Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...
Visitas (desde o 05/08/2010)
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| LA CRISIS EN EL CAFÉ |
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 Unha nova colaboración -dende Chile- de Edmundo Moure lembrando a Valle Inclán e as tertulias no café...
Café de la Montaña, entre la calle de Alcalá y la carrera de San Jerónimo, corazón del Madrid decimonónico, una tarde de la primera semana de noviembre, año 1896 (Ramón María del Valle-Inclán Peña y Montenegro acaba de cumplir treinta años). Sentados a una mesa le vemos junto a Manuel Bueno, a Fernández Bahamonde, a López del Castillo, a Ricardo Baroja y al joven poeta Alejandro Sawa, que luce su rostro famélico y aceitunado, como lámpara en vías de extinción. Los contertulios discuten acaloradamente; se trata de un posible lance de duelo que afecta al joven López del Castillo, cuyo padrino potencial es el propio Valle, quien discute con Bueno su competencia para tales efectos de honor en el juego mortal de las pistolas. Manuel Bueno discrepa a la española, alza su bastón con médula de hierro y lanza un terrible mandoble contra Valle-Inclán, quien opone su antebrazo izquierdo. El golpe, quizá no tan demoledor, da en el gemelo del puño, produciéndole una fea herida que compromete el hueso, aunque en la tensión de la refriega nadie parece enterarse.
Vuelve la calma. Uno de los presentes ofrece de su cuenta café y copas de licor. La conversación continúa por los carriles de la tolerancia, como si de pronto aquellos tertulianos no fuesen españoles sino comedidos ingleses. Al filo de la medianoche, se deshace la cofradía y don Ramón entra en su estrecho cuarto, dejándose caer, vestido, en su mísero jergón de soltero. No sabemos si ha logrado dormir, pero a la mañana siguiente la fiebre le hace delirar. Su brazo izquierdo es una masa tumefacta que bulle y pulsa como fragua enloquecida. Gangrena y septicemia le acechan sin remedio.
La portera le conduce a la casa de salud. El médico es rotundo: amputación por arriba de la articulación del codo. Don Ramón asiente, con la displicencia de un paladín. Aparecen los camaradas de la tertulia, salvo el verdugo del bastón, que llegará más tarde a congraciarse con el héroe-víctima. Valle-Inclán acepta de buen grado el cercenamiento del brazo, con la condición de que sea sin anestesia. Como paliativo menor, pide una botella de coñac que comienza a beber antes de que la enfermera le desprenda la camisa ensangrentada. No hay quejidos, pero don Ramón se desmaya dos veces.
Es ahora otro manco ilustre de la literatura universal, aunque no haya perdido su extremidad siniestra en la batalla de Lepanto ni en otro glorioso combate. Pero su imaginación urdirá una veintena de historias memorables en torno a la pérdida del brazo. (A mí, la versión que más me gusta es la de la princesa maya, a quien salva de las garras de un jaguar, en plena selva del Yucatán, ofrendando el sacrificio de lo que llamará más tarde “mi brazo inútil”).
Estos parroquianos del café nuestro de cada día son todos –o casi- pobres menesterosos que pugnan por ocultar su condición, vistiéndola con la capa raída y astrosa de la vieja hidalguía española. Don Ramón es una virtual leyenda de esta actitud que en la Península constituye género literario aparte. Muchas veces, puesto en trance de ser invitado al yantar o a la cena, por algunos compañeros mejor dispuestos de voluntad y faltriquera, Valle-Inclán rehúsa y rechaza, poniendo la palma de la mano sobre su garganta, en gesto de rotundo hartazgo. –Hombre, que sí, que ya he comido, y muy bien, por supuesto-. Aunque en los ojos el hambre le clavase su tenedor en las pupilas desoladas.
La crisis es permanente en el café; no dura lo que éstas que nos son anunciadas cada tres o cuatro años por los corifeos del capitalismo salvaje. Si damos un salto en los calendarios de Cronos y entramos en el Café de la Montaña o en el de Artistas, tres décadas después de aquella violenta aventura, encontraremos parecidos fieles en el rito cotidiano de la conversación, juntando sus monedas para afrontar el modesto consumo. Esto haría decir a Valle-Inclán que su vida en Madrid consistía en cambiar oro por calderilla: el metal precioso de sus palabras hechas crónicas por el sucio níquel de las transacciones mínimas, mendrugos incapaces de saciar el hambre desmesurada de los sueños.
En la década de los 40’, la crisis asumió en España la ferocidad de las fotografías en blanco y negro de la posguerra, cuya elocuencia es superior a todas las palabras. Algo de esto hemos visto en La Colmena, la novela de Camilo José Cela hecha película galardonada. El narrador gallego nos nuestra aquella galería de personajes aferrados a su miseria, tratando de subsistir a punta de engañar el estómago con sus mentiras literarias y pequeñas trapacerías, como si un café con leche fuese una cena opípara que nos dejara abotagados en los vapores del hartazgo. No obstante, aquellos pendolistas amigos del Nobel gallego iban a conformar un equipo de mercenarios de la pluma, unidos para afrontar esos concursos literarios que nunca han faltado en España. Premunidos de hábil estrategia, informándose en detalle de los jurados de cada certamen, se dieron maña para preparar textos que se adecuaran al criterio estético (o a la falta de éste) de los jueces encargados de discernir. Si hemos de creer a Cela, durante cinco años ganaron tres o cuatro de cada diez concursos, repartiendo su fruto pecuniario de manera fraterna y equitativa en la mesa del café. Hasta que alguien descubrió la tramoya y aquellos actores gráficos volvieron a su acostumbrada estrechez, es decir todo igual entre desayuno y cena, como si jamás les hubiese abandonado la crisis.
En Chile no tenemos la tradición del café como lugar de tertulia. Este espacio lo asume el bar o la “fuente de soda”, aunque jamás con el grado de asiduidad que se le ha consagrado en España a lo largo de dos siglos... Así, los españoles que llegaron a Chile en el Winnipeg o en otras naves menos epopéyicas, se quejaron de la falta de espacios adecuados para la tertulia, tanto en el puerto de Valparaíso como en Santiago del Nuevo Extremo. Otro Ramón ilustre, Suárez Picallo, escribió sobre el tópico, porque para él no existía mayor miseria que una existencia desprovista de conversaciones agudas y controvertidas. Eso sí que podría considerarse una crisis terminal: la ausencia de mesas donde desgranar las palabras.
En los años aciagos de la dictadura, la vida bohemia –nunca muy abundosa en Chile- sufrió el golpe artero del “toque de queda” y muchos bares debieron cerrar sus puertas, dando paso a esa suerte de clínicas de comida rápida que importamos de Gringolandia, con el puritanismo insoportable de los pollos fritos y las hamburguesas insípidas que se ingieren con bebidas gaseosas. ¿Qué conversación interesante y lúcida se podría articular en esos antros de la asepsia estreñida del american way of life?
El bar Unión Chica, en Nueva York 11, sobrevivió al desastre estético del Chile militar. En sus mesas oscuras y arrinconadas siguieron dialogando los poetas y escribiendo entre copa y copa sus versos desgarrados. Allí estaban Jorge Teillier, Rolando Cárdenas, Stella Díaz Varín, Aristóteles España, Rony Muñoz, Francisco Véjar y otros que mencionar no puedo. Todos ellos en crisis permanente e irreparable, porque la verdadera literatura no se aviene con el bienestar ampuloso de los burgueses ni con la fanfarronería mediática de los satisfechos, ni menos fluctúa con las alzas y bajas de la Bolsa. Desde Francois Villon hasta Jorge Teillier ha ocurrido así, y nada hace pensar que esto cambiará.
Aunque no sé si habrá hoy poetas menesterosos en los cafés y bares de España (en Chile los sigue habiendo). Yo no tuve la fortuna de frecuentarlos, ni siquiera en Galicia, donde compartí con “reventados” que no parecían padecer penurias económicas, aunque estuviesen sumidos en otro tipo de crisis existenciales o angustias metafísicas, aligeradas por el cáñamo índico o la “diosa blanca”. Pero en el tercer mundo la miseria ostenta apariencias más desarrapadas y apremiantes, hasta el extremo que un poeta puede pedirte una moneda de quinientos pesos para asegurar la cama en el albergue de caridad, por la sola y desnuda noche, tiempo que encierra para él pasado, presente y futuro.
Por eso, yo me declaro en crisis permanente, pese a que no conozco los retortijones del hambre y a que aún tengo mi refugio seguro en Bar Amigo, donde los momentos críticos se aligeran humedeciendo en buen vino la palabra ávida, tengas o no dinero en la cartera… Porque “peor es mascar la hucha”, como suele decirse, hermanos poetas, aunque sea en la mesa del café o en el ara del bar.
Edmundo Moure
Noviembre 2012
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| ESPAÑA: EL REVENTÓN DE LA BURBUJA |
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Hace seis años atrás, me llamó la atención una de tantas estadísticas con las que los amos tratan de explicarnos el mundo a los simples mortales, para que continuemos comulgando con ruedas de carreta, sintiéndonos de paso como imbéciles felices. Se trataba de clasificar a las economías más poderosas y pujantes del mundo, agrupándolas en una escala, al modo de los rankings deportivos. España era la sexta economía mundial, una suerte de “top ten” que debía enorgullecer a los españoles de dentro y fuera de la Península, asimismo a los que se creen o sienten hispanos sin serlo, aunque se les note los rasgos indígenas a una cuadra de distancia.
