A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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EN EL ANIVERSARIO 80 DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
LAS VIEJAS HERIDAS

Como si se me hubiera muerto el cielo
de España me separo:
salgo en un tren precipitado al hielo
de su materna piedra, de su fuego preclaro
.

Miguel Hernández



Si el dolor del recuerdo se hace insoportable, es preciso olvidar. Pero no siempre logramos tender un piadoso manto de olvido sobre las penurias del pasado. Entonces, cabe hacer frente al peso de la remembranza, apelando al beneficio de la reflexión y quizá a un atisbo de sabiduría, para superar el porfiado escozor de las viejas heridas.
Es lo que nos ocurre ante el octogésimo aniversario del comienzo de la Guerra Civil española, el 18 de julio de 1936, con el alzamiento de Francisco Franco Bahamonde contra la II República, con el apoyo irrestricto de la Curia española y de buena parte de las fuerzas armadas que se plegaron al movimiento, cumpliendo a cabalidad su encomienda de gendarmes al servicio de los poderes financieros y clericales.
Cuando se cumplió el cincuentenario del cruento golpe militar que significó la muerte de más de un millón de españoles (1986), regalamos a nuestro padre Cándido, gallego y republicano hasta el fin de sus días, el documental de la BBC de Londres sobre el conflicto, en tres VHS que completaban casi dos horas de rodaje. Mi hermano Mario procuró el transmisor adecuado y lo echó a andar después del almuerzo, en el dormitorio de papá, quien se arrellanó en su sillón preferido, dispuesto a rememorar aquellos sucesos en las elocuentes y desgarradoras imágenes.
Quince minutos después, con los ojos enrojecidos y un rictus amargo, entró en el salón, donde hacíamos la sobremesa, devolviéndonos las grabaciones con escuetas palabras: -“Gracias…, pero es mejor que se las lleven”. Era sencillo, él no podía resistir el cuchillo aciago de la memoria; le superaba el peso de aquella contienda fratricida que le sorprendió en Chile, a tres años de la llegada desde Argentina. Luego viviría, a través de las noticias radiales y periodísticas, los avatares del conflicto que iba a concluir, en su fase de guerra civil, el 1 de abril de 1939, con el lacónico parte de Franco: “La guerra ha terminado”. Aunque no significaba el advenimiento de la paz sobre la sufrida España, sino el inicio de una larga posguerra que iba a extenderse hasta la muerte del “caudillo”, ocurrida treinta y seis años después, en noviembre de 1975. Apenas dos meses antes de su fallecimiento, fueron ajusticiados cinco militantes de izquierda, dos vinculados a ETA y tres activistas. Nunca se clausuraron los paredones de la muerte, como esos cuadros negros de Goya…
El dictador gallego no era partidario de los indultos. Sobre el particular, se cuenta una siniestra anécdota. El papa Pablo VI habría intercedido, a través del nuncio en España, para que el sátrapa otorgara el perdón a los últimos condenados a muerte. Franco aceptó la elevada solicitud y firmó los decretos de conmutación. Pero surgió un detalle inesperado: el motorista que llevaba los documentos de salvación llegó al patíbulo media hora después de consumada la ejecución. Cuando el nuncio papal pidió explicaciones, Franco le respondió, con su voz atiplada de seminarista: -“Monseñor, a mi edad ya no manejo motocicletas”. Humor negro y homicida, propio del autócrata omnímodo.

Debes saber, caro lector, que muchas de estas crónicas nacen de diálogos que sostenemos al calor de una copa de vino, cuando se hermanan las palabras y se aligera la memoria. Gregorio, mi amigo cordobés, avecindado en Chile por causa laboral, me cuenta de su padre, militar de la República:
“Antonio Dobao Lopera tenía dieciocho años cuando estalló la sublevación. Se marchó de su pueblo natal, en Guadalcázar, Córdoba, a luchar como voluntario en contra de los conjurados. Durante los tres años de la guerra civil combatió en los frentes de Andalucía, Levante y Madrid, a donde llegó a ser subteniente de la Guardia de Asalto, teniendo a su cargo la instalación y mantenimiento de las líneas de comunicaciones…
“Al concluir el conflicto, tuvo que entregarse al enemigo y fue encerrado, junto a sus compañeros, en la plaza de toros de Las Ventas, desde donde escapó con un camarada, para caminar durante tres meses, sólo por la noche, hasta llegar a su pueblo de Córdoba. Fue detenido y llevado a un campo de confinamiento en Cádiz. Salió de allí, cerca de un año más tarde, ayudado por un primo que trabajaba en la cocina, por ‘buena conducta’… Debió cumplir tres años de ‘servicio militar’ en el ejército franquista, y luego casó con Mercedes Cuenca, mi madre… Pero su existencia y la de su familia se desenvolvían en el filo de la navaja, con el peligroso anatema de haber sido activo republicano… Bueno, en 1959 se marchó a Alemania Federal, donde se precisaba de mano de obra calificada. Tres años después, mi madre, mis cinco hermanos y yo pudimos reunirnos con él en la ciudad de Essen… Lo demás lo sabes, Moure, mis treinta años en Alemania y esta ‘militancia republicana’ que sólo me abandonará el día de mi muerte”.
Hacemos una pausa para brindar, con la breve arenga de otro amigo, Jorge Zúñiga, sefardita y chileno: ¡Ni altar ni trono! ¡Viva la Tercera República! Algo que debiera cumplirse, como los sueños labrados sobre la dura tierra, algún día…

También se cumplirán ocho décadas, el 19 de agosto de 2016, del asesinato del poeta Federico García Lorca, una de las víctimas paradigmáticas del franquismo, por su condición de artista y de homosexual, porque los corporativistas hispanos, en su versión católica del fascismo italiano y del nazismo alemán, también fueron homofóbicos y racistas, aunque emplearan sin escrúpulos tropas moras para combatir a los republicanos.
Hace ochenta años nació en Madrid el conocido escritor chileno, Poli Délano, mientras su padre, escritor y diplomático, Luis Enrique Délano, estudiaba Letras e Historia del Arte, en la Universidad de Madrid. Pablo Neruda vivía entonces en el barrio de Argüelles, ejerciendo como cónsul chileno en la capital española, donde iba a compartir enriquecedoras experiencias con Federico García Lorca, con Rafael Alberti, con Miguel Hernández y otras grandes figuras intelectuales del mundo hispanoamericano, reunidas en torno a la preclara Generación del 27.
Así cantó el vate su conmoción ante la tragedia que vio cernirse sobre la patria de Cervantes:


MADRID (1936)


MADRID sola y solemne, julio te sorprendió con tu alegría
de panal pobre: clara era tu calle,
claro era tu sueño.
Un hipo negro
de generales, una ola
de sotanas rabiosas
rompió entre tus rodillas
sus cenagales aguas, sus ríos de gargajo.
Con los ojos heridos todavía de sueño,
con escopeta y piedras, Madrid, recién herida,
te defendiste. Corrías
por las calles
dejando estelas de tu santa sangre,
reuniendo y llamando con una voz de océano,
con un rostro cambiado para siempre
por la luz de la sangre, como una vengadora
montaña, como una silbante
estrella de cuchillos.
Cuando en los tenebrosos cuarteles, cuando en las sacristías
de la traición entró tu espada ardiendo,
no hubo sino silencio de amanecer, no hubo
sino tu paso de banderas,
y una honorable gota de sangre en tu sonrisa.


En 1939, en las postrimerías de la guerra, el 22 de febrero, muere en Collioure, Francia, Antonio Machado, mirando hacia la patria envuelta en llamas y humo negro, panorama brutal que le hace volver los ojos hacia el pozo sereno de los recuerdos: -“Estos días azules y este sol de la infancia”, su postrer verso... El poeta catalán de la canción, Joan Manuel Serrat, canta con dulce melancolía aquellos instantes crepusculares del sevillano.
En marzo de 1942, muere el joven poeta, Miguel Hernández, en la prisión de Alicante. Le recuerda así Vicente Aleixandre:

No lo sé. Fue sin música.
Tus grandes ojos azules
abiertos se quedaron bajo el vacío ignorante,
cielo de losa oscura,
masa total que lenta desciende y te aboveda,
cuerpo tú solo, inmenso,
único hoy en la Tierra,
que contigo apretado por los soles escapa.


Preguntarás, amigo lector: ¿Por qué los poetas, por qué la poesía para recordar lo que aún nos duele, lo que el tiempo no ha sido capaz de restañar?


Porque la palabra poética pervive sobre la ceniza del olvido; porque de ella siempre manará el agua clara de la esperanza: -“Desde la muerte, renacemos…”, como cantó Neruda, como seguiremos cantando sobre las ruinas de todas las guerras.

Que así sea.



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Edmundo Moure

18 de julio de 2016
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 17-07-2016 15:45
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Recordardo a GarciA Lorca
FEDERICO GARCÍA LORCA, EL DUENDE ANDALUZ

En el grato espacio del refugio López Velarde, Casa del Escritor, rendimos homenaje a Federico García Lorca y a su duende poético, sobre la base de aquella notable conferencia que pronunciara en Buenos Aires, en el año 1933, acompañado de poetas, escritores e intelectuales de una generación privilegiada. Allí estuvieron entonces Rafael Aberti, Silvina y Victoria Ocampo, Delia del Carril, Pablo Neruda y Raúl González Tuñón, entre otras figuras de Iberoamérica y de España. “Juego y Teoría del Duende” fue también presentada por el poeta granadino, ese mismo año, en La Habana.

