A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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DROGAS Y OTROS EXCITANTES



DROGAS Y OTROS EXCITANTES (DIÁLOGOS)


-Asunto complicado éste de las drogas, partiendo por la marihuana, cuyo consumo parece aumentar en proyección geométrica.

-Mire, Don Ramón del Valle-Inclán, a su regreso de México, en 1921, arribó a Galicia con un cargamento de cuatro sacos de marihuana (marijuana, escribía él). Era un regalo simbólico e iniciático de sus amigos agrarios de Yucatán… Por las noches, en su casa de piedra de Vilanova de Arousa, don Ramón la fumaba en su pipa de Kif. Las beatas de la aldea decían que echaba por la nariz, los ojos y los oídos, un humo azul y diabólico… Juraban que tenía pacto con el maligno.

-Me va a decir que escribía bajo los efectos de la droga, y que ese influjo desaforado le llevaba a crear sus esperpénticos personajes…

-No, eso es absurdo. El uso habitual de estupefacientes no provoca creación estética alguna. Sería como colegir que si Van Gogh era esquizofrénico y pintor genial, todos quienes padecen de esquizofrenia pueden ser grandes artistas. Un estúpido sofisma.

-¿Ha fumado usted marihuana?

-¿Lo dice por mi incuestionable genialidad literaria?

-Desde que lo conozco, nunca ha sido la modestia una de sus virtudes. Respóndame, ¿ha fumado la verde doncella?

-Por supuesto, la fumo cuando puedo… Veo que se vuelve usted metafórico. Todo se pega, menos la hermosura… Pero como dice el poeta César Millahueique, estoy dispuesto a compartir mi prestigio…

-No se desvíe del tema. ¿La fuma de manera habitual?

-No, aunque me gustaría hacerlo. Pero es cara, cuesta conseguirla pura y resulta peligrosa su adquisición… Las leyes en Chile no hacen sino favorecer a los narcotraficantes.

-¿Cómo así? Tengo entendido que está prohibida. No querrá usted afirmar que nuestros legisladores y jueces están corrompidos por el narcotráfico, como ocurre en México, en Colombia y en otros países menos serios que el nuestro, paradigma de honestidad en el mundo, según estadísticas irrefutables del Banco Mundial…

-No repita las sandeces publicitarias de la clase dominante y de sus organismos planetarios, se lo ruego… Trate de entender que al transformarla en una sustancia vedada y proscribir su consumo, se abrió la posibilidad de un excelente negocio, tan rentable que mucha gente, en las poblaciones periféricas de este Santiago austral y de otras grandes urbes de Chile, opta por traficarla, en lugar de trabajar por salarios exiguos… Y ni qué decir de los grandes mafiosos, que tienen sus mejores clientes entre los congresistas y la farándula adinerada.

-Cae usted en una justificación inmoral, si me permite, además de disparar al voleo… El trabajo honra y dignifica; trabajo honorable, se entiende. Si ponemos la droga como opción rentable, estamos jodidos… Es como considerar el asalto a los bancos como acción de equilibrio social, a lo Robin Hood, aunque en los bosques de Sherwood no había bancos… ¿A dónde iremos a parar con esas dislocadas teorías suyas?

-No me venga con el cuento de la honorabilidad… ¿Acaso usted no ve su entorno, no mira la televisión ni se entera de las noticias? Todo apunta y se orienta a tener éxito, es decir a medrar como sea, porque la medida de todas las cosas pareciera ser ese verde pasaje a la felicidad que reza “In God we trust”, símbolo calvinista, cuya multiplicación nos conduce al paraíso, según discurso habitual de los prohombres que nos gobiernan y someten; los que usted vota en cada elección.

-Ya veo que su prisma está velado por la óptica marxista… Es una lástima que se aferre a filosofías superadas… Por lo demás, los suyos de usted no son precisamente ejemplo de incorruptibilidad y decencia… Pero volviendo al cáñamo índico, está comprobado que su efecto fumante resulta nocivo, sobre todo entre los jóvenes.

-No trate de convencerme con argumentos falaces… Voy a decirle a usted cuáles con las drogas más destructivas y perniciosas en este país, donde nos tocó en suerte –o en fatalidad- vivir. En primer lugar, la pobreza, con su prima hermana, la flagrante inequidad; en segundo lugar, el tabaco y el alcohol, que matan más gente y destruyen más hogares que lo que se endilga a la modesta hierba de hoja lanceolada… Y eso que no menciono el fútbol, eficaz droga demoledora.

-Pero la marihuana es más adictiva que el alcohol, produce daño cerebral y es la antesala a drogas más duras… Después, los jóvenes pasan a la cocaína, al hachís, al crac, a la heroína…

-Veo que usted se refugia en los lugares comunes de la tontería nacional… Esas “antesalas” a que alude, desde una perspectiva escolástica, como si se tratase de las sendas del pecado y las puertas del infierno… También sostendrá que la masturbación es perversa.

-Si va a descalificarme con esa ironía hipócrita de intelectual a la violeta y sabelotodo de cantina, terminamos en el acto este diálogo.

-No se trata de eso, no se ponga suspicaz, ni menos veleidoso… Ustedes los pechoños son todos iguales, ponen al conductor delante de la motoneta y se escandalizan por lo que no pueden esconder bajo la alfombra.

-¡Qué original! Use el símil de la carreta, no más… Lo que nos faltaba es que actúe de posmoderno. Y es lamentable que no aquilate usted la gravedad del problema de la droga, con sus terribles secuelas sociales, entre las que destacan la delincuencia en casi todas sus formas y el tráfico de armas en las poblaciones… Hay barrios donde no entra ni Cristo, y usted bien lo sabe.

-Vamos por partes, como dijo el carnicero. Las adicciones son una enfermedad, o al menos anomalías que afectan a muchos individuos. La solución a tales patologías nunca ha sido esconder o prohibir los elementos que las exacerban, sino ir a la raíz del problema… Y se lo digo como alcohólico descendiente de inveterados dipsómanos… Prohibir, juzgar y castigar, es la trilogía hipócrita y reaccionaria que nunca ha resuelto los dilemas de la moral pública.

-Ya entendí. Va usted a ponerme delante el manido ejemplo de la ley seca en los Estados Unidos, y su fracaso rotundo como medida cautelar impulsada por los puritanos.

-Usted lo ha dicho. ¿Se imagina que se prohibiera en Chile la ingesta de vino y cerveza? Negocio redondo sería vender chelas bajo cuerda y cajas de cartonet o botellas de pisco, como quien se dedica al estraperlo de raras especias. Absurdo. ¿Está o no de acuerdo conmigo?

-En este punto, sí. Pero no lo hago extensible a la marihuana ni a otras drogas malignas. Eso constituiría la perdición definitiva de nuestra juventud, la anarquía social y el triunfo de Luzbel.

-¿Cuántas veces hemos escuchado esos terribles vaticinios? Desde el Concilio de Trento, en adelante, podríamos llenar los tomos de una enciclopedia con oráculos, augurios, predicciones, agüeros, y profecías, si esta última palabra no ofende su credo escatológico…

-No cite tanto, hágame el favor, y no se remonte en el tiempo, como si fuera usted otro agorero más, que los peores vaticinios son los que se sustentan en el pretérito reescrito y amañado. Aboquémonos al tema en cuestión: conviene o no de legalizar la venta y consumo de drogas.

-Por ahora, bastaría con que se hiciera extensivo a la marihuana. Después se verá…

-Claro, usted lo dice, así de fácil, hasta llegar a la libre venta e indiscriminado consumo de cualquier alucinógeno o excitante extremo… Todos enajenados, huyendo de la “realidad real”, como dice nuestro amigo cineasta, Rodrigo Gonçalves, vicioso de la cámara…

-Para que lo tenga claro: no hay droga más excitante que el poder, unido a la posesión sexual, y si le agrega usted la codicia económica en grageas o supositorios ultra concentrados, tendrá la suma de todos los estupefacientes posibles… Lo demás es irrelevante… No tratemos de eliminar esos paliativos de la soledad y de la angustia existencial, so pretexto de una sanidad pública harto cuestionable.

-Con usted se hace difícil dialogar. Tiene unas ideas muy peregrinas…

-Curiosa expresión que proviene de lo descabellado que se hacía, para la gente de la Edad Media, la peregrinación a los Santos Lugares de Jerusalén o a Santiago de Compostela. Locura bendita, podríamos decir, pues en esta época en que nos roban los sueños, y la imaginación parece tan peligrosa como esas drogas que combaten usted y los suyos, la trasgresión se hace tan necesaria como maravillosa… Sin ésta, no hay arte válido.

-No tanto. No exagere ni caiga en la hipérbole… Mire, aquí traje un par de pitos hechos con el mejor cogollo de cannabis sativa… Por favor, no le mencione esto a mi mujer; ella no sabe que a veces la fumo… ¿Qué le parece si nos echamos un porro?

-Al fin entra usted en razón, es decir en aceptar este humilde y democrático delirio pulmones adentro… Lo acompañaremos con un buen coñac Cardenal Mendoza, el único purpurado a quien profeso, y disfrutaremos el diálogo en silencio, aunque nos cueste.

-Bueno… Tampoco mencione lo del coñac… Debo abstenerme, no por cosa de adicción, sino porque padezco la dulce y letal diabetes…

-De algo habrá que morirse, decía mi abuela, que tardó noventa y dos en hacerlo.

-Callémonos, y en buena hora sea. Que el genio de don Ramón de las luengas barbas nos proteja, dentro de casa y fuera de ella.

-Qué bien habla usted cuando se vuelve un loco razonable.

