A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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LAS TRES TIAS GALLEGAS, por Edmundo Moure

LAS TRES TÍAS GALLEGAS



Abuela ábrenos tus manos
de pantrigo y de lluvia de mayo
antes que amanezca
antes que partamos
en la postrera singladura del silencio.


Sentir un aroma, en cualquier lugar, asociado a un sabor y la voz de un recuerdo que lo atrapa y parece estallar en la memoria...

Sí, ya lo sé, es algo que ocurre con cierta frecuencia, experimentado por tantas personas, como lo testimonia el célebre texto de Proust, al paladear un trozo de magdalena junto al sorbo de té y remontarse a sus días de juventud en Combray. Pero así somos y así se hilvana la vida que nos viene con el sesgo inconfundible de la individualidad única y particular, haciendo que los sucesos sean nuevos y novedosos, como cuando te enamoras y dices a la amada o al amado “te amo”, y vuelve a ser augural, porque hay palabras que el tiempo no logra corroer, más durables que el granito y más perennes que los mejores sueños.

Esta lluviosa tarde de mayo abro la ventana para sentir ese hálito de lluvia que tanto me gusta. Quizá la vecina del primer piso esté preparando algún guiso que lleva tocino y pimentón entre sus ingredientes, porque el viejo y exquisito olor a la panceta me sobresalta, como si hubiese visto un rostro sonriente suspendido al final de la calle, apremiándome... Me arrellano en el sillón granate, donde solía leer mi padre, mientras mi memoria abre el portón de Chacra El Olivo, en la calle Vivaceta, al norte de Santiago del Nuevo Extremo, donde aún se alza la huérfana araucaria del pozo.

Apareces tú, en el umbral, tía Naulina, llena de cálida diligencia, alerta en la vida y en los afectos, como si temieses escatimar un beso o una caricia. Y me mimas con tu acento gallego, en esa prosodia que es otro de los sabores perdidos en el País de Nunca Jamás. Me conduces a la ancha galería, donde alborotan hermanos y primos, donde está la abuela en su silla de mimbre, oficiando el rito sagrado del domingo… Esto lo he relatado antes –excúsame amigo lector- pero esta tarde trae la primicia de la remembranza, aunque los años que ya empiezan a pesarme avienten ingenuas idealizaciones de épocas pasadas.

Después de aquel yantar digno de las bodas de Camacho, nuestra excitada alegría se volcaba en la cancha de fútbol o hacia las caballerizas que nos incitaban con el aroma embriagador de los corceles.

Pero ahora veo tu rostro, en un gesto desolado y mudo, tía Naulina, porque a esa hora de nuestro jolgorio, el tío Julio, leonés rubicundo de pequeños ojillos pícaros, que lagrimeaban por el perenne pitillo entre los labios, aparecía en la glorieta, con su anticuado traje de compadrito argentino de los 30’, de camisa blanca y enorme corbata listada sobre su panza descomunal. Y callaba tu desazón, tía, porque el hombre se iba, vestido de gala, a la reunión vespertina del Club Hípico, a jugar el dinero que tú y él obtuvieran, después de áspera semana de faenas, desde la ordeña madrugadora hasta la recolección de frutas estivales. Las mujeres bien conocen aquellas aventuras inútiles en que el hombre apuesta al albur lo que no puede extraer de la sudorosa jornada. Ni una queja salía de tu boca, pero en tus bellos ojos azules, de un tono marino que no se ha vuelto a ver sobre la faz de la tierra, se posaba un prematuro e irremediable crepúsculo.

Tía Alicia, que venía después de ti en la sucesión taxativa de la edad, te miraba con sereno entendimiento, como si hubiese un secreto abrazo que las ligara en la congoja de la tarde. Entonces, ella recurría a la salvación histriónica de las palabras, a ese recurso a través del cual se derramaba su gracejo de campesina gallega, mezclando la retranca aldeana con la picardía criolla de un Chile popular que nos parecía algo cetrino y triste al lado de su espléndida alegría. La mala sombra del momento era conjurada por sus ocurrentes dichos gallegos, plenos de socarronería, con una pizca de procacidad que no se recataba ni ante la presencia canónica del tío cura.

Y qué milagros prodigabas, tía Alicia, con la escasa soldada que traía al hogar el bueno de tío Aquiles –vaya nombre inapropiado para su estampa-, modesto funcionario público, asiduo de bares y tertulias, también algo ludópata, aunque sin mayores descalabros, porque tú le controlabas con el brillante acero de tus ojos negros, para que no transgrediera ni la dieta ni el dispendio. En tus últimos días en el departamento de calle Marín, viuda, agobiada por el tiempo y la enfermedad, te dabas maña para invitarme a unos chourizos con cachelos, que tus manos de eximia cocinera hacían cantar en la sartén, como excelsa soprano del condumio. Quizá las últimas palabras tuyas que hoy escucha mi memoria, engarzadas en un gesto de desamparo, fueran: -“Qué mal sabe este caldo sin sal”-. Ahí me percaté de qué manera absurda se priva a los ancianos enfermos de la caricia del sabor, el único regalo que sobrevive a la infancia.

Tú eras la más joven de las tres, tía Elena, de alba belleza mediterránea, como si la advocación de la hermosa reina legendaria hubiera trazado en ti rasgos helénicos. Eras coqueta hasta con los niños. Lo natural en ti era esa modosidad femenina que busca encantar con leves gestos, con guiños sutiles e intuitivos ademanes. También contabas con la gracia del humor galaico que los genes peregrinos nos trajeron desde la otra orilla del mar, para que enfrentásemos la vida y la decrepitud, las pasiones y las penas, la felicidad y el desarraigo, como saben hacerlo aquellos hijos de la tierra que se derramaron por este mundo ancho y ajeno para obsequiarnos entrañables fundaciones.

Te recuerdo en la casa de Mar del Plata -rúa chilena y no balneario argentino- cuando agonizaba tu linda hija Carmiña, mi dulce prima loira, con la que aprendí a jugar al ajedrez, y que partió muy joven, traicionada por las fiebres de un corazón prematuramente estragado. Herida por el cuchillo de la pena, tía Elena, lucías la serena belleza de las viudas de Troya.


Mis tres tías gallegas, con las que hilvano en palabras un coloquio imposible y nostálgico, oficiaban en la gran cocina de Chacra El Olivo como alegres vestales de la fiesta dominical, bajo la tuición atenta de la abuela Elena. La certeza de aquellas alegrías de cada semana no se ha vuelto a cobijar en ninguna mesa, pero los aromas remotos vuelven a encantarnos, tan súbitos e inesperados como la mariposa amarilla que acaricia nuestras hojas volanderas, o como el colibrí que dibuja un nombre olvidado en el cristal de los anhelos perdidos.


Edmundo Moure
Mayo 18, 2013
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 31-05-2013 15:32
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NUNCA MÁIS, por Edmundo Moure
¡NUNCA MÁS!


Quisiéramos otorgar a las palabras su originario atributo creador, cuando ellas eran, a la vez, el concepto y la cosa. Es el propósito ideal de la poesía. Pero la realidad transforma este móvil en utopía. Entonces, apelamos a la facultad admonitoria e imperativa del lenguaje, con su exhortación a la humana voluntad. No siempre –o pocas veces- se cumple nuestro propósito, ni en la vida cotidiana ni en ese intrincado encadenamiento de sucesos sociales que llamamos Historia.

Por boca de mi padre conocí dos expresiones que me parecieron atractivas y extraordinarias: ¡No pasarán!, la célebre frase que los madrileños de la República clamaron en las trincheras que defendían la asediada capital; ¡Nunca más!, el grito que desde el holocausto hebreo quisiera conjurar los horrores humanos; consignas que hemos repetido cada vez que una tiranía se desploma. Sin embargo, las tropas franquistas y moras franquearon las barreras y pasaron a cuchillo y metralla a los combatientes republicanos. Y las recurrentes atrocidades del homo sapiens vuelven a perpetrarse, una y otra vez, como fatalidad cíclica.

Hace más de treinta años conocí Chiloé, luego de dos viajes a Galicia. Una mañana de mayo, en la plácida ribera de Dalcahue, observé un grupo de hombres que calafateaban una embarcación blanquiazul, en cuya popa se leía Nueva Galicia. Los dirigía el orensano Demófilo Castro Pedreira Rumbo, sexagenario, a la sazón gerente de operaciones de una empresa conservera de capitales gallegos, asentada en la “tierra de dalcas” .

Nos hicimos amigos y, desde ese encuentro, falaríamos sempre en lingua galega, en fraterna y luminosa complicidad. Demófilo fue así bautizado por su padre, un maestro de escuela que creía en la advocación del lenguaje, para inducir a su hijo a vivir como heredero de la democracia, en espíritu de libertad. Y lo consiguió, aun cuando la circunstancia existencial conspirara a menudo por aplastar esa resolución en aquel muchacho inquieto y fogoso que recibiría, entre los guerrilleros gallegos a quienes asistió, como estudiante de medicina, el apodo de “Nene”.

En breve relato, Demófilo me narró su vida, desde aquel día en que concurriera, junto a su madre, a una forzosa entrevista ante el gobernador militar de A Coruña, para indagar noticias sobre la desaparición de su padre, a quien una patrulla de civiles armados, asesinos cruzados de Falange Española, le detuviera en casa, a media noche, para conducirle al “paseo”. Era a fines de agosto de 1936; Demófilo tenía trece años de edad, siendo el mayor de dos hermanos varones y de una hermana. Jamás olvidaría el discurso cuartelero del militar: -“Señora, dese por feliz y satisfecha, porque la hemos librado de un masón y comunista, enemigo de la patria. Ése que era su marido está bien muerto, a Dios gracias. Buenos días”. –Allí supe- dijo Demófilo, la dimensión abismal que puede alcanzar el odio.

