A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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FIDEL CASTRO, hijo de padre lucense
FIDEL CASTRO, HIJO DE PADRE LUCENSE

Paciente y alerta lector cautivo, me propongo escribir aquí una crónica distinta, más entrañable, quizá, obviando el odioso enfrentamiento ideológico (por lo general, desprovisto de ideas) con el que se pretende denostar al líder cubano después de su muerte, con aleteos de zopilotes y graznidos de cuervos.
Como bien sabéis, Fidel Castro Ruz fue hijo de un gallego de Lugo, de la aldea o villa de Láncara, que visitara en julio de 1992, donde fue vitoreado por tirios y troyanos; más por gentes de derecha, muy abundosas en Galicia desde tiempos remotos. El periodista Fernando Orgambides escribió a la sazón una interesante crónica, publicada en el diario El País. Con ella haré algo inusual y espero contar con vuestra benevolencia: glosaré los principales párrafos del artículo, destacándolos en cursiva y negritas, amparado en la irrefutable certeza de la muerte del controvertido líder de la Revolución Cubana. (Sí, con mayúsculas, como la Francesa, la Mexicana y la Rusa, aunque les escueza a los neo-admiradores de Pinochet).
Preciso es recordar que nosotros, los Moure Rojas, somos como él, hijos de campesinos humildes por la vía paterna.
El líder cubano, Fidel Castro, se declaró ayer (28 de julio de 1992)"hijo legítimo de Galicia" y prometió que jamás defraudará a sus progenitores, en el curso de la jornada más emotiva de su viaje a la tierra de sus antepasados, donde conoció personalmente el terruño de su padre. Castro, acompañado siempre por el presidente de la Xunta de Galicia, Manuel Fraga Iribarne, confesó que su estancia ayer en Láncara (Lugo), donde fue vitoreado por los vecinos, queda registrada ya como uno de los días más importantes de su vida.
Curiosa compañía, paradojal para algunos. Manuel Fraga Iribarne fue ministro de Turismo y Comunicaciones, durante los treinta y ocho años de férrea dictadura militar-católica-corporativista de otro gallego, oriundo de El Ferrol (A Coruña), Francisco Franco Bahamonde. Pero a ambos los ligó una suerte de amistad, puesto que el padre de Fraga compartió con el padre de Fidel, varios años, como emigrante en Cuba.
Para tanto desavisado, cumple recordar que el gobierno de Franco, pese a la indignación del Departamento de Estado de USA, no se sumó al infame bloqueo contra Cuba. Ante la reclamación hecha por un delegado oficial de John Kennedy, enrostrando a Francisco Franco su “inconsecuencia” al apoyar a un régimen marxista-leninista y ateo, el cazurro dictador respondió: -“Doscientos años antes de que ustedes existieran como nación, nosotros ya teníamos estrechos vínculos con Cuba”-.
Aclamado por un grupo incondicional de adictos que le siguen a modo de coro por todas partes, el líder cubano cumplió por fin su anhelado deseo de conocer el lugar donde nació su padre: Láncara, un pueblecito situado a veinte kilómetros de Lugo. Castro y Fraga, rodeados por un impresionante dispositivo policial, llegaron a Láncara poco antes de la una de la tarde. Estuvieron en el pueblo poco más de veinte minutos y visitaron juntos la casa, hoy deshabitada, donde nació Ángel Castro y Argiz, un emigrante de extracción humilde que hizo fortuna en la isla.
Recuerdo que la hermana de Fidel, quien se autoexilió en Miami, en procura de la democracia de color verde, transformándose en feroz opositora al régimen de su hermano, rompió definitivamente con Fidel cuando éste se negó a pagarle una cuantiosa indemnización, luego de haber expropiado la hacienda cañera de su padre, que pasó a ser propiedad del Estado.
La casa, sin luz eléctrica, es una vivienda de una sola planta construida sobre piedra, que sólo ha sido habitada por otras dos familias más después de la de Castro.
Al respecto, mi padre comentaba que, desde la Edad Media y hasta fines de los 70, en la “Galicia profunda”, de la que era originario, la vida rural y sus consiguientes relaciones parroquiales, habían variado muy poco. De hecho, apenas a comienzos de los 80 llegó allí el maravilloso (y terrible) invento de la televisión.