Edmundo Moure
Escriba en proceso de voladura.
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 10-11-2013 13:33
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SERES DIFUMINADOS
SERES DIFUMINADOS

El recuerdo es una forma de resurrección
Oscar Wilde

Recuerdo a un viejo catalán, taxidermista, cliente de nuestro negocio, que se enfrascaba en largas conversaciones con el gallego Cándido, sobre la España franquista y el posible retorno de Galeuzca (Galicia, Euzkadi y Cataluña), una organización libertaria, fundada en 1923, que reclamaba la plena soberanía política para las tres regiones de las que procedían sus mentores, definidas como “naciones” y se proponía la creación de un consejo conjunto, dentro del proyecto de Estatuto de las Autonomías, abortado, en julio de 1936, con el golpe de estado y la posterior guerra civil que entronizó a Francisco Franco –reyezuelo esperpéntico- durante treinta y ocho años… Entre otros objetivos, se proponía combatir la dictadura franquista, afirmar la identidad de las tres naciones, defender sus derechos, trabajar por el restablecimiento de la república y oponerse a la restauración de cualquier forma de monarquía.
Como ustedes saben, con el advenimiento de la democracia en España se puso en práctica, a partir de 1981, la actual división territorial en diecisiete autonomías, tres de las cuales: Galicia, País Vasco y Cataluña, poseen la calidad, consagrada por la nueva Constitución española (1978), de “Autonomías con carácter de Nacionalidad Histórica”, poseedoras, asimismo, de una lengua propia y distintiva, teniendo las cuatro lenguas vernáculas el rango de “idiomas oficiales” del Estado: Castellano (Español), Catalán, Vascuense y Gallego.
Pero yo hablaba del catalán embalsamador –no de propósitos de autonomía-, cuyo apellido no recuerdo, aunque se llamaba Joaquín, un sesentón recio, de mediana estatura, cabellos canos y boina calada hacia la derecha. Poseía unos predios en la Salamanca chilena, en el valle del Choapa, donde Eugenio y Emilia tienen una bella casa en la localidad de Peralillo… Don Joaco era lector entusiasta de Pío Baroja y no le gustaba Ortega y Gasset, por “relamido y germanófilo”; esto de asiduo a los teutones debe entenderse, y así lo entendía él, por su afección a la filosofía alemana y no por simpatía con el militarismo… Compartía con nuestro padre su afición por la caza y cargaba sus propios tiros, con perdigones seleccionados. No se comía las aves derribadas, pero adolecía del síndrome egipcíaco. Me regaló una docena de piezas embalsamadas que instalé en mi habitación individual, hasta que mamá Fresia me conminó a sacarlas, porque acumulaban polvo y asustaban a la abuela con sus alas fantasmales y sus picos entreabiertos. Don Joaquín quiso enseñarme las técnicas de momificación animal, pero lo encontré repulsivo y cruel… Son cosas de faraones y museólogos -pensé-, aunque no se lo dije.
El catalán desapareció, como tantos otros seres que llegan y se van de nuestra existencia, sin ruido ni despedidas tristes e inútiles… Como nos iremos nosotros, para otros tantos, cerrando la última puerta hasta el fin del mundo. Ahora que le recuerdo, don Joaquín tenía cierto parecido con el gallego-chilote, Demófilo Pedreira, de quien mucho llevo escrito, difuminado también, y no por desaparecimiento luctuoso, como se estilaría, una década más tarde, en esta patria con forma de puñal que aún habitamos.

Recuerdo a un individuo gordo y amanerado, de apellido rimbombante, socio del Club de Leones cisternino, donde casi todos eran calvos, pero cantaban con desparpajo y fundamento el himno institucional, sobre todo aquella estrofa: “Al aire la melena que flamea…” Y hasta tentaban un ademán como de aventar los inexistentes cabellos enmarañados… El hombre de marras también llegaba a la ferretería, a conversar con papá Cándido… El negocio era una especie de tertulia natural, más un locutorio que un comercio riguroso; quizá ello explique su escaso éxito pecuniario. Del Real -así lo bautizaré para efectos del relato-, llegó un día a preguntar a nuestros padres si podían recomendar a uno de sus hijos, postulante al Liceo de Niñas Nº 10, que era mixto, pero prevaleció su denominación de género, quizá como avanzada de un feminismo que –a Dios Padre gracias- estaba aún en pañales… En el momento en que mi madre iba a darle el nombre de la directora de aquel pujante establecimiento de educación media, y puede que algún dato adicional, intervine yo y le dije: -“Mire don Fulano, hable con doña Etelvina Cifuentes, la directora, que es una mujer tan pechoña como usted: de rosario, misa y comunión diarias; por ahí se van a entender ligerito y el cabro quedará matriculado”…
Nunca más me saludó el viejo Del Real. Me ignoraba por completo, y se dirigía a nuestros empleados, los hermanos Escalante, para inquirir por “don Cándido” o “doña Fresia”… Tío Clemente afirmaba que lo deslenguados y “mete pata”, nos viene por el lado de los Ramírez y no por la rama gallega de los Moure, más proclives a la torpeza ingenua que al latigazo aleve de la sorna. Puede ser.

Otro personaje de aquella ilustre clientela era don Fritz, un alemán coloradote y rechoncho, como esas “gordas al plato” que sirven en la Fuente Alemana, de pequeña estatura, poseedor de voz potente y cavernosa, que ya se la hubiera querido el cabo Führer para arengar a sus compatriotas... El obeso germano calzaba altas botas negras, invierno y verano, y en la mano derecha agitaba un ridículo bastón de comandante de campo. Descendía de un automóvil descapotable, chato y ancho, una especie de jeep de fabricación propia, que había construido en su taller, adosándole un motor Adler que rugía como asmático en trance de convulsiones.
Le acompañaba su mujer, Frau Evelyn (no la rubiecita que baila twist con incautos proletarios), una alemanota maciza que le doblaba en estatura. Ambos eran nazis conspicuos, sin fisuras ni desvirtuaciones democráticas de falso arrepentimiento. Solían lamentar la ineficiencia de los hornos crematorios y la precaria estrategia militar de Adolf… -“De lo contgrario- aseguraba Fritz, -otrgo gallo nos cantaguía”… Y se le enredaba la implacable gue en la garganta… Discutían con Cándido, pero la irreconciliable ideología se evaporaba en los gorgoteos de una gruesa cerveza artesanal, que Fritz y Evelyn preparaban “parga congsumo familiarg, nada más…” Extraían una pequeña barrica de la cajuela de aquel engendro automotriz y se iban a beber a la galería de la Casa… La abuela Fresia se retiraba a sus habitaciones, con olímpico mohín de desprecio, y bien pudo haber dicho, aunque no lo aseguro ahora: -“Estos alemanes pueden resultar tan ordinarios como los españoles”.
Una tarde de domingo, a la hora del crepúsculo, cuando regresábamos de casa de las hermanas Cayazzo, mis primos Sergio y Manolo, Rolando Macari y yo, escuchamos un gran estruendo… En la vía que corre de sur a norte de la Gran Avenida, un automóvil había chocado con la parte posterior de un enorme camión estacionado. El vehículo menor se metió bajo la rampa… Corrimos hacia el lugar, en medio de los alaridos de los cuatro ocupantes del auto… Era el matrimonio alemán, Fritz y Evelyn, y dos amigos… Intentamos sacarlos. Fue imposible. Diez minutos más tarde apareció un carro de bomberos, luego la ambulancia y un furgón policial. Todos estaban vivos, pero malheridos. Meses después, volvieron a la ferretería, Herr Fritz y Frau Evelyn, cojeando y con algunas persistentes magulladuras. Habían adquirido un escarabajo, el “auto del pueblo”, que Hitler prometió construir, en número de un millón, para los buenos y obedientes alemanes… El gordo ponderó, de viva voz, las cualidades inigualables del Volkswagen… Papá Cándido esbozó contra mí un gesto de reprobación y amenaza, cuando le dije a Herr Fritz: -“Y tendrá buenos frenos, para no meterse debajo de los camiones”.
En todo caso, la disminución física no hizo mermar sus convicciones prusianas… Creo que en esa oportunidad, papá Cándido acompañó la generosa cerveza con uno de los jamones serranos que colgaban en el repostero, ante la inútil reconvención de mamá Fresia. Recordé la sentencia del primo Eladio, en la casa petrucial de A Touza: “Se hai pobreza, non se pasa fame nesta casa, non…” Era cierto; y tampoco sed.

