de agua bifurcados, canales que evocan el pavor de los laberintos, remolinos invencibles y rocas hirsutas y solitarias, asaltadas por olas batientes, parecen formar la guardia invencible del secreto milenario del Océano. Más, todo fue felizmente vencido por los gloriosos bajeles de Hernando de Magallanes, que llevaba en la frente la Estrella que profetiza la gloria.

Años, y aún siglos después, aquella ruta primigenia fue terror de expertos marinos, ya dotados de todos los elementos técnicos y científicos de la navegación contemporánea, tripulando magníficos trasatlánticos. Todos ellos –incluso nosotros que la hemos seguido, por primera vez, en 1918- no pudieron menos de tener un recuerdo, estremecido de admiración, para las naves febles y desmarañadas del Precursor, tripuladas por hombres hambrientos y sedientos, que suplían las dificultades físicas con afanes de gloria y de inmortalidad, capaces de tocar con las manos la materialidad del mágico y extenso milagro.

Y el milagro se hizo hecho tangible y real, el 28 de noviembre del año del Señor de 1520: el gran Mar del Sur, pacífico, azul, terso, solitario y magnífico, ofrece a los ojos alampados de fe del gran navegante y de los suyos, el misterio de su virginidad impoluta, jamás violada por las quillas cortantes de ninguna nave conocida desde los comienzos de la tierra. Los marineros, al mando de Magallanes, se arrodillan devotamente para oír un oficio divino de acción de gracia, antes de levar anclas y lanzarse a la nueva etapa del inmortal viaje, que había de rodear, por vez primera, a todo el globo terráqueo en un cinturón navegable que abarcaría los Cuatro Puntos Cardinales y las treinta y dos hojas de la Rosa de los Vientos.

Y bajo el sortilegio, pálido y tremeluciente, de la Cruz del Sur, ordena Magallanes a las naos de su Expedición levar anclas y lanzarse sobre el predio líquido sin riberas localizadas. Antes, “una salva estruendosa de artillería, lanzada por los tres barcos solitarios –el otro había desertado- saluda respetuosamente al mar desconocido, tal como se saluda caballerescamente, a un adversario grande, al que se le reta a un duelo a muerte”.

La caravana parte hacia la gloria y su capitán hacia la muerte, que hallaría en una de las Islas Filipinas, Sebastián el Cano completó el grande e inmortal camino. Pero detrás quedaba el gran hito que uniría para siempre a los dos grandes Océanos, bajo la advocación de un nombre, clavado en la toponimia en la geografía, en la Historia y en el alma de Chile, de América y de la Humanidad: “MAGALLANES”.


(Artigo publicado no xornal La Hora, en Santiago de Chile o 28 de novembro de ... 1947)
Estrecho de Magallanes
Magallanes
Comentarios (0) - Categoría: RSP-Persoeiros (intelectuais) - Publicado o 28-11-2009 15:21
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