A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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REPÚBLICA Y CIUDADANÍA

REPÚBLICA Y CIUDADANÍA

El ideal republicano no se limita a las experiencias de nuestras dos repúblicas, el republicanismo es una afirmación de la ciudadanía como fuente del poder político, por tanto de una soberanía del pueblo que aspira a la implantación de valores universales como la libertad, la igualdad, la justicia, la solidaridad, la democracia en un Estado de derecho, la racionalidad y la autonomía de las personas... entre otros.
La II República aglutinó el entusiasmo popular ante la perspectiva de una nueva vida en todos los aspectos y ante el apoyo de la intelectualidad de su época fue definida como una “república de profesores e intelectuales”…
(Alfredo Navarro)


De las cosas esenciales que recibimos de los griegos, están los conceptos de República y Ciudadanía, herencia preciosa de hace treinta siglos -o tres mil años, según se prefiera-. Los tres pilares fundamentales de la República que señala Aristóteles son:
1.- La división de poderes y su control recíproco.
2.- La participación política activa por parte de los ciudadanos. Esto supone la publicidad de los actos estatales y la necesidad de instrucción en materias de ciencias jurídicas y políticas, tanto teórica como material, según sea la circunstancia histórica en que la vida ciudadana se desenvuelva. (La ciudad o polis es donde se desarrolla la política y el accionar ciudadano).
3.- La representación de todas las clases sociales dentro de las instituciones de gobierno con iguales atribuciones y sin que ninguna de ellas se arrogue la prevalencia. (El acceso a dichas magistraturas, necesariamente colegiadas, en razón de la materia debe ser restringida; el magistrado debe pertenecer a la clase que representa y ser elegido con el voto solo de ésta).
Es necesario considerar que para Aristóteles los fines supremos de las formas de gobierno deben ser:
1.- La libertad-igualdad (“sólo somos libres entre iguales”: consideración griega de la época, entendible en esa realidad remota.
2.- La realización de la justicia y del bien común.
3.- La realización plena del desarrollo de las capacidades cognitivas humanas (para lo cual considera necesaria la realización de los dos puntos anteriores siguiendo el concepto fundamental de Sócrates: el bien equivale a la verdad, y el mal a la ignorancia. (Vaya problema que se nos presentaría hoy si aplicásemos a nuestra sociedad contemporánea la máxima del sabio ateniense…)

Sócrates explica esto de la siguiente manera: -el humano busca la felicidad, llenar su vacío existencial -para esto utiliza medios por los cuales pretende lograr dicho fin -la mayor parte de las veces utiliza medios que consiguen satisfacciones efímeras, etéreas, superficiales, que no van más allá de los “deseos pasionales” , como tener sexo, alimentarse… Bien podríamos agregar hoy la compulsión del consumismo y el prurito de lo superfluo como recompensa de carácter individual.
Concluye Sócrates que el ser humano busca un fin por medios que no pueden procurárselo, ya que sólo es posible alcanzar la felicidad mediante la contemplación de la verdad, entendida como el conocimiento de la realidad a través del “júbilo de comprender”.
Se podrá argüir que los griegos vivían en una sociedad de clases estratificada, e incluso que poseían esclavos provenientes de las continuas guerras. Pero es preciso ubicarse en el contexto histórico, para aquilatar el extraordinario legado que recibimos de ellos, como hijos de Occidente, a través de sus ideas esenciales.
Siglos de oscurantismo debieron transcurrir para que esa herencia pudiera germinar en nuevas formas de convivencia libertaria. A ello se opusieron, tenazmente, las monarquías –y todo lo que ellas suponen, cobijan y representan-, en estrecha sociedad con la Iglesia católica, a través de esa considerable fuerza política, económica y militar que constituyó el Papado. La Ilustración y la Revolución Francesa abrieron caminos liberadores, tanto en el saber como en la política activa.
Uno de los países de Europa donde se hizo más difícil la instauración de regímenes liberales, fue España, junto a su vecino Portugal. Así, la Primera República Española se instauró, luego de su proclamación por las Cortes, el 11 de febrero de 1873, y tuvo corta vida. El primer intento republicano en la historia de España fue una experiencia breve, caracterizada por la inestabilidad política, bajo la constante presión de la jerarquía clerical y de los terratenientes (aún no existía en la Península una clase industrial poderosa, salvo los incipientes empresariados fabriles de Cataluña y el País Vasco). Hay que tener en cuenta que los obispos amenazaban con la excomunión a quienes votasen por la República.
En sus primeros once meses se sucedieron cuatro presidentes del Poder Ejecutivo, todos ellos del mismo Partido Republicano Federal, incluyendo el golpe de Estado del general Pavía del 3 de enero de 1874, que puso fin a la República Federal proclamada en junio de 1873 y dio paso a la instauración de una República Unitaria bajo la dictadura del general Serrano, líder del conservador partido constitucional. Esto duró hasta el 29 de diciembre de 1874, cuando el golpe de estado del general Martínez-Campos dio comienzo a la Restauración borbónica en España (los Borbones, para variar)...