El Gualeta era un mocetón fornido, de impresionante musculatura, que trabajaba con la intermitencia propia de los bebedores asiduos, o alcohólicos compulsivos, si se quiere... Se le veía deambular por la punta de diamante del paradero 27, en busca de cualquier trabajo ocasional, como changador de camiones que abastecían de cemento y otros materiales a las ferreterías y barracas del sector. Solía andar con el torso desnudo, exhibiendo sus bíceps y pectorales, para delectación de las domésticas del barrio, que soñaban con una tarde a campo traviesa, adheridas a ese Apolo villano y sentimental. Pese a su envergadura física, el Gualeta no era buen peleador, y muchos compañeros de juerga y borrachera le habían infligido memorables palizas.
En una de las tantas riñas, el Gualeta acuchilló a un cargador, dejándolo gravemente herido. Estuvo preso tres o cuatro meses, en la Penitenciaría de Santiago. Salió de allí algo enflaquecido, pero sin perder su atlética apostura. Durante la reclusión, su mujer, que cumplía de lavandera en varias casas del vecindario, pregonó por el barrio que iba a abandonarle, porque le daba mala vida y la golpeaba con mayor eficacia que a sus compinches de jarana. Una tarde de verano alguien nos avisó que había visto al Gualeta, desnudo, en un sitio aledaño a nuestra quinta, que daba a calle Vicuña Mackenna…
Nos encaramamos sobre la tapia y lo vimos, justo cuando su mujer ingresaba al sitio, sorteando la alambrada. La había hecho llamar por uno de sus secuaces etílicos, pues sus tres cuñados le amenazaron de muerte si se acercaba a la casa de su hermana ofendida. Pese a todo, se reunieron en abrazo conyugal, en medio de los yuyos y las ortigas… Ni el más pretencioso reality podría emularse con aquel espectáculo “en vivo”, cuando la televisión era apenas sueño fantástico y remoto.
El encuentro concluyó de manera abrupta. Dos carabineros, alertados por padre Cándido, lo condujeron a la comisaría cercana, esposado y cubiertas sus partes pudendas con un saco harinero. Al pasar aquel curioso trío, por la vereda, frente a nuestro negocio, mi padre le hizo al Gualeta un gesto de amenaza, gritándole: -“Asqueroso, degenerado, ya vas a ver…” El Gualeta se volvió, y con voz sollozante, pero respetuosa, le contestó: -“Bah, si ella es mi mujer, y por las tres leyes, para que sepa…”
Mi primo abogado hubiera dicho: -“Pero cada caso particular tiene su propia jurisprudencia”.

Les prevengo que el día en que mis recuerdos comiencen a difuminarse, tendré que recurrir a memorias ajenas. Tal vez encuentre entonces un escriba que me haga resucitar con sus palabras, aunque sea a través de un dibujo imperfecto.


Edmundo Moure

Octubre 16, 2013
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 16-10-2013 23:43
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NOMBRES Y AMIGOS
LOS NOMBRES Y LOS AMIGOS

Para Talo Cubillos


Íbamos a conquistar el mundo. Se abría ante nuestros sueños el horizonte ilimitado que la juventud teje sin pausa en alas del futuro. Aún no conjugábamos el pretérito imperfecto… El fracaso, la enfermedad, la decrepitud y la muerte eran sólo palabras vacuas, que no pertenecían al diccionario de nuestra existencia. Asimismo, ignorábamos el aserto del poeta Rainer María Rilke: “Sólo los niños y los pájaros conocen el sabor de las cerezas”. Desaparecido el primor de aquellos frutos de antaño, nos quedaría aún la nostalgia de haberlos saboreado, su recuerdo en el cofre de la memoria, su forma, su color encarnado como los labios perdidos de un amor juvenil.


Es un día cualquiera de trabajo… El muchacho que entrevisto, para una plaza de junior, se llama Ricardo Vergara. Leo su sencillo currículo; todos debieran ser así de escuetos, pues qué más se puede decir de uno mismo que no quepa en veinte líneas, como aconsejaba el sabio Jorge Luis Borges, aunque conocí académicos que superaban las setenta y cinco páginas de logros propios y maravillas sin cuento, descritos en folios anillados, como si fuesen los pergaminos del Mar Muerto… Mientras examino los detalles del postulante, surge una repentina asociación: Ricardo Cubillos Vergara, el Talo, es un viejo amigo, entre los muchos que me fueran regalados en lejanos días de juventud, allá en el barrio de La Cisterna. Meses mayor que yo, compartimos deportes que nos apasionaban, fútbol, atletismo y boxeo, encendidas complicidades de amores tempranos, aprendizajes y periplos, como aquel viaje de estudios a Buenos Aires, en septiembre de 1957… El Talo era peso completo y yo welter… Me hizo un veloz amague de swing con la izquierda, bajé la guardia y me encajó un derechazo en cross sobre la oreja izquierda… Vi las estrellas, sin haber sido astrónomo.

Regresamos en un día como hoy, 2 de octubre, hace cincuenta y seis años, arribando a la Estación Mapocho, donde ya no existe ni siquiera el nostálgico recuerdo de los trenes. Yo esperaba la silueta de un amor sobre el andén, pero no había nadie… (Lo mismo le ocurrió, nueve décadas atrás, al poeta Manuel Magallanes Moure, que viajó para reunirse, en la estación de San Alfonso, con Gabriela Mistral, llevando una rosa roja en la solapa)… -

Vaya símil que establece usted, me diría don Alfredo Piola, frunciendo el ceño. –No sea pretencioso, jovencito…



Talo celebra hoy sus setenta y tres, que por mí esperan en la canícula del próximo febrero… Y ahora me inunda un torrente de nombres amigos, que desgrano y escribo, como si estuviese en el jardín de la casa-quinta, bajo las palmeras, mirando hacia ese vértice de los sueños que fuera el paradero 27 de Gran Avenida, hoy enaltecido con el epónimo ilustre de José Miguel Carrera Verdugo, ex Sargento Mayor de Húsares de Galicia, en 1808, como pudimos comprobar, cuando cruzamos Ponte Sampaio, por la Vía Portuguesa del Camino de Santiago, Pascual y Gonzalo Veiga, en compañía de este cronista, en junio de 2009. Junto a la ribera norte del puente, hay una lápida con los nombres de los heroicos oficiales que hicieron posible las victorias sobre Napoléon, en el verano de 1808, bajo el mando del duque de Wellington. Entre ellos resalta José Miguel, como soldado español, claro…

Los Cubillos Vergara: Ricardo el Talo, Patricio el Pato, Mariano el Goyo, y Manolo, más la prima Pascuala, que vivía también en aquella acogedora casa de aire rural, en calle Covarrubias, donde aún cantaban las acequias y trinaban los zorzales mañaneros; los Veiga López: Jesús, Maximino, Tita, Tomás, Carmen, Pascual y Mari Tere, en la polvorienta rúa Eleuterio Ramírez, en aquella casona digna de Hitchcock donde Tomás aterrorizaba a los visitantes ingenuos; Gino Comandini y su hermana; Juan Aceituno –el mejor mediocampista cisternino de todos los tiempos, amén de conspicuo galán- y su hermano Patricio; Bernardo Claverie y la colérica prole de sus incontables hermanos, depredadores de ajenos volantines, peligrosos con el trompo y arteros con las bolitas; Carolo y Luchín Sepúlveda, infaltables en las pichangas, en paseos y malones donde abundaran niñas en estado de merecer, pan amasado, huevos duros, papas fritas y “cuba libre” a destajo…

Trazo una especie de mapa, como si caminara buscándolos. Desciendo por calle Vicuña Mackenna, hacia el poniente, donde se extiende la ancha arteria de Gran Avenida (columna vertebral de mi amor, de mi amor… como escribió mi hermano Juan Luis). Están las rúas perpendiculares a ésta, Covadonga Arturo Prat y Sargento Aldea (es admirable la originalidad chilena para bautizar las calles), desde donde surgen otros nombres: Lucho Galdames, el mayor y más pequeño de todos; Tatino Contreras, el corpulento colorín que lanzaba el martillo y descalabró el gallinero de una vecina nuestra, quebrando luego, esa misma tarde, como miserable barquillo, el dedo derecho del corazón a Lucho Galdames, en fatal prueba de fuerza… Y los pendencieros Lavín, sobre todo Enrique, el temible Pirulo, que me propinó la primera y única paliza que he recibido en mi vida; los estudiosos y comunistas Philips: Percival, Erika y Daisy; los Menard Atías: Sonia, Jean, Paul, Erick, y la gentil y hospitalaria matriarca, doña Julieta Atías, hermana del fino novelista, Guillermo, con quien colaboré, a través de bisoños textos, para la revista PLAN, en los albores de la Editorial Quimantú…

Patricio Oyarzún, fanático de los aparatos de radio y del jazz, coleccionista de discos 78 y 33 1/3, tan feo como persistente, enamorado sin esperanza de las hermanas de los amigos, caminando por calle Los Morros con una Telefunken recién reparada bajo el brazo, para visitar a papá Cándido, a la sazón enfermo de pleuresía, y enfrascarse con él en largos diálogos sobre la Guerra Civil Española.

Pepe García fue mi primer amigo en La Cisterna; integramos un cuarteto formidable, con Juan Ramón Méndez, ñuñoíno de pura cepa, amigo desde el kindergarten, que se alojaba a menudo en casa y acechaba por la noche a las jóvenes domésticas –con o sin libreta de seguro social-, como ya se ha contado, y con mi primo Sergio Díaz Moure, as del pool y cernícalo de mujeres casadas y de toda falda que se agitase a menos de veinte metros de distancia… Su hermano menor, el primo Manolo, era mantenido a raya por Sergio, a punta de coscachos, aunque procurase seguir los pasos del primogénito… A Pepe me lo presentó, en 1954, su madre, doña Inés Marchant de García, diciéndonos, como si nos ungiera en un ritual: “Van a ser ustedes amigos para toda la vida”… Así fue, hasta el trágico domingo 26 de marzo de 1961, en que se tronchó de súbito su vuelo venturoso; permanece Eduardo, el menor, hoy cuñado, gracias a los requiebros y suspiros de mi dulce hermana Beatriz.

En la segunda cuadra de Vicuña Mackenna me cruzo con Juan López Huerta, cuñado también, por obra de mi hermana Carmenche, luego de lenta y acuciosa selección en el alambique de los amores tempranos; Juanito está en la umbrosa vereda, con sus hermanos, Pilar, Antonio y Marilú… Aparecen el sonriente y vital Hugo Arcaya y el locuaz “gringo” Ernesto Szentpaly, quienes nos encandilaban con sus desaforados proyectos... Un poco más allá, los hermanos de la Cerda: Eduardo, compañero de generación y de colegio, Eugenio, el menor; la hermana monja, silueta vaga en la memoria, difuminándose en el corredor de un claustro imaginario.