A fines de 1942, Demófilo pudo embarcarse hacia Buenos Aires, a donde habían viajado su madre y hermanos, tres años antes, para cobijarse en casa de un tío emigrante. En la “ciudad luz” de Sudamérica, cursó estudios de ingeniería y se especializó en el rubro de pesca y conservería. A mediados de los 50’ casó con una madrileña, Elena Carratalá, con quien tuvieron dos hijos: Manuel y Rafael. Fueron veinticinco años de relativa paz familiar en la Argentina, hasta 1976, cuando se entroniza la feroz dictadura militar de Jorge Rafael Videla. Sus hijos, estudiantes de ingeniería y medicina en la Universidad de La Plata, participan activamente en las juventudes peronistas. Su hijo Rafael escapa a una redada de las fuerzas de seguridad. Desaparece para siempre y su rastro no deja más huellas que la de un guijarro lanzado en el estanque. Dos meses después, es secuestrada la joven esposa de su hijo Manuel.

Demófilo regresa a España en 1978, tres años después de la muerte del tirano Francisco Franco Bahamonde, nacido en Galicia para mayor ignominia nuestra. Hace intentos por encontrar trabajo en su especialidad, dentro de las empresas pesqueras en la zona de las Rías Bajas. Fracasa en su empeño, pero un conocido industrial le ofrece la gerencia de la filial de Dalcahue, Chiloé, Nueva Galicia, territorio extraviado en los mares del sur que Demófilo apenas conoce de nombre.

En el invierno austral de 1978, mientras su mujer ha decidido marchar a México con su hijo Manuel, Demófilo viaja a Chiloé, con el objeto de aquilatar, en dos meses, la posibilidad de establecerse allí en forma definitiva, como si los grandes dolores pudieran dejarse atrás como olvidada pesadilla.

-“Era a comienzos de julio. Me senté sobre mi enorme maleta a esperar por el barco que iba a trasladarme desde la ciudad de Puerto Montt, emplazada mil kilómetros al sur de Santiago de Chile, hasta Dalcahue. Una travesía de seis horas por el mar de los canales. Llovía torrencialmente, a la mejor usanza gallega. Sentí cómo el agua iba traspasando mi boina, mi abrigo y reptando por mi ropa interior. Fueron un par de interminables horas antes de abordar. El agua parecía recuperar en mi piel los hilos de la memoria. Entonces, algo se iluminó en mi conciencia, una voz más antigua que todos mis antepasados me susurró: -‘He aquí la tierra que buscabas, Demófilo’.”

Dos años más tarde se le reuniría Elena. Manuel Enrique iba a buscar otros derroteros y oportunidades. Durante los rigurosos inviernos chilotes, en la pesquera sólo se efectuaba trabajos de mantenimiento, lo que aprovechaban Demófilo y Elena para viajar a Galicia, pasando las vacaciones en la Terra Nai. Al cabo de un lustro, Demófilo suspendió aquellas travesías estivales. La Nueva Galicia se transformó en anhelado y entrañable tercer hogar, después de Orense y Buenos Aires. -Sí, amigo, la tierra nos escoge al igual que la amada, me diría en uno de nuestros inolvidables coloquios, junto a la apacible ría que mira hacia la ribera de Quinchao.

En febrero de 2003 viajamos a Dalcahue, Marisol, José María, Sol y este cronista, invitados por Demófilo a su acogedora casa ubicada en calle Rosalía Roa 77, Dalcahue. Estaba viudo y solo, aunque solía visitar a su hijo Manuel, ejecutivo de una importante pesquera, que moraba entonces en las colinas de Chonchi, cerca de Dalcahue. Una tarde compartimos con Manuel y su segunda esposa, un memorable asado a la argentina, esos donde la carne reposa durante horas en el asador… Pasamos dos gratísimas semanas en aquellas comarcas tan queridas. De vez en cuando, yo le telefoneaba desde Santiago. Una mañana primaveral del 2006 nos topamos en el Paseo Ahumada, en Santiago. Compartimos un café bien conversado. Esa noche, Demófilo cenó en nuestra casa. Se le veía algo estragado. –No estoy bien de salud- me dijo. Viajaré a México, donde vive mi única hermana. Es posible que me radique allá, ahora que también Elena me ha dicho adiós para siempre-.

No volvimos a vernos ni supe más de él. Llamé a su casa de Dalcahue, pero el teléfono ya no le pertenecía y los nuevos moradores ignoraban su paradero. Yo tenía anotadas, en alguna vieja libreta, las señas de su nieta –hija de Manuel Enrique- que fuera mi alumna en los cursos de Lingua e Cultura Galegas de la Universidad de Santiago de Chile. No encontré sus datos. Indagué en la web, ese espacio sideral donde sueles obtener impensados hallazgos. Nada.

Nada hasta anoche. Marisol encontró un enlace en Google, si no auspicioso, sí revelador. Se trata del testimonio de Manuel Enrique Pedreira Carratalá, hecho a un juez federal argentino, en 2007, que resumo y transcribo:

Juez: -¿Usted alguna vez declaró en algún proceso judicial, no?
Manuel: -No, yo viví hasta el mes de septiembre del año 2006 fuera del país.
Juez: -¿Su hermano fue secuestrado en enero de 1977 y después, en Mar del Plata, su propia esposa?
Manuel: -Mi primera esposa, Mabel María Conde.
Juez: -Parece que también sigue desaparecida, ¿no?
Manuel:- Así es.
Juez: -Hay elementos por los cuales se establece que su señora había sido vista en la Brigada de Robos y Hurtos de La Plata, en la calle 55, y también en La Cacha, lo cual le da jurisdicción a este Tribunal… También tenemos presente en que usted, en el año 1974, estaba detenido a disposición del Poder Ejecutivo aquí, en la Unidad 9…
Manuel: -Sí, yo fui detenido el 11 de noviembre de 1974.
Juez: -Y tuvo la fortuna de ser liberado a los quince días… Pero ahora vamos a ver su relato sobre las circunstancias de la desaparición de su hermano Rafael.
Manuel: -Sí, yo supe en enero de 1977, cuando en una de las pocas ocasiones en que pude hablar con mi madre, ellos habían perdido contacto con él en los primeros días de enero. La idea era tratar de sacar de Argentina a mi hermano, que había terminado la carrera de periodismo, pero tenía que hacer el Servicio Militar, y la verdad es que la situación de él era muy frágil, desde el punto de vista legal, porque era uno de los principales referentes de la Juventud Universitaria Peronista, en la Ciudad de La Plata y, de alguna manera, referente político para todo el conjunto de los estudiantes.
Juez: -Después de que su hermano escapó, antes de dársele por desaparecido, ¿tuvo algún contacto con él?
Manuel: -No he tenido posibilidades de conocer ninguna situación o alguna persona que de los distintos Centros de Detención en la Provincia de Buenos Aires hubiera tenido contacto con él. Yo estoy viviendo aquí apenas hace dos años, escarbando historias de hace más de dos décadas, lo que no es fácil para mí y menos para mis padres. Ellos son españoles, vivieron los horrores de la Guerra Civil y, mi padre, la desaparición de su progenitor, mi abuelo.
Juez: -Tenemos listas de varios Centros Clandestinos de detención y tortura, pero en ninguna de ellas figura el nombre de su hermano… ¿Y si él hubiese usado un apodo? Eso era común entonces…
Manuel: -Si, a él se le conocía por el sobrenombre de "Piraña", porque la verdad es que era muy bueno para comer y tenía un metabolismo muy catabólico; era flaco como un espárrago, pero comía como un elefante. Mi padre decía que era un “larpeiro”.
Juez: -Bueno, bueno, algunas anécdotas parecen aligerar la tragedia. Sigamos. Su madre es la que denuncia la desaparición. Manifiesta que no sabía en donde estaba, claro. Dijo que ingresó personal armado en el domicilio y él logró escapar, sin ropa ni documentos.
Manuel: - Bueno, la verdad es que yo estoy empezando a escarbar un poco ahora y ni siquiera están esos vecinos... La única referencia que hay, es la señora de un kiosco que estaba en la esquina, pero tampoco ha sido posible localizarla.
Juez: -Entiendo que el último contacto de su hermano Rafael fue con sus padres, por teléfono…
Manuel: -En concreto, con mi madre, que aseguraba que él estaba refugiado en un sitio de La Plata llamado City Bell. Pero ese dato confuso jamás pudo verificarse.
Juez: -Bueno, lo que le pido es que siga buscando. Nosotros tenemos tan pocos medios y una de las partes de los descubrimientos que se hacen viene de la misma aportación de los interesados…
Manuel: - Por supuesto. Lo que pasa es que uno se tiene que reponer de estas cosas... No es fácil, ni para mí ni para mi padre, hurgar en las heridas de hace veinte años… Y también está mi primera esposa…
Juez: -Claro, también está ella, entiendo que fue secuestrada en Mar del Plata…
Manuel: -Sí, vivía en la casa con los padres, aproximadamente un mes o mes y medio después que desaparece mi hermano… La van a buscar a casa de su padre, militar de la Armada, hoy fallecido. Se la llevaron prácticamente con el consentimiento de él, engañado por aquello del “código de honor militar”, quien trató de perseguir después, infructuosamente, a la gente que se la llevó. Pero tampoco sus padres pudieron saber nada de ella, nunca más.

El cronista, al igual que el interrogado, suspende aquí la angustia del diálogo. Como dato final de la infamia, consigno que Rafael Antonio Pedreira Carratalá fue el estudiante desaparecido número 499 de los 691 -¿asesinados, incinerados, arrojados al mar?- alumnos secuestrados de la Universidad Nacional de La Plata.

En todo caso, los argentinos nos superaron con creces, logrando juzgar y encarcelar a los principales jerarcas criminales de la dictadura castrense. En Chile, se fueron muriendo en cama, velados por los candidatos que hoy postula la derecha a la Presidencia de la República.