El líder cubano departió con su familia, paseó por la única calle de Láncara y fue vitoreado por unas doscientas personas. La banda de música de Sarria le obsequió con unos pasodobles y la orquesta cubana Neno González, que se trasladó a Láncara expresamente desde Asturias, le interpretó unas congas.
Todo resultó feliz, pero no hubo grandes emociones. Una hora antes, Castro fue nombrado "hijo predilecto" del lugar en la parroquia donde está instalado el concejo, Puebla de San Julián. Paradójicamente, la emoción no se apoderó de Castro, que era el homenajeado, sino de Fraga que, a mitad de un discurso de bienvenida al líder cubano, prorrumpió en sollozos. Nadie se explicaba ayer por qué lloró Fraga y no Fidel. Las lágrimas del presidente de la Xunta se desprendieron justamente en el instante en que recordaba la emigración gallega y, particularmente, la de su padre a Cuba, cuya historia personal es muy paralela a la del progenitor de Castro.
En 1999, luego de la ceremonia oficial de la entrega de los Premios Galicia, a personajes de distintas esferas que han hecho lo suyo por el engrandecimiento de la patria de Rosalía de Castro, comenté a mi amiga, la maestra Maricarmen Pazos, que yo había visto llorar a Manuel Fraga. Ella me respondió, con laconismo y retranca gallega: -“Non te preocupes, Fraga sempre chora”. Bueno, pero no serían, en este caso, lágrimas de cocodrilo…
El líder revolucionario recordó a su padre en sus intervenciones públicas de ayer, pero insistió en declararse "nieto de campesinos pobres" más que hijo de un emigrante gallego que hizo fortuna en América. Reveló que su padre pensó en volver siempre a Láncara, pero no pudo hacerlo, y por eso ayer era para él un día de emoción grande. El presidente de la Xunta recordó las vidas paralelas de ambas familias y, dirigiéndose a Castro, comentó que los gallegos son gente que saben distinguir entre lo público y lo privado, personas entregadas al trabajo, el ahorro y la iniciativa individual, e invocó a Dios para que la isla encuentre rápidamente la reconciliación entre sus dos comunidades enfrentadas.
Parientes míos, tocados por la vara de la fortuna, afirman aún hoy que nuestro abuelo Cándido no era un emigrante, sino un diplomático que viajó para cumplir funciones representativas en Buenos Aires. La mala imaginación suele correr a parejas con la desmemoria.
En realidad, Fraga formuló un llamamiento velado a que Fidel hiciera cambios en la isla, pero Castro -que ayer suspendió por sorpresa una comparecencia ante los medios informativos- no contestó. Fraga, por último, le ofreció "nuestra casa", en alusión a Galicia, "no exenta de problemas, pero abierta a todos y con todos en paz", y le invitó a adaptarse a los nuevos tiempos, lo que se interpreta como un velado llamamiento para la democratización de la isla.
Este “llamamiento” resulta curioso y algo esperpéntico, viniendo de quien fuera Ministro de un régimen que conculcó todas las libertades cívicas. Fraga, como bien se sabe, articuló durante su larga gestión la censura de los medios periodísticos y de la literatura. En cuanto a la “paz” -relativísima por cierto-, a la que alude, en nombre de su Dios vengador, esta se logró después de un millón de españoles muertos, parte en la guerra fratricida y parte por las ejecuciones sumarias a lo largo de tres décadas.
La exhortación de Fraga Iribarne se parece mucho a los clamores de los pinochetistas chilenos “en defensa de la democracia y de los derechos humanos”. Al menos, a Fraga le ayudaba el incomparable humor gallego.
Y concluye el cronista, sin mucho entusiasmo, como se aprecia, por aquel ilustre visitante indiano:
…Terminó con una romería popular, a la que asistieron más de mil personas, en la localidad lucense de Armea de Arriba. Castro y Fraga degustaron vinos de la tierra y almorzaron empanadas, pulpo, sardinas, pimientos asados y rosquillas. Ambos cerraron el día con una partida de dominó. Ganó Fraga.
El dominó requiere de cierta pericia numérica y de una buena dosis de picardía. Lo que le sobraba a Manuel Fraga le faltaba a Fidel Castro, seguro. Después de todo, es misterioso el reparto de los dones.
Y si nos atenemos a la pertinacia y a la longevidad -en el poder, en el ánima y en el cuerpo- de Fidel Castro Ruz, coincidiremos con Camilo José Cela (escritor gallego, Premio Nobel de Literatura 1979), en que: “nunca se puede ser gallego impunemente”.
¡Que viva Galicia! ¡Que viva Fidel!