Talo, por favor, que no me olvide de los Llona-Mouat: Ismael y Eugenio, tan ligados a nuestros nacientes avatares ideológicos, así como de Percival Philips, con sus revistas publicitarias de la URSS, y Orlando Badilla, con su pinta de fraile democratacristiano, aludidos con más detalle y garbo en textos anteriores (La Voz de la Casa)… Tampoco dejo de lado a los hermanos Fiorito, Lino y Renzo, en sus relucientes bicicletas de pista, persiguiendo fámulas y doncellas inadvertidas… Ni omito a Rolando Macari, sanmiguelino, que junto a Pepe Torrent y a Lucho Galdames, formaron el más persistente trío de moscardones que zumbaban en torno a mi hermana Carmenche.

Aparece Mario Mouat, con un balón de fútbol reluciente, desafiándonos a un encuentro en la cancha de futbolito, donde nos mareaba con sus fintas y cachañas rioplatenses.

En la confluencia de Vicuña Mackenna con Gran Avenida, giro a la derecha y entro en la jabonería de Orlando Badilla, amigo mayor, en cuyo negocio arreglábamos el mundo mientras descuidábamos la clientela… Retrocedo, vuelvo a la calle de las grandes acacias, y en la vereda norte me topo con las bellas hermanas Cruz Ponce: Anita la mayor, eterna novia del aviador Claudio Aránguiz, derribado del cielo a temprana edad, y la encantadora Melé, amiga de encuentros y malones, de conversas literarias y filosóficas, con la que también pololeaste, ¿o no, Talo? Una cuadra más arriba, vienen caminando don Alfredo Piola, su hija Florencia –mayor que nosotros-, hermana “de respeto”, como se decía entonces, y Patricio, el Pato, compañero de las más reñidas escaramuzas futboleras, poeta de románticos y melifluos versos de circunstancia, compañero de ingeniería de Toño...

Cuando menos se espera, aflora el famoso “puente cortado”, Lalo Aguilera, galán en lúbrica codicia de las jóvenes cisterninas de aquella generación, acompañado de su escudero, el chico Pinilla, desarrapado como hippie en ciernes… Irrumpen Atilio Escalante y su herman0 Manuel; ambos servidores de la casa y de la ferretería, humildes y fieles amigos de excursiones a Isla de Maipo y a Laguna de Aculeo, y de fechorías de incipiente “terrorismo” que hoy contar no quiero…

Desde el paradero 18, sector de Lo Ovalle, aterrizaban en el 27 los hermanos Gómez Maruri, Edmundo y Eugenio, notables futbolistas que, con el concurso de Juan Aceituno, llevaban al triunfo al equipo fundado por Toño, La Carcaña -team que sólo se presentaba, háganme el favor, en canchas del barrio alto-; detrás de ellos viene José López Ortiz, hábil para el tenis y mejor en el ping pong… Mi tocayo apuró la partida, hace dos años, a punta de repetidos brindis. José sigue puritano en la bebida y liberal con las féminas. Con él y mi hermano-cuñado Eduardo García formaban una dupla ganadora que enfrentábamos, Germán Correa Díaz y yo, siempre oficiando de perdedores… Esto fue antes de que el primo de Ovalle, ex ministro, olvidara que alguna vez “había sido pobre”, amnesia muy común en esta patria con forma de escalera… Será porque el Hacedor no nos entrega a todos la misma dosis de células memorativas, ¿verdad, Talo?

De nuevo por Gran Avenida, caminando hacia el paradero 26, encuentro a Pepe Río, hijo del otro Cándido de la misma cuadra, implacable competidor ferretero, camarada de travesuras y deportes, comerciante exitoso (“emprendedor inteligente”, como dicen ahora los neoliberales) desde chiquitito… Al llegar a calle Goycolea, casi me atropella la espigada figura de Constanzo Bernardi, hijo de almaceneros italianos, ex condiscípulo -como tú, Talo, como los Veiga y los Menard- en el colegio Don Bosco, basquetbolista notable que jugara por la selección chilena adulta.


En la esquina del 26, tuerzo hacia el poniente y veo en el jardín de la casa-quinta, que es también espacio de la arcaica radioemisora en onda larga, a los Casabianca Porcile, tomando té con galletas de agua: Gina, Mariugen, Sergio y Carmen… También está Enrico Roesler-Franz, con su mirada melancólica y su estampa cinematográfica; Iván Terán, simpático, irónico y fiestero, recita a las embelesadas mujeres un verso ardiente de Andrés Eloy Blanco… Vuelan hacia el sur las palomas blancas, para no regresar jamás.

No, amigo Talo, si no me olvido de las lindas hermanitas Bianchi, la Ana María y la Marta, hijas del iracundo y patojo coronel aviático, que nos mostraba su bazooka cada vez que aparecíamos en busca de las niñas de su corazón… En esa misma calle, camino al paradero 28, vivían las hermanas Cayazzo: María Elena –quien para mí, hasta hoy, representa a la codiciada Elena de Troya, pese a que nunca fui Paris-, y María Isabel, ambas íntimas de mi hermana Carmenche. (Gustavo y Marisol, sus hermanos menores, eran pequeños y difusos para los varones que perseguíamos sin pausa a las atrayentes y elusivas Cayazzo Casarejos)…

Talo, este escrito, ya más extenso de lo propuesto, como suele ocurrirme, es un puro trazo al voleo de la memoria –nunca un catastro al estilo del Registro Civil- para avivar esa antigua campana que tañe para mí los nombres de antaño, el recuerdo vivo de los amigos, aunque ya no podamos convocarlos, de viva voz o por interpósitas personas, a las fiestas bailables, entre las 7:00 PM y las 11:30 PM, a los campeonatos de atletismo o a las interminables contiendas de fútbol que enloquecían al gallego Cándido, sobresaltando su sagrada siesta. Por eso, no dejaré de evocar aquella anécdota… cuando un sábado de invierno, agarraste la camioneta International de papá Mariano –me da la impresión que sin permiso suyo-, y nos fuimos a la casa de veraneo en El Ingenio, con los Veiga, Tomás y Pascual, y quizá con el Gino –no lo recuerdo bien- y pasamos una noche en la gélida ribera cordillerana del Maipo, en violento desafuero etílico, y vaciamos la licorera de tu señor padre, y no hubo suficiente hielo vertido de las cumbres para refrescar nuestras malogradas cabezas. Fue la primera tranca en mi azarosa vida.

Me escribiste, hace poco, informándome de la muerte del gordo Vacarella, ex condiscípulo de Don Bosco, propietario de la quinta de recreo Las Higueras, donde bebíamos chicha con vino pipeño, y de Guchi Pommer, el primer motoquero elegante de La Cisterna, que solía disputarnos favores de las muchachas en flor, atrayéndolas con su pelo rubio, sus ojos azules, su motoneta alemana y sus jeans Wrangler…


Yo hace mucho que dejé de leer el obituario, por temor a encontrar mi nombre inconfundible, signado con una crucecilla negra, informando a deudos contritos, a amigos despistados y a desolados acreedores, de mi tránsito sin retorno hasta la otra orilla…

Después de aquellos años de La Cisterna, han llegado hasta mi mesa fraterna diversos amigos –incluso del otro lado del mar- pero sus nombres no pertenecen a esta evocación memoriosa, de mi patria chica al sur de Santiago, así es que los dejaremos en espera, o en barbecho -como decía don Chuma, el padre gallego de los Veiga López, mientras aporcaba la tierra de su huerta para cosechar mejores berzas-, hasta la próxima apertura del baúl de los recuerdos.

En todo caso, extiendo una invitación abierta, a ti y a los amigos mencionados -también a quienes la fidelidad de mi memoria haya omitido-, para que hagamos nuestro aquel sabio proverbio árabe:

“Quien tiene muchos amigos no puede prescindir de ninguno”.

¡Vale!


Edmundo Moure

Octubre 2, 2013
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 04-10-2013 00:59
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40 ANOS DO PASAMENTO DE PABLO NERUDA


A CUARENTA AÑOS DEL PASAMENTO DE PABLO POETA



Cuarenta años han pasado de aquel triste 23 de septiembre de 1973 en que Pablo Neruda tuviera su "tránsito a la otra orilla", o "pasamento", como dicen los gallegos.

Fue en la clínica Santa María, en Santiago de Chile, junto al río Mapocho. Aún se especula sobre un posible asesinato, a manos de los siniestros médicos de la DINA, que hoy siguen ejerciendo su profesión en establecimientos de salud privada, con sus diplomas colgados como botín de guerra.

Pablo Poeta fue traído, desde su casa en Isla Negra, por su compañera, Matilde Urrutia, y por la valiente escritora, amiga entrañable de ambos, Teresa Hamel, sorteando las patrullas militares que extendían sus garras sobre la pisoteada Patria.

En mayo de 1983, en mi primer viaje a Galicia y a España, pude apreciar de qué manera se conocía, en tierras de Federico García Lorca y de Miguel Hernández, a nuestro Poeta. Muchos de sus libros se exhibían, no sólo en las principales librerías, sino en los pequeños kioscos de las estaciones ferroviarias y de las calles de provincia de toda la Península. El más universal de los chilenos latía en las viejas aldeas de su "España en el corazón".

Pasarán los años y quizá los siglos, y la palabra encendida de Pablo seguirá resonando en la memoria de la cultura universal, cuando los nombres de los siniestros mílites, empresarios y políticos golpistas hayan sido borrados del inconsciente colectivo, relegados a la estéril ceniza del olvido.

