A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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CONMEMORACIONES Y DIDÁCTICAS
Onte, 4 de febreiro, no 73 cumpleanos do noso colaborador e amigo Edmundo Moure Rojas, recibimos estes artigos que reproducimos ao tempo que o felicitamos con moito agarimo.



CONMEMORACIONES



Por Edmundo Moure Rojas


El 2 de febrero es el cumpleaños, ahora conmemorativo, de James Joyce, el irlandés que recreó en la modernidad el mito de Ulises; el 3 de febrero cumple años Paul Auster, notable narrador estadounidense –eximio en tierra de grandes contadores de historias-… Hoy, cuatro de febrero, conmemoro mi septuagésimo tercer febrero. Es cuando casi todos los amigos, conocidos y parientes están de vacaciones, así es que uno se ahorra saludos y parabienes, quizá algún regalo que, salvo se trate de vinos o libros, huelgue como saludo de circunstancia… Todavía carezco de la notoriedad merecida de mis dos referentes bajo el signo de Acuario, pero la fama vendrá, aunque fuere póstuma, que suele ser aún más grandiosa… Si no me creen, remítanse a Cervantes.

Iba a tejer algunos recuerdos remotos de la infancia, como aquel temporal de verano del 4 de febrero de 1945, cuando la tarde se llenó de nubes y de tristeza, porque ni mis primos ni mis amigos llegaron a saludarme en mi cuarto cumpleaños, y estuve toda la tarde jugando con una camioneta azul de metal, parecida a la del padre Hurtado, mientras miraba la palmera de calle Loreto, abatida por el viento…

Pero, basta. Ya hay amigos que me recomiendan cierta abstinencia verbal, y puede que tengan razón, después de todo y de tanta palabra volandera salida de esta “cabeza llena de pájaros”, como dijera de mí el Gallego, poco antes de su pasamento o último viaje.

Prefiero intentar un símil, fruto de insatisfechos deseos o de anhelos cumplidos a medias, apoyándome en las palabras, casi textuales, de Paul Auster, en su “Diario de Invierno”. Saca tú, amable lector, que hoy echas en falta mis crónicas semanales, las conclusiones que te vengan en gana.

“Tienes setenta y tres años. Rara vez, en el largo trayecto desde tu infancia hasta hoy, ha habido un momento en que no estuvieras enamorado. Veinticinco años de “sereno” matrimonio, pero en los veintitrés anteriores, ¿cuántos caprichos y enamoramientos, cuántos afanes y ardores, cuántos delirios de loco deseo? Desde que tienes conciencia has sido un esclavo solícito de Eros. Las chicas que amaste de niño, las mujeres que amaste de hombre, cada una diferente de las demás, algunas altas, otras bajas, algunas esbeltas, otras pulposas, intelectuales, deportistas, sociables, solitarias, blancas, negras, algunas asiáticas; nunca fue la apariencia lo que te importaba realmente, sino la luz interior que detectabas en ellas, la chispa de singularidad, el fulgor de su identidad revelada; esa luz la hacía bella para ti, aunque para los demás fuera invisible aquella belleza. Ardías por estar con ella, lo más cerca posible, porque la belleza femenina es algo a lo que nunca has podido resistir. Ya en el jardín de infantes te enamoraste desde el primer día de la niña rubia de larga cola de caballo. La maestra, Frau Eduvigis, los castigaba a menudo por esconderse juntos a hacer travesuras, pero esos castigos no significaban nada para ti, porque estabas enamorado, porque el amor era tu debilidad, como lo sigue siendo ahora, cuando no eres más que un anciano, algo triste y siempre enamorado…”

Un abrazo, en este 4 de febrero, para los que me saludan y también para los otros…



DIDÁCTICAS

Inicio aquí una serie de breves textos, en su mayoría ajenos, porque otros han dicho lo que pienso de mejor manera.

Éste, el primero de la serie, va dedicado al editor Juan Carlos Sáez, ingeniero de los de verdad, para mayor abundamiento.




HABLA JUAN DE MAIRENA A SUS ALUMNOS

(Mairena, en su clase de Retórica y Poética)

-Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”.

El alumno escribe lo que se le dicta.

-Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.

El alumno, después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle”.

Mairena. –No está mal.

-Cada día, señores, la literatura es más escrita y menos hablada. La consecuencia es que cada día se escribe peor, en una prosa fría, sin gracia, aunque no exenta de corrección, y que la oratoria sea un refrito de la palabra escrita, donde antes se había enterrado la palabra hablada. En todo orador (escritor) de nuestros días hay siempre un periodista chapucero. Lo importante es hablar bien: con viveza, lógica y gracia. Lo demás se os dará por añadidura.


(Antonio Machado, a través de su heterónimo, Juan de Mairena, voz que pervive entre tanto cacareo).

--
Edmundo Moure Rojas
Poeta, Escriba y Tenedor de Libros
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 05-02-2014 00:01
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LA POESÍA COMO MEDIO DE CONOCIMIENTO DE LA NATURALEZA

Incluímos hoxe o encabezamento e resumo do traballo que publica o noso colaborador e amigo Edmundo Moure na revista de filosofía Eikasía editada pola Sociedade Asturiana de Filosofía que dedica este número monográfico de xaneiro de 2014 á Filosofía da Natureza.


LA POESÍA COMO MEDIO DE CONOCIMIENTO DE LA NATURALDEZA


Por Edmundo Moure Tojas

La poesía es conocimiento, salvación, poder,abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro. Octavio Paz

Hay dos maneras de conocer, que los místicos llaman Meditación y Contemplación. La Meditación es aquel enlace de razonamiento por donde se llega a una verdad, y la Contemplación es la misma verdad deducida cuando se hace substancia nuestra, olvidado el camino que enlaza razones, y pensamientos con pensamientos. La Contemplación es una manera absoluta de conocer, una intuición amable, deleitosa y quieta, por donde el alma goza la belleza del mundo,privada del discurso y en divina tiniebla. Ramón del Valle-Inclán

La pasión del conocimiento está ínsita en el artista completo… Fuente de amor; fuente de conocimiento; fuente de iluminación; fuente de descubrimiento; fuente de consuelo; fuente de verdad… Si alguna vez la poesía no es eso, no es nada. Vicente Aleixandre



Resumen

En nuestra cultura occidental se da por entendido que el conocimiento tiene su origen en la percepción sensorial, para acceder al entendimiento, cuyos procesos se alojan y actúan en el cerebro, donde se lleva a cabo el análisis de la razón, para completar el proceso ognoscitivo de aprehensión de la realidad. El ser humano, sin duda, posee otros atributos fuera de la razón especulativa. Dentro de ellos está el ámbito del arte, con su proceso creativo y su visión simbólica y representativa, que deviene en lo que
llamamos “conocimiento artístico” (poiesis), que se desenvuelve a través de las diversas expresiones, entre las que se encuentra la poesía, no como mero ejercicio de versificación ni conjunto de recursos semántico-expresivos,
sino como auténtica clave de acceso a aspectos de la realidad que otras esferas del conocimientos no abordan ni develan. Apoyados en este aserto, que desarrollaremos como breve ensayo, elaborado desde nuestra propia experiencia en el campo de la literatura, ejemplificado a través de autores y textos que estimamos esenciales, esperamos llevar a cabo este propósito, dentro del amplio marco de la Filosofía de la Naturaleza.


