A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


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SOBRE ELEANOR ROOSEVELT
1 de junio de 1944

UNA GENTILEZA DE LA SEÑORA ROOSEVELT


Por Ramón Suárez Picallo

La señora Eleanor Roosevelt, esposa de el ilustre presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, nos cuenta, desde siempre, entre el número de sus admiradores más devotos. Hemos dicho alguna vez, desde aquí mismo, que ella, con la Reina Isabel de Inglaterra y Madame Chiang–Kai–Shek, forman la gran trilogía femenina de esta guerra dentro de la órbita democrática. En el campo de enfrente, dentro de la zona totalitaria, no puede hablarse de mujeres, porque es, el suyo, “un régimen para hombres solos”; no hay allí más mujeres que las soplonas de la Gestapo y las carceleras de los campos de concentración.

Pues bien; de las tres damas ilustres que ilustran este periodo de la Historia de sus grandes países –Estados Unidos, Inglaterra, China– nos parece especialmente interesante la Señora Eleanor, gran ama de casa, periodista y escritora, conferenciante y mitinera y, sobre todo, franca y liberalota, sin pelos en la lengua cuando habla de los problemas del mundo. Por serlo así, fue acusada alguna vez en su propio país, que preside y comanda en jefe su eminente consorte –y quiera dios que lo presida y comande por muchos años– de “roja” “comunista” “revolucionaria” y otros excesos de idéntico jaez; y por eso mismo, no faltó ocasión en que artículo y discursos suyos, hayan tropezado con el lápiz rojo y censor de la fea y antipática “Doña Anastasia” –la censura– dispuesto a enmendarle la plana, cortándole las alas a su atrevido pensamiento, político, social y económico.

Mas, nadie crea a la vista de tales antecedentes, que la Señora Presidenta, sea por eso, mujer de gritos dar y armas tomar, sin ternura y poco femenina. Por el contrario, es su exquisita feminidad maternal y la ternura a ella inherente, la que dicta muchas de sus actitudes, gestos y palabras a favor, siempre, de los de abajo; a veces, enfrente a los compromisos y a las buenas maneras de la diplomacia. Agrega a tales condiciones, la agudeza sutil y el buen sentido práctico, de aquellas buenas mujeres yanquis compañeras excelsas de constructores y pioneros que no bailaban swin y sólo bebían café con leche o leche con café, después de los opulentos platos de buey estofado, aderezados con patatas y zanahorias. En este sentido, sin dejar de admirar a la “Señora Ana” de la Casa Blanca pensamos con emoción de la matrona de Hyde Park, Madre y abuela de robustos mozos, admiradora de una honesta casa de familia. ¿Y en política? Hemos conocido a cierto político viejo, gobernante de su país, que cuando le hablaban del tema, afirmaba convencido: “En política, en mi casa, siempre tienen razón, mi mujer, y mi nieto más pequeño” Es posible que no piense de otro modo el gran Presidente del Norte, aunque, a veces tenga que decir lo contrario.

¿Que a qué viene este elogio y este recuerdo de la señora Roosevelt? Pues viene a cuento, a la vista de una resiente sutileza suya, comentando el reciente y tan zarandeado discurso de Mr. Winston Churchill en la Cámara de los Comunes, con motivo de la celebración del “Día del Imperio Británico”.


NADA HAY NUEVO BAJO EL SOL

Como se sabe fue aquella, una de las oraciones más comentadas, llevadas y traídas de cuantas lleva dichas el jefe del gobierno de Su Majestad Británica en los últimos tiempos, especialmente en la extensa parte que se refiere a España y a su actualidad política. En relación con Inglaterra, los comentarios fueron variadísimos; desde la diatriba y la desilusión, hasta el intento dificilísimo, de justificar, cohonestar, conjugar y hacer compatibles la médula ideológica y democrática de esta guerra, con el espaldarazo dado a un régimen político, absolutamente antidemocrático, con origen y apoyo en la Roma fascista y en el Berlín nazi.