Es el galardón que asiste a los grandes creadores, el que hace posible que El Ingenioso Hidalgo siga recorriendo los caminos de La Mancha, "desfaciendo entuertos", esparciendo el Ideal por sobre la miseria aleve de lo cotidiano.

Brindemos por el hijo de Parral, por Pablo Neruda, Pablo Poeta, con una copa llena de la sangre de la Poesía, porque "al vino no lo vence ni la muerte".

Salud.


Edmundo Moure
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 23-09-2013 22:34
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CHILE septiembre 1973

E para rematar estas vivencias chilenas ocurridas hai 40 anos, insertamos esta nova colaboración de Edmundo Moure na que lembra un dos actos celebrados o pasado día 11 no estadio Nacional de Santigo no que tomou parte coa sua familia.


LA MEMORIA VIVA DE NUESTROS DESAPARECIDOS


La política de aniquilación del enemigo ideológico, adoptada por el Estado chileno, a través de la manu militari de la dictadura, con el concurso activo de los civiles de la Derecha favorecida, no alcanzó los resultados que aquellos cuatro sicópatas de uniforme preveían, desde el primer acuerdo de la conjura contra Salvador Allende. “Estamos dispuestos a extirpar el cáncer marxista hasta sus últimas consecuencias”, fue parte de la proclama delirante de Gustavo Leigh, comandante espurio de la fuerza aérea de Chile, propósito cuartelero de combate que hicieron suyo los otros tres generales golpistas, aquella borrascosa mañana del 11 de septiembre de 1973.

Cuarenta años después, tanto esa política como su vaticinio febril, no pudieron cumplirse a cabalidad, pese a que la planificación del exterminio se hizo efectiva con brutal eficacia en todo el territorio nacional, e incluso en el exterior, como ocurriera con los atentados que agentes de seguridad de la siniestra DINA, dirigidos por el coronel Manuel Contreras, perpetraron en Buenos Aires, Washington y Roma.

Sergio Arellano Stark, compañero de armas de Augusto Pinochet Ugarte, uno de sus íntimos incondicionales, quien convenciera al dictador en ciernes para que se sumara al golpe, llevó a cabo el espeluznante recorrido de la “caravana de la muerte”, a lo largo de Chile, cumpliendo un calendario de ejecuciones encomendadas por su jefe directo, Pinochet. Las pruebas irrebatibles de estos crímenes provocaron, veintisiete años más tarde, el desafuero del militar, ungido senador en virtud de la Constitución antidemocrática que dictara, bajo inspiración del genio ideológico de la Derecha, Jaime Guzmán. Pero aquellos fundamentos irrefutables no le significaron el juicio penal que casi todo Chile esperaba, porque los jueces, venales y serviles, le lanzaron el salvavidas de la misma causal de incapacidad que iba a dejar también impune al mílite Arellano Stark: demencia senil o Alzheimer. Como si los estragos de la edad provecta pudiesen constituir una coartada para los criminales de lesa humanidad.

Anoche, 11 de septiembre de 2013, concurrimos al homenaje que varias agrupaciones políticas y sociales rindieron a los caídos, torturados y desaparecidos en el Estadio Nacional de Santiago, el primer recinto que los militares habilitaron, al día siguiente del Golpe, como prisión masiva y centro de apremios y torturas. Marisol, mi compañera, tenía quince años en 1973. Mis hijos, José María y Sol, no habían nacido aún. Yo tenía treinta y dos años y era entonces militante del Partido Comunista. Los cuatro participamos, unidos por distintas experiencias y por la misma conciencia histórica, porque en nuestro hogar el pensamiento, la palabra y la memoria son inseparables para urdir una vida consciente y auténtica. Esto es lo primero, antes aún que los esfuerzos de manutención y las urgencias de la vida pedestre.

Llegamos a las siete de la tarde ante la entrada principal del Estadio, donde se alza esa estatua desnuda del discóbolo que suele ser objeto de burdas bromas; esta vez lucía un clavel rojo en el pubis, lo que no me pareció grotesco ni extemporáneo. Quizá pude haber aventurado una metáfora de humor equívoco, pero nuestro espíritu se orientaba a revivir y honrar la memoria de tantos compatriotas ultimados por el odio de un poder que actuó, ciego y sordo, para servir a sus dos amos: la plutocracia chilena y sus secuaces internacionales. Nos integramos, pues, en expectante silencio, al enfervorizado ambiente de la conmemoración.

Frente a una sencilla tarima, flanqueada por velas que formaban sobre el piso las siglas del Partido Socialista y del Partido Comunista, se instaló una abigarrada concurrencia de miles de entusiastas convocados, entre los cuales resaltaba la pujante juventud, integrada en su mayoría por nietos que aquella “generación diezmada” a la que pertenecemos los veteranos del 70’. Pude reconocer a antiguos compañeros que cumplían, con emoción y entusiasmo, su deber memorioso. Entre ellos, Yerko Vilina, Bruno Serrano, Luis Vera, Max Berrú, César Millahueique, Juan Samuel Aravena; este último leyó un breve y desgarrador texto poético sobre el tópico de la paradoja del perdón, visto desde su perspectiva testimonial de combatiente que sobreviviera al horror.

Al inicio del acto programado, nos fueron entregadas sendas fotografías de desaparecidos y ejecutados. Recibí la imagen vívida de Carlos Berger Guralnik, a quien ayer veíamos representado en el film de Andrés Wood, “Ecos del Desierto”, concebido sobre la trama de la feroz encomienda de aquella “caravana de la muerte” y la ejecución sumaria de Carlos Berger, esposo de la abogada Carmen Hertz, ejemplar luchadora por la causa de los derechos humanos a la que consagró, sin pausa, estas cuatro décadas. Recibí aquel retrato con unción, entendiendo que no se trataba de una simple coincidencia, sino de sucesos que constituyen eslabones de nuestra propia circunstancia. Lo alcé sobre el semicírculo, como si se tratase de un hermano de sangre caído en la desigual lucha por la dignidad del pueblo chileno.

Nos acompañaron la música de varios conjuntos, la voz de las representantes de la Agrupación de Detenidos Desaparecidos, el canto de Isabel Aldunate, el testimonio de dirigentes juveniles que asumen como propio el legado de la Unidad Popular; todo ello con el trasfondo vibrante de la voz del compañero Presidente, Salvador Allende, a través de sus discursos más señeros.

Al promediar la velada conmemorativa cantamos, en multitudinario coro, la canción “Libertad”, inspirada en un célebre poema de Paul Eluard. El fuego de la memoria parecía entibiar el frescor de la noche de septiembre. Recordé en silencio las imágenes de aquel martes aciago de 1973, cuatro décadas atrás... Acudieron nombres y rostros amigos, con lacerante nitidez. Pero en el ambiente aligerado por la música y las jóvenes palabras, parecía flamear el apremio sin tiempo de la esperanza.

Entonces nos miramos, Marisol y yo, para luego abrazar a nuestros hijos y coincidir en un juicio íntimo, que se volvía grito multitudinario en todas las gargantas: “La memoria viva ha derrotado, una vez más, a la artera ceniza del olvido”.

Y, como nos expresara Pablo Poeta, quien se marchó, doce días después de la asonada: “Somos pueblo, pueblo innumerable, y desde la muerte, renacemos”.

Que así sea.


Edmundo Moure
11 de septiembre de 2013
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 13-09-2013 00:31
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LEMBRANDO A SALVADOR ALLENDE



LA CAÍDA




Por la televisión supimos

mataron al Presidente

la casa fue destruida

por halcones

que rezaban en inglés

no matarás no matarás

pero las palabras

(que no eran el Verbo precisamente)

se hicieron rezongo de fusiles

y el eco no pudo sujetar las sílabas

hasta el día del perdón



El rostro del Presidente fue mutilado

de las arrugas se borró toda ideología

menos el trazo grave de los anhelos

(muera la inteligencia viva la muerte)

Un nicho pequeño mirando el mar

un tarro de flores anónimas

la escéptica sonrisa donde cabalgaron

sus anteojos de médico pueblerino

(eso se presumía

estaba en el aire

clavado en murmullos

y hojas agobiadas del vocablo otoño)



Nos quedamos sin noticias

Nada pasaba

los moralistas difundían lamentos

de Pompeya y Babilonia

Ella y yo nos seguíamos amando

cada atardecer

hasta agotarnos en fríos requiebros



Cuando el presente se nos vino encima

recorríamos el parque

leyendo árboles que nos gustaban

ciprés castaño de Indias ceibo acacio de oriente

Y ella acordándose de la casa de campo

del horno donde inventábamos el pan



Las calles fueron bautizadas con otros nombres

que no sonaran a hermano compañero camarada

Las seguíamos llamando según nuestros sueños

Y Carlos y Pablo y Juan y Diego

eran las mejores esquinas

para cruzar un saludo silencioso

hasta la otra orilla del Mar



Al anochecer

en cualquier café

encontrábamos al Presidente acorralado

en la última mesa

muriéndose tras su copa rota

apagándose en el sucio lamento del dominó



Era preciso acordarse

del triple canto del gallo

del color que adquirimos para sobrevivir

del compadre que vendió su sonrisa

por treinta denarios

disfrazándose de camaleón



El Vicario besó sus mejillas

para delatarlo

quiso usurpar la cara del Presidente

pero los anteojos le sobraron

y el palio quedó grande

para disfrazar de prosperidad

sus carcomidos heroísmos



Desde esa época

la historia de nosotros no fue la Historia

sino pobres sucesos

que escribíamos en paredes de W C

cuando tantos amigos se nos iban

con maletín raído o camisa de madera

llevándose retratos de parientes

y breves cartas signadas con "hasta pronto"



¿Qué hicimos Nadja?