Y aquí, en uno de los rincones de este “Último Reino” del austro, donde pugnamos por remozar y extender la palabra creadora de poetas y escritores, tomamos como leitmotiv de la animada tertulia del pasado viernes 20 de mayo, aquella conferencia cuyos presupuestos siguen vigentes, como una arte poética que atraviesa ya ocho décadas y que une, acercando mundos, como dice nuestro amigo Antonio Chaves Cuiñas, inquieto gestor cultural, pintor eximio y poeta, quien ha dedicado dieciocho meses a la investigación literaria en Chile y al rescate de memorias preteridas en este extraño y olvidadizo país; tal ha sido su aporte respecto de la obra de Pablo de Rokha, con hallazgos e interpretaciones que no terminan de sorprendernos.

La conferencia-coloquio estuvo articulada en dos de las variadas vertientes de la creación estética de García Lorca: primero, el “duende” y su espíritu universal; luego, ese genial poemario que compusiera en Santiago de Compostela, en el año 1932, imbuido de la figura y de la obra de Rosalía de Castro; nos referimos a los Seis Poemas Gallegos, que escribe en la lengua vernácula, quizá secundado por sus entrañables amigos, los escritores gallegos Ernesto Guerra da Cal y Eduardo Blanco Amor. Este último conservará aquellos manuscritos, con las tachas y correcciones manuscritas del genio andaluz, documento que hoy se guarda en uno de los museos de Galicia.

Procuramos hacer vibrar, aquella noche, las palabras de Federico, recordando que el próximo día 6 de junio es el aniversario ciento dieciocho de su nacimiento en Granada, y que el 19 de agosto se cumplen ocho décadas de su vil asesinato en Viznar, crimen del que nos sigue hablando, con acento desgarrado, el poema de otro andaluz universal, Antonio Machado:

Se le vio, caminando entre fusiles,
por una calle larga,
salir al campo frío,
aún con estrellas de la madrugada.
Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.
El pelotón de verdugos
no osó mirarle la cara.
Todos cerraron los ojos;
rezaron: ¡ni Dios te salva!

En esta conferencia suya, quizá como negra premonición, surgen sus consideraciones sobre el sentido de la muerte en España:

En todos los países la muerte es un fin. Llega y se corren las cortinas. En España, no. En España se levantan. Muchas gentes viven allí entre muros hasta el día en que mueren y los sacan al sol. Un muerto en España está más vivo como muerto que en ningún otro sitio del mundo: hiere su perfil como el filo de una navaja barbera…

Y si nos sigue hiriendo su prematura e injusta muerte, sentimos a Federico vivo en sus versos y palabras inmortales, en ese duende suyo que extrajo de las raíces gitanas de su tierra y supo transformarlo en pulso que late aún en todas las latitudes. Escuchémosle:

En toda Andalucía, roca de Jaén y caracola de Cádiz, la gente habla constantemente del duende y lo descubre en cuanto sale, con instinto eficaz. El maravilloso cantaor, El Lebrijano, creador de la Debla, decía: “Los días que yo canto con duende no hay quien pueda conmigo”; la vieja bailarina gitana, La Malena, exclamó un día, oyendo tocar a Brailowsky un fragmento de bach: “¡Olé! ¡Eso tiene duende!, y estuvo aburrida con Gluck y con Brahms y con Darius Milhaud. Y Manuel Torres, el hombre de mayor cultura en la sangre que he conocido, dijo, escuchando al propio Falla su Nocturno del Generalife, esta espléndida frase: “Todo lo que tiene sonidos negros, tiene duende”. Y no hay verdad más grande.

Con esa verdad a cuestas había llegado Federico a Galicia, en la lluviosa primavera de 1932, para disfrutar de ese duende lleno de lluvia y colores de musgo que descubre en Santiago de Compostela, en sus milenarias rúas misteriosas, donde parece escuchar, desde las piedras humedecidas, la voz de la gran poeta Rosalía de Castro, a quien dedica uno de sus seis poemas gallegos…

Y no resistimos la tentación de recitarlo, en ese ambiente de la SECH que de pronto parecía el de las viejas tascas de Campus Stellae, con sus mesas puestas en U para avivar el coloquio del vino y las palabras en un espacio fraternal:


Canzón de cuna pra Rosalía Castro, morta
Canción de cuna para Rosalía de Castro, muerta


¡Érguete, miña amiga,
¡Levántate, amiga mía

que xa cantan os galos do día!
que ya cantan los gallos del día!

¡Érguete, miña amada,
¡Levántate, amiga mía,

porque o vento muxe, coma unha vaca!
porque el viento muge como una vaca!


Os arados van e vén
Los arados van y vienen

dende Santiago a Belén.
desde Santiago a Belén.


Dende Belén a Santiago
Desde Belén a Santiago

un anxo ven en un barco.
un ángel viene en un barco.


Un barco de prata fina
Un barco de plata fina

que trai a door de Galicia.
que trae el dolor de Galicia.


Galicia deitada e queda
Galicia yaciente y callada

transida de tristes herbas.
transida de tristes hierbas.


Herbas que cobren teu leito
Hierbas que cubren tu lecho

e a negra fonte dos teus cabelos.
y la negra fuente de tus cabellos

Cabelos que van ao mar
Cabellos que van al mar

onde as nubens teñen seu nidio pombal.
donde tienen las nubes su nido y palomar.


¡Érguete, miña amiga,
¡Levántate, amiga mía,

que xa cantan os galos do día!
que ya cantan los gallos del día!

¡Érguete, miña amada,
¡Levántate, amiga mía,

porque o vento muxe, coma unha vaca!
porque el viento muge como una vaca!

Alfonso Castelao diría de estos poemas: “O noso idioma ten tal fermosura, que un poeta andaluz como García Lorca –o poeta mártir-, non foi quen de resistir o seu engado e compuxo poemas en galego”. (Nuestro idioma tiene tal belleza, que un poeta andaluz como García Lorca –el poeta mártir-, no fue capaz de resistir su hechizo y compuso poemas en lengua gallega). Otro escritor y exegeta suyo, César Antonio Molina, calificaba estos poemas, en uno de sus estudios interpretativos, como “milagro.
¿Milagro? No; hallazgo de amor, sí, desde las entrañas de ese andaluz universal, pródigo y multifacético que fue, que sigue siendo, Federico García Lorca, hijo predilecto de Granada y de España.



Edmundo Moure
Mayo 22, 2016
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 23-05-2016 10:59
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JUICIOS CRÍTICOS ( Edmundo Moure opina sobre a sua obra)
JUICIOS CRÍTICOS


Cada hombre lleva en sí un mundo compuesto por todo aquello que ha visto y amado, adonde continuamente regresa, aun cuando recorra y parezca habitar un mundo extraño.
René de Chateaubriand


En 1950 ingresé al primer año de Humanidades, en el Liceo Manuel de Salas (7° Básico, hoy). Tenía nueve años, era el más chico en edad y porte. La profesora de “Castellano”(me gusta este sustantivo más que “Lenguaje”), una vieja gorda y mal encarada (tal vez cuarentona), nos encomendó la primera tarea: escribir en casa una composición, en dos hojas de cuaderno, sobre el tema “Vacaciones”. Escribí mi texto, ese fin de semana, y lo entregué el lunes. El miércoles, la maestra leyó las calificaciones, cuya relación acostumbraba a informar desde la nota más alta, e iba descendiendo en los guarismos, hasta llegar a los desafortunados… Con estupor, advertí que no decía mi nombre; fui el último en ser mencionado: -Edmundo Moure, tiene un uno... Casi me caí del asiento. Imposible, yo había hecho mi tarea con empeño y convencimiento. Cuando sonó la campana del recreo, me acerqué a la gorda, con cara interrogativa y suplicante… -Mire jovencito, acepto cualquier cosa menos la deshonestidad… -No le entiendo señorita… -Seamos claros, esta composición se la escribió algún adulto, su papá o su mamá, ¿cierto? –No –le respondí en un susurro. –La escribí yo solo. –No le creo, el lenguaje empleado no corresponde a un niño. Respiré hondo, saqué fuerzas de flaqueza, y le rogué: -Señorita, por favor, deme otro tema y yo se lo escribo aquí mismo... Me escrutó, sorprendida. –Bueno, tome esta hoja y escríbame algo sobre la primavera.
Lo hice, en no más de quince minutos, y le alargué la hoja. Mientras leía mi nueva creación, observé que la gorda maestra fruncía el entrecejo. Sonrió levemente, diciéndome: -Tiene usted talento lingüístico, debieracultivarlo si quiere llegar lejos…Suspiré, exitoso. Mi nota final se había empinado a un seis coma cinco.
Dos años después de este primer juicio crítico, organizaron en el colegio un concurso de cuentos, en dos niveles: primero y segundo ciclo de humanidades. Participé con mi relato “El capitán indómito”. Era la historia de un comandante de barco de origen irlandés, de apellido Mac Muty, y transcurría en el Mar de los Sargazos (no me acuerdo hoy de la trama, pero se desencadenaban terribles acontecimientos)…

