A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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CANS AGRESIVOS
PERROS BRAVOS



Al perro que es traicionero, no le vuelvas el trasero.
Del Refranero popular.


Con todo el respeto que merece la tolerancia –a menudo confundida con la falta de compromiso con las verdades que profesamos- declaro que me cargan los perros “fifí”, esas peludas almohadillas de cuatro patas que habitan en departamentos, como si fuesen virtuales “plantas de interior”, inhibidos en su esencial naturaleza, muchas veces en lamentable servidumbre compensatoria por quienes los prefieren –con dudosas razones o sin ellas- a la ardua convivencia con seres humanos.

Se dice que tales canes prestan apoyos extraordinarios a sus amos –sobre todo a sus amas-, procurándoles alivios fisiológicos y sentimentales que les estarían vedados por sus semejantes bípedos. Tampoco me consta que sea así, pero ya saben lo mal hablada que es la gente, como decía una dama tan copuchenta como periodista en práctica. Ayer observé a una veterana que paseaba a su chihuahua infinitesimal en un cochecito, hablándole como a un nieto regalón…

Me gustan los canes que imponen presencia, capaces de guardar una casa y defender a sus moradores, a niños y ancianos desvalidos, víctimas potenciales y reales de tanto delincuente que no se enteró del silabario de la “propiedad privada” y cree que es cuestión de ir por la vida realizando expropiaciones violentas. Admiro a los lazarillos labradores que guían a sus protegidos no videntes hacia la luz.

Tuvimos en la Casa perros bravos y temibles, como el Sil, el Tigre y la Diana II. Pero no eran asesinos de hocico detestable, sino canes de probada obediencia y criterio canino ante los llamados a cualquier acción punitiva. Ni siquiera atacaban a nuestro hermano Toño, que era más forastero que residente.

Se sabe que los alemanes –tan violentos y bélicos ellos- crearon en el laboratorio razas caninas de extrema agresividad, perros en verdad criminales, capaces de despedazar a un cristiano, a un judío o a un musulmán, o a un descreído, si me apuran -que en esto los canes no discriminan, pues son tolerantes y ecuánimes, aunque también los haya clasistas y muerde-rotos-; adiestrados para llevar a ese individuo o presa hasta la mismísima muerte. Y después de la diabólica manipulación genética germana (recuérdese a Mengele), discípulos aprovechados continuaron por la senda de obtener cuadrúpedos, tanto o más agresivos que los bípedos que conducen automóviles en nuestras enloquecidas rúas. El propósito es comercializar los canes utilitarios a buen precio, para que cumplan tareas de protección, junto a rejas puntiagudas, barreras electrificadas y cámaras de vigilancia.

Cabe recordar que el empleo de perros de presa es más antiguo que los alemanes y el resto de los europeos. Los chinos los adiestraron desde los orígenes de su antiquísima civilización, para perseguir a los bárbaros que traspasaban su Muralla. Asimismo, los japoneses, los malayos y otros pueblos del Asia llevaron a cabo virtuales carnicerías perrunas que hoy podríamos catalogar de genocidios. En Sudáfrica los utilizaron los defensores del apartheid; en el Congo, belgas y holandeses muy civilizados. En nuestra Iberoamérica, los españoles y, en especial los portugueses, usaron perros mastines para perseguir esclavos y aniquilar indígenas revoltosos. Hay infinidad de testimonios sobre el particular. Quien tenga dudas, consulte a Fray Bartolomé de las Casas.

Un piso más arriba de nuestro departamento, un vecino que sostiene la teoría de que no existen esas “razas asesinas”, pues todos los perros son iguales y su carácter depende sólo del trato que reciban en su hogar, adquirió una pitbull como mascota… Si hilamos más fino, colegiremos que se trata de la traspolación de la teoría roussoniana del “buen salvaje” a las estirpes caninas, pues “el mejor amigo del hombre” se nos parecería mucho, tal vez demasiado cuando ostenta inclinaciones homicidas. El perro, pues, en estado natural y no contaminado por la sociedad es, en esencia, bueno. Traten de entenderlo, por favor.

No creo que el vecino de marras haya leído a Jean-Jacques Rousseau ni a ningún otro filósofo, pero sabe lo que afirma, porque se lo dijo el oráculo del twitter y se lo confirmó una amiga warrior en Facebook. Pero hay otros inquilinos que no piensan igual y creen que la perra, en un espacio tan reducido, estará más neurótica que un fiscalizador de impuestos internos en período de renta anual. De hecho, hace un par de días, la pitbull hizo amago de morder a una infanta, cuando ambas –la perra y la niña- se cruzaron en la escalera. El padre de la muchacha-humana advirtió al propietario de la hembra-canina que mataría a ésta si le provocaba un daño a aquélla. El inadvertido roussoniano se sintió agredido, e interpondrá un recurso de amparo ante la Sociedad Protectora de Animales.

Los casos de ataques letales de estas auténticas fieras domésticas se han repetido en muchos lugares y sus fechorías son transversales, pues los chilenos de buen pelo, de medio pelo o por completo pelados, adquieren estos canes para afrontar distinto tipo de amenazas, sea contra la propiedad o contra la inopia. Niños pequeños han sido desfigurados por feroces agresiones de pitbulls, dobermans, rodweilers y otros cuyas prosapias nobiliarias no recuerdo. En cambio, no se sabe de acciones similares perpetradas por razas como los pointers, setters, labradores o golden retrievers…

Defensores del “perro-objeto” temible argumentarán que cualquier can, de la raza que sea, o también algún ruin mestizo o quiltro callejero puede transformarse en una fiera asesina, si está sometido al maltrato constante y al estrés compulsivo de la vida moderna. Es posible que así sea, pero si se produce un animal con sus genes alterados, para que resulte más agresivo y peligroso que en estado “natural”, estaremos repitiendo, fuera de la ficción, el drama del doctor Jekyl y el doctor Hyde, aunque por ahora sea con perros.

Nos acabamos de enterar, a través del noticiero, que una gringa defendía su derecho a poseer una serpiente pitón como mascota. –“Es lo mismo que tener un perro o un gato –sostenía la rubia, muy oronda- se acuesta a mi lado, sólo que ella es mucho más fría”…

Yo creo que Rousseau jamás intuyó, en la elaboración de sus audaces teorías, que el mundo post moderno iba a engendrar una cantidad tan descomunal de necios, genética y naturalmente dotados, sin linaje ni pedigrí alguno, pero provistos de la peligrosa y agresiva actitud del “imbécil feliz”, espécimen que hoy se extiende, en todas las capas sociales, con la rapidez pavorosa de un maremoto.


Edmundo Moure
Agosto 2013
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 27-08-2013 23:07
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EL AUTOMÓVIL

EL AUTOMÓVIL

Desde la ventana del dormitorio, en la casa de Ñuñoa, veía yo la figura del automóvil, delineada bajo la ancha silueta de las cumbres nevadas, mirando hacia el oriente. Parecía un modelo de finales de los 30’, un Ford o Chevrolet de cuatro puertas, estilo redondeado, con grandes tapabarros delanteros y larga pisadera, con maletero que semejaba una mochila adherida a la popa del potente carro. Así lo imaginaba yo, descifrando aquellos trazos que se destacaban cuando buena parte de la nieve se desprendía de la piedra azulada. Era mi auto, algo inclinado. Parecía descender la montaña en procura de nuestra casa. Quizá llegaría a estacionarse frente a ella, para llevarnos de regreso al País de Nunca Jamás.

