A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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MEMORIA OLFATIVA

De "El laboratorio y la señalización en seguridad y salud. Conceptos generales M.García Rosell


LA MEMORIA OLFATIVA



Entras en un ascensor y te llega de súbito un olor a líquido de limpieza, lo que llamábamos “brasso” en los días de la infancia, al parecer el nombre de una marca que se volvió denominación universal, y ves en la interminable película de la memoria a la abuela, sentada frente a la mesa del comedor, con los finos cubiertos desplegados y un paño amarillo con el que limpia aquellas piezas de plata o de plaqué o de peltre, quizá, con sus finas manos alargadas, en paciente morosidad, y las va colocando en una caja con espacios para tenedores, cuchillos, cucharas, según tamaño y destino preciso del difícil oficio de comensalía.

A veces entras en un espacio que huele parecido a un hostal donde te alojaste en Lugo, hace mucho, y regresa la sensación agridulce de la nostalgia, porque allí estuviste solo y nunca se te ha dado bien la soledad, aunque a menudo te encierres en el nimbo cerrado de la lectura o de la escritura… Es para ti imprescindible la compañía, sobre todo la presencia femenina. ¿Cómo concebir la vida desprovista de una mujer, de sus aromas, de sus olores amatorios y domésticos?

Cuando vas a la ferretería, a comprar algún adminículo u objeto para reparaciones caseras, tienes que detenerte en busca de la serenidad, porque son demasiados los olores que ingresan a las glándulas olfativas, pugnando por su decodificación memoriosa… La creolina, con su oliscar intenso, picante e invasivo, te recuerda la vieja ferretería del Paradero 27, y otros efluvios intensos, como el aguarrás, el diluyente a base de piroxilina, el aceite de linaza, dulzón y resinoso como los pinos radiales… La creolina te recuerda el baño de los canes, en la mañana del sábado, cuando llenábamos de agua y viscoso líquido desinfectante, un ancho recipiente metálico e íbamos metiendo, uno a uno, a nuestros fieles perros… La Diana no rehusaba el baño, coqueta y melindrosa, parecía alegrarse ante la perspectiva de una piel limpia y lustrosa; el Sil gruñía su disgusto, pero aceptaba el higiénico fregado, bajando la cola en ademán de resignada sumisión… En cambio el Cofi, perdiguero de buena raza, era alérgico al agua, y apenas sentía el fuerte olor de la creolina, arrancaba a perderse, y había que sacarlo a tirones de algún escondrijo, como podía ser debajo de mi cama. Los perdigueros o gracos, suelen ser asiduos al agua fresca, pero yo creo que Cofi tenía ancestros franceses.

Y si de Francia se trata, hay un autor que te atrae con predilección. Es Louis Ferdinand Celine, maestro de la narrativa, recurrente en los tópicos de la escatología… Y no me refiero a la vida ultraterrena, sino a las instancias terrenales de los detritos humanos, a las exudaciones corporales, a las evacuaciones nauseabundas, que el parisino repite hasta asquear al lector, aunque siempre hay un destello lúcido o poético que puede sacarte –en sentido literal- de la mierda que recorre páginas de escepticismo y desencanto frente al sucio animal humano que somos. Así, el joven personaje (autobiográfico) de la novela “Muerte a Plazos”, habla y describe sus propios hedores con una fruición que a ratos suena patológica. Parece que oliéramos su ropa interior, sus calcetines, sus pies que solo lavaba el día sábado, si es que su madre, jofaina y toalla en mano, le conminaba al aseo personal. Por otra parte, tanto él como otros personajes del libro, vestían camisa blanca, corbata y ternos convencionales, según práctica burguesa y laboral, aunque no se dieran la ducha diaria que a nosotros no debe faltarnos… Bueno, a veces, si puedo, me salto el baño matinal porque creo, al igual que mi recordado padre gallego, que la ducha cotidiana es un invento gringo que, con tanto jabón, agua caliente y sobajeo, debilita las defensas cutáneas y estraga la piel… (Marisol no concuerda con esta peregrina teoría, y su olfato finísimo puede transformarse en implacable enemigo de la incuria higiénica).

Pero hay aromas y olores gratos que resultan incomparables y necesarios para la estética sutil del olfato. Uno de ellos es el hálito del mar, más intenso en el océano Pacífico que en el Atlántico, y aun que en el mar Cantábrico, según mi experiencia. Hay una hermosa palabra gallega, marusía, que nos hace sentir en las fosas nasales las invisibles partículas salinas que las olas hacen estallar en sus constantes abrazos con la arena de la playa… El aroma del tocino en la preparación de una tortilla española, el olor penetrante de los jamones y chorizos que cuelgan en la bodega de la casa de A Touza; el olor del heno recién cortado que la campesina carga sobre el carro; el inigualable aroma del pan que cada mañana surge del horno y que trae, sobre su piel tostada, la imagen áurea de los trigales y el halo del viento seco que los agita al ponerse el sol.

El olor del recién nacido, con sus intensos efluvios augurales… Pero, sobre todo, el aroma de un cuerpo femenino en el umbral de la plétora amorosa…

Recuerdas a ese joven trabajador que aconsejaste para que se alejara de la empedernida bohemia, y te respondió, como si hubiese sido el mejor de los poetas: -“Profesor, yo no puedo evitar embriagarme con el olor de la noche”.

Pero también cabe oler el mundo en la madrugada, como si fuese una doncella desnuda, cubierta de rocío sobre la hierba temprana.


Edmundo Moure
Mayo 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 26-05-2014 10:03
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CAUSA DE MUERTE

CAUSA DE MUERTE


El misterio de la vida nos duele y nos aterroriza de muy diversos modos. Unas veces viene sobre nosotros como un fantasma sin forma y el alma tiembla con el peor de los miedos – el de la encarnación disforme del no-ser...

(Fernando Pessoa)

Múltiples son las causas de muerte, comenzando por la más segura e ineluctable de ellas: la decrepitud. Será por eso que mi primer maestro intelectual, don Alfredo Piola, afirmaba que su raíz estaba en el origen mismo de la vida, adhiriéndose así a la opinión unamuniana de que nacemos para morir. Según el ilustre rector de Salamanca, la cuestión fundamental que enfrenta el ser humano es la muerte y la quimérica resolución de su enigma, morigerado por la fe religiosa y la promesa de una existencia más allá de la finitud corporal, panacea articulada y erigida por el desasosiego humano frente al pavoroso misterio del no ser.

Vivimos en una sociedad que procura ocultar la muerte, eludirla a todo trance, maquillarla bajo distintos subterfugios, desde los “parques del recuerdo” hasta las pócimas y emulsiones para detener el natural deterioro del tiempo, pasando por las reparaciones quirúrgicas de la cáscara exterior... Y aunque sesudos físicos, y aun metafísicos de vario jaez, afirmen que el tiempo no existe, que es pura ilusión acotada en los márgenes de este micro espacio universal en que nos ha tocado la suerte –o la providencia- de existir, el espejo y el propio cuerpo desmienten aquellas teorías, al menos para esta forma de existencia, la única que hasta ahora conocemos.

A tales aberraciones de la cultura que nos rige, contribuye el constante paliativo de la estadística, herramienta aritmética que sirve para convencernos que las cosas no son tan malas como parecen, que ahora hay menos de esto y de lo otro, pero mucho más de aquello... La reflexión filosófica sobre las cuestiones esenciales de la condición humana ha sido sustituida por el recurso acomodaticio de las líneas esquemáticas, correspondan éstas a vaivenes de la bolsa de valores o a fluctuaciones de los índices de mortalidad, envejecimiento y supervivencia. La última de las encuestas en boga busca determinar cuáles son los ciudadanos más felices del planeta, si es que los hay en grupo o bloque, como si fuesen miembros de un idílico club de la alegría.

En 1930, ya se sabe, Josip Stalin afirmó, con la convicción irrebatible de su verbo omnipotente, que nunca los rusos habían sido tan dichosos como entonces… Bueno, puede que el oso georgiano se haya referido a los que sobrevivieron a las purgas, al genocidio y al desarraigo masivo de etnias. (Los ucranianos experimentan hoy la tortura viva de aquellos recuerdos históricos, ante los asedios imperiales de la Rusia post moderna y seudo democrática)… Hitler quiso hacer felices, a lo menos, a un millón de germanos, suministrándoles igual número de escarabajos Volkswagen, pero la urgente producción de tanques le impidió cumplir la promesa.

Y claro, no es lo mismo morir de diabetes, por exceso de comida, en las urbes del primer mundo, y aun en ciudades del segundo o tercero, como pudieran ser algunas de Latinoamérica, que fallecer de sed e inanición, o de enfermedades infecciosas –incluyendo el Sida de transmisión sexual- en las exhaustas praderas de África o en las hacinadas ciudades asiáticas. Otra variante posible es la de ser acribillado por narcotraficantes en una urbe mexicana.

El fin inexcusable es el mismo, pero se trataría de vivir mejor dentro de esa arbitraria medición de Cronos, que va desde la epifanía al oficio de difuntos, aunque esta ilusoria calidad diste mucho de ceñirse a los ideales utópicos de una existencia en plenitud de virtudes, como preconizaran los grandes filósofos de la Antigüedad, o similar a la que recomendara, a partir del amor al prójimo, el dulce Nazareno, crucificado por mandantes del Reino de este Mundo.