Bueno, obtuve el primer premio, y eso me dio alas para soñar que alguna vez sería un escritor célebre y, por supuesto, adinerado, quizá propietario de un velero que atravesara los mares procelosos hasta el Cabo de Hornos… Los libros de Emilio Salgari me habían transformado en navegante cabal, e intenté construir pequeñas embarcaciones de madera, pero mis manos carecían (y carecen) de toda habilidad artesanal. Mi compañero de banco, el alemán Meyer, que construía maravillosos galeones en miniatura, con palos de fósforos y madera de balsa, criticó mis dedos, comparándolos con los de un campesino bruto: -Quizá podrías probar inscribiéndote en el curso gratuito de jardinería… Y rio de buena gana, con su risa teutona y salivosa.
Nueve años más tarde, a los dieciocho, pergeñé un puñado de poemas inspirados en las atrocidades del imperialismo yanqui en la guerra de Vietnam. Un día, tuve el coraje de entregárselos a mi padre, para que los leyera y me aportara su juicio crítico de lector contumaz. Pasaron dos o tres semanas, sin que me dijese nada. Lo abordé, preguntándole qué le habían parecido aquellos textos –para mí- de indudable interés literario. Me miró de soslayo, alargándome la carpeta que los contenía, mientras me preguntaba, con acento sardónico: -¿Has leído a Quevedo? –No mucho, papá –le respondí, algunas cosas que nos pidieron en el colegio. –Bueno, ahí en la biblioteca del salón están las obras completas. Y se volvió, ofreciéndome su espalda como telón que hubiese caído en rotundo veredicto.
Pasaron veinte años de intensas y constantes lecturas. Es posible que durante ese tiempo haya yo escrito algunas páginas que jamás di a conocer, que extravié en la prolífica biblioteca del olvido, donde yacen quizá las mejores obras de la literatura universal. En 1979 publiqué, merced al sistema de autoedición, mi primer poemario, Ciudad Crepuscular, mediante venta de suscripciones entre mis compañeros de la empresa alemana en la que trabajaba. Presenté a aquel hijo de mis palabras en el Instituto Chileno-Hispánico de Cultura, con el respaldo y apoyo intelectual de mi buen amigo, el poeta Raúl Mellado Castro, ante nutrida concurrencia.
Dos semanas más tarde, en el suplemento literario de El Mercurio, Enrique Lafourcade comentaba el nuevo libro con escaso entusiasmo, en su estilo entre perdonavidas satisfecho y crítico arrogante. Pero ese juicio me afectó menos que el de Jorge Garrido, estafeta de la empresa germana, quien me pidióque le concediera unos minutos, porque debía manifestarme algo importante.
Entramos en uno de los bares que entonces abundaban en calle Teatinos. Jorge me miró a los ojos, diciéndome: -Estoy sentido con usted, porque no me consideró en las suscripciones de su libro… -Amigo –le respondí, no quise gravarte con un gasto semejante. –Esa no es una buena razón –retrucó… Además, yo compré el libro en la presentación y le voy a decir, en su cara, que es regularcito… De los dieciocho poemas, hay tres que se salvan; el resto es prescindible, sin mayores luces poéticas. Yo que usted, lo pensaría antes de publicar otro libro de poemas.

A estas alturas de mi vida, con veintiún libros publicados –dieciséis en Chile y cinco en España- y más de un millar de crónicas aparecidas en diarios y revistas literarias, a lo que cabe agregar cuatro obras inéditas, el juicio categórico del estafeta Garrido me parece acertadísimo. De aquel libro, rescataría yo dos poemas; el resto no merece estar impreso.
Puesto ahora a ordenar mis escritos, pensando en la posteridad, incorporé todo, incluyendo los libros, en formato PDF, en una carpeta virtual, con el título “Mi Herencia”, con copia de seguridad en pendrive, por lo que pudiera suceder. Este notable patrimonio pertenece desde ya a mis hijos. Ellos, o mis nietos o biznietos sabrán hacer algo productivo con el trascendental legado…
Puede que algún joven crítico, sagaz y conocedor, de aquellos que reciben las becas Guggenheim u otras prebendas académicas por el estilo, y se van a estudiar al vilipendiado imperio del norte, descubra el valor de una obra como la mía, merecedora sin duda del más alto encomio…
El grillo que guardo en el armario, apostilla:
-¿Y de qué te va a servir el prestigio póstumo?
-Después de todo –le respondo-, puede que el Paraíso sea la biblioteca infinita que soñaba Borges. Aunque también cabe que ella fuese el mismísimo Infierno…
-Eso, ni los críticos lo saben con certeza, -sentencia el grillo, mientras canta en su rincón, como si se mofara.

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Edmundo Moure
Marzo de 2016
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 01-04-2016 00:23
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EL PASTOR DE ORIHUELA (Recordando a Miguel Hernández)

EL PASTOR DE ORIHUELA


En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.

Se acaban de conmemorar los 74 años de la muerte física del gran poeta Miguel Hernández Gilabert , quien nació enOrihuela, Alicante, hoy Autonomía de Valencia, el 30 de octubre de 1910, y falleció el 28 de marzo de 1942, en la cárcel de Alicante; debiéramos decir, en una de las perores mazmorras del franquismo, víctima del odio cerril y de la tuberculosis…Dámaso Alonso lo distingue como “genial epígono” de la generación del 27. Pablo Neruda, que le apoyara generosamente en sus inicios, escribe del Pastor de Orihuela:

Recordar a Miguel Hernández, que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela, cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra. No tenía Miguel la luz cenital del Sur como los poetas rectilíneos de Andalucía sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la sangre, trazó su poesía duradera. ¡Y éste fue el hombre que aquel momento de España desterró a la sombra! ¡Nos toca ahora y siempre sacarlo de su cárcel mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio, enseñarlo como ejemplo de corazón purísimo! ¡Darle la luz! ¡Dársela a golpes de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen, arcángel de una gloria terrestre que cayó en la noche armado con la espada de la luz!

En mi propio “exilio financiero” en Buenos Aires, entre septiembre de 1989 y diciembre de 1990, conocí al poeta y escritor paraguayo, Elvio Romero, nacido en el pueblo de Yegros, en el interior campesino del Paraguay, en 1926. A fines de la década de los 90, él era director de una editorial bonaerense… Me lo presentó el poeta Aristóteles España, en cuya casa de Lavalle encontré providencial refugio y cálido hogar.
Quizá por semejanza de origen y hermanamiento de sensibilidades estéticas, Elvio Romero era entusiasta admirador y conspicuo estudioso de la poesía de Miguel Hernández. En nuestra segunda reunión, en el café Tortoni, me obsequió su exquisita biografía, Miguel Hernández, Destino y Poesía, que leí con especial regocijo.
El ejemplar, que conservo, es de la primera edición de 1959, con la correspondiente dedicatoria de Elvio, fechada el 30 de noviembre de 1989, en la capital del Plata. Desde el inicio de la lectura se puede apreciar el cariño del autor por el notable poeta-personaje, cuya vida va detallando con amorosa dedicación y certero conocimiento.Nos narra su difícil infancia, la negativa de su padre para que continuara sus estudios, forzándolo a hacerse pastor de ovejas; un hecho común entre los siervos de la tierra, atados a la inmutable rueda de una existencia de expoliación y miseria, en la que los padres solo esperan un relevo o una ayuda material de los hijos, para aliviar la carga insoportable del trabajo rudo, de sol a sol, sin otro descanso que la noche que les abraza en cotidiano y mezquino alivio.El padre suele golpearle de manera brutal, y es posible que allí tengan su origen las atroces cefaleas que sufría el poeta. No obstante, se las arregla para leer en las pausas de su trabajo pastoril, con la devoción de quien se entrega con cuerpo y alma al “vicio impune”.

Un carnívoro cuchillo
de ala dulce y homicida
sostiene un vuelo y un brillo
alrededor de mi vida.
Rayo de metal crispado
fulgentemente caído,
picotea mi costado
y hace en él un triste nido.
Mi sien, florido balcón
de mis edades tempranas,
negra está, y mi corazón,
y mi corazón con canas.


Con veinticuatro años (1934), Miguel deja Orihuela y viaja a Madrid. Sus expectativas son desmesuradas, imagina que será recibido como un poeta consagrado, pero la desilusión no se hará esperar. Salvo el poeta Vicente Aleixandre (Premio Nobel 1977) y el vate chileno Pablo Neruda (Premio Nobel 1971), que le acogen con generosidad y beneplácito, el resto de poetas y escritores, ya célebres, le dispensan la frialdad habitual de ese tipo de cenáculos, donde suelen primar la envidia y la desconfianza. Sus desacuerdos con Federico García Lorca se harían patentes, dejando entrever la distancia generacional que les separaba (Lorca era doce años mayor), y hondas diferencias en la concepción estética y en el compromiso político de la escritura. No obstante, Hernández funda con Aleixandre, quien le acoge en su casa como a un hermano, la revista Caballo Verde para la Poesía.

Quien influirá, ideológica y estéticamente en su poesía, va a ser Pablo Neruda. Las revolucionarias ideas, sociales y estéticas, del vate chileno, impresionarán al joven poeta campesino, alejándolo de su primera intencionalidad católica. Este proceso le llevaría a tomar partido definitivo por la República, transformándose en un rapsoda combatiente, que alternará el fusil con las octavillas poéticas y las arengas libertarias en medio del fragor de las trincheras. Asimismo, colaborará con entusiasmo en las Misiones Pedagógicas, iniciativa inspirada en el gran maestro laico de la República, Giner de los Ríos, con el propósito de instruir al pueblo y acercar la cultura a los sectores más desfavorecidos de la desigual sociedad española.

En medio del fragor de la lucha, se casa con Josefina Manresa, con la que tendrá dos hijos, el primero de los cuales muere en 1938; el segundo, que le sobrevivirá, nace en 1939, a quien dedica desde la cárcel las celebradas Nanas de la Cebolla. Durante la contienda fratricida, publica una serie de poemas en las revistas El Mono Azul, Hora de España y Nueva Cultura, y ofreció numerosos recitales en el frente de combate.

En cuanto a la amistad, esa otra forma del amor, Miguel Hernández la conocerá tempranamente con Ramón Sijé (José Ramón Gutiérrez), tres años menor que él, de familia acomodada y estudios académicos. Ramón supo apreciar el talento de Miguel y lo apoyó con atinados consejos, con el complemento de buenas lecturas y aun mediante contribuciones económicas. Su prematura muerte, producto de una septicemia aguda, ocurrida en diciembre de 1935, constituyó un durísimo golpe para Miguel Hernández, magistralmente volcado en su estremecedora Elegía:

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.