Por aquella época –fines de los 40’ o comienzos de los 50’- poseer un automóvil era signo de prestigio social y económico. No cualquiera contaba con un vehículo propio. Hoy en día, la vulgar democracia del consumo permite a cualquiera ostentar un coche reluciente y veloz; hasta los poetas se movilizan en cuatro ruedas, y deben aparcarse durante media hora antes de iniciar sus recitales líricos.

Yo sé que mi padre aspiraba a comprar un automóvil. Nunca pudo cumplir aquel sueño burgués, que para él no significaba ascenso en la escala social, sino un modo cómodo y expedito para trasladar a la prole numerosa y a la parentela allegada a la casa.

Los fines de semana, cuando éramos invitados a Chacra El Olivo, debía recurrir a un taxi antiguo y económico, un Ford A propiedad del Tigre Sorrel, famosísimo wing derecho de Colo Colo y de la selección chilena, por entonces jubilado. Amantes del fútbol y bisoños jugadores, viajar en aquel amplio y asmático automóvil, constituía para nosotros los varones un placer y un desmesurado honor. A las 10:00 en punto llegaba el negro Ford a buscarnos. Al lado del astro conductor, se acomodaba mi padre, con la bella y radiante Beatriz en sus brazos, o con el menor correspondiente antes de que ella naciera, pues en todo vivimos marcados por la auspiciosa sucesión de los nacimientos. En el asiento trasero, se acomodaban nuestra madre Fresia y el resto de la prole, abigarrada y expectante. Si nos acompañaban la abuela Fresia y el tío Adolfo, entonces mi padre montaba su roja bicicleta Peugeot y sobre la barra, en improvisado cojín, cargaba con uno de los varones que estuviese dispuesto a la travesía de siete kilómetros hasta Vivaceta con El Olivo.

No imagino hoy cómo habrá sido el regreso, al caer la noche, de ese vigoroso ciclista que comía y bebía como un larpeiro en aquella mesa del condumio como no se encontrará otra en el mundo. Sólo puedo decir que el gallego jamás flaqueó en el intento.

En los años de la ferretería, allá en La Cisterna de los 60’, cuando mi padre fuera desplazado e interdicto por su flagrante incapacidad para generar recursos económicos suficientes, en medio de la nueva administración del negocio vislumbramos la posibilidad de adquirir un automóvil para la familia. Un asiduo cliente nos ofrecía su Buick 38, un coche de grandes dimensiones en el que cabían seis adultos sentados con holgura.

Probamos aquella joya automovilística. Recién yo había aprendido a conducir –en sentido figurado, entiéndase- en el camión de Armando Agüero. Esta vez lo hice con mi padre como copiloto, mi madre y algunos de mis hermanos atrás. Después de un paseo hasta San Bernardo, dimos al unísono el visto bueno. El precio nos pareció conveniente para ese vehículo de impecable comportamiento.

Al día siguiente, yo, que a la sazón administraba el negocio –como lo haría durante cinco años-, bajo la tuición benefactora del tío Pepe, propuse a éste aprovechar aquella oportunidad inigualable. No lo estimó así nuestro favorecedor, diciéndome, sin ambages: -No es ninguna prioridad para ustedes comprar un automóvil. Pueden arreglárselas sin él. Tenemos otras urgencias que subvenir-.

Aunque en aquel momento doliera la negativa, hubo algo de certero en ella, sobre todo cuando en el caso de mi padre y en el mío, ambos llegamos a ser “peatones de alma”, caminantes por amor y convicción, renuentes al forzoso acarreo motorizado.

Ahora que vuelvo a mirar la cordillera por las tardes, desde una perspectiva inclinada hacia el norte, busco la silueta del automóvil de la infancia. No ha desaparecido, pero se aprecia más desvaída y borrosa. Será porque el tiempo desgasta los sueños, aun cuando sus siluetas hayan sido delineadas en el granito por nuestra imaginación esperanzada.



Edmundo Moure
Agosto 2013
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 14-08-2013 09:55
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EN LA CASA DE LAS PALABRAS


EN LA CASA DE LAS PALABRAS



Para quienes habitan la Casa de las Palabras.



Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.
Es insensata la palabra ingenua…
Bertolt Brecht


Estoy aquí, en medio de las palabras. Ya no puedo salir de ellas. Me sonríe la E, con sus dientes lisos y perfectos, con su cara de cínica irremediable. La A parece compungida, con sus comisuras hipócritas abriéndose hacia abajo, como una beata que ocultara oscuros deseos frente al confesor que la excita. La I se alarga, elusiva y hierática, como si quisiera alejarse de mí para siempre, como una virgen que escapa, incólume y fría, del beso seductor. La U ensaya un sarcasmo inútil y busca las cremillas para cambiar de prosodia y ocultar el estreñimiento de su atávico sonido. La O extiende su interminable grito, la forma del clamor humano que atraviesa los siglos en la esperanzada angustia del Arte, esa boca que el pintor ensaya y delinea para simbolizar la desesperación metafísica o el azoramiento frente al misterio; ese motivo que el músico ofrece a los concertistas para que armonicen con la voz del universo.

Pero todas ellas, vocales airosas y a la vez equívocas, se enmaridan con las consonantes esclavas y sumisas, para crear esta red inextricable del verbo en la que estoy atrapado desde que abrí las hojas del libro inaugural; quizá a partir de aquel viejo silabario del Ojo, donde mi madre me enseñara las primeras ligazones vocálicas. Puede que ella no conociese la sentencia terrible de Bertolt Brecht: “La palabra es el peligro de los peligros para el hombre”, aunque intuía ya que toda grandeza y toda miseria se ocultan detrás del lenguaje y de él emergen para darnos la vida o la muerte, el odio o el amor, la riqueza o la inopia. No sabía ella que este hijo, mitad díscolo y mitad evasivo, iba a terminar sus días en el amor incondicional por aquel verbo que la cosmogonía judeo-cristiana consagra como la llave mágica de la creación: “En el principio era el Verbo…”

Porque cuando te enamoras de las palabras, entiendes que ellas y la cosa o el ente que designan son lo mismo, que aquello que está fuera del lenguaje humano es pura especulación de la nada, en complicidad con el caos, pues si las estrellas pudiesen expresarse, jamás se sumirían en los negros agujeros del cosmos sin estallar antes en un alarido metafórico, en un verso escrito con la ignición primordial de la materia, donde Dios o el Big Bang o quien fuere, pusieron el germen de toda vocalización y de toda escritura, para confundirnos en el fascinante y aterrador rompecabezas del idioma.

Pero todo amor conlleva una servidumbre. La de las palabras no conoce límites, no se aplaca en la repetición de innumerables sacrificios, no se satisface con las constantes ofrendas, no calla sus urgencias con las cópulas cotidianas que le brindes como amante compulsivo.

Y si esperas recibir su galardón, jamás podrás aprehenderlo, porque se escurrirá de tus manos anhelantes como el agua prístina del cauce salvaje. Allí reside su espantoso encanto, en la imposibilidad de cualquier pertenencia. Habrás padecido la amarga frustración de vislumbrar una idea, de pergeñar un poema, de elaborar un concepto cabal, y al llevarlos a la escritura su ilusión se deshace en palabras imprecisas, en expresiones titubeantes, en frases equívocas que parecen el reverso triste de tu impulso creativo.