Entre la virtual maraña de cifras, especulaciones y asertos contradictorios con que se nos bombardea en esta “sociedad de la comunicación”, destacan datos irrefutables, como las principales causas de deceso, atribuidas, en orden de importancia, al tabaquismo, al alcoholismo y al consumo de alimentos de alto contenido graso, y a los diversos tipos de cáncer terminal... No obstante, la producción de tabaco y la venta de cigarrillos sigue siendo excelente negocio, pese a que en las cajetillas se explicite imágenes de atroz realismo, como las encías tumefactas o los alvéolos pulmonares corroídos por la mezcla letal de alquitrán y nicotina, o el patético rostro, semicubierto con una mascarilla de oxígeno, del enfermo que pugna por rescatar el último hálito, arrepintiéndose a destiempo de aquellos instantes de fruición en que dibujaba azules volutas de humo, como si repitiera los bobalicones versos del tango “Fumando espero”.

Son hábitos consagrados por la cultura y aun por la fe; en el caso del vino, bendecido tanto por su vieja exhortación dionisiaca de La Odisea, como por su transformación evangélica en la sangre de Cristo, mediante el sacrificio de la misa; respecto al tabaco, afinidad difundida a partir del descubrimiento de Vasco Núñez de Balboa, el primer fumador en la humosa tradición de occidente, comercializada con eficacia por el emprendedor inglés Walter Raleigh…

Y no nos habíamos referido al opio, estupefaciente servido en fumaderos públicos que contribuyera al enriquecimiento del imperio británico en el siglo XIX y al apogeo victoriano en todos los ámbitos del quehacer humano, incluidos los del arte, sin parar mientes en el deterioro físico y moral ni en la muerte prematura de su abigarrada clientela asiática, y de millares de adictos europeos y aun americanos, algunos de renombre artístico y literario, como Thomas de Quincey, quien escribe en su breve libro “Diario de un inglés consumidor de opio”: Allí me persiguieron durante años fantasmas tan atroces, como los que rodeaban el lecho de Orestes y en algo fui más desgraciado que él, pues el sueño que a todos trae descanso y refrigerio derramó un bálsamo bendito sobre su corazón herido y su cerebro alucinado, y para mí, fue el más amargo de los flagelos…

Y si de fantasmas se trata, cada día se nos amenaza con distintos espectros acechantes... Acabo de escuchar sobre la existencia de uno terrorífico, llamado «furano» (¿acaso hijo de las Furias que sirven a la Parca ?), un compuesto orgánico cancerígeno que se encuentra en muchísimos alimentos elaborados... hasta en las otrora inocentes galletas de agua o de soda, en el pan tostado, en los residuos que dejan en la sartén los huevos revueltos... ¡No hay salud, ciudadanos !

De los trangénicos, mejor ni hablar, porque hay quien asegura que yo mismo soy fruto de una combinación arbitraria y abusiva de genes descarriados... En cuanto a la posibilidad del suicidio, como causa eficiente, me quedo con las reflexiones lúcidas de Albert Camus, que apuesta por la vida. Y es que la muerte acosa y atrae de diversas maneras y nos escruta en los senderos que se bifurcan, tras espejismos elaborados con infinita paciencia. Todo este juego absurdo por evitarla se transforma así en un baile de máscaras que hoy linda en lo grotesco.

Por una parte, las fuerzas productivas se coluden para aniquilar toda existencia en el planeta, en aras de un supuesto progreso, desenfrenado y suicida, porque carece de fines valederos; por otra, los avances de la ciencia, en el ámbito de la salud, y las numerosas instancias ecológicas, pugnan por la preservación de la vida, enfrentándose a corifeos y guardianes del capitalismo salvaje...

En los países con mayor nivel de desarrollo –asimismo en el nuestro-, la expectativa de supervivencia ha crecido en varios años, pero tampoco este incremento cronológico pareciera conllevar el ascenso de la felicidad «media», que también luce rango estadístico.

Otro factor a considerar como causa de muerte efectiva es el odio, que mora en el corazón de los hombres, pudiendo devenir cancerígeno, ulceroso y metastásico... Es cosa de dar vida a su pólvora, con un simple chispazo de muerte, a veces con una mirada de torva inquina, o con el filo de un puñal que se guarda bajo el poncho. (Alguien me susurra en el oído que también hay amores que matan).

Causa significativa de muerte puede ser la fe fundamentalista, como lo afirma este anónimo musulmán que recoge Max Aub en sus Crímenes Ejemplares : -«Es tan sencillo: Dios es la creación, a cada momento es lo que nace, lo que continúa, y también lo que muere. Dios es la vida, lo que sigue, la energía y también la muerte, que es fuerza y continuación y continuidad. ¿Cristianos éstos que dudan de la palabra de su Dios? ¿Cristianos ésos que temen a la muerte cuando les prometem la resurrección ? Lo mejor es acabar con ellos de una vez. ¡Que no quede rastro de creyentes tan miserables!».

Y si nos servimos de la paradoja hasta las últimas consecuencias, diremos que la principal causa de muerte sería la vida misma... Por eso, el poeta Álvaro Cunqueiro escribe su conjuro en un verso elusivo, pero esperanzador: «Procuren un lonxe ou un ningures os camiños onde morrer» (Procuren una lejanía o un lugar inexistente los caminos donde morir). Y el vate así lo escribe, desde la primavera, donde se renace de la consunción invernal, recogiendo el eterno mito de Ofelia:


De quen fuximos? Quizaves, dime, a cinza
non rexeita a garrida mocedade e o sangue?
En abril e maio non hai cinza, dicen.
Fiquemos, amigo, sob das azas de abril.

(¿De quién huimos? Quizá, dime, ¿la ceniza
no rechaza la espléndida mocedad y la sangre?
En abril y mayo no hay ceniza, dicen.
Permanezcamos, amigo, bajo l
as alas de abril.)



De la muerte no cabe huir, porque desconocemos la fecha y hora de su cita inevitable, sino dejarla pasar en silencio, o verla venir esbozando una sonrisa, como barca y pasaje al puerto que a todos nos aguarda.


Edmundo Moure
Mayo 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 20-05-2014 18:14
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ELSA
E L S A


“Viajero, no vayas a Galicia… Se te quedará prendida para siempre en el corazón"


De esto hace treinta y un años. Fue en mi primer viaje a Galicia, mayo de 1983, primavera lluviosa en la tierra de mi padre, atmósfera relatada con maestría en la célebre crónica de García Márquez, escrita en esa época… Llegué a Compostela el 12 de mayo... Estuve tres días recorriendo la urbe de piedra, mientras repetía en silencio los versos de Federico: “Chove en Santiago, meu doce amor/ camelia branca do ar brila/ entebrecida ao sol/ Chove en Santiago na noite escura/ herbas de prata e de soño/ cobren a baleira lúa…”. La ciudad del Apóstol hechiza a primera vista; hay una nostalgia de sus calles y portales pétreos que no te abandonará. Esto lo vivieron, primero el granadino universal y luego el ilustre colombiano de Macondo.

Viajé después al puerto de A Coruña, donde conocí a Antonio Cela, propietario de un bar en la calle Antonio Viñes. A una de sus mesas me senté, durante los cuatro días de mi estada, para comer y tomar notas de viaje que luego iban a plasmarse en “La Voz de la Casa” y “Gente de la Tierra”… El nombre Antonio es como la advocación de la buena amistad… Me alojé en casa de doña Milagros, en ancha y cómoda habitación que tenía un enorme ropero, con estampas de la Virgen y un rosario del peregrino que me hicieron recordar entonces a la abuela Fresia. Doña Milagros me agasajaba con desayunos memorables y por la noche me ofrecía café con oruxo o una copa de ribeiro frío.

Durante los cuatro días llovió a cántaros en la ciudad de Breogán y de María Pita; desde mi arribo en Lavacolla llevaba siete jornadas en las que no había visto el sol, pero si algo aviva mis emociones poéticas, es la lluvia, y la mejor de todas es la gallega, con su irrepetible y morosa cantiga sobre las losas de piedra.

Una mañana abordé el tren que me llevaría a Lugo, la “bien murada” descrita por la memoria de mi padre. Desde allí, cogería el autobús a Chantada, para seguir hacia Carballedo y Santa María de Vilaquinte, hasta el casal de A Touza, donde me esperaba la casa en donde había nacido pai Cándido, un 12 de febrero de 1912. Me ubiqué en el compartimiento y me puse a escribir antes de que el tren se pusiera en marcha. En eso estaba, absorto, cuando percibí de soslayo el paso de una figura femenina que tomaba ubicación enfrente mío. Un suave perfume y el hálito de frescura temprana inundaron el pequeño espacio. Alcé los ojos y la miré. Menuda, de cabello castaño y grandes ojos negros, labios encarnados, nariz fina y alargada, vestía impecable blusa blanca y falda azul marino. Desplegó las hojas de una revista de modas, aunque solo parecía observar con indiferencia el paisaje, a través de los vidrios que la lluvia comenzaba a oscurecer… En el destello de su mirada latía algo de tristeza.