Nos fuimos escondiendo uno a uno

mimetizándonos de "tenía que suceder"

tapándonos la cara con "no había más remedio"

mirando los ojos de nuestros hijos

para cerrarlos de "otra vez será"



Ahora el filo del tiempo

ha extendido su lento cuchillo

y el rumor del Presidente rebrota

entre las ruinas de aquella Casa Civil

construida sobre la arena


Edmundo Moure Rojas
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(Poema del libro “Fuegos de Amor y de Guerra”;

Publicado en antologías de Chile, Argentina y España)
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 12-09-2013 00:22
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LA PORFIADA MEMORIA (sept.1973-sept.2013)

Hoxe cúmplense 40 anos daquel 11 de setembro de 1973 no que os militares baixo as órdenes de Pinochet acabaron coa democracia en Chile de Salvador Allende.
O noso colaborador e amigo o escritor chileno Edmundo Moure Rojas non remite hoxe esta terceira entrega adicada a lembrar tal acontecemento.



EL FUEGO Y LA CENIZA

(Septiembre de 1973; Septiembre de 2013)


Ningún hombre es una Isla,
Entero en sí mismo; todo hombre
Es un pedazo del Continente,
Una parte de Tierra Firme; si
El Mar se llevara un Terrón,
Europa perdería un Promontorio
Como si se llevaran la Casa
De sus amigos o la tuya propia.
La Muerte de cualquier hombre me disminuye
Porque soy parte de la Humanidad; y
Por eso nunca procures saber
Por quién doblan las campanas:
Doblan por ti.
John Donne (1573-1631)



Mi generación nació en los albores de la II Guerra Mundial. Somos hijos de muchas hogueras y de terribles holocaustos. No obstante, aprendimos muy temprano, por boca memoriosa de los ancestros de la Galicia remota, que el espacio sagrado en donde se guarda el fuego se llama hogar, o lareira... Cuando había que conservarlo, como el mayor de los tesoros surgidos de las tinieblas, las benefactoras brasas se cautelaban durante todo el año. El último día de aquel ciclo, a medianoche, se las dejaba extinguir y las cenizas eran arrojadas sobre el campo, en señal unívoca de muerte y resurrección. Y se volvía a encender la nueva lumbre, con la promesa de doce meses venturosos. Si, por alguna razón, se apagaba antes de tiempo, la desgracia caía sobre la casa-hogar, en la forma mustia de la ceniza, metáfora ancestral de la desdicha humana que conlleva toda aniquilación.

Pero el fuego ardía también en nosotros. Temprano escuchamos al poeta que nos decía: “No es el hombre lo que me maravilla, sino el fuego que devora al hombre”. Queríamos aprehender esas llamas y atesorarlas en el arca del corazón. Las brisas que las avivaban eran las ideas. Había que cambiar el mundo con ellas, y éramos los elegidos para esa tarea, por convicción íntima, nacida de la voluntad de entregarnos a la incipiente lucha revolucionaria. Desde un modesto barrio, al sur de Santiago de Chile, en las calles de una república joven que entendíamos como “ejemplar democracia”, según se nos enseñaba en la clase de Historia, íbamos a derribar los odiosos poderes de la plutocracia. Era posible. Bastaba con que nos uniéramos, conjurados bajo la luz de generosos ideales, hermanos en la común batalla liberadora.

Teníamos dieciocho años en el despertar de 1959. Por la radio nos enteramos, a eso del mediodía, de la victoria de Fidel, Camilo y el Che, del desplome del tirano Batista y de su vergonzosa y consiguiente huída a Miami, donde el Gobierno del Imperio de las Estrellas le recibía como huésped dilecto, al igual que lo hiciera con otros sátrapas de nuestras repúblicas bananeras del Caribe; también con tiranos engendrados en países de más al sur, entre quienes nos jurábamos demócratas, herederos de Miranda, Lastarria, Bilbao, Martí, Rodó e Ingenieros…

Celebramos el histórico triunfo cubano, con familiares y amigos del barrio, dentro de nuestras coléricas cofradías. Íbamos a cambiar la Historia, codo a codo con aquellos sucios barbudos de la sierra y de la selva. Nada ni nadie podría detener el proceso de transformación inminente. Las añosas estructuras no podrían eludir su derrumbe.

El fuego incubaba entre nosotros su tiempo y su ira.

Éramos jóvenes llenos de ideales. Nos apasionaba la política, porque veíamos en ella, más que simple estrategia de lucha por el poder, medio posible de crear un mundo mejor. El socialismo marxista, la social democracia europea y el social-cristianismo de Maritain eran vías abiertas, caminos para encauzar las diversas corrientes de pensamiento filosófico, en detrimento del credo ramplón del libre mercado, regulador “natural” de la vida humana, que representaba el viejo capitalismo de cuatro siglos, opresor e injusto, sustentador –sobre todo en nuestro continente- de las peores tiranías, culpable de crímenes de lesa humanidad, del genocidio de los pueblos originarios y del hambre de millones de seres.

La noche del domingo 4 de septiembre de 1970, arribamos a Casa, con algunos compañeros de militancia, cargados de banderas, celebrando a gritos la victoria en las urnas de Salvador Allende. Mi padre gallego, emigrante, hijo apasionado de la República Española, estaba frente a la verja, los brazos sobre el tórax y una mirada que encendía de preocupación sus ojos azules.

-“¡Ganamos!”– grité, palmoteándole… -“Aún no hemos ganado nada- retrucó, porque desde este momento las fuerzas reaccionarias se confabularán para impedir que Allende gobierne. Se avecinan días terribles”- Cerró la puerta. A través de la ventana observé su silueta. Había abierto un libro. Quizá buscaba también una respuesta que no fuera la tragedia de otro pueblo avasallado por sus opresores.

Pensé que él estaba equivocado, que en Chile no ocurriría lo de España. Mil días más tarde, Allende se despidió para siempre de las grandes alamedas y pereció, en medio del humo y la metralla, en la feroz asonada militar del 11 de septiembre de 1973 contra la República, simbolizada en su Casa de La Moneda, habitación de los presidentes democráticos de Chile, bombardeada sin piedad por criminales facciosos. Una vez más, la artera ceniza parecía ahogar todo ardor propiciatorio.

Pese a todo, continuamos acariciando los sueños del fuego liberador; los alentamos durante un cuarto de siglo, hasta que los sentimos desplomarse, bajo el peso de nuestros propios errores y de la garra ávida del enemigo, con la caída del socialismo de estado, y con otras decepciones íntimas en la pequeña patria. Antes, habíamos presenciado la muerte del Che –abandonado de sus antiguos camaradas-, y la desaparición de otros combatientes heroicos, en medio de la utopía del fusil justiciero y de la redención campesina.

Sólo China parecía sobrevivir, exhibiendo la asombrosa capacidad de adaptación de sus mandarines, vueltos comisarios políticos, de astuto doble discurso y acción sibilina, incólumes en su inmenso reino de mil trescientos millones, hábiles para copiar la mejor tecnología de Occidente, mejorarla y producirla a bajísimo costo (una revancha sutil, quizá, de la depredación ocasionada en su ancestral imperio por las potencias occidentales, en tiempos de su refinada civilización, para apropiarse de la pólvora, el papel, la tinta, la brújula, los lentes ópticos, y otros cien prodigios del saber humano).

Fidel envejeció, como los patriarcas otoñales de palacio que recrea el realismo mágico, sofocado en los estertores de su propio anhelo mesiánico. Cuba sobrevive, bajo un bloqueo de medio siglo, que ningún otro país nuestro hubiera podido resistir, pero es un pobre consuelo ante el esfuerzo contumaz de su pueblo digno y solidario. Hoy se espera también su definitivo derrumbe, para que el Imperio entre a saco en la isla y reponga los alegres y lujosos casinos de los 50’.

Concebir un sistema social más justo y equitativo, que no se mueva según las leyes de la oferta y la demanda, que desestime la codicia como regla de oro para los móviles humanos, que condene y proscriba la avaricia, anatematizada por todas las grande religiones, parece en nuestros días una intención utópica, fuera de la realidad, propósito tan descabellado e incierto como preconizar revoluciones armadas. Se colegiría, entonces, que el ser humano no puede ser mejor de lo que es y que los ilusos que porfíen lo contrario deben ser apartados del fluir imparable del progreso tecnológico, nueva panacea vertiginosa que sólo permite medrar a los más astutos.

Puede que nos hayamos vuelto extemporáneos, porque cada cultura tiene sus propios dioses y cada generación sus códigos para entender el mundo, y los nuestros fueron ya borrados de los altares y proscritos de los libros de texto.

¿Qué nos queda hoy? La respuesta rotunda y totalitaria de la globalización real y virtual: la productividad a todo trance del capitalismo salvaje, hecha filosofía planetaria de vida circense y de muerte ecológica del planeta. Un solo guía, un solo sistema.

El principal móvil humano parece ser la ambición devenida en avaricia, el deseo sin pausa de poseer, que la subcultura de hoy exacerba a través de los medios de información, dominados de manera casi incontrarrestable por las grandes corporaciones, adversarios sin rostro ni nacionalidad, como el señor del castillo de Kafka, amo anónimo de individuos numerados que le sirven y veneran.

Ya ni siquiera debemos preocuparnos por la vida futura. Los vicarios y administradores de Dios, que hace dos milenios crucificaron a Cristo, parecen preteridos por una sociedad que relegó el espíritu religioso a inútil ejercicio convencional, porque la felicidad, o se obtiene aquí o no se logra jamás. Y los que aún pretenden llevar una vida religiosa más o menos fundamentalista o sostener a viva fuerza sus teocracias –algunos pueblos musulmanes- son atacados en dos frentes: como terroristas, agentes perversos del caos, o como potenciales clientes para integrarse al sistema del “american way of life”, que los corroerá por dentro, tarde o temprano, bajo su inevitable marea.