Pero así como las amas, también las respetas y veneras. Ellas tienen sus templos, sus mercados, sus tabernas, sus orquestas y sus lenocinios. Tú las acoges en tus habitaciones íntimas, las proteges y las halagas, cohabitas con ellas, aun cuando al amanecer se hayan fugado, no yazgan como quisieras y anhelaras entre tus sábanas exangües; quizá hayan partido en busca de un trovador amante más propicio o en pos de una casa más hospitalaria.

Te hiere el ultraje cotidiano infligido a las palabras. Quisieras defenderlas a brazo partido, como ese ilustre paladín nacido de ellas para enaltecerlas, en los caminos de la Mancha, enarbolando la decidida pluma de su lanza contra los zafios que las vomitan sin sentido, que las transforman en pedruscos homicidas, en puñales aleves, o en el discurso sin sentido del tribuno infame que profana el ágora.

Desandas los caminos del mundo porque no las encontraste, como esperabas, aguardándote bajo la sombra de umbrales venturosos. Regresas, como si fueses un Ulises del Verbo. Penélope no está en el centro de la Casa, pero encuentras en el lugar del fuego el infinito tejido de las palabras y sabes que en medio de ellas la vida hilvana con sus sílabas todos los ingredientes de un discurso sempiterno, al que intentarás agregar una palabra nueva, que aún no conoces, pero que ya murmura en ti, como vieja campana que renueva sus bríos en la alcoba secreta del corazón.


Edmundo Moure
Agosto de 2013

Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 12-08-2013 09:03
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NON AS TOURADAS!
Recibimos esta colaboración dende Santiago de Chile de Edmundo Moure. O pasado domingo houbo una manifestación na Coruña contra as touradas. RSP -durante o seu exilio en Chile- manifestou a súa opinión ao respecto como se pode ler nos artigos xa publicados e que reseñamos ao pé.
Na data do 29 de agosto de 1947 (cumpliranse logo 66 anos) o touro Islero truncou a vida de Manolete e RSP escribiu de novo sobre o tema como veremos oportunamente...


EXORDIO ANTI TAURINO


Por Edmundo Moure

Hay que ser bien vaca para enfrentarse a un toro; hay que ser buey para que a uno le corneen las partes pudendas y encima pretenda glorificarse con ello. Hay que ser burro para no darse cuenta... Hermanos españoles todos, ¡no seáis bestias!

Hablando en serio, como quieren algunos taurómanos, el toreo se ha ido desvirtuando con el correr de los años, como le ha ocurrido a muchos deportes (aunque el toreo no lo sea ni por asomo, porque la regla de oro del deportista es competir en igualdad de condiciones y oportunidades, y no sacar ventajas cobardes y rastreras); hasta tal punto, que se emplean triquiñuelas y trampas inicuas para debilitar al animal; una de ellas es limarle la punta de los cachos (astas) y dejarlas tan sensibles como un dedo al que sólo le queda una telita de uña. De este modo, el toro rehúye cornear, instintivamente, y el "valiente mataor" lleva todas las de ganar y lucirse, como una putilla llena de lentejuelas que espera el premio de la oreja y el rabo.

(Incluso a los que le hacen asco a los libros, recomiendo "El Toreo de Salón", de Camilo José Cela, que muestra el lado patético del "arte taurino"; a los defensores del toreo -hay para todo- les exhorto a leer "Muerte en la Arena", novela breve de Ernest Hemingway, considerada un auténtico tratado de tauromaquia). El gringo, republicano, magnífico escritor, amaba, no obstante, esa España de "charanga y pandereta" de la que nos habla Antonio Machado, y gustaba de la plaza de toros, como Edmundo disfruta del Bar Amigo).

Prefiero a los deportistas de "alto riesgo", que enfrentan a la Muerte solos, sin ostentaciones ni charreteras ni brillos decimonónicos ni ademanes de cartuchones reprimidos, ni le andan ofreciendo sus pujos de dudosa hombría a las damas ensombreradas o a los chulos tabaquistas de la tribuna. A propósito de "ubicarse en la época que hoy vivimos", el toreo está más añejo que el cuplé, aunque sea grato recordar a la Sarita Montiel, tan amada y enaltecida por el pequeño caudillo ferrolano. El torero se parece mucho al mílite de casino y aperitivo, brillante, coloradote, pero renuente a toda batalla verdadera.

Finalmente, la corrida de toros y el Real Madrid están demasiado unidos al recuerdo sangriento y ruin de Franco y huelen a orina vieja y a tardofranquismo . (Por eso prefiero al Barcelona y soy hincha del Compostela, hoy en tercera división; ¡ah, perdedores inveterados que somos!)

Les traigo a colación este certero párrafo de un organismo serio y fiable:

La tauromaquia es el banal arte de torturar y matar animales en público. Traumatiza a los niños y a los adultos sensibles. Agrava el estado de los neurópatas atraídos por estos espectáculos. Desnaturaliza la relación entre el hombre y el animal. En ello, constituye un desafío mayor a la moral, la educación, la ciencia y la cultura. La cultura es todo aquello que contribuye a volver al ser humano más sensible, más inteligente y más civilizado. La crueldad que humilla y destruye por el dolor jamás se podrá considerar cultura. Precisamente por ello, los toreros y sus cuadrillas suelen provenir de las capas más desfavorecidas de la población donde la incultura es mayoritaria. (UNESCO)

En cuanto a los gallegos, que no somos, en esencia y consciencia, aficionados a tales salvajismos –con la salvedad sea dicha de que todos los seres humanos nos movemos en torno a Eros y Thanatos-, termino con esta declaración de “Galiza sen Touradas”:

Creemos y afirmamos que, en pleno siglo XXI, no se puede seguir practicando tales actos de crueldad hacia los animales. Creemos y afirmamos que las nuevas generaciones necesitan una educación basada en el respeto a la Naturaleza y al resto de seres vivos con los que compartimos nuestro planeta.

Reclamamos, y reivindicamos, que desde nuestra comunidad y sus municipios no se sigan subvencionando, con dinero público, los festejos donde se maltraten animales, como si nuestros municipios no tuvieran urgencias que cubrir con dichos fondos, cuando además, y según una encuesta realizada por la Consultora Gallup (moderna vestal del conocimiento democrático y masivo), apenas el 3% de los gallegos se declara aficionado a esta actividad, por lo que estas subvenciones, además de anti-éticas, deberían considerarse anti-representativas.

Sentimos, y pensamos, que los animales no deben ser tratados como simples cosas. Sentimos que no debería vulnerarse los derechos básicos de los animales, que son la vida y la libertad, en pos de un espectáculo para el simple divertimento de algunas personas.

Proponemos, y alentamos, a todos los gallegos (y españoles de buena voluntad, si es que los hay fuera de Galicia) a implicarse en esta campaña pacífica para abolir la tauromaquia en nuestras tierras, para que Galicia pueda enorgullecerse de ser una comunidad compasiva, evolutiva, progresista, porque pensamos que Galicia será Mellor Sen Touradas.

¡Viva el toro bucólico! ¡Abajo el torero cabrón y colijunto! Yo amé desde la más tierna infancia a la vaca querendona de mi prima, y nadie lo sabe.


