A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
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JUAN JOSÉ CASTRO, director de orquesta argentino
2 de noviembre de 1943

JUAN JOSÉ CASTRO


Por Ramón Suárez Picallo

Vivamente conmovidos, entristecidos y amargados, hemos leído la insólita noticia, proveniente de Buenos Aires, de que el maestro Juan José Castro, ha sido privado en la República Argentina, del ejercicio de su noble profesión de Director de orquesta. Juan José Castro, digámoslo antes de nada, es hoy, el primer batuta de América del Sur dirigiendo conjuntos musicales y divulgando bellezas, esencias y valores, de los más grandes maestros de la Humanidad.

Adrede, no queremos, saber que razones –políticas o de otra índole– movieron a los que adoptaron la absurda, ridícula e inconcebible decisión, en contra del maestro argentino. Recordaremos, tan sólo que en la Alemania nazi y en la Italia de Mussolini, fueron los grandes directores de orquesta, los primeros “escabechados” por los dictadores, temerosos e incompatibles de la más bella de las artes: la música. Toscanini es un refugiado político; Mascagni acaba de pedir amparo y protección en la Santa Sede Romana; y, a los pocos días de ascender, Adolfo Hitler al primer puesto del Poder público en Alemania, llegaban a París y a Madrid, echados de su patria, tres o cuatro directores alemanes de orquestra apartados de su labor artística por ser judíos y no nazis. La llegada de uno de ellos a la capital de la España Republicana coincidió con una temporada de conciertos en el Teatro Monumental a cargo de la Sinfonía y de la Polifónica de Madrid dirigidas por el maestro Fernández Arbos y Pérez Casas, respectivamente.

Una tarde de viernes, el exilado alemán, asistía desde el palco de honor del Monumental a uno de los grandes conciertos. Entre otras obras maestras, figuraba en el programa “La Patética”, de Tchaikowsky. El director madrileño se planto en el entarimado ante el atril, hizo las llamadas de atención, y luego, dirigiéndose al palco donde estaba el director exilado, le dijo:

-Maestro: la batuta–. El alemán, conmovido hasta las lágrimas, salió del palco y se dirigió hacia la orquesta, en medio del público, puesto de pie, y aplaudiendo frenéticamente. Fue aquella, dirigida por el proscrito alemán, la mejor versión de “La Patética” escuchada nunca en Madrid.

Y es que, por encima de las fronteras, físicas, raciales y espirituales y políticas, extendía la música, su bella y eterna universalidad ajena y extraña a las cativeces dogmáticas de partidos de capilla. El gesto magnífico, nos lo acaba de recordar repitiéndolo el Decano de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile, y del Instituto de Extensión Musical, señor de Santa Cruz, ofreciéndole a Juan José Castro, la dirección de una temporada de conciertos en Chile, en compensación y como protesta por la medida punitiva adoptada por los mandamás de su país, en contra del arte musical y del mejor de sus cultores.

Es un gesto de artista, de hombre y de maestro, que les enaltece y honra por igual, al chileno y al argentino, y que, por su significado espiritual artístico y solidario, vale más allá y por encima, de cien mil decretos dictatoriales.


GRATITUD

Le debemos a Juan José Castro, inolvidables instantes de delectación estética. Se los debe toda la América del Sur, y muy especialmente, la ciudad de Buenos Aires, de cuya sensibilidad musical ha sido él, paciente y esforzado artífice.

Él fue el creador, el realizador y el animador de los famosos conciertos matinales populares del Teatro Colón, patrocinados por la Federación Obrera Regional Argentina y el Profesorado Orquestal, a raíz de una memorable huelga de músicos; el viejo coliseo porteño recibía, en las mañanas de los domingos, inmensas avalanchas de los barrios obreros, a quienes les eran reveladas, por vez primera, las bellezas misteriosas creadas por los grandes maestros: Beethoven, Bach, Schubert, Liszt, y cien más.

La “Misa Solemne”, de Beethoven, fue “puesta” –con ocasión del Centenario del Maestro– en uno de aquellos conciertos, para asombro de quienes jamás habían visto ni oído cosa tal. Fue una de las jornadas apoteósicas de Juan José, contento de ella, como un niño con zapatos nuevos. Su grande ilusión de llevar la gracia inmarcesible de la música clásica, a las grandes capas populares, era una realidad.

A Juan José Castro, se le debe, además, primero que a ningún otro, la revelación en América, de uno de los más grandes músicos españoles de nuestros tiempos. Manuel de Falla, el insigne compositor andaluz, tuvo en el gran director argentino, a uno de sus más devotos discípulos y al más feliz de sus intérpretes. Las versiones argentinas, dirigidas por Castro en Buenos Aires de “Retablo de Maese Pedro”, “Amor Brujo”, “El sombrero de tres picos”, hicieron cátedra y escuela, incluso para la misma España. Federico García Lorca –fusilado en Granada– y Cipriano Rivas Cherif –condenado a 30 años de presidio– cuando presentaron en el Teatro Español de Madrid, una célebre jornada de Arte, bajo la advocación del maestro Falla, declararon, expresamente, que seguían las huellas, trazadas en Buenos Aires, por Juan José Castro.

Últimamente dirigió en Buenos Aires, Juan José, la famosa “Sinfonía de Stalingrado”, ante el asombro y el aplauso de miles de oyentes, pertenecientes a todas las clases sociales, y a los núcleos más selectos de la cultura argentina”.

¿Fue, quizá, ese antecedente, junto con su tradición de artista al servicio del pueblo, una de las causas por las cuales se le priva del ejercicio de su profesión en su país? Él nunca fue político, ni hombre de partido, ni agitador social, como nunca lo fuera Federico García Lorca, fusilado en Granada. No lo sabemos a ciencia cierta. Lo que sí, sabemos, es que, contra él, se ha tomado una medida insólita en una nación culta y civilizada que le debe gratitud como artífice de su sensibilidad musical y de la esbeltización de su espíritu. ¡Ahí es nada, dictar medidas punibles contra la música! Quienes lo hacen, ignoran que el arte objeto de sus rencores, es inaprensible, impalpable, inmortal y universal, más allá y por encima de su paso transitorio por el Poder y por la Historia.

¡Siempre hubo música, desde que el mundo es mundo! Siempre la habrá, mientras vivan seres humanos sobre la haz de la tierra. No puede decirse igual cosa de los dictadores y gobernantes de fuerza, que sólo aparecen de cuando en cuando, esporádicamente, por malas temporadas, como los cataclismos y los grandes males colectivos.

Por eso, desde varios puntos de América –Chile entre ellos– se dirigen los artistas a Juan José de Castro para decirle cordialmente:

-Maestro: la batuta– Cosa que ninguna persona juiciosa, le dirá nunca a un dictador, nacido dentro o fuera de su tierra.
Comentarios (0) - Categoría: RSP-Persoeiros (artistas) - Publicado o 02-11-2014 00:54
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