Al filo de la madrugada, encontré datos nuevos para mí del amigo gallego, que refuerzan mi afecto y admiración por él, y ensanchan mi gratitud por haberle conocido:

Demófilo Castro Pedreira Rumbo: Estudante de Medicina, natural de Cortegada (Ourense) politicamente moi activo, tal vez vinculado ao PCE (Partido Comunista Español). En 1942 estaba cursando estudos de Medicina. Facilitou nesa data a operación de apendicite do guerrilleiro Ángel Franco Evaristo, xa que Pedreira tiña parentes médicos na Coruña que posibilitaron a operación e a estancia do enfermo no sanatorio.

Nunca me lo contó, Demófilo. Hay cosas que escuecen al contarlas y otras que la memoria oculta o reverencia en el sagrario del absoluto silencio.

¿Aún vive Demófilo Castro Pedreira Rumbo, en algún lugar de México? No lo sé, pero mientras le recuerde, vivirá.

Ahora pienso, al igual que mi padre, en aquel remoto y crucial septiembre de 1973, que nuestro anhelado imperativo: ¡Nunca más! -¡Nunca máis!- se nos vuelve, en ocasiones, improbable y estéril interrogación desolada:

¿Nunca más?

Edmundo Moure. Maio 2013

1
Dalca: Pequeña embarcación, construida con madera y cueros de foca por los Chono, primera etnia marinera de habitantes de Chilhué, lugar de gaviotas.

Comentarios (2) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 25-05-2013 17:07
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INVENTARIO, por Edmundo Moure
INVENTARIO

Llegué a poseer dos mil setecientos treinta y ocho libros de los géneros literarios conocidos. Un diez por ciento eran textos en lengua gallega, ensayos sobre temas del imaginario popular galaico-portugués, atesorados en mis viajes al Finisterre del noroeste.

Como funesto corolario de mi definitiva defenestración conyugal, los libros gallegos fueron incinerados en punitiva enmienda y cruel escarmiento. De la vasta biblioteca logré rescatar dos centenares que fueron cobijados, por poco tiempo, en mi efímero Walden de la precordillera. El resto fue vendido a saco y bulto, sin mayor escrutinio.

Una tarde, presa de esa angustia existencial con que nos golpea el implacable devenir, eché cuentas respecto al tiempo que yo necesitaría para leer dos mil libros, considerando un ambicioso promedio de tres horas diarias de lectura. Si lo cumpliese con rigor, eso daría para tres libros por semana y ciento sesenta al año. Con suerte y aplicación, en tres lustros habría consumido aquella biblioteca.

¿Y los nuevos libros? Sólo en lengua castellana se editan entre setenta y cien por día. ¿Y los posibles hallazgos en librerías de viejo? ¿Y las sugerencias de compañeros de oficio? ¿Y las necesarias relecturas?

Por momentos creí enloquecer, pero recuperé la serenidad, convencido de que la lectura debe asumirse como un deleite ajeno a toda compulsión aritmética. Es preciso entender el disfrute del arte como goce intemporal, jamás adscrito a réditos utilitarios.

Ayer me enteré que don Augusto –tan filántropo él- había donado al Ejército de Chile su biblioteca personal, ascendente a cincuenta y cinco mil volúmenes, algo así como noventa años de lectura sin pausa. Algunos de esos libros fueron adquiridos bajo la premisa del simple latrocinio, como el Diario de don José Miguel Carrera, hurtado del Museo Histórico Nacional; otros o la mayoría, regalo de lameculos y cagatintas.

Un sesudo investigador-periodista ha escrito un ensayo sobre esta secreta afición maníaca por el papel impreso, discordante, al parecer, con esa impronta de militar zafio y cuartelero que le endilgamos sus honorables enemigos, refractario a todo quehacer intelectual, al estilo de un Millán Astray criollo.

Tema para un buen análisis psiquiátrico, sin duda, si suponemos que en sus escasos momentos de solaz, entre el despacho delirante de instructivos de aniquilación, acariciaba perfumados folios en el incomparable ejercicio de desentrañar palabras. Qué opuesto a nuestra visión de atroz cabecilla del golpe cruento que en sus ominosas imágenes nos mostrara piquetes de soldadesca enardecida quemando rumas de libros…

Se dijo en aquellos días que el único presumible lector del cuarteto siniestro era el almirante Merino, y que cuando el recién asumido embajador de España preguntó a don Augusto si había leído a Ortega y Gasset, éste le respondió, muy orondo: -Por supuesto, los tengo bien leídos a los dos-.

Ahora resulta que Augusto era lector compulsivo y un escriba a tener en cuenta entre sus pares. Si lo hubiésemos sabido a tiempo, la suerte de la Sociedad de Escritores de Chile, despojada de todo beneficio y bajo constante vigilancia de esbirros ágrafos, hubiera sido otra cosa en aquellos años de piedra y hierro. Imaginen por unos segundos a Pinochet Ugarte como presidente honorario y perpetuo de la SECH. Pudo haber significado nada menos que una larga prosperidad para nuestra querida Casa del Escritor, tan alicaída de apoyos como menguada de arcas.

Me declaro incapaz de leer el libro de Cristóbal Peña, pero seguiré en mis apasionadas lecturas, que incluyen también notables textos encontrados en el ciberespacio. Por de pronto, omitiré cálculo de probabilidades, eludiendo así la pavorosa tentación del inventario.


Edmundo Moure
Mayo 2013





Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 22-05-2013 12:40
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LA CRISIS EN EL CAFÉ
Unha nova colaboración -dende Chile- de Edmundo Moure lembrando a Valle Inclán e as tertulias no café...



Café de la Montaña, entre la calle de Alcalá y la carrera de San Jerónimo, corazón del Madrid decimonónico, una tarde de la primera semana de noviembre, año 1896 (Ramón María del Valle-Inclán Peña y Montenegro acaba de cumplir treinta años). Sentados a una mesa le vemos junto a Manuel Bueno, a Fernández Bahamonde, a López del Castillo, a Ricardo Baroja y al joven poeta Alejandro Sawa, que luce su rostro famélico y aceitunado, como lámpara en vías de extinción. Los contertulios discuten acaloradamente; se trata de un posible lance de duelo que afecta al joven López del Castillo, cuyo padrino potencial es el propio Valle, quien discute con Bueno su competencia para tales efectos de honor en el juego mortal de las pistolas. Manuel Bueno discrepa a la española, alza su bastón con médula de hierro y lanza un terrible mandoble contra Valle-Inclán, quien opone su antebrazo izquierdo. El golpe, quizá no tan demoledor, da en el gemelo del puño, produciéndole una fea herida que compromete el hueso, aunque en la tensión de la refriega nadie parece enterarse.

Vuelve la calma. Uno de los presentes ofrece de su cuenta café y copas de licor. La conversación continúa por los carriles de la tolerancia, como si de pronto aquellos tertulianos no fuesen españoles sino comedidos ingleses. Al filo de la medianoche, se deshace la cofradía y don Ramón entra en su estrecho cuarto, dejándose caer, vestido, en su mísero jergón de soltero. No sabemos si ha logrado dormir, pero a la mañana siguiente la fiebre le hace delirar. Su brazo izquierdo es una masa tumefacta que bulle y pulsa como fragua enloquecida. Gangrena y septicemia le acechan sin remedio.

La portera le conduce a la casa de salud. El médico es rotundo: amputación por arriba de la articulación del codo. Don Ramón asiente, con la displicencia de un paladín. Aparecen los camaradas de la tertulia, salvo el verdugo del bastón, que llegará más tarde a congraciarse con el héroe-víctima. Valle-Inclán acepta de buen grado el cercenamiento del brazo, con la condición de que sea sin anestesia. Como paliativo menor, pide una botella de coñac que comienza a beber antes de que la enfermera le desprenda la camisa ensangrentada. No hay quejidos, pero don Ramón se desmaya dos veces.

Es ahora otro manco ilustre de la literatura universal, aunque no haya perdido su extremidad siniestra en la batalla de Lepanto ni en otro glorioso combate. Pero su imaginación urdirá una veintena de historias memorables en torno a la pérdida del brazo. (A mí, la versión que más me gusta es la de la princesa maya, a quien salva de las garras de un jaguar, en plena selva del Yucatán, ofrendando el sacrificio de lo que llamará más tarde “mi brazo inútil”).

Estos parroquianos del café nuestro de cada día son todos –o casi- pobres menesterosos que pugnan por ocultar su condición, vistiéndola con la capa raída y astrosa de la vieja hidalguía española. Don Ramón es una virtual leyenda de esta actitud que en la Península constituye género literario aparte. Muchas veces, puesto en trance de ser invitado al yantar o a la cena, por algunos compañeros mejor dispuestos de voluntad y faltriquera, Valle-Inclán rehúsa y rechaza, poniendo la palma de la mano sobre su garganta, en gesto de rotundo hartazgo. –Hombre, que sí, que ya he comido, y muy bien, por supuesto-. Aunque en los ojos el hambre le clavase su tenedor en las pupilas desoladas.

La crisis es permanente en el café; no dura lo que éstas que nos son anunciadas cada tres o cuatro años por los corifeos del capitalismo salvaje. Si damos un salto en los calendarios de Cronos y entramos en el Café de la Montaña o en el de Artistas, tres décadas después de aquella violenta aventura, encontraremos parecidos fieles en el rito cotidiano de la conversación, juntando sus monedas para afrontar el modesto consumo. Esto haría decir a Valle-Inclán que su vida en Madrid consistía en cambiar oro por calderilla: el metal precioso de sus palabras hechas crónicas por el sucio níquel de las transacciones mínimas, mendrugos incapaces de saciar el hambre desmesurada de los sueños.