Santiago del Nuevo Extremo, agosto de 2013
O 6 de setembro de 1947 RSP escribiu
O 23de febreiro de 1947 RSP escribiu
O 10 de maio de 1950 RSP escribu
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 07-08-2013 23:04
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EL AVE DE LA TRAGEDIA, por Edmundo Moure
Es la voz de los paisanos en la honda prosodia del llanto. Son viejas inflexiones de las palabras que parecen abrir el libro de la memoria. Pero esto no es una incursión en la remembranza, como tantas otras que encienden el corazón ávido del poeta, sino que ocurre hoy, en el angustioso ahora, lleno de imágenes y palabras que transmiten de inmediato el horror del trágico accidente, con sus precisiones y detalles escabrosos, con algo de la morbosa delectación humana frente a sucesos lejanos que son como una película, irreal de tanto crudo realismo como el que impregna la noticia; distante, porque no se proyecta en la mezquina contigüidad de nuestros miedos, sino “allá muy lejos”, en esa generalización que la inadvertencia reporteril denomina “España”.

Pero nosotros sabemos que es en Galicia, a minutos de Santiago de Compostela, a pocas horas del inicio de la fiesta del Apóstol Peregrino, un sitio que nos habla desde esa intimidad singular de los lugares amados, donde concurren todos los sentidos en unívoca emoción. Persisten entonces, las voces, como si viniesen de los rincones de esa “casa última” de que nos habla el poeta López Valcárcel, la morada que es también nuestra, desde donde brotaron las primeras palabras existenciales, en cuyos cuartos desolados “A memoria destila un olor de mimosas/ Ponlas esgalladas dunha árbore única/ un tras outro/ arrebatados por unha escura maré…” Es la voz del vecino de Angrois, sobre todo, que habla a los heridos para que le respondan, para que no se dejen abatir por el sueño postrero de la muerte, que amenaza arrastrarlos hacia esa oscura marea, niebla del misterio insondable, pues mientras las palabras salgan de nuestra boca, estaremos vivos… El hilo con el ánima palpitante son las verbas amadas que nos mantienen aferrados a la luz, unidos en la conjugación intemporal de la esperanza.

El tren que lleva el nombre equívoco de Ave, gigantesco pájaro de hierro que se arrastra, a velocidad demencial y desaforada, por su metálico sendero, que levanta el vuelo sólo para estallar como un colosal fuego de artificio que buscara abrazar a la muerte; que vemos en extrañas imágenes televisivas, al otro lado del mar, como un tren de juguete que se deslizara, desnortado y ciego, sobre una plataforma simulada en el espacio cibernético. Luis Gómez, periodista, lo describe con certera elocuencia:

Los niños han jugado toda la vida junto a la vía del tren. Allí estuvo ubicado un parque infantil durante años, o se jugaba a la llave (algo parecido a la petanca, con una especie de herradura o suela metálica). A su lado se celebraban los carnavales y, sobre todo, las fiestas patronales cada primer domingo de julio. Los vecinos todavía no se explican que no haya habido víctimas entre los propios pobladores, visto el itinerario del vagón que saltó por los aires y alcanzó las primeras casas.

Un viejo gallego, con su boina calada y los ojos arrasados por el llanto, cuenta al reportero que ha perdido a la mitad de su familia en esos segundos arteros que la razón no es capaz de asimilar. Una ancestral conformidad parece brotar de sus labios cuando expresa, sin un asomo de protesta o de reproche a lo desconocido, sin que el tono de su voz parezca alterado por el horror: “Que lle imos facer, son cousas que pasan, cousas da vida, home… Que lle imos facer”. Es la congoja de toda una estirpe frente a la impredecible y recurrente fatalidad, ante cuyas garras aleves otros muchos optarán por la reflexión aquiescente sobre esa extraña “voluntad de Dios”, prerrogativa insondable que pugnamos por dilucidar y hacer nuestra con nuestro limitado raciocinio. Ascendencia de innumerables “viúvas de vivos e mortos”, al decir de Rosalía.

“Que lle imos facer, home…” Apago el televisor. No soy capaz de seguir mirando esas imágenes. Recibo correos de apoyo de amigos chilenos, breves condolencias, como si yo fuese un deudo directo de la tragedia de Angrois. Colegas escritores me hacen llegar su solidaridad, porque bien saben de mi amor entrañable por Galicia; yo, que nací en este extremo austral del mundo, llevo en mí las palabras de la aldea, como si fueran sones atesorados en el silencio alerta de las viejas campanas, que a menudo repican en la exaltación de la dicha o en el estallido de la pena.

A primeira da alborada
que me traen os airiños
por me ver máis consolada.

Por me ver menos chorosa,
nas suas alas ma traen
rebuldeira e queixumbrosa…

Ave blanca en las imágenes; ave negra, otra vez, en la desgarrada alma de Galicia.


Edmundo Moure
25 de julio, 2013
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 29-07-2013 00:30
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ROSALÍA EN NÓS, FILLOS DA EMIGRACIÓN, POR EDMUNDO MOURE

O pasado luns, 15 de xullo de 2013,no mesón Nerudiano en Santiago de Chile, a cento dezaoito anos da morte de Rosalía, Eduardo Peralta organizou un singular encontro, baixo o lema “Un canto a Galicia”, coa participación do cantautor chileno José María Herreros, quen viviu oito anos en Galicia, especializándose en temas da troba galaico-portuguesa. Tamén estiveron no escenario o trobador francés Daniel Fernández, o mozo músico e gaiteiro, José María Moure, e este escriba, que recitou dous dos Seis Poemas Galegos de Federico García Lorca, referíndose así mesmo á vida e obra de Rosalía e á súa propia experiencia en torno á poeta universal galega. Eduardo Peralta ofreceu aos presentes unha serie de poemas rosalianos a través do seu canto e a súa guitarra de eximio trobador. Edmundo Moure Rojas escribiu o que segue...



“Rosalía estaba en nos, os afastados.
Sen querer falar do doble fío da saudade,
soio diremos que a saudade é
a dinámica da emigración,”
Eliseo Alonso


Disto hai xa dezaoito anos. En abril de 1985 recibín por correo un convite para participar no Congreso Rosalía de Castro e ou seu Tempo, convocado en Santiago de Compostela, a partir do 15 de xullo dese ano, en conmemoración do centenario do pasamento de Rosalía, acaecido en 1885, na súa casa de Padrón, localidade de A Matanza, en cuxos ámbitos se sitúa hoxe o Museo que honra a súa memoria.

Dous anos antes desa data, en maio de 1983, viaxei por primeira vez a Galicia e coñecín o casal da Touza, parroquia de Santa María de Vilaquinte, Lugo, onde veu ao mundo o meu proxenitor, Cándido Moure Rodríguez, quen emigrara á Arxentina, en 1924, cos seus pais e os seus seis irmáns. Visitei logo a morada de Rosalía e tiven como xentil anfitrioa á actriz Maruja Villanueva, daquela directora da Casa Museo.

A instancias do doutor Agustín Sixto Seco, un dos destacados promotores do congreso rosaliano, enviei un texto como relatorio, “Rosalía e a nostalxia do paraíso”, que expuxen nunha das aulas da Universidade de Santiago de Compostela, e que hoxe é parte das Actas do devandito congreso. Para min, aquilo foi como a verificación formal dese antigo amor, tanto pola obra poética de Rosalía de Castro coma pola súa figura nimbada de misterio, que xerminara en min ao cumprir os sete anos de idade, cando o meu pai me ensinou a recitar os seus poemas máis coñecidos, comezando por “Adeus ríos, adeus fontes”, que eu declamaba en honor da miña avoa Elena, na súa onomástica do 18 de agosto.