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Edmundo Moure
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 02-12-2016 00:53
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FIDEL CASTRO, UN SUEÑO HECHO ISLA
FIDEL CASTRO, UN SUEÑO HECHO ISLA

Vuestros brazos son un bosque
que llena toda la tierra;
si enarboláis vuestras manos
el cielo cubrís con ellas.
.
Marcos Ana


Cuando escribía, aún conmocionado por la noticia una crónica en homenaje al poeta Marcos Ana, fallecido este 26 de noviembre de 2016, me entero de la muerte de Fidel Castro Ruz. Soy incapaz, en este momento, de escribir un texto sobre el gran revolucionario cubano, hijo de emigrante gallego, que logró la singular hazaña de derrotar a Fulgencio Batista en los albores de 1959, a solo noventa millas de las fauces imperialistas del Tío Sam.
Entonces, recojo una crónica escrita hace un cuarto de siglo, que para mí no ha perdido vigencia ni oportunidad, pues trasunta lo que experimentara nuestra joven generación de los 60, imbuida del idealismo combatiente de los anhelos revolucionarios durante la segunda mitad del siglo XX. La ofrezco a mis lectores, como un homenaje al gran Fidel:

“Teníamos dieciocho años en 1959. Aquel Año Nuevo, el tío Indalecio, ex anarquista de la columna Durruti, irrumpió con la noticia: Fidel Castro y los suyos entraban victoriosos en las calles de la Habana... Batista huía a Miami, a disfrutar los cientos de millones de dólares sustraídos al erario nacional. El balneario caribeño de Washington cerraba sus casinos y prostíbulos.

“Para los españoles que habían padecido la derrota a manos de Franco, los viejos sueños parecían encarnar en la esperanza. En especial los gallegos progresistas, cuyo flujo vital hacia Cuba fuera intenso al promediar el siglo XX, se sentían identificados con la victoria de las milicias populares sobre el ejército regular de Fulgencio Batista. Para nosotros, jóvenes iberoamericanos, un mundo nuevo surgía en medio de los gastados regímenes de nuestra preterida América. Poco después lo confirmamos: la Revolución Cubana era una formidable expresión de antiimperialismo, el primer triunfo político y militar contra los amos del Norte, que lograba afianzarse como gobierno socialista en su mismísimo “patio trasero”.

“Los victoriosos barbudos de Sierra Maestra hablaban el lenguaje de una dignidad hasta entonces desconocida por nuestros próceres de salón. Habían ganado una guerra verdadera, combatiendo contra uno de los ejércitos mejor preparados de Iberoamérica. Los opresores criollos temblaban, esperando la enérgica intervención del tío Sam en defensa de sus intereses.

“Cuba fue consolidándose gracias al trabajo de su pueblo. Obtuvo logros notables en salud, educación, economía productiva, cultura. Su influjo se extendió a lo largo y ancho de nuestro continente. “Los resultados de una revolución verdadera sólo pueden medirse al cabo de muchos años, porque se trata de un movimiento político, económico y social de alcances universales, un nuevo concepto de las relaciones humanas...”, nos decía Indalecio, lleno de entusiasmo juvenil.

