A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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EL PRIMER MILAGRO, conto de nadal de Azorín
Este conto de nadal, é un agasallo do noso colaborador e bo amigo Edmundo Moure Rojas.


Este cuento apareció como historia del mes de diciembre en el Número Almanaque para 1927 de la revista «Blanco y Negro». Posteriormente fue incluido en la obra «Blanco en azul» (editada en Madrid en 1929 por Biblioteca nueva).





EL PRIMER MILAGRO,

por Azorín (José Martínez Ruiz)

La tarde va declinando; se filtran los postreros destellos de sol por el angosto ventanuco del sótano. Todo está en silencio. Las manos del anciano van removiendo, como si fuera una blanda masa, el montón de monedas de oro, relucientes, que está sobre la mesa. El anciano tiene una larga barba entrecana; los ojos aparecen hundidos. Los últimos fulgores del sol van desapareciendo; por el tragaluz ya sólo se escurre una débil y difusa claridad. Las monedas vuelven a la recia y sólida arca. El anciano cierra la puerta con un cerrojo, con dos, con una armella, con unas barras de hierro, y luego asciende, lento, por la angosta escalerita. Ya está en la casa. La casa se levanta en un extremo del pueblo; se halla rodeada de extenso vergel, y tiene, a un lado, una accesoria para labriegos y servidumbre. El anciano camina lentamente por la casa; su índice –el de la mano derecha- pasa y repta sobre la curvada nariz. Al pasar por un corredor ha visto el viejo una puerta abierta; esta puerta ha mandado él que esté siempre cerrada. Se detiene un momento el viejo; da una voz de pronto; le enardece la cólera; acude un criado; el viejo impropera al criado, se acerca a él, le grita en su propia cara. Tiembla el pobre servidor, y prorrumpe en palabras de excusa. Y el viejecito de la barba larga prosigue su camino. De pronto se detiene otra vez; ha visto sobre un mueble unas migajas de pan. La cosa es insólita. No puede creer el anciano lo que ven sus ojos. Llegarán, por este camino, a dispersar, destruir su hacienda. Han estado aquí, sin duda, comiendo pan -pan salido, indudablemente, de la despensa-, y han dejado caer unas migajas. Y ahora su cólera es terrible. La casa se hunde a gritos; la mujer del viejo, los hijos, los criados, todos, todos, le rodean suspensos, temblorosos, mohínos, tristes. Y el viejo prosigue con sus gritos, con sus denuestos, con sus improperios, con sus injurias.
La hora de cenar ha llegado. Antes ha conversado el anciano con los cachicanes que llegan todas las noches de las heredades cercanas. Todos han de darle cuenta- cuenta menudísima, detallada- de la jornada diaria. No puede acostarse ningún día el viejo sin que sepa, concretamente, en qué se ha gastado el más pequeño dinero y qué es lo que han hecho, minuto por minuto, todos sus servidores. La relación de los labrantines se desliza entreverada por los gritos y denuestos del anciano. Y todos sienten ante él un profundo pavor.
El pastor se ha retrasado un poco esta noche. El pastor regresa de los prados próximos al pueblo, todas las noches, poco antes de sentarse a la mesa el anciano. El pastor apacienta una punta de cabras y un hatillo de carneros. Cuando llega, después de la jornada, por la noche, encierra su ganado en una corraliza del huerto y se presenta al amo para dar cuenta de la jornada del día. El anciano, un poco impaciente, se ha sentado a la mesa. Le intriga la tardanza del pastor. La cosa es verdaderamente extraña. A un criado que tarda en traerle una vianda -retraso de un minuto-, el anciano le grita desaforadamente. El criado se desconcierta; un plato cae al suelo; la mujer y los hijos del viejo se muestran despavoridos; sin duda, ante esta catástrofe –la caída de un plato-, la casa se va a venir abajo con el vociferar colérico, iracundo, tempestuoso, del viejo. Y, en efecto, media hora dura la terrible cólera del anciano. El pastor aparece en la puerta; trae cara de quien va a ser ajusticiado; en mal momento va a dar cuenta de su misión del día.
-¿Ocurre alguna novedad?- pregunta el viejo al pastor
El pastor tarda un instante en responder; con el sombrero en la mano, mira absorto, indeciso, al señor.
-Ocurrir, como ocurrir- dice al cabo-, no ocurre nada…
-Cuando tú hablas de eso modo es que ha ocurrido algo…
-Ocurrir, como ocurrir… -repite el pastor dando vueltas entre las manos al sombrero.
-¡Sois unos idiotas, mentecatos, estúpidos! ¿No sabéis hablar? ¿No tienes lengua? Habla, habla…
Y el pastor, trémulo, habla. No ocurre novedad, no ha sucedido nada durante el día. Los carneros y las cabras han pastado, como siempre, en los prados de los alrededores. Los carneros y las cabras siguen perfectamente; han pastado bien; si, han pastado como todos los días… El viejo se impacienta.
-¡Pero, idiota, acabarás de hablar! – grita colérico.
Y el pastor dice, repite, torna a repetir que no ha ocurrido nada. No ha ocurrido nada; pero en el establo que se halla a la salida del pueblo, junto a la era -establo y era propiedad del señor-, ha visto, cuando regresaba el pastor a casa, una cosa que no había visto antes. Ha visto que dentro del establo había gente.
El viejo, al escuchar esas palabras, da un salto. No puede contenerse; se levanta, se acerca al pastor y le grita:
-¿Gente en el establo? ¿El establo que está junto a la era? Pero…, pero ¿es que no se respeta ya la propiedad? ¿Es que os habéis propuesto arruinarme todos?
El establo son cuatro paredillas ruinosas; la puerta -de madera carcomida, desvencijada- puede abrirse con facilidad; una ventanita, abierta en la pared del fondo, da a la era. Ha entrado gente en el establo; se han instalado allí; pasarán allí la noche; tal vez estén viviendo allí desde hace días. Y todo esto en la propiedad, en la sagrada propiedad del viejo. Y sin pedirle a el permiso. Ahora la tormenta de cólera es tan grande, más grande, más estruendosa que antes. Sí, sí; indudablemente todos se han propuesto arruinar al pobre anciano; todos, descuidados, manirrotos, sin parar atención en la hacienda, se han propuesto que este anciano acabe en la pobreza, en la miseria. El caso de ahora es terrible; no se ha visto nunca cosa semejante; nunca ha entrado nadie en una propiedad –casa o tierra – de este viejo señor. Y el viejo señor, ante hecho tan peregrino, estupendo, decide ir él mismo a comprobar el desafuero, a remediarlo, a echar del establo a esos vagabundos.
¿Qué gente era? – le pregunta al pastor
Pues eran…, pues eran -replica titubeante el pastor- pues era un hombre y una mujer.
¿Un hombre y una mujer? Pues ahora veréis.
Y el viejo de la larga barba ha cogido su sombrero, ha empuñado el bastón y se ha puesto en camino hacia la era próxima al pueblo.
La noche es clara, límpida, diáfana; brillan –como las moneditas de oro antes– las estrellitas en el cielo. Todo está sosegado; el silencio es grato, profundo. El anciano va caminando solo, nerviosamente, vibrando de cólera. Da fuertes golpazos con el callado en el suelo. La silueta del establo ante la blancura de la era, se percibe a lo lejos, sobre el cielo de un azul oscuro. Ya va llegando el anciano a las paredillas ruinosas. La puerta está cerrada. La mano del viejo pasa y repasa por la luenga barba. No quiere el viejo penetrar de pronto por la puerta. Se detiene un momento, y luego, despacito, se va acercando a la ventanita que da a la era. Se ve dentro un vivo resplandor. El anciano va a aplicar su cara hacia la ventana. Y sus ojuelos vivarachos están cerca del angosto hueco. La mirada del anciano penetra en lo interior. Y, de repente, el viejo lanza un grito, un grito que se esfuerza, un segundo después, por reprimir. La sorpresa ha paralizado los movimientos del anciano. A la sorpresa sucede la admiración, a la admiración, la estupefacción profunda. Todo el cuerpo del anciano está clavado junto a la pared con sólida inmovilidad. La respiración del viejo es anhelosa. Jamás ha visto el viejo lo que ha visto ahora; esto que el anciano contempla no lo han contemplado, sin duda, nunca ojos humanos. No se aparta la mirada del viejo del interior del establo. Pasan los minutos, pasan las horas insensiblemente. El espectáculo es maravilloso, sorprendente. ¿Cuánto tiempo ha pasado ya? ¿Cómo medir el tiempo ante tan peregrino espectáculo? Tiene la sensación el anciano de que han pasado muchas horas, muchos días, muchos años… El tiempo no es nada al lado de esta maravilla, única en la tierra.
Regresaba lentamente, absorto, meditativo, el vino a su casa de la ciudad. Han tardado en abrirle la puerta, y él no ha dicho nada. Dentro de la casa, una criada ha dejado caer la vela cuando iba alumbrándole, y él no ha tenido ni la más leve palabra de reproche. Con la cabeza baja, reconcentrado, iba andando por los corredores como un fantasma. Su mujer, que le ha recibido en una sala, al hacer un movimiento brusco, ha derribado un mueble; han caído al suelo unas figuritas, y se han roto. El anciano no ha dicho nada. La sorpresa ha paralizado a la esposa del caballero. La sorpresa, el asombro ante la insólita mansedumbre del viejo ha sobrecogido a todos. El anciano, encerrado en un profundo mutismo, se ha sentado en un sillón. Sentado, ha dejado caer la cabeza sobre el pecho, ha estado meditando un largo rato. Le han llamado después –como se llama a un durmiente- , y él, con mansedumbre, con bondad, dócilmente cual un niño, se ha dejado llevar hasta la cama y ha consentido que le fueran desnudando. Y a la mañana siguiente, el viejo ha continuado silencioso, absorto; a unos pobres que han llamado a la puerta les ha entregado un puñado de monedas de plata. De su boca no sale ni la más leve palabra de cólera. La estupefacción es profunda en todos. De un monstruo se ha trocado en un niño el viejo señor. Su mujer, los hijos, están alarmados; no pueden imaginar tal cambio; algo grave debe de ocurrirle al viejo; durante su paseo, por la noche, a la era, al establo, algo ha debido de ocurrirle. Esta mansedumbre de ahora es acaso más terrible que las cóleras de antes; acaso pueda ser anuncio este abatimiento de algún grave mal. Todos miran, observan y examinan al anciano, en silencio, recelosos, inquietos. No se deciden a interrogarle; él se obstina en su mutismo. Y la mujer, al cabo, dulcemente, con precauciones, interroga al anciano. El coloquio es largo, prolijo; el viejo no accede a revelar su secreto. Y al cabo, tras el mucho porfiar, con dulzura, de la mujer ha puesto, para hablar, para hacer la revelación suprema, sus labios. El asombro se pinta en la cara de la esposa.
¡Tres reyes y un niño! – exclama sin poder contenerse.
Y el anciano le indica que calle, poniéndose el índice de través en la boca. Sí, sí, la mujer callará. Callará, pero pensará siempre lo que está pensando ahora. No sabe la buena señora qué es peor, si lo de antes – la cólera de antes – o esta locura, sí, locura, de ahora. ¡Tres reyes en un establo y un niño! Evidentemente; durante su paseo nocturno debió de ocurrirle algo al anciano. Poco a poco se difunde por la casa la noticia de que la mujer del anciano conoce el secreto de éste; preguntan los hijos a la madre; la madre se resiste a hablar; al cabo, pegando la boca al oído de la hija, revela el secreto del padre. Y la exclamación no se hace esperar.
- ¡Qué locura! ¡Pobre!
La servidumbre se enteran de que los hijos conocen la causa del mutismo del señor; no se atreven, por lo pronto, a interrogar a los hijos; al cabo, una sirvienta anciana, que lleva en la casa treinta años, pregunta a la hija. Y la hija, poniendo sus labios a la par del oído de la anciana, le dice unas palabras.
¡Oh, qué locura! ¡Pobre, pobre señor! – exclama la vieja.
Poco a poco la noticia se ha ido difundiendo por toda la casa. Sí; el señor está loco; padece una singular locura; todos mueven a un lado la cabeza tristemente, compasivamente, cuando hablan del anciano. ¡Tres reyes y un niño en un establo! ¡Pobre señor!
Y el viejo de la larga barba, sin impaciencias, sin irritación, sin cóleras, va viendo, en profundo sosiego, cómo pasan los días. A la mansedumbre se junta en su persona la persona la liberalidad. Da de su dinero a los pobres, a los necesitados; tiene palabras dulces para todos, exorables. Y todos en la casa, asombrados, recelosos, entristecidos –sí, entristecidos-, le miran con mirada larga y piadosa. El señor se ha vuelto loco; no puede ser de otra manera. ¡Tres reyes en un estado! La mujer, inquieta, va a buscar a un famoso doctor. Este doctor es un hombre muy sabio; conoce las propiedades de los simples, de las piedras y las plantas. Cuando ha entrado el doctor a la casa le han conducido a presencia del viejo; ha dejado éste hacer al doctor; parecía un niño, un niño dócil y débil. El doctor le ha ido examinando; le interrogaba sobre la vida, sobre sus costumbres, sobre su alimentación. El anciano sonríe con dulzura. Y cuando le ha revelado su secreto al doctor, después de un prolijo interrogatorio, el doctor ha movido la cabeza, asintiendo, como se asiente, para no desazonarlo, a los despropósitos de un loco.
-Sí, sí –decía el doctor-. Sí, sí; es posible. Sí, sí; tres reyes y un niño en un establo.
Y otra vez tornaba a mover la cabeza. Y cuando se han despedido, en el zaguán, a la mujer del anciano, que le interrogaba ansiosamente, ha dicho:
-Locura pacífica, sí; una locura pacífica. Nada de peligro; ningún cuidado. Loco, sí, pero pacífico.
Esperemos…
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 23-12-2015 01:09
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RESISTIR
Ilustración: “Las tentaciones de San Antonio Abad” Pieter Coecke van Aelst, s. XVI. Museo del Prado.