Pero de súbito, la Comunidad Europea, esa especie de club de estados y naciones que agrupa culturas, lenguas y faltriqueras tan disímiles, denuncia una terrible crisis, iniciada en Grecia; algo así como que Sócrates, Platón y Aristóteles se hubiesen declarado en insolvencia… Sabemos de eso, por la lúcida despedida del maestro peripatético antes de beber la mortal cicuta, cuando menciona sus deudas y entre ellas el gallo que le debe a un fiel amigo. Suponemos que entonces el valor de un gallo era considerable, como base de algún festín de conmemoración o aniversario feliz. De Grecia, saltamos a Italia -¡cómo si no!- su heredera en el pensamiento y en las formas políticas, aunque discípula más aprovechada en lances militares que en nuevas ideas (si las hay después de los griegos). Mientras la dulce Itálica ve mermar sus tesoros por las dilapidaciones groseras del chusco Berlusconi y sus secuaces de público puterío, los dardos de la Fuhrer Merkel, jefa del IV Reich y triunfadora de la III Guerra Mundial, sin necesidad de una blitzkrieg, denostaba al saudoso Portugal, pobre de economías y rico de añoranzas imperiales, por ruinoso y endeudado súbdito del Mercado Común Europeo.
Entre tanto, en el Café de Artistas de Madrid ardía la polémica. Don Ramón del Valle-Inclán alzaba su muñón izquierdo por sobre los enardecidos contertulios, profiriendo dicterios contra el Gobierno: -“Rediez, ya lo decía yo, las alianzas nunca han convenido a España, ni con teutones ni franchutes ni menos con los hijos de la pérfida Albión y nunca con sus plebeyos vástagos de la América del Norte, aunque Franco les empeñase a éstos hasta las partes pudendas… Quizá con Portugal hubiésemos debido integrar una nueva patria, para aunar nuestras nostalgias de gloriosos tiempos pasados y rescatar la lírica lengua, cuando fuimos dueños de los mares y de la redonda tierra, sin que el Imperio conociese la puesta del sol en sus dominios… Ahora, nos vienen con el mal cuento de la crisis, y ese pelmazo de Rajoy, gallego que no conoce a los clásicos ni ha oído mentar a Séneca, clama por dinero para el Banco Santander y tiene a media España vagando por las calles, a sus hijos mirando vitrinas inaccesibles hoy y portales clausurados... No hay salud, señores”-.
Es verdad, no hay salud ni mejoría ad portas ni restablecimiento de los millones de enfermos griegos, italianos, portugueses y españoles, que se debaten sin esperanza, añorando los tiempos en que pertenecieron, aunque fuese por período efímero, como quien renta un frac para presumir de caballero, al Primer Mundo, al club de los elegidos, a los cultores de elite del difícil deporte de la subsistencia, mientras los verdaderos causantes de la pandemia rehacen sus arcas para no infartar al Fondo Monetario Internacional, amo y señor de los pueblos urbi et orbe. (Ni Marx ni Lenin consideraron tamaña confabulación. De lo contrario, hubiesen escrito narraciones de ciencia ficción y no mamotretos de economía política y elucubración ideológica).
De las asoladas ciudades de España se preparan nuevos grupos de emigrantes. Ya no son los “labradores propietarios” de Galicia y Asturias, ni los obreros industriales vascos, ni los artesanos catalanes, ni los campesinos sin tierra de Andalucía, sino académicos, profesionales y técnicos que no vendrán a “hacerse la América” y tampoco a fundar familias mestizas, porque serán aves de paso, mientras la economía de Hispania se rehace, con las ansias puestas en el aeropuerto de regreso y la morigerada angustia del lapso de catorce horas de separación por aire. No habrá epopeyas memorables, como la del Winnipeg, ni poetas ilustres requiriendo visas en Madrid para refugiados de guerra y víctimas de dictaduras militares. Y es que a este siglo le faltan todas las glorias, pues sus mercaderes zafios y dueños del poder están exentos de todo honor e hidalguía; son los desarrapados de ayer que invadieron los castillos, con la arrogancia rastrera del advenedizo ignaro. Parodiando al señor de la Mancha, diremos que “en los palacios de antaño ya no hay nobles hogaño”.
Chile, sin Pablo Neruda ni Pedro Aguirre Cerda, aguarda por los españoles que quieran venir; también por griegos, italianos y portugueses. Hoy, hermanos de Perú, Ecuador, Haití y República Dominicana, entre otros, son acogidos en nuestra propia burbuja sudamericana de bienestar, que esperamos dure más que la española, porque está fundada en la abundancia del duro metal del cobre y en los extensos salares donde yace el blanco oro del litio, con clientes seguros, como los chinos y los indios de la India. Por lo demás, en estas tierras del Último Reino no existe el anti-hispanismo de otras repúblicas rencorosas; al contrario, se trata mejor a los hispanos que a los nativos, sin mencionar a los vilipendiados mapuches, zaheridos a diario por la militarizada policía mestiza, que les balea por leso terrorismo y “apropiación indebida de tierras”. Baste decir que Julio Iglesias, Rafael y Camilo Sesto mantienen más fans activas en Chile que en España, y se les sigue contratando para recitales a punta de “play back” y prótesis de tramoya, con jugosos estipendios que escandalizarían a la austera Frau Merkel.
A Unamuno le dolía España. A nosotros nos duele esta nueva esclavitud planetaria impuesta por las transnacionales. Esperemos que la justa indignación que nos mueve no resulte también una triste burbuja.
Edmundo Moure
Octubre 31, 2012
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| PORQUE SADA ES TAMBIÉN MI PEQUEÑA PATRIA |
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"Non sei si estades ao tanto pero Lito, que foi nas listas municipais polo BNG, entrou hoxe como concelleiro (na oposición) en Sada, tras a renuncia de dous membros...
Así que, a voz da historia, da memoria, da protección e coidado do noso pasado deixarase oir nos plenos (aínda que arrasen por maioría)…"
Recibí este correo, de Francisco Pita, mi amigo Paco, maestro y republicano demócrata de Sada, el 31 de agosto, día de San Ramón, aunque mis seres santificados son los que vienen de la literatura y no de dudosos decretos papales. Ramón Suárez Picallo, Ramón del Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna, están ahí, con el testimonio vivo de su legado hecho palabras que nos hablan a diario, en medio de nuestros afanes, para decirnos que la esperanza es a la vida lo que el sol a la luz, que debemos seguir luchando por los sueños que echaron a rodar los precursores de la Patria real, esos que atravesaron el mar proceloso para entregarnos el pulso formidable de sus fundaciones.
En diciembre de 2004, con ocasión de un congreso de directores de centros culturales gallegos en el exterior, concurrí a Santiago de Compostela, en uno de esos nueve viajes que me han llevado a Galicia, entre al ansia y la saudade recurrentes. Entre otros encargos, llevaba yo el de contactar al entonces alcalde de Sada, a instancias de la historiadora Carmen Norambuena, a la sazón directora del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, entidad que cobijaba nuestro Programa de Estudios Gallegos, fundado en julio de 1998, con el apoyo y patrocinio de la Xunta de Galicia. Carmen había estado, creo que en 1994, en Sada, con motivo de un congreso interuniversitario de la emigración gallega en América. Ella supo allí de la existencia de un diputado de la República, abogado, luchador por la causa del socialismo, escritor-periodista, de esos forjados en la faena cotidiana de entregar un artículo, una crónica, un breve ensayo para miles de lectores del periódico que esperaban, junto a la taza de café, para abrir el día no solo a las noticias, sino al pensamiento reflexivo e inquietante.
Y ese hombre, nacido en el rincón campesino de Veloy, había escrito más de un millar de crónicas en el lejano Chile, durante quince años de exilio y desarraigo. Carmen rastreó en los principales diarios de la época (1941-1956) y encontró gran parte de aquel trabajo monumental. Fui escogido para reunir el profuso material y darle forma de libro. En esta tarea, como se sabe, participó el Consello da Cultura Galega, por mano diligente de Rosa Aneiros y Xosé López, que hicieron posible una fina edición, que tuve la felicidad y la honra de presentar en Sada, a fines de mayo de 2008, junto a mis amigos y compañeros: Paco Pita, Manuel Pérez Lorenzo (Lito), Amable Carballeira, Abel López Soto, Xosé Valle Diez, Marisa Naveiro, Manuel Rodríguez Cotos, Ramón “sobrino-nieto” de nuestro caro periodista de “La Feria del Mundo”, y otros camaradas cuyos nombres no retengo. Estaban con nosotros notables personajes de la cultura Gallega: Isaac Díaz Pardo, Avelino Pousa Antelo, Xosé Neira Vilas y su dulce Anisia, Ramón Villares, Rosa Aneiros, Xosé María Palmeiro, Xulio López Valcárcel…
Vuelvo atrás en el tiempo. En ese diciembre lluvioso de 2004, concurrí al ayuntamiento de Sada, para entrevistarme con el alcalde –Moncho, según nominación apelativa entregada por Carmen Norambuena-, para pedirle su patrocinio en una futura edición de los textos de Ramón Suárez Picallo –quizá bajo el título “Crónicas desde el último confín”- cuyo financiamiento estaba lejos de nuestras posibilidades en la USACH. Me recibió el rubicundo pedáneo en su despacho, con arresto fachendoso y un enorme puro encendido que amenazaba mi respiración asmática. El hombre se acordaba poco –o no quería recordar- aquel congreso sobre la emigración, y el nombre de la directora chilena le hizo fruncir el ceño… En ese momento supe que se trataba de un cacique gallego, franquista irredimible, de esos que describe Castelao y de los que mi padre me puso tantas veces en alerta. El tipo parecía escuchar apenas mi discurso, proferido, según su expresa solicitud, en castellano, mientras revisaba papeles y ponía en ellos su rúbrica ampulosa. Quedó en que iba a considerar la solicitud y nos avisaría... De un gran andel, extrajo un grueso libro histórico sobre Sada, donde incluía breve biografía de Suárez Picallo, que él había escrito. –Vamos- le dije, no sabía que usted fuese también escritor… -Se hace lo que se puede- respondió, encogiéndose de hombros y forzando una sonrisa, con el puro atrapado entre los dientes.
