A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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EL ZOO ILÓGICO
EL ZOO ILÓGICO Y OTRAS ABERRACIONES

¿Existe algún recinto de exhibición más aberrante que un zoológico?, ¿más inhumano, aunque de animales se trate?

Es probable que no… Cuando muy niños nos llevaron al zoo del cerro San Cristóbal, a donde se llegaba en funicular. La primera impresión era olfativa. Nos golpeaba una mezcla espesa de diversos hedores excrementicios y de efluvios pestilentes que provenían –mucho más tarde íbamos a saberlo- del encierro de fieras y animales diversos en reducidos cubículos, donde la falta de espacio y movimiento provocan la concentración mefítica de los humores que secreta cualquier organismo vivo… Andrés Walker, hace medio siglo, me llevó hasta el fondo de una bodega portuaria, donde dormía el cuidador de la misma, sobre jergones harapientos en los cuales solía recibir esporádicas visitas femeninas -hembras de seguro inmunes a toda fetidez-; asimismo, amigos varones con quienes bebía o se drogaba. Allí pude apreciar que el simio de pie logra superar, en su nauseabundo clímax, incluso al chingue y al zorrillo...

La segunda impresión, en ese parque de creaturas desoladas, fue percatarme de la tristeza irremediable de aquellos seres encerrados en contra de su voluntad, evidenciada a través de actitudes pasivas y casi sonámbulas, como era el caso de los grandes felinos, leones, tigres, leopardos, panteras, y hasta un gato montés, cuyos ojos habían perdido toda vivacidad… El oso polar, náufrago del Ártico, de color amarillento sucio, como los dedos alquitranados de un empedernido fumador, parecía gigantesco perro doliente, bajo la canícula de 35º, mientras alguien le lanzaba, en atroz paliativo, barras de hielo sucio al interior de su inmunda charca.

Las diversas especies de monos, con su ominoso parecido a los seres humanos, de anchos culos lacerados, mostraban también las flagrantes contradicciones de su cautiverio, limitados a breves evoluciones entre arbustos cubiertos de mallas de alambre, recibiendo de los visitantes el maní y otros productos sucedáneos, acechando cualquier descuido para morder la mano del incauto que confiara en su equívoca simpatía, quizá suponiendo amabilidades propias de la mona Chita, tierna amiga del rubio Tarzán…

Pero quizá lo más penoso resultara una pareja de cóndores recluidos en estrecho gallinero… Después de haberlos visto volar, majestuosos, sobre las azules cumbres de Los Andes, y apreciar el contraste grotesco de aquellos dos pajarracos con aspecto de buitres en completo desaliño, condenados a yacer prisioneros, como en aquellos campos donde los humanos suelen confinar, época tras época, a sus ocasionales enemigos, yo no podía entender que su airosa figura, recogida en el emblema patrio, se asociara a proezas imperecederas de la nación… Mi padre nos recordaba, a propósito de la heroicidad emplumada, que el mejor cuerpo aéreo de los alemanes, el que bombardeó con ferocidad genocida a los civiles de Madrid y Guernica, fue la División Cóndor.
Son de antigua data estos campos de concentración de animales, concebidos para exhibir, ante niños, jóvenes, adultos y viejos, las diversas especies animales, sobre todo las exóticas, las provenientes de África, por ejemplo, comarcas en las cuales habitaban las fieras más temibles; también de la India, desde donde procede el incomparable tigre de Bengala, que en cautiverio empieza a semejarse a una ridícula alfombra de nuevo rico… Quizá el propósito de estos recintos fuese también alentar las cacerías en el África remota, y el emprendimiento de safaris para turistas con dólares y espíritu de aventura… Es probable que el infante Juan Carlos de España hubiese visto elefantes en el zoo de Madrid, y haya creído que eran fáciles de ultimar.
Abriendo el gigantesco zoológico virtual de Internet, leemos:
Desde la antigüedad, gobernantes de países tan diversos como Egipto y China han tenido colecciones de animales cautivos, pero el concepto de parque o jardín zoológico, en el que los animales cuentan con una cierta libertad de movimientos, es más reciente. (Nótese la falacia del concepto de “libertad reducida”)
En el siglo XVI, el conquistador español, Hernán Cortés, a su llegada a Tenochtitlán, se quedó maravillado ante el gran jardín que el emperador azteca, Moctezuma, había creado con animales traídos de todos los rincones de su imperio. (También arrasó estos recintos el civilizado conquistador, y debe haber devorado, en monumentales cazuelas, sus aves multicolores). Los primeros parques zoológicos modernos fueron la Casa Imperial de Fieras, establecida en Viena en 1752 e inaugurada al público en 1765, y el zoo creado en 1793 en conexión con el Jardín Botánico de París. El parque zoológico de Regent's Park, en Londres, fue creado en 1828 por la Sociedad Zoológica de Londres. En 1931 la sociedad inauguró Whipsnade Park (condado de Bedfordshire), con un área aproximada de 230 hectáreas, que se ha convertido en uno de los zoos más famosos del mundo. El zoo más antiguo de los Estados Unidos fue inaugurado en el Central Park de Nueva York, en 1864. (Coincide con el término de la esclavitud para los que luego iban a ser “afroamericanos”, venidos también en jaulas de hierro, desde las “tierras salvajes” del otro lado del mar).
El Parque para la Conservación de la Vida Salvaje Internacional, situado en el Bronx Park de Nueva York y más conocido como zoo del Bronx, abrió sus puertas en 1899. Fundado por la Sociedad Zoológica de Nueva York (hoy Sociedad para la Conservación de la Vida Salvaje), el zoo cuenta con una de las mayores colecciones de animales del mundo. En Estados Unidos está también el zoo de San Diego, que cuenta con la colección de animales más completa de las dos Américas. Lugares como Missouri, Bombay, Calcuta, El Cairo, Tokio, Berlín, Munich, Madrid, Barcelona y Roma albergan grandes colecciones de especial importancia. En Latinoamérica se multiplicaron estos recintos, entre los que destacan los de Buenos Aires y Mendoza en Argentina, el de Pará en Brasil. (Mientras muchas especies se extinguen en su otrora “hábitat natural”, otras agonizan en los parques zoológicos de las grandes urbes).
El capo universal de la coca, Pablo Escobar, también “benefactor de la vida salvaje”, articuló un gigantesco parque zoológico en sus dominios de la selva colombiana, en una extensión de tres mil hectáreas, incorporando especies de África, tales como hipopótamos y cocodrilos... Sin el debido control, estas bestias colosales franquearon los límites del recinto e infestan hoy ríos y lagunas, acabando con especies autóctonas que carecen de medios defensivos para enfrentarlos.
Yo reemplazaría los zoológicos por recintos acotados, con sus correspondientes jaulas, para exhibir a los distintos tipos humanos… Pues si se trata de un fin didáctico, nada mejor que enseñar las miserias y grandezas de nuestra propia especie, la más autodestructiva que se haya creado -quizá la única que se aniquila a sí misma de manera consciente y pertinaz, y de paso, arrastra a las otras en el despeñadero de la muerte-, para alertar a los más jóvenes de los riesgos que les aguardan, aun cuando entre los homo sapiens sea inevitable experimentarlos en carne propia, una y otra vez.

-Pero si eso ya existe. Veo que usted está atrasado de noticias… ¿Acaso no vio al poeta Hernán Miranda, hace diez años, encerrado en una jaula del Zoológico de Santiago? Los niños preguntaban a sus padres: -¿Cómo se llama ese mono que lee? (Hernán recitaba tras la reja, imperturbable, su bello poemario “Arte de Vaticinar”).

-No se confíe… En este mismo momento hay millones de ojos escrutándole. Haga lo suyo, lo que le corresponde, muévase en su ámbito, sin aspavientos de animal enjaulado. Y recibirá el justo premio de su diaria comida… Es posible también que alguien le lance un cacahuete o alguna golosina menor; considérelo el postre, es decir, lo postrero.


Edmundo Moure
Agosto 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 08-08-2014 03:01
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GALICIA, UNA PALABRA EXTRAÑA

LA PRIMERA PALABRA


Galicia era una palabra extraña, llena de misterio en los días de la infancia… Un lugar remoto desde donde había venido mi padre, con su acento extranjero de sonoridades bonaerenses... En el salón de nuestra casa colgaba un enorme mapa de la Península Ibérica, enmarcado en madera y protegido por un cristal. A la izquierda, en el extremo superior que hacía vértice con el océano Atlántico y el mar Cantábrico, como una especie de bonete que le quedase estrecho a Portugal, se delineaba un territorio sinuoso, ornado de diminutas figuras que semejaban pinos; hacia la derecha, se desplegaba la inmensa España con su Madrid céntrico y mesetario, empinándose con porfía hacia el noreste, como si buscara acercarse a la esquiva Europa.

