A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
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CUADROS, LIBROS Y COSAS, por Edmundo Moure
Me traje al departamento cuadros, libros y cosas de casa de mi Madre, veinte días después de su partida. Mamá dejó expresamente asignados sus numerosos cuadros, que alcanzaron hasta los nietos, algunos de quienes fueron retratados por su amoroso pincel, con mayor o menor fortuna estética, como es de esperar del difícil oficio de los colores y el trazo memorioso.

Paisajes, casas, iglesias, marinas, bodegones y naturalezas muertas alternan con los retratos familiares y algunas reproducciones de pintores consagrados. Detrás de ellos, vibra un estilo particular que la impronta de su afición fue madurando a través de largos años de persistente trabajo. De joven, Mamá tuvo un tío maestro que incentivaría su temprano talento, Juan Vega, de cuya mano eximia heredó un retrato suyo y copias notables de Murillo, como “Niños comiendo frutas”, que ornaba el salón de la Casa. Esa inquietud plástica quedó en suspenso durante mucho tiempo, porque se sucedieron los partos y los niños, mientras el atril y las telas dormían en el desván. La servidumbre de la mujer es callada, aunque su grito ahogado atraviese los siglos... Pero los ojos de mi Madre no olvidaron aquellos artilugios hacedores de luz. Y cuando el tiempo anunció las veladas del otoño bajo su condición de abuela, desempolvó paletas y pinceles, para pintar sus sueños pictóricos y retratar a sus seres queridos.

Mi padre compraba infinidad de libros; algunos, muy caros, como los volúmenes de Aguilar o de Plaza y Janés, en papel biblia y cubierta de piel oscura. Grandes autores universales, aunque con marcada predilección por las letras hispanas. Seleccioné ahora para mí a Shakespeare, a Alonso de Ercilla, a Romain Rolland, a Hemingway, ese hispanófilo que encantaba a Papá, que no es muy buen escritor pero traspasa el poder de su gula vital... Otros libros agregué, en ediciones sencillas o rústicas, todos con algún sentido latente desde aquella Casa donde la lectura era un bien de consumo diario que podíamos oler, según nuestra afición asombrada, como el mejor pan o como el más espirituoso de los vinos. Creo recordar que a veces mi madre protestaba por esas continuas adquisiciones, a través de las cuales el pater familiae desviaba dinero que pudo haber servido para cosas prácticas e imprescindibles. Era el viejo dilema del arte y la cultura frente al pragmatismo.

Mi padre no era académico ni tampoco un escritor, aunque poseyera talento innato para narrar historias, para encender una conversación ávida de conocimientos. ¿De dónde provenía aquella inquietud intelectual volcada a ese ente maravilloso que llamamos libro? Puede que del abuelo Cándido, que había descubierto la belleza de las letras en el latín del Seminario de Tuy, para incorporar a su vida cotidiana la lectura que sus parientes políticos no practicaban, quizá con la desconfianza del campesino por hábitos y oficios que no extraigan su ánima desde el pulso de la tierra. Pero en casa era una verdad nuestra, cotidiana, que Padre compartía con Mamá, provista ella de educación más refinada, instruida en la entonces prestigiosa lengua francesa que aprendió en el colegio de monjas francófonas de Valparaíso. Había allí un punto de tácito acuerdo. Ambos leían con fruición, pero ella era la encargada de pronunciar para nosotros las palabras de los libros con impecable prosodia. Ambos fueron los oficiantes de ese rito de encantamiento que sigue siendo para algunos de nosotros la lectura.

De entre los libros heredados en este reparto fortuito, destaco los trece grandes tomos de la Historia Universal de la Literatura, del estudioso Giacomo Prampolini, editada en 1942 por Uteha Argentina. Se trata de una obra para especialistas y hermeneutas, atrevida síntesis de la historia literaria que se remonta a veinticinco siglos antes de Cristo, en la ancestral cultura china que inventó el papel y la tinta, hasta fines de los años 40’ del pasado siglo, con sus autores más señeros, clasificados por lenguas, países y culturas, según sus aportes trascendentales al oficio de escribir, entendido como acervo universal y parte de ese libro único que Borges ansiaba concluir para su biblioteca infinita. Mi padre cogía los enormes tomos, buscando referencias precisas a sus autores predilectos, para desentrañar aquellos misterios y dudas que la expresión exhibe, solicitándonos el ejercicio constante de la interpretación. Los trece tomos tienen marcas hechas con pequeños trozos de papel, para no perder el hilo, para recordar un juicio, una glosa o una apostilla clave.

Los cuadros de Mamá cubren la mayoría de los muros de nuestro pequeño departamento. Los libros no caben en los anaqueles, pese a que nos deshacemos de los que juzgamos prescindibles en periódicas limpiezas, purgas que son dolorosas, porque el libro es más que una cosa, es un ser vivo, hecho de la mixtura de las palabras y los sueños, siempre dispuesto a hablarnos cuando abrimos sus brazos para escuchar el mensaje intemporal del lenguaje creador. Estos trece volúmenes de Prampolini no sé dónde ubicarlos. Ya se me ocurrirá algo para salvarlos del exilio o del abandono; o del olvido, que es la peor muerte del verbo lúcido.

En las cajas aparecieron viejos álbumes de fotos desvaídas, como si las imágenes de la existencia que se grabaron en ellas hubiesen perdido el pulso vital, poco a poco, como un enfermo que se apaga de modo irremediable. Los he desechado, conservando sólo fotografías en blanco y negro, de setenta u ochenta años atrás, que no han visto menoscabada su prestancia, evocando recuerdos surgidos de los rincones más alejados de la memoria.

Encontré antiguas cartas; una enviada por mí a mi padre desde La Serena, en abril de 1965, cuando yo tenía veinticuatro años. No es una pieza literaria, pero carece de errores sintácticos. Desde su prosa caligráfica, extraigo un párrafo, ahora que ha pasado casi medio siglo de su escritura, porque el eco de viejos anhelos vuelve a temblar en su escritura filial:

“Yo, papá, anhelo adquirir un campo pequeño, con una casa grande, acogedora y cálida como la nuestra, una casa donde se aspire el aroma de la tierra, donde se sienta el ladrido de los perros y el trinar de los pájaros en las mañanas de primavera… Y quisiera que usted viviera conmigo y cazáramos y pescáramos juntos, como tanto le gusta, pues siento ahora no haber aprovechado los años que hemos compartido, y es que sólo parecemos apreciar algo cuando estamos lejos de ello…”

Hace catorce años que mi Padre vive en mí. Ahora, mi Madre también comienza a habitarme. Entonces, vuelvo a recorrer las habitaciones de la Casa, como si fueran páginas que despliego morosamente, llenas de cuadros y de libros y de cosas que me hablan desde los orígenes, para que recuerde y sueñe una y otra vez, sin pausa ni sosiego.



Agosto 9,2012
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 10-08-2012 10:34
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