Escoitabamos a lingua galega nos ámbitos de Chacra El Olivo, en Santiago del Nuevo Extremo, de boca da avoa, das miñas tres tías galegas e do meu pai. Os seus dous irmáns varóns preferían o castelán e, como a maioría dos galegos residentes en Chile, esquecían a lingua vernácula, en curiosa e patética mestura de menoscabo cultural do propio acervo e de aquiescencia coa política “españolizadora” e obstinada que o franquismo propugnou, dentro e fóra desa España subxugada, como única vía posible para expresar “o español”; cultura entendida como “charanga, cuplé, toureo e pandeireta”, que continúa practicándose, en moitos dos centros hispanos de América, resaibo dun colonialismo anello e murcho que é parte da desmemoria colectiva e da negación endémica dunha riqueza cultural que radica na diversidade creadora dos pobos que habitan, dende hai milenios, a Península Ibérica, posuidores dun idioma e dunha identidade nacional propios.

Tal como o meu pai pugnaba por revivir aqueles fíos condutores e os referentes existenciais co seu afastado mundo galego, que se abrían na doce prosodia da súa lingua campesiña e mariñeira, a música, o canto e a poesía constituíron pontes de unión e contacto permanentes con esa marabillosa cultura que foinos revelada a través dos sinxelos ritos da mesa e da festa, da comensalía participativa, da literatura e da música, como pan necesario para articular unha vida máis plena de anhelos e de sentido orixinario.

Durante séculos, dende as bisbarras de Occitania, nas faldras do norte dos Pirineos, a través do Camiño de Santiago, as voces dos trobadores francos transmitiron a poesía que cantaban, en pazos, vilas e aldeas, polas rutas setentrionais da Península que desembocaban en Campus Stellae, o Campo das Estrelas, Santiago de Compostela. Nace así a troba galaico-portuguesa, con cantores ilustres e inesquecibles, na rica tradición que vai dende o século XII ata os albores do século XV, expresada por medio das cantigas, nas súas tres vertentes ou modos: De Amor, De Amigo e De Escarnio ou Maldecir.

Máis que simples entretementos da nobreza palaciana, ou solaz de fidalgos, viláns e campesiños, as cantigas constituíron canle viva da cultura do seu tempo, a través de cuxas vías os seres humanos daban a coñecer a súa cosmogonía, a súa visión do mundo e dos seus semellantes, os seus anhelos e inquietudes sociais, as súas esperanzas de encontrar algún día o paxaro azul da felicidade.

A poesía, que era sempre cantada, en inseparable simbiose coa música, provía dun medio dinámico e vario para expresarse e entenderse, dentro das estreitas marxes de liberdade dun tempo en que a teocracia feudal constrinxía, vixiaba e castigaba aos transgresores (pecadores) con miras a conducilos cara á única salvación posible e necesaria: a escatolóxica, mentres os poderosos gozaban ás súas anchas dos bens deste mundo e aseguraban, coa cruz e a espada, as prerrogativas do outro. Pero os códigos da arte son capaces de eludir a pouta do poder establecido, a través dunha linguaxe de símbolos e alegorías, onde o humor adoita transformarse en arma eficaz e comprensible para os desherdados, facendo realidade o vello refrán: “Debaixo do meu manto ao Rei mato”.

O trobador, o xograr, o poeta, encarnarán a irreverencia, a burla posible e oportuna, para acceder á catarse social da festa e da praza, da colleita e do beneficio laboral, como recompensas da suor nos oficios, onde está permitido mofarse dos poderes e dar renda solta aos desexos da humana condición, mediante as formas do sentimento, a alegría, a cólera, o humor, a traxedia e o pracer. Hai creadores que permanecen, cuxos antigos versos aínda se cantan hoxe, como Paio Soares, Don Denís, Airas Nunes, Mendinho e Martín Códax…

O seu testemuño, como nunha carreira de postas que atravesa os séculos, pasa de man en man e de boca en boca, ata hoxe, en que modernos cantautores replican e renovan a troba intemporal, porque se as redes da Historia parecen interromperse, en infaustas ocasións, baixo as tesoiras interesadas do esquecemento, a arte universal mantén os seus fíos misteriosos, o lume de todos os lumes. Dese lume, onde latexa a voz estética da tribo, Rosalía, como a nosa Violeta e outros xenios da poesía universal, recolle testemuños, cantos e ditos populares, para recrealos na súa obra.

En Chile contamos con Eduardo Peralta, herdeiro pertinaz e entusiasta daquela tradición secular. Discípulo de Georges Brassens e émulo distintivo na interpretación musical da mellor poesía chilena e hispanoamericana, Eduardo Peralta percorreu diversos escenarios do noso continente e de Europa, levando aquelas voces na súa guitarra transeúnte; así mesmo, as súas propias composicións, nas que combina o humor, a ironía e a crítica ideolóxica con acertados compoñentes líricos e un notable dominio da linguaxe. Recordamos que no ano 2004 cantou, xunto a Amancio Prada, no Centro Cultural de España, da capital de Chile.

No Mesón Nerudiano, taberna situada no centro bohemio do noso Santiago del Último Reino, Eduardo completou xa quince anos dos seus “Luns Brasensianos”, de xeito ininterrompido, en sucesivas convocatorias onde entrega o mellor do seu quefacer musical, á vez que invita compañeiros na arte para que acheguen e compartan o seu canto ante un público participativo e alerta.

Para o luns, 15 de xullo de 2013, a cento dezaoito anos da morte de Rosalía, Eduardo Peralta organizou un singular encontro, baixo o lema “Un canto a Galicia”, coa participación do cantautor chileno José María Herreros, quen viviu oito anos en Galicia, especializándose en temas da troba galaico-portuguesa. Tamén estiveron no escenario o trobador francés Daniel Fernández, o mozo músico e gaiteiro, José María Moure, e este escriba, que recitou dous dos Seis Poemas Galegos de Federico García Lorca, referíndose así mesmo á vida e obra de Rosalía e á súa propia experiencia en torno á poeta universal galega. Eduardo Peralta ofreceu aos presentes unha serie de poemas rosalianos a través do seu canto e a súa guitarra de eximio trobador.

Ao outro lado do mar, na fría noite do inverno do Sur, escoitaremos a perenne exhortación de Federico:

Érguete Rosalía, que xa cantan os galos do día!
Érguete, miña amada, porque o vento muxe coma unha vaca…!

Rosalía vive en nós, fillos da emigración, para sempre.
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 23-07-2013 12:40
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RECORDANDO A UNA MADRE
Fai hoxe un ano tiña lugar o pasamento de Fresia Rojas Ramírez, chilena, nacida en Valparaíso, descendente de estremeños e nai do noso colaborador e amigo Edmundo Moure Rojas. Hoxe recordando a data, escribelle esta sentida oración.


UNA ORACIÓN



Hace un año que te marchaste. ¡Cómo ha corrido, Madre, esta ficción que conocemos como tiempo! Este invierno he sentido el frío como nunca antes. Será que, buscando tu edad para encontrarte, me he vuelto viejo, como quien mira su rostro y ve a otro, distinto y aun extraño, en el calco de la propia imagen.