“Cierto. Y aunque en las décadas siguientes la Revolución Cubana sufriera rudos golpes, entre los que estuvo la muerte del Che y el fracaso de la guerrilla en el corazón de la América del Sur, sus efectos se hacían notar por doquier. En Chile, la Democracia Cristiana levantaba al emblema de la “revolución en libertad”, y en su proyecto político figuraban las principales reivindicaciones del proceso cubano, como si perteneciesen a su ideario reformista.

“Igual cosa ocurrió en Venezuela, Ecuador, Perú, e incluso en la Argentina anterior a las dictaduras militares de Videla y Galtieri. Por otra parte, la actitud política de las derechas sufrió cambios importantes, buscando adecuarse a las nuevas exigencias sociales que el “mal ejemplo” cubano exacerbaba en nuestros países, y, de paso, elaborando estrategias conjuntas para erradicar “el peligro castrista”. Así nació la infamante “doctrina de seguridad nacional”, sangre y espíritu de las castas cuarteleras, que la hicieron suya sin mayores escrúpulos “patrióticos”; en el caso concreto de Chile, aceptándola con monolítica aquiescencia y singular servilismo.

“La muerte de Salvador Allende, víctima de la traición y el abandono, constituyó para nosotros una gran decepción... ”Las derrotas deben fortalecernos; otros tomarán nuestro lugar con renovados bríos”, insistía Indalecio, físicamente desgastado por la vejez, pero con sus ojos encendidos por un inclaudicable espíritu de lucha que apagaría sólo la muerte. “Quisiera ver el sueño de Cuba hecho realidad en toda América”, fue una de sus postreras expresiones. “Ustedes lo verán, antes de que el siglo concluya”...

“La crisis del mundo socialista y la derechización de la Comunidad Europea han fortalecido a las oligarquías criollas. Sus ideólogos van imponiendo, cada vez con mayor desparpajo, esquemas económicos aberrantes para los sectores más desposeídos, con la complicidad de los movimientos reformistas que se sienten hoy avasallados por el lenguaje y la acción de la tecnocracia neoliberal, eficiente administradora de la miseria ajena en beneficio de las minorías.

“En nuestro país resulta patética la actitud de ciertos demócratas de supuesto cuño izquierdista, empeñados en no inquietar a la Derecha, asegurándole una “administración eficiente” de sus negocios; ofendido por el repudio internacional al ex dictador, a quien –oh paradoja– ha contribuido a legitimar paso a paso desde el acatamiento de la espuria Constitución del 80; entusiasta para celebrar los “éxitos económicos” del pinochetismo, mientras los tecnólogos de palacio se comprometen a consolidarlos en el “mediano y largo plazo”, y juran al empresariado amor eterno y fidelidad a toda prueba.

“Entretanto, los trabajadores siguen aguardando mejores días, desconcertados ante el nuevo rumbo que tomaron sus líderes, enérgicos y combativos ayer, contemporizadores y “pragmáticos” hoy. Nada ha cambiado para los desposeídos. Al contrario, los niveles de vida han ido deteriorándose paulatinamente, con el consiguiente aumento de la delincuencia y de actos violentistas que no parecen obedecer a móviles ideológicos, pero que son imputados a la Izquierda revolucionaria chilena (a lo que resta de ella) por un oficialismo que parodia los ademanes autoritarios de sus predecesores.

“¿Y Cuba?

“Resiste a pie firme los embates de sus enemigos, acosada por el vecino Imperio que espera el momento propicio para asestar el golpe final contra la Revolución. Pero su ideario no será borrado mientras exista el anhelo de un futuro promisorio para los pueblos de América. Sueño y esperanza siguen siendo isla encantada en la entraña rumorosa del Caribe, y memoria viva en el recuerdo de Indalecio, “muerto en acción” hace quince años.”