En la década de los 40’, la crisis asumió en España la ferocidad de las fotografías en blanco y negro de la posguerra, cuya elocuencia es superior a todas las palabras. Algo de esto hemos visto en La Colmena, la novela de Camilo José Cela hecha película galardonada. El narrador gallego nos nuestra aquella galería de personajes aferrados a su miseria, tratando de subsistir a punta de engañar el estómago con sus mentiras literarias y pequeñas trapacerías, como si un café con leche fuese una cena opípara que nos dejara abotagados en los vapores del hartazgo. No obstante, aquellos pendolistas amigos del Nobel gallego iban a conformar un equipo de mercenarios de la pluma, unidos para afrontar esos concursos literarios que nunca han faltado en España. Premunidos de hábil estrategia, informándose en detalle de los jurados de cada certamen, se dieron maña para preparar textos que se adecuaran al criterio estético (o a la falta de éste) de los jueces encargados de discernir. Si hemos de creer a Cela, durante cinco años ganaron tres o cuatro de cada diez concursos, repartiendo su fruto pecuniario de manera fraterna y equitativa en la mesa del café. Hasta que alguien descubrió la tramoya y aquellos actores gráficos volvieron a su acostumbrada estrechez, es decir todo igual entre desayuno y cena, como si jamás les hubiese abandonado la crisis.

En Chile no tenemos la tradición del café como lugar de tertulia. Este espacio lo asume el bar o la “fuente de soda”, aunque jamás con el grado de asiduidad que se le ha consagrado en España a lo largo de dos siglos... Así, los españoles que llegaron a Chile en el Winnipeg o en otras naves menos epopéyicas, se quejaron de la falta de espacios adecuados para la tertulia, tanto en el puerto de Valparaíso como en Santiago del Nuevo Extremo. Otro Ramón ilustre, Suárez Picallo, escribió sobre el tópico, porque para él no existía mayor miseria que una existencia desprovista de conversaciones agudas y controvertidas. Eso sí que podría considerarse una crisis terminal: la ausencia de mesas donde desgranar las palabras.

En los años aciagos de la dictadura, la vida bohemia –nunca muy abundosa en Chile- sufrió el golpe artero del “toque de queda” y muchos bares debieron cerrar sus puertas, dando paso a esa suerte de clínicas de comida rápida que importamos de Gringolandia, con el puritanismo insoportable de los pollos fritos y las hamburguesas insípidas que se ingieren con bebidas gaseosas. ¿Qué conversación interesante y lúcida se podría articular en esos antros de la asepsia estreñida del american way of life?

El bar Unión Chica, en Nueva York 11, sobrevivió al desastre estético del Chile militar. En sus mesas oscuras y arrinconadas siguieron dialogando los poetas y escribiendo entre copa y copa sus versos desgarrados. Allí estaban Jorge Teillier, Rolando Cárdenas, Stella Díaz Varín, Aristóteles España, Rony Muñoz, Francisco Véjar y otros que mencionar no puedo. Todos ellos en crisis permanente e irreparable, porque la verdadera literatura no se aviene con el bienestar ampuloso de los burgueses ni con la fanfarronería mediática de los satisfechos, ni menos fluctúa con las alzas y bajas de la Bolsa. Desde Francois Villon hasta Jorge Teillier ha ocurrido así, y nada hace pensar que esto cambiará.

Aunque no sé si habrá hoy poetas menesterosos en los cafés y bares de España (en Chile los sigue habiendo). Yo no tuve la fortuna de frecuentarlos, ni siquiera en Galicia, donde compartí con “reventados” que no parecían padecer penurias económicas, aunque estuviesen sumidos en otro tipo de crisis existenciales o angustias metafísicas, aligeradas por el cáñamo índico o la “diosa blanca”. Pero en el tercer mundo la miseria ostenta apariencias más desarrapadas y apremiantes, hasta el extremo que un poeta puede pedirte una moneda de quinientos pesos para asegurar la cama en el albergue de caridad, por la sola y desnuda noche, tiempo que encierra para él pasado, presente y futuro.

Por eso, yo me declaro en crisis permanente, pese a que no conozco los retortijones del hambre y a que aún tengo mi refugio seguro en Bar Amigo, donde los momentos críticos se aligeran humedeciendo en buen vino la palabra ávida, tengas o no dinero en la cartera… Porque “peor es mascar la hucha”, como suele decirse, hermanos poetas, aunque sea en la mesa del café o en el ara del bar.

Edmundo Moure
Noviembre 2012
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 11-12-2012 10:07
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ESPAÑA: EL REVENTÓN DE LA BURBUJA


Hace seis años atrás, me llamó la atención una de tantas estadísticas con las que los amos tratan de explicarnos el mundo a los simples mortales, para que continuemos comulgando con ruedas de carreta, sintiéndonos de paso como imbéciles felices. Se trataba de clasificar a las economías más poderosas y pujantes del mundo, agrupándolas en una escala, al modo de los rankings deportivos. España era la sexta economía mundial, una suerte de “top ten” que debía enorgullecer a los españoles de dentro y fuera de la Península, asimismo a los que se creen o sienten hispanos sin serlo, aunque se les note los rasgos indígenas a una cuadra de distancia.

Pero de súbito, la Comunidad Europea, esa especie de club de estados y naciones que agrupa culturas, lenguas y faltriqueras tan disímiles, denuncia una terrible crisis, iniciada en Grecia; algo así como que Sócrates, Platón y Aristóteles se hubiesen declarado en insolvencia… Sabemos de eso, por la lúcida despedida del maestro peripatético antes de beber la mortal cicuta, cuando menciona sus deudas y entre ellas el gallo que le debe a un fiel amigo. Suponemos que entonces el valor de un gallo era considerable, como base de algún festín de conmemoración o aniversario feliz. De Grecia, saltamos a Italia -¡cómo si no!- su heredera en el pensamiento y en las formas políticas, aunque discípula más aprovechada en lances militares que en nuevas ideas (si las hay después de los griegos). Mientras la dulce Itálica ve mermar sus tesoros por las dilapidaciones groseras del chusco Berlusconi y sus secuaces de público puterío, los dardos de la Fuhrer Merkel, jefa del IV Reich y triunfadora de la III Guerra Mundial, sin necesidad de una blitzkrieg, denostaba al saudoso Portugal, pobre de economías y rico de añoranzas imperiales, por ruinoso y endeudado súbdito del Mercado Común Europeo.

Entre tanto, en el Café de Artistas de Madrid ardía la polémica. Don Ramón del Valle-Inclán alzaba su muñón izquierdo por sobre los enardecidos contertulios, profiriendo dicterios contra el Gobierno: -“Rediez, ya lo decía yo, las alianzas nunca han convenido a España, ni con teutones ni franchutes ni menos con los hijos de la pérfida Albión y nunca con sus plebeyos vástagos de la América del Norte, aunque Franco les empeñase a éstos hasta las partes pudendas… Quizá con Portugal hubiésemos debido integrar una nueva patria, para aunar nuestras nostalgias de gloriosos tiempos pasados y rescatar la lírica lengua, cuando fuimos dueños de los mares y de la redonda tierra, sin que el Imperio conociese la puesta del sol en sus dominios… Ahora, nos vienen con el mal cuento de la crisis, y ese pelmazo de Rajoy, gallego que no conoce a los clásicos ni ha oído mentar a Séneca, clama por dinero para el Banco Santander y tiene a media España vagando por las calles, a sus hijos mirando vitrinas inaccesibles hoy y portales clausurados... No hay salud, señores”-.

Es verdad, no hay salud ni mejoría ad portas ni restablecimiento de los millones de enfermos griegos, italianos, portugueses y españoles, que se debaten sin esperanza, añorando los tiempos en que pertenecieron, aunque fuese por período efímero, como quien renta un frac para presumir de caballero, al Primer Mundo, al club de los elegidos, a los cultores de elite del difícil deporte de la subsistencia, mientras los verdaderos causantes de la pandemia rehacen sus arcas para no infartar al Fondo Monetario Internacional, amo y señor de los pueblos urbi et orbe. (Ni Marx ni Lenin consideraron tamaña confabulación. De lo contrario, hubiesen escrito narraciones de ciencia ficción y no mamotretos de economía política y elucubración ideológica).
De las asoladas ciudades de España se preparan nuevos grupos de emigrantes. Ya no son los “labradores propietarios” de Galicia y Asturias, ni los obreros industriales vascos, ni los artesanos catalanes, ni los campesinos sin tierra de Andalucía, sino académicos, profesionales y técnicos que no vendrán a “hacerse la América” y tampoco a fundar familias mestizas, porque serán aves de paso, mientras la economía de Hispania se rehace, con las ansias puestas en el aeropuerto de regreso y la morigerada angustia del lapso de catorce horas de separación por aire. No habrá epopeyas memorables, como la del Winnipeg, ni poetas ilustres requiriendo visas en Madrid para refugiados de guerra y víctimas de dictaduras militares. Y es que a este siglo le faltan todas las glorias, pues sus mercaderes zafios y dueños del poder están exentos de todo honor e hidalguía; son los desarrapados de ayer que invadieron los castillos, con la arrogancia rastrera del advenedizo ignaro. Parodiando al señor de la Mancha, diremos que “en los palacios de antaño ya no hay nobles hogaño”.

Chile, sin Pablo Neruda ni Pedro Aguirre Cerda, aguarda por los españoles que quieran venir; también por griegos, italianos y portugueses. Hoy, hermanos de Perú, Ecuador, Haití y República Dominicana, entre otros, son acogidos en nuestra propia burbuja sudamericana de bienestar, que esperamos dure más que la española, porque está fundada en la abundancia del duro metal del cobre y en los extensos salares donde yace el blanco oro del litio, con clientes seguros, como los chinos y los indios de la India. Por lo demás, en estas tierras del Último Reino no existe el anti-hispanismo de otras repúblicas rencorosas; al contrario, se trata mejor a los hispanos que a los nativos, sin mencionar a los vilipendiados mapuches, zaheridos a diario por la militarizada policía mestiza, que les balea por leso terrorismo y “apropiación indebida de tierras”. Baste decir que Julio Iglesias, Rafael y Camilo Sesto mantienen más fans activas en Chile que en España, y se les sigue contratando para recitales a punta de “play back” y prótesis de tramoya, con jugosos estipendios que escandalizarían a la austera Frau Merkel.

A Unamuno le dolía España. A nosotros nos duele esta nueva esclavitud planetaria impuesta por las transnacionales. Esperemos que la justa indignación que nos mueve no resulte también una triste burbuja.