RESISTIR


Por Edmundo Moure

He aquí nuestro verbo –transitivo- de mayor recurrencia, aunque su conjugación no sea consciente: Yo resisto, tú resistes, él resiste, nosotros resistimos, vosotros resistís, ellos resisten… Es el complemento inequívoco de la voluntad de vivir, ese móvil volitivo que Schopenhauer consideró clave del universo, incluido el pretencioso bípedo pensante, con su carga inevitable de antropomorfismo: El mundo como voluntad y representación, y la voluntad expresada en el pulso unívoco de la naturaleza. Con ella, el atributo de la resistencia, junto a la representación crítica o reflexiva, son actitudes esenciales para el ser humano, si bien cuando comienza su etapa de pez prisionero en el estanque hospitalario de la madre, sólo reacciona instintivamente a los estímulos, y pareciera decir “resisto como puedo”.
Hoy se esgrimen teorías acerca de una conciencia primaria que incluye ciertos aprendizajes elementales, provocados por estímulos sensoriales que se grabarían en un incipiente registro de la memoria. (Hay poetas que pretenden escribir, inspirados en visiones intrauterinas, donde habrían sido capaces de intuir las metáforas con que articulan esa creación lírica, comunicándose con su madre y aun con otros individuos cercanos, como quien envía recurrentes whatsapps… Y no hablemos de los recuerdos de otras vidas, porque eso supera mi capacidad de imaginación y hace temblar los cimientos de mi modesta lógica terrestre).
A resistir se atribuye, como sinónimo, el verbo soportar, aunque éste, para mí, tiene una connotación más pasiva, de aguante casi resignado, como algunas relaciones, afectivas u odiosas, que se extienden en el tiempo, más allá de lo deseable, transformándose en virtuales martirios o karmas, sumiéndonos en nula voluntad de reacción...
Pero quien resiste se niega a soportar, va más allá, busca instancias de superación de lo que le afecta o constriñe, pese a que el ciclo vital le irá presentando nuevos escollos y cargas y presiones y fatigas sin cuento, porque ese parece ser el meollo de esta vida y sus interminables apremios; apenas creemos salir de uno, cuando ya nos acosa el siguiente.
A partir de la idea del libre albedrío, asociamos la resistencia con el acto loable de luchar contra las tentaciones del pecado, superándolas. Cristo resistió a Satanás, en su vigilia del desierto, cuando éste le ofrecía los bienes, propiedades y delicias del reino de este mundo, prebendas que parecen no haber resistido los políticos y paniaguados de nuestro tiempo, tan débiles de carácter cuando se trata de aceptar óbolos a cambio de votos favorables en el proceso legislativo. Célebres fueron las tentaciones que padeció San Antonio Alonso, inmortalizadas en la pintura, aunque él jamás postulara a un cargo de servicio público, ni siquiera de modesto concejal. Otras eran las convocatorias melifluas de Satanás, pues en aquel tiempo el pecado tenía rostro y formas femeninas. (Los curas aún sostienen que el atractivo abisal se transmite por el útero de la mujer; también los fundamentalistas islámicos y los musulmanes “moderados”, que en esto de culpar a la fémina, sobran propuestas e hipocresías).
Resistir tiene también connotaciones heroicas. “Madrid qué bien resiste/ Madrid qué bien resiste…”, es parte de la letra de una de las canciones emblemáticas de la Guerra Civil Española, que cantara de manera inigualable Rolando Alarcón. La resistencia francesa contra el nazismo se cubrió de gloria, haciéndonos casi olvidar la cobardía y el ultraje infligidos a la “línea Maginot”, cuyo nombre de matrona somnolienta quizá exacerbó la furia asesina de la blitzkrieg germana.
¿Y los Mapuches? Ésos sí que son paradigma de la resistencia, durante cinco siglos, arrostrando el asedio español, primero, y luego, el acoso rastrero y vil de los huincas chilenos, que no trepidan en subterfugios para acorralarlos sin piedad, sea mediante las fuerzas militares, la policía militarizada o las bandas patronales armadas de los “propietarios” de la Araucanía, con la complicidad de los gobiernos de turno, que adquieren carros blindados y armas de guerra para combatirlos, mientras hablan de “integración de los pueblos originarios” en las cenas a todo trapo de Naciones Unidas.
Yo resistí, yo resisto, amigo lector, los avatares que puedo enfrentar. Uno de ellos es la cotidiana compulsión del trabajo asalariado, en la que llevo reptando hace cincuenta y seis años, de manera ininterrumpida, sin años sabáticos ni largas vacaciones pagadas.

El resultado no ha sido, pese a la receta preconizada por el liberalismo –ideológico y social-, favorable en términos pecuniarios; por el contrario, parece que no combiné los ingredientes de manera adecuada. Donde sí falló mi resistencia (a fuer de confesiones íntimas) fue en las tentaciones de la carne –hedonísticas, como dicen los críticos literarios-, donde quedó en evidencia mi flaqueza y la debilidad de aquellas “convicciones morales” que heredé en los sobrios desayunos, hostia incluida, del credo católico-apostólico-romano.
En contraposición, mi capacidad de resistencia física ha sobrepasado mis propias expectativas, y me vanaglorio de ello, como si de una competición olímpica se tratase. Puede que sea un orgullo algo pedestre, lo asumo, recordando a mi padre, cuando alguien le preguntó: -¿Por qué son tan fuertes los gallegos? Y él respondió, con la retranca viva en sus ojos azules: -Bueno, así somos los que hemos podido resistir…
Pero también me queda la satisfacción de esta pertinacia en el amor por las palabras, eso que se define como literatura, y que para mí es un camino sin pausa y sin retorno posible, una senda como la del peregrino contumaz, cuyo premio mayor sería sucumbir en el camino bajo el último aliento, mirando por última vez las estrellas que le guían por la senda ancestral de la Vía Láctea.
Hoy almorcé, de pasada, en el Bar Ciro, luego de diligencias contables y burocráticas. Un sándwich de pierna de cerdo con palta, tomate y ají verde, acompañado de un botellín de tinto Carmen Margaux. Excelente. Lo disfruté, cambiando unas palabras con Emilio, el viejo mozo de tiempos pasados (viejo y mozo, vaya paradoja), recordando que hace cincuenta años, un 23 de diciembre de 1965, se inició aquí mi larga despedida de soltero, agasajo que aún me parece incumplido… Mientras pagaba la consumición en la caja, advertí a dos asiduos parroquianos que bebían sendas copas de colemono. Sucumbí a la tentación y pedí a Emilio una para mí. Estaba heladito, delicioso. No pude resistir la tentación.
Salí del Ciro con la culpa del retraso y el remordimiento de la dieta quebrada, pero saqué fuerzas de flaqueza y las emprendí hacia la oficina, donde continué esta crónica, antes de asentar las facturas de Compra en el libro respectivo.
Luego, resistí la tentación de seguir escribiendo. La vieja voz de la prudencia, que tenía el acento de mi abuela chilena, Fresia, me aconsejó concluir aquí esta crónica.
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NO PASAMENTO DE XOSÉ NEIRA VILAS
XOSÉ NEIRA VILAS, BUENO, GENEROSO Y PERDURABLE