Me preguntó la hora y así comenzó nuestro diálogo, desde la futilidad acotada del tiempo. -¿Es usted argentino? -No –le respondí, soy chileno… -Ah –me dijo, tengo un primo que trabajó unos años en Valparaíso, y luego marchó a Buenos Aires, donde vive ahora con su familia… Administro una pequeña tienda de modas en Lugo, mi ciudad natal… -Yo soy escritor –le dije- y he venido a Galicia para conocer la patria desde donde emigró mi padre, y visitar la casa petrucial de A Touza.
El tren serpenteaba en medio de las verdes colinas lustrosas de lluvia. Le pregunté por el nombre de unos árboles de tronco blanquecino, esbeltos como grandes juncos mecidos por el viento. –Son abidueiras, o bidueiras; su nombre procede del latín betula alba –me dijo, y agregó su nombre castellano: abedules… Pensé en mi deuda con la lengua gallega, sólo conocida antes a través de mi abuela paterna, de mi padre y de mis tías gallegas, un idioma deteriorado por la diglosia, con sus reminiscencias campesinas de la Galicia profunda y el prestigio de los poemas de Rosalía, Curros y Pimentel, que mi padre solía leernos en voz alta, en la extraña evocación de la morriña remota, como si su desarraigo se aferrara al sostén ingrávido de las palabras… Es posible que él me lo hubiese explicado antes: “Distínguese perfectamente pola súa cáscara branca, as follas romboidais e estar a beira dos ríos galegos. É moi abondoso en Galicia. Está en primeira liña de río, despois dos salgueiros e amieiros”.
-¿Tienes dónde alojar en Lugo –me preguntó Elsa. –No, le respondí –pero buscaré un hostal barato… -Iremos primero a mi apartamento –dijo Elsa, comeremos algo y luego te llevaré a un buen sitio que conozco.

Vivía en amplio piso, en un edificio recién construido desde cuyo balcón se veía, anchuroso y señorial, el río Miño. –Vivo aquí, sola… –me informó, mi ex marido es un hombre mayor, con negocios agrícolas en Ourense… Estamos separados hace cinco años y no tuvimos hijos, porque yo soy estéril… Suspiró, mientras sus ojos parecieron perderse en la lejanía. –Mantengo con él una relación de cordialidad civilizada… Su sonrisa me regaló la perfecta albura de sus dientes.

Elsa cocinó una olorosa tortilla, con pimientos y papas doradas. Me alcanzó una botella de Mencía que destapé, escanciando las copas. Brindamos y bebimos. Contamos uno al otro lo que nacía en el flujo ávido de las palabras. –Si quieres puedes dormir aquí esta noche –me dijo, con afectuosa naturalidad- y mañana buscaremos con calma un hostal. –Elsa –le dije- tú a mí no me conoces, soy un extranjero, un sudamericano con el que te has topado por casualidad en el tren… -Me ha bastado mirarte a los ojos para saber quién eres –me respondió.

Al día siguiente fuimos al hostal. Luego me llevó a descubrir Lugo, como eficiente y singular guía turística. Comimos en el Mesón de Alberto, un lugar del que yo tenía referencias literarias por Camilo José Cela y Álvaro Cunqueiro. Después recorrimos el paseo junto al Miño, para rematar la jornada en la librería Balmés, donde compré un ejemplar de “La casa de la Troya” y otro de “Merlín y Familia”.

Tres días más tarde viajé con destino a la Casa, en A Touza. Le había sugerido a Elsa que me acompañase, pero respondió, escueta y certera: -Ese encuentro con tus raíces gallegas debes experimentarlo solo, sin distracciones… Nos dijimos adiós en la estación de autobuses. Al llegar a Chantada, un esquivo sol asomó sus guiños entre las nubes.



Dos años más tarde volví a Galicia, en mi segundo viaje. Esta vez yo venía como ponente del Congreso Rosalía de Castro e o seu Tempo, que se inauguró el 15 de julio de 1985, en Compostela, acompañado de mi amigo chileno, José López. Terminado el congreso nos dirigimos hacia A Touza y disfrutamos allí un grato fin de semana con Eladio y María, Ramón, Giralda y José Manuel, Conchiña y otros paisanos cuyos rostros dibuja hoy mi memoria, procurando revivir las sílabas huidizas de sus nombres. El lunes por la mañana viajamos a Lugo. Yo quería volver a encontrarme con Elsa.

Los tres recorrimos juntos las calles de Lugo. Elsa nos invitó a un lugar especial, en donde había encargado previamente un “xantar de bispos”. Comimos como mandan los dioses lares, durante cuatro horas, entre la conversación y los brindis sucesivos. Pero la tristeza parecía haberse posado con mayor intensidad en los ojos de Elsa. Se veía pálida y en extremo delgada. Mientras mi amigo José López cumplía menesteres de servicio impostergable, le pregunté a ella por su estado. Me respondió que estaba enferma de gravedad y sometida a un largo tratamiento… -Pero no quiero hablar de eso ahora –me dijo con resolución, como si aventara un mal presagio. –Disfrutemos lo que nos queda –agregó- con una sonrisa que me supo a un adiós postrero.

La dejamos en la puerta de su apartamento. Nos despedimos de ella en silencio, con súbito recato. Cada vez que me era posible, telefoneaba a Elsa desde Chile. Pasaron para mí varios años de afanes y crisis… Al cabo, en un lapso de tres meses, mi llamada resultó inútil, hasta que del otro lado de la línea, una voz de mujer mayor me dijo, fríamente: -Elsa ya no vive aquí. Nosotros adquirimos el piso… -¿Tiene usted alguna referencia de ella, algún número telefónico? –No. Ninguno –me respondió, seca y cortante como una mujer despechada.

Pasaron trece años para que yo pudiese regresar a Galicia –hablo de regreso como si yo fuera un reincidente Ulises en busca de su Penélope galaica-.

No supe más de Elsa, aunque en 1998 y 1999 volví a recorrer las calles de Lugo, esperando que apareciera, como esas figuras ensoñadas que se aguardan en el andén y de pronto surgen entre los anónimos pasajeros de la estación.

Cada vez que renuevo el rito incomparable del viaje en ferrocarril, recuerdo la figura de la bella modista, deslizándose en mi compartimiento. Si no fuera por aquellas dulces palabras en lengua gallega, que el recuerdo ha guardado en gozosa y recurrente prosodia, pensaría que aquello fue un sueño al que yo otorgué un dulce nombre de dos sílabas: Elsa.


Edmundo Moure
Mayo 12, 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 13-05-2014 23:55
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ESPAÑOLES EMIGRAN A CHILE

ANTONIO Y GREGORIO


Se estima en una cifra de veinte mil los españoles que han llegado a Chile desde comienzos de la última crisis financiera en la Península Ibérica, debacle que afecta a muchos y favorece a la minoría de siempre, como es usual... Son, en su mayoría, jóvenes profesionales y técnicos de diversas áreas, que obtienen aquí puestos de trabajo especializado, de rentabilidad media y aun superior, buscando mantener el estatus que perdieron en su patria, en medio quizá de esa ilusión recurrente de los hispanos por pertenecer a ese discriminador y selecto grupo de países que se da en llamar “primer mundo”, compuesto por las potencias industrializadas de las que España quiso desligarse a lo largo de la Historia, desde 1492, con la torpe expulsión de los financistas judíos y de los árabes agricultores.

Llegan aquí, al “último reino”, como llamaban a Chile, en el período colonial, los hijos favorecidos del Virreinato del Perú, aunque hoy los chilenos nos sentimos un poco mejores que los vecinos del “tercer mundo”, como si fuésemos un equipo de fútbol triunfador que aspira a saltar a la segunda división y, algún día no tan lejano, acceder a la primera… Son los espejismos con que los detentadores del poder engañan a los expoliados, haciéndoles creer que el bienestar y la felicidad son cosa de estadísticas servidas por la televisión.

La palabra crisis es de viejo cuño. Yo la escucho desde que tengo memoria, o “uso de razón”, como dicen algunos. Mi padre, con su irremediable humor gallego, pedía que no le hablaran de tales dificultades con aire de peste bíblica. –Yo he vivido siempre en crisis- decía, y nada me advierte que ello vaya a cambiar…

Quizá recordaba las endémicas penurias del minifundio en su remota patria gallega, imperativo que iba a desperdigar, sobre todo hacia la mítica América del Sur, a millares de emigrantes en búsqueda de una vida menos ingrata. Los nueve miembros de su familia debieron abandonar la tierra natal, en diciembre de 1924, para asentarse en Buenos Aires y, luego de una década, en Santiago del Nuevo Extremo. Entonces, lo repetía él, se emigraba para no regresar, salvo las excepciones con las que se tejen las leyendas de literatura romanticona y falaz. Eran otros tiempos para los españoles y para otros emigrantes europeos y del Oriente Medio, desterrados por las guerras, el despojo territorial, las hambrunas y las dictaduras de vario pelaje.