Me fui de Sada con una rara sensación: qué bello lugar desprovisto de la gente gallega que había conocido en otras villas y aldeas… De vuelta, en el tren a Santiago, leí su escrito sobre nuestro dilecto Ramón. Poco había podido hacer el cacique: prosa precaria de burócrata, y contenido pobre, de pintoresquismo banal para turistas consentidos; mostraba un Ramón Suárez Picallo anodino, carente de claridad ideológica y “culpable indirecto” de izquierdismo antiespañol… Hubiese arrojado el libro a las aguas del Miño, pero era obsequio “institucional”, así es que hoy duerme, junto a otros carcamales, en la biblioteca del Instituto.
Pero en mayo de 2008 conocí otra Sada y a un puñado de amigos entrañables con los que compartí momentos de exaltación literaria e intelectual y, asimismo, encuentros fraternos al calor de la buena mesa, aligerada por el vino propiciatorio de Galicia. Paco, el maestro, me los presentó. Fui recibido por otro alcalde, Abel López Soto, quien contribuyó a que nuestro libro fuese editado con todos los honores. Nada más estrechar su mano y supe que sellábamos una limpia amistad.
A través de Paco conocí a Lito, joven estudiante de la intrahistoria de Galicia, rescatador de su memoria, valiente y tesonero en medio de la habitual ignorancia de lo propio y del desinterés por lo que está más allá de lo contingente. Es éste un patético fenómeno universal, dentro de un sistema socioeconómico que parece conducirnos a una nueva y terrible barbarie, la del violento simio tecnificado.
Encontrarme con un espíritu como el de Manuel Pérez Lorenzo, aún mozo, exhibiendo una claridad ideológica y existencial tan lúcida, me conmovió. Desde entonces, me siento vinculado a las tareas culturales y de recuperación histórica que se llevan a cabo en la villa marinera de Sada, por un puñado de seres humanos de excepción, que ya quisiéramos ver multiplicados en nuestras grandes urbes, donde millones de individuos reptan como esclavos para asegurar una mínima subsistencia, mientras los dueños del poder echan cuentas sobre sus próximos réditos y les entregan la droga del espectáculo farandulero.
Yo me siento hoy casi tan joven como Lito Concelleiro, porque heredé de mis ancestros esa pertinacia que les hace decir, cada día, con sabia retranca: “Traballar e traballar, é a carreira que temos”. Mientras nos queden fuerzas, lucharemos por nuestros sueños, en todos los confines. Y Manuel Pérez Lorenzo hará escuchar su voz, aunque, por ahora, no se transforme en voto decisivo… Desde aquí, le enviaremos nuestra energía positiva, esa que puede cruzar los océanos en alas de la buena cibernética.
Basilio Losada me decía que él atesoraba siete patrias. Yo no cuento las mías, pero estoy seguro que Sada es también mi pequeña Patria, entrañable y engrandecida por estos amigos que aquí se nombra y por otros que debieran ser nombrados. Porque estamos unidos por la lengua, por la cultura y por la memoria ancestral hecha presente esperanzado.
Edmundo Moure
31 de agosto 2012
Día de San Ramón
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| CUADROS, LIBROS Y COSAS, por Edmundo Moure |
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Me traje al departamento cuadros, libros y cosas de casa de mi Madre, veinte días después de su partida. Mamá dejó expresamente asignados sus numerosos cuadros, que alcanzaron hasta los nietos, algunos de quienes fueron retratados por su amoroso pincel, con mayor o menor fortuna estética, como es de esperar del difícil oficio de los colores y el trazo memorioso.
Paisajes, casas, iglesias, marinas, bodegones y naturalezas muertas alternan con los retratos familiares y algunas reproducciones de pintores consagrados. Detrás de ellos, vibra un estilo particular que la impronta de su afición fue madurando a través de largos años de persistente trabajo. De joven, Mamá tuvo un tío maestro que incentivaría su temprano talento, Juan Vega, de cuya mano eximia heredó un retrato suyo y copias notables de Murillo, como “Niños comiendo frutas”, que ornaba el salón de la Casa. Esa inquietud plástica quedó en suspenso durante mucho tiempo, porque se sucedieron los partos y los niños, mientras el atril y las telas dormían en el desván. La servidumbre de la mujer es callada, aunque su grito ahogado atraviese los siglos... Pero los ojos de mi Madre no olvidaron aquellos artilugios hacedores de luz. Y cuando el tiempo anunció las veladas del otoño bajo su condición de abuela, desempolvó paletas y pinceles, para pintar sus sueños pictóricos y retratar a sus seres queridos.
Mi padre compraba infinidad de libros; algunos, muy caros, como los volúmenes de Aguilar o de Plaza y Janés, en papel biblia y cubierta de piel oscura. Grandes autores universales, aunque con marcada predilección por las letras hispanas. Seleccioné ahora para mí a Shakespeare, a Alonso de Ercilla, a Romain Rolland, a Hemingway, ese hispanófilo que encantaba a Papá, que no es muy buen escritor pero traspasa el poder de su gula vital... Otros libros agregué, en ediciones sencillas o rústicas, todos con algún sentido latente desde aquella Casa donde la lectura era un bien de consumo diario que podíamos oler, según nuestra afición asombrada, como el mejor pan o como el más espirituoso de los vinos. Creo recordar que a veces mi madre protestaba por esas continuas adquisiciones, a través de las cuales el pater familiae desviaba dinero que pudo haber servido para cosas prácticas e imprescindibles. Era el viejo dilema del arte y la cultura frente al pragmatismo.
Mi padre no era académico ni tampoco un escritor, aunque poseyera talento innato para narrar historias, para encender una conversación ávida de conocimientos. ¿De dónde provenía aquella inquietud intelectual volcada a ese ente maravilloso que llamamos libro? Puede que del abuelo Cándido, que había descubierto la belleza de las letras en el latín del Seminario de Tuy, para incorporar a su vida cotidiana la lectura que sus parientes políticos no practicaban, quizá con la desconfianza del campesino por hábitos y oficios que no extraigan su ánima desde el pulso de la tierra. Pero en casa era una verdad nuestra, cotidiana, que Padre compartía con Mamá, provista ella de educación más refinada, instruida en la entonces prestigiosa lengua francesa que aprendió en el colegio de monjas francófonas de Valparaíso. Había allí un punto de tácito acuerdo. Ambos leían con fruición, pero ella era la encargada de pronunciar para nosotros las palabras de los libros con impecable prosodia. Ambos fueron los oficiantes de ese rito de encantamiento que sigue siendo para algunos de nosotros la lectura.
De entre los libros heredados en este reparto fortuito, destaco los trece grandes tomos de la Historia Universal de la Literatura, del estudioso Giacomo Prampolini, editada en 1942 por Uteha Argentina. Se trata de una obra para especialistas y hermeneutas, atrevida síntesis de la historia literaria que se remonta a veinticinco siglos antes de Cristo, en la ancestral cultura china que inventó el papel y la tinta, hasta fines de los años 40’ del pasado siglo, con sus autores más señeros, clasificados por lenguas, países y culturas, según sus aportes trascendentales al oficio de escribir, entendido como acervo universal y parte de ese libro único que Borges ansiaba concluir para su biblioteca infinita. Mi padre cogía los enormes tomos, buscando referencias precisas a sus autores predilectos, para desentrañar aquellos misterios y dudas que la expresión exhibe, solicitándonos el ejercicio constante de la interpretación. Los trece tomos tienen marcas hechas con pequeños trozos de papel, para no perder el hilo, para recordar un juicio, una glosa o una apostilla clave.
Los cuadros de Mamá cubren la mayoría de los muros de nuestro pequeño departamento. Los libros no caben en los anaqueles, pese a que nos deshacemos de los que juzgamos prescindibles en periódicas limpiezas, purgas que son dolorosas, porque el libro es más que una cosa, es un ser vivo, hecho de la mixtura de las palabras y los sueños, siempre dispuesto a hablarnos cuando abrimos sus brazos para escuchar el mensaje intemporal del lenguaje creador. Estos trece volúmenes de Prampolini no sé dónde ubicarlos. Ya se me ocurrirá algo para salvarlos del exilio o del abandono; o del olvido, que es la peor muerte del verbo lúcido.
En las cajas aparecieron viejos álbumes de fotos desvaídas, como si las imágenes de la existencia que se grabaron en ellas hubiesen perdido el pulso vital, poco a poco, como un enfermo que se apaga de modo irremediable. Los he desechado, conservando sólo fotografías en blanco y negro, de setenta u ochenta años atrás, que no han visto menoscabada su prestancia, evocando recuerdos surgidos de los rincones más alejados de la memoria.
Encontré antiguas cartas; una enviada por mí a mi padre desde La Serena, en abril de 1965, cuando yo tenía veinticuatro años. No es una pieza literaria, pero carece de errores sintácticos. Desde su prosa caligráfica, extraigo un párrafo, ahora que ha pasado casi medio siglo de su escritura, porque el eco de viejos anhelos vuelve a temblar en su escritura filial:
“Yo, papá, anhelo adquirir un campo pequeño, con una casa grande, acogedora y cálida como la nuestra, una casa donde se aspire el aroma de la tierra, donde se sienta el ladrido de los perros y el trinar de los pájaros en las mañanas de primavera… Y quisiera que usted viviera conmigo y cazáramos y pescáramos juntos, como tanto le gusta, pues siento ahora no haber aprovechado los años que hemos compartido, y es que sólo parecemos apreciar algo cuando estamos lejos de ello…”
Hace catorce años que mi Padre vive en mí. Ahora, mi Madre también comienza a habitarme. Entonces, vuelvo a recorrer las habitaciones de la Casa, como si fueran páginas que despliego morosamente, llenas de cuadros y de libros y de cosas que me hablan desde los orígenes, para que recuerde y sueñe una y otra vez, sin pausa ni sosiego.