Uno de los primeros libros galegos que leímos en la casa petrucial de La Cisterna, Chile, fue Memorias dun neno labrego, cuya primera edición data de 1961, dedicado, amorosamente por su autor a “A todos os nenos e a todas as nenas que falan galego”, revelando aquella intención esencial de su larga y prolífica vida literaria: preservar y extender el uso de la lengua gallega, a partir de los niños que la maman como su primera leche vocal. Me parece hoy escuchar la voz de mi padre gallego, nacido al sur de Lugo, cuando abría las páginas de aquella breve novela, adquirida en Buenos Aires, para instruirnos de su contenido: Este libro trata dun rapaz chamado Balbino. O neno é labrego e ten unha familia moi pobre, pero esto non lle impedirá que lle sucedan moitas aventuras que plasmará nun caderno. É un neno aventurero e vergonzoso, moi pícaro e valente. Pensa moito no mundo e o reflexa nos episodios na súa vida como labrego…
Y venía luego la morosa lectura de las peripecias de Balbino, con las imprescindibles moralejas que íbamos desgranando sobre aquella mesa donde jamás hubo menos de una docena de ávidos comensales, alertas al pan y a la palabra. Era aquella una de las mejores anclas en el mar de la memoria de la tribu, que mi padre afianzaba en las amadas e inigualables palabras de su tierra natal.
A los ochenta y siete años de edad ha partido Neira Vilas, a ese paraíso ventureiro que se asemella a Galicia, como vislumbraba Alfonso Castelao, autor del otro libro señero de nuestra infancia, Os dous de sempre, que podemos muy bien hermanar con Memorias dun neno labrego, dos cuerdas sonoras para la melodía incomparable de la lengua de Rosalía.
Buena parte de su existencia, como sabemos, la vivió Xosé Neira Vilas en Cuba, como tantos gallegos, como Manuel Curros Enríquez y otros ilustres o esforzados hijos de Breogán. Siempre con el espíritu y la mirada puestos en su Galicia, vinculando, de manera persistente y fundacional, aquellos confines, lo que es propio de los gallegos de la diáspora y constituye un prurito vital que heredamos de nuestros antepasados, de esos antergos que un día se embarcaron, con su maleta de cartón y un fardel de sueños que harían fructificar hasta en las comarcas más australes del mundo, como es el caso de nuestro Chiloé, la Nueva Galicia…
Memorias dun neno labrego fue también un libro básico durante los once años que impartimos clases de Lingua e Cultura Galegas, en la Universidad de Santiago de Chile (1999-2009), y a menudo dábamos noticia de nuevos textos y crónicas de Xosé Neira Vilas, uno de nuestros preferidos, sin duda, por su enraizamiento existencial y amoroso con nuestra Iberoamérica.
Tuve el honor y el placer de compartir con Xosé Neira Vilas, en mayo de 2008, con ocasión de presentar en Sada el libro La Feria del Mundo, escolma de crónicas de Ramón Suárez Picallo, articulado por la historiadora chilena, Carmen Norambuena y este humilde cronista, editado por el Consello da Cultura Galega. Allí estuve con tres grandes de la cultura gallega, que firmaron uno de los ejemplares que conservo como un tesoro: Avelino Pousa Antelo, Isaac Díaz Pardo y Xosé Neira Vilas, los tres ahora en el Parnaso da Nosa Lingua, falando de vagar en alguna tasca del paraíso gallego...
Parabéns para Xosé Neira Vilas, bo, xeneroso e perdurábel.

Edmundo Moure
Santiago del Nuevo Extremo
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VALETUDINARIOS
VALETUDINARIOS


Es de estúpidos continuar perdiendo los placeres de la vida por miedo a la muerte.

Catón el Viejo

Los achaques propios de la vejez lo transforman a uno en valetudinario, enfermizo, de salud quebrada, como define el concepto Martín Alonso, para mayor claridad… Esta palabra la escuché por vez primera de mi padre, a propósito de un viejo amigo suyo que había adquirido ya esa categoría inevitable que nos obsequia Cronos como parte del proceso de la decrepitud.

He cogido esta primavera un resfriado agudo, con bronquitis y exacerbación del asma, y se me ha venido a la cabeza aquel sustantivo que adjetiva, de manera impune, mis tres cuartos de siglo de vida. Nada grave, aunque tenga resabios de pasadas hipocondrías que me llevaron a hablar de dolencias propias, reales o supuestas, como si fuesen tema de adecuada conversación y los demás tuvieran que interesarse por nuestros padecimientos corporales; porque los del alma, del espíritu o de la mente solemos guardarlos con mayor recato, salvo con amigos que puedan aligerarlos al conjuro de un buen vino conversado.

Cuando mi padre gallego cumplió ochenta años aparecieron en él, o se agudizaron, ciertas anomalías de la senectud: diabetes senil, dolencia bronco-pulmonar, y otras de inútil descripción… Mis hermanos menores, preocupados sin duda por su bienestar e imbuidos de los dudosos beneficios de la medicina bien pagada, solicitaron el concurso mercenario de tres médicos conocidos, para evaluar el estado de salud del patriarca.

Luego de numerosos exámenes y análisis de rigor, fue convocada una reunión del padeciente (mi padre), su mujer (mi madre) y los solícitos hijos (hermanos), para arbitrar eficaces medidas de salubridad que le aseguraran una larga vejez, tranquila y sin sobresaltos. El galeno que hacía de jefe de aquella tríada de modernos sangradores, tomó la palabra, circunspecto de ademanes, locuaz en su léxico especializado, para leer al viejo la cartilla: -“Debe eliminar las grasas, los huevos con tocino al desayuno, la mantequilla, el jamón serrano, las chuletas de cerdo, los chorizos, el pan blanco, por completo… Una tajada de pan dietético sin sal y una copa (pequeña) de vino tinto al día… Nada de licores destilados, muy poca sal en la comida, verduras cocidas y una fruta por jornada, como máximo… Ah, y yogur light…”

Mi madre asentía, aunque escéptica. Mis dos hermanas miraban al viejo gallego, con ojos entre severos y dulzones, como ejerciendo una catequesis probada… Mis hermanos opinaban con la seguridad de quien paga la cuenta sin remilgos… Todo parecía encauzarse sobre los rieles del estricto orden tribal, hasta que el Gallego tomó la palabra, para preguntar, desde el prurito de su retranca:

-¿Y usted me asegura, doctor, que si me atengo a sus consejos y prescripciones, y a esa dieta de fakir, viviré hasta los cien años en plenitud de condiciones?

El galeno titubeó un instante, se repuso en su clínica facundia, y respondió:

-No, eso nadie podría asegurárselo… Sólo se trata de que goce de una mejor vejez.

-Entonces –replicó mi padre, en la certeza prosódica de su viejo acento de la Galicia profunda, mientras sus ojos azules relampagueaban sobre la faz atónita de los tres facultativos, -váyanse ustedes a hacer puñetas-… Dio media vuelta y se encerró en su dormitorio, tras un portazo memorable.

Tal vez mi padre hubiese leído a Pero Mexía, en cuyos Coloquios y diálogos, publicados en 1547, en Sevilla, manifestaba sus aprensiones frente al oficio de la medicina:

“Seiscientos años se defendieron los romanos de los médicos, que nunca los hubo en Roma ni los admitieron y nunca tan sanos vivieron ni tanto como en aquel tiempo. Verdad es que, siendo cónsules L. Emilio y Marco Livio en el año 535 de la fundación, no se por quien persuadidos admitieron a un médico griego peloponense, llamado Archagato y le dieron casa y salario público y, como cosa nueva, agradó en sus principios; pero después que experimentaron sus sangrías y sus cauterios y extrañas maneras de curar, fue desterrado él y otros que ya habían venido; y esto por autoridad y consejo del grande Catón el Censorino, el cual vivió 85 años, porque veáis la falta que le hizo el Archagato y los demás.

“…Y no fueron sólo los romanos en esto; que los babilonios que fueron doctos y letrados, Estrabón y Herodoto escriben que no tenían médicos conocidos y a los enfermos les hacían sacar a las plazas porque los vecinos que tuviesen experiencias de semejantes males les aconsejaban lo que harían; y lo mismo se escribe que hacían los egipcios, y en nuestra España los Lusitanos.

“Sé también que desque comenzó a haber médicos usó a vivir poco los hombres y que los romanos antiguos vivían más sanos y más tiempo que los reyes y emperadores que dieron salarios e hicieron mercedes excesivas a médicos. Si no, dígalo Alejandro Magno, que no llegó a cuarenta años; y díganlo hoy día los viejos sanos de los montes y aldeas que nunca vieron médicos y los mozos que mueren en sus manos en las ciudades y cortes”…
1

Pero no exageremos en denostar la medicina “profesional” y denigrar a los médicos, porque no cabe poner en duda los notables avances científicos en esta controvertida materia. Las estadísticas así lo demuestran, la esperanza de vida aumenta progresivamente y muchas enfermedades letales han sido conjuradas y otras reciben eficaces paliativos. (Un amigo mío, conspicuo “momio”, dirá: -Y todo esto se debe al Capitalismo, motor incuestionable del progreso humano-).

Parte de esos avances están en la repisa-velador, al costado de mi cama: antihistamínicos, inhibidores de la presión cardiovascular, antidiabéticos, aspirinas, inhaladores con y sin corticoides, multivitamínicos, calcio… Por la mañana, antes de desayunar, bebo 150 cc de cloruro de magnesio, luego como una naranja o un pomelo, antes de desayunar… Al afeitarme, reviso cada día mis pupilas, para comprobar que aún no tengo en su curva inferior el ribete descolorido de la senilidad, mientras procuro recordar adjetivos, adverbios y conjugaciones difíciles… ¡Ay de mí cuando me falle la memoria!

-¿Le tiene usted miedo a la muerte?