Abro en esta tarde el libro “La Feria del Mundo”, y releo algunas crónicas de nuestro siempre recordado Ramón Suárez Picallo, ilustre exiliado de la Segunda República Española. El 2 de septiembre de 1942, en vísperas del tercer aniversario del arribo del Winnipeg, “barco de la esperanza”, escribe el gallego sadense afincado en Chile:

“Mañana hace tres años que atracó en los muelles de Valparaíso el vapor ‘Winnipeg’, trayendo a su bordo, desde Francia, alrededor de 3000 refugiados españoles. Fue un acontecimiento memorable para el pueblo chileno, cuya hospitalidad se volcó en la calle para acoger a un conjunto de hombres que traían sobre sus almas la amargura de una derrota. La hospitalidad ofrecida tenía, por eso, una generosidad propia de quienes la daban y de quienes la recibían. Porque es en el dolor y en la amargura, cuando se agradece más el apretón de la mano amiga… Desde aquel que venía con su ropa desastrada de milicia, al que alguien metió en una tienda y lo vistió de arriba abajo, hasta aquel otro que tuvo en hogar chileno cama, mesa y afecto, después de cuatro años de no disfrutar nada de eso…”

Otros tiempos, otra realidad. Tanto el exilio político como el desarraigo por necesidad económica otorgarían a esa emigración un carácter fundacional. Aquellos hispanos formaron familias, se asentaron como ciudadanos de una nueva nación, integrándose al quehacer cotidiano con acrecida esperanza. Somos testigos privilegiados y asimismo frutos de esa conjunción de espíritus y estirpes. Quizá por ello, la presencia de estos españoles, acogidos ahora en los albores del siglo XXI, nos resulte grata, aun cuando escuchemos voces disidentes que hablan de una “nueva conquista”, refiriéndose más bien a conglomerados de empresas hispanas que operan en nuestro país. A esos detractores cabe recordarles que el gran capital no se adscribe a patria ni raza alguna, pues su dios es tan internacional como el rédito sin filiación de sus finanzas.

En el metro y en otros lugares públicos suelo escuchar a estos jóvenes inmigrantes temporales, bien vestidos, exhibiendo teléfonos celulares y computadoras de última generación, expresándose con la soltura que da una posición de cierto privilegio social y rango económico superior al común denominador de los trabajadores chilenos… Hace unos días, en uno de los vagones atestados, conversaban dos muchachas con un joven varón… Una de ellas le dijo, como resaltando el sentido de una frase: -“Mira, eso sería tan improbable como toparse aquí con alguien que hablase gallego”-… Me aproximé como pude, miré de frente a la joven y le dije: -“Entón, xa o atopaches…” Se miraron, casi atónitos. Antes que respondieran, les hablé, en lengua gallega, presentándome… Terminamos compartiendo un café en el paseo Ahumada, charlando como paisanos. Intercambiamos correos electrónicos y ahora estos mozos figuran en mi larga clientela de “lectores cautivos”, aunque tengo la impresión que su interés por los acontecimientos históricos del pasado es muy escaso. Parecieran ser vástagos del transversal desarraigo contemporáneo.

Pero ha habido otros contactos más perdurables, sin duda. Es el caso de Antonio Gómez, sevillano, y de Gregorio Dobao, cordobés, a quienes conocí en el bar Amigo, de Providencia, donde suelo concurrir a beber unas copas en hospitalaria tertulia. En una de aquellas ocasiones, mi amigo chileno, Florencio Vergara, me presentó al locuaz Antonio, quien lleva ya algunos años en estas comarcas, casado con una bella chilena, Pamela… El hombre derrocha gracejo andaluz y esa vitalidad afectuosa que sobresale en la habitual grisura de las gentes de nuestro Santiago austral. De inmediato hicimos buenas migas, estableciéndose el fluido contacto que surge de las afinidades culturales; en este caso, el primer puente fue otro Antonio, el gran Machado, hijo dilecto de Sevilla; el segundo, Miguel Hernández, el poeta campesino de Alicante. Repetimos, en improvisado contrapunto, algunos de sus versos, tal si ambos poetas compartieran nuestra mesa. Amistad a primera vista, como si nos conociésemos de un siglo atrás, pues poco cuenta Cronos en el misterio de los entendimientos.

Unas semanas después, Antonio –hábil repostero que “endulza Providencia”, según eslogan periodístico- me presentó a Gregorio, también parroquiano circunstancial de nuestro templo báquico. Trabamos amistad del mismo modo que con Antonio, a pesar de que Gregorio no tiene la locuacidad de éste y no parece, a primera vista, un español de Andalucía; se percibe en él un aura cosmopolita y europea… Tal vez el ancestro gallego, por la paterna rama Dobao, morigere su temperamento.

Se trata de un prestigioso ingeniero, que trabajó durante treinta años en Alemania, donde casó con Brunhil, berlinesa con la que hoy vive en Barcelona, junto a sus hijos. Sí, porque Gregorio no es un inmigrante en Chile, sino un técnico de alta especialización que viene y va, por lapsos no mayores a tres meses, prestando servicios de implementación y capacitación industrial en la empresa del periódico decano de la prensa chilena… Le han tentado con ofertas para establecerse aquí, pero su familia es ya barcelonesa y resulta improbable que acepte la proposición. Nosotros le instamos a hacerlo, bajo el expediente que “en Chile se vive de manera más grata y regalada que en Estados Unidos o en Europa”… Gregorio mira y sonríe, con escéptica amabilidad y algo de retranca gallega.

Gregorio viajó, a mediados de abril, a Cataluña. A su regreso, el día 29, me trajo desde allá un importante encargo: El Cuaderno Gris, el famoso dietario de Josep Pla, libro imposible de adquirir en Chile. La encomienda ha resultado equívoca, porque Gregorio no aceptó de mi parte la restitución del gasto por la compra; ante su insistencia, lo he asumido como feliz e impensado regalo de su generosa amistad…

Mientras examino el obsequio y hojeo las encantadoras páginas del fino escritor ampurdanés, Antonio se integra a nuestra mesa, que compartimos también con mi sobrino, Cristián Loyola Carvallo, ex alumno de los fenecidos cursos de Lingua e Cultura Galegas, de la Universidad de Santiago de Chile… Antonio luce chispeante, como es habitual. Luego de los saludos y abrazos de rigor, se sienta a mi lado… Alguien ha dicho que “va a caer agua”, observando las grises nubes volanderas que presagian el fin de la sequía… Antonio coge al vuelo la palabra líquida y tamborilea sobre la mesa, improvisando con gracia un cante jondo:

-“El agua, el agua, el aguaaa…”. Su voz, de perfecta entonación, llena el ambiente del bar. Algunos parroquianos miran con curiosidad, porque no es común que los chilenos canten en lugares públicos, salvo que estén borrachos y exhiban lo que aquí denominamos “mala cura”. Otros contertulios ya le conocen, y no trepidan en aplaudir o gritar un ¡bravo! estentóreo en medio de los brindis.

Algunos espíritus estoicos suelen atribuir a las crisis temporales un efecto benéfico sobre la población. Son los mismos que sostienen uno de los lemas vigentes en nuestra época juvenil: -“La letra con sangre entra”.

No quiero caer hoy en tales simplezas, pero no puedo negar que sin este globalizado y feroz traspié del capitalismo salvaje, no hubiese recibido el galano de esta amistad que trae entre sus manos dos nombres sonoros, que tañen en la memoria de la tribu como campanas de la infancia: Antonio y Gregorio.


Edmundo Moure
Mayo 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 08-05-2014 17:16
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DEVOCIONARIOS

DEVOCIONARIOS



A Nuestra Señora del Encuentro con Dios, que con
su amorosa y maternal Providencia ha hecho posible
la publicación de estas páginas para gloria de su
Divino Hijo y salvación de muchas almas…

Omnis Terra Gloria Dei

Señor abre mis labios… Y mi boca proclamará tu alabanza
Venid, adoremos al Señor, rey de las ví
rgenes. Aleluya.



La fe venía de mi abuela materna y de su hijo, el tío cura; la fe católica, apostólica y romana, con sus ritos solemnes y misteriosos, pronunciados en el hermoso y extraño latín; con sus dogmas, el pecado, la culpa y el miedo a las transgresiones. Abuela Fresia rezaba con la ayuda de su devocionario mariano y tío Mario lo hacía con el libro de las horas, cuyo título me atraía, al punto de imaginar que yo iba a escribir en adelante un libro poético con ese nombre… Más de alguna vez oré con ella, arrodillado frente a la cómoda cubierta de mármol que oficiaba como su altar personal, y mi memoria conserva aún algunas palabras de aquellos manuales de oración que, en el caso de la abuela, reemplazaban a los libros menos devotos, a menudo inconvenientes, que mi padre leía cada noche, antes de conciliar el sueño.

En los días rebeldes de la adolescencia, yo estaba convencido que Jesús el Cristo hablaba en el latín de los romanos, hasta que don Pedro Orellana, un fabricante de brochas y pinceles, cliente nuestro de la ferretería, activo protestante de la iglesia adventista, me dijo que el Redentor se expresaba en arameo y yo le pregunté dónde podría aprender esa lengua, porque entonces ya intuía que la patria es la lengua, como se ha dicho y repetido, desde Goethe hasta Hannah Arendt, pasando por el insigne Castelao, y si llegaba a descubrir la patria del galileo, todo estaría resuelto para mí.