Te he soñado en la Casa, de pie en el umbral de aquellos días. A tus espaldas, la luz que ilumina el nogal, el damasco, las verdes hojas del parrón. Y una algarabía de pájaros mañaneros que cantan al sol de la primavera. Alguien nos regaló el sueño para que olvidásemos la muerte. Cotidiana misericordia que aplaca la angustia del devenir. Salvo que ahora despierto solo, sin escuchar tus pasos leves en el largo pasillo de cuartos cerrados y de nombres remotos.

Fue un domingo, el 22 de julio de 2012. Ahora es un lunes, para que coincida el número con la torpeza aciaga del calendario. El domingo eran las empanadas, el asado, el vino en la mesa y las palabras fraternales. El lunes, todo volvía a empezar, desde que recorrías las habitaciones para que nos aprestáramos a la primera jornada de estudios, y revisabas los atuendos, el uniforme, el maletín con cuadernos, libros y útiles varios. En el sentido del deber, sigue siendo así, después de tantos años que caben en ese pequeño y efímero vaso que llamamos ‘ayer’, o mejor sea dicho por el poeta Barquero: “el ruido que hace el día al llenarse como un vaso”.

Esto es la soledad, y yo no lo sabía: tu ausencia. Un vaso vacío sobre la mesa. Una fotografía en que posas con un niño en los brazos. Un sillón donde te sentabas a tejer. Una ventana en la que no aparecerá tu sonrisa, ni tus grandes ojos alegrarán la tarde tras los cristales.

Y las palabras, Madre, esas dulces y precisas palabras que busco y persigo en mis horas quietas, que suelo escuchar en silencio, tal como tú las pronunciaras, sobre todo cuando me instabas a rezar cada noche…

Es eso, nada más, la suma de mi vida y de mi escritura: un ruego que hilvano día y noche, sobre el ancho telar de tus sílabas. Una oración que no pide, sino agradece haber nacido de tus sueños y de la certeza de ese sencillo milagro que fuiste entre nosotros.


Amén.


Edmundo Hijo
22 de julio 2013
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 22-07-2013 00:50
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“AS TRES TÍAS GALEGAS”, POR EDMUNDO MOURE
Avóa, ábrenos as túas mans
de pantrigo e de choiva de maio
antes que amenza
antes que partamos
na postrera singradura do silencio


Sentir un aroma, en calquera lugar, asociado a un sabor e a voz dun recordo que o atrapa e parece estalar na memoria…

Si, xa o sei, é algo que ocorre con certa frecuencia, experimentado por tantas persoas, como o testemuña o soado texto de Proust, ao paladear un anaco de magdalena xunto ao sorbo de té e remontarse aos seus días de mocidade en Combray. Pero así somos e así se ganduxa a vida que nos vén co sesgo inconfundible da individualidade única e particular, facendo que os sucesos sexan novos e novedosos, como cando namóraste e dis á amada ou ao amado “ámote”, e volve ser augural, porque hai palabras que o tempo non logra corroer, máis durables que o granito e máis perennes que os mellores soños.

Esta chuviosa tarde de maio abro a fiestra para sentir ese hálito de choiva que tanto me gusta. Quizá a veciña do primeiro piso estea preparando algún guiso que leva touciño e pimentón entre os seus ingredientes, porque o vello e exquisito cheiro á panceta sobresáltame, coma se vise un rostro riseiro suspendido ao final da rúa, apremándome… Acomódome no sillón granate, onde adoitaba ler o meu pai, mentres a miña memoria abre o portón de Chacra El Olivo, na rúa Vivaceta, ao norte de Santiago del Nuevo Extremo, onde aínda se alza a orfa araucaria do pozo.

Apareces ti, no limiar, tía Naulina, chea de cálida dilixencia, alerta na vida e nos afectos, coma se temeses escatimar un bico ou unha caricia. E conséntesme co teu acento galego, nesa prosodia que é outro dos sabores perdidos no País de Nunca Máis. Condúcesme á ancha galería, onde alborotan irmáns e curmáns, onde está a avóa na súa cadeira de mimbre, oficiando o rito sagrado do domingo… Isto relateino antes -escúsame amigo lector- pero esta tarde trae a primicia da remembranza, aínda que os anos que xa empezan a pesarme avienten inxenuas idealizacións de épocas pasadas.

Logo daquel xantar digno das vodas de Camacho, nosa excitada alegría envorcábase na cancha de fútbol ou cara ás cortes que nos incitaban co aroma embriagador dos corceis.

Pero agora vexo o teu rostro, nun xesto abatido e mudo, tía Naulina, porque a esa hora do noso xolgorio, o tío Xulio, leonés rubicundo de pequenos olliños pícaros, que lagrimeaban polo perenne pitillo entre os beizos, aparecía na glorieta, co seu anticuado traxe de compadrito arxentino dos 30-, de camisa branca e enorme gravata listada sobre a súa panza descomunal. E calaba o teu desazón, tía, porque o home íase, vestido de gala, á reunión vespertina do Club Hípico, a xogar o voso diñeiro, logo de áspera semana de faenas, desde a muxidora madrugadora ata a recolección de froitas estivais. As mulleres ben coñecen aquelas aventuras inútiles en que o home aposta ao albur o que non pode extraer da suorenta xornada. Nin unha queixa saía da túa boca, pero nos teus belos ollos azuis, dun ton mariño que non se volveu a ver sobre a face da terra, pousábase un prematuro e irremediable crepúsculo.

Tía Alicia, que viña logo de ti na sucesión taxativa da idade, mirábate con sereno entendemento, coma se houbese un secreto abrazo que as ligase na congoxa da tarde. Entón, ela recorría á salvación histriónica das palabras, a ese recurso a través do cal derramábase a súa ocorrencia de campesiña galega, mesturando a retranca aldeana coa picardía crioula dun Chile popular que nos parecía algo citrino e triste á beira da súa espléndida ledicia. A mala sombra do momento era conxurada polos seus xocosos devanditos galegos, plenos de socarronería, cunha pizca de procacidade que non se recataba nin ante a presenza canónica do tío cura.

E que milagres prodigabas, tía Alicia, coa escasa soldada que traía ao fogar o bo de tío Aquiles -vaia nome inapropiado para a súa estampa-, modesto funcionario público, asiduo de bares e faladoiros, tamén algo ludópata, aínda que sen maiores descalabros, porque ti controlábalo co brillante aceiro dos teus ollos negros, para que non transgredira nin a dieta nin o dispendio. Nos teus últimos días no departamento de rúa Marín, viuda, angustiada polo tempo e a enfermidade, dábaste maña para invitarme a uns chourizos con cachelos, que as túas mans de eximia cocinera facían cantar na sartén, como excelsa soprano do condumio. Quizá as últimas palabras túas que hoxe escoita a miña memoria, engarzadas nun xesto de desamparo, fosen: -”Que mal sabe este caldo sen sal”-. Aí decateime de que xeito absurdo prívase aos anciáns doentes da caricia do sabor, o único agasallo que sobrevive á infancia.