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Edmundo Moure
Mayo 1991; noviembre 2016
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 26-11-2016 23:14
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MARCOS ANA, EL POETA GUERRERO

MARCOS ANA, EL POETA GUERRERO

Prisionero durante veintisiete años en las mazmorras franquistas, condenado a muerte en dos oportunidades, quizá porque cuando se conjugan en un individuo las virtudes del luchador y del poeta, éste posee varias vidas... Hoy ha muerto, en forma definitiva para su ente corporal, Marcos Ana.

A lo largo de esa interminable existencia carcelaria, semejante a la de Nelson Mandela, Marcos Ana fue capaz de vivir en plenitud su pasión por la literatura, unida a la vocación política, haciendo realidad lo cantado por otro poeta de su generación, Gabriel Celaya:


Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.


Esta actitud hecha versos como saetas, que suele escandalizar a los puristas que olvidan el aserto de Vicente Huidobro: “Cantar a la rosa es también un acto político”. Así, Marcos Ana se entregó a una causa que se cobijaba en sus entrañas. Sin arredrarse ni claudicar, víctima de una de las más feroces dictaduras -¡vaya que las hubo!- del siglo XX, tuvo la fuerza y la capacidad para crear, dentro de la cárcel, un periódico clandestino de combate, para desarrollar un taller literario para los presos, entendiendo que la palabra es una arcilla indispensable para construir la casa de la esperanza.


Sus poemas trasuntan una suerte de “lírica carcelaria” que nos conmueve, más allá de cualquier sensiblería dramática, y nos recuerda a otro ilustre poeta prisionero que murió con los ojos desmesuradamente abiertos, en la cárcel de Alicante, Miguel Hernández, el pastor de Orihuela, aunque en él se cebaron la enfermedad y los apremios para matarle, luego de tres años tras las rejas.


Decidme cómo es un árbol

Decidme cómo es un árbol,
contadme el canto de un río
cuando se cubre de pájaros,
habladme del mar,
habladme del olor ancho del campo
de las estrellas, del aire.
Recitadme un horizonte sin cerradura
y sin llave como la choza de un pobre,
decidme cómo es el beso de una mujer,
dadme el nombre del amor
no lo recuerdo.
¿Aún las noches se perfuman de enamorados
tiemblos de pasión bajo la luna
o solo queda esta fosa,
la luz de una cerradura
y la canción de mi rosa?
22 años, ya olvidé
la dimensión de las cosas,
su olor, su aroma,
escribo a tientas el mar,
el campo, el bosque, digo bosque
y he perdido la geometría del árbol.
Hablo por hablar asuntos
que los años me olvidaron.
No puedo seguir:
escucho los pasos del funcionario.