(Pódese ler o seu contido completo ao pé)
Ler contido completo da revista e o citado artigo
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 18-01-2014 10:12
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ÚLTIMA Y PRIMERA CRÓNICA
EL ALBERGUE DE LOS MAESTROS


Estamos un año más viejos -¡vaya novedad!- y sentimos el vértigo del tiempo cada vez con mayor apremio, como si recorriésemos una larga montaña rusa y tras la próxima cuesta la velocidad se tornara incontrolable.

Ya no es necesario para nosotros detenernos en el necio resumen del año que se fue, como si pudiésemos conjurar lo malo y atesorar lo que nos parece positivo. En nuestro fuero interno sabemos lo que nos trajo el soplo aleve del desasosiego o la sencilla alegría de una satisfacción postrera, porque, como aquel personaje llamado Bras Cubas, ya todo nos suena a legado póstumo que pudiera ser incluso escrito por un difunto, como columbrara en sus geniales devaneos narrativos, Joaquim Machado de Assis.

En un ritual que venimos repitiendo hace veinte años, haremos lo posible por pasar el límite ilusorio de las cero horas mientras leemos una líneas de algún querido libro, como si con este acto ligásemos un año con otro en la cadena interminable de las palabras, como si contribuyésemos también, agregando un minúsculo eslabón a ese gran libro que los contiene a todos, en el sueño recurrente de Jorge Luis Borges y su biblioteca infinita.

Casi a tientas –o al azar, si prefieren- busqué entre los libros de la biblioteca a uno de mis maestros, porque el posible sosiego, aunque sea parte de nuestro inveterado escepticismo, sólo podría venir en voces probadas de estilo y sabiduría; jamás en la del gay trinar de esos vanguardistas a la violeta que confunden el arte con la publicidad estridente de los zafios.

Alguien se preguntará, al pasar de estas líneas, por qué hablo de “nosotros” y de “mí”, de manera alternativa. Es muy simple: somos al menos dos: yo y el que siempre va conmigo. Esto lo saben bien los viejos escribas que se entregaron, en la dualidad de cuerpo y alma, a la servidumbre amorosa de las palabras.

Cogí del andel el “Libro del Desasosiego”, de mi amado maestro Fernando Pessoa, a la vez poeta y tenedor de libros, ambos oficios ejercidos a lo largo de las tres cuadras que van desde el cuarto piso de su modesta morada de soltero hasta el segundo piso de la oficina de comercio del patrón Vasques. No requirió de mayores espacios el solitario vate de la Rúa dos Douradores para acuñar una obra que vino a hacerle justicia treinta o cuarenta años después de su muerte, ocurrida en 1935, como un suceso trivial que pasó inadvertido en la vieja Lisboa…

Abro al azar y leo… Son las 11:55 PM del día martes 31 de diciembre de 2013… Mi madre hubiera cumplido hoy cien años, un siglo de vida que no alcanzó, aunque el número secular se haya realizado en la suma de sus descendientes directos que le dijeron adiós la noche del 22 de julio de 2012… Leo lo que voy a transcribir a continuación, y cuando termines la lectura, caro lector cautivo, piensa que estás viviendo los primeros minutos del año 2014, con sus promesas, ilusiones y presagios. Te autorizo a regalarme tu abrazo, aunque yo esté lejos de ti. Voy a recibirlo en silencio y tu congratulación será el mejor saludo para nosotros:

“…La mayor acusación al romanticismo está todavía por hacerse: es la de que representa la verdad interior de la naturaleza humana. Sus exageraciones, sus ridículos, sus diversos poderes de conmover y seducir, residen en que él es la figuración exterior de lo que hay más adentro del alma, más concreto, visualizado, visible incluso, si el ser posible dependiera de cosa distinta que el Destino.

¡Cuántas veces yo mismo, que me río de semejantes seducciones de la distracción, me encuentro suponiendo que sería bueno ser célebre, que sería agradable ser mimado, que sería brillante ser triunfador! Pero no logro verme en esos papeles de alta cumbre sino es con una carcajada del otro yo que tengo siempre junto a mí como una calle de la Baixa. ¿Me veo célebre? Pero me veo célebre como tenedor de libros. ¿Me siento encumbrado a los tronos de ser conocido? Pero la cosa sucede en la oficina de la Rúa dos Douradores y los compañeros son un obstáculo. ¿Me oigo aplaudido por multitudes varias? El aplauso llega hasta el cuarto piso donde vivo y choca con el mobiliario tosco de mi cuarto barato, con la vulgaridad que me rodea y me humilla de la cocina al sueño. Ni siquiera tuve castillos en España, como los grandes españoles de todas las ilusiones. Los míos fueron de cartas de baraja, viejas, sucias, de una baraja incompleta con la que no se podría jugar nunca: ni siquiera llegaron a caer, fue preciso destruirlos, con un gesto de la mano, bajo el impulso creciente de la vieja criada, que quería recomponer, sobre toda la mesa, el mantel colocado en la mitad del otro extremo, porque la hora del té había sonado como una maldición del Destino. Pero hasta eso no pasa de una visión estética, pues no tengo la casa provinciana, o las viejas tías en cuya mesa tome yo, al fin de una velada familiar nocturna, un té que me sepa a descanso. Mi sueño fracasó hasta en las metáforas y figuraciones. Mi imperio no llegó a las astrosas cartas de la baraja. Mi victoria fracasó sin ni siquiera una tetera o un gato antiquísimo. Moriré como he vivido, entre el ajetreo de los alrededores, apreciado por mi esfuerzo entre las posdatas de lo perdido.

Que al menos lleve al inmenso posible del abismo total la gloria de mi desilusión como si fuera la de un gran sueño, el esplendor de no creer como un pendón de la derrota… Nadie sabe, porque nadie sabe nada, y las arenas sumergen por igual a los que tienen pendones y a los que no los tienen. Y las arenas lo cubren todo, mi vida, mi prosa, mi eternidad.

Llevo conmigo la conciencia de la derrota como un pendón de victoria. ”

Ya ves, amigo, que uno puede sufrir también desvaríos románticos, aunque no sea apropiado reconocerlo hoy, cuando la realidad toda pareciera proyectarse con las lentes unidimensionales de la filosofía del mercado.

Ahora siento tu abrazo, que correspondo, mientras contemplo los fuegos de artificio en una playa de Concón, al sur del mundo.

Boaventura e moitos agarimos, como pienso que diría el maestro Pessoa, mirando la última lluvia de diciembre desde la ventana de su cuarto en la Rúa dos Douradores.



