A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


Visitas (desde o 05/08/2010)





Únete a nós!
comisionsuarezpicallo@gmail.com
 CATEGORÍAS
 GALERÍAS FOTOGRÁFICAS
 RECOMENDADOS
 BUSCADOR
 BUSCAR BLOGUES GALEGOS
 ARQUIVO
 ANTERIORES
 DESTACADOS

Concurso de Relatos Breves do Lar Galego de Santiago de Chile

Reproducimos o texto que obtivo o primeiro lugar no Concurso patrocinado polo Lar Galego de Chile, a principal agrupación asociativa dos galegos en Chile con motivo do III Concurso de Relato Breve Rosalía de Castro, que organiza dita Corporación en torno á celebración das Letras Galegas.
O autor da narración gañadora do concruso é Fernando Moure Rojas, irmán do noso habitual colaborador Edmundo Moure que foi quen de facilitarnos dita nova.


SIL


El primer perro de mi padre era mestizo; hijo de la loba Marota y del macho principal de su hogar campesino en las montañas boscosas de Galicia. Esta loba llegó de pequeña, a consecuencia de que el abuelo descubrió la madriguera de la camada después de haber cazado a la madre en una trampa; ahogó en el estero cercano a las crías y dejó sólo a una hembra para cruzarla con su sabueso y así lograr una descendencia más fiera, que sirviera para proteger la casa, las caballerizas y el ganado de posibles incursiones de bandidos. Su primer perro-lobo se llamó Sil, que es el nombre del torrentoso río que baja por un profundo cajón montañoso y es afluente del Miño, al que aporta caudal superior al que trae éste; tanto así que existe un dicho: El Sil aporta el agua y el Miño la fama. El día de su séptimo cumpleaños, mi padre recibió de regalo del abuelo a Sil, quien llegó a ser el amigo más fiel y con quien más horas compartía. El muchacho tendría trece años cuando debió abandonar su lar para cruzar el Atlántico con destino a Sudamérica, en su emigración de por vida. Cuando amaneció la terrible jornada en que mi padre debía dejar su tierra para siempre, ya llevaba dos días llorando sin consuelo; tanto él como su can apenas habían comido. Al momento de la partida, el llanto del niño hacía coro con los ladridos y gimoteos del pobre animal, quien intuía que el destino les separaría. El abuelo se vio forzado a arrebatarle a Sil de los brazos y lo amarró a uno de los pilares de la bodega al fondo de la aldea. Sin embargo, el perro cortó la cuerda que lo mantenía atado tras varias dentelladas y ayudándose con sus garras, y siguió horas más tarde a los carruajes que transportaron toda la parentela con sus enseres hasta el puerto de Vigo, a unos ciento y poco kilómetros de distancia. Se contaba en la familia que aquel perro, desde el zarpe y hasta varios meses posteriores, permaneció echado en el muelle sin quitar la vista del horizonte; tiempo después le vieron desaparecer monte arriba y bosque adentro, donde retornó a su estado salvaje. Los aldeanos relataban que en las noches de luna llena bajaba cerca del caserío y se escuchaban sus aullidos, que sonaban más parecidos a lamentos y llamados que no encontraban respuesta. Para aquel niño que era mi viejo, perder su tierra y su can significó un mismo doloroso duelo....
En Chile mi padre tendría una larga descendencia y un número significativo de perros que -por lo bajo- la triplicó. Una cliente de mi padre, anciana de ascendencia germana, tenía un criadero de ovejeros o pastores alemanes. Un día ella lo visitó trayéndole una propuesta para pagar su antigua deuda; negoció y llegó a acuerdo con él ofreciendo a cambio de su obligación entregar un perro. Él se sentía un hombre muy afortunado; no por recuperar esa cuenta que hacía años había dado por perdida, sino que por recibir un ejemplar de aquella magnífica raza. Mi viejo visitó el canil y eligió un macho de alrededor de cuatro años que había pertenecido a un oficial de Carabineros en retiro y había sido amaestrado por éste. No era el ovejero de mayor porte ni prestancia; tenía una oreja caída y le faltaba un pedazo de la otra, era menos ancho de ancas que otros ejemplares de su edad, y su lomo negro estaba descolorido por un tono amarillento pajizo. Todas esas características podrían haber puesto en duda la autenticidad de su pedigrí. A pesar de ello mi padre lo escogió, porque al tratar de hacerle cariño en la cabeza el animal le dio un tremendo tarascón en una de sus manos, cuyos colmillos quedaron grabados para siempre en dibujo similar a un tatuaje, marca que exhibía orgulloso en su círculo de