Mi primera asociación con esa palabra era la imagen de unos segadores que cargaban sus fardeles y herramientas, inclinados sobre la era, mientras regresaban a sus moradas de piedra… No sé de dónde nació en mí aquella visión peregrina; quizá de los versos de Rosalía que escuché a mi padre: “Casteláns, tratade ben aos galegos…”

¿Esos gallegos, entonces, eran como mi padre? No me lo parecía, porque a él le veía llegar de su labor de oficinista contable, en la hora vespertina, vestido con traje atildado, de camisa blanca y corbata, con sombrero alón, luciendo su porte imponente… Y cuando trabajaba en el jardín o en la huerta, su rostro claro parecía disfrutar de un placer conocido. ¿Acaso los gallegos de allá no eran felices? ¿Por qué se marchaban a América, si después iban a vivir añorando su tierra?

La palabra Galicia adquiría otras connotaciones cuando la escuchaba en boca de la abuela Elena o de las tres tías gallegas. Se dulcificaba, se impregnaba de nostalgia, de una sensación agridulce y contradictoria, que yo sólo iba a comprender cuando descifrara la palabra “morriña”, mucho más tarde, en el instante en que Galicia se abriera para mí como abanico interminable de incitaciones y asombros, a partir de la prosodia de su lengua que comenzaba a desgranar, sobre la rústica mesa de mis conocimientos, el alimento incomparable de sus sílabas e inflexiones secretas.

Esa palabra era una fuente de la que iban a surgir regueros de un amor perdurable, a medida que me acercaba a sus entrañas secretas.

Viajé por primera vez en 1983, buscando la casa donde había nacido mi padre, en A Touza, Santa María de Vilaquinte, al sur de Chantada. Dos años más tarde, en julio de 1985, repetí el viaje, esta vez como ponente del Congreso “Rosalía de Castro e o seu Tempo”, que tuvo lugar en Santiago de Compostela.

Al regreso, integré el directorio de Lar Gallego de Chile, como “director cultural”. Nos reuníamos en la sede de calle Carmen, recinto hoy desaparecido de la Unión Deportiva Española. En la sala principal había una biblioteca, cerrada con llave. De vez en cuando llegaban cajas y paquetes desde Galicia, con libros, revistas y folletos, un material heterogéneo en el que yo podía encontrar obras de interés, publicaciones en lengua gallega que aquí nadie leía, salvo Pepe Bouzo y el profesor Eduardo Benítez, también Edgardo Gallegos, mi compañero de sueños galleguistas… Clasificamos los materiales y les dimos su respectiva numeración. Pero los libros no tenían más usuarios que los ya nombrados.

La palabra Galicia y su sentido más profundo no se conjugaban aquí desde la lengua vernácula, olvidada por sus emigrantes, salvo algunas reminiscencias aldeanas en que la nostalgia se hacía presente con notas de costumbrismo remoto y formas que adquirían, de pronto, un tono de auto desprecio, como si fuesen resabios primitivos que la “modernidad” de una buena posición económica desechaba. Advertíamos que esto no era privativo de los hijos de Galicia; era un patrón común a otras colectividades, asentadas en un “españolismo” de cuño franquista que pervivía más allá de la muerte física del pequeño ferrolano. Como patético símbolo, en la pared, tras la testera de la mesa de reuniones del Lar, colgaba una fotografía de Franco, autografiada por él en 1964, que los directivos exhibían con orgullo…

Aquellos hijos del noroeste atlántico, en su inmensa mayoría, no habían estado ligados a los libros ni a la cultura en un sentido de refinamiento intelectual, sino apenas vinculados a expresiones populares y folclóricas consagradas a lo largo de los siglos, como la música a través de la gaita, el tamboril y la pandereta; asimismo, los bailes regionales, ensayados para las festividades propias del calendario religioso, cuya pertinacia de uso constituía las raíces esenciales del ser galaico en la emigración, junto a las manifestaciones culinarias típicas, como la empanada gallega, el caldo con unto y el lacón con grelos, que aparecían en fiestas y conmemoraciones anuales, “día de la raza” incluido, con los saludos y discursos de rigor, pergeñados por funcionarios diplomáticos y dirigentes locales. Para ello no se precisaba de una patria distintiva, ni siquiera de un concepto de nación al modo de los antiguos galeguistas que parecían haber muerto con Castelao, en los albores de 1950, en el exilio de Buenos Aires. Bastaba la bandera roja y gualda y el viejo himno imperial… Y es que en España nada parece cambiar, si hasta las izquierdas se han vuelto monárquicas y clericales…

¡Bendito sea el Señor Santiago!

Nosotros aspirábamos a otra cosa. Queríamos fundar un centro de estudios gallegos en Santiago de Chile, para enseñar aunque fuese los rudimentos de la lengua de Rosalía y dar a conocer lo más granado de su literatura a las nuevas generaciones de gallegos, hijos y nietos de esa especie en extinción que constituían los viejos emigrantes.

Transcurrieron trece años, y en 1998, a instancias del amigo poeta, Luis González Tosar, contando con el apoyo irrestricto de Fernando Amarelo de Castro, logramos nuestro propósito, y en julio de ese año, bajo el alero del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, con el patrocinio de la Secretaría de Educación y Ordenación Universitaria de la Xunta de Galicia, se dio inicio al Programa de Estudios Gallegos, con una cátedra de Lingua e Cultura Galega, como “crédito cultural” para alumnos de la USACH, además de cursos abiertos para descendientes de gallegos en Chile y público general. Asimismo, talleres de literatura gallega impartidos en la Sociedad de Escritores de Chile.

Doce años de constante labor y de cooperación recíproca. Una veintena de alumnos concurrieron a los cursos de verano del Instituto de Lengua Gallega en Santiago de Compostela; además, organizamos intercambios de docentes y escritores, viajes anuales a la Terra Nai, publicaciones, libros que atravesaron las fronteras con el nombre de Galicia como airosa credencial para el ejercicio del “júbilo de comprender”.

La gran mayoría de nuestros alumnos fueron chilenos, sin ascendencia gallega conocida. De la colectividad residente, hubo escasa receptividad para nuestros afanes, que se limitaron a colaboraciones solicitadas para el Día de las Letras Gallegas o para la efemérides de Santiago Apóstol... Nunca pudimos implementar algún curso regular en la sede de Lar Gallego de Chile, ubicada en Estadio Español de Las Condes; un taller, que inauguramos en el 2004, fracasó por falta de asistentes. Es posible que hayamos fallado en nuestras estrategias de difusión y acercamiento, pero el desinterés por el aprendizaje del idioma de Rosalía resultó evidente, exacerbado quizá por ciertas sospechas políticas de “separatismo izquierdista”, en el seno de esa institucionalidad asociativa hispana que sigue ligada a los añejos presupuestos del franquismo, y que segrega a sus miembros según el rasero de la solvencia económica, condición que suele identificarse con la ideología conservadora, que se fortalece en el olvido pertinaz de los orígenes humildes...

Pasaron los años y nos volvimos viejos para ejercer la docencia oficial. Pero aquella palabra propiciatoria no había declinado bajo el imperio de Cronos; por el contrario, se fortaleció en el pulso inquieto de nuestro camino.

Otras vías se abrieron a la inquietud amorosa por la difusión de la cultura gallega, resaltada en sus relaciones históricas y anímicas con la América austral, donde las huellas perdurables de los devanceiros han logrado notables simbiosis, como la ocurrida en Chiloé, la Nueva Galicia fundada en 1567, a través del imaginario popular (1), investigaciones que fueron publicadas por la Xunta de Galicia, en 1997 y 2001. Asimismo, el ejercicio permanente de la crónica semanal, publicada en diversos medios de Galicia y en periódicos y revistas de Chile, tarea que ha superado el millar de artículos, quizá emulando –me atrevo a decir, con orgullo exento de vanidad- el logro de nuestro querido gallego republicano, sadense de las mariñas, Ramón Suárez Picallo, quien prodigara sus mil crónicas en Chile, entre los años 1942 y 1956, bajo el título de “La Feria del Mundo”(2).

Entre los ecos de esa palabra que resuena en nosotros, y que venimos conjugando, con entusiasmo y fervor, cabe destacar las actividades de grupos que han “descubierto” Galicia y sus atractivos por otras vías, como el Centro Cultural Amigos de Galicia, de la ciudad de Valparaíso. En este caso, tuvo capital incidencia la amistad de sus fundadores con el sacerdote gallego, académico de la Universidad Católica de Valparaíso, Francisco Sampedro, quien les revelara, a través de afectuoso testimonio, los encantos de la Terra Nai, a estos porteños que, sin contar con la marca genética de la ascendencia gallega, procuraban un sólido acercamiento a la patria de Rosalía.

Así, durante este frío invierno austral, llevamos a cabo encuentros en torno a la cultura gallega, entre los que destacamos el homenaje a Rosalía de Castro, el lunes 14 de julio, en el Mesón Nerudiano, con la participación del cantautor Eduardo Peralta, del músico José María Moure y de este cronista… Rememoramos a la gran poeta, cuando se cumplen ciento veintinueve años de su pasamento… Y el martes 22 de julio, participamos en la “semana cultural de Galicia”, patrocinada por el Centro Cultural Amigos de Galicia, en el teatro municipal de Viña del Mar, con la conferencia “Chiloé y Galicia, Confines Mágicos” que hemos ofrecido a lo largo y ancho de estas comarcas del finisterre austral, donde muchos gallegos han fundado sus lares entrañables.