El 1 de abril de 1939, Francisco Franco declara finalizada la guerra. Pero la muerte había desbocado sus corceles y la paz oficial hizo de España un gigantesco muro de ejecuciones sumarias. Miguel Hernández trató de cruzar la frontera portuguesa, sin éxito. Estuvo prisionero en Huelva y Sevilla, y luego en la cárcel de Torrijos, en Madrid. Fue liberado sorpresivamente, y desoyendo los consejos de quienes le recomendaban el exilio en Sudamérica, retornó a Orihuela, donde fue detenido y trasladado a Madrid, para ser condenado a muerte. La ejecución no se cumplió, y el poeta fallece a los treinta y dos años de edad, abatido por la enfermedad y laimplacable inquina de los conjurados… Se cuenta que no pudieron cerrar sus grandes ojos de “niño yuntero”. Quizá sea su más certera metáfora para el que supo ver y descubrir y desvelar aquello que otros no vieran…
Vuelvo a Elvio, el poeta paraguayo, el amigo que me tendió una mano en los días amargos de Buenos Aires, como lo hicieran también Poli Délano y Carlos Fernández… Elvio Romero me contó de su vida de militante como comunero, cuando antes de cumplir los 21 años debió abandonar esa “profunda tierra” que amaba como a una madre. Buenos Aires se transformó en su hogar definitivo y en una virtual universidad, como lo ha sido para muchos inmigrantes. Pero su patria era parte de una honda saudade que está presente en toda su obra y, sobre todo, en su vibrante poesía, de inequívoco acento guaraní.

Y en el fraternal paralelo que establezco entre poetas de raigambre campesina –y recuerdo también a Efraín Barquero-, les abrazo a ambos, como hermanos de España y de la América morena, unidos en esta “castellana lengua” que heredamos de los “conquistadores torvos”, según escribiera Pablo Neruda, jinetes iracundos que nos dejaron las perdurables“piedrecitas luminosas” del idioma, con las que seguiremos construyendo el edificio infinito y asombroso de las palabras.


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Edmundo Moure
Marzo 2016
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 31-03-2016 00:08
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MIEDO AL OLVIDO ( Alzheimer)
EL MIEDO AL OLVIDO


Mnemósine


La memoria es bagaje y herramienta fundamental del escritor. También es atributo cotidiano para sobrevivir. Al parecer, entre los seres vivos, el único que la posee, como rememoración reflexiva y de alcance remoto, es el ser humano, aunque algunos creen que otras especies cuentan con un registro memorioso significativo, lo que les permite afrontar los riesgos y apremios de la existencia. Hay quienes hablan de la memoria del elefante o de la nostalgia del salmón, que en la vejez remonta el río para morir en la fuente donde nació. Esto último es incierto y metafórico, pero no podemos desestimarlo.
A medida que avanzamos en el tiempo y nos volvemos viejospercibimos el progresivo deterioro de la capacidad nemotécnica. De pronto, se nos escapa el significado de una palabra otrora conocida o se nos difumina un nombre… -¿Cómo se llama el protagonista de la película El Náufrago? Te lo preguntas y no das con él; ha caído un velo sobre aquellas sílabas breves… Pero, según consejo al uso, no fuerzas la búsqueda, te distraes de la interrogación y de súbito surge el nombre perdido: Tom Hanks… Respiras con alivio, como si hubieses aventado para siempre la amenaza del olvido. (Hasta la próxima, claro).
El nombre fatídico viene hoy en una palabra alemana, Alzheimer. Antes, se hablaba de arterioesclerosis, demencia senil y, en lenguaje criollo chileno, de “clorinda”. Así, cuando alguien presentaba los temibles síntomas de irse extraviando en una nebulosa, se decía: -“Está con la Clorinda”, en desmedro de las féminas sujetosde ese nombre propio. Humor equívoco para eludir el temor de su riesgo inminente.
Un rasgo de esta temible senilidad encaminada al extravío, es un reborde blanquecino que se va extendiendo en la base de la pupila, primero como una línea apenas perceptible, para luego ir engrosándose paulatinamente. No hace mucho, me topé con un ex camarada del colegio Don Bosco, en un café céntrico. Respondió a mi saludo con gesto desorientado; no me recordaba, pese a que compartimos algunos sucesos significativos en los últimos años de las humanidades. Me percaté de esa marca rotunda en sus ojos y de su consiguiente dificultad para hilar los recuerdos desde un territorio donde comenzaban ya a prevalecer las sombras.
Suelo observarme en el espejo, buscando el atisbo de esa línea, como si yo fuera un viejo marino que intuye el ingreso al terrible mar de los sargazos, donde los vientos del este y el oeste de detienen para establecer un espacio de aviesa quietud en la que las naves a vela permanecen inmóviles, en una especie de reino de la nada, es decir, en total desconexión con el mundo de la actividad y el afán humanos…
Aún no he notado algo anómalo en mis pupilas –caro lector- y quiera el dios de la memoria de nunca llegue a percibirlo. Y aunque Mnemósine no es una diosa, sino una titánide, hija de Gea y Urano, se la creía poseedora de propiedades divinas, al menos como intercesora ante Zeus, por lo que incluyo su retrato al comienzo de esta crónica, estimando que podemos clamar a ella para que posponga nuestro cruce inevitable del río Leteo, que los romanos ubicaban en la antigua Galaequia, antes de ingresar a la peligrosa comarca de los celtas.Aunque Caio Junio Bruto, que comandaba aquellas tropas, en el año 285 A.C., atravesó el cauce funesto y desde la ribera opuesta llamó a sus soldados, uno a uno, por los nombres, dándoles a entender que su memoria estaba intacta. Quizá desde entonces venga la creencia en la proverbial facultad memoriosa de los gallegos, descendientes –suponemos- de los aguerridos celtíberos.
Hace seis o siete años –no lo recuerdo con precisión- el escritor chileno, Enrique Lafourcade, sufrió los primeros estragos del Alzheimer. Hoy se encuentra recluido en un asilo privado, al parecer desprovisto por completo de recuerdos, sin saber siquiera de su propia identidad, en el atroz abandono del olvido. Su caso nos impresiona, quizá por lo que ello significa para quien desarrolló su largo oficio sobre la base de una poderosa memoria; alguien que ejercitó esta preciada facultad sin pausa y con destellos lúcidos y creativos, como un gran cronista, aun cuando su anhelo fuera llegar a ser un excelso novelista, integrante del llamado boom latinoamericano, cenáculo exitoso al que ningún escritor chileno pudo acceder, tal vez por las endémicas limitaciones de nuestra “narrativa nacional”; ni siquiera José Donoso ha sido considerado entre esos pares, posibles inventores –lo que es asaz dudoso- del “realismo mágico”, pródigo en discípulos garciamarquianos, con menor o mayor triunfo de ventas…
Al parecer, hubo escritores que advirtieron con antelación la llegada del “terrible alemán”, y evitaron sus devastaciones, poniendo fin a su vida con un pistoletazo. Puede que haya sido el caso de nuestro compatriota Joaquín Edwards Bello, y del húngaro SandorMárai. No existe la certeza de ello, pero lo podemos presumir, quizá desde el propio miedo que sentimos al mirarnos en el espejo de la decrepitud.
Hace unos días tuve otra experiencia con un amigo de mi generación, poeta de cierto renombre. Me comentó que estaba perdiendo la memoria, que se olvidaba de los patronímicos de personas conocidas, e incluso célebres; que perdía cada semana un par de anteojos; que dejaba libros olvidados en bancos de la plaza o en el autobús… -Estoy tomando vitaminas y reconstituyentes –me dijo, con un gesto desolado, -pero maldito el provecho que obtengo de eso… Mi mujer me compró una libreta, donde anoto las cosas que debo hacer cada día… hasta que olvide para qué sirve…
Traté de consolarlo, invitándole a una cerveza, luego de advertir bajo su pupila el inexorable trazo blanquecino. Después de tres o cuatro botellas, fuimos a desaguar. Frente al espejo, con las manos puestas en la faena fisiológica, mi amigo preguntó: -¿Quién es ese huevón que nos mira? No había nadie más que nosotros en los urinarios… -¿Cúal? –le dije. –Ése –me respondió, señalando con un gesto del labio inferior mi rostro en el espejo, y agregando, después de una breve risa nerviosa: -No me acuerdo cómo se llama ese boludo…
Al sentarnos, me miró con fijeza, diciéndome: -Tú eres fulano de tal, ¿o me equivoco?
Había dicho otro nombre. No le corregí. Quizá se trataba de una broma negra. En la primera librería compré una agenda roja… Tal vez sea hora de comenzar con las anotaciones.


Edmundo Moure
Marzo 2016
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 29-03-2016 22:38
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Sobre RAMÓN LOUREIRO
DIARIOS DE LA ÚLTIMA BRETAÑA



“En mí todo es pasado. Habito el fermento
de los recuerdos, el ansia de la niebla y esa
letargia, a veces dulce, de la saudade”
Ramón Loureiro


Mi gentil amiga de Sada, Regina Basadre, me ha traído desde Galicia un regalo singular, el libro de Ramón Loureiro, recién publicado por Eurisaces Editora, Diarios, con certero prólogo de César Antonio Molina.

A través del fantasioso éter cibernético, me había yo enterado de este libro y de su presentación allá, en la “Última Bretaña”, como llama Loureiro al mundo y trasmundo del finisterre gallego, al comenzar el 2016, en que él cumple medio siglo y yo acabo de enterar los tres cuartos… Pero yo le conocía hace una década, a través de hondas palabras literarias que me ayudaron a culminar mis “Memorias Transeúntes” o “Libro de los Anhelos”.