Edmundo Moure
diciembre 31 2013; enero 1, 2014

Fernando Pessoa; “Libro del Desasosiego”; Editorial Acantilado; Barcelona, 2003
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 04-01-2014 10:58
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PATRIA DAS MIÑAS PALABRAS
PATRIA DAS MIÑAS PALABRAS
PATRIA DE MIS PALABRAS

Antón Tovar
(Rairiz de Veiga, 1921; Ourense, 2004.)



La lengua es la única patria del escritor.
(Mario Levi)





Patria temporal da lingua Patria temporal de la lengua
onde me acobillo e me defendo donde me cobijo y me defiendo
fixen dos ecos que sementaron hice de los ecos que sembraron
os labios dos mortos los labios de los muertos
a miña casarella de home triste. mi pequeña casa de hombre triste.

Agora son o pegoreiro probe Ahora soy el pobre pastorcillo
que conduce as greas de palabras que conduce rebaños de palabras
polas brañas lentorecidas do silencio. por los matojos yertos de silencio.

Comungo, tal un neno tatexante,Comulgo, como un niño tartamudeante,
os nomes primixenios, verdadeiros los nombre originarios, verdaderos
que desgalgan dende os outos píncaros que se despeñan desde los altos promontorios
e baixan cos regatos polas corgas. y bajan con los arroyos por las quebradas.

Termo da cabezada dise carro Extremo del cabestro de ese carro
de cantigas que regresa co seu feno de cantigas que regresa con su heno
secular, invisíbel abrazado secular, invisible atado
polo adibal do tempo. por la cuerda del tiempo.

Esculco os peitos dos mozos que esgutían Indago en el pecho de los jóvenes que claman
contra a lúa nas noites de troulada contra la luna en noches de jarana
i aturuxo só no meu libro solitario. y grito solo en mi libro solitario.
Apreixo os barazos dos suicidas Aprieto los temblores de los suicidas
que inda colgan das trabes nas casoupas que aún cuelgan de las vigas en las casuchas
asasinados pola indiferencia asesinados por la indiferencia
dos cidadaos de grabata cortesán. de los ciudadanos de corbata cortesana.

Pequena patria das palabras Pequeña patria de las palabras
tristes coma aforcados abalando tristes como ahorcados balanceándose
que eu degraño como un millo que yo desgrano como el maíz
nas miñas maos culpábeis e inocentes. en mis manos culpables e inocentes.




(Traducción de E. Moure)
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 28-12-2013 09:37
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RECORDANDO O NADAL
MISTERIOS DEL TIEMPO



El tiempo es asunto misterioso. Fluye, lo advertimos, de manera continua e inexorable. El río de Heráclito no es el tiempo que corre por el cauce del existir; somos nosotros que avanzamos o retrocedemos, según se interprete. Suponemos que el tiempo comienza con la vida y concluye con la muerte, pero hay quienes sostienen que el devenir cronológico, tal como lo entendemos, es pura ilusión en el vasto universo del que somos menos que un grano de arena. Otros aseguran que habrá un “tiempo sin tiempo”, en brazos de la eternidad, cuestión que supera nuestra capacidad de entendimiento.

Mas, nuestra memoria y la experiencia que cargamos sobre su implacable fardel, nos dicen que algo transcurre y nos transforma, segundo a segundo. A riesgo de plagiar a Heráclito, podríamos colegir que jamás el mismo rostro se contempla en el mismo espejo, aunque esa extraña misericordia que significa vernos, día a día, nos impide percatarnos de la ocurrencia del cambio, como no es dado, a primera vista, apreciar el moroso crecimiento de una planta o de un árbol… Hasta que nos encontramos con un viejo amigo, que no veíamos desde hacía décadas, y en medio del esfuerzo por mutuo reconocimiento, pensamos: “¡Qué viejo está!”, lo que también pensará él, absteniéndose en la diplomática falacia de las buenas maneras…

Aparte de este curioso instrumento llamado reloj, medimos el tiempo a través de los sucesos, hechos y situaciones que vamos experimentando; muchos de ellos desaparecen tal como llegaron, aventados en la ceniza del olvido; otros dejan su huella en la memoria y podemos recordarlos, por medio del enigmático viaje hacia el pasado, para obtener un rescate que carga con las imprecisiones del pretérito desvaído y las enmiendas de la anhelante imaginación restauradora.

En casa, cuando éramos niños, allá en calle Exequiel Fernández, medíamos el tiempo con la dolorosa impaciencia de la niñez, desde el día 23 de diciembre, cumpleaños de la abuela Fresia, hasta el 31 de diciembre, cumpleaños de mamá Fresia, con el más importante de los interludios, la Nochebuena, momento en que recibíamos los esperados regalos, aparecidos como por arte de magia, pasadas las doce de la noche, bajo al árbol navideño, con esos tonos multicolores que ya no podemos ver como entonces, pues nuestros ojos no son los mismos, desprovistos hoy del candor extraviado, como el paladar que extraña el remoto sabor de las cerezas.

Aquel día 23, los saludos, parabienes y visitas comenzaban antes del almuerzo, se prolongaban en la imperdonable hora del té, cuando la abuela decía, luego que el viejo reloj de péndulo tañía las cinco campanadas, con un dulce seseo que parece aún resonar en mis oídos: “vamos a hacer onces”, expresión única y de rara semántica que a veces intento restaurar, con ese dejo de triste humor por lo perdido…

Entonces, el tiempo se tornaba para nosotros extenso camino, y veíamos muy lejos la víspera de Navidad, que nos aguardaba titilando, en un puñado de horas que hoy sería destello efímero, medido con la desbocada velocidad de la luz que parece arrastrarnos, sin pausa, hacia el delta final.

Los niños, al igual que los pájaros, viven el presente como único estadio de sus móviles y apremios, pues la memoria es en ellos apenas una sensación inconsciente para actuar en relación a los seres y las cosas… Así, el recuerdo, que es la pulsión ávida por recuperar lo pretérito, se volverá también el verdugo de aquel presente difuminado donde fuimos –o creímos ser- felices. La remembranza posee ese valor dual: perseguir la memoria y segarla de un golpe, como la hoz que corta la espiga para desgranarla y convertirla en pan. El alimento ha olvidado el grano, como la espiga no puede evocar por sí misma a la semilla.

Veo ahora la línea del tiempo, mientras escribo; cómo las palabras que van quedando atrás en la frase ya son pasado irremediable… También tú lo sentirás, caro lector, al mover tus ojos entre una y otra palabra… Pero si brota en ti ese fulgor del que nos habló el poeta, habrás atesorado al menos una minúscula semilla en tu corazón… Y créeme, volverá a germinar, porque hemos venido a derrotar el olvido y a vencer toda aniquilación.

Al cabo de las palabras, eso tendrá que ser posible; es mi esperanza y quizá sea también la tuya.