Hacemos nuestra esta palabra, como hallazgo definitivo, y ella nos acompañará hasta el fin de nuestros días. Sus tres sílabas rumorosas penden en el firmamento de los mejores sueños: Galicia.


(1) Ver “Chiloé y Galicia, Confines Mágicos”; versión gratuita en Internet.
(2) “La Feria del Mundo”; Crónicas desde Chile; Consello da Cultura Galega; 2008.


Edmundo Moure
Julio de 2014



Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 26-07-2014 00:03
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LAS ABEJAS
DULCE REINA MORIBUNDA


Dijo la abeja al zángano: jamás equivaldrá vuestro zumbido
a una gota de miel que yo fabrique.


Hace poco, escribí una crónica en la que me declaraba -una vez más-, desde el espíritu republicano, opositor a las monarquías; asimismo, enemigo de las dictaduras y de todo tipo de tiranías, lleven cualquier apellido. Pero en tal manifiesto de principios existía una excepción, no advertida entonces, que rectifico aquí, con desolado empeño. Admiro, defiendo y comienzo a llorar la inexorable muerte de una Reina y de su maravillosa monarquía. Me refiero a la soberana de las abejas, hoy en alarmante peligro de extinción, como bien sabemos, por informaciones que recibimos desde diversos puntos del planeta, en los que cientos de miles de colmenas son abandonadas por sus habitantes, laboriosas abejas, para no regresar ni menos fundar nuevas colonias, como era, hasta hace poco, el móvil de su benéfico ciclo vital.

Muchos opinan que es éste uno de los signos del fin de los tiempos, entre ellos, Albert Einstein, quien advirtió: “Si las abejas desaparecieran del planeta, al hombre sólo le quedarían cuatro años de vida”. No lo sabemos, a ciencia cierta, como tampoco se explica la causa de masiva mortandad planetaria de este maravilloso insecto que renueva la vida de la naturaleza con el insustituible trabajo de la polinización. Sin este amoroso afán de extraer el dulzor de las flores y depositar el polen en millones de árboles y plantas, se hace en extremo difícil la fertilización de los frutos. Hay otros agentes menores, pero irrelevantes por su número y concurso, como la mariposa y el colibrí. También los vientos cumplen parte de esta función.

Hemos visto cómo en China, miles de hombres, provistos de una extraña herramienta de madera y plumas, intentan reemplazar a la diligente abeja, polinizando de manera burda, lenta e ineficaz. Mientras contemplamos el espectáculo de los hombres-abeja, encaramados en los árboles como torpes simios, surgen las más diversas teorías sobre el terrible fenómeno de aniquilación de la apis mellifera, la obrera de la aromática miel, sea por insectos depredadores, bacterias asesinas o por los pesticidas humanos con que la industria química ha inundado el planeta. Existen hipótesis y sospechas, pero ninguna certeza. Entretanto, ya ha desaparecido más de un cuarenta por ciento de las abejas, en los cinco continentes.

Por cierto, no es el único ciclo o proceso ecológico que se ha visto alterado por el factor humano en las últimas décadas, pero tal vez su quebrantamiento, en el caso de la abeja, sea el más aciago de todos, por la importancia de su equilibrio en la regeneración de la vida vegetal y animal. Se supone que el pequeño insecto se ha estado alimentando, desde hace veinte años, de productos transgénicos que contienen toxinas venenosas, a base de sustancias letales que se incorporan en los procesos genéticos, para aumentar la productividad de las semillas. En el caso de las abejas, la acción humana, al parecer, no previó las desastrosas consecuencias ni posee la capacidad técnica de sustitución del complicado proceso.

Hace más de medio siglo, Alfredo Piola, antiguo caballero de historias y de libros que peregrinan por los caminos para ser leídos con deleite, me regaló “La Vida de las Abejas”, del escritor belga, en lengua francesa, Maurice Maeterlinck, que leí con apasionado interés, sorprendiéndome por muchas de sus reflexiones, en especial aquellas que apuntan a cuestionar el pretendido antropocentrismo del universo que los seres humanos nos hemos arrogado, sintiéndonos dueños y depositarios de la creación, hechos como estaríamos, “a imagen y semejanza de Dios”. Esto lo pone en duda el sagaz escritor, tomando como ejemplo de refutación, precisamente, la vida de las abejas y lo extraordinario –misterioso en muchos aspectos- de su ordenamiento existencial y la precisión de su constante labor regeneradora.

Quizá no sea necesario leer a Maeterlinck para apreciar esta tragedia ecológica que estamos viviendo, pero su libro nos conmueve, gracias a una visión profunda y poética de una realidad que está bajo nuestras narices, pero que no somos capaces de entrever, sumidos en falsos abalorios y pueriles vías de escape.

“Las abejas han sacudido el entorpecimiento del invierno. La Reina (no está con mayúscula en el original, pero ya no podré escribirla de otro modo) ha vuelto a poner sus huevos desde los primeros días de febrero. Las obreras han visitado las anémonas, las aliagas, las pulmonarias, las violetas, los sauces, los avellanos… Luego, la primavera ha invadido la tierra; los graneros y las cuevas del panal rebosan de miel y de polen, millares de abejas nacen cada día. El hacinamiento, no obstante, se hace insoportable".

“Una inquietud conmueve a todo el pueblo. Y la vieja Reina se agita. Comprende que se prepara para ella un nuevo destino. Ha cumplido religiosamente su deber de buena creadora. Y del deber cumplido surgen la tristeza y la tribulación. Una fuerza invencible amenaza su reposo; pronto tendrá que abandonar la ciudad donde reina… Ella ha sido allí la madre y el órgano único del amor”.

¿Cuál es la potencia que rige su destino de soberana y el de todos sus miles de súbditos? Maeterlinck lo define con precisión no exenta de poesía y certera metáfora de la naturaleza:

“El ‘espíritu de la colmena’ es el móvil, secreto y misterioso, de un ordenamiento perfecto. Él dispone, implacablemente, pero con discreción y como si estuviese sometido a un gran deber, de las riquezas, la libertad y la vida de todo un pueblo alado. Regula día por día el número de los nacimientos y lo pone en estricta relación con el de las flores que iluminan la campiña. Anuncia a la Reina su destronamiento o la necesidad de que parta con un nuevo séquito fundacional”

Al parecer, sólo el hombre ha sido capaz de perturbar ese espíritu y de alterar ese orden, introduciendo el caos de una muerte desbocada, producto de comportamiento homicida e irracional: la razón de su sinrazón en aras de la codicia desmesurada.

“El hombre tiene la facultad de no someterse a las leyes de la Naturaleza; saber si hace mal o bien en usar esa facultad, es el punto más grave y menos aclarado de la moral. Por ello, es interesante sorprender la voluntad de la Naturaleza en un mundo distinto al humano. Pues, en la evolución de los himenópteros, que, inmediatamente después del hombre, son los habitantes del globo más favorecidos desde el punto de vista de la inteligencia, dicha voluntad parece muy clara”.

Del arquetipo de estas Reinas, que vuelan hoy hacia el exterminio, disociadas del “espíritu de la colmena”, escoltadas por las abejas enloquecidas y sin rumbo, por obra del mal proclamado “rey de la creación”, me declaro enamorado, ferviente súbdito, y, cuando la muerte nos separe, viudo inconsolable.


Edmundo Moure
Julio 2014
Un pesticida común , culpable de matar a las abejas
Los plaguicidas tóxicos y las abejas
Precaución: Abejas a la baja
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 21-07-2014 00:18
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PALESTINA
LOGROS DEL PUEBLO ELEGIDO


Israel es el Pueblo Elegido que deambuló por el mundo, durante milenios, en busca de la Tierra Prometida que iba a devolverles el Mesías. Pero este salvador no advino para ellos en la figura de Cristo, a quien desecharon por loco, sino en la forma de un general moderno, un guerrero dotado con las mejores armas para la aniquilación, un adalid imperialista e implacable, como el mismísimo Jehová de los Ejércitos.

Desde 1948, el Estado Israelí se asentó en Palestina, sobre territorios usurpados a más de un millón de palestinos, a quienes no quedó otro camino que el éxodo, aunque no fuese hacia una tierra de promisión, sino hacia el atroz albur de la rosa de los vientos. Los que permanecieron, aferrados a una patria inhóspita y desmembrada, según el trazado equívoco de sus amos, iban a conocer, en carne y espíritu, de manos de los hijos de Israel, tres logros apocalípticos:

- El Ghetto más extenso jamás conocido: Palestina.
- El Campo de Concentración más eficaz y duradero de todos los tiempos: Palestina.
- El Infierno en la Tierra, émulo perfecto de la gejena con que Jahvé amenaza a sus enemigos y a los pecadores hebreos, peor que el inferno de Dante o el yahim musulmán: Palestina.

El Pueblo Elegido, o Israel, ha podido alcanzar estos logros notables de su historia, porque no está solo. Cuenta con el apoyo irrestricto del imperialismo estadounidense y de sus aliados occidentales, más la complicidad de algunos países musulmanes que son los proveedores del petróleo para la industria del primer mundo.