Hará diez años, adquirí en Follas Novas, la librería gallega que visito en cada viaje a la Terra Nai, un ejemplar de El Corazón Portugués, hermosa novela de este Ramón que enriquece la estirpe creativa de otros ilustres Ramones de la Península Ibérica, esa ancha patria que hemos adoptado con la mitad del corazón, porque la otra, enraizada en las vastedades telúricas del Último Reino, es sudamericana, como este confín austral que se adelgaza, cual flecha ciclópea, para acabar en la confluencia portentosa de los dos océanos, Atlántico y Pacífico, en el cono geográfico donde estallan las aguas y concluye la bitácora de todas las aventuras.

Ramón Loureiro nos entrega una entrañable escritura, sustentada en un pasado vivo, cuyos ecos él rescata con sabiduría y propiedad, haciéndolos suyos para que convivan con el arduo presente que nos toca padecer, adentrados ya tres lustros en el siglo XXI. La fina sensibilidad del poeta que sin duda es, le lleva a lamentarse por su coexistencia en un mundo que le resulta ajeno en muchos aspectos y situaciones. Este sentirse fuera de época es propio de espíritus que asientan sus raíces en la tierra nutricia de la tradición histórica y cultural, donde convivieran, durante milenios, los pueblos, etnias y estirpes que nos hicieron posibles, cuya arcilla vital nos conforma, querámoslo o no, para ser como somos.

En un tiempo en que todo parece transarse en el atroz mercado de lo superficial, cuando el aquí y ahora nos absorben con enloquecido apremio, forzados a poseer cosas insustanciales, alejándonos del auténtico ser, Ramón Loureiro recoge y reparte entre nosotros, en un rito que se vuelve eucaristía de las palabras, sus recuerdos, vivencias, anhelos y fantasías que apenas parecen tocar la pedestre realidad cotidiana.

Más que escribir, en sentido lato, Ramón habla, dialoga y conversa con “ese que siempre va conmigo”, al decir de Antonio Machado, interlocutor que se multiplica en un nosotros del que formo –dichoso yo- parte despierta e interesada. Y es que me ocurre con este notable libro, llamado sucintamente Diarios, lo que sucede en contadísimas ocasiones: soy leído por sus páginas, a medida que camino por su constante remembranza, cuando entro en la Cocina Vieja de la Casa del Horno de Pedre y me asaltan los viejos aromas que hace treinta años percibiera, por primera vez, en la casa petrucial de A Touza, al descubrir que aquel hasta entonces inexplicable desasosiego, era la intuición inconsciente de esa Tierra que se me develaba como propia, más allá incluso de un sentido anímico y familiar de la morriña, asociadacomúnmente con sensaciones primarias de ancestrales tipologías migratorias… Sí, era la pertenencia más allá del tiempo y el espacio.

En la prosa diáfana y a veces desencantada de Ramón Loureiro, prevalece sin embargo un fino humor que nos hace sonreír en la levedad precisa de sus destellos. La retranca galaica deviene aquí en sutil ironía bergsoniana, y nos trae a la memoria la sentencia de Mark Twain: “El humor es la cosa más seria del mundo”. Ramón se ríe primero de sí mismo, con misericordia de cristiano viejo, o con ribetes existencialistas, para decirnos, sin ambages: “Listo no soy, eso es verdad. Soy tonto, y así me ha ido, cualquiera puede verlo”… Hago mío su aserto, como tantas cosas de este libro, porque la nuestra es época de astutos y de audaces, tan alejados de la auténtica inteligencia como un simio tecnificado de un sabio que reflexiona sobre las miserias de nuestro tiempo.

Quisiera citar para ti, amigo lector, textos y pasajes de estos Diarios, para compartir su disfrute, pero solo es posible hacerlo con un puñado de palabras como éstas:

“Por lo general, todas las puestas de sol son muy hermosas en los Límites Occidentales de la Última de Todas las Bretañas Posibles, que es donde a veces, a última hora de la tarde, mientras la noche se acerca, se escuchan las postreras campanadas del día, que despeinan a los ángeles de melena suelta y más larga al ser lanzadas al aire las torres de las iglesias que se alzan frente al Mar Mayor, donde el continente termina.”

Y de ese pretérito remoto, que para muchos es letra muerta o ceniza estéril, Ramón revive reflexiones poéticas e interpretativas que reconfortan el espíritu:

“No cabe duda de que hubo un tiempo, más o menos el del reinado de Felipe II, en el que, como cuenta Hugh Thomas, las novelas de caballerías cambiaron muchas vidas. Entre ellas, las vidas de quienes, leyendo las grandísimas hazañas y las maravillosas conquistas de los que protagonizaban esos libros, llegaron a la conclusión de que el Destino tiene menos poder del que se le atribuye y decidieron marchar al Nuevo Mundo”.

Hay nombres y también seres entrañables que nos pertenecen –a Ramón y a mí-, como Basilio Losada, a quien conocí en el año 2002, en Santiago de Compostela, cuando me obsequiara su precioso libro La Peregrina; como Gonzalo Torrente Ballester, cuya saga novelesca, Los Gozos y las Sombras, leyéramos en casa –mi padre, mi madre y nosotros, los ocho hermanos. Recuerdo la visita a su Fundación, conducido por mi amigo Xosé María Palmeiro, hará doce años.

Pero, sobre todo, su cercana comunión con Álvaro Cunqueiro, autor que tampoco me canso de leer, al que vuelvo con asiduidad cada vez que requiero de sus palabras luminosas, sean éstas en el gallego de mi infancia o en el rotundo castellano de la instrucción escolar.

César Antonio Molina define a Ramón Loureiro como un “creedor”, sí, un hombre de acendrada fe, no exento de esa angustia existencial que acomete también a descreídos o agnósticos como Fernando Pessoa (como yo mismo, si se me excusa la pretensión comparativa). Así, el oficio de este sillobrés se traduce en “escribir no para explicar, sino para entender”. Y más adelante, apunta el lúcido prologuista:

“Loureiro está en el Finisterre de Europa… y escribe como Ovidio redactó sus quejosas Cartas de Ponto: con palabras (aquellas en latín, éstas en gallego-castellano o viceversa) que son lágrimas. Lágrimas de dolor, pero no de renuncia, no de claudicación, sino de afirmación. Desde el extremo del mundo, desde el extremo de la vida, el diario de ambos se convierte en una patria, el exilio como una patria. La escritura como acontecimiento, la escritura como ley de esa patria nueva”.

Basilio Losada nos decía que él posee nueve patrias. Ramón Loureiro tendrá otras tantas, o quizá menos, tal vez la Última Bretaña sea la primera de ellas, aunque yo creo que la de Sillobre también lo será; como para mí lo es aquel pequeño villorrio, enclavado en los montes del sur de Lugo, de nombre enigmático, A Touza, donde pude haber nacido, quizá, por un prurito estético y amoroso del subjuntivo.

Y ya para terminar esta crónica, que pugna por extenderse, como los viajes de su mentor, aventurero de la fantasía, León Daniel María Bonaparte, personaje y alter ego en los magníficos Diarios, me declaro compatriota en plenitud y compañero de travesía, entre confines y finisterres, de Ramón Loureiro.

Así sea.

& & &

Edmundo Moure
Santiago de la Nueva Extremadura
Último Reino

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EL PRIMER MILAGRO, conto de nadal de Azorín
Este conto de nadal, é un agasallo do noso colaborador e bo amigo Edmundo Moure Rojas.


Este cuento apareció como historia del mes de diciembre en el Número Almanaque para 1927 de la revista «Blanco y Negro». Posteriormente fue incluido en la obra «Blanco en azul» (editada en Madrid en 1929 por Biblioteca nueva).





EL PRIMER MILAGRO,

por Azorín (José Martínez Ruiz)