Edmundo Moure
Diciembre 2013
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 23-12-2013 09:29
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LEMBRANDO Ó EXILIO
LOS CABALLEROS DE LA SIRENA NEGRA


Editorial Senda/Senda Förlag; Estocolmo; Suecia; Serie Narrativa; agosto de 2012. Guillermo Martínez Wilson

La publicación “al otro lado del mar” nos indica la condición de exiliado, que aún no abandona por completo al autor, aunque esté hace dos décadas de vuelta entre nosotros, porque esa escisión a que fueran forzados tantos compatriotas resulta, en muchos casos, irreparable. El desterrado ha perdido toda referencia de domicilio estable, se encuentra fuera de su centro vital y la propia tribu le mira como a un extranjero que hubiese transgredido el secreto de sus habitaciones…

Y así lo dice el autor, a través de su logrado protagonista:

“El exilio, cuando dicen que es una especie de muerte en vida o peor que la muerte ¡es verdad! Vas por el mundo pero no vives el mundo, eres una especie de espectro de ti mismo que peregrina, ves las cosas bellas del mundo; quizá las veas con más agudeza y más detalles que los demás que visitan una ciudad como turista, incluso que los nativos que de verla tanto no la ven. Las ciudades no se construyeron ni adornaron para los que fueran a verlas. El turista es más bien un fenómeno moderno, y no se puede negar que Europa saca tajada de estas masas que circulan, que van y vuelven por oleadas. El turismo es la gran fuente de ingresos de nuestro tiempo. Los que van en plan turista por la vida, pienso, son los que menos ven y aprecian una ciudad. Peor si van en esos tours a la carrera, están minutos frente a una belleza, y ya están partiendo; no comprenden nada de nada. En realidad, conocer una ciudad te lleva casi una vida; has de ir como un viajero, un peregrino, sin mucho plan, y ahí te vas confundiendo con las rutinas, con el ritmo de las ciudades, sólo así puedes conocer otras culturas”.

La palabra será el medio para intentar la imposible catarsis a la que Guillermo Martínez dará la forma narrativa de una novela, desgranando, primero para sí, el rosario de múltiples vicisitudes; en segundo término, para los otros, sin que haya aquí una clara intencionalidad de mensaje ideológico o político, aunque tenga muy claras sus ideas... Por el contrario, un socarrón escepticismo parece dominar al narrador, que tiene la virtud palmaria de no mostrarse jamás omnisciente ni menos soberbio con las creaturas que nacieron de su pluma, a ratos con un ritmo torrencial, como los breves ríos de esta larga y angosta cinta terrestre que fue látigo implacable para las generaciones que soñaron con el proyecto de un país mejor.

El título parece el de una novela del siglo XVIII. Pero nada de eso, se trata de una narración contemporánea, situada en la década de los 80’ del pasado siglo, época crucial y dolorosa para muchos chilenos que, como el autor, debieron vivir el desgarramiento del exilio y los acosos de la dictadura militar, dentro y fuera de Chile.

Guillermo Martínez se dice antes pintor que escritor, porque su oficio vocacional es la pintura, pero ha logrado una obra literaria de factura realista, novela muy chilena en su lenguaje, modos y expresiones, en la estructura de ágiles y amenos diálogos a través de los cuales se desliza el estilete de fino humor, para contarnos una serie de peripecias vitales, en su mayoría ocurridas en un pueblo sin nombre, ubicado al parecer en algún lugar de la costa central de Chile, una suerte de Macondo particular que construye con acierto, para entregarnos la apropiada atmósfera que requiere el meollo de la historia de un desterrado interior, como yo le llamaría, apoyándome en la categoría de artista introvertido que representa el personaje principal –y el autor-, cuya narración fluye en primera persona, no obstante que el narrador mantiene una cierta distancia afectiva que permite el libre desenvolvimiento del protagonista.

El nexo medular a través del cual se desenvuelve la trama es el hallazgo de un ser mitológico que aparece desde las profundidades del mar, con su carga de misterio atávico y su simbolismo, presentes en los avatares cotidianos y en las relaciones de los variados personajes, como si de una red de pesca social se tratase. Tanto los seres femeninos como los masculinos poseen una presencia vívida y sólida, son por completo verosímiles y no obedecen a estructuras crípticas o manidas. Por eso, la narración fluye sin tropiezos bajo los ojos del lector, que bien podrá sentirse identificado con personajes y situaciones casi tangibles.

El humor de Guillermo Martínez no es chileno, si entendemos éste como la picardía más o menos lineal, de chiste fácil y burla ramplona del prójimo. Por el contrario, el estro humorístico del autor está más cerca del humor gallego, ese que conocemos como “retranca” o forma de afrontar el mundo y a los otros de manera elíptica, con alusiones algo veladas, como quien habla sumido en una especie de niebla. Es la respuesta ancestral de un pueblo como el gallego, que ha padecido discriminaciones y oprobios seculares de parte del centralismo castellano; recurso inteligente para interactuar con un poder hegemónico al que no puede atacarse de frente, con la lanza en ristre, como hiciera el bueno de Don Quijote, sin evitar un descalabro mayúsculo contra los molinos de viento.

Guillermo tiene, como se decía antes, sangre gallega… Ahora optamos por la denominación menos tangible y más misteriosa de “genes”… Y claro, como dijera el Premio Nobel galaico, Camilo José Cela, nunca se es impunemente gallego. Y esto significa un modo muy especial de mirar la realidad y de acometerla, entre la permanente ironía y el pulso incesante por el trabajo sin pausa, cuyos posibles réditos con menos necesarios que la compulsión casi deportiva del esfuerzo cotidiano, consecuencia de cientos de años bajo la servidumbre atroz de la atomizada propiedad agraria.

Y es que si alguien puede hablar con propiedad del exilio lo será un hijo de Galicia, nación en permanente sangría durante tres siglos, con su población campesina y marinera repartida en todos los confines, especialmente en Cuba y Sudamérica… Desarraigo forzoso que ha tenido dos causas fundamentales: el hambre del minifundio y la garra implacable de los dictadores, llámense Miguel Primo de Rivera o Francisco Franco Bahamonde; este último, gallego, para mayor penuria abundamiento.

Por las páginas de esta novela discurre un personaje notable: Serafín, un emigrante gallego que, como tantos, fijó su última residencia en este extremo austral de la Tierra, sin perder con los años un ápice de su calidad de hijo de esa tierra del Noroeste atlántico que jamás olvida, que palpita en esa saudade particular que conocemos como “morriña”, nostalgia del lar originario, de la casa donde se conoció el fuego primigenio.

El mérito mayor de “Los Caballeros de la Sirena Negra” estriba, a mi juicio, en la capacidad del protagonista-narrador para construir un universo narrativo que se sostiene por sí mismo, pintando a sus personajes con vívidos colores y trazos exentos de toda caricaturización. Asimismo, siguiendo el consejo de viejos maestros como Chéjov y Maupassant: saber amar a sus criaturas, sin denigrarlas en su condición humana, mediante esas tres claves del quehacer literario que son la verosimilitud, el humor y la misericordia.

Nada más quiero decir. El resto está en sus páginas y queda a cargo del más importante e insustituible agente de la literatura, juez y parte: el lector.



