A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


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MAC ARTHUR E SENTENCIAS DE MORTE XAPONESAS
26 de noviembre de 1948

PALABRAS AL VIENTO
¡NO MATAR AL VENCIDO!


Por Ramón Suárez Picallo

Tenemos a la vista –después de haberlas leído varias veces– las impresionantes declaraciones hechas al mundo por el general Douglas Mac Arthur, Comandante Supremo de las fuerzas norteamericanas que ocupan el Japón, referentes a ponerle el “cúmplase” a varias sentencias de muerte dictadas por el Tribunal aliado contra los líderes japoneses, responsables de la guerra hecha a los Estados Unidos, iniciada sin declaración previa, en forma alevosa en los precisos momentos en que en la Casa Blanca de Washington, emisarios autorizados del Mikado, hablaban de paz con el ilustre y bondadoso Presidente Roosevelt. Entre los condenados a morir colgados en la horca, figuraba Hideko Tojo que era a la sazón, Primer Ministro de Tokio. Militarista feroz, representante típico de un país cuyas puertas tuvo que abrir a cañonazo limpio a la civilización occidental. Tojo es además, culpable por director y consentidor de horribles crímenes contra la humanidad y el derecho de gentes, ejecutados en Filipinas, en Birmania, en la Malasia y en otras muchas partes, por subordinados suyos, que obraban en su nombre. El Japón del xogunato y de los samurais, tenía ya desde antes, un nombre muy ganado de refinada crueldad en su trato con el mundo occidental y cristiano. El martirio de San Francisco Javier y de sus seis mil discípulos son testimonios históricos de aquella tradición, pese a la cual, países cristianismos y católicos –incluso la Santa Sede Romana- le rindieron tributo de amistad, impresionados, sin duda, por el número y por el porte de sus buques acorazados, y por el arriscamiento fanático de sus avistadores suicidas.

Pero dejemos esto, y volvamos otra vez a las declaraciones del ilustre General norteamericano, encargado de la más ingrata y difícil tarea que tenga jefe alguno aliado después de terminada la última guerra: hacer del Japón un país capaz de vivir más o menos en comunidad con el resto del mundo civilizado. Porque para cumplirla, tiene que violentar su espíritu humanista y humanitario, y autorizar la muerte en frío de sus adversarios políticos y militares. Matar al vencido después de colocado en la más absoluta indefensión, tiene necesariamente, que causarle repugnancia a un militar cristiano y a un hombre bien nacido. Mac Athur lo hace constar así, en sus nobles declaraciones, cuando dice textualmente:

“Ningún deber de los que he tenido en un largo servicio público, en que he tenido muchas tareas amargas, en el aislamiento y en la desesperación con gravísimas responsabilidades, ha resultado tan repugnante para mí, como el de revisar las sentencias aprobadas por el Tribunal”.

Luego después, explica como el Tribunal sentenciador, guardó e hizo guardar a los encartados todas las garantías procesales, señaladas en el Código Moral de la Civilización, como derechos inalienables de la persona humana, aún de la persona delincuente. Garantías que no guardaron, ciertamente a sus víctimas, los amigos de Tokio, de Roma, de Berlín y de otras partes, cuando creían ser ellos los vencedores.

Mientras tanto, Mac Arthur remite su fallo a la Divina Providencia con estas otras palabras conmovedoras.

“Mi oración se dirige a la Providencia Omnipotente, para que utilice esta trágica expiación, como un símbolo que haga comprender a todas las personas de buena voluntad cuan fútil es la guerra, y que en definitiva produzca un renunciamiento a ella por parte de todas las naciones”.

Dios oiga nuestra oración, General Mac Arthur; oración bien digna del ciudadano de un glorioso país que tuvo por Presidente al gran Lincoln, sacrificado por los amigos de los mismos enemigos vencidos, cuya vida trataba de salvar en el instante de su sacrificio.

Sí, es necesario crear en el mundo la idea de que la guerra es un crimen colectivo, un crimen de lesa humanidad; y que, como todo delito, debe tener su justa sanción para quienes resulten responsables de ella; pero ínterin no se cree esta conciencia universal, matar al vencido indefenso, en frío, pasado el momento de la batalla, tendrá siempre que recordarnos que Jesucristo, el más injustamente ultrajado de todos los hombres–dioses, murió perdonando a sus enemigos.

De ahí nuestra admiración a Mac Arthur obligado a cumplir con un deber terrible, de justicia inexorable con el alma empapada de ideas tan nobles como las que se desprenden de sus comentadas declaraciones.

(Artigo publicado no xornal La Hora, en Santiago de Chile tal día como hoxe pero de ... 1948)
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Comentarios (0) - Categoría: RSP-Persoeiros (políticos) - Publicado o 26-11-2011 02:17
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