La tarde va declinando; se filtran los postreros destellos de sol por el angosto ventanuco del sótano. Todo está en silencio. Las manos del anciano van removiendo, como si fuera una blanda masa, el montón de monedas de oro, relucientes, que está sobre la mesa. El anciano tiene una larga barba entrecana; los ojos aparecen hundidos. Los últimos fulgores del sol van desapareciendo; por el tragaluz ya sólo se escurre una débil y difusa claridad. Las monedas vuelven a la recia y sólida arca. El anciano cierra la puerta con un cerrojo, con dos, con una armella, con unas barras de hierro, y luego asciende, lento, por la angosta escalerita. Ya está en la casa. La casa se levanta en un extremo del pueblo; se halla rodeada de extenso vergel, y tiene, a un lado, una accesoria para labriegos y servidumbre. El anciano camina lentamente por la casa; su índice –el de la mano derecha- pasa y repta sobre la curvada nariz. Al pasar por un corredor ha visto el viejo una puerta abierta; esta puerta ha mandado él que esté siempre cerrada. Se detiene un momento el viejo; da una voz de pronto; le enardece la cólera; acude un criado; el viejo impropera al criado, se acerca a él, le grita en su propia cara. Tiembla el pobre servidor, y prorrumpe en palabras de excusa. Y el viejecito de la barba larga prosigue su camino. De pronto se detiene otra vez; ha visto sobre un mueble unas migajas de pan. La cosa es insólita. No puede creer el anciano lo que ven sus ojos. Llegarán, por este camino, a dispersar, destruir su hacienda. Han estado aquí, sin duda, comiendo pan -pan salido, indudablemente, de la despensa-, y han dejado caer unas migajas. Y ahora su cólera es terrible. La casa se hunde a gritos; la mujer del viejo, los hijos, los criados, todos, todos, le rodean suspensos, temblorosos, mohínos, tristes. Y el viejo prosigue con sus gritos, con sus denuestos, con sus improperios, con sus injurias.
La hora de cenar ha llegado. Antes ha conversado el anciano con los cachicanes que llegan todas las noches de las heredades cercanas. Todos han de darle cuenta- cuenta menudísima, detallada- de la jornada diaria. No puede acostarse ningún día el viejo sin que sepa, concretamente, en qué se ha gastado el más pequeño dinero y qué es lo que han hecho, minuto por minuto, todos sus servidores. La relación de los labrantines se desliza entreverada por los gritos y denuestos del anciano. Y todos sienten ante él un profundo pavor.
El pastor se ha retrasado un poco esta noche. El pastor regresa de los prados próximos al pueblo, todas las noches, poco antes de sentarse a la mesa el anciano. El pastor apacienta una punta de cabras y un hatillo de carneros. Cuando llega, después de la jornada, por la noche, encierra su ganado en una corraliza del huerto y se presenta al amo para dar cuenta de la jornada del día. El anciano, un poco impaciente, se ha sentado a la mesa. Le intriga la tardanza del pastor. La cosa es verdaderamente extraña. A un criado que tarda en traerle una vianda -retraso de un minuto-, el anciano le grita desaforadamente. El criado se desconcierta; un plato cae al suelo; la mujer y los hijos del viejo se muestran despavoridos; sin duda, ante esta catástrofe –la caída de un plato-, la casa se va a venir abajo con el vociferar colérico, iracundo, tempestuoso, del viejo. Y, en efecto, media hora dura la terrible cólera del anciano. El pastor aparece en la puerta; trae cara de quien va a ser ajusticiado; en mal momento va a dar cuenta de su misión del día.
-¿Ocurre alguna novedad?- pregunta el viejo al pastor
El pastor tarda un instante en responder; con el sombrero en la mano, mira absorto, indeciso, al señor.
-Ocurrir, como ocurrir- dice al cabo-, no ocurre nada…
-Cuando tú hablas de eso modo es que ha ocurrido algo…
-Ocurrir, como ocurrir… -repite el pastor dando vueltas entre las manos al sombrero.
-¡Sois unos idiotas, mentecatos, estúpidos! ¿No sabéis hablar? ¿No tienes lengua? Habla, habla…
Y el pastor, trémulo, habla. No ocurre novedad, no ha sucedido nada durante el día. Los carneros y las cabras han pastado, como siempre, en los prados de los alrededores. Los carneros y las cabras siguen perfectamente; han pastado bien; si, han pastado como todos los días… El viejo se impacienta.
-¡Pero, idiota, acabarás de hablar! – grita colérico.
Y el pastor dice, repite, torna a repetir que no ha ocurrido nada. No ha ocurrido nada; pero en el establo que se halla a la salida del pueblo, junto a la era -establo y era propiedad del señor-, ha visto, cuando regresaba el pastor a casa, una cosa que no había visto antes. Ha visto que dentro del establo había gente.
El viejo, al escuchar esas palabras, da un salto. No puede contenerse; se levanta, se acerca al pastor y le grita:
-¿Gente en el establo? ¿El establo que está junto a la era? Pero…, pero ¿es que no se respeta ya la propiedad? ¿Es que os habéis propuesto arruinarme todos?
El establo son cuatro paredillas ruinosas; la puerta -de madera carcomida, desvencijada- puede abrirse con facilidad; una ventanita, abierta en la pared del fondo, da a la era. Ha entrado gente en el establo; se han instalado allí; pasarán allí la noche; tal vez estén viviendo allí desde hace días. Y todo esto en la propiedad, en la sagrada propiedad del viejo. Y sin pedirle a el permiso. Ahora la tormenta de cólera es tan grande, más grande, más estruendosa que antes. Sí, sí; indudablemente todos se han propuesto arruinar al pobre anciano; todos, descuidados, manirrotos, sin parar atención en la hacienda, se han propuesto que este anciano acabe en la pobreza, en la miseria. El caso de ahora es terrible; no se ha visto nunca cosa semejante; nunca ha entrado nadie en una propiedad –casa o tierra – de este viejo señor. Y el viejo señor, ante hecho tan peregrino, estupendo, decide ir él mismo a comprobar el desafuero, a remediarlo, a echar del establo a esos vagabundos.
¿Qué gente era? – le pregunta al pastor
Pues eran…, pues eran -replica titubeante el pastor- pues era un hombre y una mujer.
¿Un hombre y una mujer? Pues ahora veréis.
Y el viejo de la larga barba ha cogido su sombrero, ha empuñado el bastón y se ha puesto en camino hacia la era próxima al pueblo.
La noche es clara, límpida, diáfana; brillan –como las moneditas de oro antes– las estrellitas en el cielo. Todo está sosegado; el silencio es grato, profundo. El anciano va caminando solo, nerviosamente, vibrando de cólera. Da fuertes golpazos con el callado en el suelo. La silueta del establo ante la blancura de la era, se percibe a lo lejos, sobre el cielo de un azul oscuro. Ya va llegando el anciano a las paredillas ruinosas. La puerta está cerrada. La mano del viejo pasa y repasa por la luenga barba. No quiere el viejo penetrar de pronto por la puerta. Se detiene un momento, y luego, despacito, se va acercando a la ventanita que da a la era. Se ve dentro un vivo resplandor. El anciano va a aplicar su cara hacia la ventana. Y sus ojuelos vivarachos están cerca del angosto hueco. La mirada del anciano penetra en lo interior. Y, de repente, el viejo lanza un grito, un grito que se esfuerza, un segundo después, por reprimir. La sorpresa ha paralizado los movimientos del anciano. A la sorpresa sucede la admiración, a la admiración, la estupefacción profunda. Todo el cuerpo del anciano está clavado junto a la pared con sólida inmovilidad. La respiración del viejo es anhelosa. Jamás ha visto el viejo lo que ha visto ahora; esto que el anciano contempla no lo han contemplado, sin duda, nunca ojos humanos. No se aparta la mirada del viejo del interior del establo. Pasan los minutos, pasan las horas insensiblemente. El espectáculo es maravilloso, sorprendente. ¿Cuánto tiempo ha pasado ya? ¿Cómo medir el tiempo ante tan peregrino espectáculo? Tiene la sensación el anciano de que han pasado muchas horas, muchos días, muchos años… El tiempo no es nada al lado de esta maravilla, única en la tierra.
Regresaba lentamente, absorto, meditativo, el vino a su casa de la ciudad. Han tardado en abrirle la puerta, y él no ha dicho nada. Dentro de la casa, una criada ha dejado caer la vela cuando iba alumbrándole, y él no ha tenido ni la más leve palabra de reproche. Con la cabeza baja, reconcentrado, iba andando por los corredores como un fantasma. Su mujer, que le ha recibido en una sala, al hacer un movimiento brusco, ha derribado un mueble; han caído al suelo unas figuritas, y se han roto. El anciano no ha dicho nada. La sorpresa ha paralizado a la esposa del caballero. La sorpresa, el asombro ante la insólita mansedumbre del viejo ha sobrecogido a todos. El anciano, encerrado en un profundo mutismo, se ha sentado en un sillón. Sentado, ha dejado caer la cabeza sobre el pecho, ha estado meditando un largo rato. Le han llamado después –como se llama a un durmiente- , y él, con mansedumbre, con bondad, dócilmente cual un niño, se ha dejado llevar hasta la cama y ha consentido que le fueran desnudando. Y a la mañana siguiente, el viejo ha continuado silencioso, absorto; a unos pobres que han llamado a la puerta les ha entregado un puñado de monedas de plata. De su boca no sale ni la más leve palabra de cólera. La estupefacción es profunda en todos. De un monstruo se ha trocado en un niño el viejo señor. Su mujer, los hijos, están alarmados; no pueden imaginar tal cambio; algo grave debe de ocurrirle al viejo; durante su paseo, por la noche, a la era, al establo, algo ha debido de ocurrirle. Esta mansedumbre de ahora es acaso más terrible que las cóleras de antes; acaso pueda ser anuncio este abatimiento de algún grave mal. Todos miran, observan y examinan al anciano, en silencio, recelosos, inquietos. No se deciden a interrogarle; él se obstina en su mutismo. Y la mujer, al cabo, dulcemente, con precauciones, interroga al anciano. El coloquio es largo, prolijo; el viejo no accede a revelar su secreto. Y al cabo, tras el mucho porfiar, con dulzura, de la mujer ha puesto, para hablar, para hacer la revelación suprema, sus labios. El asombro se pinta en la cara de la esposa.
¡Tres reyes y un niño! – exclama sin poder contenerse.
Y el anciano le indica que calle, poniéndose el índice de través en la boca. Sí, sí, la mujer callará. Callará, pero pensará siempre lo que está pensando ahora. No sabe la buena señora qué es peor, si lo de antes – la cólera de antes – o esta locura, sí, locura, de ahora. ¡Tres reyes en un establo y un niño! Evidentemente; durante su paseo nocturno debió de ocurrirle algo al anciano. Poco a poco se difunde por la casa la noticia de que la mujer del anciano conoce el secreto de éste; preguntan los hijos a la madre; la madre se resiste a hablar; al cabo, pegando la boca al oído de la hija, revela el secreto del padre. Y la exclamación no se hace esperar.
- ¡Qué locura! ¡Pobre!
La servidumbre se enteran de que los hijos conocen la causa del mutismo del señor; no se atreven, por lo pronto, a interrogar a los hijos; al cabo, una sirvienta anciana, que lleva en la casa treinta años, pregunta a la hija. Y la hija, poniendo sus labios a la par del oído de la anciana, le dice unas palabras.
¡Oh, qué locura! ¡Pobre, pobre señor! – exclama la vieja.
Poco a poco la noticia se ha ido difundiendo por toda la casa. Sí; el señor está loco; padece una singular locura; todos mueven a un lado la cabeza tristemente, compasivamente, cuando hablan del anciano. ¡Tres reyes y un niño en un establo! ¡Pobre señor!
Y el viejo de la larga barba, sin impaciencias, sin irritación, sin cóleras, va viendo, en profundo sosiego, cómo pasan los días. A la mansedumbre se junta en su persona la persona la liberalidad. Da de su dinero a los pobres, a los necesitados; tiene palabras dulces para todos, exorables. Y todos en la casa, asombrados, recelosos, entristecidos –sí, entristecidos-, le miran con mirada larga y piadosa. El señor se ha vuelto loco; no puede ser de otra manera. ¡Tres reyes en un estado! La mujer, inquieta, va a buscar a un famoso doctor. Este doctor es un hombre muy sabio; conoce las propiedades de los simples, de las piedras y las plantas. Cuando ha entrado el doctor a la casa le han conducido a presencia del viejo; ha dejado éste hacer al doctor; parecía un niño, un niño dócil y débil. El doctor le ha ido examinando; le interrogaba sobre la vida, sobre sus costumbres, sobre su alimentación. El anciano sonríe con dulzura. Y cuando le ha revelado su secreto al doctor, después de un prolijo interrogatorio, el doctor ha movido la cabeza, asintiendo, como se asiente, para no desazonarlo, a los despropósitos de un loco.
-Sí, sí –decía el doctor-. Sí, sí; es posible. Sí, sí; tres reyes y un niño en un establo.
Y otra vez tornaba a mover la cabeza. Y cuando se han despedido, en el zaguán, a la mujer del anciano, que le interrogaba ansiosamente, ha dicho:
-Locura pacífica, sí; una locura pacífica. Nada de peligro; ningún cuidado. Loco, sí, pero pacífico.
Esperemos…
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RESISTIR
Ilustración: “Las tentaciones de San Antonio Abad” Pieter Coecke van Aelst, s. XVI. Museo del Prado.


