A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
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LEMBRANDO A VALLE INCLÁN EN 1950

‘Collage’ de fotos publicadas na prensa española con motivo da morte de Valle Inclán, acaecida o 5 de xaneiro de 1936.

8 de enero de 1950

DON RAMÓN DEL VALLE INCLÁN
EVOCACIONES Y RECUERDOS


Por Ramón Suárez Picallo

1936. Seis de enero, día de los Reyes Magos o Fiesta de la Epifanía. Como todas las mañanas de todos los eneros y aún de los otros meses del año, la ciudad Docta y Santa de Santiago de Compostela amanecía orballada, bretemosa y fría. Las campanas, desde la Berenguela –la más solemne y cristiana de todas– hasta la de las monjitas de Belvís, cambiaron sus toques alegres de fiesta por el doblar de difuntos.

En un sanatorio de los próximos aledaños, rodeado de cinco amigos –su hijo mayor, su médico de cabecera, dos periodistas y un cronista de la ciudad– acababa de fallecer don Ramón María del Valle Inclán y Montenegro, el más grande artífice de la palabra escrita, de su Patria y de su generación. Era hijo de aquella tierra, por los lados del monte Barbaza sobre la Ría Mansa de la Puebla del Caramiñal y de Villanueva de Arosa; pero recibiera en la urbe incomparable, toda de cantería viva, sus primeras impresiones y las primeras lecciones en el aula magna de la Facultad de Filosofía y Letras. Amaba a la ciudad y la ciudad lo amaba y conocía a él como a uno de sus mejores ornamentos. En su libro “La lámpara maravillosa” le consagró palabras de Antología, y a lo largo de su “Opera omnia”, el hálito legendario de Compostela se siente y se presiente como un sortilegio. Más aún: el mayor encanto y originalidad de su estilo está en los giros, frases y dichos típicamente gallegos y compostelanos. Los ciegos de romance, los lazarillos pícaros y agudos, los mendigos salmodiantes y murmuradores, y los falsos peregrinos que traen recorridas a pie “más de veinte lenguas desde jerusalem”, y que aparecen en sus obras como figuras de gárgola y de cornisa, con personajes que el vio y trato y oyó hablar en “Las platerías” y “La gloria”, los maravillosos pórticos románicos de la gran Catedral jacobea, en días de fiesta mayor. Y las abadesas, monjas, canónigos y señores que él emparenta con el Marqués de Bradomín, son el convento de Sampayo, del cabildo episcopal, con sus decires donairosos y sus amores inconfesados e inconfesables. “Sonata de Otoño”, “Flor de Santidad”, “Tragedia de Salnés” y “Divinas palabras”, junto con “Aromas de leyendas”, son de ello buen testimonio.

Por último, el supremo homenaje a la tierra y a la ciudad: por sorpresa llegó a ella año y medio antes de su partida del mundo. Venia de Roma, donde era director de la Escuela Española de Bellas Artes. Cuando apareció en el paseo de la Herradura y en la plaza de los Literarios, causó sensación. Alguien le preguntó: -pero, don Ramón, ¿qué hace usted por aquí?

– He venido a morir– contestó sin vacilar.


UNIVERSALIDAD

La noticia de la muerte del gran escritor, circuló por la ciudad, por Galicia, por España y por el mundo en la velocidad del pensamiento. Y a medida que su cuerpo, envuelto en sábanas de lino blanco, adquiría la belleza marfilina de un camafeo antiguo, y su rostro la serenidad de su Patriarca de la Biblia, llegaban a la clínica del Doctor Villar Iglesias generoso protector y amigo de don Ramón – el Ayuntamiento de la Ciudad, el Claustro Universitario con el Rector a la cabeza, las asociaciones de obreros y artesanos, los poetas, los escritores, los políticos y los pintores de toda la región. El Gobierno –que presidía a la sazón otro gallego ilustre, don Manuel Portela Valladares– se hizo parte oficial en los funerales por medio del Ayuntamiento y de la Universidad.

Las centrales telegráficas y telefónicas registraron ese día más de mil veces el nombre del gran escritor, en mensajes conmovidos provenientes de toda Europa y de toda América.

Mientras tanto, los pescantines de la Ría de Arosa enlutaban sus barcas, y los mendigos de la Catedral comentaban:

Sí, probiño. Era aquel señor de las barbas muy largas, que estaban sin un brazo; que escribía historias muy galanas y que iba siempre envuelto en una gran capa. Mismamente parecía el Conde Laiño de los romances del ciego de Gundar:

“Conde Laiño de barba florida, non te me vaias da veíra do mar”.


ESTAMPA Y ESPERPENTO

El entierro estaba señalado para las cuatro de la tarde del día 7. El comercio cerró. La Universidad expidió un decreto de honores, y las banderas de España y de Galicia flamearon a media asta. Las asociaciones obreras decretaron un paro de seis horas. A las tres y media, la lluvia maina y tenue, típica de Compostela, se trocó en torrencial, con acompañamiento de relámpagos y truenos y un tremendo ventarrón huracanado.

Era la Naturaleza. Una especie de funeral wagneriano, arreciado en violencia, minuto a minuto y hora a hora. A las seis, ya anochecido, fue sacado el ataúd –un ataúd de pino apenas pintado-, dentro del cual y vestido con el hábito franciscano, iba el cuerpo muerto de don Ramón María del Valle Inclán y Montenegro, señor de la puebla del Caramiñal; la comitiva debía recorrer a pie los dos kilómetros de distancia entre la ciudad y el camposanto rural de Boisaca.

El temporal seguía arreciando y apenas se oían los fagots de los frailes franciscanos –que a pesar de la rebeldía de don Ramón lo acompañaron en su último viaje-, en recuerdo de sus visitas al convento y de los tazones de chocolate que tomara con ellos y con el Prior tratando de lograr inútilmente los temas del “Dies Irae” y del “Liberame Domine”. Los paraguas se doblaban con el ventarrón, y los relámpagos alumbraban el camino: Los “lóstregos”, que el escritor había escrito en algún capitulo del “Ruedo ibérico” en su onomatopéyica acepción galaica, fueron los cirios de su funeral.

Entre los pinos, solitarios y magníficos, como dos hidalgos valleinclanescos, vacinos y malavenidos, estaba esperando la fosa abierta. Los sepultureros, vestidos con chaquetones de aguas, sobre los que chapuzaba la lluvia torrencial, estaban firmes y cuadrados como poste.

Unos puñados de tierra, besados fervorosamente por Carlos Valle Inclán, su hijo, y por otros devotos amigos precedieron a las paletadas y a los azadonazos de los enterradores.

De regreso a la ciudad, un gran escritor comento:

-Fue tremendo. Fue una estampa wagneriana y un esperpento. El interlocutor respondió:

Sí. Fue algo de “Romance de Lobos”.
Sobre Sonata de Otoño en el cine por RSP
Outro artigo de RSP sobre Valle Inclán
Homenaxe a Valle Inclán en 1956 por RSP
Comentarios (0) - Categoría: RSP-Galegos de sona - Publicado o 08-01-2014 00:37
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