amigos. Mi padre no se inmutó y permaneció impávido cuando el animal le desgarró la piel; simplemente chupó la sangre que escurría hacia su brazo sin quitarle la vista a su agresor. Se produjo allí una potente conexión entre ambos, con la que el amo se ganó para siempre el respeto del animal al no mostrarle ni un atisbo de temor ante su fiereza. La veterana permanecía inmóvil desde la escena de la mordida, sin pestañear, y en su rostro iban combinándose desvaídos tonos blanquizco-verdosos. Aunque mi viejo nunca compartió el motivo, estábamos convencidos que escogió el animal porque su ferocidad le conectó con el perro-lobo de su infancia. Eso pareció confirmarse cuando dejó escapar un pensamiento en voz alta: -Le pondré el mismo nombre. Sil. Sí, se llamará Sil- dijo convencido. La señora alemana, como si despertara de una pesadilla, preguntó: Perdón, ¿qué ha dicho? Mi viejo, pasando por alto que la anciana seguía al borde de un desmayo, contestó sin más: -Este es el que quiero- y agregó: -Además le compro una hembra. Y mirándome a los ojos, acompañado de un guiño, me comentó a media voz: -Para que le haga compañía a Sil y nos regalen hartos cachorros- y dándome un palmetazo en la espalda se dibujó en su rostro una amplia sonrisa. La nueva pareja de canes se apropió de cada pedazo del sitio de la quinta, demarcando todo su territorio. Con los miembros estables de la familia mostraron una gran docilidad. Sin embargo, para protegernos daban pruebas fehacientes de su bravura; jamás ingresaron amigos de lo ajeno al sitio y quienes requerían entrar por su trabajo desistieron de hacerlo. Sil había adquirido cierta fama en el barrio por su bravura. Un día cualquiera, un respetable cliente frecuente de mi padre se trabó en una larga discusión con él sobre cuáles eran las razas de perros más bravíos; la disputa verbal se zanjó con el desafío de enfrentar al sabueso del cliente con Sil, lo que fue aceptado por mi viejo. El combate sería en la cancha que había en nuestra quinta; en su interior se cerró un espacio con sacos de aserrín para no dar chance a alguna bestia de rehuir a su rival. El dóberman rival lucía imponente: fina estampa, brillante pelo negro, sin cicatrices, buena estatura, brioso, sólida musculatura y nervios tensos, mandíbula con impresionantes colmillos y más joven que Sil, quien lucía inquieto y cansado. Echaron los perros al improvisado ruedo. Con mis hermanos temblábamos. El peligroso visitante parecía apropiarse del espacio y tomar la iniciativa; Sil a la expectativa y sin quitarle la vista esquivaba los tarascones. Así estuvieron varios minutos, con el afuerino hostigando feroz y el local eludiendo los asaltos. Apareció sangre en ambos canes. La pelea acentuaba su fragor. El continuo choque entre las bestias levantaba nubes de polvo; los sacos se tambaleaban. El dóberman llevaba las de ganar y su dueño sacaba cuentas alegres; estaba excitadísimo, ufano y exultante. En mi viejo había preocupación por la evolución de la pelea y molestia con los alardes del cliente. El contendor arrinconó a Sil, quien exhausto e inmóvil daba la impresión de haberse entregado. El primero le acertó al segundo un par de severos mordiscos; Sil resintió el embate con dificultad y se sostuvo apoyado sobre sus cuartos traseros. Al tomar ventaja, el dóberman retrocedió unos centímetros, recogiéndose para su acometida final; en una fracción de segundo Sil cubrió el espacio que los separaba y cogió por abajo del cuello al oponente, más un giro simultáneo que le hizo caer sobre el otro animal y mantenerlo limitado de movimiento; Sil lo sostenía sin soltar y apretaba más y más su mandíbula. Así estuvieron cerca de un minuto, las dos bestias inamovibles cual escultura de piedra. Con el dóberman sin defenderse surgieron los gritos del dueño: -¡Detengan la pelea, por favor! ¡Lo va a matar! Mi padre abrió los brazos en señal de prohibir el ingreso al campo de batalla antes del desenlace. Transcurridos unos segundos con su adversario inmóvil, Sil lo soltó y trotó con sus últimas fuerzas para subirse a los sacos próximos a mi padre, quien extendió sus manos para recibirlo y éste se las lamió satisfecho. El dóberman quedó tendido sin vida. Su amo entró cabizbajo, lento como si llevara una enorme carga y levantó el cadáver de su guardián abrazándolo. Había lágrimas en sus ojos cuando se retiraba, lo que hizo en completo silencio, amargado y vencido en su amor propio.