Agosto 9,2012
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| LOS VÁSTAGOS DEL MERCADO. Edmundo Moure |
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Un amigo, gerente y empresario, para mayor abundamiento, me pide ayuda con el propósito de escribir unos textos sobre “marketing”, que serán parte de una cátedra universitaria y quizá se transformen en libro impreso. Le respondo que sobre ese tópico no sé nada. Me dice que no tiene importancia, que me entregará una docena de libros sobre la materia, marcándome los capítulos que tengo que leer para abordar los diversos temas de esta virtual “ciencia”. Las comillas van de mi cuenta, porque él está convencido que esta cosa del mercadeo a grandes volúmenes es algo tan científico como los trabajos de Newton o de Pasteur o de Einstein. Luego –agrega- todo es cosa de apelar al apropiado manejo del lenguaje y a una buena dosis de sagacidad verbal para reinventar lo dicho y escrito por aquellos expertos de la obviedad mercantil; algo así como preparar un plato común que parezca exótico. Es lo que suelen hacer algunos de estos iluminados de la publicidad esclavizante, que arriban a nuestra aldea sureña, para dictar conferencias a tantos dólares el minuto, frente a un auditorio hipnotizado por conceptos que son letras de silabario básico combinadas con chispazos de audacia vendedora… No hablaremos aquí de inteligencia; bástenos con las armas de la astucia, para más no da la sabiduría contemporánea.
El amigo del que hablo me ofrece un modesto pago por mi concurso, dinero que necesito, válgame Dios, aun a riesgo de sentirme prostituido en lo más esencial del oficio –al arte de escribir me refiero-. Acepto, con la condición de examinar el material y ver si puedo desenvolverme en sus presupuestos. Porque para mí es como si te pidiera yo una exegesis sobre el realismo mágico –le digo-. Sonríe, optimista como buen marketeador, y me insta a la tarea, mencionando la posible publicación como acicate, aunque mi nombre no figurará en semejante empresa, pues mi pudor aún supera el apremio mercenario de la necesidad.
El sábado por la tarde reviso los manuales de la nueva ciencia. Quedo sorprendido. El lenguaje es de una simplicidad transparente, elemental, con un contenido donde refulge la atroz bisutería de los lugares comunes vueltos máximas de conducta vendedora-compradora. Las frases hechas se suceden, como las cuentas de un collar de pacotilla. Sus perpetradores son, en su mayoría, gringos de Gringolandia, especímenes con tan exitosos currículos como haber sido artífices de las mejores campañas de Coca Cola o de la General Motors o de Adidas o de Caldos Maggie… Un mundo feliz que espera por los innovadores para expoliar nuevos mercados, compuestos, claro está, por seres humanos que van sustituyendo y ampliando las compulsiones de las necesidades imprescindibles por el ansia creciente de nuevos estímulos, artificiales y manipulados sin misericordia… Me acuerdo de una frase del Diario de Thomas Bernhardt, hablando de Viena, su ciudad natal: “La urbe se dividía en dos segmentos: los comerciantes y sus víctimas”; también el aserto de Borges, inmune a cualquier “contagio” socialista, cuando afirmaba que: “No puede ser más aberrante un sistema donde el que fabrica te dice lo que tienes que comprar”.
Lo que sí refulge, con luces más perdurables y siniestras, es la ideología que inspira a la sociedad de libre mercado, al neoliberalismo y al capitalismo salvaje, restituyendo, con inigualable eficacia, la adoración del becerro de oro. Se trata, ni más ni menos, que de persuadir a los siete mil millones de bípedos pensantes de que no existe ni puede existir un mejor sistema de relaciones económicas, sociales y políticas, para lo cual el argumento está al alcance de la mano: el fracaso del socialismo que conocimos como realidad de estado, junto a la estadística que nos revela los grandes logros de la libertad económica y de sus masivos productos tecnológicos. De aquí un paso para “demostrar” que nunca ha habido más individuos felices sobre la faz de la tierra.
Volvamos al mercadeo o “marketing”. Uno de sus aspectos primordiales como “ciencia” es el estudio psicológico de los consumidores en cuanto a los móviles psíquicos de su comportamiento frente a las incitaciones de la oferta y la demanda. En este terreno, los análisis de los exegetas tampoco destacan por su complejidad, ni van más lejos del juego creciente de novedades que predispone al esclavo del consumo a obtener, a toda costa, los repetidos y supuestos hallazgos que satisfarán su dicha temporal hasta la próxima adquisición. Huelgan aquí los concursos sapientes de Sigmund Freud, Carl Gustav Jung o Hernán Villarino, porque no se trata de síndromes graves ni de neurosis intrincadas ni de histerias recurrentes ni de complejos surgidos de la infancia y simbolizados en sueños abstrusos. Más útil y certero sería recurrir al reflejo condicionado de Pavlov, aplicado por él a los canes.
Esta disciplina, supuestamente científica, estudia medios y recursos –materiales y humanos- para llevar a cabo sus tareas, analiza las múltiples condiciones y circunstancias del mercado, sopesa las posibilidades de cumplir las metas propuestas, que son vender cada día más y aumentar de modo progresivo los beneficios: ganancias netas versus costos, de propietarios y accionistas. Si reflexionamos con raciocinio veraz sobre esta constante progresión de resultados, concluiremos que, más temprano que tarde, los límites inherentes al propio mecanismo de producción y a las variables de consumo hacen inviable el ascenso permanente de aquellos logros planificados. No parece tan difícil entender que las materias primas disminuyen, tanto como los recursos agrícolas e hídricos, mientras que la población del planeta alcanza cifras alarmantes… Sobrevendrán, pues, las crisis recurrentes que hemos podido apreciar en los últimos veinte años. La entelequia carece de base científica; es una gigantesca falacia que estallará como burbuja multicolor, agotada y consumida en sí misma.
Mi amigo gerente, ajeno a mis fatalistas reflexiones, se muestra complacido por la tarea encomendada a este escriba jornalero. Le ha felicitado el decano de su academia lucrativa, asimismo sus colegas especialistas, destacando la precisión del lenguaje y la propiedad de los conceptos vertidos, aunque han echado en falta más citas textuales extraídas de la profusa bibliografía. Se hace lo que se puede.
El tema en cuestión no pasaría de un simple anecdotario de especialidades pragmáticas al uso, según la geométrica división del trabajo, pero se trata de una de las variables axiológicas clave de quienes gobiernan hoy, sin contrapeso, esta agobiada esfera que se desliza en el cosmos, imponiéndonos reglas y normas de comportamiento que el poder induce y controla con sus hábiles y férreos mecanismos, transformando al Estado en arca providencial de los capitalistas (Foucault). Casi todos los servicios y actividades funcionan como agentes del mercado: la educación, la salud, el transporte, la agricultura, la producción extractiva y de bienes de consumo, el deporte, los medios de comunicación y sus canales de esparcimiento; también muchas manifestaciones del arte están siendo controladas por “el señor del castillo”: léase presidente de multinacionales y corporaciones. Los mercaderes no están hoy en el atrio del templo, desde donde los expulsó Jesús, sino que se han adueñado por completo de iglesias, mezquitas, sinagogas y otras casas culturales de la divinidad, echando sus cuentas en el mismísimo altar, desde donde penetran toda intimidad con sus rituales al servicio del sistema, en una suerte de ecumenismo perverso y subliminal.
Lo que nunca mencionan estos profetas y corifeos del comercio a gran escala es el hecho irrefutable de la dimensión acotada del tiempo humano, pues si no lograremos jamás añadir un codo a nuestra estatura, tampoco dispondremos de un minuto de sobra para prolongar el espejismo de la felicidad consumista.
Edmundo Moure
Junio 2012
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| O VELLO E O SEU XARDÍN. Fernando Moure Rojas |
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Reproducimos hoxe este conto do escritor galego-chileno Fernando Moure, galardoado co Primeiro Premio no Concurso de Conto “Rosalía de Castro”, patrocinado pola Corporación Lar Gallego de Chile, con ocasión de celebrar o “Día das Letras Galegas 2012".
“De neno, dicíanlle O Grilo, porque ía sempre polas corredoiras, asubiando…”
Chegue a vivir preto do cerro, nunha rúa de semellante nome. Aos pés estendíase un parque, todo poboado de árbores antigas de varias especies, nativas as máis, outras que trouxeran do Oriente; algúns arbustos de variadas cores; o demais espazo o compartían sabas de curto céspede, moutas de follas recollidas e claros cubertos de flores, ben axeitadas segundo cada estación.
Preto da entrada do parque víase unha sinxela casa pareada, cuxos muros amosaban limpo branquexado. Arrodeábaa un buxo verdecente, o que coa chegada da canícula enchíase de pequenos froitos vermellos, que eran o deleite dos paxaros. Tiña un pequeno e ben coidado xardín, que eu albiscaba dende a solaina do meu apartamento, nun terceiro andar.
Cada mañá da fin da semana, eu tomaba o meu almorzo na miña solaina, para obter un amplo panorama do cerro e ollar as intensas cores que a luz reflectía sobre a follaxe. Estaba eu concentrado niso, cando me distraeu un prístino asubío, que semellaba próximo; prestei atención e recoñecín a melodía dun tango e logo o compás dun pasodobre. Cambiei a dirección da miña ollada na busca do son e descubrín que proviña do veciño xardín. Quen asubiaba era un ancián que camiñaba presto, carrexando unhas ferramentas, dun lado para outro do xardín. Era calvo, aínda que unha estreita franxa de longos cabelos canos ornaba a súa testa; era alto e rexo, moi baril para a idade que amosaba ter, coa súa calva torrada polo sol. Agochado, non sen dificultade, enterraba diversas plantas floridas despois de aporcar e osixenar o chan. Non empregaba luvas, pois eran as súas mans núas as que palpaban o que tocaba, cunha levidade que semellaba acariñar a terra húmida mentres a facía escorregar entre os dedos; arrincaba a broza, estercaba o terreo, amañaba o alcorque de cada planta para que retivese a auga; botaba fóra os talos e as follas danadas, limpaba o contorno. Nese intre, decateime do movemento dos seus beizos e deume a impresión de que falaba á terra e as súas plantas. O vello comportábase coa vexetación coma se ela fose parte da súa propia descendencia.