Edmundo Moure
Diciembre 13, 2013
Obra presentada en la Sociedad de Escritores de Chile
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 18-12-2013 00:10
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PAI E FILLO
PADRE E HIJO, PAI E FILLO (DIÁLOGOS)


Xa non regresarei
pero se por acaso volvese,
¿quen me abriría? Do outro lado
“quen vai”, ninguén
preguntará. Ninguén me espera.
Xulio López Valcárcel



Hablan el viejo emigrante, quien recupera en los postreros momentos de su vida las palabras de la tribu remota, que resuenan allá en la aldea de la Galicia profunda, voces que nunca olvidó, que acariciara tantas veces, en el silencio sin pausa de los desterrados, para buscar respuesta al abandono de los hijos de la tierra, arrojados como frutos prematuros hacia el otro lado del mar, donde soles ajenos no podrían devolverles el extraviado dulzor originario.

Un año antes de su pasamento, el anciano gallego, en plena lucidez, abandona el idioma castellano y retorna a la lengua madre que había dejado atrás, hacía setenta años, en parte proscrita de su uso íntimo y cotidiano, arrancada de manera absoluta en el ámbito de la escuela, y fuera del habla urbana en esa babel de la enorme Buenos Aires.

Es la hora del regreso a la fuente originaria. El cuerpo se inclina sobre la tierra; el alma vuela, como la golondrina, al nido que siempre espera en el umbral de la aldea.


-…Quen poidera entrar nos soños doutra persoa, coma se dunha casa allea se tratase, percorrendo as habitacións baleiras na busca das voces perdidas, dos cheiros de tempos idos… Ninguén pode, fillo, ninguén, aínda que ti percures facelo dende os eidos da literatura, onde as mans da poesía tentan acariñar a semente dos anceios…

-Ya lo sé, padre. Es la impotencia del lenguaje, pero también su anhelo victorioso, semejante al héroe que penetra en el laberinto de la memoria, enarbolando la espada de la palabra para ultimar al ceniciento dragón del olvido.

-Ben falas, fillo. Ao menos non serían inútiles as miñas angueiras para faceres coas verbas o que eu non puiden, aínda que arelei contar moitas historias que ficaron para sempre caladas no meu corazón viaxeiro.

-Y otras que no podrían haberse contado, porque tenemos secretos escondidos en ese lugar inaccesible donde solo se habla “con quien siempre va conmigo”, como decía el maestro Antonio Machado, uno de tus preferidos, el de los más altos diálogos poéticos en lengua castellana.

-Neso acertas, e unha das cousas que me traen aínda arumes de ledicia é a dos agarimos e saudades que surxiran dos versos do poeta andaluz e das verbas do seu alter ego, Juan de Mairena, que a túa nai lera, con esa voz incomparábel, nas sobremesas dos sábados e domingos, cando o pan e o viño do xantar facíanse palabra alcendida entre nós, o mellor sacramento dos días ventureiros…

-A veces yo te sorprendía, en el huerto de la casa o en los campos de este largo Chile, cuando íbamos de cacería o de pesca por los violentos ríos cordilleranos… Tú murmurabas palabras para mí indescifrables, te dirigías a los pájaros del monte, a los árboles y plantas, a las pacíficas bestias que pastaban su callada impaciencia… Conversabas con los ágiles canes que venteaban las perdices.

-Eu quería traducilo todo a miña lingua perdida… Tiña moitos nomes na miña memoria, mais non chegaban para reinventar aquel estraño novo mundo… Decateime daquela que as cousas esenciais non teñen tradución posible. Por iso non é axeitado traducir a gran poesía, xa que se fai con ela unha traizón irreparábel… Asemade ocorre cos desexos da nenez que o mar levou nas súas ondas lonxanas, sen descifralos xamáis.

-Nos contaste tu pasmo frente a aquel océano proceloso que sólo conocías por narraciones del abuelo y del tío cura, espacio que era apenas una desvaída estampa en el calendario que colgaba en la pared de la cocina… Sus aguas fueron como inmensos tentáculos que te alejaron para siempre de los rumores de la aldea, y el barco que aguardaste, en la casa de Chile, para el imposible regreso, jamás arribó al muelle donde tu alma lo esperaba, aunque la razón te dijese que aquél era un gesto inútil, como los sueños desvanecidos en la estela del océano que tragaba sin pausa a los hijos de la tierra.

-Unha soa vez pérdese a casa primeira, que se fai con esa perda a casa última… Coido que o entendiches, máis polos camiños literarios que polas corredoiras da vida, pero pagou a pena, sen dúbida… O liches nos versos do fino e agarimoso poeta que tés por amigo, Xulio López Valcárcel… El o di, mellor ca min: “Todo ficaba igual por fóra/ só por dentro algo moi fondo se rompía”…

-Pero no todo estuvo perdido, padre, y tú lo sabes… Somos cien seres humanos venidos de ti en este rincón del Sur remoto, cien voces que aún pronuncian las palabras de la tribu que fundaste, algunas con la vieja prosodia campesina…

-Cecáis non sexa o home dono das súas mans nin do sacho con que labrou a terra, nin das obrigas do sol e da chuvia sobor dos campos… Outros soños son, fillo, que trouxera a fortuna do vento…

-Estoy seguro que no habías soñado con un huerto tan fecundo… Y todos vinimos de la madre que elegiste para nosotros, la que desnudaste con tus ojos de lluvia del Noroeste, en las habitaciones de esa Casa única, hecha cuna y cobijo.

-Agora que hai que pechar os ollos trala porta derradeira, dígoche, fillo, que Nai, Casa e Lingua son unha soa alma. Non hai outro acougo posible, nin outro futuro para o que amamos, non.


Edmundo Moure, escriba que no cesa de conversar con quien le acompaña en soledad...

Diciembre 1, 2013
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 02-12-2013 23:46
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50 años del asesinato de J. F. Kennedy
TRISTE CONMEMORACIÓN, DULCE CONSUELO.

Hace cincuenta años, en un día como hoy, viernes 22 de noviembre de 1963, en la curiosa exactitud pretérita del calendario, fue asesinado John Fitzgerald Kennedy, Presidente de los Estados Unidos de América. Antes de él, en ominosa lista de magnicidios, fueron ultimados Abraham Lincoln (1865), James Garfield (1881), y William McKinley (1901); penoso récord para la primera democracia del Nuevo Mundo.

Yo tenía entonces veintidós años y trabajaba en la empresa Williamson Balfour, sita en Avenida Bulnes, frente al palacio de La Moneda. Cerca de las cinco de la tarde irrumpió una de las secretarias con la luctuosa noticia. Sentados frente a un kárdex de inventario de repuestos, estábamos don Hugo Petitbon, gerente de la filial, con un enorme puro encendido entre los labios, y yo, ayudante suyo, dictándole cifras que apuntaba en una gruesa libreta azul. Él era un cincuentón trabajólico, viejo y casi venerable para mí, derechista y fascistoide, admirador declarado de Mussolini y de Franco; no sentía predilección por Hitler, porque le repugnaban los alemanes.

