A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
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DIVORCIO POR UNHAS BARBAS

28 de febrero de 1949

Resulta que a barba foi causa de divorcio. RSP comenta a noticia dunha parella no estado de New Jersey que despois de casados o seu marido marchou á guerra e durante todo ese tempo non se afeitou. Cando voltou, como el non cedeu á petición da muller de afeitarse, ela solicitou e obtivo o divorcio...


UN DIVORCIO POR UNAS BARBAS


Por Ramón Suárez Picallo


La señora María Lawrence de Rower, natural de un pueblecillo de Nueva Jersey, en los Estados Unidos de Norteamérica, solicitó y obtuvo el divorcio de su marido Henry Rower, por causa de unas barbas. Doña María se había casado con Enrique, cuando éste tenía el rostro limpio y rasurado como seno de monja, y con la delicada suavidad de la piel de un melocotón sazonado. Más hete aquí que Enrique fue a la guerra y en ella, por causa de falta de humor y de tiempo, se olvidó de afeitarse hasta que le creció una barba, tan impresionante, que parecía con ella un “moro amigo”. Se miró en un vidrio de mala muerte, en la contra falleba de una ventana, y se vio tan bien que acordó no volver a rasurarse en todos los días de su vida.

¡Había que ver aquellas barbas, largas, copiosas y apostólicas! No era la clásica barba caprina de los cromos del Tío Sam; ni la patriarcal y bondadosa de Abraham Lincoln, ni la mosqueta romántica de Napoleón III; ni las patillas con algo de piratas y mucho de contrabandistas, de las estampas españolas del siglo XIX. No señor; era una barba tremebunda de profeta bíblico, anunciador de fragosos cataclismos en todos los mundos siderales.

Terminada la guerra, el hombre volvió a su pueblo y a su casa, pensando en la impresión que causaría, con su aditamento capilar entre sus vecinos y, sobre todo, en su mujer. ¡Ahí es nada! La señora se negó a recibirlo, gritando a voz en cuello: “¡éste no es mi marido!”, Y los vecinos se dieron a preguntar: ¿Quién será este tío con toda la barba? El hombre probó quien era, pero su mujer, aún así, le puso pleito conyugal en estos términos: -O conmigo o con tus barbas-. Él no cedió y afrontó el consiguiente divorcio con toda valentía: -Me quedo con mis barbas, respondió. El juez que entendió el litigio, en una sentencia cuasi salomónica, falló: -“Que una mujer casada con un individuo rasurado, no está obligada a soportar, después de la boda, a un sujeto con barbas; y que, si bien es cierto que el marido, en cuanto a sus virtudes objetivas y subjetivas e interpersonales, no cambiaba por el simple hecho de no afeitarse, lo es también que las mujeres tienen derecho a exigir a sus maridos, que conserven la misma cara de la cual se han enamorado-”.

He aquí un caso de buena jurisprudencia, contradictorio de un viejo refrán que dice que mudar de opinión, de faz o de vestido es cosa de sabios.

(Artigo publicado no xornal La Hora, en Santiago de Chile, tal dia como hoxe pero de ... 1949)
Comentarios (0) - Categoría: RSP-Tal día como hoxe... - Publicado o 28-02-2012 00:20
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