A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


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7 de julio de 1943

EL ?INCIDENTE CHINO"


Por Ramón Suárez Picallo

Hace hoy seis años, el imperialismo militarista nipón ataca a la pacífica y admirable China en período de plena reconstrucción nacional y política. Sin previa declaración de guerra, alevosamente, como es costumbre del siniestro clan de Tokio, tuvo lugar la agresión armada, calificada, eufemísticamente, por los agresores, de ?incidente? sin importancia.

La nueva China, renacida con la República de Sun-Yat Sen, sostenida valerosamente hoy por Chiang Kai Shek, su gran sucesor, no recibió pasivamente el golpe del mal vecino; lo resistió como pudo, y opuso a los agresores, armados y pertrechados hasta los dientes, la muralla humana, casi inerme, de sus ciudadanos, enfervorizados por un nuevo ideal de Patria y Libertad: revivieron en los descendientes de Lao-Tsé, los recuerdos ancestrales de las viejas virtudes del honor, de la paciencia y de la sabiduría, que hicieran de la vieja nación, madre amorosa de civilizaciones y de culturas: y sintieron en la carne de sus corazones, los ultrajes del invasor semi bárbaro, codicioso y cruel, pisando la vieja tierra pródiga y sagrada ??La Buena Tierra?, de la admirable Pearl Buck? guardadora de los amores, de los sudores y de las cenizas de los huesos, de mil generaciones.

Resistió y se defendió la China, heroicamente, en soledad austera y magnífica; los agresores ensayaron allí sobre la carne, sobre los hogares y sobre los sembrados, sus artilugios bélicos, en espera del momento propicio para extender la agresión a todo el resto del Asia, de la Oceanía y aún de la América; encubriendo acciones y propósitos, bajo el eufemismo de ?un incidente?. Los totalitarios japoneses, seguían al pie de la letra ?como buenos simios que lo imitan todo? en el Asia el ejemplo de sus amigos europeos, que, a la sazón, hacían idénticos ensayos y experimentos, con iguales propósitos, en otra nacida también vieja, heroica y honorable: España. Lo de España no se le llamaba ?incidente?: lo llamaban guerra civil, conflicto interno entre españoles, denominación que les vino de perilla a los agresores, para que dejaran sola también a España, a merced de sus enemigos de dentro y de fuera, en medio de la cobardía cómplice -¡a que alto precio pagada!? de quienes tenían el deber de ayudarla a defenderse.

¡Cómo se parecían, entonces, las dos viejas naciones! ¡Y cómo se parecían sus gobernantes, clamando y profetizando en Ginebra, y en las cancillerías europeas, la catástrofe que al mundo se le venía encima como un alud de hierro, fuego y sangre. Wellington Ko y Álvarez del Vayo eran voces clamantes en la inmensa soledad de un desierto espiritual y diplomático. Los combatientes de España, no tuvieron bastante espacio sobre el que sostenerse, defendiéndose y atacando, hasta que viniera lo que irremisiblemente tenía que venir, y enlazar la suerte de su contienda al resultado final de la universal batalla. Los combatientes chinos, tuvieron esa tierra donde moverse y, cediendo tierras y ciudades capitales, aguantaron en lo que les quedó esperaron, y pudieron vincular su porvenir a la victoria, ya incuestionable, del mundo democrático.

Y hoy, el famoso ?incidente? el clan de Tokio aún sigue llamándole así, aunque dándolo por ?resuelto?, en la base de uno de los frentes capitales de la guerra, como lo será, capitalísimo , en la paz, en el inconmensurable mundo asiático, perdido ya para los designios imperialistas, que pudieran surgir o resurgir en cualquier continente.

La China mantuvo, y mantiene, su petición, con el alto decoro que es proverbial en sus gentes. Sus sacrificios, hechos en silencio, fueron ingentes en hombres y en bienes antes de las caudalosas ayudas materiales y de las consideraciones políticas y diplomáticas de que hoy disfruta, ciertamente bien merecidas. Sus ejércitos acaban de obtener una resonante victoria en las riberas, fértiles y húmedas, del famoso Yangtzé y la esperanza se afirma en la lucha y en el esfuerzo.

En cambio, sus agresores, los que provocaron el célebre ?incidente?, rodeados de la antipatía universal, están llegando a la hora cero, extendidos por islas y mares, que comienzan a ser cementerios para ellos. Hoy mismo, en el día del aniversario del ?incidente chino?, están engarzados en una batalla naval y terrestre, que les ofrece malas perspectivas. Las victimas de otra de sus traicioneras alevosías ?Pearl Harbour? están también dispuestas a hacerles pagar las consecuencias de otro ?incidente?. No es, para los chinos, una mala celebración de la efemérides. En su recuerdo, el mundo democrático y civilizado, eleva hoy sus mejores votos para el grande y viejo pueblo, multimilenario y gloriosos destinos: ¡Para Chiang Kai Shek, el gran Mariscal, para sus banderas y para sus heroicos combatientes!

(Artigo publicado no xornal La Hora, en Santiago de Chile, tal día como hoxe pero de...1943)
Comentarios (0) - Categoría: RSP-Pobos, cidades e lugares - Publicado o 07-07-2012 00:08
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