-Ni tanto, pero no olvido lo que dicen de ella los campesinos gallegos: “Es una puta vieja, pero todos terminaremos acostados en su lecho”.

Mientras tanto, la vida sigue, y dar por completo la espalda a sus placeres me parece una aberración, aunque los médicos y la cordura familiar me digan lo contrario… (Hoy me juntaré en el bar La Cabaña, con mis colegas escribas, sanos o valetudinarios).

¡Salud y buenos deseos, lector amigo!


Edmundo Moure
Octubre 2015
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 17-10-2015 01:39
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TERREMOTO EN CHILE
Un novo sismo en Chile. Unha constante nada novidosa nese país. O noso colaborador, Edmundo Moure, nos remite este artigo sobre o que aconteceu e que viviu en persoa.

OTRO TERREMOTO


Anoche, pasadas las 8:00 PM, estaba yo de espaldas en mi cama, iniciando el reposo, cuando sentí que algo se movía bajo la colcha. Percibí que era un sismo, pero no le hice caso, hasta que el movimiento fue creciendo en fuerza y horizontalidad. Me levanté; en el pasillo topé con Marisol, que abandonaba la cocina, hacia la puerta de salida. Había varios vecinos en los umbrales y una vecina que bajaba, como un celaje, desde el tercer piso. Comentarios, risas nerviosas, pero la sacudida continuaba, eterna en sus dos minutos y diez segundos de duración… Se abrieron las puertas de los muebles de cocina y los cajones, algunos libros cayeron del estante, entre ellos, el tomo de Ensayos de George Orwell, los cuentos eróticos de Rolando Rojo, cuadros que perdieron su compostura… Nada grave, a pesar del tremendo susto.

No se cortó la energía eléctrica ni el agua ni el gas, hasta los teléfonos estaban funcionando. ¿Quién puede hablarnos de imprevisión a los chilenos? Un terremoto grado 8,4 Richter, con epicentro en el Norte Verde, provincia de Coquimbo; 7,6 en Santiago. En cualquier otro lugar del mundo esto hubiera sido una catástrofe de proporciones, con miles de fallecidos y centenares o miles de casas destruidas. (Pudimos comunicarnos con nuestros hijos, que estaban en la universidad, bailando cueca en una fonda académica).

Bueno, no ha sido tan halagüeño, después de todo. Más de un millón de personas evacuadas a lo largo de cuatro mil kilómetros de litoral, ciudades y villas con serios destrozos y devastaciones producidas por el maremoto o por el colosal temblor telúrico. Muertos que no alcanzaron la decena. Un millar de albergados en edificios públicos, damnificados del comercio que claman a las autoridades por ayuda. Claro, tenían todo preparado para iniciar los festejos de Fiestas Patrias, al día siguiente, 17 de septiembre, que se extenderán –pese a todo- hasta el domingo 20… Y la dicha, en esta sociedad nuestra, se mide por las “cuentas alegres” de los comerciantes. Lo contrario es lo más parecido a la crisis o al caos.

Por la mañana, en el Metro, rumbo a mis habituales quehaceres contables, observo a los innumerables chilenos que viajan hacia sus labores cotidianas, transcurridas apenas doce horas del siniestro telúrico, con absoluta normalidad, como un día cualquiera, la mayoría de ellos sumidos en el mutismo cetrino de la estirpe, los menos hablando en voz baja, con esa especie de pudor nacional por alzar la voz, salvo cuando se ingiere bebidas alcohólicas y aflora un raro desplante que exhibe cierta dosis de agresividad a punto de estallar. Algunos comentan el sismo de la noche anterior, como una anécdota más, intrascendente y trivial, señalando el lugar y la circunstancia en que les sorprendió el terremoto. Luego, la conversación deriva hacia lo importante: de qué manera vamos a celebrar las Fiestas Patrias, estos tres días y medio de jolgorio nacional en fondas y ramadas, en el campo o en la playa, en casa de amigos o de parientes; qué carne tenemos adquirida para el infaltable asado y los choripanes y la chicha y el vino…

Y no es casualidad que el trago que más se bebe en estas fiestas y en otras populares, como el Año Nuevo, sea el llamado “terremoto”, que consiste en un gran vaso de vino pipeño (vino nuevo de la cosecha que se guarda en toneles llamados pipas), mezclado con helado de piña y unas gotas de licor amargo, pócima que se vende a destajo en locales de parranda o se consume en casa, hasta que produce efectos más demoledores que cualquier hecatombe.

Se trata pues, de una alegría casi forzosa, que palpita entre el sobresalto y el abandono, entre la exaltación volcánica y la laxitud terrestre… Quizá por eso nuestro color o tinte nacional más común es el grisáceo, tanto en el vestir como en el pintar casas y lugares, como si con eso pudiésemos pasar inadvertidos ante la periódica furia de Gea: “Tranquilo, mi viejo. Si no pasa nada…”, “afírmese, comadre, es un remezoncito no más…”.

Y surgen los chistes en las “redes sociales”, las malas alegorías y las asignaciones aleves de la desgracia… Los derechistas más resentidos afirman, con el desparpajo propio del ricachón en crisis económica, que la culpa es de la Presidenta Bachelet, porque es “yeta”, omitiendo que los terremotos ocurren desde hace miles de años, y que los conquistadores españoles conocieron aquí el del 11 de septiembre de 1552, quizá como premonición o nefasto vaticinio de catástrofes destructivas que se producirían en futuras fechas fatídicas. Porque, como apunta la Memoria Chilena, de la Biblioteca Nacional:
Los terremotos han sido una constante en toda la historia de Chile. Ubicado en el llamado Cinturón de Fuego del Pacífico, Chile es una de las regiones más sísmicas del planeta. Bajo su territorio convergen la placa de Nazca y la placa continental americana, provocando periódicamente movimientos telúricos de diversa magnitud que en ocasiones desencadenan gigantescas catástrofes. Con el pasar del tiempo, los terremotos han pasado a formar parte de la identidad colectiva de los chilenos, quedando registrados en la cultura popular a través de la tradición oral. Desde tiempos prehispánicos, los pueblos indígenas tejieron una red de interpretaciones simbólicas y religiosas frente a los terremotos. Para la cultura mapuche, por ejemplo, fueron percibidos como manifestaciones de un desequilibrio cósmico que debía ser recuperado a través de ofrendas y ritos propiciatorios a los dioses y a los espíritus de los antepasados. Ya durante los primeros años de la conquista, los españoles debieron sentir los efectos devastadores de la actividad sísmica propia de esta región.
Hay quienes atribuyen los terremotos a los cambios bruscos del clima. Otros se apoyan en resabios del trasnochado catolicismo providencialista, para explicarlos como consecuencia de los pecados y la maldad de la criatura humana. (Si fuera por eso, ha mucho tiempo que no existiríamos sobre la faz de la tierra)… Mientras tanto, los científicos se devanan el seso procurando predecirlos, para alertar a las poblaciones en riesgo inminente, pero la Tierra no entrega de buen grado sus terribles enigmas, ni siquiera a los mentalistas o agoreros de salón. Ante sus poderes desatados, volvemos a la condición de niños indefensos.

Por eso no es raro que, en medio de los atroces remezones, hasta el más empedernido ateo suelte una oración remota, invocando al San Miguel de su infancia segura y a sus huestes apaciguadoras… Yo le digo a Marisol que hay que empezar a preocuparse cuando advirtamos, en el piso del departamento, el agua espumosa y salina del mar que comienza a invadir este Santiago del Nuevo Extremo. En ese punto, tendremos la certeza de que Chile es ya una simple faja de cordillera sumergida en el océano proceloso.


Edmundo Moure
Septiembre 17,2015
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 18-09-2015 00:30
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LOS POBRES. LOS RICOS
Reproducimos estos dous artigos do noso colaborador Edmundo Moure e que recibinos nestes días do solpor de agosto.


LOS POBRES


Los pobres están por todas partes, surgen desde la tierra, quizá porque van a heredarla, como se dijo, aunque no se sabe cuándo ni cómo… Pero así son las profecías, promesas aún a más largo plazo que las de los políticos, esos señores que vienen anunciando la desaparición de la pobreza hace décadas, y si bien las estadísticas que ellos mismos crean y manejan afirman que han descendido los índices de la miseria, los pobres –que parecen ser otra cosa que la pobreza- vuelven, sobre todo a las grandes ciudades, se instalan en la periferia y, a veces, como ocurre en Río de Janeiro, trepan a las colinas que circundan la urbe y levantan sus casas a medio hacer, para luego apropiarse de las rúas.
Los pobres son numerosos y siempre se ven más de lo que son; quiero decir que producen un efecto óptico de multiplicarse ante nosotros, como si los espejos de la necesidad prolongasen sus imágenes hasta el infinito. Esta rara sensación podría ser fruto del miedo que los ricos, o los acomodados, o los de buen pasar o los de clase media alta, experimentan ante su constante amenaza, peligro difícil de conjurar, porque los pobres son necesarios, yo diría imprescindibles para esta sociedad; en el plano económico, porque mantienen la suficiente presión sobre los salarios básicos, para que estos no suban y así los empresarios puedan adquirir trabajo asalariado a bajo precio, y así incrementen la plusvalía, que es como los glóbulos rojos de la producción y de la prosperidad del sistema. (Y no te confundas, lector inadvertido, porque esto lo dijo y explicó, antes que Carlitos Marx, el sagaz Adam Smith, padre del Capitalismo “clásico” y abuelo del Capitalismo “salvaje”.
Y en el plano religioso y moral, ¡por Dios que son indispensables los pobres! Ellos son el objeto maravilloso de la caridad, porque conmueven el corazón de las almas piadosas para ir en su ayuda, sea a través de obras pías individuales o por medio de instituciones de beneficencia… Debemos entender, claro está, que no se trata de terminar con la pobreza; por el contrario, los pobres siempre tienen que estar a la mano, si no, ¿con quién ejerceríamos la caridad cristiana?