El conservador y monárquico, Lawrence de Arabia, advirtió, hace un siglo, del peligro que un enclave militar israelí en Medio Oriente iba a significar para la estabilidad de la región y la integridad del mundo árabe.

No se equivocó: el muro israelita –émulo aventajado del muro de Berlín- crece y se extiende, como demencial laberinto, ahogando los aislados territorios palestinos que aún subsisten bajo una de las guerras de ocupación más criminales y devastadoras de que se tenga memoria.

Mientras el Hijo Pródigo aplasta al pueblo palestino: -ancianos, mujeres, niños y hombres-, sus corifeos publicitarios siguen pasándonos la cuenta de los horrores del Holocausto y del genocidio de Auchswitz y de Treblinka… Pero no es necesario para ello remitirse al pasado, porque el nuevo holocausto lleva hoy el nombre martirizado de Palestina, la tierra cien veces avasallada de Canaán.


Edmundo Moure
Julio 13, 2014
Comentarios (1) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 13-07-2014 22:03
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70 aniversario de SEMPRE EN GALIZA

“SEMPRE EN GALIZA”
ALFONSO CASTELAO

(70 anos da publicación en Bós Aires: 1944)

Con ocasión del aniversario 70 de la publicación de esta obra imperecedera de Alfonso Castelao, se dará curso, en Santiago de Compostela, bajo el patrocinio del Consello da Cultura Galega, a la lectura de libro por gallegos de la diáspora y de la Galicia atlántica, a través de grabaciones de textos escogidos.
Me tocó en suerte ser elegido para leer el párrafo siguiente, en lengua gallega:

(En Libro Segundo, XX)

Ainda que os factores económicos fosen d-abondo para esplicar o fenómeno migratorio de Galiza é o certo que nós sabemos andar pol-o mundo a cata de benestar, e que os demáis hespañoes morren de fame con tal de non enfiaren camiños descoñecidos. Os galegos sabemos arranxar os papeis e pedir un pasaxe de terceira; sabemos agacharnos nas bodegas d-un trasatlántico cando non temos diñeiro; sabemos pillar estradas c-un fatelo ao lombo ou empurrando a roda de amolar; sabemos abrir fronteiras pechadas e pedir traballo en todal-as língoas; sabemos, en fin, canto debe saber un bó camiñante, ainda que o viaxe sexa o primeiro da nosa vida.




Les ofrezco mi traducción... En breves palabras, Castelao sintetiza en este párrafo el espíritu migratorio de los hijos de Galiza.

Respecto al empleo por Castelao del topónimo Galiza, debemos decir que es la denominación originaria del Reino, posterior al nombre romano de Gallequia, y era de preferencia usado en el gallego medieval, junto con el topónimo Galicia. Sin embargo, la forma Galiza cayó en desuso durante los «Séculos Escuros» (desde el advenimiento de Isabel la Católica hasta 1863, año de publicación de Cantares Gallegos, de Rosalía de Castro, hito en la recuperación literaria de la lengua gallega), mientras que la forma Galicia fue la única que siguió empleándose, de forma ininterrumpida, a lo largo de cuatro siglos de historia en la lengua hablada. En el siglo XIX, durante el «Rexurdimento» de la lengua gallega, se recupera el uso de Galiza por parte de intelectuales y literatos.
Actualmente, las Normas ortográficas y morfológicas del idioma gallego también aceptan Galiza como forma legítima en gallego junto a la forma Galicia.
Edmundo Moure
Traducción al Castellano:

Aunque los factores económicos fuesen suficientes para explicar el fenómeno migratorio de Galicia, es cierto que nosotros sabemos andar por el mundo en busca de bienestar, y que los demás españoles mueren de hambre con tal de no aventurarse en caminos desconocidos. Los gallegos sabemos amañar los papeles y pedir un pasaje en tercera; sabemos escondernos en las bodegas de un transatlántico cuando no tenemos dinero; sabemos encontrar carreteras con un hato al hombro o empujando la rueda de afilar; sabemos abrir fronteras clausuradas y pedir trabajo en todos los idiomas; sabemos, en fin, cuanto debe saber un buen caminante, aunque el viaje sea el primero de nuestra vida.



Galicia es una comunidad autónoma española, situada al noroeste de la península ibérica y formada por las provincias de La Coruña, Lugo, Orense y Pontevedra, las cuales se dividen en 314 municipios que se agrupan en 53 comarcas.
Superficie: 29.574 km²
Población: 2,781 millones (2012) Instituto Nacional de Estadística


Edmundo Moure
Junio 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 05-07-2014 20:08
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XOSÉ. A. VALENTE: O FULGOR DA PALABRA
JOSÉ ANGEL VALENTE: EL FULGOR DE LA PALABRA



La palabra poética –escribió José Angel Valente– ha de ser, ante todo, percibida, no en la mediación del sentido, sino en la inmediatez de su repentina aparición”.

O sea, en su fulgor, en esa chispa por la que el lenguaje nos entrega el hallazgo precioso de su revelación, ofreciéndonos el don que permite ver donde otros no ven... “El fulgor, el rayo oscuro, la aparición o desaparición del cuerpo o del poema en los bordes extremos de la luz”.

José Angel Valente nació en la ciudad de Ourense, en la “Galicia profunda”, el 25 de abril de 1929, en la casa de la rúa Bedoya, cara al parque de San Lázaro. Su pasamento, es decir su travesía postrera, ocurrió el 18 de julio de 2000. Vida intensa, proyectada desde el seno de una familia de siete hijos, cuyos padres fueron: Marcial Valente García y Purificación Docasar de la Torre: José Angel, Pilar, Manuel, Ramón, Purificación, Marcial y Lucila. En aquella casa iba a despertarse su temprana fascinación por los libros, en la amplia biblioteca familiar donde Marcial Valente, el pater familia, el contable, alternaba el peso de las horas entre números con el vuelo de la palabra escrita.

Nos cuenta el poeta: “Eu nacín en ningures. Ou non nacín –de ter nacido, se ben cadra– nun lugar que xa non eisiste. Por iso lle chamo Augasquentes. Non lle atopo outro nome na miña memoria, por máis que nela furgo...”.
Porque tamén a casa onde coido aqueceu ese presunto nacemento ten sido demoída e xa nada fica dela, nin cimentos nin ren. Pantasma, imaxe da lembranza. Parque de San Lázaro, santo moi da miña devoción o probe Lázaro...”.

José Angel estudió en las universidades de Santiago de Compostela y Madrid, donde se licenció en filosofía románica. Enseñó durante algunos años en Oxford y obtuvo el Master of Arts. Entre 1958 y 1980 trabajó en Ginebra como traductor de organizaciones internacionales, y luego en París, para la Unesco. Inició su obra poética en 1955, con un significativo título: ‘A modo de esperanza’, libro que le valdría el Premio Adonais. En dos ocasiones obtuvo el Premio de la Crítica, 1960 y 1980. En 1988 recibe el Premio ‘Príncipe de Asturias’ de las Letras; en 1993 será galardonado con el Premio Nacional de las Letras; también le fue otorgado el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. En el año 2000 es nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Santiago de Compostela.

No le faltaron en vida reconocimientos y homenajes, aunque fue un creador solitario, un poeta volcado hacia su propia intimidad, otorgando a su poesía una esencial vibración mística. “Sólo se llega a ser escritor cuando se empieza a tener una relación carnal con las palabras”. Digamos, la absoluta comunión del yo con el verbo creador.

Escribió José Andrés Rojo: “La lucidez de sus juicios, la profunda ironía de su mirada, su inagotable capacidad para desentrañar las honduras espirituales de tantos escritores y artistas, todo ello quedaba siempre subordinado a su pasión por la poesía. La suya se agrupó en tres grandes ciclos poéticos: Punto Cero, que reunía su obra entre 1953 y 1976; Material Memoria, 1977 a 1992; y Fragmentos para un Libro Futuro, en los que trabajaba con sus poemas de los últimos años...”.

Ya la mirada del poeta tórnase melancólica, retrospectiva:

Eiquí, neste punto e hora, nesta malenconía, crítica e biografía converxen ou son de feito a mesma cousa. Auga que move o mesmo muíño... Xa só sentímo-la crítica como afinidade ou cáseque, diríamos, como autobiografía. Nesa afinidade de reigaño é onde fai o poeta Luis Pimentel a súa aparecencia…”.
Fidalga e fonda figura, paxaro de prata viva. Pimentel. Sonoridade do nome. Segredo da persoa. Ninguén no seu tempo e na nosa lingua falou poeticamente con misterio maior. ‘Máis alá da néboa, máis alá do mar, máis alá da chuvia, máis alá do bosque’ ¿Onde? Alén. Terra de alén, a nosa terra. E máis alá de alén, e alén de alén, ¿qué viches Pimentel?”.

Es la pregunta hecha por el poeta en su madurez al maestro que escogió un día temprano y a cuya sabiduría creadora vuelve, como torna él a los ámbitos de su Galicia amada.