Polo serán tornaba eu camiñando despois do traballo e cando ía a media cadra do meu apartamento, xa escoitaba o melodioso asubío do vello, a quen eu albiscaba, a pouco andar, regando cunha mangueira o antexardín. Saudábame ao pasar eu pola beirarrúa de enfronte, cunha voz clara e forte que deixaba entrever seu acento de inmigrante; agasallábame cun aberto sorriso durante un chisco de tempo, para volver a súa ollada cara a auga, axiña que retornaba ao seu asubío.
Transcorreran semanas, e antes do serán, a comezos da primavera, escollín para o meu retorno a beirarrúa da súa morada. Alí estaba, absorbido no seu rego e coa compaña do seu asubío. Coido que escoitou as miñas lancadas, pois deixou caer a mangueira e fitoume de esguello. Detívenme enfronte del; saudoume, fitándome aos ollos e lin na súa faciana o aceno da acollida; faloume de vagar e comezamos unha conversa que ía a alongarse ao longo de meses.
O vello invitoume a pasar e foi amosándome o que chamaba seu “pequeno tesouro”, o xardín que eu albiscaba desde o alto, o cal bordeaba a casa coa súa forma de ele, por ámbolos dous costados. Víase moi ben mantido e harmonizada a orde dos arbustos, dunhas poucas árbores xa crecidas, das plantas coas súas flores postas en distintos sitios visibles. Cheiraba a terra mollada, chegábanos o frescor do ámbito e unha brisa mol acentuaba a percepción dos arumes. O seu xardín dáballe as grazas por tanto desvelo e dedicación, agromando xeneroso nos seus brotes.
O vello detívose fronte a un limoeiro, no centro do xardín, espléndido na contextura das súas ponlas e follas, cheo de froitos de depurada cor amarela-verdosa e de axeitado tamaño. Díxome que collera tantos coma eu quixera, e axiña volveu cunha bolsa de mercar. Seguino ao fondo do xardín, onde unhas vellas vides estendíanse sobre un balorento parrón, que amosaba os seus primeiros gromos. Sinalounas co índice, dicíndome que el trouxera as vides novas desde a súa casa petrucial. Nun recuncho, con certo aceno de orgullo, presentoume a súa horta; eran a penas tres canellóns de dous metros cada un. Fixo o resumo do que tiña plantado: almácigos de tomate, "ají", pementos e ceboliños.
Rematada a inspección do seu xardín, o vello invitoume a sentar nunha deteriorada cadeira de bimbio, asentada nunhas pedras de lousa; el deixouse caer nunha gastada mecedoira; ficamos baixo a sombra dun castiñeiro. Levantouse e apareceu axiña cunha bandeixa na cal traía unha teteira, dous tazóns, dúas canas pequenas e unha bolsa de cor verde escuro, máis unha fogaza de pan de centeo e unha ristra de chourizo. Agasalloume cun mate e tomou o seu, ateigado e sen azucre. Contoume que o bebía decotío a mediodía; que adoptara ese costume desde a súa adolescencia, cando vivira nun país fronteirizo no que o seu consumo era costume xeneralizado. Logo, sacou do peto unha navalla, colleu o pan e encetou unhas rebandas e, deseguida, repetiu o feito co chourizo; mesturamos a bebida e a comida coa nosa conversa. Ao rematar, liou un charuto con prolixidade e acendeuno, deixando voar un forte cheiro a tabaco mouro.
Fiteino con detemento. Calzaba alpargatas de cor negra; vestía pantalón escuro cuxa cor orixinal borrárase co uso permanente; camisa clara fóra do bandullo, semiaberta e luxada polo suor. Detívenme na súa faciana, curtida polo ar persistente, vermella e marcada polos trazos das veas; poboadas cellas brancas, ollos azuis, sobresaíntes e inquedos e unha incipiente barba. Notábase o cansazo no seu corpo, aínda que non abatemento, pois a súa faciana traslocía serenidade, un xeito de compreta paz.
Retomamos o noso diálogo. Contoume que tiña nacido á outra beira do mar, e que cruzou a mar océano, cando aínda era un rapaz. As súas verbas xurdían desde a morriña, os seu ollos fixéronse máis nidios e notei nas súas enormes mans un lene tremor, que el tentaba ocultar; a súa respiración axitábase mentres compartía as súas lembranzas.
O vello viña dunha rexión montañosa, con escasos eidos; fillo de camponeses, a familia era dona de pequenas fincas. Tiñan unha horta que lles daba parte do sustento; eran donos dunha modesta facenda. A terra era probe, e reclamaba completa dedicación e esforzos extremos para arrincarlle os esquivos froitos. O seu avó tiña plantado unha pequena viña, con cuxas uvas facíase un viño escuro, mesto e de moita acedume.
A maior parte das súas lembranzas remotas levaban imaxes vinculadas á terra. Aínda neno, traballaba na vendima, regaba os sucos onde crecían as hortalizas, cortaba as follas das coles, espallaba o esterco para arrequentar o chan, dáballe o gran ás pitas e alimentaba os porcos, axudaba na mata de outono; polo serán, traía as vacas das fincas de pasto e metíaas no curral, botándolles o penso necesario.
O vello trocou o ton da súa voz, que presentín crebadiza, e confesou que a súa vida sempre estivera vinculada á terra; que nela estaban as súas raizames; que ela tiña sido xenerosa; que fora a súa mellor compañeira, a única que xamais lle rifara. Rematou dicindo que a terra, a traveso do seu xardín, íalle a facer compaña ata o seu intre derradeiro, para afundirse con ela mesma.
Non reteño na memoria cantas semanas segueramos a compartir o mate, nin as veces que percorremos o seu xardín, nin o número de historias que me relatou. Nesas xuntas de moitos seráns, levoume ao traveso do longo camiño da súa vida, abriu o seu corazón, regaloume as súas horas e o seu agarimo, e todo aquelo que posuía ofreceumo.
Un sábado, eu tomaba o meu café de mañanciña e non escoitei asubío ningún, polo que ollei cara o xardín do vello, sen adveter movemento. Transcorreran dúas semanas e persistía o silenzo da súa ausencia.
Non cheguei a lle coñecer parente ningún; non tiña visto entrar nin saír visitantes; nos pequenos comercios da veciña praza, a xentiña só o identificaba como O Galego; eu carecía de toda referencia. Ocorréraseme visitar a parroquia do barrio, malia que o vello declarábase agnóstico e “come frades”. Alí entereime de que sofrera un accidente no seu xardín; Tíñase caído dunha escaleira, pois o atoparon deitado xunto a ela, xa sen vida, cunha das súas mans aferrada ao tronco do seu limoeiro.
Cando, ao remate da miña xornada, volvo camiñando desde o Metro, arrodeo a esquina da casa do vello; detéñome a fitar o seu xardín e entón coido escoitar como escorre a auga da súa mangueira e paréceme oír o seu asubío, que agora sinto chegar desde moi lonxe.
Fernando Moure Rojas
Escritor chileno-galego
Economista e Contador Auditor |
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| ESPAÑA EN BANCARROTA (2) |
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 Como complemento ó artigo escrito por Edmundo Moure en decembro de 2011 e publicado neste blogue o pasado dia 21 de abril, difundimos este que nos remite agora...
ESPAÑA EN BANCARROTA
Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.
Francisco de Quevedo
Hemos aprendido que, como cualquier individuo o entidad económica, los países también son susceptibles de quebrar, declarándose en bancarrota, aunque todavía no sabemos de ninguno que haya sido embargado en su patrimonio territorial, por deudas internacionales insolutas, aunque se dice que los chinos, pertinaces adquirentes de pasivos occidentales, estarían dispuestos a ponerlo en práctica, en nueva y eficiente forma de imperialismo global.
El prestigioso economista español, Jesús Arroyo Fernández, escribe hoy, 15 de mayo de 2012, a propósito de la crisis española, que parece agudizarse a extremos de hacer temblar la estabilidad del euro, lo que sigue (en cursiva):
1) La economía no se ha centrado en los ciudadanos, sino en defender diversas entidades… con el supuesto de que ellas luego ellas ayudarían a la economía, a los ciudadanos.
… Y suena ya casi a risa, por no llorar, el argumento de que se hace “para que fluya el crédito”, cuando sólo ha fluido a sus agujeros.
2) El Estado se ha centrado en tapar sus agujeros, a nivel central, autonómico y local, y ha esquilmado nuestras empresas, familias y bolsillos… con el supuesto de que así podría prestar servicios sociales.
… Y da pena ver a los pobres colaboradores de Cáritas servir las numerosas comidas que sólo ellos sirven cada día a los desprotegidos ciudadanos, desprotegidos por quienes los tienen que proteger.
3) Los dirigentes se han olvidado de hablar de cosas concretas, de sueldos, de IBIs, del precio de la gasolina y de las patatas, y se han empeñado, todos, en perderse en conceptos abstractos que al final no bajan a la tierra; ni ponen nombre a los parados, sólo números.
… Y aterra ver los comercios que cierran cada semana en nuestras calles, los familiares que se quedan sin trabajo, y los sin techo que ya son muchos en nuestros bancos (los de sentarse y los que usan nuestros ahorros, que tienen portales donde resguardarse).
Para ver esto sólo hay que salir a la calle, y de los despachos, de los números y de los conceptos.
Imagínate –caro y solvente lector- que los acreedores del Fondo Monetario Internacional irrumpan, con receptores judiciales de ojos oblicuos y policías acorazados, a embargar La Giralda, o que rematen La Alambra para construir, en todo el periplo de los jardines del Generalife, un modernísimo complejo de edificios corporativos asiáticos, reemplazando los arcos ojivales arábigos y la ornamentación mudéjar, por esos techos de pagoda cutre que ornan los restaurantes de comida cantonesa en todas las ciudades españolas.