Quizá por eso, a cuarenta años de la tragedia que se abatió sobre la patria, organizada y ejecutada por quienes se mimetizan hoy bajo nuevos disfraces de hipocresía, toda esta farándula electorera nos resulte vacua, sin sentido, salvo para los prevaricadores del poder, cuyo discurso se hace único y homogéneo, como si se cumpliera el verso-arenga de Nicanor Parra: “La Izquierda y la Derecha unidas, jamás serán vencidas”.

La literatura y otras artes seguirán siendo cálido refugio para algunos de nosotros –lo han sido ya en tantas derrotas y fracasos-, uno de los escasos reinos que pueden cobijar aún a la inmensa minoría de desterrados a la que pertenecemos, tú y yo, nunca rendidos, fieles al fuego, a la sangre y a la memoria, cobijados en esta Casa reconstruida sobre “la triste ceniza que yace y duerme en el olvido”.

El corazón continuará latiendo entre las brasas que preservamos, para que otros puedan avivar, sin pausa, la llama intemporal de la esperanza.

Edmundo Moure
11 de septiembre de 2013


Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 11-09-2013 18:45
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RECUERDOS DEL 11 DE SEPTIEMBRE (EN CHILE)


RECUERDOS DE AQUEL 11 de SEPTIEMBRE


El martes 10 de septiembre de 1973 tuvimos clases en el Pedagógico de la Universidad de Chile, en calle Macul. Yo cursaba Pedagogía en Castellano (no en “Español”, como dicen ahora), en horario vespertino, a mis treinta y dos años de edad… Manuel Alcides Jofré, joven y entusiasta profesor, nos impartía Literatura Latinoamericana. Salimos cerca de las 11:00 de la noche. Manuel nos dijo, con el rostro agobiado por la preocupación: -Las cosas se están poniendo feas… Cúidense, muchachos”.

Clemente Astudillo y yo, logramos abordar una micro atestada de torvos ciudadanos, rumbo a la Alameda con San Diego, para coger allí un colectivo o lo que fuese, rumbo al sur íntimo. Santiago del Nuevo Extremo parecía una ciudad sitiada, sumida en la oscuridad por los constantes cortes de luz provocados, tanto por los opositores al gobierno de Salvador Allende, como por “cabezas calientes” de la Unidad Popular. Todo valía para contribuir al desorden.

En medio de los barquinazos del microbús, el Flaco Astudillo me dijo: -Mañana darán el golpe los milicos. Estoy seguro-. –Cállate, huevón- le dije, me tienen hasta la tusa con esos vaticinios golpistas… El Flaco señaló hacia la calle, mostrándome las estaciones de servicio, a oscuras y sin la constante protección policial que habían tenido hasta ese día. –Por algo habrán acuartelado a los pacos… No he visto ni uno solo a lo largo del trayecto-, insistió mi pesimista y lúcido compañero.

No quise creerle a Clemente Astudillo, condiscípulo del Pedagógico y camarada de célula. Yo me negaba a considerar las evidencias, como un enfermo terminal que no quiere oír las admoniciones irrefutables del médico. Se podía percibir en el aire la tensión del ambiente, reflejada en los rostros cetrinos de los pasajeros. Con suerte, logramos trepar a un minibús que nos dejó en el paradero 18 de Gran Avenida. El chofer no quiso continuar, a la vista de vehículos militares que atronaban la rúa. Desde ahí, caminamos hasta el paradero 25. El Flaco siguió, rumbo a San Bernardo. Fue la última vez que le vi. Hoy es un nombre más entre los miles de desaparecidos de la represión cuartelera que asolara Chile durante diecisiete años.

En casa me esperaban un sinnúmero de quejas y una larga lista de las vituallas que faltaban. Se me enrostró mi apego a una causa absurda, que nos tenía al borde de la inanición, gracias a los continuos desaciertos y tropelías de la “Upé”, sigla peyorativa que empleaban los enemigos del socialismo –vulgo “momios”-, y que tenía su correspondiente gentilicio: “upeliento”. El lenguaje exhibía también sus acerados cuchillos fratricidas.

Poco dormí aquella noche. A las 6:30 del miércoles 11, salí rumbo a mi trabajo en las oficinas de Química Hoechst, ubicadas en calle Teatinos, frente a la sede del Partido Comunista y a la Librería Austral, donde la fiel y diligente compañera Violeta me proveía de buenos libros, a precios irrisorios y con un crédito abierto, como corresponde a la solvencia de un escritor en vías de celebridad.

Descendí del microbús en la esquina de Lord Cochrane con Alameda. Vi dos tanquetas de carabineros desplazándose hacia La Moneda. Todo el sector aledaño de la Avenida Bulnes estaba acordonado, impidiendo el paso de peatones y tránsito vehicular hacia los alrededores del palacio de gobierno. Caminé rumbo al norte, por calle Amunátegui. A las 7:45 ingresé en la Hoechst. Recién pasadas las 8:00, mi jefe entró como una tromba en la oficina. Se le veía exaltado, pero feliz. Traía en su mano derecha una radio a pilas. -¡Por fin!- gritó, las Fuerzas Armadas se han rebelado contra este gobierno de mierda…

A las 9:15 de la mañana, don Jorge Mosel, gerente alemán de la empresa, impartió la orden para que todos nos retiráramos a nuestras casas, hasta nuevo aviso. Abandoné la Hoechst y crucé la calle Teatinos hasta la puerta del Partido. Estaba cerrada, al igual que la librería. A través de las ventanas no se veía a nadie, pese a que dentro se encontraban más de cuarenta compañeras y compañeros, convocados quizá a lo que sería una resistencia suicida. En efecto, ninguno de ellos escapó con vida de aquella casona donde se fraguaron tantos sueños.

Caminé hacia La Cisterna, bordeando la carretera Panamericana. Camiones militares se dirigían al centro de la ciudad. El cielo comenzaba a llenarse de nubarrones, traídos por los vientos de septiembre, otrora venturosos anunciadores de las Fiestas Patrias. En San Miguel me topé con unas patrullas de milicos de la Aviación, que derribaban puertas de dependencias municipales. Era la comuna de los hermanos Palestro, Mario y Tito, luchadores socialistas de toda una vida. Mario lograría escapar al exilio. Tito fue lanzado al mar, desde un helicóptero.

Llegué a casa, cariacontecido y agotado, no de la caminata, sino de la insoportable tensión asociada al miedo, a la impotencia, al desconcierto. Me encontré en el umbral con mi pequeña hija Karen, que cumplía ese día aciago siete años de vida. –Papá- me dijo, no hay nada para que me hagan la torta de cumpleaños, pero la Nena armará una con galletas que tenía guardadas… Y sonrió, feliz y ajena a la tragedia colectiva.

El 11 de septiembre había dejado de ser, para siempre, una fiesta augural y jubilosa.

Edmundo Moure
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 06-09-2013 00:48
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PROVIDENCIA POETICA


PROVIDENCIA POÉTICA


Fue una tarde de septiembre de 1973. Habían transcurrido diez días desde el cruento golpe militar y de la muerte del “compañero Presidente”, Salvador Allende. Estábamos bajo riguroso “toque de queda”. La casa permanecía en hosco silencio, mientras escuchábamos por la radio los luctuosos sucesos. Se sucedían los bandos militares, las amenazas y proclamas “antimarxistas”. El miedo penetraba hasta lo más íntimo, como peste negra. Llamaron a la puerta de nuestra casa, sita en La Cisterna, al sur de Santiago del Nuevo Extremo. Antes de abrir, miré por la ventana. Eran tres uniformados en tenida de combate. Irrumpieron sin mayores preámbulos: un oficial de infantería y dos jóvenes reclutas que apestaban a pisco… (Se les hacía ingerir una mezcla del fuerte licor nortino –más peruano que chileno- con algo de cocaína; era la pócima del coraje cuartelero). El teniente portaba una metralleta sueca, y los dos milicos, sendos fusiles yanquis de reciente fabricación (Nixon mediante).

-Haremos un registro- me espetó el mílite. (El día anterior, sábado, un grupo de combatientes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria había atacado la comisaría policial del barrio, matando a cuatro carabineros; una de varias escaramuzas contra el descomunal enemigo que les llevaba una ventaja de cien a uno, puesto que en Chile no se produjo ni siquiera un conato de guerra civil. El cuartelazo fue brutal y sanguinario, y la resistencia armada se circunscribió a un puñado de auténticos suicidas, que carecían de instrucción militar básica y de de armamento propicio).

Los soldados ingresaron, hurgando en lo que les pareciera sospechoso (yo había sido director de la casa de la cultura del ayuntamiento, un subversivo en potencia); registraron armarios y otros muebles, dieron vuelta las ropas de cama, removieron todos los objetos a su paso. No había armas, aparte de tantas palabras guardadas en las cartucheras de los libros.

El teniente quiso revisar la habitación “de servicio”. La usábamos como improvisado escritorio y andel literario. Encendí la luz. Desde el muro nos miraba Ernesto Che Guevara: un retrato en reluciente cobre chileno, regalo de mi amigo socialista, Carlos del Real. En la biblioteca destacaban los verdes tomos empastados de Editora Austral, con obras de Maquiavelo, Bakunin, Lenin, Engels, Marx, y otros autores diabólicos. (Yo no tuve la precaución de esconder aquellas terribles pruebas del delito). Recordé que en casa de un escritor amigo habían requisado “La Rebelión de las Masas”, de Ortega y Gasset, y “La Revolución en el Amor”, best seller de una gringa cuyo nombre olvido, tal vez subversiva en la cama. El trámite habitual de una requisa incluía destrucción de enseres, robo de especies y, por supuesto, vejámenes a los moradores.