Edmundo Moure
Octubre 31, 2012
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 01-11-2012 11:09
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PORQUE SADA ES TAMBIÉN MI PEQUEÑA PATRIA

"Non sei si estades ao tanto pero Lito, que foi nas listas municipais polo BNG, entrou hoxe como concelleiro (na oposición) en Sada, tras a renuncia de dous membros...
Así que, a voz da historia, da memoria, da protección e coidado do noso pasado deixarase oir nos plenos (aínda que arrasen por maioría)…"


Recibí este correo, de Francisco Pita, mi amigo Paco, maestro y republicano demócrata de Sada, el 31 de agosto, día de San Ramón, aunque mis seres santificados son los que vienen de la literatura y no de dudosos decretos papales. Ramón Suárez Picallo, Ramón del Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna, están ahí, con el testimonio vivo de su legado hecho palabras que nos hablan a diario, en medio de nuestros afanes, para decirnos que la esperanza es a la vida lo que el sol a la luz, que debemos seguir luchando por los sueños que echaron a rodar los precursores de la Patria real, esos que atravesaron el mar proceloso para entregarnos el pulso formidable de sus fundaciones.

En diciembre de 2004, con ocasión de un congreso de directores de centros culturales gallegos en el exterior, concurrí a Santiago de Compostela, en uno de esos nueve viajes que me han llevado a Galicia, entre al ansia y la saudade recurrentes. Entre otros encargos, llevaba yo el de contactar al entonces alcalde de Sada, a instancias de la historiadora Carmen Norambuena, a la sazón directora del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, entidad que cobijaba nuestro Programa de Estudios Gallegos, fundado en julio de 1998, con el apoyo y patrocinio de la Xunta de Galicia. Carmen había estado, creo que en 1994, en Sada, con motivo de un congreso interuniversitario de la emigración gallega en América. Ella supo allí de la existencia de un diputado de la República, abogado, luchador por la causa del socialismo, escritor-periodista, de esos forjados en la faena cotidiana de entregar un artículo, una crónica, un breve ensayo para miles de lectores del periódico que esperaban, junto a la taza de café, para abrir el día no solo a las noticias, sino al pensamiento reflexivo e inquietante.

Y ese hombre, nacido en el rincón campesino de Veloy, había escrito más de un millar de crónicas en el lejano Chile, durante quince años de exilio y desarraigo. Carmen rastreó en los principales diarios de la época (1941-1956) y encontró gran parte de aquel trabajo monumental. Fui escogido para reunir el profuso material y darle forma de libro. En esta tarea, como se sabe, participó el Consello da Cultura Galega, por mano diligente de Rosa Aneiros y Xosé López, que hicieron posible una fina edición, que tuve la felicidad y la honra de presentar en Sada, a fines de mayo de 2008, junto a mis amigos y compañeros: Paco Pita, Manuel Pérez Lorenzo (Lito), Amable Carballeira, Abel López Soto, Xosé Valle Diez, Marisa Naveiro, Manuel Rodríguez Cotos, Ramón “sobrino-nieto” de nuestro caro periodista de “La Feria del Mundo”, y otros camaradas cuyos nombres no retengo. Estaban con nosotros notables personajes de la cultura Gallega: Isaac Díaz Pardo, Avelino Pousa Antelo, Xosé Neira Vilas y su dulce Anisia, Ramón Villares, Rosa Aneiros, Xosé María Palmeiro, Xulio López Valcárcel…

Vuelvo atrás en el tiempo. En ese diciembre lluvioso de 2004, concurrí al ayuntamiento de Sada, para entrevistarme con el alcalde –Moncho, según nominación apelativa entregada por Carmen Norambuena-, para pedirle su patrocinio en una futura edición de los textos de Ramón Suárez Picallo –quizá bajo el título “Crónicas desde el último confín”- cuyo financiamiento estaba lejos de nuestras posibilidades en la USACH. Me recibió el rubicundo pedáneo en su despacho, con arresto fachendoso y un enorme puro encendido que amenazaba mi respiración asmática. El hombre se acordaba poco –o no quería recordar- aquel congreso sobre la emigración, y el nombre de la directora chilena le hizo fruncir el ceño… En ese momento supe que se trataba de un cacique gallego, franquista irredimible, de esos que describe Castelao y de los que mi padre me puso tantas veces en alerta. El tipo parecía escuchar apenas mi discurso, proferido, según su expresa solicitud, en castellano, mientras revisaba papeles y ponía en ellos su rúbrica ampulosa. Quedó en que iba a considerar la solicitud y nos avisaría... De un gran andel, extrajo un grueso libro histórico sobre Sada, donde incluía breve biografía de Suárez Picallo, que él había escrito. –Vamos- le dije, no sabía que usted fuese también escritor… -Se hace lo que se puede- respondió, encogiéndose de hombros y forzando una sonrisa, con el puro atrapado entre los dientes.

Me fui de Sada con una rara sensación: qué bello lugar desprovisto de la gente gallega que había conocido en otras villas y aldeas… De vuelta, en el tren a Santiago, leí su escrito sobre nuestro dilecto Ramón. Poco había podido hacer el cacique: prosa precaria de burócrata, y contenido pobre, de pintoresquismo banal para turistas consentidos; mostraba un Ramón Suárez Picallo anodino, carente de claridad ideológica y “culpable indirecto” de izquierdismo antiespañol… Hubiese arrojado el libro a las aguas del Miño, pero era obsequio “institucional”, así es que hoy duerme, junto a otros carcamales, en la biblioteca del Instituto.

Pero en mayo de 2008 conocí otra Sada y a un puñado de amigos entrañables con los que compartí momentos de exaltación literaria e intelectual y, asimismo, encuentros fraternos al calor de la buena mesa, aligerada por el vino propiciatorio de Galicia. Paco, el maestro, me los presentó. Fui recibido por otro alcalde, Abel López Soto, quien contribuyó a que nuestro libro fuese editado con todos los honores. Nada más estrechar su mano y supe que sellábamos una limpia amistad.

A través de Paco conocí a Lito, joven estudiante de la intrahistoria de Galicia, rescatador de su memoria, valiente y tesonero en medio de la habitual ignorancia de lo propio y del desinterés por lo que está más allá de lo contingente. Es éste un patético fenómeno universal, dentro de un sistema socioeconómico que parece conducirnos a una nueva y terrible barbarie, la del violento simio tecnificado.

Encontrarme con un espíritu como el de Manuel Pérez Lorenzo, aún mozo, exhibiendo una claridad ideológica y existencial tan lúcida, me conmovió. Desde entonces, me siento vinculado a las tareas culturales y de recuperación histórica que se llevan a cabo en la villa marinera de Sada, por un puñado de seres humanos de excepción, que ya quisiéramos ver multiplicados en nuestras grandes urbes, donde millones de individuos reptan como esclavos para asegurar una mínima subsistencia, mientras los dueños del poder echan cuentas sobre sus próximos réditos y les entregan la droga del espectáculo farandulero.

Yo me siento hoy casi tan joven como Lito Concelleiro, porque heredé de mis ancestros esa pertinacia que les hace decir, cada día, con sabia retranca: “Traballar e traballar, é a carreira que temos”. Mientras nos queden fuerzas, lucharemos por nuestros sueños, en todos los confines. Y Manuel Pérez Lorenzo hará escuchar su voz, aunque, por ahora, no se transforme en voto decisivo… Desde aquí, le enviaremos nuestra energía positiva, esa que puede cruzar los océanos en alas de la buena cibernética.

Basilio Losada me decía que él atesoraba siete patrias. Yo no cuento las mías, pero estoy seguro que Sada es también mi pequeña Patria, entrañable y engrandecida por estos amigos que aquí se nombra y por otros que debieran ser nombrados. Porque estamos unidos por la lengua, por la cultura y por la memoria ancestral hecha presente esperanzado.


Edmundo Moure
31 de agosto 2012
Día de San Ramón
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 04-09-2012 10:10
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CUADROS, LIBROS Y COSAS, por Edmundo Moure
Me traje al departamento cuadros, libros y cosas de casa de mi Madre, veinte días después de su partida. Mamá dejó expresamente asignados sus numerosos cuadros, que alcanzaron hasta los nietos, algunos de quienes fueron retratados por su amoroso pincel, con mayor o menor fortuna estética, como es de esperar del difícil oficio de los colores y el trazo memorioso.

Paisajes, casas, iglesias, marinas, bodegones y naturalezas muertas alternan con los retratos familiares y algunas reproducciones de pintores consagrados. Detrás de ellos, vibra un estilo particular que la impronta de su afición fue madurando a través de largos años de persistente trabajo. De joven, Mamá tuvo un tío maestro que incentivaría su temprano talento, Juan Vega, de cuya mano eximia heredó un retrato suyo y copias notables de Murillo, como “Niños comiendo frutas”, que ornaba el salón de la Casa. Esa inquietud plástica quedó en suspenso durante mucho tiempo, porque se sucedieron los partos y los niños, mientras el atril y las telas dormían en el desván. La servidumbre de la mujer es callada, aunque su grito ahogado atraviese los siglos... Pero los ojos de mi Madre no olvidaron aquellos artilugios hacedores de luz. Y cuando el tiempo anunció las veladas del otoño bajo su condición de abuela, desempolvó paletas y pinceles, para pintar sus sueños pictóricos y retratar a sus seres queridos.

Mi padre compraba infinidad de libros; algunos, muy caros, como los volúmenes de Aguilar o de Plaza y Janés, en papel biblia y cubierta de piel oscura. Grandes autores universales, aunque con marcada predilección por las letras hispanas. Seleccioné ahora para mí a Shakespeare, a Alonso de Ercilla, a Romain Rolland, a Hemingway, ese hispanófilo que encantaba a Papá, que no es muy buen escritor pero traspasa el poder de su gula vital... Otros libros agregué, en ediciones sencillas o rústicas, todos con algún sentido latente desde aquella Casa donde la lectura era un bien de consumo diario que podíamos oler, según nuestra afición asombrada, como el mejor pan o como el más espirituoso de los vinos. Creo recordar que a veces mi madre protestaba por esas continuas adquisiciones, a través de las cuales el pater familiae desviaba dinero que pudo haber servido para cosas prácticas e imprescindibles. Era el viejo dilema del arte y la cultura frente al pragmatismo.