RESISTIR


Por Edmundo Moure

He aquí nuestro verbo –transitivo- de mayor recurrencia, aunque su conjugación no sea consciente: Yo resisto, tú resistes, él resiste, nosotros resistimos, vosotros resistís, ellos resisten… Es el complemento inequívoco de la voluntad de vivir, ese móvil volitivo que Schopenhauer consideró clave del universo, incluido el pretencioso bípedo pensante, con su carga inevitable de antropomorfismo: El mundo como voluntad y representación, y la voluntad expresada en el pulso unívoco de la naturaleza. Con ella, el atributo de la resistencia, junto a la representación crítica o reflexiva, son actitudes esenciales para el ser humano, si bien cuando comienza su etapa de pez prisionero en el estanque hospitalario de la madre, sólo reacciona instintivamente a los estímulos, y pareciera decir “resisto como puedo”.
Hoy se esgrimen teorías acerca de una conciencia primaria que incluye ciertos aprendizajes elementales, provocados por estímulos sensoriales que se grabarían en un incipiente registro de la memoria. (Hay poetas que pretenden escribir, inspirados en visiones intrauterinas, donde habrían sido capaces de intuir las metáforas con que articulan esa creación lírica, comunicándose con su madre y aun con otros individuos cercanos, como quien envía recurrentes whatsapps… Y no hablemos de los recuerdos de otras vidas, porque eso supera mi capacidad de imaginación y hace temblar los cimientos de mi modesta lógica terrestre).
A resistir se atribuye, como sinónimo, el verbo soportar, aunque éste, para mí, tiene una connotación más pasiva, de aguante casi resignado, como algunas relaciones, afectivas u odiosas, que se extienden en el tiempo, más allá de lo deseable, transformándose en virtuales martirios o karmas, sumiéndonos en nula voluntad de reacción...
Pero quien resiste se niega a soportar, va más allá, busca instancias de superación de lo que le afecta o constriñe, pese a que el ciclo vital le irá presentando nuevos escollos y cargas y presiones y fatigas sin cuento, porque ese parece ser el meollo de esta vida y sus interminables apremios; apenas creemos salir de uno, cuando ya nos acosa el siguiente.
A partir de la idea del libre albedrío, asociamos la resistencia con el acto loable de luchar contra las tentaciones del pecado, superándolas. Cristo resistió a Satanás, en su vigilia del desierto, cuando éste le ofrecía los bienes, propiedades y delicias del reino de este mundo, prebendas que parecen no haber resistido los políticos y paniaguados de nuestro tiempo, tan débiles de carácter cuando se trata de aceptar óbolos a cambio de votos favorables en el proceso legislativo. Célebres fueron las tentaciones que padeció San Antonio Alonso, inmortalizadas en la pintura, aunque él jamás postulara a un cargo de servicio público, ni siquiera de modesto concejal. Otras eran las convocatorias melifluas de Satanás, pues en aquel tiempo el pecado tenía rostro y formas femeninas. (Los curas aún sostienen que el atractivo abisal se transmite por el útero de la mujer; también los fundamentalistas islámicos y los musulmanes “moderados”, que en esto de culpar a la fémina, sobran propuestas e hipocresías).
Resistir tiene también connotaciones heroicas. “Madrid qué bien resiste/ Madrid qué bien resiste…”, es parte de la letra de una de las canciones emblemáticas de la Guerra Civil Española, que cantara de manera inigualable Rolando Alarcón. La resistencia francesa contra el nazismo se cubrió de gloria, haciéndonos casi olvidar la cobardía y el ultraje infligidos a la “línea Maginot”, cuyo nombre de matrona somnolienta quizá exacerbó la furia asesina de la blitzkrieg germana.
¿Y los Mapuches? Ésos sí que son paradigma de la resistencia, durante cinco siglos, arrostrando el asedio español, primero, y luego, el acoso rastrero y vil de los huincas chilenos, que no trepidan en subterfugios para acorralarlos sin piedad, sea mediante las fuerzas militares, la policía militarizada o las bandas patronales armadas de los “propietarios” de la Araucanía, con la complicidad de los gobiernos de turno, que adquieren carros blindados y armas de guerra para combatirlos, mientras hablan de “integración de los pueblos originarios” en las cenas a todo trapo de Naciones Unidas.
Yo resistí, yo resisto, amigo lector, los avatares que puedo enfrentar. Uno de ellos es la cotidiana compulsión del trabajo asalariado, en la que llevo reptando hace cincuenta y seis años, de manera ininterrumpida, sin años sabáticos ni largas vacaciones pagadas.

El resultado no ha sido, pese a la receta preconizada por el liberalismo –ideológico y social-, favorable en términos pecuniarios; por el contrario, parece que no combiné los ingredientes de manera adecuada. Donde sí falló mi resistencia (a fuer de confesiones íntimas) fue en las tentaciones de la carne –hedonísticas, como dicen los críticos literarios-, donde quedó en evidencia mi flaqueza y la debilidad de aquellas “convicciones morales” que heredé en los sobrios desayunos, hostia incluida, del credo católico-apostólico-romano.
En contraposición, mi capacidad de resistencia física ha sobrepasado mis propias expectativas, y me vanaglorio de ello, como si de una competición olímpica se tratase. Puede que sea un orgullo algo pedestre, lo asumo, recordando a mi padre, cuando alguien le preguntó: -¿Por qué son tan fuertes los gallegos? Y él respondió, con la retranca viva en sus ojos azules: -Bueno, así somos los que hemos podido resistir…
Pero también me queda la satisfacción de esta pertinacia en el amor por las palabras, eso que se define como literatura, y que para mí es un camino sin pausa y sin retorno posible, una senda como la del peregrino contumaz, cuyo premio mayor sería sucumbir en el camino bajo el último aliento, mirando por última vez las estrellas que le guían por la senda ancestral de la Vía Láctea.
Hoy almorcé, de pasada, en el Bar Ciro, luego de diligencias contables y burocráticas. Un sándwich de pierna de cerdo con palta, tomate y ají verde, acompañado de un botellín de tinto Carmen Margaux. Excelente. Lo disfruté, cambiando unas palabras con Emilio, el viejo mozo de tiempos pasados (viejo y mozo, vaya paradoja), recordando que hace cincuenta años, un 23 de diciembre de 1965, se inició aquí mi larga despedida de soltero, agasajo que aún me parece incumplido… Mientras pagaba la consumición en la caja, advertí a dos asiduos parroquianos que bebían sendas copas de colemono. Sucumbí a la tentación y pedí a Emilio una para mí. Estaba heladito, delicioso. No pude resistir la tentación.
Salí del Ciro con la culpa del retraso y el remordimiento de la dieta quebrada, pero saqué fuerzas de flaqueza y las emprendí hacia la oficina, donde continué esta crónica, antes de asentar las facturas de Compra en el libro respectivo.
Luego, resistí la tentación de seguir escribiendo. La vieja voz de la prudencia, que tenía el acento de mi abuela chilena, Fresia, me aconsejó concluir aquí esta crónica.
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 06-12-2015 18:34
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NO PASAMENTO DE XOSÉ NEIRA VILAS
XOSÉ NEIRA VILAS, BUENO, GENEROSO Y PERDURABLE