Este galego de Ourense y español de Madrid encarna en sí mismo la dualidad cultural de su patria gallega y la riqueza multifacética de lo que llamó con lucidez Francisco de Quevedo, en su tiempo, “nuestras Españas”, universo donde conviven –no sin sobresaltos ni conflictos, como ocurre en toda relación afectiva– pueblos, lenguas, tradiciones; calidoscopio de la infinita variedad humana, enriquecedora, por cierto, en sus matices diferenciadores.

Ante la avasalladora marea de la globalización contemporánea, los pueblos cultos, aquellos que se nutren en las sólidas raíces de sus cosmogonías particulares, se resisten a homogeneizar el modelo impuesto por un pragmatismo aniquilador, ajeno a nuestro mundo iberoamericano, que ofrece la dudosa panacea de sus abalorios tecnológicos como pobrísima respuesta a las elementales cuestiones de la condición humana.
La obra de José Angel Valente fluye por los veneros de la lengua castellana, a través de la cual el poeta orensano ratifica esa notable maestría ostentada por grandes escritores gallegos para hacer brillar con luces nuevas el idioma de Castilla... Recordemos a Ramón María del Valle Inclán, a Gonzalo Torrente Ballester, a Alvaro Cunqueiro, a Camilo José Cela, a Eduardo Blanco-Amor, ese otro hijo de Orense que se enamorara de Chile, hace más de medio siglo...

Claudio Rodríguez Fer, gran conocedor de la obra de José Angel Valente, nos dice: “En un autor con la autenticidad creativa de Valente la elección lingüística no es resultado de una decisión extrapoética, sino de una pulsión espontánea derivada de demandas externas o internas que provocan que sea la lengua quien elija al poeta más que el proceso inverso. El propio cultivo de la lengua gallega es, pues, suceder y consecuencia al mismo tiempo de una correlación de hechos biográficos”.

“En efecto, tras abandonar el gallego como lengua poética desde que marchó de Galicia, ya en la juventud, Valente se encontró con aquél cuando fue invitado, por la asociación emigrante A Nosa Galiza, de Ginebra, para disertar sobre las Cántigas de Alfonso X el Sabio, concretamente con motivo del Día de las Letras Gallegas de 1980, dedicado a la memoria del Rey Poeta que empleaba el galego como lengua refinada de excelso quehacer poético… La inmersión en la lírica alfonsí despertó en el poeta recuerdos biográficos y resonancias literarias que de manera natural sólo podían materializarse en gallego”, y es el propio poeta quien nos dice: “Se escribe desde muy hondos posos, desde muy sumergidos ritmos de la lengua, que se nos imponen o hablan en nosotros”.

La Galicia orensana, la mítica Auria que inventó Blanco-Amor, siempre identificada con las aguas, y que sería rebautizada por el poeta como Augasquentes, metáfora y topónimo de la infancia recobrada, rebrota con sus secretos manantiales, como la sangre rumorosa de la geografía gallega:

Dicer de tódalas las augas
Da beiramar fuxín, / Subín o monte. / Hoxe dícenme as augas: / Mañán é ante.
Para non morrer, / para non morrer / endexamáis de morte, / a frol de acacia levo / vecino e lonxe.
Coa ponla loura, / veciño e lonxe, / as augas alumeo, / anque fai noite. / Na peneda furada / bebín meniño. / Das augas da peneda / fíxenme río. / Fíxenme río e río / e mar e fonte. / Chamádeme somente / coa miña voce. / Coa miña voce, / na miña voce, / alonxáronse as augas: / ficou a ponte.


El poeta regresa, al fin. Es su alma la que vuelve, posada en la golondrina inquieta de la lengua, en esa andoriña que es para los gallegos metáfora volandera de la emigración. Y entonces, José Angel Valente habla a su madre carnal y a su Terra Nai, porque Galicia es el mito vivo de la Tierra Madre, la dulce invención femenina del mundo…

Escoita, mai, voltei / Estou no adro onde aquel día / o grande corpo de meu abó ficou / lnda oio o pranto. / Voltei. Nunca partira. / Alongarme somente foi / o xeito de ficar para sempre.

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EDMUNDO MOURE
Sobre Valente
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REPÚBLICA Y CIUDADANÍA

REPÚBLICA Y CIUDADANÍA

El ideal republicano no se limita a las experiencias de nuestras dos repúblicas, el republicanismo es una afirmación de la ciudadanía como fuente del poder político, por tanto de una soberanía del pueblo que aspira a la implantación de valores universales como la libertad, la igualdad, la justicia, la solidaridad, la democracia en un Estado de derecho, la racionalidad y la autonomía de las personas... entre otros.
La II República aglutinó el entusiasmo popular ante la perspectiva de una nueva vida en todos los aspectos y ante el apoyo de la intelectualidad de su época fue definida como una “república de profesores e intelectuales”…
(Alfredo Navarro)


De las cosas esenciales que recibimos de los griegos, están los conceptos de República y Ciudadanía, herencia preciosa de hace treinta siglos -o tres mil años, según se prefiera-. Los tres pilares fundamentales de la República que señala Aristóteles son:
1.- La división de poderes y su control recíproco.
2.- La participación política activa por parte de los ciudadanos. Esto supone la publicidad de los actos estatales y la necesidad de instrucción en materias de ciencias jurídicas y políticas, tanto teórica como material, según sea la circunstancia histórica en que la vida ciudadana se desenvuelva. (La ciudad o polis es donde se desarrolla la política y el accionar ciudadano).
3.- La representación de todas las clases sociales dentro de las instituciones de gobierno con iguales atribuciones y sin que ninguna de ellas se arrogue la prevalencia. (El acceso a dichas magistraturas, necesariamente colegiadas, en razón de la materia debe ser restringida; el magistrado debe pertenecer a la clase que representa y ser elegido con el voto solo de ésta).
Es necesario considerar que para Aristóteles los fines supremos de las formas de gobierno deben ser:
1.- La libertad-igualdad (“sólo somos libres entre iguales”: consideración griega de la época, entendible en esa realidad remota.
2.- La realización de la justicia y del bien común.
3.- La realización plena del desarrollo de las capacidades cognitivas humanas (para lo cual considera necesaria la realización de los dos puntos anteriores siguiendo el concepto fundamental de Sócrates: el bien equivale a la verdad, y el mal a la ignorancia. (Vaya problema que se nos presentaría hoy si aplicásemos a nuestra sociedad contemporánea la máxima del sabio ateniense…)

Sócrates explica esto de la siguiente manera: -el humano busca la felicidad, llenar su vacío existencial -para esto utiliza medios por los cuales pretende lograr dicho fin -la mayor parte de las veces utiliza medios que consiguen satisfacciones efímeras, etéreas, superficiales, que no van más allá de los “deseos pasionales” , como tener sexo, alimentarse… Bien podríamos agregar hoy la compulsión del consumismo y el prurito de lo superfluo como recompensa de carácter individual.
Concluye Sócrates que el ser humano busca un fin por medios que no pueden procurárselo, ya que sólo es posible alcanzar la felicidad mediante la contemplación de la verdad, entendida como el conocimiento de la realidad a través del “júbilo de comprender”.
Se podrá argüir que los griegos vivían en una sociedad de clases estratificada, e incluso que poseían esclavos provenientes de las continuas guerras. Pero es preciso ubicarse en el contexto histórico, para aquilatar el extraordinario legado que recibimos de ellos, como hijos de Occidente, a través de sus ideas esenciales.
Siglos de oscurantismo debieron transcurrir para que esa herencia pudiera germinar en nuevas formas de convivencia libertaria. A ello se opusieron, tenazmente, las monarquías –y todo lo que ellas suponen, cobijan y representan-, en estrecha sociedad con la Iglesia católica, a través de esa considerable fuerza política, económica y militar que constituyó el Papado. La Ilustración y la Revolución Francesa abrieron caminos liberadores, tanto en el saber como en la política activa.
Uno de los países de Europa donde se hizo más difícil la instauración de regímenes liberales, fue España, junto a su vecino Portugal. Así, la Primera República Española se instauró, luego de su proclamación por las Cortes, el 11 de febrero de 1873, y tuvo corta vida. El primer intento republicano en la historia de España fue una experiencia breve, caracterizada por la inestabilidad política, bajo la constante presión de la jerarquía clerical y de los terratenientes (aún no existía en la Península una clase industrial poderosa, salvo los incipientes empresariados fabriles de Cataluña y el País Vasco). Hay que tener en cuenta que los obispos amenazaban con la excomunión a quienes votasen por la República.
En sus primeros once meses se sucedieron cuatro presidentes del Poder Ejecutivo, todos ellos del mismo Partido Republicano Federal, incluyendo el golpe de Estado del general Pavía del 3 de enero de 1874, que puso fin a la República Federal proclamada en junio de 1873 y dio paso a la instauración de una República Unitaria bajo la dictadura del general Serrano, líder del conservador partido constitucional. Esto duró hasta el 29 de diciembre de 1874, cuando el golpe de estado del general Martínez-Campos dio comienzo a la Restauración borbónica en España (los Borbones, para variar)...