Dos años más tarde mi padre cayó enfermo. Era muy extraño encontrarle en cama, postrado, falto de energía, silencioso como si sólo su cuerpo permaneciera en el lecho y todo el resto suyo en algún recóndito lugar. ¿Viajaría con sus ojos entrecerrados a través del tiempo, a correr con su perro-lobo de niño por los campos de trigo recién cegados, o loma abajo sorteando gigantescos castaños que formaban extensos y umbríos bosques? Nunca nos compartió sus sueños; sólo nos hablaba del paraíso perdido de su niñez, en el cual su Sil originario había sido actor principal, a la vez causante inocente de su primera tristeza que soportaría de por vida. Eso explicaba la presencia constante en sus estados de ánimo de la morriña; esa emoción única que sufren los emigrantes gallegos -incomprensible para foráneos- mezcla difusa de nostalgia por recuerdos que se aman y de tristeza por la pérdida del lugar que se es oriundo, siempre añorados. La mañana en que no fue capaz de levantarse, los perros se mostraron inquietos, excitados e impacientes; giraban alrededor de la casa yendo y viniendo sin propósito aparente ni destino alguno; percibían lo que sucedía a mi padre y sentían los mismos padecimientos. Nuestro viejo se fue apagando y consumiendo como una vela. Los animales no se movieron más de la terraza aledaña a su dormitorio, así que hubo que darles el alimento allí. Se levantaban cuando sentían abrirse la puerta y se acercaban a quien saliera en actitud de pregunta respecto a la evolución del amo. Mi padre se durmió para siempre dos meses después de haberse indispuesto con las primeras fiebres. Sucedió una noche en que no había luna llena; lo menciono porque los perros aullaron igual que lobos, quizás anticipándose como suelen hacerlo cuando su sensibilidad detecta la inminencia de un cataclismo; así vivieron ellos aquel final. Cuando fuimos a dejar a mi viejo en su última morada, Sil siguió el cortejo hasta el cementerio. Se echó al lado de la tumba de mi padre y entonces no regresó más a casa.
Hay noches en que escucho unos ladridos lastimeros y me asomo al balcón para mirar en la dirección de donde vienen. Permanezco quieto, con los ojos cerrados, y pienso que es Sil que me habla desde el más allá. ¿Tal vez desde el cielo de los perros?

Fernando Moure Rojas
17 de mayo 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 28-05-2014 02:45
# Ligazón permanente a este artigo
Chuza! Meneame
Deixa o teu comentario
Nome:
Correo electrónico: (Non aparecerá publicado)
URL: (Debe comezar por http://)
Comentario:
© by Abertal