Fernando Macarro Castillo, conocido universalmente como Marcos Ana, fue y seguirá siendo un poeta hispano, oriundo del ayuntamiento de San Vicente, Salamanca. Hijo de campesinos pobres, pasó la infancia en su localidad natal hasta que se trasladó con su familia a Alcalá de Henares, en 1929. Marchó al frente al estallar la guerra civil, en julio de 1936, afiliándose a las Juventudes Socialistas Unificadas. Debido a su corta edad, no pudo incorporarse a las tropas combatientes de la República hasta 1938.
Luchó en la batalla de Madrid, al tiempo que trabajaba como comisario político del Partido Comunista. Antes de la caída de la capital de España, logró refugiarse en Alicante, en espera de un navío que le rescatase a él y a otros compañeros. Fue apresado por soldados italianos que servían a Franco y luego compartió la prisión con Miguel Hernández. Su carácter rebelde y contumaz le acarreó una brutal represión que incluía apremios físicos, torturas y extensos periodos de incomunicación. Pero nada quebró su entereza moral, fortalecida por constantes lecturas de obras “clásicas” que el régimen autorizaba circular en sus mazmorras. Aquellos funcionarios de la brutalidad católica-corporativa rendían tributo, talvez sin advertirlo, al ilustrísimo preso bajo las garras inquisitoriales, Miguel de Cervantes y Saavedra, aunque la lectura de El Quijote estuviese restringida. Pero el espíritu combativo también anidaba en aquellos autores como Quevedo, Lope de Vega, Calderón. Gracias a una red interna de libros clandestinos, leyó a Rafael Alberti, a Federico García Lorca, a León Felipe y a Grabriel Celaya.
En 1956 comienza a escribir sus primeros poemas bajo el seudónimo de Marcos Ana, textos que salieron de la prisión, llevados por manos anónimas, escondidos entre los senos propiciatorios de las mujeres españolas, nutriendo la esperanza y la rebeldía de numerosos opositores al tirano. Estos versos desgarrados y valerosos, alentaron a organizaciones como Amnistía Internacional para procurar su liberación, la que tuvo lugar en 1961, cuando logró refugiarse en Francia, donde se integraría al Centro de Información y Solidaridad con España, dirigido por Pablo Picasso. Recorrió Europa y Sudamérica, donde su poesía combatiente influyera de manera significativa, en especial entre los jóvenes que padecían las dictaduras de Videla, en Argentina, y de Pinochet, en Chile.
En un mundo al parecer entregado solo al hedonismo cerril, donde se reniega sin mayor análisis de los procesos revolucionarios, dando por sentado el fracaso de las llamadas “utopías sociales”, la figura de Marcos Ana crece y se proyecta como un paradigma para las nuevas generaciones, para aquellos que lograrán, pese a todo, alzarse sobre la ceniza artera de un egoísmo que pugna por ahogarnos en una atmósfera de claudicación y derrotismo.

Abrimos, en esta mañana de noviembre que nos trae la mala nueva de su partida, las páginas del Canto General, y cantamos, en homenaje a Marcos Ana, la vibrante exhortación de Pablo Neruda:

No me siento solo en la noche,
en la oscuridad de la tierra.
Soy pueblo, pueblo innumerable.
Tengo en mi voz la fuerza pura
para atravesar el silencio
y germinar en las tinieblas.

Muerte, martirio, sombra, hielo,
cubren de pronto la semilla.
Y parece enterrado el pueblo.
Pero el maíz vuelve a la tierra.
Atravesaron el silencio
sus implacables manos rojas.
Desde la muerte renacemos.

¡Larga vida al poeta Marcos Ana!

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Edmundo Moure
Noviembre 26, 2016
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 26-11-2016 22:59
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UMBRAL Y MADRID; MUERTOS Y RESUCITADOS
UMBRAL Y MADRID; MUERTOS Y RESUCITADOS