Por mí, que no toquen la vieja urbe de Santiago Apóstol ni vayan a subastar la torre de La Berenguela, con su campana que aún tañe los siglos, con gallega paciencia y como si tal cosa; ni que vayan a enajenar la Muralla de Lugo, para proteger y dar lustre, quizá, a la mansión de algún narcotraficante de renombre internacional.
Un amigo, economista y afrancesado, que justifica, defiende y preconiza el actual modelo Neocapitalista Sauvage, como el único posible para alcanzar la humana felicidad, incluyendo la suya propia, me explica –para que yo pueda entender la lucidez de su economicismo planetario- que un país en plena crisis es como una familia, cuyo sostenedor cae en desgracia por cesación de pagos, siendo dañados por igual todos sus miembros, desde el patriarca hasta la mascota de la casa, pasando por mujer, hijos, allegados y sirvientes…
-Qué mal ejemplo pones- le retruco, porque un grupo familiar, como yo lo entiendo y lo vivo, no es semejante a un país. En el primero, está claro que el desbarajuste afecta a cada uno de sus moradores; en el segundo, pagan los menos afortunados, como es costumbre, mientras quienes provocaron la crisis, a punta de codicia especulativa y castillos de papel moneda, vuelven a beneficiarse en virtud del viejo refrán: “A río revuelto, ganancia de pescadores”. Porque éstos siguen siendo propietarios del río y usufructuarios de sus aguas y peces y todo lo que medre en su caudal. Estabilizarán el flujo, restringiendo la pesca de la masa laboral, poniendo en práctica implacables recortes presupuestarios al gasto público, es decir, limitando las carnadas o recursos básicos que mitigan, en parte, la escasez o la incuria de la inmensa mayoría de los pescadores, que se quedaron sin caña y sin río, en un santiamén.
Se argumentará que los españoles –portugueses, griegos e italianos- no supieron administrar, con pragmática cordura y calvinista cautela, los recursos que la Comunidad Europea puso a su arbitrio para cumplir el orteguiano sueño de una España moderna, tecnológica y pujante, integrada a la Europa del euro y a sus hábitos liberales y consumistas. Es posible que, salvo vascos, catalanes y asturianos, el resto de hijos de la invertebrada Península se haya dedicado más a la jarana que al trabajo productivo, sintiéndose hijos de una colosal Tía Rica que les repartía generosas mesadas a cuenta del promisorio futuro, de cuyas migajas venían también a comer los morenos inmigrantes de África e Iberoamérica.
Ejemplos huelgan, ahora que la crisis se ha desatado como tsunami de valores bursátiles enloquecidos, pero a los asiduos visitantes y turistas hiperbóreos, sajones, germanos, estadounidenses y promovidos asiáticos que viajaban tras el sol hispano de la “industria sin chimeneas”, les venía llamando la atención que, a toda hora de la jornada, estuviesen a reventar los bares, restaurantes y mega almacenes de toda España, y que sus locuaces parroquianos no escatimaran recursos ni ganas de exteriorizar –a la española, a la mediterránea o a la latina- la simple y desnuda alegría de vivir, otrora –¡ay!- tan reprimida y coartada.
Voces revisionistas arguyen que quizá el destape fuera un craso error y que el hedonismo desenfrenado, con su sexo libre a cuestas, no le viniese bien a los díscolos hijos de Hispania, alejados de la religión de sus mayores y de la austeridad escolástica que Franco quiso restaurar, a despecho del libertinaje masónico y de la filosofía materialista, tanto del marxismo decadente como del liberalismo ateo. Y es que la confusión económica trae consigo un intríngulis ideológico difícil de desatar, porque la desesperación social acarrea la turbiedad del lenguaje -como dejó dicho el maestro Confucio, hoy, al igual que Buda, preterido en la China de los nuevos mercaderes-, y las palabras desdicen su etimología conceptual, exacerbando las dudas existenciales en virtud de equívocas y falaces interpretaciones.
Los indignados, entretanto, volverán a tomarse las calles y plazas de Madrid y de otras capitales de la Monarquía Autonómica. Asimismo ocurrirá –ya está ocurriendo- en Grecia, Italia y Portugal. Los sindicatos votarán la huelga general, como en los tiempos del tardofranquismo. Los parados alzarán sus protestas en ristre, como caballeros andantes víctimas de ultraje. Y, lo más penoso, tabernas y cantinas verán clausuradas sus puertas por falta de feligreses y asiduos parroquianos.
Para otros -los menos y tal vez lúcidos-, la cuestión parece simple en su dramática disyuntiva: ¿Es equivalente salvar a España, a Portugal, a Grecia y a Italia que salvar a los especuladores sin bandera de las Transnacionales, de la Banca y de la Bolsa Universal de Valores?
Que respondan los filósofos y ejecutores corporativos del Capitalismo Salvaje. Aunque ya conocemos la respuesta y también las medidas rectificadoras que se nos vienen encima, porque la marea, amigos, también es planetaria.
Edmundo Moure
Entre diciembre 20, 2011; y mayo15, 2012.
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| MORRIÑA REPUBLICANA |
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 Reproducimos este artigo que escribiu o noso colaborador e amigo Edmundo Moure en abril de 2011.
ECOS DE LA REPÚBLICA ESPAÑOLA
En la casona de La Cisterna, al sur de Santiago del Nuevo Extremo, los sábados por la tarde, mi padre gallego solía escuchar su música preferida, mezcla variada en la que figuraban el tango, viejos cuplés, flamenco sevillano, dulces fados en la voz de Amalia Batista, sardanas y pandereitadas gallegas... A menudo, la sesión musical terminaba con el Himno de Riego, pieza conmemorativa que, como se sabe, integra sones militares, al estilo de la Marsellesa, con acentos de pasodoble, y que fuera el himno nacional de España durante el breve trienio liberal (1820-1823) y en los ocho años de la Segunda República (1931-1939)… El gallego subía el volumen de la victrola y abría las ventanas a la quinta, como si convocase lejanos camaradas que defendiesen la trincheras al grito de “¡No pasarán”!
Mi padre, nostálgico aunque no soturno, porque su exultante vitalidad le impelía a disfrutar y compartir goces hedonísticos, era para mí la encarnación simbólica –lo sigue siendo- del auténtico republicano: demócrata, librepensador, progresista en un sentido más amplio que al que hoy se otorga al término, entusiasta de iniciativas de bien social, enemigo declarado de fetiches sociopolíticos, fuesen éstos de índole clerical o materialista a ultranza… Nos hablaba con pasión dolorosa de los grandes creadores, intelectuales y dirigentes de la II República, ese sueño que él había vivido fuera de Galicia, víctima del exilio emigrante, en un largo país del fin del mundo, donde prodigó su simiente. Conocimos de su boca lo que fue la Institución Libre de Enseñanza, creación educativa cuyos logros encomiaba, junto a la lectura –hecha por mi madre- de poemas de Antonio Machado, Miguel Hernández, García Lorca y, sobre todo, de las geniales apostillas y glosas de Juan de Mairena… Luego vendría el acercamiento a nuestro gran republicano, Alfonso Rodríguez Castelao, a través de ese maravilloso libro, “Sempre en Galiza”, que adquiriera en Buenos Aires, ejemplar de la primera edición que aún conservo.
Mis padres se casaron el 1 de octubre de 1938, un mes más tarde del advenimiento del gobierno republicano de Pedro Aguirre Cerda, cuyo lema fue “gobernar es educar”, electo por la coalición del Frente Popular, liderada por el Partido Radical, con el apoyo de socialistas, comunistas y socialcristianos de izquierda, mandato que inauguraría tres períodos consecutivos de gobierno laico, con sus logros más destacables en la consolidación de la enseñanza pública y el desarrollo industrial chileno con sentido estatal de proteger las riquezas básicas de la patria, evitando que cayesen en manos del ávido capitalismo.
Fue aquél nuestro ambiente vital, donde nos desarrollamos –prole numerosa de ocho hijos-, aprendiendo desde temprano el valor de la libertad de pensamiento, de la búsqueda de las verdades humanas que nos son accesibles, en el espíritu imperecedero de hijos de la República. Por aquellos días de fines de la década de los 40’, Ramón Suárez Picallo culminaba entre nosotros la escritura de su millar de crónicas de La Feria del Mundo. Mi padre se refería, con admiración y cariño, a la obra periodística del hijo de Sada, y, sobre todo, destacaba su irrenunciable vocación republicana, prurito que se volviera en Suárez Picallo un auténtico apostolado.
Ya no escucho el Himno de Riego, pero la brisa vespertina suele devolverme, en días de afanes, frustraciones y porfiados sueños, la voz de mi padre, en sílabas certeras de galaico acento que siguen sonando para mí como ecos inolvidables de esa República que algún día volverá a nacer entre nosotros.
Edmundo Moure. Santiago del Nuevo Extremo, abril 2011
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| TODOS PRECISAMOS DUN ACUBILLO... |
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Difundimos hoxe esta nova colaboración que recibimos do noso bo amigo Edmundo Moure dende Santiago Chile.
COBIJO Y AZORAMIENTO
Se sabe de numerosos individuos que, al momento de morir o en trance de algún accidente grave, se recogen en posición fetal, como buscando, de manera instintiva, el cobijo primigenio del vientre materno, aquella única morada, quizá, donde vivimos a resguardo de todos los peligros, libres de amenazas externas. Es aquélla la casa originaria, desde donde salimos para nacer en el mundo, desprotegidos y azorados ante la inminencia de riesgos que intuimos, pero que desconocemos, hasta que nos toca enfrentarlos con nuestros precarios medios de defensa, en un aprendizaje que es el más prolongado de todas las especies animales. Sí, porque el ser humano jamás deja de aprender y nunca podrá decir que está exento de cometer yerros, a tropezar con las mismas piedras del camino.