Cuando Petitbon (“pequeño bueno”; ni bueno ni chico: medía un metro noventa y pesaba ciento veinte kilos bien cebados) escuchó la mala nueva, escupió restos de tabaco y dijo: -Lo mataron los comunistas, seguro… -¿No habrán sido gángsters a sueldo de la corporación del acero?, me atreví a preguntarle, a modo de comentario, aludiendo a ciertas implícitas amenazas que aquel consorcio había hecho al joven presidente, como clara respuesta a “peligrosas medidas económicas” impulsadas por su administración reformista, que los republicanos de la época consideraron perversas.

A don Hugo no lo alteró mi respuesta. Se limitó a decirme: -Mire mi amigo, usted está muy nuevito para entender estas cosas, pero yo sé muy bien hasta dónde son capaces de llegar los comunistas… No retruqué; era mi jefe y, además, me invitaba asiduamente al bar Ciro, de calle Agustinas, donde él se zampaba un litro de colemono, nuestra criolla bebida de fin de año, hecha de aguardiente, café con leche y especias aromáticas, de la que era consumidor habitual durante todo el año. El corpulento Petitbon se amistó con nuestro padre gallego y solía llegar los sábados a la casa-quinta con un par de cabritos lechones, vino en abundancia y whisky añejado. Lo perdí de vista después de los tormentosos 70’, pero tengo la certeza que le habrá prendido un cirio pascual a don Augusto luego del golpe militar. Don Hugo Petitbon era dueño de un edificio de departamentos en la Alameda, frente al cerro Santa Lucía. En su penthouse, como llaman los siúticos anglófilos al piso de arriba, disfrutamos deliciosos filetes remojados en coñac.

Buena parte de la juventud chilena de los 60’ vieron con buenos ojos la ascensión al poder del risueño mozalbete hijo de irlandeses católicos, quizá por su aura de reformista democrático, que a la postre iba a ser sólo deformación publicitaria. No obstante, articuló un ambicioso proyecto de cooperación hemisférica, llamado “Alianza para el progreso”, con el que pretendía conjurar la peligrosa epidemia que desató la Revolución Cubana en América Latina, a punto de expandirse, como incontrolable incendio, desde Río Blanco hasta la Patagonia.

Eran los años tensos de la Guerra Fría, cuando se enfrentaron, a riesgo de desatar la tercera guerra mundial, Estados Unidos y la Unión Soviética. En el episodio de los misiles con ojivas nucleares, instalados en Cuba, Kennedy probó fuerzas con Kruschev. El mundo pareció estar en vilo durante dos largas semanas, hasta que en el colosal “gallito” el brazo del bisoño estadista abatió la zarpa del oso ruso, como escribiera, en manida metáfora, un delirante reportero estadounidense.

La Alianza para el Progreso, fuera de abarrotar nuestros arsenales tercermundistas de armamento en desuso y de organizar a las fuerzas armadas de la región para la llamada “guerra antisubversiva”, no tuvo ninguna significación en mejorar las deplorables condiciones de vida de las expoliadas naciones del patio trasero. Carter y Obama también lo han comprobado: existen siniestros poderes, sin rostro ni filiación, que siguen siendo intocables.

Pero me dolió la muerte violenta de John Kennedy, y declaro que nunca pude sentir animadversión por aquel sonriente estadista, mezcla de jugador de béisbol y actor de comedias. Medio siglo después, y más allá de cualquier consideración ideológica, creo que influyó en mi discreta simpatía hacia él una de las más bellas y atractivas mujeres que han pisado la tierra, o surgido de sus entrañas, desde los días de la tentadora Eva… Hablo de Marilyn Monroe. Fuera de sus filmes –no me perdí ninguno- la vi y escuché cantándole el cumpleaños feliz al Presidente, con esa voz suya, levemente enronquecida y sensual: “Happy birthday, my dear President; happy birthday to you…”, mientras parecía devorarlo con esos ojos que hubieran rendido a un emperador… Décadas más tarde supe que habían sido amantes, mas mi proverbial ecuanimidad me hizo superar el turbio prurito de los celos…

Recuerdo hoy a John Fitzgerald Kennedy, con la nostalgia de los años juveniles y con una encendida admiración… No es asunto trivial haber disfrutado en vida las rubias primicias del paraíso.


Edmundo Moure
Viernes 22 de noviembre, 2013
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 22-11-2013 22:10
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LA FELICIDAD
La felicidad es algo subjetivo, quién podría dudarlo, aunque a través de la Historia, gobernantes de orientaciones disímiles y orígenes diversos han proclamado dudosas dichas colectivas. Hace poco, recordamos a José Stalin, en 1930, cuando afirmó que “los rusos nunca habían sido tan felices como ahora”. Hitler aseguraba que, una vez obtenida la supremacía aria, los alemanes iban a gozar de una felicidad de mil años, ininterrumpida y sin sobresaltos.

En los albores de los 80’, en nuestro país, los Chicago Boys y sus acólitos chilenos no entendían por qué los chilenos –la masa desheredada y mayoritaria, se entiende- no mostraba signos de plena felicidad… Quizá eramos necios; estábamos viviendo en el paraíso terrenal y no lo apreciábamos. ¿Quién sería capaz de desentrañar las veleidades del humano corazón?

Buda enseñó que el desprendimiento absoluto conducía al Nirvana… Con perdón de los budistas, su rozagante estampa da más la impresión de un conspicuo sibarita que la de un asceta, pero la mía puede ser considerada una opinión irreverente o sesgada, no lo discuto. Cristo nos dice, en sus maravillosos Evangelios, que no debemos buscar la efímera dicha en el reino de este mundo. ¿Quién se inquieta hoy por el más allá?

Al parecer, los humanos estamos extraviados en la busca de una felicidad material y pedestre, sin vislumbres de elevación espiritual ni trascendencia. Es una suerte de dicha homóloga al entretenimiento, a estar contentos, enajenados con sucesivas y pequeñas diversiones que nos hagan olvidar las dos condiciones y servidumbres esenciales de la existencia: la decrepitud y la muerte. Para la primera, hay toda clase de pócimas y recetas de segura aceptación y consiguiente consumo; para la segunda, sólo el disfraz, la omisión, el ocultamiento.

Tampoco yo iba a caer en cuestiones metafísicas que están fuera del interés de la mayoría democrática y de la llamada opinión pública. Lo cierto es que intentaba comentar las múltiples reacciones de felicidad y de triunfo de los diversos candidatos, en la contienda electoral de este domingo 17 de noviembre de 2013.

La Derecha chilena celebra con júbilo una de sus más bajas votaciones históricas: apenas un veinticinco por ciento de los sufragios… Sus prohombres y adherentes están felices y así lo manifiestan a viva voz… Uno de los candidatos anodinos, que pugna por obtener el tercer puesto en la primera vuelta, como un corcel hípico que buscara el consolador placé, manifiesta su júbilo y dice que “arrasamos en tal o cual circunscripción”.