Don Pedro, con esa bondad proverbial que he percibido en muchos cristianos auténticos y en algunos ateos virtuosos, me explicó que el arameo antiguo fue el idioma original de grandes libros de la Biblia, como los de Daniel y Esdras, así como la lengua principal del Talmud, y es todavía hoy el idioma de uso de algunas pequeñas comunidades de Oriente Medio que no se valen del árabe. El arameo pertenece a la familia de las lenguas semíticas, que incluye a las lenguas cananeas, como el hebreo…

-No creo que en Chile alguien pueda enseñártelo, -me dijo sonriente-, pero no es necesario que lo aprendas, porque tenemos excelentes traducciones en castellano, Casiodoro de Reina mediante.
Participé en unos cursillos sobre la Biblia, en el templo adventista de la avenida Ossa, cerca de casa, pero la fe tampoco estaba allí, entre esas palabras contradictorias para mi entendimiento, que fluctuaban entre el amor, la caridad y la mansedumbre, con el castigo eterno y las huestes pavorosas del Señor de los Ejércitos, implacable y cruel con los enemigos del “pueblo elegido”, al que pertenecíamos los discípulos de Cristo, herederos de aquella prerrogativa judía, aunque el nazareno hubiese dicho que su Padre no discriminaba entre todos los hijos de Dios, incluyendo negros, chinos y sudacas... Por otra parte, yo no veía manifestarse el espíritu cristiano del nuevo reino en una sociedad donde la tónica parecía (y parece) ser la desigualdad, el abuso expoliador sobre el prójimo y una injusticia a ratos velada por la hipocresía o el abierto cinismo de quienes ejercían el poder, ya fuese económico, político o religioso.
No obstante mi creciente escepticismo, jamás pude omitir mi admiración por el don o gracia de la fe, ejemplificada en los seres que conocí de cerca y en otros cuyo testimonio parece refrendar una ignota trascendencia de nuestros afanes en la precariedad del existir, en medio del cósmico desasosiego por el tiempo fugitivo y la inevitable decrepitud humana. Alguien afirmó que Dios existe, a pesar de todas las religiones que han pugnado y pugnan por administrarlo y extraerlo del corazón humano... Es posible, pero carezco de la certeza rotunda de los creyentes, aunque no me niegue a su posibilidad… Mi amigo, el cantautor popular y payador, Pedro Yáñez, me dijo, hace unos meses: -“Yo recibí la revelación del Hacedor, una tarde, en mi pueblo de Campanario, observando desde la ventana la belleza y perfección de una mariposa amarilla”.
Y claro, es más probable que el Supremo, o quien sea que haya hecho detonar el big-bang, para después ir armando el puzzle de células y partículas, con infinita paciencia, llegue a nosotros por una revelación poética, por el asombro estético de la naturaleza o bajo el fulgor de las palabras… Por eso, a estas alturas de mi vida, y sin traicionar la dulce memoria de mi abuela, he adoptado para mi uso cotidiano un devocionario especial, o libro de las horas, si prefieren, a cuyas frases apelo antes de dormir, con el sueño ya ligero de la vejez que busca senderos flanqueados de recuerdos… Se trata de un ejemplar de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha; leer cada día un capítulo, o la mitad si se puede, antes de cerrar los ojos, es elevar las mejores preces a un Dios que, si nunca ha escrito nada, estoy seguro que es buen lector, capaz de leer nuestras voces de buena voluntad, como si estuviesen ya grabadas para siempre en el libro de los libros.

Anoche, a lo largo del capítulo XXII de la primera parte, en la historia de la liberación de los galeotes, leí este ruego que lleva su contrición y su penitencia:
“Pasó adelante don Quijote y preguntó a otro su delito, el cual respondió con no menos, sino con mucha más gallardía que el anterior:
“-Yo voy aquí porque me burlé demasiado con dos primas hermanas mías y con otras dos hermanas que no lo eran mías; finalmente, tanto me burlé con todas, que resultó de la burla crecer la parentela tan intrincadamente, que no hay diablo que la declare. Probóseme todo, faltó favor, no tuve dineros, me vi a pique de rematar en la horca, sentenciáronme a galeras por seis años, consentí: castigo es de mi culpa; mozo soy, dure la vida, que con ella todo se alcanza. Si vuestra merced, señor caballero, lleva alguna cosa con que socorrer a estos pobretes, Dios se lo pagará en el cielo, y nosotros tendremos en la tierra cuidado de rogar a Dios en nuestras oraciones por la vida y la salud de vuestra merced, que sea tan larga y tan buena como su presencia merece.
“Éste iba en hábito de estudiante, y dijo uno de los guardias que era muy grande hablador y muy gentil latino…”


Después de todo, Don Quijote, a la vera del bueno de Sancho, su escudero, se iba tornando escéptico, aunque no dejase de soñar.


Edmundo Moure
Abril 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 05-05-2014 00:15
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VIAJE EN AUTOBÚS
VIAJE EN AUTOBÚS



Lo esencial, para aprovechar un viaje es tomarlo como finalidad misma. Andar por el mundo un poco al azar es muy agradable. Viajar sin tener un objeto concreto, es una auténtica maravilla. Yo siento que podría curarme de todos mis vicios y de todas mis virtudes –caso de que tenga alguna-. Lo que no podré dejar jamás es mi recalcitrante vagabundaje. Hay que viajar para descubrir con los propios ojos que el mundo es muy pequeño, y por tanto que es absolutamente necesario hacer un esfuerzo para dignificar la visión hasta llegar a ver las cosas en grande. Hay que viajar para darse cuenta de que una pasión, una idea, un hombre, sólo son importantes si resisten una proyección a través del tiempo y del espacio… Hay que viajar para aprender- a pesar de todo- a conservar, a perfeccionar, a tolerar. Josep Pla


El título, de suyo convencional, pertenece a un libro de Josep Pla, autor catalán que escribió sus experiencias de viajes rurales por las tierras de Cataluña y otros lugares de España, entre la década de los 40’ y 50’ del pasado siglo. Yo no conocía su literatura. Me la reveló Luis Sánchez Latorre, Filebo, fino maestro de prosas, crítico y lector insaciable. Él me dijo entonces –años 80’ en la Sociedad de Escritores- que Josep Pla era uno de los mejores cronistas de España, tanto escribiendo en catalán como en el castellano universal del imperio. Acotaba Filebo que Pla figuraba en la lista de escribas censurados en los albores de esta curiosa monarquía democrática que aún vive España, tres años después de la muerte del gallego Francisco Franco, ocurrida en noviembre de 1975… No se trataba de un control explícito, sino de la omisión inquisidora, una forma sutil de silenciar lo “políticamente incorrecto”. En el mismo caso estuvieron Agustín de Foxá y Rafael Cansinos Assens; Gonzalo Torrente Ballester y Julio Camba, en Galicia. Algo parecido se intentó hacer con Borges en Argentina y otros países de Latinoamérica. Pero la buena literatura sobrevive a modas y colores políticos.

Los pequeños viajes por el interior de la patria poseen un raro encanto, aunque no te signifiquen más de unas cuantas horas. Me habitué a ellos a comienzos de los 60’. El domingo era mi único día libre. Llevaba conmigo un buen libro, algún dinero, salía de nuestra casa en La Cisterna al amanecer, hacia la estación de buses rurales. Mi destino solía ser Isla de Maipo, a cincuenta kilómetros de Santiago, donde vivía la familia Escalante Vargas, cuyos hijos varones, Manuel, Lucho, Gustavo y Atilio trabajaron con nosotros en la ferretería de mi padre. Yo pasaba la jornada con ellos, la mayor parte a campo traviesa, caminando sin rumbo y a ratos disparándole a las tórtolas con viejas escopetas y humeantes tiros recargados a mano.

Volvía a casa con un saco harinero que contenía hortalizas y frutas; también una garrafa de vino, de los buenos caldos producidos en esa ancha ínsula que forma el río Maipo.

Otras veces me iba a Curacaví, trepaba los cerros, me tendía a leer bajo la sombra de un sauce, como hicieran antaño los poetas bucólicos... A las 2:00 de la tarde almorzaba donde doña Juliana Bascur, cazuela de pava con chuchoca, empanadas de horno, longanizas; todo aligerado con vino pipeño o mosto de la casa, o chicha baya de Curacaví, inmortalizada en una cueca… Allí trabé amistad con dos poetas curacavinos (buen gentilicio éste, que termina en dionisiacas sílabas). Ramón Ulloa y Rafael Cáceres eran también payadores y pulsaban con gracia la guitarra y el guitarrón. Pero querían ser poetas “oficiales” y publicar un libro compartido, con veinticinco poemas cada uno. Me entregaron los folios con sus versos, para que yo opinara sobre su calidad… ¿Qué iba a sentenciar yo, cuando recién me asomaba al mundo de las letras? Me corrí por la tangente, como suele decirse, aduciendo desconocimiento… Sus poemas eran de tono criollista, con elementos locales del canto a lo humano y a lo divino e imitaciones algo pueriles de Oscar Castro y de Pablo Neruda, poetas de verba pegajosa. Recitaban con pasión, luego de repetidas libaciones, para desafinar en llantos viriles… Rafael tenía una hermana joven, separada, madre de dos chiquillos, con la que tuve efímeros lances de amor; se llamaba Rosa Ester y me decía “mi niño”.