Hay quienes sostienen que la saudade o nostalgia del paraíso perdido nacen de ese trauma de la separación violenta de la madre, en su función de casa y abrigo que no queremos abandonar. Algunos jamás asumen la realidad de aquel desmembramiento doloroso, por lo que se les supone víctimas del síndrome de Edipo. Y van por el mundo en pos de la madre, buscándola, ansiosos, tras cada tropiezo, llamándola, sin cesar, en los llantos secretos del desasosiego.
Otro ademán o actitud corporal relacionado con la búsqueda de cobijo, es el recogimiento sobre sí mismo que exhiben los ancianos, traducido en un virtual empequeñecimiento corporal, como si a medida que corre el vertiginoso tiempo de la senectud, se fueran acercando, de modo imperceptible, a la tierra que les cobijará, esa morada postrera que es como el vientre materno, sólo que en vías de la disgregación y no del florecimiento.
Todos los seres vivos necesitan de refugio. Algunas especies, como los marsupiales, siguen viviendo apegadas a la madre, como lo hace el pequeño canguro, habitando el cálido espacio que ella dispone para él en su propio cuerpo, hasta que está bien crecido y puede saltar las barreras vitales sin la supervisión de su progenitora. Otros, más previsores, como el caracol y el cangrejo, optaron por la casa rodante que llevan, adherida al cuerpo, en la que entran o se recogen cuando se sienten agredidos.
La curruca es un pequeño pájaro mediterráneo, pariente del gorrión, que habita en los bosques de matorrales, donde arma sus nidos, alejándose de los depredadores, buscando cobijo lejos de los seres humanos, a quienes rehúye. La curruca nos ha regalado un verbo reflexivo, “acurrucarse”, que significa recogerse en sí mismo, ovillarse, hasta volverse diminuto e invisible a los ojos acechantes de los rapaces. Es posible que esta expresión constituya una suerte de epónimo silvestre para el hermoso pajarillo de cola levantada, tanto así, que si su especie desapareciera, como tantas otras que abandonan a diario la humana hostilidad del planeta, quedaría la palabra, el verbo como testimonio perdurable de su existencia.
El azor, de la familia de los halcones, es uno de los peligros vivos de la curruca y otras avecillas más o menos indefensas. También esta ave carnicera tiene su verbo y su adjetivo: azorarse, azorado; sobresaltarse, sobresaltado. Los humanos, en la misteriosa y fascinante construcción del lenguaje, han buscado y hallado correspondencias significantes en el comportamiento de animales, como ha sido el caso de este pájaro, asistente amaestrado de cetrería volátil, que llama la atención por sus rápidos movimientos y por sus enormes y expresivos ojos, que reflejan y manifiestan el azoramiento ante un peligro inminente.
Con sus ojos muy grandemente llorando
tornaba la cabeza y estábalos mirando:
vio las puertas abiertas, los postigos sin candado,
las perchas vacías sin pieles y sin mantos
y sin halcones y sin azores mudados.
Al comienzo del Poema de Mío Cid, encontramos estos versos, donde canta la dolorosa nostalgia del desterrado. Allí se habla de halcones y azores, aves cazadoras preferidas por los nobles para el entretenimiento de la caza, afición tan española y transversal, que ocupa a reyes, señores, vasallos y villanos de toda ralea.
Mientras escribo, mi gato pardo, que se llama Campeador, roza su cuerpo contra mis piernas, arquea la cola y se ovilla, con esa ductilidad algo artera de los felinos, mientras ronronea, es decir emite un sonido ronco, gutural y onomatopéyico: ronronronronron, que da origen al verbo gatuno y cautivador. –Me estás tratando de engatusar, le digo, empleando el verbo nacido de su actitud engañadora, pero no te acariciaré, porque estoy escribiendo. Me mira entonces, con sus achinados ojos amarillos y se retira, con expresión azorada.
Hago un alto y te recuerdo. Hace frío. Afuera cae la lluvia de abril, como un llanto sobre la tierra sedienta. Siento deseos de acurrucarme junto a ti, de hacerme un ovillo en tu regazo, como amante-hijo que busca la casa extraviada. Espero que no caigas en azoramiento y me mandes a dormir solo, como un huérfano sin arropo, pájaro sin nido, alma sin su hogar, ese corazón hospitalario donde se cobija el fuego.
Edmundo Moure,abril 2012
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| ESPAÑA EN BANCARROTA |
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Por reflexar cada día maís a triste realidade que nos embarga, difundimos hoxe este artigo do noso colaborador e amigo Edmundo Moure, que nos remitiu o pasado mes de decembro.
ESPAÑA EN BANCARROTA
Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.
Francisco de Quevedo
Hemos aprendido que, como cualquier individuo o entidad económica, los países también son susceptibles de quebrar, declarándose en bancarrota, aunque todavía no sabemos de ninguno que haya sido embargado en su patrimonio territorial, por deudas internacionales insolutas, aunque se dice que los chinos, pertinaces adquirentes de pasivos occidentales, estarían dispuestos a ponerlo en práctica, en nueva y eficiente forma de imperialismo global.
Imagínate –caro y solvente lector- que los acreedores del Fondo Monetario Internacional irrumpan, con receptores judiciales de ojos oblicuos y policías acorazados, a embargar La Giralda, o que rematen La Alhambra para construir, en todo el periplo de los jardines del Generalife, un modernísimo complejo de edificios corporativos asiáticos, reemplazando los arcos ojivales arábigos y la ornamentación mudéjar, por esos techos de pagoda cutre que ornan los restaurantes de comida cantonesa en todas las ciudades españolas.
Por mí, que no toquen la vieja urbe de Santiago Apóstol ni vayan a subastar la torre de La Berenguela, con su campana que aún tañe los siglos, con gallega paciencia y ecuménico desparpajo; ni que vayan a enajenar la Muralla de Lugo, para proteger y dar lustre, quizá, a la mansión de algún narcotraficante de renombre internacional.
Un amigo, economista y afrancesado, que justifica, defiende y preconiza el actual modelo Neocapitalista Sauvage, como el único posible para alcanzar la humana felicidad, incluyendo la suya propia, me explica –para que yo pueda entender la lucidez de su economicismo planetario- que un país en plena crisis es como una familia, cuyo sostenedor cae en desgracia por cesación de pagos, siendo dañados por igual todos sus miembros, desde el patriarca hasta la mascota de la casa, pasando por mujer, hijos, allegados y sirvientes…
-Qué mal ejemplo pones- le retruco, porque un grupo familiar, como yo lo entiendo y lo vivo, no es semejante a un país. En el primero, está claro que el desbarajuste afecta a cada uno de sus moradores; en el segundo, pagan los menos afortunados, como es costumbre, mientras quienes provocaron la crisis, a punta de codicia especulativa y castillos de papel moneda, vuelven a beneficiarse en virtud del viejo refrán: “A río revuelto, ganancia de pescadores”. Porque éstos siguen siendo propietarios del río y usufructuarios de sus aguas y peces y todo lo que medre en su caudal. Estabilizarán el flujo, restringiendo la pesca de la masa laboral, poniendo en práctica implacables recortes presupuestarios al gasto público, es decir, limitando las carnadas o recursos básicos que mitigan, en parte, la escasez o la incuria de la inmensa mayoría de los pescadores, que se quedaron sin caña y sin río, en un santiamén.
Se argumentará que los españoles –portugueses, griegos e italianos- no supieron administrar, con pragmática cordura y calvinista cautela, los recursos que la Comunidad Europea puso a su arbitrio para cumplir el orteguiano sueño de una España moderna, tecnológica y pujante, integrada a la Europa del euro y a sus hábitos liberales y consumistas. Es posible que, salvo vascos, catalanes y asturianos, el resto de hijos de la invertebrada Península se haya dedicado más a la jarana que al trabajo productivo, sintiéndose hijos de una colosal Tía Rica que les repartía generosas mesadas a cuenta del promisorio futuro, de cuyas migajas venían también a comer los morenos inmigrantes de África e Iberoamérica.
Ejemplos huelgan, ahora que la crisis se ha desatado como tsunami de valores bursátiles enloquecidos, pero a los asiduos visitantes y turistas hiperbóreos, sajones, germanos, estadounidenses y promovidos asiáticos que viajaban tras el sol hispano de la “industria sin chimeneas”, les venía llamando la atención que, a toda hora de la jornada, estuviesen a reventar los bares, restaurantes y mega almacenes de toda España, y que sus locuaces parroquianos no escatimaran recursos ni ganas de exteriorizar –a la española, a la mediterránea o a la latina- la simple y desnuda alegría de vivir, otrora –¡ay!- tan reprimida y coartada.
Voces revisionistas arguyen que quizá el destape fuera un craso error y que el hedonismo desenfrenado, con su sexo libre a cuestas, no le viniese bien a los díscolos hijos de Hispania, alejados de la religión de sus mayores y de la austeridad escolástica que Franco quiso restaurar, a despecho del libertinaje masónico y de la filosofía materialista, tanto del marxismo decadente como del liberalismo ateo. Y es que la confusión económica trae consigo un intríngulis ideológico difícil de desatar, porque la desesperación social acarrea la turbiedad del lenguaje -como dejó dicho el maestro Confucio, hoy, al igual que Buda, preterido en la China de los nuevos mercaderes-, y las palabras desdicen su etimología conceptual, exacerbando las dudas existenciales en virtud de equívocas y falaces interpretaciones.
Los indignados, entretanto, volverán a tomarse las calles y plazas de Madrid y de otras capitales de la Monarquía Autonómica. Asimismo ocurrirá –ya está ocurriendo- en Grecia, Italia y Portugal. Los sindicatos votarán la huelga general, como en los tiempos del tardofranquismo. Los parados alzarán sus protestas en ristre, como caballeros andantes víctimas de ultraje. Y, lo más penoso, tabernas y cantinas verán clausuradas sus puertas por falta de feligreses y asiduos parroquianos.