Según el Informe de Desarrollo Humano de 2014 del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), uno de cada cinco habitantes del mundo vive en situación de pobreza o pobreza extrema. Es decir, 1.500 millones de personas no tienen acceso a saneamiento, agua potable, electricidad, educación básica o al sistema de salud, además de soportar carencias económicas incompatibles con una vida digna…
Ya conocemos el resultado de las utopías que han perseguido acabar con la pobreza, creando una sociedad igualitaria, donde todos tengan, al menos, sus necesidades básicas cubiertas: techo, comida, salud, educación y esparcimiento. Fracasaron rotundamente, aunque no vivieran más de medio siglo, y pese a que el modelo capitalista lleva ya quinientos años sin que sus promesas de bienestar se cumplan para tantos pobres y menesterosos a quienes se les viene predicando que, con trabajo constante y obediencia a los poderes constituidos, accederán a mejores condiciones de vida… (Pero si son flojos y descuidados y pusilánimes, seguirán siendo pobres de misericordia, como decían nuestras abuelas).
El problema es que los pobres reciben hoy mucha información –y desinformación, claro-. Están al tanto de cómo viven los ricos, por ejemplo, y aun de la manera como hacen sus fortunas y negociados, lo que exacerba sus ansias de llegar a ser pudientes, o al menos de disfrutar de las maravillas que cada día ofrece ante sus ojos esa pantalla de los sueños, que ya no es preciso mirar en un aparato grande, porque está disponible en pequeñas versiones individuales, fáciles de adquirir, ya sea comprándolas o apropiándoselas mediante el hurto o el robo… Total –comentan los pobres- dicen que el origen de la propiedad es la violencia que la hace posible, ¿o es otra la historia de las conquistas y botines de guerra?
Los pobres de tez oscura están ahora invadiendo la vieja Europa. Cruzan el Mare Nostrum en chalanas y gabarras lamentables, muchos se ahogan en la travesía, pero muchos también -¡son tantos!- llegan a tierra firme y caminan leguas para ofrecer sus servicios de trabajo asalariado, a cualquier precio… Es amplio el espacio entre no tener nada y tener algo. Se conforman con poco (por ahora), y por eso constituyen una amenaza para los pobres europeos (hay bastantes menesterosos en el continente de la abundancia), porque les quitan los escasos puestos de trabajo que el sistema en crisis oferta, aun considerando que los pobres africanos ejercen menesteres despreciables para los “hijos del desarrollo”. Algunos sociólogos e historiadores afirman que los pobres de África cruzan a Europa para cobrar las deudas que los europeos comprometieron con sus ancestros, por los incontables pillajes, latrocinios y genocidios perpetrados en pro de la salvación de sus almas oscuras… Se trata de una antiquísima revancha
Los pobres traen consigo el germen de la delincuencia. Asaltan las posesiones de los ricos, violan sus domicilios, atentan contra la integridad física de sus moradores, porque carecen de escrúpulos y de moral. No hay ni habrá policía suficiente para ponerlos a raya. (Vean el caso de Río de Janeiro, donde millares de represores, armados hasta los dientes, no son capaces de controlar a los habitantes de las favelas).
¿Y qué haremos entonces con tantos pobres?
Entretenerlos en esta vida, ya que ellos perdieron hace mucho la fe en el premio escatológico… Quieren la felicidad aquí y ahora; esa misma que les ofrece a diario, como “oportunidad emprendedora”, el “espejo de los idiotas”.
¿Será suficiente con eso?
No lo sabemos, pero es una política realista. Y como ya resulta ineficaz para los pobres el opio de la religión, el sustituto a mano es el maravilloso y deslumbrante espectáculo del fútbol.
Y ante eso, no hay pobre que se resista ni rico que le haga asco.
Tú lo has dicho.

Edmundo Moure
Agosto 2015

LOS RICOS

"Estar contentos con poco es difícil; con mucho, imposible". Pearl S. Buck

Los ricos son pocos, aunque a veces parecen muchos; esto es porque figuran en primera fila, se les ve en sitios de moda y lugares llamativos… Según Alfonso Castelao, los ricos duermen mal y padecen de dispepsia; se debe a que están habitualmente en estado de sobresalto, temen ser robados, sufren de antemano por la posible pérdida de sus bienes. Por eso buscan gobiernos seguros, es decir derechistas, que les garanticen la seguridad y protección de los suyos y de su patrimonio. Cuando los gobernantes flaquean y se cierne en el horizonte la amenaza socialista, los ricos acuden a las fuerzas armadas, que son su garante natural, y a la Iglesia, porque se sienten con pleno derecho de poseer el paraíso en la tierra y la eternidad en el trasmundo, y la jerarquía eclesiástica les ha entregado las llaves de ambos reinos, junto a su justificación moral.
Los ricos no compran mano de obra barata, sino que “dan trabajo”, en una suerte de acto filantrópico y desinteresado. Por eso, hay que cuidarlos (a los ricos) como recomendara el sátrapa chileno Augusto, que de tanto protegerlos terminó haciendo ricos a los de su propia familia.
A menudo, los ricos explican su riqueza por méritos personales. Lo que tengo me ha costado harto, dicen, he trabajado de sol a sol durante muchísimo tiempo… No se percatan que esa afirmación constituye un olímpico sofisma, porque han existido, existen y existirán millones de seres humanos que han echado fuera los pulmones y han muerto tan pobres como empezaron. Entonces, el rico responderá que él tuvo buen ojo o alguna idea genial… Nunca va a reconocer que acertó un golpe de fortuna, ni menos que llevó a cabo operaciones non sanctas. Así, explicará la sentencia de Cristo: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos”, según un exegeta del papado: “Eso no se refiere al ojo de la aguja, de manera literal, sino al arco u ojiva de las puertas de Jerusalén, bajo las cuales debían pasar los camellos cargados, con gran precaución de no enganchar sus bultos en el borde de las ojivas”. Por lo tanto, es algo difícil, pero no imposible, porque la misericordia del Altísimo es infinita… Y el comercio de las indulgencias plenarias hizo ricos a muchos, bueno… hasta que llegó Lutero.
Para los ricos sajones, vástagos preciados del protestantismo, ha sido providencial Juan Calvino, con su doctrina de la gracia y la escogencia incontrarrestable de Dios hacia sus elegidos. La riqueza, pues (bien habida, en términos de ética burguesa), es una muestra viva de esa gracia que desciende sobre pocos individuos, como expresión de la voluntad divina. Por lo tanto, aquí no caben cuestionamientos sociales ni reivindicaciones de ningún tipo. Sería como discutir a los leopardos su derecho a devorar gacelas.
El antiguo providencialismo católico –que aún parece funcionar para algunos- ha previsto un mundo de ricos y pobres, como una suerte de estructura inamovible, cuyas limitaciones estriban sólo en comportamientos aconsejables para los dueños de la riqueza, en virtud de una supuesta sobriedad cristiana; y apaciguadores, en caso de potenciales rebeliones del pobrerío. Los flagrantes y masivos abusos infligidos contra el proletariado, a partir de la Revolución Industrial, posibilitaron la “doctrina social de la Iglesia”, que no pasó más allá de admoniciones y propósitos bienintencionados. A la jerarquía le afectaba el mismo temor a la revolución que a sus fieles enriquecidos. Y a la hora de inclinarse por unos u otros, la Iglesia se alió al franquismo y dio la espalda a los pobres, como tantas veces lo hiciera en su larga historia de madona rica.
Suponíamos que en una sociedad sin clases no existirían los pobres, y tampoco los ricos… Confieso mi asombro, amigo lector, cuando a los pocos meses del derrumbe de la Unión Soviética, aparecieron como por encanto más de un millar de multimillonarios rusos (¿soviéticos?)… En mi ingenuidad inadvertida, yo me preguntaba cómo era posible aquello, de qué manera habían acumulado esas fortunas, menos donde había sido desterrada la explotación del hombre por el hombre. Misterio que no logro dilucidar.
Ahora no me inquieta enterarme de los treinta mil millonarios chinos, nacidos en las barbas de Mao Tse Tung y Chou en Lai, compitiendo de igual a igual con sus pares estadounidenses…Me dan ganas de releer La Buena Tierra, esa edulcorada y lacrimosa novela de Pearl S. Buck, que la hiciera acreedora del Nobel de Literatura en 1938, para revivir la historia de Wang, el personaje principal, campesino analfabeto, al borde de la inanición, que se transforma en poderoso hacendado, merced a su trabajo pertinaz, al ahorro y a la adquisición sucesiva de tierras (acumulación)… Es el sueño americano vuelto emprendimiento chino. No faltará el crítico literario que otorgue a la señora Buck la calidad de vaticinadora (vate), ante el giro en ciento ochenta grados del actual “socialismo chino”.
Sabemos que en China trabajan miles de menores de edad, en un tipo de labor casera que permite su flagrante expoliación, en beneficio de grandes industriales de occidente, como es el caso del gallego Zara, por ejemplo, que opta por esas manufacturas baratas para acrecentar sus pingües beneficios. Cosa parecida está ocurriendo en la India, que muestra un “crecimiento” económico espectacular, según los macroeconomistas.
¿Y los cientos de millones de pobres chinos e indios, dónde están?
Detrás de los ricos, como siempre, trabajando sin pausa para hacerlos felices, o casi…

Edmundo Moure
Agosto 2015
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 25-08-2015 14:25
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MUJERES EN LA VIDA Y OBRA DE CERVANTES

Judería de Ribadavia (Ourense)
Cuna de los Cervantes y Saavedra



MUJERES EN LA VIDA Y OBRA DE CERVANTES


Esto en este cuento pasa:
los unos por no querer,
los otros por no poder,
al fin ninguno se casa.
De esta verdad conocida
pido me den testimonio:
que acaba sin matrimonio
la comedia entretenida…

La Gitanilla


A propósito de los cuatrocientos años de la publicación de la segunda parte del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, iba yo a pergeñar una crónica sobre el maravilloso libro que nos enseñó a leer nuestro padre gallego, pero se ha escrito tanto sobre el Caballero de la Triste Figura y su escudero Sancho, innumerables ensayos, interpretaciones, glosas, comentarios y apostillas… que me arrepentí, optando por otro leitmotiv: las mujeres en la vida de Miguel de Cervantes y Saavedra –madre, hermanas, amantes y musas-; ese cristiano nuevo o judío converso, más bien, cuya estirpe, por ambas ramas, procede de la judería de Rivadavia, en Ourense, Galicia, aunque hay una caterva de “puristas” que vienen pujando por declararlo, definitivamente, cristiano-viejo, sin contaminación alguna, ni mudéjar ni marrana.