Mi padre no era académico ni tampoco un escritor, aunque poseyera talento innato para narrar historias, para encender una conversación ávida de conocimientos. ¿De dónde provenía aquella inquietud intelectual volcada a ese ente maravilloso que llamamos libro? Puede que del abuelo Cándido, que había descubierto la belleza de las letras en el latín del Seminario de Tuy, para incorporar a su vida cotidiana la lectura que sus parientes políticos no practicaban, quizá con la desconfianza del campesino por hábitos y oficios que no extraigan su ánima desde el pulso de la tierra. Pero en casa era una verdad nuestra, cotidiana, que Padre compartía con Mamá, provista ella de educación más refinada, instruida en la entonces prestigiosa lengua francesa que aprendió en el colegio de monjas francófonas de Valparaíso. Había allí un punto de tácito acuerdo. Ambos leían con fruición, pero ella era la encargada de pronunciar para nosotros las palabras de los libros con impecable prosodia. Ambos fueron los oficiantes de ese rito de encantamiento que sigue siendo para algunos de nosotros la lectura.

De entre los libros heredados en este reparto fortuito, destaco los trece grandes tomos de la Historia Universal de la Literatura, del estudioso Giacomo Prampolini, editada en 1942 por Uteha Argentina. Se trata de una obra para especialistas y hermeneutas, atrevida síntesis de la historia literaria que se remonta a veinticinco siglos antes de Cristo, en la ancestral cultura china que inventó el papel y la tinta, hasta fines de los años 40’ del pasado siglo, con sus autores más señeros, clasificados por lenguas, países y culturas, según sus aportes trascendentales al oficio de escribir, entendido como acervo universal y parte de ese libro único que Borges ansiaba concluir para su biblioteca infinita. Mi padre cogía los enormes tomos, buscando referencias precisas a sus autores predilectos, para desentrañar aquellos misterios y dudas que la expresión exhibe, solicitándonos el ejercicio constante de la interpretación. Los trece tomos tienen marcas hechas con pequeños trozos de papel, para no perder el hilo, para recordar un juicio, una glosa o una apostilla clave.

Los cuadros de Mamá cubren la mayoría de los muros de nuestro pequeño departamento. Los libros no caben en los anaqueles, pese a que nos deshacemos de los que juzgamos prescindibles en periódicas limpiezas, purgas que son dolorosas, porque el libro es más que una cosa, es un ser vivo, hecho de la mixtura de las palabras y los sueños, siempre dispuesto a hablarnos cuando abrimos sus brazos para escuchar el mensaje intemporal del lenguaje creador. Estos trece volúmenes de Prampolini no sé dónde ubicarlos. Ya se me ocurrirá algo para salvarlos del exilio o del abandono; o del olvido, que es la peor muerte del verbo lúcido.

En las cajas aparecieron viejos álbumes de fotos desvaídas, como si las imágenes de la existencia que se grabaron en ellas hubiesen perdido el pulso vital, poco a poco, como un enfermo que se apaga de modo irremediable. Los he desechado, conservando sólo fotografías en blanco y negro, de setenta u ochenta años atrás, que no han visto menoscabada su prestancia, evocando recuerdos surgidos de los rincones más alejados de la memoria.

Encontré antiguas cartas; una enviada por mí a mi padre desde La Serena, en abril de 1965, cuando yo tenía veinticuatro años. No es una pieza literaria, pero carece de errores sintácticos. Desde su prosa caligráfica, extraigo un párrafo, ahora que ha pasado casi medio siglo de su escritura, porque el eco de viejos anhelos vuelve a temblar en su escritura filial:

“Yo, papá, anhelo adquirir un campo pequeño, con una casa grande, acogedora y cálida como la nuestra, una casa donde se aspire el aroma de la tierra, donde se sienta el ladrido de los perros y el trinar de los pájaros en las mañanas de primavera… Y quisiera que usted viviera conmigo y cazáramos y pescáramos juntos, como tanto le gusta, pues siento ahora no haber aprovechado los años que hemos compartido, y es que sólo parecemos apreciar algo cuando estamos lejos de ello…”

Hace catorce años que mi Padre vive en mí. Ahora, mi Madre también comienza a habitarme. Entonces, vuelvo a recorrer las habitaciones de la Casa, como si fueran páginas que despliego morosamente, llenas de cuadros y de libros y de cosas que me hablan desde los orígenes, para que recuerde y sueñe una y otra vez, sin pausa ni sosiego.



Agosto 9,2012
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 10-08-2012 10:34
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LOS VÁSTAGOS DEL MERCADO. Edmundo Moure
Un amigo, gerente y empresario, para mayor abundamiento, me pide ayuda con el propósito de escribir unos textos sobre “marketing”, que serán parte de una cátedra universitaria y quizá se transformen en libro impreso. Le respondo que sobre ese tópico no sé nada. Me dice que no tiene importancia, que me entregará una docena de libros sobre la materia, marcándome los capítulos que tengo que leer para abordar los diversos temas de esta virtual “ciencia”. Las comillas van de mi cuenta, porque él está convencido que esta cosa del mercadeo a grandes volúmenes es algo tan científico como los trabajos de Newton o de Pasteur o de Einstein. Luego –agrega- todo es cosa de apelar al apropiado manejo del lenguaje y a una buena dosis de sagacidad verbal para reinventar lo dicho y escrito por aquellos expertos de la obviedad mercantil; algo así como preparar un plato común que parezca exótico. Es lo que suelen hacer algunos de estos iluminados de la publicidad esclavizante, que arriban a nuestra aldea sureña, para dictar conferencias a tantos dólares el minuto, frente a un auditorio hipnotizado por conceptos que son letras de silabario básico combinadas con chispazos de audacia vendedora… No hablaremos aquí de inteligencia; bástenos con las armas de la astucia, para más no da la sabiduría contemporánea.

El amigo del que hablo me ofrece un modesto pago por mi concurso, dinero que necesito, válgame Dios, aun a riesgo de sentirme prostituido en lo más esencial del oficio –al arte de escribir me refiero-. Acepto, con la condición de examinar el material y ver si puedo desenvolverme en sus presupuestos. Porque para mí es como si te pidiera yo una exegesis sobre el realismo mágico –le digo-. Sonríe, optimista como buen marketeador, y me insta a la tarea, mencionando la posible publicación como acicate, aunque mi nombre no figurará en semejante empresa, pues mi pudor aún supera el apremio mercenario de la necesidad.

El sábado por la tarde reviso los manuales de la nueva ciencia. Quedo sorprendido. El lenguaje es de una simplicidad transparente, elemental, con un contenido donde refulge la atroz bisutería de los lugares comunes vueltos máximas de conducta vendedora-compradora. Las frases hechas se suceden, como las cuentas de un collar de pacotilla. Sus perpetradores son, en su mayoría, gringos de Gringolandia, especímenes con tan exitosos currículos como haber sido artífices de las mejores campañas de Coca Cola o de la General Motors o de Adidas o de Caldos Maggie… Un mundo feliz que espera por los innovadores para expoliar nuevos mercados, compuestos, claro está, por seres humanos que van sustituyendo y ampliando las compulsiones de las necesidades imprescindibles por el ansia creciente de nuevos estímulos, artificiales y manipulados sin misericordia… Me acuerdo de una frase del Diario de Thomas Bernhardt, hablando de Viena, su ciudad natal: “La urbe se dividía en dos segmentos: los comerciantes y sus víctimas”; también el aserto de Borges, inmune a cualquier “contagio” socialista, cuando afirmaba que: “No puede ser más aberrante un sistema donde el que fabrica te dice lo que tienes que comprar”.

Lo que sí refulge, con luces más perdurables y siniestras, es la ideología que inspira a la sociedad de libre mercado, al neoliberalismo y al capitalismo salvaje, restituyendo, con inigualable eficacia, la adoración del becerro de oro. Se trata, ni más ni menos, que de persuadir a los siete mil millones de bípedos pensantes de que no existe ni puede existir un mejor sistema de relaciones económicas, sociales y políticas, para lo cual el argumento está al alcance de la mano: el fracaso del socialismo que conocimos como realidad de estado, junto a la estadística que nos revela los grandes logros de la libertad económica y de sus masivos productos tecnológicos. De aquí un paso para “demostrar” que nunca ha habido más individuos felices sobre la faz de la tierra.

Volvamos al mercadeo o “marketing”. Uno de sus aspectos primordiales como “ciencia” es el estudio psicológico de los consumidores en cuanto a los móviles psíquicos de su comportamiento frente a las incitaciones de la oferta y la demanda. En este terreno, los análisis de los exegetas tampoco destacan por su complejidad, ni van más lejos del juego creciente de novedades que predispone al esclavo del consumo a obtener, a toda costa, los repetidos y supuestos hallazgos que satisfarán su dicha temporal hasta la próxima adquisición. Huelgan aquí los concursos sapientes de Sigmund Freud, Carl Gustav Jung o Hernán Villarino, porque no se trata de síndromes graves ni de neurosis intrincadas ni de histerias recurrentes ni de complejos surgidos de la infancia y simbolizados en sueños abstrusos. Más útil y certero sería recurrir al reflejo condicionado de Pavlov, aplicado por él a los canes.

Esta disciplina, supuestamente científica, estudia medios y recursos –materiales y humanos- para llevar a cabo sus tareas, analiza las múltiples condiciones y circunstancias del mercado, sopesa las posibilidades de cumplir las metas propuestas, que son vender cada día más y aumentar de modo progresivo los beneficios: ganancias netas versus costos, de propietarios y accionistas. Si reflexionamos con raciocinio veraz sobre esta constante progresión de resultados, concluiremos que, más temprano que tarde, los límites inherentes al propio mecanismo de producción y a las variables de consumo hacen inviable el ascenso permanente de aquellos logros planificados. No parece tan difícil entender que las materias primas disminuyen, tanto como los recursos agrícolas e hídricos, mientras que la población del planeta alcanza cifras alarmantes… Sobrevendrán, pues, las crisis recurrentes que hemos podido apreciar en los últimos veinte años. La entelequia carece de base científica; es una gigantesca falacia que estallará como burbuja multicolor, agotada y consumida en sí misma.