Ti eras a máis nova das tres, tía Elena, de alba beleza mediterránea, coma se a advocación da fermosa raíña lendaria trazase en ti trazos helénicos. Eras coqueta ata cos nenos. O natural en ti era esa modosidade feminina que busca encantar con leves xestos, con guiños sutís e intuitivos ademáns. Tamén contabas coa graza do humor galaico que os xenes peregrinos trouxéronnos desde a outra beira do mar, para que enfrontásemos a vida e a decrepitude, as paixóns e as penas, a felicidade e o desarraigamento, como saben facelo aqueles fillos da terra que se derramaron por este mundo ancho e alleo para obsequiarnos entrañables fundacións.

Lémbrote na casa de Mar do Prata -rúa chilena e non balneario arxentino- cando agonizaba a túa linda filla Carmiña, a miña doce curmá loira, coa que aprendín a xogar ao xadrez, e que partiu moi nova, traizoada polas febres dun corazón prematuramente estragado. Ferida polo coitelo da pena, tía Elena, lucías a serena beleza das viuvas de Troya.

As miñas tres tías galegas, coas que ganduxo en palabras un coloquio imposible e nostálxico, oficiaban na gran cociña de Chacra El Olivo como alegres vestales da festa dominical, baixo a tuición atenta da avóa Elena. A certeza daquelas ledicias de cada semana non se volveu a acubillar en ningunha mesa, pero os aromas remotos volven encantarnos, tan súbitos e inesperados como a bolboreta amarela que acariña as nosas follas volandeiras, ou como o colibrí que debuxa un nome esquecido no cristal dos anhelos perdidos.
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 04-07-2013 09:48
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SUPLEMENTEROS O CANILLISTAS por Edmundo Moure

Recibimos esta colaboración de Edmundo Moure e curiosamente RSP escribiu un artigo no que falaba sobre os Canillitas ou suplementeros en novembro de 1943 -que xa publicamos hai tempo- pero que agora se pode consultar de novo ao pé.


SUPLEMENTEROS o CANILLITAS, VÍCTIMAS DEL SISTEMA

Se considera que esta denominación surge debido a la repercusión del sainete "Canillita" de Florencio Sánchez, dramaturgo y periodista uruguayo. La obra recrea la situación de un niño quinceañero que trabaja vendiendo periódicos en la calle para mantener a sus padres, y que es tal su pobreza que exhibe unos pantalones viejos que le han quedado cortos, al crecer el personaje en su adolescencia, mostrando así las "canillas".

A partir de 1879 –hace ciento treinta y cuatro años- se inicia en Chile el oficio del suplementero, que designa a quien distribuye y vende entre la población diarios y revistas. Esta función está asociada, desde sus comienzos, a democratizar el país, difundiendo las ideas a través del periódico que suele –o solía- acompañar el desayuno, para abrir desde sus páginas, aún olorosas a tinta, el abanico impredecible del día.

En los albores de la Guerra del Pacífico, nació el oficio de Suplementero, cuando un grupo de jóvenes canillitas vocean la noticia de los últimos acontecimientos del conflicto, y la llevan rápidamente a la población del Norte de Chile, mediante una hoja de Suplemento. Durante nuestra larga existencia laboral hemos sobrevivido a los distintos períodos de nuestra vida republicana.

Somos un gremio longevo y hoy día nos encontramos en vías de extinción como Trabajadores Suplementeros. Desde el año 1980, cuando entraron en vigencia los Decretos Leyes N° 211 y N° 3500, cambió radicalmente nuestra condición laboral y comercial, quedando sujetos a las reglas del Libre Mercado. La ley 17.393, que regía nuestro Sistema Previsional y Comercial quedó obsoleta…

En Argentina y en Uruguay, se conoce al suplementero, que va de casa en casa enarbolando el amable objeto hecho de frescas palabras, como “canillita”. Su labor, allá y aquí, es parte entrañable de la cultura urbana. Los nuevos medios tecnológicos no lo han desplazado por completo, porque para muchos ciudadanos nada se compara al disfrute de estas hojas volanderas que traen la noticia y el comentario cotidiano que aguardamos.

No es simple coincidencia que, junto al oficio de linotipista, en las antiguas imprentas, los trabajadores con conciencia de clase se agruparan también en el gremio de suplementeros. Eran ambos, quizá, la praxis metafórica de la vieja frase: “la cultura os hará libres”. A partir de las palabras hechas lenguaje de conocimiento, los desposeídos adquirirían la certeza de obtener los medios para su propia liberación. El poder establecido les miraba con odio y recelo. Comunistas, socialistas y anarquistas ideológicos, eran mayoritarios en aquellas labores donde no sólo escapaban al control de patrones esclavizantes, sino que podían organizarse para enfrentar la expoliación y la desigualdad de un sistema inicuo. Muchos aprendieron a leer y escribir bajo el amparo de aquellas agrupaciones, transformándose en líderes políticos dispuestos a la lucha revolucionaria.

Pero hoy ha surgido un virtual y potentísimo enemigo, hidra devoradora y silenciosa que se apodera de la hegemonía de casi todos los servicios de venta y entrega en la economía social de mercado, imponiendo sus leyes tácitas, no escritas, pero sí incontrarrestables. Son las grandes tiendas o mercados totalizadores, que comercializan hoy la amplia gama de objetos de consumo, en todas las áreas, desde los comestibles hasta los medicamentos, pasando por la ropa, los electrodomésticos, artículos de librería y aseo, vinos y licores, suntuarios y baratijas de variada especie. Entre ellos, los diarios y revistas, con la segregación propia de sus mandantes ideológicos: los grandes capitalistas, vástagos aprovechados de las veinte familias que son dueñas de este país o patria poco soberana, pues en los supermercados encontrarás los periódicos de los amos: El Mercurio, La Tercera, Las Últimas Noticias y La Segunda, más todos sus hijastros regionales que acatan y sirven a los mismos patrones. En ninguno de estos grandes almacenes de clientes “cautivos” hallarás El Siglo, El Ciudadano, El Irreverente, Punto Final o The Clinic. La democracia controlada que heredamos de la dictadura posee su filtro “natural” para los detentadores del poder. La supuesta libertad de prensa se transforma así en un mito más de la plutocracia dominante, que maneja y controla de igual manera hegemónica los medios audiovisuales y busca subterfugios para apoderarse de las redes cibernéticas de información.

Mi amigo Julio Donoso, que tiene su kiosco frente a mi departamento, izó la semana pasada una bandera negra junto a nuestro pabellón patrio. Le pregunté qué significaba ese símbolo funerario junto a los colores que alentamos cada vez que nuestros peloteros logran vencer a rivales externos. Me respondió que se trata de una movilización reivindicativa; dicho en sus propias palabras:

-“Nosotros estamos solicitando que se regule el mercado de la prensa escrita. Los suplementeros queremos ser el factor principal de venta y distribución en este país, tal y como lo éramos antes de la promulgación del Decreto 211, con el cual en Chile se instauró el ‘libre mercado’. Ese decreto –que bien pudiéramos catalogar como ‘ley maldita’ desreguló todo lo que estaba regulado en la economía. Con esa mal entendida liberalización pasamos de mandantes de nuestro oficio a último eslabón en la distribución de la prensa escrita, con un competidor abusivo e incontrarrestable”.