Se produjo un espacio de silencio, nada angélico, sino más bien angustioso y sofocante. El militar me miró con fijeza; transpiré, esperando un terrible desenlace; entonces, habló para decirme: -Se ve que a usted le gusta la literatura… Sí –le dije-, casi en un suspiro, -es mi razón de vivir. Hubo una pausa, aligerada como el vuelo de la golondrina. –Yo tengo un tío escritor- agregó el oficial, con voz serena, casi meliflua en la tensión acerada de la tarde… -Es mi tío, poeta del sur, Antenor Guerrero.

Me volvió el alma al cuerpo y el habla a la memoria. –Aquí tengo su mejor libro- le dije, y extendiendo el brazo hacia el andel, extraje el bello poemario “Hondo Sur”. En la portadilla estaba escrita una afectuosa dedicatoria a este escriba que ahora cuenta aquella historia… El oficial sonrió, aquiescente, amigable, humano por encima de sus violentas ferreterías; me habló con emoción admirativa de su tío Antenor, confesó, como un oscuro pecado, su propio interés por la literatura. Abrí el libro y leí algunos versos, al azar: “Los pájaros del mundo/ cantan para todos./ Son las mismas canciones/ en el bosque o la ciudad./ Idioma de los trinos,/ mensaje de alegría./ Yo digo, por ejemplo,/ que cante el ruiseñor: /¿Necesita traductores?”
Los ojos del teniente se llenaron de lluvia. A punto estuve de abrazarle, pero no habría sido ético ni menos “políticamente correcto”… Pensé en regalarle mi primer poemario, “Ciudad Crepuscular”, pero qué podía escribirle en la dedicatoria que no me pesara después en las alas del remordimiento. Me abstuve, aguardando sus últimas palabras.

Al salir, en la acera, me dijo, con mirada candorosa: -Gracias por su acogida… Ha sido un gusto conocerle… Permítame recomendarle algo, sin ofenderle, claro… Mire, guarde ese poster del Che; puede traerle problemas, nadie se sabe…

Le vi alejarse, con sus dos conscriptos en patética escolta. Pensé en Antenor, en Neruda, en Juvencio Valle, en Jorge Teillier, en los poetas del sur lluvioso y mágico de Chile, donde la poesía crece como helechos de un bosque interminable. No sentí odio ni resentimiento, a pesar de que la patria se precipitaba en un agujero negro, en esa longa noite de pedra que iba a durar diecisiete larguísimos años.

Tuve entonces la certeza de que la Divina Providencia velaba por la poesía y continuaba siendo, pese a todo, un ente sobrenatural proclive a las izquierdas.


Edmundo Moure
Septiembre 2013

Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 02-09-2013 00:13
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CANS AGRESIVOS
PERROS BRAVOS



Al perro que es traicionero, no le vuelvas el trasero.
Del Refranero popular.


Con todo el respeto que merece la tolerancia –a menudo confundida con la falta de compromiso con las verdades que profesamos- declaro que me cargan los perros “fifí”, esas peludas almohadillas de cuatro patas que habitan en departamentos, como si fuesen virtuales “plantas de interior”, inhibidos en su esencial naturaleza, muchas veces en lamentable servidumbre compensatoria por quienes los prefieren –con dudosas razones o sin ellas- a la ardua convivencia con seres humanos.

Se dice que tales canes prestan apoyos extraordinarios a sus amos –sobre todo a sus amas-, procurándoles alivios fisiológicos y sentimentales que les estarían vedados por sus semejantes bípedos. Tampoco me consta que sea así, pero ya saben lo mal hablada que es la gente, como decía una dama tan copuchenta como periodista en práctica. Ayer observé a una veterana que paseaba a su chihuahua infinitesimal en un cochecito, hablándole como a un nieto regalón…

Me gustan los canes que imponen presencia, capaces de guardar una casa y defender a sus moradores, a niños y ancianos desvalidos, víctimas potenciales y reales de tanto delincuente que no se enteró del silabario de la “propiedad privada” y cree que es cuestión de ir por la vida realizando expropiaciones violentas. Admiro a los lazarillos labradores que guían a sus protegidos no videntes hacia la luz.

Tuvimos en la Casa perros bravos y temibles, como el Sil, el Tigre y la Diana II. Pero no eran asesinos de hocico detestable, sino canes de probada obediencia y criterio canino ante los llamados a cualquier acción punitiva. Ni siquiera atacaban a nuestro hermano Toño, que era más forastero que residente.

Se sabe que los alemanes –tan violentos y bélicos ellos- crearon en el laboratorio razas caninas de extrema agresividad, perros en verdad criminales, capaces de despedazar a un cristiano, a un judío o a un musulmán, o a un descreído, si me apuran -que en esto los canes no discriminan, pues son tolerantes y ecuánimes, aunque también los haya clasistas y muerde-rotos-; adiestrados para llevar a ese individuo o presa hasta la mismísima muerte. Y después de la diabólica manipulación genética germana (recuérdese a Mengele), discípulos aprovechados continuaron por la senda de obtener cuadrúpedos, tanto o más agresivos que los bípedos que conducen automóviles en nuestras enloquecidas rúas. El propósito es comercializar los canes utilitarios a buen precio, para que cumplan tareas de protección, junto a rejas puntiagudas, barreras electrificadas y cámaras de vigilancia.

Cabe recordar que el empleo de perros de presa es más antiguo que los alemanes y el resto de los europeos. Los chinos los adiestraron desde los orígenes de su antiquísima civilización, para perseguir a los bárbaros que traspasaban su Muralla. Asimismo, los japoneses, los malayos y otros pueblos del Asia llevaron a cabo virtuales carnicerías perrunas que hoy podríamos catalogar de genocidios. En Sudáfrica los utilizaron los defensores del apartheid; en el Congo, belgas y holandeses muy civilizados. En nuestra Iberoamérica, los españoles y, en especial los portugueses, usaron perros mastines para perseguir esclavos y aniquilar indígenas revoltosos. Hay infinidad de testimonios sobre el particular. Quien tenga dudas, consulte a Fray Bartolomé de las Casas.

Un piso más arriba de nuestro departamento, un vecino que sostiene la teoría de que no existen esas “razas asesinas”, pues todos los perros son iguales y su carácter depende sólo del trato que reciban en su hogar, adquirió una pitbull como mascota… Si hilamos más fino, colegiremos que se trata de la traspolación de la teoría roussoniana del “buen salvaje” a las estirpes caninas, pues “el mejor amigo del hombre” se nos parecería mucho, tal vez demasiado cuando ostenta inclinaciones homicidas. El perro, pues, en estado natural y no contaminado por la sociedad es, en esencia, bueno. Traten de entenderlo, por favor.

No creo que el vecino de marras haya leído a Jean-Jacques Rousseau ni a ningún otro filósofo, pero sabe lo que afirma, porque se lo dijo el oráculo del twitter y se lo confirmó una amiga warrior en Facebook. Pero hay otros inquilinos que no piensan igual y creen que la perra, en un espacio tan reducido, estará más neurótica que un fiscalizador de impuestos internos en período de renta anual. De hecho, hace un par de días, la pitbull hizo amago de morder a una infanta, cuando ambas –la perra y la niña- se cruzaron en la escalera. El padre de la muchacha-humana advirtió al propietario de la hembra-canina que mataría a ésta si le provocaba un daño a aquélla. El inadvertido roussoniano se sintió agredido, e interpondrá un recurso de amparo ante la Sociedad Protectora de Animales.

Los casos de ataques letales de estas auténticas fieras domésticas se han repetido en muchos lugares y sus fechorías son transversales, pues los chilenos de buen pelo, de medio pelo o por completo pelados, adquieren estos canes para afrontar distinto tipo de amenazas, sea contra la propiedad o contra la inopia. Niños pequeños han sido desfigurados por feroces agresiones de pitbulls, dobermans, rodweilers y otros cuyas prosapias nobiliarias no recuerdo. En cambio, no se sabe de acciones similares perpetradas por razas como los pointers, setters, labradores o golden retrievers…

Defensores del “perro-objeto” temible argumentarán que cualquier can, de la raza que sea, o también algún ruin mestizo o quiltro callejero puede transformarse en una fiera asesina, si está sometido al maltrato constante y al estrés compulsivo de la vida moderna. Es posible que así sea, pero si se produce un animal con sus genes alterados, para que resulte más agresivo y peligroso que en estado “natural”, estaremos repitiendo, fuera de la ficción, el drama del doctor Jekyl y el doctor Hyde, aunque por ahora sea con perros.

Nos acabamos de enterar, a través del noticiero, que una gringa defendía su derecho a poseer una serpiente pitón como mascota. –“Es lo mismo que tener un perro o un gato –sostenía la rubia, muy oronda- se acuesta a mi lado, sólo que ella es mucho más fría”…

Yo creo que Rousseau jamás intuyó, en la elaboración de sus audaces teorías, que el mundo post moderno iba a engendrar una cantidad tan descomunal de necios, genética y naturalmente dotados, sin linaje ni pedigrí alguno, pero provistos de la peligrosa y agresiva actitud del “imbécil feliz”, espécimen que hoy se extiende, en todas las capas sociales, con la rapidez pavorosa de un maremoto.


Edmundo Moure
Agosto 2013
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 27-08-2013 23:07
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