Artigo adicado ao tenor andaluz Manuel Pineda quen acadou fama polos anos 30 e participu nunha homenaxe ao maestro R. Soutullo. Ao rematar a Guerra Civil, se exiliou a México. En 1949 canta en Chile o que motiva que RSP fale sobre el na sua columna...
9 de mayo de 1949
ESPAÑA CANTANDO.MANUEL PINEDA
Por Ramón Suárez Picallo
Hace algún tiempo llegó a Chile un llamado conjunto de arte lírico español, que causó aquí, entre los aficionados a la clásica Zarzuela, consternación y estupor. Aquello, más que un grupo de artistas, parecía una gavilla de facinerosos del Arte. Ellas, fugitivas todas de la cocina y de la artesa de lavar, y ellos desertores del terrón y del bosque de leña, que quedaron clamando a gritos contra su ausencia. Mas, por la misma razón desconocida de que en un ortigal suele nacer una lechuga o una mata de romero, venía en este grupo un cantante, devoto del Arte, y servidor fervoroso de la mejor emoción lírica de España. Nos referimos al tenor Manuel Pineda, quien, en su día se apartó de la “troupe” y se dedicó a cantar solo, por aquello de que “más vale andar solo que mal acompañado”. Fue contratado enseguida por la principal Estación Radioemisora chilena y, a la vista del éxito de las primeras audiciones, se le renovó el contrato “ad livitum”. Por su parte una gran empresa de discos le grabó 4 canciones, desprendidas de otras tantas obras españolas de universal renombre. Y ahora, Manuel Pineda, está en trance de ser escuchado en el Teatro Colón de Buenos Aires, paralelo en prestigio artístico con el Opera House de Nueva York.
UNA VOCACIÓN Y UNA CULTURA
A las tres veces de hablar con Pineda en Chile nos ofreció el singular encanto de un misterio. Es un hombre culto, cordial, distinguido, capaz de mantener conversación y diálogo sobre temas de Arte, de Literatura, de Filosofía, de Historia y… de Medicina. Y nos dimos, enseguida a la develación del misterio de su presencia aquí, juntado y rejuntado con gentes que no le van ni le vienen. Claro que él, cuando la interrogamos al respecto, nos recordó un viejo dicho español atingente a un buen sentido democrático: juntos pero no revueltos.
En efecto, Manuel Pineda, nacido en la Isla de San Fernando de Cádiz, hace ahora unos 38 años, tiene una bella historia vocacional con referencia al Mito de Orfeo, que le permite ser existente por diferente en el mundillo cautivo de los cantantes.
A los 10 años Manuel Pineda, siendo colegial, formó parte, como primera voz, de una estudiantina gaditana; y, a los 11, era ya su severo y grave director. Su familia, de viejos marinos magistrados y funcionarios públicos, frunció el ceño ante las aficiones, líricas del vástago. Y, su señor padre, cuando lo vio dirigir un coro y lo oyó cantar sufrió la prueba de fuego que le costó la vida. El muchacho siguió sus estudios académicos. Se graduó de Bachiller Mayor, especializándose en Ciencias Naturales, iniciando luego la carrera de Medicina. Al llegar al 3er año con brillantes calificaciones, sufrió la prueba de la que salió muy mal parado. No soportó las sucias bromas de la disección, con la esponja y los trozos de carne muerta, con que se suele probar el “buen estómago” de los estudiantes en las escuelas españolas de Medicina. Abandonó la carrera médica y se graduó en la más amable de Maestro de Primera Enseñanza, Ministerio que ejerció durante cuatro años. Más tarde ingresó a la segunda Enseñanza como Profesor de Ciencias Naturales.
Mientras tanto, su espíritu lírico de gaditano y de andaluz de buena cepa, se reservaba para cantar y para oír cantar, a modo de delectación y de remanso. Los conciertos de buena o mala muerte, las compañías teatrales y los coros y orfeones que, de cuando en cuando, iban por su tierra, lo tenían siempre en la primera fila de los admiradores.
LA RUTA
En 1929, una compañía dirigida por el Maestro Serrano, ofreció en Cádiz una versión perfecta de “La Dolorosa”. A ella se incorporó Pineda en cuerpo y alma. Abandonó todos los otros estudios y trabajos, seguro de haber hallado su verdadera ruta. El ayuntamiento de Cádiz, a la vista de su vocación y de sus condiciones, lo pensionó para estudiar música y canto con los mejores maestros de su época. Recorrió toda España, y en un homenaje que Galicia le tributó a su hijo ilustre, el maestro Soutullo, fue Pineda el intérprete de sus mejores y más populares obras. A raíz de tal suceso y homenaje, cantó en el teatro Rosalía de Castro de A Coruña. La prensa gallega, que en orden a cosas del Arte, solía entonces hilar muy delgado, le dedicó elogios fervorosos. Y Pineda, con fino aticismo y salado sabor andaluz, nos cuenta que se regodeaba leyendo los elogios de “El Orzán”, “La Voz de Galicia” y “El Ideal Gallego”, proclamándolo gran divo, teniendo en el bolsillo como único caudal, seis perras grandes, o sea, sesenta centésimos de peseta; la suma estrictamente mínima que costaba un café puro en la tertulia artística y literaria del “Marineda”, donde, en su día había pontificado la Excelentísima señora Condesa de Pardo Bazán.
EN EL EXILIO
Al terminarse la guerra civil, Manuel Pineda, por causas que no es el caso examinar aquí, emprendió, como otros centenares de miles de sus compatriotas, los caminos del exilio. Fue a dar a México y allí se acogió al generoso decreto del Gobierno azteca, que les concedía, automáticamente a los refugiados republicanos españoles, la condición de ciudadanos mexicanos.
Desde entonces y por una razón de gratitud y lealtad muy españolas, se llama tenor hispano-mexicano, el gaditano y andaluz Manuel Pineda. Y es la verdad decir que no se sabe en cuales canciones –si en las mexicanas o en las españolas– pone el cantante mayor dosis de emoción y de fuerza espiritual y lírica. Es un pedazo bien representativo por cierto, de la España Peregrina, redescubridora de la mejor América, que va dejando paso por estos mundos a recuerdos del viejo solar pairal, traducidos en canciones.
Por eso –y dejando aparte cualquier juicio específicamente técnico, incumbente a los críticos de canto y de música– cuando oímos cantar a Manuel Pineda, nos parece estar oyendo cantar a España. Porque una de las mejores modalidades españolas de hacerse oír en la oración, en la protesta, en la elegía, en la fe y en la esperanza, es cantando a voz en cuello.
(Artigo publicado no xornal La Hora, en Santiago de Chile, ta día como hoxe pero de... 1949) |