Esos paseos domingueros se hicieron luego sabatinos, extendiéndose a fiestas de guardar y santos festivos. Eran un escape freudiano, quizá, aunque yo en ese entonces no había leído al profeta de los sueños ni era capaz de procurarme análisis temporales retrospectivos para buscar el meollo de mi permanente desazón, sublimada quizá en los libros, cuya hospitalidad jamás me ha fallado. Volvía de aquellos compulsivos paseos, cargado de vituallas, cerca de la medianoche, con resabios de ajo, cebolla y albahaca… Hubo también escapes en tren, con destinos eventuales entre Rancagua y Curicó… Sigo creyendo que el auténtico viaje es a lo largo de la vía férrea.

Ayer, medio siglo después, viajé a Isla de Maipo, por un simple trámite contable. Lo hice en autobús, llevando un libro de ensayos de George Orwell, el inglés nacido en la India que escribiera la demoledora novela “1984”; asimismo, “Homenaje a Cataluña”, narración testimonial de su experiencia bélica durante la Guerra Civil española. Militante del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), entidad de corta vida, acosado por los anarquistas de la FAI y los comunistas del PC español, herido de gravedad en el frente de Aragón, caería luego en profundo desencanto político, aunque jamás contemporizó con los represores franquistas ni con totalitarismos de izquierda o de derecha…

Las palabras de Eric Blair –nombre civil de Orwell- me acompañaron en este breve viaje, con su irónico y visionario escepticismo respecto al fracaso de las ideologías por construir un mundo más justo y humano, en medio de las coerciones a la libertad, sobre todo en el ámbito de la cultura y las artes… De esto hace sesenta años y nada indica un devenir más auspicioso.

Después de cumplir la encomienda, siendo hora de almuerzo, busqué un lugar donde saciar mi apetito. –Vaya aquí, a la vuelta, a donde el Pato- me dijo el portero de la empresa vitivinícola, y me dio las señas. Era una casa de adobes, blanca, chata, con un corredor de piso de ladrillo, columnas de madera y acogedores sillones de mimbre… Al traspasar el umbral, los viejos y cordiales efluvios me llenaron de saudade. Hacía muchos años que no comía una cazuela de campo como la que el propio Pato puso sobre la mesa, con el agregado de esa ensalada de tomate con cebolla que llamamos “chilena”, en curioso acto folclórico nominar productos de origen foráneo. Le pedí una copa de tinto “de la casa”, que resultó reconfortante para aligerar la nostalgia. Luego deambulé por las tranquilas calles del pueblo, tomando fotografías con la cámara del celular, como cualquier joven de la post modernidad, aunque para mí nada fuera como antes, ni el sabor del vino ni las calles ni las mujeres que van hoy a sus tareas en motocicleta o en flamantes automóviles…

Regresé temprano, pero en el trayecto de vuelta no fui capaz de leer a Orwell. Una dulce modorra me hizo cabecear, ayudado por el persistente calor de la tarde otoñal… Recordé que había encargado “El Cuaderno Gris”, libro de memorias de Josep Pla, a mi amigo cordobés, Gregorio Dobao, ilustre ingeniero que anda por estos días en Barcelona, y que llega a fines de abril a Santiago del Nuevo Extremo.

En cuanto a mis andares por las aldeas gallegas y los pueblos e islas de Chiloé, que parecieron alborotarse en la memoria, ya los he contado en otros libros que también andan por librerías de viejo, donde encuentro a veces algún ejemplar extraviado, para adquirirlo y luego obsequiarlo, después de una buena charla, a quien tal vez no veré en otra ocasión.

Pero seguiré pateando caminos, hasta encontrarme por fin en aquel punto misterioso de los senderos que se bifurcan.


Edmundo Moure
Abril 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 02-05-2014 10:27
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LOS QUE VIVEN EN NOSOTROS
LOS QUE VIVEN EN NOSOTROS


Para mi amigo, Kino Torres



Hace treinta años, en mi primer viaje a tierras gallegas, conversando con un paisano, coetáneo de mi padre gallego, con quien quise recordar algo de la memoria de nuestros antepasados que hoy moran fundidos en la tierra, me dijo, con esa aparente rudeza campesina, que no es más que la verdad sin eufemismos: -“Dejemos a los muertos tranquilos, ellos viven en nosotros o no están en ninguna parte”.

En ese momento no capté, quizá, el sentido pleno de su aserto, porque yo andaba en afanes de recuperar aquellos hilos sutiles de la remembranza tribal, aunque fuese en las palabras, para tejer el imposible paño donde dibujar y retrotraer el pasado perdido entre los vericuetos del tiempo. Años más tarde –tres o cuatro tal vez-, cuando ya Cándido Pai se había marchado de este mundo, experimenté una curiosa sensación, mientras me duchaba por la mañana, antes de la cotidiana carrera por la subsistencia. Vivía entonces una de mis tantas crisis financieras, y sentía en aquella madrugada la tenaza aleve de compromisos pecuniarios por cumplir y sus consabidas amenazas… De pronto, sin percatarme casi, comencé a pronunciar algunas palabras en lengua gallega, cuyo tono y prosodia las hacían sonar como venidas de la boca de mi padre… Traían, además, esa cazurrería propia de la estirpe, el humor que conocemos como “retranca”, que consiste en mofarse de las propias miserias, para así paliar su importancia relativa y, sobre todo, su ridícula pretensión de que influirán en la marcha imperturbable del universo. Es un recurso de sanidad existencial, acervo de los viejos pueblos, también presente, según he aprendido por mis lecturas, entre los judíos y sus hermanos semitas, los árabes.

Supe entonces que mi padre comenzaba a vivir en mí y esa era la campana de su memoria, más que los homenajes de aniversario, y ni qué decir de ese patético rito de las flores que se depositan en una lápida, quizá para morigerar el sentimiento de culpa que llevamos dentro por no haber amado lo suficiente en vida a nuestros “seres queridos”… En otro plano, los epónimos inútiles en recuerdo de personajes y próceres, o sus estatuas polvorientas y cagadas de palomas, que sirven apenas a los borrachos para orinar sus amarillas penas, pasada la medianoche.

En esto también llevan ventaja los poetas, porque sus versos, si logran el esquivo premio de la posteridad, seguirán palpitando en la memoria de las épocas, que los harán suyos, una y otra vez, porque algo o mucho han expresado de la condición humana que sobrevive el paso efímero de las generaciones.

Y si llevamos en nosotros esos puñados de vidas que nos precedieron, también llevamos los residuos de sus muertes, porque lo bueno y lo malo de ellos está en nosotros y el recuerdo jamás será una resurrección, sino la certeza de lo pasajero, que es también una forma de eternidad robada a las esferas indescifrables del tiempo. El odio y el amor, la frustración y la esperanza, el éxito y el fracaso, constituyen el amasijo con que están construidos nuestros seres entrañables. Cabe amarlos, en silencio, dentro de la habitación íntima y cerrada que somos, como lo sabe hacer el poeta:

A nai cando era nena
soñaba veleiros brancos:
interrogaba o porvir
tecendo panos e cantos…

… …
Peíños descalzos na herba
e as canelas no orballo,
buscando o seu rostro nas nubes
ficaba suspensa en abraio,
pensando días futuros,
soñaba veleiros brancos.

Mais polo ceo sen tempo
dos seus ollos, leves no leve,
brancos no Branco,
seguen a cruzar ténues,
venturosos, imposíbeis,
aqueles veleiros leves,
aqueles veleiros brancos.

Xulio López Valcárcel (poeta gallego)


Edmundo Moure
Abril 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 22-04-2014 09:54
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LOS 120 DÍAS DE SODOMA
Manuscrito original, conocido como «el rollo de la Bastilla».