De “sangre pura”, aseguran estos epígonos trasnochados del nazismo irracional, como si ser judío converso, marrano o cristiano-nuevo, imposibilitara el surgimiento de un genio.
Luis Astrana Marín, en su voluminosa y sesuda biografía de Cervantes, nos dice que Juan de Cervantes, licenciado en derecho y abuelo del escritor, vivía con su familia en la calle de la Imagen, en el antiguo barrio judío, detrás del Hospital de Nuestra Señora de Antezana, en Alcalá de Henares, morada que luego vendería la familia Cervantes, para trasladarse a Valladolid. En 1527, Juan de Cervantes se acoge al servicio del Duque del Infantado, Diego Hurtado de Mendoza, diplomático y poeta a quien se atribuye la autoría de “El Lazarillo de Tormes”, cuestión hasta ahora no establecida. Se cuenta que uno de los hijos bastardos del duque, un tal Martín, se enamora de María, hija de Juan y luego tía de Miguel, que era una moza muy atractiva y desenvuelta. Tanto que, pese al mal fin de sus amores, obtiene una pequeña fortuna que permitirá a la familia un buen pasar en Alcalá de Henares. Aunque más temprano que tarde, el dinero se esfuma y Rodrigo, padre de Cervantes, asume el oficio de cirujano, profesión entonces de escaso prestigio, pero necesaria y rentable, dentro de los llamados “oficios menores”.
Con María parece iniciarse este ciclo vital que se extenderá, a lo menos, por cuatro generaciones de la ilustre familia Cervantes, en que las mujeres serán más hábiles y pertinaces proveedoras en el hogar que los varones, aunque ello les acarreara fama de disolutas y casquivanas.

La primera mujer en su vida, qué duda cabe, es su madre, Leonor de Cortinas, hidalga oriunda de Arganda del Rey, en las cercanías de Madrid. Luego de conocer a Rodrigo de Cervantes, humilde cirujano cordobés, casó con él, a disgusto de su familia, que se negó a entregar la dote ante la mala elección del cónyuge. Médico, es decir sangrador y barbero, poca cosa para la hija de hacendados de buen pasar. Así comienzan, para la vida del ingenioso Miguel, las contradicciones entre el ser y el deber ser, entre los rigores cotidianos y los sueños de inasible grandeza.
Se dice que Leonor sabía leer y escribir y que era lectora pertinaz. Al mismo tiempo se afirma que su familia provenía de cristiano-viejos y sin mácula, lo que resulta dudoso si consideramos que los únicos que educaban a sus mujeres en las letras eran los judíos, conversos o no. Y esta tradición se mantendrá en la familia Cervantes, favoreciendo a sus tres hermanas y a su hija Isabel, como queda dicho en aquella curiosa obra del Manco, “La Tía Fingida”, donde se exalta, además, otros atributos de aquellas mujeres, sin duda avanzadas para su tiempo, arriesgándose de manera continua en acciones y hechos de inusual liberalidad.
A finales de 1567, cuando Miguel tiene veinte años y su hermana veinticuatro, ocurre un suceso trascendental para la vida de ambos. Andrea y Miguel caminan por una calle de Madrid. De pronto, les intercepta un hidalgo de vistoso atuendo y espada al cinto, quien increpa a su hermana, con palabras soeces. Miguel reacciona con prontitud, extrae una daga y propina una estocada en el pecho al ofensor. Se produce un revuelo entre los transeúntes. Cervantes es apresado por alguaciles y luego condenado a la amputación de su mano derecha. Días antes de ejecutarse la sentencia, Miguel huye y pasa a Italia, donde servirá al cardenal Acquaviva. La manquedad, prevista o intuida en este incidente, llegará cuatro años más tarde, para la mano izquierda, merced a la metralla de una espingarda turca que le volará la extremidad hasta más arriba de la muñeca… Es muy diferente ser el “Manco de Lepanto” que un simple baldado de la justicia.

Entre 1575 y 1580, cuando los padres de Cervantes vivían en Madrid, merced a la herencia recibida de doña Elvira, la madre de Leonor y abuela del Manco (otra mujer favorecedora), un dramático suceso llenó de inquietud y zozobra aquella casa: Miguel y su hermano Rodrigo fueron hechos prisioneros en Argel, donde permanecerían en cautiverio por largos cinco años. Durante ese tiempo, Leonor acude al famoso Consejo de la Cruzada, con el fin de obtener dinero para la liberación de sus hijos. No trepida en hacerse pasar por viuda, aunque su marido anduviese activo en trabajos propios de su oficio de sangrador y barbero, recurriendo a diversas artimañas en la consecución de su propósito.
Los documentos de la época, que son muchos y fidedignos, demuestran que esta madre, ejemplar en la defensa de sus hijos, engañó a funcionarios reales y a sus propios vecinos, empeñada en su tarea de rescate. Parece que hacía suya la vieja sentencia de Maquiavelo: “El fin justifica los medios”. Y tuvo premio su pertinacia, pues el 19 de septiembre de 1580 queda en libertad Miguel, el Manco de Lepanto. Trece años más tarde, Leonor de Cortinas tendría su pasamento o tránsito a la otra ribera.

Su hermana Andrea, tres o cuatro años mayor, ejerció significativa influencia en la vida de Cervantes. Y aunque no poseemos testimonios directos debidos a la pluma de Miguel, porque en aquel entonces no se escribía Diarios ni Memorias, a la usanza de hoy, salvo aquellos adelantados o conquistadores exigidos por el Rey para dar cuenta con celo de sus encomiendas. Pero un insigne creador literario como Cervantes expresaba sus avatares de vida a través de las innumerables peripecias de sus personajes, echando mano de argucias léxicas entonces desconocidas. En el caso de su hermana Andrea, Miguel parece sublimar las difíciles circunstancias vividas por ella y por su hermana menor, Magdalena, a través de “La Tía Fingida”, cuya trama, descarnada y sin artificio literario padecieran ambas mujeres, forzadas por la necesidad que les llevaría a practicar ese riesgoso oficio, considerado el más antiguo del mundo, para sostener a sus familias, mientras los varones sufrían presidio o estaban lejos, escapando de sus acreedores o urdiendo formas de obtener recursos pecuniarios.

-Señores, habrá ocho días, que vive en esta casa una señora forastera, medio beata y de mucha autoridad. Tiene consigo una doncella de estremado parecer y brío, que dicen ser su sobrina. Sale con un escudero y dos dueñas, y según he juzgado es gente honrada y de gran recogimiento: hasta ahora no he visto entrar persona alguna de esta ciudad, ni de otra a visitallas, ni sabré decir de cuál vinieron a Salamanca. Mas lo que sé es que la moza es hermosa y honesta, y que el fausto y autoridad de la tía no es de gente pobre.
(La Tía Fingida)

Así dan noticia unos estudiantes sobre aquella casa –en Salamanca, según la historia- donde esa mentada tía recibe hidalgos de buen cuño para procurar solicitaciones amorosas a su bella sobrina, a cambio de unos ducados con qué fortalecer el quebranto de su olla. El suceso, según el autor, acaece en 1575, año en que Miguel de Cervantes es apresado en Argel. Su hermana mayor, entonces, tiene treinta y un años de edad; su hermana Magdalena, 22. La hija “natural” de Andrea, Constanza, cumplirá 15 años en 1580.

Mira, pues, Esperanza, con qué variedad de gentes has de tratar, si será necesario, habiéndote de engolfar en un mar de tantos bajíos e inconvenientes, te señale yo y enseñe un norte y estrella por donde te guíes y rijas, porque no dé al trabés el navío de nuestra intención y pretensa que es pelallos y disfrutallos a todos; y echemos al agua la mercadería de mi nave, que es tu gentil y gallardo cuerpo, tan dotado de gracia, donaire y garabato para cuantos de él toma codicia. Advierte, niña, que no hay maestro en toda esta Universidad, por famoso que sea, que sepa tan bien leer en su facultad, como yo sé y puedo enseñarte en esta arte mundanal que profesamos; pues así por los muchos años que he vivido en ella y por ella, y por las muchas esperiencias que he hecho, puedo ser jubilada en ella: y aunque lo que agora te quiero decir, es parte del todo que otras muchas veces te he dicho, con todo eso quiero que me estés atenta y me des grato oído, porque no todas veces lleva el marinero tendidas las velas de su navío, ni todas las lleva cogidas, porque según es el viento tal el tiento.
(La Tía Fingida)

Sabemos que ninguna de las hermanas de Cervantes contrajo el sagrado vínculo, lo que no impidió que tuviesen relaciones con hombres, por lo que se cuenta, tormentosas y traumáticas. No obstante, ellas fueron capaces, en una época en que resultaba insólito, de ostentar una cierta independencia económica, al precio mal mirado de aprovecharse de los hombres haciendo uso de sus encantos. Con ello desafiaron abiertamente la estructura social que condicionaba la vida de la mujer a someterse al arbitrio del varón, mediante el matrimonio.

Este es otro de los aspectos revolucionarios de la vida y de la obra de Miguel de Cervantes, cuyas manifestaciones, por cierto, sólo podemos intentar descifrarlas a través de las diversas claves de su escritura, pues una de sus más notables virtudes literarias, aun no del todo dilucidada, es la de articular sutiles alegorías para eludir las garras de la Inquisición y de los otros poderes de su tiempo, recurriendo a menudo al anagrama y al juego metafórico de las paradojas. Asimismo, a distintos hablantes líricos que narran por él las historias que pudieran ser objeto de controversia, poniéndole en jaque con los censores o con sus poderosos mecenas.

Luego de lo que da en llamarse la “primera aventura amorosa” de Andrea, con Nicolás de Ovando, que termina, como era habitual, con la mujer como perdedora y madre de una hija no reconocida, Constanza. La hermana mayor de Cervantes reincidirá con otras relaciones que nunca acabarán “como Dios manda”, echando sobre ella las sombras de una mala reputación.

Pero quizá el más bullado de esos lances de amor furtivo, que compartió con su hermana Magdalena, fue el mantenido con Alonso y Pedro Portocarrero, hermanos e hijos de uno de los lugartenientes de don Juan de Austria. Magdalena tiene apenas 17 años y Andrea 26. Un par de semanas antes de la célebre batalla de Lepanto, Alonso Pacheco de Portocarrero se compromete, ante escribano, a reconocer una “escritura de obligación”, mediante la cual debe satisfacer a Andrea la suma de 500 ducados. Rica suma, entonces, pero pobre para pagar una honra mancillada.