La Segunda República Española fue el régimen político democrático que existió en España entre el 14 de abril de 1931 (fecha de la proclamación de la República, en sustitución de la monarquía de Alfonso XIII) y el 1 de abril de 1939, data final de la Guerra Civil Española, que dio paso a la dictadura del general Francisco Franco Bahamonde, que concluyó con su muerte, en noviembre de 1975. Casi cuarenta años de férrea tiranía, erigida sobre los cadáveres de más de un millón de españoles; cuatro décadas sin república y sin ciudadanos, como se entenderá, bajo un régimen de permanente estado de sitio y ejecuciones sumarias. Al respecto, hubo periódicas solicitudes de clemencia, en casos muy especiales, requeridas por el Vaticano y otras entidades internacionales. Nunca Franco se negó a las peticiones del Papa de turno, sólo que los decretos de indulto firmados por él llegaron, invariablemente, después de aplicada la pena de muerte… Ante las lógicas dudas de los nuncios, el dictador respondió: -“No es mi culpa el atraso de los motoristas en la entrega del perdón… Eso no depende de mí…”-.
De este sátrapa inmisericorde, que gobernó a los españoles con mano de hierro, secundado por la Iglesia, el Ejército, los terratenientes, los grandes empresarios y, finalmente, como regio colofón, la Monarquía resucitada, el joven rey Juan Carlos, discípulo suyo impuesto para una transición interminable, dejó estampadas para la Historia estas palabras:
El general Franco es verdaderamente una figura decisiva históricamente y políticamente para España. Él es uno de los que nos sacó y resolvió nuestra crisis de 1936. Después de esto, él actuó políticamente para sacarnos de la Segunda Guerra Mundial. Y por esto, durante los últimos treinta años, él ha sentado las bases para el desarrollo de hoy en día… Para mí es un ejemplo viviente, día a día, por su desempeño patriótico al servicio de España y, por esto, yo tengo por él un gran afecto y admiración”.
No puedo sentir admiración por un sujeto como éste, aunque exhiba “patente nobiliaria”. Y me vienen a la memoria similares opiniones acerca de otro dictador, reo también de crímenes de lesa humanidad: “nuestro” Augusto Pinochet Ugarte, admirador y discípulo aventajado del pequeño mílite de El Ferrol. Este militarote mestizo, según opiniones de algunos tirios y de muchos troyanos compatriotas, sería nada menos que “el artífice de la modernización de Chile”, además, claro, de “haber salvado a la Patria de caer en las garras marxistas”.
Si otros admiran al rey cazador, y a la vez se sienten con ello demócratas y liberales, y hasta “socialistas”, allá ellos con su afición y aquiescencia, que para gustos…
Más allá del patético personaje, mi porfía republicana me lleva a reforzar mi escogencia: prefiero ser un ciudadano idealista a un súbdito pragmático.
¡Viva la III República!


Edmundo Moure
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 09-06-2014 02:46
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ANTE EL MUNDIAL DE FÚTBOL DE BRASIL

EL MUNDO VUELTO PELOTA


Mi primer registro memorioso de un campeonato mundial de fútbol data de 1954, cuando tuvo lugar en Suiza. Escuchamos algunos partidos por la radio, en nuestra casa de Ñuñoa. El equipo favorito era el de Hungría, donde destacaban Ferenc Puskás, Zoltán Czibor, Sandor Kocsis, lamado “el team de oro”, que caería derrotado en la final, de manera sorpresiva, por Alemania, con el estrecho resultado de 2-3… (Los germanos son así; cuando menos se espera, se apoderan del mundo)… Nos costaba mucho pronunciar aquellos nombres que los relatores deportivos descifraban, como de costumbre, a su manera, pero tratábamos de hacerlos nuestros en las pichangas del Manzanal, en calle Exequiel Fernández, comandados por Toño, dueño entonces tanto de las cachañas como de la pelota de cuero, que solía quitarnos –como se ha contado- cuando contradecíamos sus formaciones, estrategias o jugadas... Como buen derechista, desde pequeño defendió a brazo partido la propiedad privada y su concepción esférica.

Cuatro años más tarde, celebramos con júbilo el triunfo de Brasil en el mundial de Suecia. Entonces, la imaginación sustituía con creces la invisibilidad de los encuentros transmitidos por la radio, hasta que pudimos ver en el cine, a través del famoso noticiero “El Mundo al Instante”, las maravillosas filigranas de aquella delantera donde destacara un muchacho de diecisiete años, Pelé, secundado por Didí, Zagallo, Garrincha y Vavá… La emulación, ahora con acento portugués, se desarrollaba en la cancha de baby fútbol, casa-quinta de La Cisterna. Yo tenía la misma edad de Edson Arantes do Nascimento, pero ni una millonésima de su talento, lo que no fue óbice para jugar con mucho entusiasmo, escasa técnica y derroche de vigor físico hasta los treinta.

El Mundial del 62, con mayúsculas, fue una fiesta colectiva con los mejores ingredientes, comenzando por la televisión, recién inaugurada en el “patio trasero” de nuestro sur tercermundista. En casa no contábamos con un aparato, por aquellos días raro lujo, pero sí lo tenía don Arturo Cañas, cordial vecino, propietario de modesta bomba bencinera, quien nos abrió las puertas de su casa a un grupo de muchachos “serios”, como parecíamos en aquellos días.

Sería absurdo pretender hoy que los jóvenes entendiesen el auténtico pasmo que significó para nosotros ver, en blanco y negro, aquellas veintidós figuras atléticas que se movían sobre el césped grisáceo, detrás de la oscura bola de cuero, más pesada que la de ahora, provista de una cámara de goma inflable en su interior, que al perder aire se transformaba en una especie de animal fofo y torpe que se negaba a obedecer las órdenes transmitidas de cerebro a pie... Pese a todo, la selección de Chile obtuvo un honroso tercer puesto.

En el concierto deportivo mundial –no sólo en el fútbol- nos alegramos muchísimo con las menciones honrosas, como esos poetas de provincia que cuelgan el diploma de algún certamen nacional junto a las fotografías de sus seres queridos, para admiración de los amigos íntimos y reforzamiento de la autoestima. Desde 1962 han transcurrido doce campeonatos mundiales de balompié… Este de 2014 sería el número trece después de aquella actuación extraordinaria de nuestros empeñosos mestizos. Pudiera ser un número agorero, una “cábala” –como dicen los periodistas deportivos- a la que aferrarnos en espera de un milagro, que algunos ilusos compatriotas ya anuncian: el primer Campeonato Mundial de Fútbol para Chile… Mi escepticismo, acentuado bajo las alas inmisericordes de Cronos, me dice que la selección chilena no aprobará ni siquiera la etapa clasificatoria de tres partidos. Quisiera equivocarme.

De los mundiales vistos ya con tecnología confiable, los que recuerdo con nostalgia son: el de 1970, con el triunfo apabullante de Brasil; y el de 1986, con la hazaña futbolera de Maradona y los suyos, aunque haya habido un gol argentino con la mano, en contra de los muchachos de la “pérfida Albión”. Ambos los presenciamos en compañía de nuestro padre Cándido, cuya afición al fútbol nunca fue la de hincha furibundo, como ahora se estila, sino de quien disfrutaba las buenas jugadas y era capaz de aplaudir incluso las habilidades de los rivales. El gallego no había perdido el espíritu laureado de Píndaro…

Con el próximo mundial en Brasil, quizá más que antes, el mundo entero de ha vuelto una pelota que gira y se desplaza, sin rumbo, de manera caótica y asaz controvertida. Por un lado, la prensa deportiva internacional, jugando su propio certamen de intereses económicos, junto a los agentes publicitarios y a los poderosos estamentos de ese desaforado negocio que es el fútbol internacional, procura encantarnos con la mal llamada “fiesta deportiva planetaria”, que va pareciendo más una tragicomedia que un jolgorio de los pueblos, cuyo espíritu deportivo –si es que alguna vez lo tuvo- no es más que pugna sorda y oscura entre quienes especulan y se benefician con el dinero dispendiado a raudales, exhibiendo hechos vergonzosos e injustificables ante la miseria del prójimo, como el de un jugador argentino –sin duda habilísimo en la cancha- que percibe un salario mensual superior a los mil millones de pesos chilenos. Es la otra cara de la moneda del dios Creso.

Las protestas sociales en Brasil serán conjuradas por la anuencia tácita de dos poderes: el de las fuerzas armadas, brazo utilitario de un gobierno ineficaz, y el del narcotráfico, que ve en peligro un formidable negocio servido por quienes debieran ser sus enemigos. Si “el fútbol une a los pueblos”, como afirmara cierto periodista colorín y bobalicón, también es capaz de coludir voluntades perversas.

Tales aberraciones se muestran como la proyección legítima de un posible logro similar para millares de niños y jóvenes, que sueñan con pertenecer a la elite de los grandes peloteros privilegiados, sea en América del Sur, en África, en Asia, en Oceanía o en Europa… Es como el “sueño americano” vuelto esfera giratoria y botante para los innumerables emprendedores pedestres… Ya no es necesario aspirar a que los hijos o nietos vayan a titularse de abogados, ingenieros o médicos prósperos… ¿Para qué? Se ha revertido la negatividad del concepto de “hacer las cosas con los pies” o “meter la pata”.