Uno de los primeros libros galegos que leímos en la casa petrucial de La Cisterna, Chile, fue Memorias dun neno labrego, cuya primera edición data de 1961, dedicado, amorosamente por su autor a “A todos os nenos e a todas as nenas que falan galego”, revelando aquella intención esencial de su larga y prolífica vida literaria: preservar y extender el uso de la lengua gallega, a partir de los niños que la maman como su primera leche vocal. Me parece hoy escuchar la voz de mi padre gallego, nacido al sur de Lugo, cuando abría las páginas de aquella breve novela, adquirida en Buenos Aires, para instruirnos de su contenido: Este libro trata dun rapaz chamado Balbino. O neno é labrego e ten unha familia moi pobre, pero esto non lle impedirá que lle sucedan moitas aventuras que plasmará nun caderno. É un neno aventurero e vergonzoso, moi pícaro e valente. Pensa moito no mundo e o reflexa nos episodios na súa vida como labrego…
Y venía luego la morosa lectura de las peripecias de Balbino, con las imprescindibles moralejas que íbamos desgranando sobre aquella mesa donde jamás hubo menos de una docena de ávidos comensales, alertas al pan y a la palabra. Era aquella una de las mejores anclas en el mar de la memoria de la tribu, que mi padre afianzaba en las amadas e inigualables palabras de su tierra natal.
A los ochenta y siete años de edad ha partido Neira Vilas, a ese paraíso ventureiro que se asemella a Galicia, como vislumbraba Alfonso Castelao, autor del otro libro señero de nuestra infancia, Os dous de sempre, que podemos muy bien hermanar con Memorias dun neno labrego, dos cuerdas sonoras para la melodía incomparable de la lengua de Rosalía.
Buena parte de su existencia, como sabemos, la vivió Xosé Neira Vilas en Cuba, como tantos gallegos, como Manuel Curros Enríquez y otros ilustres o esforzados hijos de Breogán. Siempre con el espíritu y la mirada puestos en su Galicia, vinculando, de manera persistente y fundacional, aquellos confines, lo que es propio de los gallegos de la diáspora y constituye un prurito vital que heredamos de nuestros antepasados, de esos antergos que un día se embarcaron, con su maleta de cartón y un fardel de sueños que harían fructificar hasta en las comarcas más australes del mundo, como es el caso de nuestro Chiloé, la Nueva Galicia…
Memorias dun neno labrego fue también un libro básico durante los once años que impartimos clases de Lingua e Cultura Galegas, en la Universidad de Santiago de Chile (1999-2009), y a menudo dábamos noticia de nuevos textos y crónicas de Xosé Neira Vilas, uno de nuestros preferidos, sin duda, por su enraizamiento existencial y amoroso con nuestra Iberoamérica.
Tuve el honor y el placer de compartir con Xosé Neira Vilas, en mayo de 2008, con ocasión de presentar en Sada el libro La Feria del Mundo, escolma de crónicas de Ramón Suárez Picallo, articulado por la historiadora chilena, Carmen Norambuena y este humilde cronista, editado por el Consello da Cultura Galega. Allí estuve con tres grandes de la cultura gallega, que firmaron uno de los ejemplares que conservo como un tesoro: Avelino Pousa Antelo, Isaac Díaz Pardo y Xosé Neira Vilas, los tres ahora en el Parnaso da Nosa Lingua, falando de vagar en alguna tasca del paraíso gallego...
Parabéns para Xosé Neira Vilas, bo, xeneroso e perdurábel.

Edmundo Moure
Santiago del Nuevo Extremo
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 27-11-2015 16:18
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VALETUDINARIOS
VALETUDINARIOS


Es de estúpidos continuar perdiendo los placeres de la vida por miedo a la muerte.

Catón el Viejo

Los achaques propios de la vejez lo transforman a uno en valetudinario, enfermizo, de salud quebrada, como define el concepto Martín Alonso, para mayor claridad… Esta palabra la escuché por vez primera de mi padre, a propósito de un viejo amigo suyo que había adquirido ya esa categoría inevitable que nos obsequia Cronos como parte del proceso de la decrepitud.

He cogido esta primavera un resfriado agudo, con bronquitis y exacerbación del asma, y se me ha venido a la cabeza aquel sustantivo que adjetiva, de manera impune, mis tres cuartos de siglo de vida. Nada grave, aunque tenga resabios de pasadas hipocondrías que me llevaron a hablar de dolencias propias, reales o supuestas, como si fuesen tema de adecuada conversación y los demás tuvieran que interesarse por nuestros padecimientos corporales; porque los del alma, del espíritu o de la mente solemos guardarlos con mayor recato, salvo con amigos que puedan aligerarlos al conjuro de un buen vino conversado.

Cuando mi padre gallego cumplió ochenta años aparecieron en él, o se agudizaron, ciertas anomalías de la senectud: diabetes senil, dolencia bronco-pulmonar, y otras de inútil descripción… Mis hermanos menores, preocupados sin duda por su bienestar e imbuidos de los dudosos beneficios de la medicina bien pagada, solicitaron el concurso mercenario de tres médicos conocidos, para evaluar el estado de salud del patriarca.

Luego de numerosos exámenes y análisis de rigor, fue convocada una reunión del padeciente (mi padre), su mujer (mi madre) y los solícitos hijos (hermanos), para arbitrar eficaces medidas de salubridad que le aseguraran una larga vejez, tranquila y sin sobresaltos. El galeno que hacía de jefe de aquella tríada de modernos sangradores, tomó la palabra, circunspecto de ademanes, locuaz en su léxico especializado, para leer al viejo la cartilla: -“Debe eliminar las grasas, los huevos con tocino al desayuno, la mantequilla, el jamón serrano, las chuletas de cerdo, los chorizos, el pan blanco, por completo… Una tajada de pan dietético sin sal y una copa (pequeña) de vino tinto al día… Nada de licores destilados, muy poca sal en la comida, verduras cocidas y una fruta por jornada, como máximo… Ah, y yogur light…”

Mi madre asentía, aunque escéptica. Mis dos hermanas miraban al viejo gallego, con ojos entre severos y dulzones, como ejerciendo una catequesis probada… Mis hermanos opinaban con la seguridad de quien paga la cuenta sin remilgos… Todo parecía encauzarse sobre los rieles del estricto orden tribal, hasta que el Gallego tomó la palabra, para preguntar, desde el prurito de su retranca:

-¿Y usted me asegura, doctor, que si me atengo a sus consejos y prescripciones, y a esa dieta de fakir, viviré hasta los cien años en plenitud de condiciones?

El galeno titubeó un instante, se repuso en su clínica facundia, y respondió:

-No, eso nadie podría asegurárselo… Sólo se trata de que goce de una mejor vejez.

-Entonces –replicó mi padre, en la certeza prosódica de su viejo acento de la Galicia profunda, mientras sus ojos azules relampagueaban sobre la faz atónita de los tres facultativos, -váyanse ustedes a hacer puñetas-… Dio media vuelta y se encerró en su dormitorio, tras un portazo memorable.

Tal vez mi padre hubiese leído a Pero Mexía, en cuyos Coloquios y diálogos, publicados en 1547, en Sevilla, manifestaba sus aprensiones frente al oficio de la medicina:

“Seiscientos años se defendieron los romanos de los médicos, que nunca los hubo en Roma ni los admitieron y nunca tan sanos vivieron ni tanto como en aquel tiempo. Verdad es que, siendo cónsules L. Emilio y Marco Livio en el año 535 de la fundación, no se por quien persuadidos admitieron a un médico griego peloponense, llamado Archagato y le dieron casa y salario público y, como cosa nueva, agradó en sus principios; pero después que experimentaron sus sangrías y sus cauterios y extrañas maneras de curar, fue desterrado él y otros que ya habían venido; y esto por autoridad y consejo del grande Catón el Censorino, el cual vivió 85 años, porque veáis la falta que le hizo el Archagato y los demás.

“…Y no fueron sólo los romanos en esto; que los babilonios que fueron doctos y letrados, Estrabón y Herodoto escriben que no tenían médicos conocidos y a los enfermos les hacían sacar a las plazas porque los vecinos que tuviesen experiencias de semejantes males les aconsejaban lo que harían; y lo mismo se escribe que hacían los egipcios, y en nuestra España los Lusitanos.

“Sé también que desque comenzó a haber médicos usó a vivir poco los hombres y que los romanos antiguos vivían más sanos y más tiempo que los reyes y emperadores que dieron salarios e hicieron mercedes excesivas a médicos. Si no, dígalo Alejandro Magno, que no llegó a cuarenta años; y díganlo hoy día los viejos sanos de los montes y aldeas que nunca vieron médicos y los mozos que mueren en sus manos en las ciudades y cortes”…
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Pero no exageremos en denostar la medicina “profesional” y denigrar a los médicos, porque no cabe poner en duda los notables avances científicos en esta controvertida materia. Las estadísticas así lo demuestran, la esperanza de vida aumenta progresivamente y muchas enfermedades letales han sido conjuradas y otras reciben eficaces paliativos. (Un amigo mío, conspicuo “momio”, dirá: -Y todo esto se debe al Capitalismo, motor incuestionable del progreso humano-).

Parte de esos avances están en la repisa-velador, al costado de mi cama: antihistamínicos, inhibidores de la presión cardiovascular, antidiabéticos, aspirinas, inhaladores con y sin corticoides, multivitamínicos, calcio… Por la mañana, antes de desayunar, bebo 150 cc de cloruro de magnesio, luego como una naranja o un pomelo, antes de desayunar… Al afeitarme, reviso cada día mis pupilas, para comprobar que aún no tengo en su curva inferior el ribete descolorido de la senilidad, mientras procuro recordar adjetivos, adverbios y conjugaciones difíciles… ¡Ay de mí cuando me falle la memoria!

-¿Le tiene usted miedo a la muerte?

-Ni tanto, pero no olvido lo que dicen de ella los campesinos gallegos: “Es una puta vieja, pero todos terminaremos acostados en su lecho”.

Mientras tanto, la vida sigue, y dar por completo la espalda a sus placeres me parece una aberración, aunque los médicos y la cordura familiar me digan lo contrario… (Hoy me juntaré en el bar La Cabaña, con mis colegas escribas, sanos o valetudinarios).

¡Salud y buenos deseos, lector amigo!


Edmundo Moure
Octubre 2015
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 17-10-2015 01:39
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