La antigua Concertación de “socialistas liberales”, llamada Nueva Mayoría se manifiesta “amplia ganadora”. Y lo es en las cifras y en los porcentajes, siendo muy poco probable que no gane en la segunda vuelta… Todo parece indicar que su triunfo resultará aplastante. Lo que está en entredicho es su capacidad real para ejercer un gobierno que satisfaga el cúmulo de grandes expectativas ciudadanas, desatadas como nunca en estos cuatro años del gobierno de los empresarios, cuyo discurso de felices resultados “macro” no se tradujo en un sentimiento de bienestar colectivo “micro”, como dicen los sesudos economistas. La experiencia de veinte años confirma nuestra mirada escéptica y poco feliz de aquel consorcio que subió al poder bajo el curioso eslogan “La alegría ya viene”… Quién sabe si el optimismo falaz de la Derecha no provendrá, en el fondo, de la certeza de seguir dominando a través de sus poderes fácticos y, sobre todo, debido al control de la economía, ayudada por el sistema planetario imperante... El Gatopardo, una de sus deidades preferidas, así lo consagra: “Que algo cambie para que todo siga igual”.

Mientras escribo estas líneas, el cuarto candidato celebra su “notable victoria”, con amplia sonrisa feliz… No seguiré escuchando al resto de los candidatos, aunque quizá el noveno y último de ellos recomiende girar la lista en ciento ochenta grados, para verse así en primer lugar. Y los que practican creencias de felicidad interior oriental y ritos gimnásticos de levitación, que se pongan de cabeza para obtener la misma perspectiva halagüeña.

Por ahora, me inclino por mi propia y subjetiva felicidad… Me sumerjo en las páginas delirantes de “Los Siete Pilares de la Sabiduría”, de T. E. Lawrence… Sí, el galés de Arabia, el que llevó a los desarrapados guerreros del desierto a derrotar al imperio turco. Su empresa fue calificada de “utopía demente”, pero se vio coronada por el triunfo real, aunque éste no trajera la felicidad al excéntrico paladín inglés.

Bernard Shaw calificó este libro de Lawrence como una de las mejores creaciones literarias del siglo XX. Un respaldo hermenéutico más que honorable. Yo lo comparto con el gran irlandés y me siento feliz, desde mi modestia sudamericana, aunque mi felicidad no vaya a ser tan perdurable como quisiera.



Edmundo Moure
17 de noviembre, 2013
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 18-11-2013 16:00
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Lembrando a nosa fala

DE AMORES Y DE LENGUAS
(DIÁLOGOS)

-¿De dónde le viene a usted ese amor –disculpe- casi obsesivo por Galicia y eso que usted llama “lo gallego”, y que incluye, al parecer, muchos aspectos, pero, sobre todo, el ámbito literario?

-Toda gran pasión es obsesiva. De lo contrario, se trataría de una rutina más… Dios nos libre de que lo rutinario se apodere de nuestros anhelos. De ahí a jubilar o aposentarse, hay menos de un paso.

-Usted alude a menudo a Dios, pero se declara agnóstico. ¿Otro contrasentido suyo?

-Dios es el espíritu que todo lo llena e impregna. En eso creo, con una fe irreductible. Otra cosa son los dioses de extraños nombres y rostros humanos, que la desolación ontológica ha impelido al simio pensante a crear, según su imagen y semejanza, para exigirle apoyos circunstanciales, en patética idolatría… Prefiero los dioses lares, que hacen su trabajo silencioso, entre la voz del fuego y el canto de la marmita.

-Aunque sé que le desagrada la pregunta, ¿por qué buscar las raíces paternas en Galicia y no las entrañas maternas en el centro-sur de Chile, o en Valparaíso, donde nació su madre?

-Quizá porque mi padre surgía ante mí con aire forastero, una presencia imponente, pero que tenía un encanto extraño y remoto… Me asustaba y me atraía, al mismo tiempo… He narrado cómo él solía levantarse de la mesa, después del condumio, parándose en el umbral, como si esperase el barco que iba a llevarle de vuelta a la aldea. Entendí que era el peso inconsciente de la saudade… Después, entraba en su dormitorio y hojeaba sus libros gallegos, como quien oficia un sacramento.

-Y su madre, entonces, que fue sin duda un ser de rara distinción, una persona culta, íntegra y espiritualmente sólida, ¿no era acaso un buen motivo para indagaciones pretéritas?

-Mi madre fue siempre certeza tangible, el pasado y el presente fundidos de manera inextricable, la seguridad vuelta casa y cobijo… En cambio, nunca pude salvar la distancia que me separaba de mi padre. Tal vez por eso lo he buscado con la pertinacia de un peregrino.

-¿Pudo acaso encontrarlo, antes de su pasamento; reconciliarse quizá, con aquella distancia o enigmática barrera afectiva?

-No, y me dolió mucho su partida, pero en mi espíritu aquello era previsible, como un descanso compartido. En cambio, recibí la muerte de mi madre como algo irreparable, en el sentido del imposible consuelo. Su ausencia clavó en mí la garra alevosa de la definitiva orfandad.

-Nació usted en Chile, ha vivido toda su vida, o casi, en este Santiago del Nuevo Extremo, y pugna por parecer gallego auténtico.

-No quiero parecer nada distinto de lo que soy, un escritor caminante o, si prefiere, transeúnte, como lo definiera Micaela Souto, situado entre dos nostalgias, la de la Galicia profunda, campesina, y la de Chiloé, en el “sur de sures”, como escribió el poeta.

-Tampoco ha vivido usted extensas temporadas en Chilhué, el lugar de gaviotas, la Nueva Galicia que tanto aparece en sus escritos.

-Eso confirma que puede uno escoger sus amores y sus patrias, o ser escogido por ellos, mejor dicho. Es algo estético y, a la vez, amatorio.

-Su padre, Cándido, llegó de Galicia en marzo de 1925, con sus padres y sus seis hermanos, para radicarse en Buenos Aires… Tenía trece años entonces, pero nunca dejó de ser un gallego entrañable, vinculado a su tierra por la nostalgia…

-Y por la lengua, que procuraba no olvidar, hablando con su madre y sus hermanas… Es lo que recuerdo, porque mi abuelo gallego murió cuando yo tenía cinco años y es apenas una sombra difusa en la memoria… Un hombre que en la aldea escribía cartas por encargo.

-¿Y con los dos hermanos de su padre, Manuel y José?

-No. Ellos eran “españolistas”, en una época en que campeaba el franquismo entre los emigrantes y hablar gallego, catalán o éuskaro era cosa de gente vulgar, de “campesinos ignorantes”, o de separatistas…

-Pero si los inmigrantes españoles en Chile, en su inmensa mayoría, provenían de las capas humildes de la población peninsular… Eran hijos de campesinos o, cuando mucho, “labradores propietarios”, como se rotulaba a los vástagos menos afortunados del minifundio.