ENVIDIA DEL ÉXITO PECUNIARIO


Transcribo parte de la noticia, extraída del diario español El País. Estoy inundado por la envidia, y no voy a repetir la tontería de “sana envidia”, porque ningún pecado capital puede ostentar buena salud, aunque en los tiempos que corren impere una generalizada confusión de conceptos y hay quienes encuentran “simpática” hasta la pedofilia.
Doce millones de euros son hoy, en este Chile menesteroso y terremoteado, una cifra difícil de escribir, como a mí me gusta, en palabras: nueve mil millones ciento veinticuatro mil trescientos veintinueve pesos. Me alcanzaría para comprar una parcela de una hectárea, con casa incluida y un perro borzoi o galgo ruso, extraordinaria raza cuyos ejemplares criaron, entre otros conocidos, el intelectual ucraniano, León Trotsky, y el español catalán, Ramón Mercader, su asesino, quien le ultimara (al revolucionario, no al perro) el 20 de agosto de 1940, en México, por orden expresa de José Stalin, a quien no le agradaban ni los gatos… También el conde León Tolstoi empleaba en sus cacerías a este fino y resistente galgo, porque el borzoi cuenta con unas quijadas poderosas, capaces de acabar, en trío concertado, con un oso siberiano… Y con el vuelto o sobrante de esta maravillosa transacción, que desmiente el manido desinterés de los ricachones por el arte, ofrecería una fiesta monumental a mis amigos y compañeros escritores, para que confíen en que algún día, aunque sea dos o tres siglos después de muertos, su arduo ejercicio solitario se verá compensado por el éxito económico que no tuvieron en vida, aun cuando el consuelo que nos asiste sea apenas la incierta inmortalidad de nuestras palabras urdidas en la tela del lenguaje universal.
Lean la nota de prensa, por favor.
El manuscrito de Los 120 días de Sodoma, del Marqués de Sade, fue robado a sus legítimos dueños por un editor sin escrúpulos en 1982. Tras ser escondido, vendido y peleado por dos familias durante un largo litigio judicial, la mítica obra escrita por el Divino Marqués mientras estaba preso por pederastia en la Bastilla, ha reaparecido en Ginebra, y ahora ha regresado a París de la mano de un emprendedor y bibliófilo francés, llamado Gérard Lhéritier, presidente y fundador del Museo de las Letras y los Manuscritos, una institución privada.
El nuevo propietario del pergamino sádico asegura haber dedicado tres años de negociaciones y pagado siete millones de euros por el original, que ha sido asegurado por Lloyds en 12 millones y se convierte así, según decía ayer la Agencia France Presse, en uno de los tres originales más caros depositado en Francia.
Los 120 días de Sodoma es una especie de catálogo interminable de perversiones sexuales y actos criminales en cascada y a granel. Cuatro hombres de entre 45 y 60 años, encerrados en pleno invierno en un castillo de la Selva Negra, someten a 600 abusos, sevicias y vejaciones de toda índole a 40 muchachas y muchachos, que sufren su poder y su violencia durante cuatro meses.
Casi dos siglos después de ser escrita, en 1976, la obra sería llevada al cine —Saló o los 120 días de Sodoma— por Pier Paolo Pasolini, que la releyó como una metáfora precursora del fascismo.

Dudo que la lectura de la obra en cuestión, que será probablemente un best seller, cause demasiado revuelo. En nuestra época quedan al parecer pocas aberraciones que no hayan sido exhibidas en público, no como actos de higiene moral o docta regula, sino como instancias de constante entretenimiento y búsqueda de sensaciones más y más “duras”… Cómo hubiera gozado Sade con infinitos pergaminos de su escatología orgánica y mental desplegados en la red de Internet. ¡Cuántos lectores asiduos, Dios mío!

Si alguien duda de la inmortalidad del augusto marqués, remítase a los conceptos creados y salidos de su nombre: sádico (a), sadismo. Cabe preguntarse cuántos siquiatras, sicólogos, gurús, pastores y guías del desasosiego humano, contrajeron con él una deuda perenne, aunque ninguno de ellos pague un peso por “derecho de autor”, cuando diagnostica las inclinaciones sádicas o los traumas asociados que padecen sus cada vez más numerosos clientes de la angustia existencial contemporánea.

Y como estamos hablando del mundo imaginario de la literatura, pensemos por un momento en la posible visita del Marqués de Sade, hoy, a Chile. Aparte del estruendoso recibimiento de sus incontables fans, es seguro que el canal católico de televisión le compraría los derechos exclusivos de Los Ciento Veinte Días de Sodoma, para un reality de alto ratting, aunque con los ya exhibidos –omisión pontificia mediante- ningún escándalo resultaría ya novedoso o extremo.


Edmundo Moure
Abril de 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 05-04-2014 01:54
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EL ALMA Y SUS AFEITES
EL ALMA Y SUS AFEITES




ALMA (acepciones):
Parte inmaterial del ser humano que es capaz de sentir y pensar y que, con el cuerpo o parte material, constituye la esencia humana; según algunas religiones, también es inmortal;
Espíritu o alma de una persona muerta que está en el purgatorio sufriendo para purificarse e ir al cielo, o que anda errante por el mundo de los vivos sin poder ir al
cielo;
Persona que está siempre sola, triste y
melancólica.



La actriz tiene mi edad, acercándose a los setenta y cinco. Aparece sobre el escenario con un vestido largo y ceñido. La figura, esbelta y bien conservada, se desplaza con movimientos leves, aunque no gráciles, porque el tiempo mueve en ella con torpeza sus goznes herrumbrosos. Cuando la cámara, en un primer plano, muestra su rostro, se aprecia el forzado estiramiento facial, los ojos prisioneros en cápsulas que otrora fueron párpados graciosos, el cuello planchado como camisa vieja, la boca luce labios rojos que se adelantan, como el gesto de una flor plástica de utilería, abierta en patética rigidez… Esperamos la voz, tampoco es la misma, ha enronquecido y debe amoldarse, en cada inflexión, con los compases de la música. No está mal, cuando fue mejor; no desafina, cuando hace tres décadas cabalgó libre sobre el abanico de las notas juveniles. Suspiramos con disimulo.

-Qué bien se mantiene- dice mi amigo… -Si está igualita.

Asiento con la cabeza, pero no digo nada. Mi vecino es un varón septuagenario que se tiñe el pelo… Ganas me dan de decirle que parece un payaso triste, provisto de peluca ennegrecida que pone en evidencia la triste orografía de sus arrugas, que le desaliña el espíritu y el alma, pero me callo para escuchar juntos a la vieja paloma que amenaza cantar.

El recuerdo y su amante, la nostalgia, no son suficientes para paliar la sensación de la decrepitud y, sobre todo, el patetismo grotesco de la inútil lucha contra el tiempo que expresan las cirugías y los afeites externos, para detener al implacable Chronos. Es uno de los signos de nuestra época, la negación de la muerte, su ocultamiento, su elusión constante. Cultura de lo efímero, de lo intrascendente y fútil, del parecer que olvida el ser. Junto a ello, el exitismo y la fanfarria permanente; el “estado de fiesta” como razón de vida, aunque ya solo bailen esqueletos y despojos lamentables.

La cáscara de esta fruta humana se lustra y recompone, dentro de lo posible. Pero, ¿y el interior? Allí el proceso sigue su ritmo y los órganos se desgastan y retraen; aún no se ha inventado cómo renovarlos o hacerles un “afinamiento”, aunque se reemplacen ciertas válvulas del corazón decrépito y se transplanten piezas de urgencia y con poco uso, aunque se recurra a las grageas azules para recuperar el pulso viril, o a la ingesta de hormonas para restablecer los jugos perdidos en la fuente de Venus.

-¿Y más adentro de los órganos?

-¿Hay algo más allá… ¿El alma, sugiere usted?

-Allí, precisamente, en el meollo, donde habita el hálito inmortal.

-Creí que usted era ateo, o agnóstico, como se autodenominan hoy los ateos “cobardes”…

-Ahórrese los calificativos torpes… Un amigo mejor que usted, cantor de lo humano y lo divino, me reveló la existencia del alma, nada más observando el vuelo de las mariposas.

-Curiosa reflexión, a partir de un insecto que vive cuarenta y ocho horas. ¿No pretenderá que ellas poseen alma?

-Todos los seres la tienen, pero el alma también envejece, aunque se renueva antes de morir con el soplo de la esperanza, si sabemos insuflárselo por sobre toda aniquilación… Hay seres humanos que dejan morir el alma; son los “desalmados”, y abundan en nuestro tiempo, al punto de hacer disminuir, con sus acciones venales, el número de almas.

-¿Y no surgen, acaso, almas nuevas con cada nacimiento?

-Así debiera ser, pero no lo sabemos a ciencia cierta. Es posible que el Hacedor se haya cansado de soplar sus figuritas de arcilla…

-No creo que exista el alma; eso es un invento de iluminados y frailes para explotar la credulidad en función de los poderes de este mundo.

-Es cosa de mirar con atención a nuestros semejantes; son “almitas” que deambulan por la existencia, persiguiendo no se sabe qué, quizá ese pájaro azul de la felicidad que nadie ha visto posarse en su jardín… Véalas cómo corren y se afanan por todos los vericuetos de la ciudad.

-Lo escucho hablar y pienso, vaya cómo nos cambia la vida… Yo que lo escuché hace treinta o cuarenta años, tan rotundo y materialista dialéctico, a ratos “progresista”.

-Míreme a los ojos… ¿No advierte en su fondo el brillo del alma?

-Sólo veo la contracción de la miopía y unas sombras que reptan en el cristalino.

-Hombre de poca fe. Le dejo aquí, mientras retomo mi andar.

-Veo que es usted caminante compulsivo. ¿Qué gana con tragarse tantos caminos?

-Respirar a pleno pulmón, mantener ágil el cuerpo, para que los anhelos aireen el espíritu, para no envejecer tan rápido…

-Bicho raro es usted. ¿Quiere que le acompañe?

-Gracias, no. A estas alturas prefiero andar a solas con mi alma.