Las mujeres que amó Cervantes –de las que tenemos noticia- fueron Ana Franca y Catalina de Salazar. Con la primera, tuvo a su hija Isabel. Es posible que existiesen otras mujeres en su vida amorosa, pero no lo sabemos con certeza, aunque a través de su profusa obra literaria parecieran surgir otras musas inspiradoras de sus sueños. Quizá de sus propias experiencias y de la azarosa vida de su madre y de sus hermanas, Miguel asumió una posición frente a las relaciones amatorias reñida con los presupuestos machistas de su época, que constreñían a la mujer al servicio abnegado y de por vida al varón, mediante el matrimonio, o al enclaustramiento, forzoso o vocacional, que las arrancaba de los placeres y goces de este mundo. Así lo manifiesta, con sus propias palabras, el Manco de Lepanto:


«En los reinos y en las repúblicas bien ordenadas, había de ser limitado el tiempo de los matrimonios, y de tres años se habían de deshacer, o confirmarse de nuevo, como cosa de arrendamiento, y no que hayan de durar toda la vida, con perpetuo dolor de entrambas partes».

"Se me entiende que se compadece con el sacramento de matrimonio el justo y debido deleite que los casados gozan, y que si él falta, cojea el matrimonio y desdice de su segunda intención del sacramento... ".

En su profusa obra literaria, la actitud de Miguel de Cervantes hacia la mujer es comprensiva y afectuosa, tolerante en aquellas ocasiones de transgresión de los rigurosos cánones de la época, como era en las relaciones extramatrimoniales, inconcebibles en su tiempo, como no fueran actos pecaminosos objeto de repudio privado y público, de anatema y condenación bajo el moralismo patriarcal de la Iglesia Católica. Así, Preciosa, la protagonista de La Gitanilla, dirá de sus jefes gitanos que tienen la prerrogativa de entregarla al mejor postor: -“Bien pueden entregarte mi cuerpo, pero no mi alma, que es libre y nació libre, y ha de ser libre cuando yo quisiere”-.

En El Quijote, Cervantes enaltece e idealiza la figura de Aldonza Lorenzo, la rústica campesina vuelta en su magín Dulcinea del Toboso, dotándola de belleza y nobles virtudes, a través de la mirada benevolente e imaginativa del Caballero de la Triste Figura, su personaje inmortal y alter ego. Y deja mal parado a Sancho cuando éste, debido a su zafio realismo, alega con su amo las limitaciones físicas, morales y nobiliarias de aquella muchacha que el escudero había conocido desempeñando faenas propias más de una destripaterrones que de una dama de la corte. Don Quijote amenaza a Sancho, le hace callar, y el lector que somos vuelve a mirar a Dulcinea como a prenda ensoñada y llena de ilustres prebendas.

Pero la figura femenina más importante de su creación es, sin duda, la pastora Marcela, a través de quien Cervantes entrega una suerte de alegoría de la actitud existencial de sus hermanas, Andrea y Magdalena. Marcela ofrece al lector un notable discurso donde insiste y reivindica su condición de mujer libre, lo que significa, en su época, entenderla como a una loca que ha extraviado su razón en el monte agreste, alejándose de esa obligación moral que la somete a la servidumbre patriarcal del matrimonio y a la maternidad continua y resignada. No obstante, Miguel ve en esa libertad ideal la liberación, aunque sólo sea literaria, de sus amadas hermanas.

Quizá como Chéjov, tres siglos después, a propósito de la vida y del amor, colegiría Miguel de Cervantes y Saavedra: “La felicidad no existe. Sólo existe el deseo de ser feliz”. Este aserto resulta mucho más real en la mujer, que debió esperar muchos siglos para obtener una “igualdad de género”, aún precaria y condicionada a la voluntad del varón, en pleno siglo XXI.

Este genio de la literatura universal aprendió, desde sus ancestros en la judería de Rivadavia, que la mujer posee una dignidad nunca menor que la del varón, y a menudo una inteligencia más aguda que éste para sobrevivir y perpetuar la especie.

En este propósito de enaltecimiento de nuestras “dueñas”, y con el goce perenne de esa escritura que atraviesa los siglos, incólume y lozana, ofreciéndonos nuevos hallazgos e interpretaciones, acompañamos al genio con parecido anhelo y renovado entusiasmo, pues para Don Quijote y sus musas cuatrocientos años vienen a ser un leve suspiro.




Edmundo Moure
Mayo 14, 2015
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 19-05-2015 00:47
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¿DESTINO O LIBRE ALBEDRÍO?
¿DESTINO O LIBRE ALBEDRÍO?



"Aunque creemos que podemos elegir lo que hacemos, nuestra comprensión de las bases moleculares de la biología muestra que los procesos biológicos se rigen por las leyes de la física y la química, y por lo tanto están tan determinados como las órbitas de los planetas".

Stephen Hawking




-Entonces, ¿cree usted en el destino?

-En la predestinación, querrá usted decir; en el destino como fatalidad inevitable.

-Eso, la inútil elección o la falta absoluta de ésta para el ser humano.

-Mi experiencia –si de algo vale- me dice que existe el libre albedrío, la posibilidad real de escoger, casi siempre, entre dos opciones ante la disyuntiva… Así, cada vez que analizo aquellas elecciones mías ante la escogencia de uno u otro camino, advierto que pude haber elegido bien, y no lo hice... Luego, hago mía esta reflexión de Álvaro Mutis, al comienzo de su extraordinario libro “Empresas y Tribulaciones de Maqroll el Gaviero”, -que me atrevo a recomendarle: Me intriga sobremanera la forma como se repiten en mi vida estas caídas, estas decisiones erróneas desde su inicio, estos callejones sin salida cuya suma vendría a ser la historia de mi existencia.

-¿Y por qué no supo usted elegir la vía acertada?

-No lo sé bien. Quizá fuese un problema de la voluntad, de no afrontar la cuestión desde un principio, para encauzarme por la senda correcta.

-¿Y no será eso la predestinación: una incapacidad innata de elegir, debido a una sucesión de causalidades irremontables?

-Tiendo a pensarlo; caigo, por así decirlo en esa tentación a menudo, pero al cabo de los años, merced a mi buena memoria, recuerdo aquellos trances fallidos con bastante lucidez… No me atrevo a describirlos ahora, porque sería tedioso para el lector, pero ante cada uno de ellos –puedo asegurarlo- tuve el tiempo necesario para optar, sin ajenas interferencias ni presiones desmedidas. Sin embargo, fallé, una y otra vez, como si de una cadena de desvaríos se tratase.

-A ver… Me ha hablado usted de su karma, asumiendo que le afecta esa constante servidumbre del trabajo numérico, por su profesión activa de contable, si vamos a ser más precisos, que vuelve a acosarle cuando pareciera que se abre una ventana a una existencia que dependiera más de la palabra literaria que de las sumas y restas… Ese karma, en su caso particular, yo lo vería como una fatalidad atribuible al destino.

-O a la falta de pertinacia y voluntad del afectado… Ya ve que volvemos a lo mismo, y esta repetición pudiese también resultar “karmática”…

-Si no es posible elegir, si es mentira la ilusión del libre albedrío, entonces se derrumbarían los conceptos del pecado y del mal, como los consagra nuestra cultura de raigambre religiosa –católica, para mayor abundamiento-, y todo estaría entregado a una sucesión de causas y efectos cósmicos, cuyo resultado no podremos variar jamás… El criminal no es culpable de sus actos, si careció de alternativas para evitarlos. ¿Por qué, entonces, aplicarle castigo? O será únicamente para aliviar la conciencia social de la res pública y garantir la feble seguridad ciudadana.

-Hace cuarenta días atrás, me ocurrió un hecho, a la vez curioso y pedestre, que pareció confirmar esa posibilidad de escoger bien… Estaba yo en mi oficina y tuve que sacar un libro ubicado en el más alto de los andeles. Tenía que treparme al escritorio. Para ello, cogí una silla contigua, sabiendo que tenía ruedas, en lugar de caminar hasta la habitación vecina y procurar una fija y de mejor soporte. No obstante que puse las ruedecillas en posición lateral, para evitar así el inminente deslizamiento, supe, en ese preciso momento, que mi decisión era errada; incluso puedo afirmar que la conocí con antelación a mi caída… Intenté trepar, y cuando mi pie aún no se afirmaba en la cubierta del escritorio, la silla rodó, luego del movimiento de las ruedas por mi propio peso, y gané un porrazo memorable… Sí, porque mi rodilla y mi pierna izquierda, desde la base de la zona glútea hasta el tobillo, me recuerdan, desde hace un mes, con dolorosa constancia, lo estúpido de mi empeño.

-No siga usted, no abunde en ejemplos, menos después que nuestro amigo común –soy testigo de ello-, el ingeniero Gregorio Dobao, le dijera: “No puedo creer que una persona inteligente como tú sea capaz de encaramarse a una silla con ruedas… No logro entenderlo”… -En su caso, voy entendiendo el entramado de hechos y consecuencias que conformarían su destino, mi amigo…

-Ya lo ve. Después de todo, quizá esto no sea un asunto del acaso ciego, sino un simple acto necio reñido con la capacidad de discernir. Una suerte de bloqueo mental que bien pudiera atribuirse a un impulso inconsciente de autodestrucción, si entramos en el terreno del psicoanálisis.

-Mire, si el hacedor o el big-bang o lo que sea no nos dotó -como afirmara el propio Einstein, contraviniendo al poeta Rabindranath Tagore- de la equívoca herramienta del libre albedrío, es evidente que nos proporcionó una dosis de sentido común, aunque tal parece que de ella no ha recibido usted ni una pizca.

(Entre golpear a mi interlocutor y callarme, escogí esta segunda opción. Para su bien, la primera actitud posible estaba ya descartada por la inextricable concatenación de circunstancias).

-En todo caso, me prometo no trepar nunca más a una silla movediza, aunque sea ya extensa la historia de mis propósitos incumplidos.