-Sí, pero una vez que accedieron a situaciones de prosperidad y treparon en la escala social, se volvieron burgueses conservadores, abandonaron el uso de sus lenguas vernáculas, aferrándose al prestigio imperial del castellano. Una mezcla de indiferencia cultural y arribismo.

-Usted no hable, que toda su obra está escrita en la lengua de Castilla.

-Por supuesto. ¿Y qué quiere? Es mi “lengua de cultura”, en la que recibí mi instrucción escolar, profesional y académica… El habla de la tribu. El gallego apenas lo conocí de niño, en Chacra El Olivo, y a través de los poemas que me motivó a leer mi padre, y de las conversas vespertinas… Luego, pasados los treinta años de vida, lo redescubrí, decidiendo que iba a profundizarlo en estudios personales de filología… Durante once años lo enseñé en Chile.

-Esos versos de Rosalía y de Curros, que usted le recitaba a su abuela Elena, para su onomástico del 18 de agosto, según ha contado y escrito muchas veces, ¿aún los memoriza?… ¿Acaso no repite los tópicos?

-Es inevitable. Remítase a Borges: escribimos un solo libro, aunque tenga varios ejemplares o volúmenes. Los motivos nunca son muchos, pues la tautología es también porfiada anomalía literaria.

-No se ofenda, pero ¿qué valor o trascendencia hay en aprender un idioma tan minoritario como el gallego?, ¿qué destino o alcance podríamos concederle?

-Veo que también en esto emplea usted el prisma equívoco y aberrante de la estadística, los números mayoritarios, una suerte de democracia cuantificada y abusiva como ecuación demostradora. Según ese criterio, llevado al extremo, debiéramos abocarnos al estudio del chino mandarín, o del inglés yanqui, y abandonar todo otro idioma.

-De acuerdo a fundadas predicciones de organismos internacionales, para el 2050, el gallego y otras muchas lenguas o idiomas minoritarios se habrán extinguido.

-Si así fuere –aunque no lo creo-, ¿qué importa que ello ocurriere?, ¿acaso no vamos a extinguirnos usted y yo? Nuestro planeta Tierra también tiene los días contados, aunque se midan en guarismos que nos parecen inmensos… Su idea de la trascendencia es asaz precaria.

-Lo lleva usted a un terreno metafísico; yo trato de aquilatarlo sobre la base de datos científicos, por tanto, comprobables.

-Haga usted con su ciencia lo que le plazca. Déjeme con el placer estético de la lengua gallega, en su poesía y en su prosa, géneros que hago extensivos a los ámbitos del portugués, lengua que sí posee cientos de millones de hablantes en Portugal, Brasil y en tierras africanas, si quiere apoyarse en multitudes.

-Pero, en el caso del portugués, se trata de otro idioma, distinto del gallego, a mi modesto entender...

-Tan distinto como el castellano que habla usted y el que se habla en Madrid, o en Perú o en Colombia o en México… Formas dialectales salidas de un tronco matriz, la lengua de Cervantes.

-Pero las academias hacen lo posible por preservar la unidad lingüística, desde los grandes paradigmas idiomáticos, aunque el deterioro del lenguaje se va haciendo cada vez más acelerado e incontrolable.

-Es verdad. Quizá el peligro de extinción se cierna sobre casi todas las lenguas humanas, tal como hoy las conocemos. La revolución tecnológica pareciera apuntar a su completa degradación.

-Pero surgirán otras variantes de expresión lingüística, con su literatura y estética propias. Eso ya no lo veremos, ni usted ni yo.

-Mientras tanto, disfrutemos lo que nos queda sobre la mesa de las lenguas y amemos con pasión aquellas que recibimos como preciosa herencia… En particular, el idioma gallego.

-Tengo entendido que en Chile no se habla la lengua gallega, ni siquiera en el estrecho círculo de las asociaciones de gallegos, en las cuales se han extinguido también los emigrantes, quedando apenas sus descendientes, poco inclinados a conocer la lengua de los ancestros, o devanceiros, como usted dice.

-Devanceiros. Sí, adelantados o fundadores, no en el sentido feroz de la conquista, sino en el fundacional, aquel que deja huellas culturales y anímicas, las únicas que debieran importarnos… Mientras quede un gallego hablante, la lengua no desaparecerá, como decía Cunqueiro. Ya hemos visto morir, en Chile, por incuria cultural y ceguera histórica, varias de nuestras lenguas autóctonas, a saber: selknam, tehuelche, kunza, kawéscar, chono y yagán…

-Quizá el drama de aquellas lenguas fue que pertenecían a una etnia específica y desaparecieron con ella. Entiendo que los gallegos no constituyen una etnia, sino una nación inserta en el estado español, y que muchos de sus hablantes están esparcidos por el ancho mundo.

-Así es. Espallados polo mundo… Pero eso no garantiza su vigencia, porque las comunidades asentadas en muchos países –ya lo dijimos- no tienen mayor interés en la preservación del idioma de Rosalía…

-Le he oído recitar a usted, versos de Rosalía, y los seis poemas gallegos de Federico García Lorca… ¿Por qué no concluimos este diálogo con uno de esos poemas?

-Lo haremos; lo haré, pero con unos versos del poeta Antón Tovar, de su bello poema “Patria das miñas palabras”, y no voy a traducirlo; al que entienda, que le valga, como dijo un escritor cuyo nombre no recuerdo… Aprecie usted una buena dicción en lengua gallega:

-Patria temporal da lingua/ onde me acobillo e me defendo/ fixen dos ecos que sementaron/ os labios dos mortos/ a miña casarella de home triste./ Agora son o pegureiro pobre/ que conduce as greas de palabras/ polas brañas lentorecidas do silencio./ Comungo, tal un neno tatexante,/ os nomes primixenios, verdadeiros/ que desgalgan desde os cantos píncaros/ e baixan cos regatos polas corgas… Pequena patria das palabras/ tristes coma aforcados abalando/ que eu desgraño coma un millo/ nas miñas maos culpábeis e inocentes.

-Entiendo el sentido del poema y me conmueve su ritmo… Una palabra ha resonado en mí, dicha en mi memoria por su padre Cándido: pegureiro. Le oí contar, poco antes de su viaje definitivo, que de niño, en la aldea remota, había sido pegureiro, es decir “pastor de ganado montesino”, y estaba orgulloso de ese su primer oficio.

-Recuerda usted bien. Ya ve cómo esa lengua antigua hace eco en su remembranza, aunque sea por una sola palabra perdida…

-Y usted, ¿por qué se ha plantado ahora en el umbral?

-Porque espero el pasaje de un barco que ha de llevarme a Puerto Williams, donde debo reunirme con el Flaco Astudillo y con Micaela Souto…

-¿Son ellos colonos de Navarino?

-No. Son habitantes del último finisterre, como usted y como yo lo seremos. Coja la maleta, es preciso levar anclas… Aburiño.

-Ya sé lo que significa aburiño; es un adiós cariñoso que prevé la esperanza del regreso…


Edmundo Moure
Escriba en vías de enamoramiento.
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 15-11-2013 15:02
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