Edmundo Moure
Marzo 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 20-03-2014 01:32
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Sobre O ESCANO BALEIRO de Xulio López Valcárcel
UN ESCAÑO COMPARTIDO


Todo o que eu amo é eterno
como ti Terra o eres
como as amadas mulleres
como as neves
máis leves
do máis esquecido inverno.
Uxío Novoneyra


Mi entrañable amigo poeta, Xulio López Valcárcel, lucense nacido en Quiroga, para mayor abundamiento, me ha enviado, desde la otra ribera del mar, su ensayo poético de viaje, memoria y testimonio, O Escano Baleiro, libro de bella y fina edición que guardé para su lectura en estas breves vacaciones de febrero, disfrutadas al amparo de una vieja caleta del llamado Norte Verde de Chile, convertida hoy en popular balneario, Guanaqueros.

Libros hay que uno hubiese querido escribir; éste es uno de esos… Caminar las rutas vitales de un autor amado, desde el sortilegio de la palabra poética, rescatando su memoria a través de los senderos del contumaz peregrino que somos, en la única resurrección posible, aquella que comienza con la contemplación del escaño vacío, que llenaremos con una presencia más perdurable que nuestros cuerpos, en virtud de anhelos hechos palabra creadora.

Una de mis tareas pendientes es conocer la comarca de O Courel, como caminante, desde las tierras de Quiroga, a donde mi abuelo Cándido iba de cacería, llevando al entonces cativo de mi padre como compañero y can de circunstancia, para que recogiera las torcazas que abatía con su escopeta, rito que éste iba a repetir, en campos del sur remoto de Chile, con su hijo Edmundo, en tácito encadenamiento de aficiones y ansias por abrazar sin pausa los incontables caminos.

Entonces, haciendo mío el propósito de nuestra Isidora Aguirre (1), acojo su exhortación, que es título de un libro memorioso: “Doy por vivido todo lo soñado”, y sin ánimo pretencioso ni sacrílego, comparto el escaño con Uxío, a quien no tuve la fortuna de conocer, y con Xulio, andariego de rutas fraternales, para entablar con ellos un coloquio que vincule, una vez más, nuestros mundos remotos y contiguos, en el mapa de la poesía, donde los kilómetros se conjugan en sílabas y los continentes se abren como las tapas cálidas de un libro cuya lectura acabamos de oficiar, en el febrero de este Último Reino, renovando las viejas y amadas verbas, tal y como lo sugiriera nuestro padre y devanceiro.

Ao fondo do camiño albisco a casa do poeta. A memoria devolve unha imaxe, a dun home manexando un chanto no lousado. Era Uxío Novoneyra reparando as goteiras con fortes, pesadas lousas que resistirán os ventos da invernía.

Na fachada dianteira, baixo un amplo cobertizo, arrimado á parede está o vello escano onde acostumaba sentar Uxío. O escano, baixo, de rústica factura en madeira, parece ofrecerse convidando ao descanso ou a disfrutar da fresca…

Cojo al vuelo la invitación de Xulio y, en sus palabras, volvo ao Courel sobre os seus pasos, mirando e sentindo, desde a miña experiencia o que el mirou e sentiu…

Nos hemos levantado los tres, para iniciar el viaje por las corredoiras del libro, lugares y rincones que tantas veces transitara nuestro admirado Uxío... No es un agasajo cualquiera y, como tal, convoco a quien siempre va conmigo, para tomar parte en el viaje, ahora que revivo sus sueños, dándoles vida como él sabía hacerlo: con las viejas verbas revividas en el ocaso, golondrinas sin tregua… Cada cierto tiempo, voy a la página 183, donde está el mapa que muestra la sonora grafía de los nombres, mientras subimos, desde Quiroga hacia el noreste, los montes que nos contaba Cándido Pai, como si los volviera a ver a través de la saudade: Conventos, Altos do Boi, Vidallón, A Campa, Valdomir, Eiriz (onde eu tiven unha noiva secreta)… Folgoso do Courel, Sobredo, Ferreiros de Abaixo, Ferreiros de Arriba, Parada, Cotelo, Esperante, Moreda, Seoane, O Carbedo, Romeor…

Surge la casa, en Parada, a Casa da Fonte, donde nació Eugenio Novo Neira, inmortalizado en la literatura como Uxío Novoneyra, en acertado bautismo estético… ¡A casa de pedra e cal vella/ -solaina e ventás prá serra-/ feita fai cen anos a miña maneira! Y si alguien sabe de casas, en sentido poético y fenomenológico, él es Xulio, que nos regaló su Casa Última, sita en la aldea mítica de Naemor, su pequeña patria de Quiroga. Ahora nos presenta y abre para nosotros los ámbitos secretos de la morada del poeta de O Courel, donde Uxío viviera su infancia y adolescencia, esas etapas vitales que cribarán lo que seremos en definitiva.

Y es imprescindible leer y escuchar la voz de Xulio, que sintetiza lo que pensamos y sentimos de aquellos espacios esenciales:

Consciente do legado recibido dos devanceiros, do peso da memoria, do gozo e do sufrimento habido entre aquelas paredes, Uxío amaba a súa casa sabéndose membro dunha comunidade da que formaban parte os vivos pero tamén os mortos. Uxío respectaba a tradición herdada e era fiel a ela, pousaba vagaroso a man sobre os obxectos e cando se dispoñía a ordenar ou facer limpeza era cuidadoso en extremo, pois sabía que estaba collendo un patrimonio material e emocional, afectivo, do que non era dono, só depositario:

Ando limpando a casa de cacharros e trastos
lacenas e faios sen deixar rechubazo.
Ando a tocarlles as mans ós antepasados...


El recorrido nos lleva por lugares, casas, iglesias, tabernas, paisajes, y también seres humanos que entregan sus testimonios vitales de Uxío, como ese paisano querido y luminoso que desde el amor a la tierra rústica y bravía de O Courel supo extraer la mejor síntesis poética, versos certeros, desnudos y prístinos como los amaneceres de la montaña, hondos y viscerales como los crepúsculos que inaugura en las aldeas el cotidiano y rasante vuelo del abrenoite.

Y están sus pares coetáneos, poetas y escritores que compartieron ese quehacer y que a menudo cuesta integrar en la difícil hermandad de la poesía… Xosé María Díaz Castro, Ánxel Fole, su fiel amigo Manuel María, los compañeros del grupo Brais Pinto, Ramón Piñeiro y otros…

Me detengo con especial fruición en el texto en que Xulio trae a nuestra memoria al poeta José Ángel Valente Docasar, pues más allá de la admiración que profesamos a este extraordinario orensano universal, a mí me liga una vieja amistad con los hermanos Valente Docasar, radicados en Chile hace más de cuarenta años: Manuel, Ramón y Marcial. Con este último, sobre todo, me unen afanes literarios de antigua data. Él es un destacado editor, y su hija, Paulina Valente Uribe, fina poeta chilena, con quien compartiéramos las aulas de nuestro Centro de Estudios Gallegos de la Universidad de Santiago de Chile. A través de Marcial pude conocer en profundidad la obra de José Ángel, acercarme a ese gallego que en los últimos años recuperara la lengua vernácula para su propia creación, mostrando en esa actitud el drama de los idiomas avasallados por la cerril incomprensión de los centralismos políticos, que imponen sus códigos burocráticos por encima de la libertad creadora.

Así lo expresa Valente en carta que recoge e incluye Xulio en su sobresaliente ensayo:

Hace unos meses fui visitado, repentinamente y sin buscarlo, por la lengua gallega, que tiene de todos modos muy sumergidos fondos en mí, y escribí de seguido siete poemas que he titulado Sete Cantigas de Alén…

Una noche, en casa de Manuel Valente, al calor de una incomparable cena gallega, Marcial recitó una de esas cantigas, que está en el acervo poético de mi memoria:

Escoita, mai, voltei.
Estou no adro
onde aquel día o grande corpo
de meu abó ficou.
Inda oio o pranto.
Voltei. Nunca partira.
Alongarme somente foi o xeito
de ficar para sempre (2)



Ya ves, caro lector, cómo se unen y entrelazan los confines y de qué manera nuestro prurito finisterrán no hace sino acercar la Galicia atlántica a la Galicia de la diáspora o de alén mar, como escribe Xulio… Por eso, recibir y disfrutar libros imprescindibles, como O Escano Baleiro, asume para nosotros un significado que está más allá de toda hermenéutica literaria o pasión por la palabra. Dicho por el propio Uxío Novoneyra:

Camiño de volta fago
volvo do cabo do Mundo.
Terra sólo en ti me fundo:
é a certeza que traio.


Quisiera seguir hablando y escribiendo de este libro que gocé en el verano del Sur, pero no es posible en el acotado espacio de la crónica. Cabe sólo agradecer a Xulio López Valcárcel y anotar en mi libro de débitos literarios esta nueva deuda de uno de sus galanos, que espero recibir hasta que mi propio escaño quede vacío…


Edmundo Moure
Febrero 2014
(1) Isidora Aguirre, nacida en 1919, es más conocida en la literatura chilena por su producción teatral. Recién en 1987 incursiona en la novela con "Doy por vivido todo lo soñado". A pesar de ser una novata en este género, Aguirre demostró poseer un don innato en el arte de narrar. La autora falleció el 25 de febrero de 2011, a la edad de 92 años.
(2) Sugiero ver, en Internet, el ensayo Tierra de Meigas: Cántigas de Alén, de Paulina Valente Uribe, sobrina chilena de José Ángel Valente.
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 28-02-2014 17:02
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