Mi amigo gerente, ajeno a mis fatalistas reflexiones, se muestra complacido por la tarea encomendada a este escriba jornalero. Le ha felicitado el decano de su academia lucrativa, asimismo sus colegas especialistas, destacando la precisión del lenguaje y la propiedad de los conceptos vertidos, aunque han echado en falta más citas textuales extraídas de la profusa bibliografía. Se hace lo que se puede.

El tema en cuestión no pasaría de un simple anecdotario de especialidades pragmáticas al uso, según la geométrica división del trabajo, pero se trata de una de las variables axiológicas clave de quienes gobiernan hoy, sin contrapeso, esta agobiada esfera que se desliza en el cosmos, imponiéndonos reglas y normas de comportamiento que el poder induce y controla con sus hábiles y férreos mecanismos, transformando al Estado en arca providencial de los capitalistas (Foucault). Casi todos los servicios y actividades funcionan como agentes del mercado: la educación, la salud, el transporte, la agricultura, la producción extractiva y de bienes de consumo, el deporte, los medios de comunicación y sus canales de esparcimiento; también muchas manifestaciones del arte están siendo controladas por “el señor del castillo”: léase presidente de multinacionales y corporaciones. Los mercaderes no están hoy en el atrio del templo, desde donde los expulsó Jesús, sino que se han adueñado por completo de iglesias, mezquitas, sinagogas y otras casas culturales de la divinidad, echando sus cuentas en el mismísimo altar, desde donde penetran toda intimidad con sus rituales al servicio del sistema, en una suerte de ecumenismo perverso y subliminal.

Lo que nunca mencionan estos profetas y corifeos del comercio a gran escala es el hecho irrefutable de la dimensión acotada del tiempo humano, pues si no lograremos jamás añadir un codo a nuestra estatura, tampoco dispondremos de un minuto de sobra para prolongar el espejismo de la felicidad consumista.


Edmundo Moure
Junio 2012
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 18-06-2012 10:06
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O VELLO E O SEU XARDÍN. Fernando Moure Rojas
Reproducimos hoxe este conto do escritor galego-chileno Fernando Moure, galardoado co Primeiro Premio no Concurso de Conto “Rosalía de Castro”, patrocinado pola Corporación Lar Gallego de Chile, con ocasión de celebrar o “Día das Letras Galegas 2012".



“De neno, dicíanlle O Grilo, porque ía sempre polas corredoiras, asubiando…”



Chegue a vivir preto do cerro, nunha rúa de semellante nome. Aos pés estendíase un parque, todo poboado de árbores antigas de varias especies, nativas as máis, outras que trouxeran do Oriente; algúns arbustos de variadas cores; o demais espazo o compartían sabas de curto céspede, moutas de follas recollidas e claros cubertos de flores, ben axeitadas segundo cada estación.

Preto da entrada do parque víase unha sinxela casa pareada, cuxos muros amosaban limpo branquexado. Arrodeábaa un buxo verdecente, o que coa chegada da canícula enchíase de pequenos froitos vermellos, que eran o deleite dos paxaros. Tiña un pequeno e ben coidado xardín, que eu albiscaba dende a solaina do meu apartamento, nun terceiro andar.

Cada mañá da fin da semana, eu tomaba o meu almorzo na miña solaina, para obter un amplo panorama do cerro e ollar as intensas cores que a luz reflectía sobre a follaxe. Estaba eu concentrado niso, cando me distraeu un prístino asubío, que semellaba próximo; prestei atención e recoñecín a melodía dun tango e logo o compás dun pasodobre. Cambiei a dirección da miña ollada na busca do son e descubrín que proviña do veciño xardín. Quen asubiaba era un ancián que camiñaba presto, carrexando unhas ferramentas, dun lado para outro do xardín. Era calvo, aínda que unha estreita franxa de longos cabelos canos ornaba a súa testa; era alto e rexo, moi baril para a idade que amosaba ter, coa súa calva torrada polo sol. Agochado, non sen dificultade, enterraba diversas plantas floridas despois de aporcar e osixenar o chan. Non empregaba luvas, pois eran as súas mans núas as que palpaban o que tocaba, cunha levidade que semellaba acariñar a terra húmida mentres a facía escorregar entre os dedos; arrincaba a broza, estercaba o terreo, amañaba o alcorque de cada planta para que retivese a auga; botaba fóra os talos e as follas danadas, limpaba o contorno. Nese intre, decateime do movemento dos seus beizos e deume a impresión de que falaba á terra e as súas plantas. O vello comportábase coa vexetación coma se ela fose parte da súa propia descendencia.

Polo serán tornaba eu camiñando despois do traballo e cando ía a media cadra do meu apartamento, xa escoitaba o melodioso asubío do vello, a quen eu albiscaba, a pouco andar, regando cunha mangueira o antexardín. Saudábame ao pasar eu pola beirarrúa de enfronte, cunha voz clara e forte que deixaba entrever seu acento de inmigrante; agasallábame cun aberto sorriso durante un chisco de tempo, para volver a súa ollada cara a auga, axiña que retornaba ao seu asubío.

Transcorreran semanas, e antes do serán, a comezos da primavera, escollín para o meu retorno a beirarrúa da súa morada. Alí estaba, absorbido no seu rego e coa compaña do seu asubío. Coido que escoitou as miñas lancadas, pois deixou caer a mangueira e fitoume de esguello. Detívenme enfronte del; saudoume, fitándome aos ollos e lin na súa faciana o aceno da acollida; faloume de vagar e comezamos unha conversa que ía a alongarse ao longo de meses.

O vello invitoume a pasar e foi amosándome o que chamaba seu “pequeno tesouro”, o xardín que eu albiscaba desde o alto, o cal bordeaba a casa coa súa forma de ele, por ámbolos dous costados. Víase moi ben mantido e harmonizada a orde dos arbustos, dunhas poucas árbores xa crecidas, das plantas coas súas flores postas en distintos sitios visibles. Cheiraba a terra mollada, chegábanos o frescor do ámbito e unha brisa mol acentuaba a percepción dos arumes. O seu xardín dáballe as grazas por tanto desvelo e dedicación, agromando xeneroso nos seus brotes.

O vello detívose fronte a un limoeiro, no centro do xardín, espléndido na contextura das súas ponlas e follas, cheo de froitos de depurada cor amarela-verdosa e de axeitado tamaño. Díxome que collera tantos coma eu quixera, e axiña volveu cunha bolsa de mercar. Seguino ao fondo do xardín, onde unhas vellas vides estendíanse sobre un balorento parrón, que amosaba os seus primeiros gromos. Sinalounas co índice, dicíndome que el trouxera as vides novas desde a súa casa petrucial. Nun recuncho, con certo aceno de orgullo, presentoume a súa horta; eran a penas tres canellóns de dous metros cada un. Fixo o resumo do que tiña plantado: almácigos de tomate, "ají", pementos e ceboliños.

Rematada a inspección do seu xardín, o vello invitoume a sentar nunha deteriorada cadeira de bimbio, asentada nunhas pedras de lousa; el deixouse caer nunha gastada mecedoira; ficamos baixo a sombra dun castiñeiro. Levantouse e apareceu axiña cunha bandeixa na cal traía unha teteira, dous tazóns, dúas canas pequenas e unha bolsa de cor verde escuro, máis unha fogaza de pan de centeo e unha ristra de chourizo. Agasalloume cun mate e tomou o seu, ateigado e sen azucre. Contoume que o bebía decotío a mediodía; que adoptara ese costume desde a súa adolescencia, cando vivira nun país fronteirizo no que o seu consumo era costume xeneralizado. Logo, sacou do peto unha navalla, colleu o pan e encetou unhas rebandas e, deseguida, repetiu o feito co chourizo; mesturamos a bebida e a comida coa nosa conversa. Ao rematar, liou un charuto con prolixidade e acendeuno, deixando voar un forte cheiro a tabaco mouro.

Fiteino con detemento. Calzaba alpargatas de cor negra; vestía pantalón escuro cuxa cor orixinal borrárase co uso permanente; camisa clara fóra do bandullo, semiaberta e luxada polo suor. Detívenme na súa faciana, curtida polo ar persistente, vermella e marcada polos trazos das veas; poboadas cellas brancas, ollos azuis, sobresaíntes e inquedos e unha incipiente barba. Notábase o cansazo no seu corpo, aínda que non abatemento, pois a súa faciana traslocía serenidade, un xeito de compreta paz.

Retomamos o noso diálogo. Contoume que tiña nacido á outra beira do mar, e que cruzou a mar océano, cando aínda era un rapaz. As súas verbas xurdían desde a morriña, os seu ollos fixéronse máis nidios e notei nas súas enormes mans un lene tremor, que el tentaba ocultar; a súa respiración axitábase mentres compartía as súas lembranzas.

O vello viña dunha rexión montañosa, con escasos eidos; fillo de camponeses, a familia era dona de pequenas fincas. Tiñan unha horta que lles daba parte do sustento; eran donos dunha modesta facenda. A terra era probe, e reclamaba completa dedicación e esforzos extremos para arrincarlle os esquivos froitos. O seu avó tiña plantado unha pequena viña, con cuxas uvas facíase un viño escuro, mesto e de moita acedume.

A maior parte das súas lembranzas remotas levaban imaxes vinculadas á terra. Aínda neno, traballaba na vendima, regaba os sucos onde crecían as hortalizas, cortaba as follas das coles, espallaba o esterco para arrequentar o chan, dáballe o gran ás pitas e alimentaba os porcos, axudaba na mata de outono; polo serán, traía as vacas das fincas de pasto e metíaas no curral, botándolles o penso necesario.