La Segunda República Española fue el régimen político democrático que existió en España entre el 14 de abril de 1931 (fecha de la proclamación de la República, en sustitución de la monarquía de Alfonso XIII) y el 1 de abril de 1939, data final de la Guerra Civil Española, que dio paso a la dictadura del general Francisco Franco Bahamonde, que concluyó con su muerte, en noviembre de 1975. Casi cuarenta años de férrea tiranía, erigida sobre los cadáveres de más de un millón de españoles; cuatro décadas sin república y sin ciudadanos, como se entenderá, bajo un régimen de permanente estado de sitio y ejecuciones sumarias. Al respecto, hubo periódicas solicitudes de clemencia, en casos muy especiales, requeridas por el Vaticano y otras entidades internacionales. Nunca Franco se negó a las peticiones del Papa de turno, sólo que los decretos de indulto firmados por él llegaron, invariablemente, después de aplicada la pena de muerte… Ante las lógicas dudas de los nuncios, el dictador respondió: -“No es mi culpa el atraso de los motoristas en la entrega del perdón… Eso no depende de mí…”-.
De este sátrapa inmisericorde, que gobernó a los españoles con mano de hierro, secundado por la Iglesia, el Ejército, los terratenientes, los grandes empresarios y, finalmente, como regio colofón, la Monarquía resucitada, el joven rey Juan Carlos, discípulo suyo impuesto para una transición interminable, dejó estampadas para la Historia estas palabras:
El general Franco es verdaderamente una figura decisiva históricamente y políticamente para España. Él es uno de los que nos sacó y resolvió nuestra crisis de 1936. Después de esto, él actuó políticamente para sacarnos de la Segunda Guerra Mundial. Y por esto, durante los últimos treinta años, él ha sentado las bases para el desarrollo de hoy en día… Para mí es un ejemplo viviente, día a día, por su desempeño patriótico al servicio de España y, por esto, yo tengo por él un gran afecto y admiración”.
No puedo sentir admiración por un sujeto como éste, aunque exhiba “patente nobiliaria”. Y me vienen a la memoria similares opiniones acerca de otro dictador, reo también de crímenes de lesa humanidad: “nuestro” Augusto Pinochet Ugarte, admirador y discípulo aventajado del pequeño mílite de El Ferrol. Este militarote mestizo, según opiniones de algunos tirios y de muchos troyanos compatriotas, sería nada menos que “el artífice de la modernización de Chile”, además, claro, de “haber salvado a la Patria de caer en las garras marxistas”.
Si otros admiran al rey cazador, y a la vez se sienten con ello demócratas y liberales, y hasta “socialistas”, allá ellos con su afición y aquiescencia, que para gustos…
Más allá del patético personaje, mi porfía republicana me lleva a reforzar mi escogencia: prefiero ser un ciudadano idealista a un súbdito pragmático.
¡Viva la III República!


Edmundo Moure
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 09-06-2014 02:46
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