Pero dejemos a los comentaristas del pro y del contra del discurso de Churchill, y volvamos a la Señora Roosevelt, que lo ha enjuiciado con singular donaire y aguda sutileza. Al respecto transcribimos: Interrogada en una conferencia de periodistas, acerca de los “notables” sentimientos amistosos manifestados por Churchill acerca de España, la Señora Eleanor, contestó: “Creo que él ha pensado de una cierta y misma manera, durante sesenta años, y no creo que desee, ahora, cambiar de opinión y, en concordancia con ella, sigue pensando sobre España”.

Justísimo, señora: exacto de toda exactitud. Para los ingleses, para los españoles, y para el resto de los europeos “siempre hubo una Inglaterra”, exaltada por Rudyard Kipling y Madariaga, y censurada por Guerra Junqueiro. Pero siempre una Inglaterra de la que es glorioso continuador este viejo Churchill, enérgico, realista, y tozudo servidor de ella, antes, por encima y después, de todas las ideas, por bellas que éstas sean. Para ella, España son las minas de Río Tinto y de almacén, el wolframio de Galicia y el hierro de Bilbao; el peñón de Gibraltar, la bahía de Algeciras y los ríos de Galicia. Junto con las delicias del clima y de los vinos de Andalucía, las naranjas de Valencia y las cebollas de Betanzos, estupendas para hacer pickles. ¿Nuestro señor don Quijote? Un chiflado, a veces pesadote y aburrido, con su manía de desfacer entuertos y libertar cautivos, contrario a lo “realista”. A lo “razonable” y a lo “juicioso”.

Apañados estarían los ingleses, si frente a los nazis tuvieran que echarle a mil don Quijotes, armados de punta en blanco, invocando en las batallas, el sentido servicio de la señora Dulcinea del Toboso. Eso está bien para los españoles que perdieron la vida, el tiempo y los bienes en tan desatinadas empresas. ¡Y así les creció el pelo!

Nada nuevo, pues, hay bajo del sol, antes, en después del tan mentado discurso del ilustre Premier británico. Hay lo que hubo siempre: Inglaterra, hoy enfrentada en la lucha de vida o muerte por su existencia contra feroces enemigos. Lo dice la Historia y lo ratifica la señora de Roosevelt, justificando y explicando la continuidad de un pensamiento, sin entrar a discernir si es bueno o malo ese pensamiento.

La cuestión es para el resto de los europeos, saber hasta donde sus ideas, sus anhelos y sus intereses y sus esperanzas, son compatibles con los de los Ingleses, y obrar, en consecuencia, en sus relaciones afectivas o desafectivas con ellos. En este caso, puede ser valedera la teoría del mal menor, que es la que rige, hoy por hoy, en muchísimas amistades. Incluso las que acaba de proclamar míster Churchill en un discurso, que lo confirma como “el hombre de la guerra” aunque le reste posibilidades para ser “el hombre de la paz” No se puede “ dar a todas” y mucho menos cuando se es consecuente con ideas y pensamientos que tienen sesenta años de vida. ¡Con lo rápidas que ahora andan las cosas! ¿Verdad señora Eleanor Roosevelt?

¡Chóquela, pues, ilustre señora! Es usted además, de valiente, resaladísima y estupenda juzgadora de las cosas que están pasando en este bajo mundo, que es, más que nunca el valle de lágrimas de que habla la famosa oración de Fray San Pedro de Mezonzo ¡porque es Ud. al fin, mujer madre, madre y norteamericana: y además muy inteligente!

Y después, los españoles a resolver, como puedan, lo de España: los ingleses a lo de Inglaterra y todos los demás, cada uno a lo suyo y Dios en lo de todos. ¿Las amistades? Ya se verá eso de acuerdo con el dicho que reza: “Amigos sí pero la gallina vale treinta reales”.


(Artigo publicado no xornal La Hora de Santiago de Chile tal día como hoxe pero de... 1944)
Comentarios (0) - Categoría: RSP-Persoeiros (intelectuais) - Publicado o 01-06-2014 02:20
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