O vello trocou o ton da súa voz, que presentín crebadiza, e confesou que a súa vida sempre estivera vinculada á terra; que nela estaban as súas raizames; que ela tiña sido xenerosa; que fora a súa mellor compañeira, a única que xamais lle rifara. Rematou dicindo que a terra, a traveso do seu xardín, íalle a facer compaña ata o seu intre derradeiro, para afundirse con ela mesma.

Non reteño na memoria cantas semanas segueramos a compartir o mate, nin as veces que percorremos o seu xardín, nin o número de historias que me relatou. Nesas xuntas de moitos seráns, levoume ao traveso do longo camiño da súa vida, abriu o seu corazón, regaloume as súas horas e o seu agarimo, e todo aquelo que posuía ofreceumo.

Un sábado, eu tomaba o meu café de mañanciña e non escoitei asubío ningún, polo que ollei cara o xardín do vello, sen adveter movemento. Transcorreran dúas semanas e persistía o silenzo da súa ausencia.

Non cheguei a lle coñecer parente ningún; non tiña visto entrar nin saír visitantes; nos pequenos comercios da veciña praza, a xentiña só o identificaba como O Galego; eu carecía de toda referencia. Ocorréraseme visitar a parroquia do barrio, malia que o vello declarábase agnóstico e “come frades”. Alí entereime de que sofrera un accidente no seu xardín; Tíñase caído dunha escaleira, pois o atoparon deitado xunto a ela, xa sen vida, cunha das súas mans aferrada ao tronco do seu limoeiro.

Cando, ao remate da miña xornada, volvo camiñando desde o Metro, arrodeo a esquina da casa do vello; detéñome a fitar o seu xardín e entón coido escoitar como escorre a auga da súa mangueira e paréceme oír o seu asubío, que agora sinto chegar desde moi lonxe.



Fernando Moure Rojas
Escritor chileno-galego
Economista e Contador Auditor
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 19-05-2012 11:54
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ESPAÑA EN BANCARROTA (2)
Como complemento ó artigo escrito por Edmundo Moure en decembro de 2011 e publicado neste blogue o pasado dia 21 de abril, difundimos este que nos remite agora...


ESPAÑA EN BANCARROTA


Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.
Francisco de Quevedo

Hemos aprendido que, como cualquier individuo o entidad económica, los países también son susceptibles de quebrar, declarándose en bancarrota, aunque todavía no sabemos de ninguno que haya sido embargado en su patrimonio territorial, por deudas internacionales insolutas, aunque se dice que los chinos, pertinaces adquirentes de pasivos occidentales, estarían dispuestos a ponerlo en práctica, en nueva y eficiente forma de imperialismo global.

El prestigioso economista español, Jesús Arroyo Fernández, escribe hoy, 15 de mayo de 2012, a propósito de la crisis española, que parece agudizarse a extremos de hacer temblar la estabilidad del euro, lo que sigue (en cursiva):

1) La economía no se ha centrado en los ciudadanos, sino en defender diversas entidades… con el supuesto de que ellas luego ellas ayudarían a la economía, a los ciudadanos.

… Y suena ya casi a risa, por no llorar, el argumento de que se hace “para que fluya el crédito”, cuando sólo ha fluido a sus agujeros.

2) El Estado se ha centrado en tapar sus agujeros, a nivel central, autonómico y local, y ha esquilmado nuestras empresas, familias y bolsillos… con el supuesto de que así podría prestar servicios sociales.

… Y da pena ver a los pobres colaboradores de Cáritas servir las numerosas comidas que sólo ellos sirven cada día a los desprotegidos ciudadanos, desprotegidos por quienes los tienen que proteger.

3) Los dirigentes se han olvidado de hablar de cosas concretas, de sueldos, de IBIs, del precio de la gasolina y de las patatas, y se han empeñado, todos, en perderse en conceptos abstractos que al final no bajan a la tierra; ni ponen nombre a los parados, sólo números.

… Y aterra ver los comercios que cierran cada semana en nuestras calles, los familiares que se quedan sin trabajo, y los sin techo que ya son muchos en nuestros bancos (los de sentarse y los que usan nuestros ahorros, que tienen portales donde resguardarse).

Para ver esto sólo hay que salir a la calle, y de los despachos, de los números y de los conceptos.


Imagínate –caro y solvente lector- que los acreedores del Fondo Monetario Internacional irrumpan, con receptores judiciales de ojos oblicuos y policías acorazados, a embargar La Giralda, o que rematen La Alambra para construir, en todo el periplo de los jardines del Generalife, un modernísimo complejo de edificios corporativos asiáticos, reemplazando los arcos ojivales arábigos y la ornamentación mudéjar, por esos techos de pagoda cutre que ornan los restaurantes de comida cantonesa en todas las ciudades españolas.

Por mí, que no toquen la vieja urbe de Santiago Apóstol ni vayan a subastar la torre de La Berenguela, con su campana que aún tañe los siglos, con gallega paciencia y como si tal cosa; ni que vayan a enajenar la Muralla de Lugo, para proteger y dar lustre, quizá, a la mansión de algún narcotraficante de renombre internacional.

Un amigo, economista y afrancesado, que justifica, defiende y preconiza el actual modelo Neocapitalista Sauvage, como el único posible para alcanzar la humana felicidad, incluyendo la suya propia, me explica –para que yo pueda entender la lucidez de su economicismo planetario- que un país en plena crisis es como una familia, cuyo sostenedor cae en desgracia por cesación de pagos, siendo dañados por igual todos sus miembros, desde el patriarca hasta la mascota de la casa, pasando por mujer, hijos, allegados y sirvientes…

-Qué mal ejemplo pones- le retruco, porque un grupo familiar, como yo lo entiendo y lo vivo, no es semejante a un país. En el primero, está claro que el desbarajuste afecta a cada uno de sus moradores; en el segundo, pagan los menos afortunados, como es costumbre, mientras quienes provocaron la crisis, a punta de codicia especulativa y castillos de papel moneda, vuelven a beneficiarse en virtud del viejo refrán: “A río revuelto, ganancia de pescadores”. Porque éstos siguen siendo propietarios del río y usufructuarios de sus aguas y peces y todo lo que medre en su caudal. Estabilizarán el flujo, restringiendo la pesca de la masa laboral, poniendo en práctica implacables recortes presupuestarios al gasto público, es decir, limitando las carnadas o recursos básicos que mitigan, en parte, la escasez o la incuria de la inmensa mayoría de los pescadores, que se quedaron sin caña y sin río, en un santiamén.

Se argumentará que los españoles –portugueses, griegos e italianos- no supieron administrar, con pragmática cordura y calvinista cautela, los recursos que la Comunidad Europea puso a su arbitrio para cumplir el orteguiano sueño de una España moderna, tecnológica y pujante, integrada a la Europa del euro y a sus hábitos liberales y consumistas. Es posible que, salvo vascos, catalanes y asturianos, el resto de hijos de la invertebrada Península se haya dedicado más a la jarana que al trabajo productivo, sintiéndose hijos de una colosal Tía Rica que les repartía generosas mesadas a cuenta del promisorio futuro, de cuyas migajas venían también a comer los morenos inmigrantes de África e Iberoamérica.

Ejemplos huelgan, ahora que la crisis se ha desatado como tsunami de valores bursátiles enloquecidos, pero a los asiduos visitantes y turistas hiperbóreos, sajones, germanos, estadounidenses y promovidos asiáticos que viajaban tras el sol hispano de la “industria sin chimeneas”, les venía llamando la atención que, a toda hora de la jornada, estuviesen a reventar los bares, restaurantes y mega almacenes de toda España, y que sus locuaces parroquianos no escatimaran recursos ni ganas de exteriorizar –a la española, a la mediterránea o a la latina- la simple y desnuda alegría de vivir, otrora –¡ay!- tan reprimida y coartada.

Voces revisionistas arguyen que quizá el destape fuera un craso error y que el hedonismo desenfrenado, con su sexo libre a cuestas, no le viniese bien a los díscolos hijos de Hispania, alejados de la religión de sus mayores y de la austeridad escolástica que Franco quiso restaurar, a despecho del libertinaje masónico y de la filosofía materialista, tanto del marxismo decadente como del liberalismo ateo. Y es que la confusión económica trae consigo un intríngulis ideológico difícil de desatar, porque la desesperación social acarrea la turbiedad del lenguaje -como dejó dicho el maestro Confucio, hoy, al igual que Buda, preterido en la China de los nuevos mercaderes-, y las palabras desdicen su etimología conceptual, exacerbando las dudas existenciales en virtud de equívocas y falaces interpretaciones.

Los indignados, entretanto, volverán a tomarse las calles y plazas de Madrid y de otras capitales de la Monarquía Autonómica. Asimismo ocurrirá –ya está ocurriendo- en Grecia, Italia y Portugal. Los sindicatos votarán la huelga general, como en los tiempos del tardofranquismo. Los parados alzarán sus protestas en ristre, como caballeros andantes víctimas de ultraje. Y, lo más penoso, tabernas y cantinas verán clausuradas sus puertas por falta de feligreses y asiduos parroquianos.

Para otros -los menos y tal vez lúcidos-, la cuestión parece simple en su dramática disyuntiva: ¿Es equivalente salvar a España, a Portugal, a Grecia y a Italia que salvar a los especuladores sin bandera de las Transnacionales, de la Banca y de la Bolsa Universal de Valores?

Que respondan los filósofos y ejecutores corporativos del Capitalismo Salvaje. Aunque ya conocemos la respuesta y también las medidas rectificadoras que se nos vienen encima, porque la marea, amigos, también es planetaria.


Edmundo Moure
Entre diciembre 20, 2011; y mayo15, 2012.
Ir a DIARIO DE LA QUIEBRA de Jesús Arroyo Fernández
Ver o anterior artigo ESPAÑA EN BANCARROTA
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 18-05-2012 09:09
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