Edmundo Moure
Mayo 2015
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 14-05-2015 01:16
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MÁS SOBRE LA PATRIA

MÁS SOBRE LA PATRIA



“…Esta patria, como cualquiera otra, para ser noble
ha de tener, como Cristo, abiertos sus brazos
hacia todos los hombres de la tierra”

Gabriela Mistral




Hoy, cuando según los comerciantes es el “Día de la Madre”, escribo algo más sobre la patria, pues luego de mi crónica anterior “De qué Patria me hablan”, algunos lectores, que creen a pie juntillas en la patria vieja de mistela y sajuriana, o que vienen a ser más patrioteros que patriotas, apostillaron mi texto: un amigo chillanejo, coterráneo del gran Bernardo fundador, reconozco que con buena voluntad y empatía crítica; una amiga, con cierto prurito trasnochado y estilo “nacionalista” de “huaso quinchero”...

A mí me gustan las palabras –que constituyen también una patria, quizá la mejor y menos enajenable de todas- y sus múltiples significados, así que busco en mi diccionario enciclopédico de Martín Alonso y extraigo, para la voz patria, una definición de hace dos siglos, pero válida hoy: “Nación propia nuestra, con la suma de cosas materiales e inmateriales, pasadas, presentes y futuras que cautivan la amorosa adhesión de los patriotas”. Es decir, el amor entrañable es la base del patriotismo y no ese coraje vocinglero y ramplón, presto para aplastar al vecino y clavarle la bandera ajena en su propio domicilio, “por la razón o la fuerza”, según reza nuestro agresivo lema patrio, bien denostado en su tiempo por don Miguel de Unamuno, quien nos sugirió reemplazarlo: “Por la razón, siempre por la razón”, aunque a él de poco le haya servido ésta, cuando el mutilado general Millán Astray esgrimiera, sobre el escritorio del insigne catedrático salmantino, la rata negra de su pistola, espetándole: “Muera la inteligencia, viva la muerte”.

Alfonso Castelao designaba a Galicia como la Matria, y proponía esta palabra para sustituir el concepto patriarcal, avasallador y guerrero, por la idea hospitalaria de fecundidad y cobijo, de fuego propiciatorio y espacio de ensoñación creadora. Y aunque la suya –patria o matria- hubiese sido y fuese aún ingrata y dura con sus millares de hijos que lanzaba a la incierta emigración, oleada tras oleada, en implacable sangría, él la amaba, procurando para ella, desde su actividad ideológica y artística, mejores días. Porque, paradojalmente, se puede amar hasta el martirio una patria que se vuelve amarga y mezquina, como si fuese una madre incapaz de repartir en su mesa el pan de una felicidad equitativa... La que no merece adhesión alguna, creo, es una patria mercenaria, vendida al postor de turno para beneficiar a la clase expoliadora que utiliza sus símbolos como armas de enajenación colectiva.

Recuerdo que mi padre afirmaba: “Si yo no fuese español, sería gallego; y si no fuese gallego, no sería nada”. Más allá de la perenne discusión hispana sobre las nacionalidades y la pertinencia de agruparlas, a todo trance, bajo esa bandera roja y gualda -reciente y algo moderna-, establecida por Carlos III en mayo de 1785, cuando el Imperio era poco más que nostalgia y ceniza, la auténtica patria se escoge desde esa afectividad profunda que nos liga, sobre todo, a la Madre-Casa.

Quizá por eso, él, después de las sobremesas de sábado y domingo, luego que mi madre hubiese cumplido el rito de lectura lúcida y comentada, se dirigía hacia la puerta de la casa, para clavar sus ojos azules en lontananza, como si aguardase el arribo de un barco que iba a llevarle de regreso a su pequeña patria de A Touza, al sur de Lugo, en la Galicia profunda.

Nosotros, sus ocho hijos, nacimos en este Santiago del Nuevo Extremo, y aunque poseamos esa curiosa “doble nacionalidad” que nos hace salir de Chile con pasaporte chileno y entrar en España con pasaporte español, nuestra nación de raíces, de historia y de cultura es ésta, la que se alarga como una serpiente sobre los volcanes iracundos de la América del Sur, desde las áridas pampas hasta los hielos del finisterre austral, como la canta Pablo Neruda, en su Himno y Regreso, escrito en 1939, al volver de la España aherrojada por las garras del franquismo:

PATRIA, mi patria, vuelvo hacia ti la sangre.
Pero te pido, como a la madre el niño
lleno de llanto.
Acoge
esta guitarra ciega
y esta frente perdida.
Salí a encontrarte hijos por la tierra,
salí a cuidar caídos con tu nombre de nieve,
salí a hacer una casa con tu madera pura,
salí a llevar tu estrella a los héroes heridos.
Ahora quiero dormir en tu sustancia.
Dame tu clara noche de penetrantes cuerdas,
tu noche de navío, tu estatura estrellada.
Patria mía: quiero mudar de sombra.
Patria mía: quiero cambiar de rosa.
Quiero poner mi brazo en tu cintura exigua
y sentarme en tus piedras por el mar calcinadas…

La patria puede volverse un dolor. Así, a Unamuno “le dolía España”, como a valerosos patriotas chilenos su tierra se les ha hecho martirio y, a la postre, inmolación, porque la quisieron libre y digna y no se conformaron con los cánones establecidos ni con esa expresión, anodina y satisfecha, de quienes la confunden con la palabra patrimonio y actúan como si ella no fuese más que una hacienda llena de inquilinos a su servicio.
La patria es madre, es casa y es mesa donde se comparten el pan y el vino. Lo contrario puede ser una prisión aleve, aunque tremole sobre ella el impávido pendón izado por sus carceleros, como nos ocurriera en Chile, durante casi dos décadas. Conviene no olvidarlo, porque la patria es también memoria viva y clamor que nos despierta con la luz esperanzada del amanecer.


Edmundo Moure
Mayo 2015
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 11-05-2015 01:03
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Si Bolivia busca el mar...¿qué hará Chile?
¿DE QUÉ PATRIA ME HABLAN?

Para Patricio Barboza


En estos días en que Bolivia pugna ante la Corte de La Haya por obtener lo imposible –diplomáticamente hablando-, es decir una salida soberana al mar, un pedazo de geografía chilena según los mapas, se escuchan voces exaltadas, como ese sujeto que dijo: “A Chile le ha ido mejor con las armas que con la diplomacia”, lo que resulta una verdad enojosa y muy poco diplomática. Otros –la inmensa mayoría, según dicen- opinan que por ningún motivo, que el territorio de la Patria (con mayúscula) es inalienable y que nadie hollará el suelo defendido y consagrado por nuestros héroes, aunque para ello tengamos que derramar toda nuestra sangre mestiza, criolla e indiana.
Y yo vuelvo a preguntar: ¿De qué patria me hablan?
Según los teóricos del patriotismo trasnochado, el patrimonio territorial no se transa a ningún precio. Curioso, porque el agua que corre por nuestros ríos enjutos, desde la cordillera al mar, no nos pertenece a los chilenos; está en poder de empresas transnacionales, sea el líquido más o menos transparente que ingieres en casa, o el “vital elemento” que debiera regar sin pausa nuestros cultivos, o el H2O básico para las explotaciones mineras, enajenado por las grandes corporaciones, de capital extranjero, que contaminan a diario esos cauces que han cantado los poetas, en cuyas aguas desaparecen truchas, carpas y pejerreyes. También la electricidad que generan los benéficos torrentes es propiedad ajena, o sea extraterritorial, como el gas, el petróleo y todas las fuentes energéticas.
Y si viajo por las excelentes carreteras construidas bajo la administración de Ricardo Lagos, debo pagar por cada metro recorrido a los consorcios españoles, generosamente gratificados por el presidente “socialista”, con el peculio de todos los chilenos… Aunque también habría que revisar qué parte del presupuesto votado en nuestro Congreso pertenece a la usura de ese otro amo expoliador que se llama Fondo Monetario Internacional, que carece de bandera (ni falta que le hace), pero que erige sus pendones cual si fuera Carlos V en ese “imperio donde no se ponía el sol”.
Si uso el teléfono, Internet y demás adelantos de la tecnología, debo pagar regalías a los suecos, a los japoneses, a los noruegos, a los chinos… Las malas lenguas afirman que estos últimos –lo advirtió Ortega y Gasset en 1920- se están adueñando de las grandes economías mundiales, poco a poco, desde las sombras y no tanto, usando la supuesta soberanía como un papel higiénico made in China, barato, abundante y eficaz.
Los chilenos no lo hacemos tan mal. Horts Paulman, por ejemplo, nuestro sonderkomand teutón, ha establecido “cabezas de playa” en Argentina, Perú y otros “estados soberanos”, como auténtico emprendedor, en virtud de su credo del internacionalismo capitalista… Nadie sabe cuántos réditos extraerá de esas naciones, para gratificar las arcas de multimillonarios como él, adelantados que ya superaron esa pequeñez obsoleta de la “patria inexpugnable”, por encima de los himnos decimonónicos y de las banderas tejidas por las madres forjadoras de la nacionalidad, bajo la débil luz de las velas, mientras sus hombres luchaban a brazo partido contra el invasor realista.
Hace años atrás, en una visita a nuestro país, José Saramago proponía una solución definitiva al endeudamiento interno y a la miseria de dos países “en vías de desarrollo” o “emergentes”, como se denomina, con eufemismos economicistas, a los pobretes del concierto internacional. Era sencillo. Vender a The Coca Cola Company las dos naciones, Portugal y Chile, debido a que esa empresa, productora del “elixir de la felicidad”, maneja un capital de negocios equivalente a la suma de ambos presupuestos nacionales. The Coca Cola administraría con eficacia los dos pequeños estados, proporcionándonos, además, bebida gratis ad eternum. Habría algunos pequeños detalles que resolver en la celebración de días patrios y efemérides, como el asunto de los himnos y las banderas; así, se interpretaría el de la nación y el de la embotelladora, y se izarían ambos pabellones, con igual devoción y solemnidad.
Pienso que Saramago exageró. No hay para qué llegar a tales extremos. Aunque una buena solución sería potenciar al máximo la “pequeña patria”, es decir la aldea, el villorrio, el pueblo, la localidad. Y tendríamos para dar la vuelta al año con las conmemoraciones: Putre, Chinchilla, Combarbalá, Putaendo, Campanario, Chimbarongo, Llanquihue, Queilén… Chile las tiene por miles; imposible nombrarlas todas.

Amigo y patriota lector, también yo poseo una “pequeña patria”, pero es secreta y a nadie se la mencionaré… No quiero que una transnacional me la compre por treinta denarios. Porque entonces, ¿dónde quedaría mi arraigado patriotismo?


Edmundo Moure
Mayo 5, 2015
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 06-05-2015 01:16
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