Por el contrario, hay que emprenderlas con las extremidades que nos sostienen como androides de pie, y no con las manos, como se nos enseñara en épocas remotas… La manu-factura será sustituida por la pata-factura, con resultados espectaculares, a la vista de todo el mundo empelotizado… Podemos regodearnos con cifras quiméricas, mientras contamos las monedas para comprar el pan. Sucede también cuando jugamos a la lotería… Algo así expresaba un personaje de Bernard Shaw, sencillo trabajador que repudiaba la ideología laborista, prefiriendo la quimera gozosa del capitalismo a cualquier certeza de medianidad económica.

Una voz crítica me advierte: -¿De qué te sirve tanta lectura y tanto ejercicio crítico, si en diez días más vas a terminar gritando como energúmeno frente al televisor?

Carezco de respuesta, apreciado lector, pero sé a ciencia cierta que el viernes 13 de junio estaré frente a la pantalla azulada, mirando con atención las evoluciones de nuestros once valientes paladines en el campo de juego, alentándolos y sintiendo en cada jugada las palpitaciones del corazón, el ardor en las mejillas y el resuello agitado del asma después de perder el balón en la puerta del arco… También escucharé la reprimenda cordial de mi buen hermano Toño: -“Concéntrate en los pases, huevón…”-

Es que el mundo se ha vuelto pelota… Si hasta el mismísimo Papa es hincha declarado de “San Lorenzo de Almagro”… Quizá yo también me esté redondeando, como ese balón colorido que llaman “brazuca”, y que muchos temen se vuelva una granada de mano en las rúas brasileñas donde antes solía estallar la alegría de la samba.



Edmundo Moure
Junio 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 03-06-2014 00:29
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Concurso de Relatos Breves do Lar Galego de Santiago de Chile

Reproducimos o texto que obtivo o primeiro lugar no Concurso patrocinado polo Lar Galego de Chile, a principal agrupación asociativa dos galegos en Chile con motivo do III Concurso de Relato Breve Rosalía de Castro, que organiza dita Corporación en torno á celebración das Letras Galegas.
O autor da narración gañadora do concruso é Fernando Moure Rojas, irmán do noso habitual colaborador Edmundo Moure que foi quen de facilitarnos dita nova.


SIL


El primer perro de mi padre era mestizo; hijo de la loba Marota y del macho principal de su hogar campesino en las montañas boscosas de Galicia. Esta loba llegó de pequeña, a consecuencia de que el abuelo descubrió la madriguera de la camada después de haber cazado a la madre en una trampa; ahogó en el estero cercano a las crías y dejó sólo a una hembra para cruzarla con su sabueso y así lograr una descendencia más fiera, que sirviera para proteger la casa, las caballerizas y el ganado de posibles incursiones de bandidos. Su primer perro-lobo se llamó Sil, que es el nombre del torrentoso río que baja por un profundo cajón montañoso y es afluente del Miño, al que aporta caudal superior al que trae éste; tanto así que existe un dicho: El Sil aporta el agua y el Miño la fama. El día de su séptimo cumpleaños, mi padre recibió de regalo del abuelo a Sil, quien llegó a ser el amigo más fiel y con quien más horas compartía. El muchacho tendría trece años cuando debió abandonar su lar para cruzar el Atlántico con destino a Sudamérica, en su emigración de por vida. Cuando amaneció la terrible jornada en que mi padre debía dejar su tierra para siempre, ya llevaba dos días llorando sin consuelo; tanto él como su can apenas habían comido. Al momento de la partida, el llanto del niño hacía coro con los ladridos y gimoteos del pobre animal, quien intuía que el destino les separaría. El abuelo se vio forzado a arrebatarle a Sil de los brazos y lo amarró a uno de los pilares de la bodega al fondo de la aldea. Sin embargo, el perro cortó la cuerda que lo mantenía atado tras varias dentelladas y ayudándose con sus garras, y siguió horas más tarde a los carruajes que transportaron toda la parentela con sus enseres hasta el puerto de Vigo, a unos ciento y poco kilómetros de distancia. Se contaba en la familia que aquel perro, desde el zarpe y hasta varios meses posteriores, permaneció echado en el muelle sin quitar la vista del horizonte; tiempo después le vieron desaparecer monte arriba y bosque adentro, donde retornó a su estado salvaje. Los aldeanos relataban que en las noches de luna llena bajaba cerca del caserío y se escuchaban sus aullidos, que sonaban más parecidos a lamentos y llamados que no encontraban respuesta. Para aquel niño que era mi viejo, perder su tierra y su can significó un mismo doloroso duelo....
En Chile mi padre tendría una larga descendencia y un número significativo de perros que -por lo bajo- la triplicó. Una cliente de mi padre, anciana de ascendencia germana, tenía un criadero de ovejeros o pastores alemanes. Un día ella lo visitó trayéndole una propuesta para pagar su antigua deuda; negoció y llegó a acuerdo con él ofreciendo a cambio de su obligación entregar un perro. Él se sentía un hombre muy afortunado; no por recuperar esa cuenta que hacía años había dado por perdida, sino que por recibir un ejemplar de aquella magnífica raza. Mi viejo visitó el canil y eligió un macho de alrededor de cuatro años que había pertenecido a un oficial de Carabineros en retiro y había sido amaestrado por éste. No era el ovejero de mayor porte ni prestancia; tenía una oreja caída y le faltaba un pedazo de la otra, era menos ancho de ancas que otros ejemplares de su edad, y su lomo negro estaba descolorido por un tono amarillento pajizo. Todas esas características podrían haber puesto en duda la autenticidad de su pedigrí. A pesar de ello mi padre lo escogió, porque al tratar de hacerle cariño en la cabeza el animal le dio un tremendo tarascón en una de sus manos, cuyos colmillos quedaron grabados para siempre en dibujo similar a un tatuaje, marca que exhibía orgulloso en su círculo de amigos. Mi padre no se inmutó y permaneció impávido cuando el animal le desgarró la piel; simplemente chupó la sangre que escurría hacia su brazo sin quitarle la vista a su agresor. Se produjo allí una potente conexión entre ambos, con la que el amo se ganó para siempre el respeto del animal al no mostrarle ni un atisbo de temor ante su fiereza. La veterana permanecía inmóvil desde la escena de la mordida, sin pestañear, y en su rostro iban combinándose desvaídos tonos blanquizco-verdosos. Aunque mi viejo nunca compartió el motivo, estábamos convencidos que escogió el animal porque su ferocidad le conectó con el perro-lobo de su infancia. Eso pareció confirmarse cuando dejó escapar un pensamiento en voz alta: -Le pondré el mismo nombre. Sil. Sí, se llamará Sil- dijo convencido. La señora alemana, como si despertara de una pesadilla, preguntó: Perdón, ¿qué ha dicho? Mi viejo, pasando por alto que la anciana seguía al borde de un desmayo, contestó sin más: -Este es el que quiero- y agregó: -Además le compro una hembra. Y mirándome a los ojos, acompañado de un guiño, me comentó a media voz: -Para que le haga compañía a Sil y nos regalen hartos cachorros- y dándome un palmetazo en la espalda se dibujó en su rostro una amplia sonrisa. La nueva pareja de canes se apropió de cada pedazo del sitio de la quinta, demarcando todo su territorio. Con los miembros estables de la familia mostraron una gran docilidad. Sin embargo, para protegernos daban pruebas fehacientes de su bravura; jamás ingresaron amigos de lo ajeno al sitio y quienes requerían entrar por su trabajo desistieron de hacerlo. Sil había adquirido cierta fama en el barrio por su bravura. Un día cualquiera, un respetable cliente frecuente de mi padre se trabó en una larga discusión con él sobre cuáles eran las razas de perros más bravíos; la disputa verbal se zanjó con el desafío de enfrentar al sabueso del cliente con Sil, lo que fue aceptado por mi viejo. El combate sería en la cancha que había en nuestra quinta; en su interior se cerró un espacio con sacos de aserrín para no dar chance a alguna bestia de rehuir a su rival. El dóberman rival lucía imponente: fina estampa, brillante pelo negro, sin cicatrices, buena estatura, brioso, sólida musculatura y nervios tensos, mandíbula con impresionantes colmillos y más joven que Sil, quien lucía inquieto y cansado. Echaron los perros al improvisado ruedo. Con mis hermanos temblábamos. El peligroso visitante parecía apropiarse del espacio y tomar la iniciativa; Sil a la expectativa y sin quitarle la vista esquivaba los tarascones. Así estuvieron varios minutos, con el afuerino hostigando feroz y el local eludiendo los asaltos. Apareció sangre en ambos canes. La pelea acentuaba su fragor. El continuo choque entre las bestias levantaba nubes de polvo; los sacos se tambaleaban. El dóberman llevaba las de ganar y su dueño sacaba cuentas alegres; estaba excitadísimo, ufano y exultante. En mi viejo había preocupación por la evolución de la pelea y molestia con los alardes del cliente. El contendor arrinconó a Sil, quien exhausto e inmóvil daba la impresión de haberse entregado. El primero le acertó al segundo un par de severos mordiscos; Sil resintió el embate con dificultad y se sostuvo apoyado sobre sus cuartos traseros. Al tomar ventaja, el dóberman retrocedió unos centímetros, recogiéndose para su acometida final; en una fracción de segundo Sil cubrió el espacio que los separaba y cogió por abajo del cuello al oponente, más un giro simultáneo que le hizo caer sobre el otro animal y mantenerlo limitado de movimiento; Sil lo sostenía sin soltar y apretaba más y más su mandíbula. Así estuvieron cerca de un minuto, las dos bestias inamovibles cual escultura de piedra. Con el dóberman sin defenderse surgieron los gritos del dueño: -¡Detengan la pelea, por favor! ¡Lo va a matar! Mi padre abrió los brazos en señal de prohibir el ingreso al campo de batalla antes del desenlace. Transcurridos unos segundos con su adversario inmóvil, Sil lo soltó y trotó con sus últimas fuerzas para subirse a los sacos próximos a mi padre, quien extendió sus manos para recibirlo y éste se las lamió satisfecho. El dóberman quedó tendido sin vida. Su amo entró cabizbajo, lento como si llevara una enorme carga y levantó el cadáver de su guardián abrazándolo. Había lágrimas en sus ojos cuando se retiraba, lo que hizo en completo silencio, amargado y vencido en su amor propio.