Para otros -los menos y tal vez lúcidos-, la cuestión parece simple en su dramática disyuntiva: ¿Es equivalente salvar a España, a Portugal, a Grecia y a Italia, que proteger a los especuladores sin bandera de las Transnacionales, de la Banca y de la Bolsa Universal de Valores?
Que respondan los filósofos y ejecutores corporativos del Capitalismo Salvaje. Aunque ya conocemos la respuesta y también las medidas “rectificadoras” que se nos vienen encima, porque la marea, amigos, también es planetaria.
Edmundo Moure
Diciembre 20, 2011
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| QUE VALE MÁIS? |
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 O noso colaborador e bo amigo Edmundo Moure -quen nos facilitou tódos os artigos escritos por RSP durante a sua estadía en Chile- remitenos este artigo de opinión sobre a viaxe do rei Juan Carlos a África...
¿QUÉ VALE MÁS?
¿Qué vale más, un rey o un elefante?
Si me apuran, un elefante; en este caso, africano, especie que se encuentra en peligro de extinción. No así la especie de los monarcas, que cuestan, al erario nacional de España, Inglaterra, Suecia, Dinamarca y otros estados que insisten en mantener carcamales inútiles, más que la manutención de cien mil elefantes y mil senadores, -si nos atenemos a cifras conocidas por todos, considerando, de paso, beneficios relativos comparables-.
El accidente de Juan Carlos Rey, -no sabemos si por el susto ante la mole que había derribado su fusil o por algún extemporáneo mareo etílico-, y la tragedia del paquidermo asesinado, hubieran servido a don Ramón del Valle-Inclán para ilustrar alguna de sus obras esperpénticas, o a Gómez de la Serna para perpetrar nuevas greguerías.
El caso es patético y vergonzoso. En pleno siglo XXI, en medio de las sucesivas crisis del capitalismo salvaje, cuando más de la mitad de la población del planeta vive en condiciones precarias y un tercio de ella padece hambre y carece de mínima asistencia sanitaria y escasa educación, es injustificable, desde el punto de vista moral o simplemente económico, mantener y financiar el boato de castas de la realeza que nada aportan a la vida de sus pueblos, que son el resabio anacrónico de siglos de oprobio e injusticia, mantenidos como falsas tradiciones que sólo amparan la expoliación del prójimo.
Si somos auténticos republicanos y demócratas, debiéramos rechazar cualquier tipo de sujeción monárquica, aunque sea de utilería. Por ello, me declaro ciudadano y jamás súbdito, ni de Habsburgo ni de Borbón ni de Windsor. Los únicos reyes aceptables en una auténtica democracia son: el Rey Feo de los carnavales; el Rey del Pescado Frito; el Rey del Mote con Huesillos, y otros monarcas de utilitarios y sabrosos adjetivos… Por supuesto, todas las reinas de belleza habidas y por haber…
“Yo sigo siendo el Rey”, cantaba la bocona insoportable, Patricia Maldonado, a su querido Augusto, dictador zafio que alguna vez soñó con un imperio como el de su homónimo romano, y con una corona que le preservara del dominio real de su consorte.
Este Juan Carlos soberano, que tuvo de preceptor político a Francisco Franco, porque era “manejable” (sic), no como su progenitor díscolo, figura como presidente honorario de la WWF, la fundación internacional que “protege y preserva la vida salvaje”.
¿Quién nos protege a nosotros de estos putañeros y farandulescos “nobles”, que se pavonean por el ancho y ajeno mundo, dando consejos para que los pueblos expoliados “vivan mejor”?
Gritemos, junto a los republicanos españoles, en el aniversario ochenta y uno de la II República: “¡Elefante, amigo, el pueblo republicano está contigo”!
Capaz que Naciones Unidas cree una entidad para preservarlos –a los reyes, no a los elefantes-, de una bendita extinción.
¡Abajo la monarquía! ¡Viva la República!
Edmundo Moure
Abril de 2012
Esta páxina que hoxe cumple DOUS ANOS E MEDIO de andaina na rede, ten publicadas 900 entradas (das que 675 son artigos de Ramón Suárez Picallo) e seguiremos aquí, pois aínda temos máis de douscentos artigos por difundir, mentras teñamos folgos e poidamos...
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| UNHA LEMBRANZA PARA ISAAC DESDE CHILE |
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 Dende Santiago de Chile, Edmundo Moure, poeta, escriba, tenedor de libros, e tamén o noso mentor na difusión dos escritos que publicou Ramón Suárez Picallo, coñeceu en persoa a Isaac Díaz Pardo cando veu a Sada, en maio de 2008, a presentar o libro de crónicas "La Feria del Mundo" na que se recollen máis de 300 artigos publicados por RSP durante a sua estadía en Chile.
Agora, co pasamento de Isaac, remitenos o texto que a continuación publicamos.
ISAAC DÍAZ PARDO, LUZ Y FUEGO DE GALICIA
Se ha marchado el penúltimo de los grandes galleguistas republicanos del siglo XX, Isaac Díaz Pardo, a comienzos de enero, como lo hiciera, hace sesenta y dos años, Alfonso Castelao, en su exilio de Buenos Aires. Otra época, otras circunstancias, pero el mismo síntoma: el poder, en Galicia y en el resto de España, está disociado de los grandes artistas, creadores y gestores culturales. Ni siquiera los discursos de los regentes de turno de San Caetano expresaron un mínimo de dignidad y justicia póstuma a quien despedían. Sonaban a diplomacia trasnochada, a exhibicionismo social, a improvisación pueril aquellas torpes palabras.
Un reportaje del diario El País consigna: “Al Museo do Pobo Galego se acercó durante toda la mañana una nutrida representación de la cultura y el poder”. La Cultura y el Poder, estas dos entidades que continúan marchando paralelas y, cuando llegan a tocarse, por lo general es en desmedro de la Cultura. Sobre todo en esta época de pragmatismo ramplón en que se considera lo que puede ser vendido en el mercado.
Remontándonos, en la arbitraria medida del tiempo, ciento veintisiete años atrás, en las exequias de Rosalía, julio de 1885, Curros Enríquez declama un breve poema, en sustituto del discurso impedido –lo habrá recordado hoy Xesús Alonso Montero- para desnudar el deleznable oportunismo de aquellos personajes de levita y hongo que, habiendo negado la sal y el agua a la poeta, se aprovechaban de su muerte como virtuales carroñeros de la cultura. Parodiando esos versos inmortales, podemos dedicárselos al bueno y generoso de Isaac: “…Os ósos son del, que vades gardar/ Ai dos que levan na frente unha estrela/ Ai dos que levan no bico un cantar.
Por ello rescatamos, del cúmulo de frases hechas y malas metáforas de funcionarios y burócratas, el aserto de Xosé Manuel Beiras: "Parece una coincidencia fatal en el proceso de descomposición política de este país. Muere Isaac cuando a los nazinecios que agreden al idioma se les confía la cultura de Galicia". Asimismo, las palabras de su hijo Camilo Díaz: "Isaac no muere ni morirá. Le devolvió a Galicia la dignidad que no tenía. Quiso que los gallegos pudiesen conocer su historia de todas las maneras, aunque sea por los cacharriños".
Isaac Díaz Pardo, pintor, editor, empresario de rara sensibilidad estética y social, estuvo estrechamente ligado a la diáspora gallega de la América del Sur, en particular a los creadores e intelectuales de la Quinta Provincia, en Buenos Aires. Este hombre preclaro entendió, como pocos, que Galicia es mucho más que una región de treinta mil kilómetros cuadrados, trazada en la geografía española por la cartografía mesetaria; que es una nación, es decir, tradición histórica, lengua y cultura hechas pueblo, proyectadas hacia todos los confines de la Rosa de los Vientos.
En esta cálida mañana del verano austral, recuerdo con emoción el día 30 de mayo del 2008, en Sada, cuando presentamos la escolma de crónicas de Ramón Suárez Picallo, escritas en Chile durante quince años de exilio, rescatadas de la hemeroteca de la Biblioteca Nacional de este Último Reino, recopiladas en fina edición por el Consello da Cultura Galega. Allí conocí, en persona, a Isaac Díaz Pardo, a quien admirábamos desde la diáspora gallega más austral, desde este Finisterre donde quisiéramos mantener vivos el fuego y la luz de Galicia: la lumbre incomparable de su cultura y la luz amorosa de su lengua, aun cuando no llevemos, como Isaac Díaz Pardo y sus pares de generación patriótica, en la frente una estrella y en los labios un cantar.
Abro el libro que ostenta el título de esa columna que enriqueció Suárez Picallo con más de un millar de crónicas, La Feria del Mundo. En la portadilla, hay tres dedicatorias a este humilde escriba del fin del mundo: la de Isaac Díaz Pardo, la de Avelino Pousa Antelo y la de Xosé Neira Vilas. No transcribiré las palabras de Isaac. Básteme decir que es un espaldarazo afectuoso a un minúsculo grano de arena en la tarea en que él empeñó su vida: el rescate de la dignidad de Galicia a través de la recuperación de su lengua, de su historia y de su libertad. Como sabemos, fue uno de los principales impulsores del traslado a Galicia de los restos mortales de Ramón Suárez Picallo, su querido paisano, quien reposa hoy en la colina que otea la villa marinera de Sada. Asimismo, del rescate vivo de su obra para conocimiento y disfrute de las generaciones jóvenes gallegas.
Cabe esperar que la extraordinaria obra de Isaac Díaz Pardo, hecha vocación de vida durante un siglo, sea también difundida y rescatada de esa artera ceniza del olvido, con que suelen los malos gallegos cubrir a sus creadores y demócratas libertarios, sea dando la espalda a sus obras o sepultándolos en la vacuidad estéril del mármol.
El abrazo fraterno de Isaac se vuelve aquí, esperanza y convicción.
Edmundo Moure
Santiago de Chile
Día de Reyes de 2012
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