-“Estamos luchando como un grupo organizado. Nos hemos entrevistado con la mayor parte de los políticos de este país, con personeros eclesiásticos, con las escuelas de periodismo… Pensar que antiguamente, a quienes repartíamos los periódicos, nos llamaban ‘periodistas’… Algunos políticos, los de la derecha, han reculado, después que ofrecieran apoyarnos. Y es claro, no van a ir en contra de sus intereses de clase ni menos se atreverán a enfrentar a los grupos económicos que los alimentan… Mire usted, El Mercurio y La Tercera controlan todo. No sólo distribuyen, sino que manejan las pautas noticiosas, manipulan con un dedo a sus periodistas y reporteros a sueldo. Son dueños del 95% de la prensa metropolitana y regional…”

El diagnóstico es claro. Así se lo digo a Julio, quien me cuenta que el 24 de mayo, un grupo de dirigentes de su gremio, concurrieron a La Moneda para entregar al Presidente de la República una carta en la que le dan a conocer su desmedrada situación económica y laboral, manifestándole la urgente necesidad de regular y proteger el noble oficio, a lo largo y ancho del país. ¿Qué habrá pensado al respecto nuestro acaudalado Presidente?

Hablamos de la imprescindible unidad de los trabajadores, estudiantes y pequeños empresarios de este Chile campeón de la inequidad, para articular un frente común que sea capaz de contrarrestar los abusos del poder absoluto que ejerce un sistema económico brutal, disfrazado de falsa democracia, al que venimos sirviendo desde los tiempos de la tiranía militar, cuya base de sustentación y premisas ideológicas no han cambiado en cuarenta años, aun cuando resulte penoso reconocer que, en dos décadas de tímidos y tambaleantes gobiernos de la llamada “centro-izquierda”, no logramos modificar un ápice las aberrantes relaciones de producción establecidas por los “bastard boys” de Chicago; por el contrario, Lagos y Compañía se dieron maña para elaborar un doble discurso y una política única que favoreció a los grandes consorcios económicos, nacionales e internacionales.

Seguimos pagando las consecuencias, amigo Julio. Lo de entregar cartas a La Moneda me parece, cuando menos, una parodia teatral extemporánea, pues los políticos de hoy son en su mayoría ágrafos y renuentes a cualquier lectura que no venga expresada en la jerga que conocen y dominan: la del negocio a ultranza y la prevaricación permanente. No es que haya o no políticos deshonestos, Julio, es que el sistema tiene a la deshonestidad como basamento ideológico.



Edmundo Moure
Junio 9, 2013
Canillitas
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 22-06-2013 08:38
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EL REY DEL BOLERO, por Edmundo Moure
“Yo tengo un pecado nuevo
que quiero estrenar contigo…”


Me telefonea mi amada mujer desde un fino restaurante, donde disfruta grato almuerzo de cumpleaños con sus amigas Ivonne, Chabela y Julia. –Te comunico con Lucho Gatica- me dice… Escucho risas al otro lado de la línea. Imagino una broma urdida en trance etílico por este peligroso cuarteto, embalado en los fríos de junio, pero una voz inconfundible, suave, pastosa, avienta la mala sospecha y me traslada a fines de la década del 50’, en el salón de la Casa, Paradero 27 de Gran Avenida, palacio de glorias pasadas y mundos perdidos… Hora vespertina del sábado, las muchachas en flor entrando, bellas, airosas y perfumadas, mientras Kiko pulsa las teclas del piano y yo elijo boleros esenciales para encantar a nuestras novias de antaño en el baile contiguo y susurrante: -“Por alto está el cielo en el mundo/ por hondo que sea el mar profundo/ no habrá una barrera en el mundo/ que mi amor profundo no rompa por ti...”.

Saludo hoy a Lucho Gatica, y en mi boca tiemblan las palabras, como si me volviese, a los setenta y dos años, un adolescente tímido ante el gran ídolo musical, rey indiscutible de este género que aún goza de entusiastas fieles y también de ácidos detractores. Como sabemos, en sus inicios el bolero desarrolló su lenguaje a partir de tríos de guitarra, como acompañamiento del cantor. Luego surgirían las llamadas orquestas tropicales y ciertos arreglos de tipo sinfónico que pondrían una elevada y sentimental nota romántica. Cuba y México se convirtieron en la patria ideal para músicos y cantantes del bolero, aunque Perú y Chile no le fueron en zaga. Algunos intelectuales criticones quisieron asociar la profusión de este género de música popular con las dictaduras latinoamericanas, por su ausencia de contenido ideológico y de compromiso circunstancial, favorables a la modorra del pensamiento conformista. Algo semejante, quizá, al papel que cumpliera el cuplé bajo el régimen de Franco: alejar al grueso público de la áspera contingencia y adormecerle con música, fútbol y toreo.

Para nosotros se trataba, ni más ni menos, que de un sensible y entrañable vehículo de encantamiento amoroso, aunque ya estuviésemos comprometidos con los avatares políticos y sociales de un siglo convulsionado. Una cosa no quitaba la otra, como decían los abuelos.

En tierras mexicanas, Lucho Gatica alcanzó el pináculo de su arte y el justo reconocimiento, merced a una voz privilegiada, de variados matices, y a un estilo de fino galán que enloquecía a sus millares de admiradores, incitando a los varones a emular sus dulces requiebros melódicos y a las féminas a rendirse bajo sus versos melosos. Es lo que intentábamos con mi amigo Kiko y con otros camaradas, no siempre con buena fortuna.

No he querido contarle a Lucho aquella anécdota de las postrimerías del colegio, cuando yo me vistiera como él para hacer la parodia de su canto en el auditorium escolar, respaldado por un tocadiscos oculto, especie de play back precario que conocíamos entonces como “fonomímica”. Me ahorré la humillación adolescente de narrarle cómo se pegó la maldita aguja sobre el disco 78, sin que yo me percatara, y mientras yo gesticulaba el parlante repetía, majadero y cacofónico: “Profundo profundo, profundo…” Desperté de aquel lírico transporte con los destemplados gritos de mis compañeros que denostaban, a garabato limpio, mi fallida incursión en los sagrados ámbitos del bolero.

Un sábado de aquéllos elegí con mayor cuidado la música. Me había propuesto enamorar a María Elena, que bailaba con la levedad del colibrí, mientras mi mano sostenía su cintura durante los suaves giros. Calcé mis mejores zapatos de gamuza, sintiéndolos tan ágiles como los de Fred Astaire. Pero el hombre propone y la veleidosa divinidad dispone. Se me adelantó Kiko en la solicitud del baile, y le fue concedida la vibrante elocuencia de “Sabor a mí”, para continuar con “Quizás quizás, quizás” y “Espérame en el cielo”… Luego de tres intentos desesperados, hube de conformarme con los compases aleves y elusivos de “Contigo en la distancia”…

Ofrecí a Lucho Gatica regalarle mi libro “Chiloé y Galicia, Confines Mágicos”. –Aún no soy famoso como tú- le dije, pero estoy en trance de serlo-. Me pidió que se lo llevara al restaurante, donde es huésped asiduo, una de estas tardes de invierno. Quizá bebamos un vino fraternal, aunque no sea en “La Copa Rota”. Espero estrechar su mano y agradecerle por tantas emociones; también por los amores perdidos en la nebulosa del tiempo. Porque eso es el bolero, un dulce desgarramiento, una pasión huidiza entre los dedos de la nostalgia. Igual o parecido que el tango, aunque “Cambalache” desmienta la inocuidad ideológica de sus versos habituales con verdades rotundas.

Después de todo, ¿quién podría afirmar que los sueños de la política son menos efímeros que los anhelos del amor?


Edmundo Moure
Junio 4, 2013
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 14-06-2013 00:01
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