Dos años más tarde mi padre cayó enfermo. Era muy extraño encontrarle en cama, postrado, falto de energía, silencioso como si sólo su cuerpo permaneciera en el lecho y todo el resto suyo en algún recóndito lugar. ¿Viajaría con sus ojos entrecerrados a través del tiempo, a correr con su perro-lobo de niño por los campos de trigo recién cegados, o loma abajo sorteando gigantescos castaños que formaban extensos y umbríos bosques? Nunca nos compartió sus sueños; sólo nos hablaba del paraíso perdido de su niñez, en el cual su Sil originario había sido actor principal, a la vez causante inocente de su primera tristeza que soportaría de por vida. Eso explicaba la presencia constante en sus estados de ánimo de la morriña; esa emoción única que sufren los emigrantes gallegos -incomprensible para foráneos- mezcla difusa de nostalgia por recuerdos que se aman y de tristeza por la pérdida del lugar que se es oriundo, siempre añorados. La mañana en que no fue capaz de levantarse, los perros se mostraron inquietos, excitados e impacientes; giraban alrededor de la casa yendo y viniendo sin propósito aparente ni destino alguno; percibían lo que sucedía a mi padre y sentían los mismos padecimientos. Nuestro viejo se fue apagando y consumiendo como una vela. Los animales no se movieron más de la terraza aledaña a su dormitorio, así que hubo que darles el alimento allí. Se levantaban cuando sentían abrirse la puerta y se acercaban a quien saliera en actitud de pregunta respecto a la evolución del amo. Mi padre se durmió para siempre dos meses después de haberse indispuesto con las primeras fiebres. Sucedió una noche en que no había luna llena; lo menciono porque los perros aullaron igual que lobos, quizás anticipándose como suelen hacerlo cuando su sensibilidad detecta la inminencia de un cataclismo; así vivieron ellos aquel final. Cuando fuimos a dejar a mi viejo en su última morada, Sil siguió el cortejo hasta el cementerio. Se echó al lado de la tumba de mi padre y entonces no regresó más a casa.
Hay noches en que escucho unos ladridos lastimeros y me asomo al balcón para mirar en la dirección de donde vienen. Permanezco quieto, con los ojos cerrados, y pienso que es Sil que me habla desde el más allá. ¿Tal vez desde el cielo de los perros?

Fernando Moure Rojas
17 de mayo 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 28-05-2014 02:45
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MEMORIA OLFATIVA

De "El laboratorio y la señalización en seguridad y salud. Conceptos generales M.García Rosell


LA MEMORIA OLFATIVA



Entras en un ascensor y te llega de súbito un olor a líquido de limpieza, lo que llamábamos “brasso” en los días de la infancia, al parecer el nombre de una marca que se volvió denominación universal, y ves en la interminable película de la memoria a la abuela, sentada frente a la mesa del comedor, con los finos cubiertos desplegados y un paño amarillo con el que limpia aquellas piezas de plata o de plaqué o de peltre, quizá, con sus finas manos alargadas, en paciente morosidad, y las va colocando en una caja con espacios para tenedores, cuchillos, cucharas, según tamaño y destino preciso del difícil oficio de comensalía.

A veces entras en un espacio que huele parecido a un hostal donde te alojaste en Lugo, hace mucho, y regresa la sensación agridulce de la nostalgia, porque allí estuviste solo y nunca se te ha dado bien la soledad, aunque a menudo te encierres en el nimbo cerrado de la lectura o de la escritura… Es para ti imprescindible la compañía, sobre todo la presencia femenina. ¿Cómo concebir la vida desprovista de una mujer, de sus aromas, de sus olores amatorios y domésticos?

Cuando vas a la ferretería, a comprar algún adminículo u objeto para reparaciones caseras, tienes que detenerte en busca de la serenidad, porque son demasiados los olores que ingresan a las glándulas olfativas, pugnando por su decodificación memoriosa… La creolina, con su oliscar intenso, picante e invasivo, te recuerda la vieja ferretería del Paradero 27, y otros efluvios intensos, como el aguarrás, el diluyente a base de piroxilina, el aceite de linaza, dulzón y resinoso como los pinos radiales… La creolina te recuerda el baño de los canes, en la mañana del sábado, cuando llenábamos de agua y viscoso líquido desinfectante, un ancho recipiente metálico e íbamos metiendo, uno a uno, a nuestros fieles perros… La Diana no rehusaba el baño, coqueta y melindrosa, parecía alegrarse ante la perspectiva de una piel limpia y lustrosa; el Sil gruñía su disgusto, pero aceptaba el higiénico fregado, bajando la cola en ademán de resignada sumisión… En cambio el Cofi, perdiguero de buena raza, era alérgico al agua, y apenas sentía el fuerte olor de la creolina, arrancaba a perderse, y había que sacarlo a tirones de algún escondrijo, como podía ser debajo de mi cama. Los perdigueros o gracos, suelen ser asiduos al agua fresca, pero yo creo que Cofi tenía ancestros franceses.

Y si de Francia se trata, hay un autor que te atrae con predilección. Es Louis Ferdinand Celine, maestro de la narrativa, recurrente en los tópicos de la escatología… Y no me refiero a la vida ultraterrena, sino a las instancias terrenales de los detritos humanos, a las exudaciones corporales, a las evacuaciones nauseabundas, que el parisino repite hasta asquear al lector, aunque siempre hay un destello lúcido o poético que puede sacarte –en sentido literal- de la mierda que recorre páginas de escepticismo y desencanto frente al sucio animal humano que somos. Así, el joven personaje (autobiográfico) de la novela “Muerte a Plazos”, habla y describe sus propios hedores con una fruición que a ratos suena patológica. Parece que oliéramos su ropa interior, sus calcetines, sus pies que solo lavaba el día sábado, si es que su madre, jofaina y toalla en mano, le conminaba al aseo personal. Por otra parte, tanto él como otros personajes del libro, vestían camisa blanca, corbata y ternos convencionales, según práctica burguesa y laboral, aunque no se dieran la ducha diaria que a nosotros no debe faltarnos… Bueno, a veces, si puedo, me salto el baño matinal porque creo, al igual que mi recordado padre gallego, que la ducha cotidiana es un invento gringo que, con tanto jabón, agua caliente y sobajeo, debilita las defensas cutáneas y estraga la piel… (Marisol no concuerda con esta peregrina teoría, y su olfato finísimo puede transformarse en implacable enemigo de la incuria higiénica).

Pero hay aromas y olores gratos que resultan incomparables y necesarios para la estética sutil del olfato. Uno de ellos es el hálito del mar, más intenso en el océano Pacífico que en el Atlántico, y aun que en el mar Cantábrico, según mi experiencia. Hay una hermosa palabra gallega, marusía, que nos hace sentir en las fosas nasales las invisibles partículas salinas que las olas hacen estallar en sus constantes abrazos con la arena de la playa… El aroma del tocino en la preparación de una tortilla española, el olor penetrante de los jamones y chorizos que cuelgan en la bodega de la casa de A Touza; el olor del heno recién cortado que la campesina carga sobre el carro; el inigualable aroma del pan que cada mañana surge del horno y que trae, sobre su piel tostada, la imagen áurea de los trigales y el halo del viento seco que los agita al ponerse el sol.

El olor del recién nacido, con sus intensos efluvios augurales… Pero, sobre todo, el aroma de un cuerpo femenino en el umbral de la plétora amorosa…

Recuerdas a ese joven trabajador que aconsejaste para que se alejara de la empedernida bohemia, y te respondió, como si hubiese sido el mejor de los poetas: -“Profesor, yo no puedo evitar embriagarme con el olor de la noche”.

Pero también cabe oler el mundo en la madrugada, como si fuese una doncella desnuda, cubierta de rocío sobre la hierba temprana.


Edmundo Moure
Mayo 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 26-05-2014 10:03
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