Sostengo que los buenos novelistas o cronistas son mejores testigos del devenir que los historiadores, y es bueno acudir a ellos para conocer sucesos y apreciar interpretaciones valederas, aun cuando toda escritura lleve su sesgo, porque hasta “cantar a la rosa” es un acto político, según Vicente Huidobro. Por acción u omisión, todos estamos “comprometidos”.
Es lo que siento y aprecio, en cuanto a testimonios veraces, cuando leo a Francisco Umbral, el gran cronista del Madrid de la segunda mitad del siglo XX. Por eso, no me canso de recomendar su Trilogía de Madrid -aunque Bolaño refunfuñe desde la eternidad literaria-, editada por primera vez en 1984… La encuentras en librerías de viejo, amigo lector, por la mitad o menos del precio de una cajetilla de cigarrillos, en la edición de bolsillo “Literatura Contemporánea; Seix Barral”.
Hace poco, reproduje para mis asiduos un artículo de El País, donde se habla del desprecio de Franco por José Antonio Primo de Rivera (su ideólogo señorito y socio golpista), ultimado en Madrid el 20 de noviembre de 1936. Mi amigo Gregorio no quiere saber nada del caudillo gallego, ni siquiera oírlo mentar; mi amigo Sergio establece diferencias ideológicas entre el pequeño Paco Dictador y José Antonio, fundador del “glorioso Movimiento”, presuntamente iluminado (como Jaime Guzmán en Chile). Yo no puedo evitar las apostillas, que suelen ser lo mejor de la pasión literaria (e histórica). Por eso, replico aquí parte del texto en que Umbral describe el funeral de quien gobernara, con mano de hierro, escapulario al cuello y comunión diaria, a la díscola España, durante cuatro décadas:
Franco muerto en la plaza de Oriente. El cielo negro de la mañana. Noviembre era una candela sombría en manos de Nuria Espert, vecina de la plaza con bella cara de máscara y pantera. La ausencia de Bergamín, el eterno ausente/presente de la Historia, en su buhardillón que daba a la plaza. Alegorías de carboncillo y estatuas de espuma, ángeles de plomo, sin despegar las alas, por el cielo bajo de palacio…
Franco muerto en la plaza de Oriente. Su mandato había sido un plazaorientalismo, un asambleísmo de derechas por el que se tomaban las grandes decisiones nacionales ante los sabios ágrafos con manta y patriotas pedáneos, traídos, en autocar de toda España. El muerto reinaba en lo que fuera su legitimidad. Otra no tuvo. Horda/hidra de mil cabezas con boina, por las esquinas, mirando el miedo. Pasaba en torno al féretro la anacrónica escolta de los moros, con grímpolas y gallardetes, cuando Solís y Cortina Mauri acababan de embarullar lo del Sahara. Augusto Pinochet, último espantajo desbadajado del cesarismo franquista, ponía su color mestizo y chileno en la palidez de las caras y las piedras.
(Costó mucho que se fuese de España, después de aquella mañana; quería quedarse y recibir honores del Rey, que se los negó, quedamente). Era una mañana a contratipo con los solos colores de la bandera roja y gualda arropando la caja del muerto…
…Franco Franco Franco. Arriba España. Vagas y ostensibles Isabelonas hacían el planto y el plante en la plaza, junto a la seráfica madre, transmutada con el siglo en san Pantaleón licuado (iglesia/convento muy cercanos). ¿En el santoral se cambia de sexo? Solitarios fiacres a lo Fernando VII se arriesgaban en la plaza llevando un llanto de niños enredado e interior al estruendo de las ruedas y los caballos… Buenos burgueses de mostacho y medio velito regresaban de mirar a Franco muerto como si saliesen de misa, confortados. Franco muerto en la plaza de Oriente. El cielo negro de noviembre…

Su mediocre delfín chileno, Augusto Pinochet, moriría también en su lecho, treinta y un años después de su referente ferrolano, igual que él, sin haber sido juzgado por los crímenes de lesa humanidad cometidos, utilizando sin escrúpulos el terrorismo de Estado para eliminar a todo el que sintiera u oliera como su enemigo ideológico. Muchos chilenos –quizá muchísimos- siguen rindiendo tributo a la memoria del dictador; aun algunos opositores suyos, como Ricardo Lagos, acostumbran reconocer sus “logros económicos”. Es una manera, quizá algo pedestre, de resucitarlo.
Ya ves, amigo lector, la muerte suele ser algo relativo. Eso pudo comprobarlo mi amigo gallego, Afonso Vázquez-Monxardín, arqueólogo, catedrático de lengua y cultura gallega, destacado investigador y ensayista, cuando vino a Chile, en 1988, para dictar un breve curso de Lengua, Cultura e Historia de Galicia, dirigido a miembros de Lar Gallego, nuestra institución asociativa, en virtud de un convenio de colaboración con la Xunta de Galicia.
Le recibimos –el directorio en pleno- en nuestra antigua sede de calle Carmen, zona céntrica de Santiago del Nuevo Extremo (o Último Reino, como la calificara el primer gallego llegado a estas latitudes, el lucense Rodrigo de Quiroga y Camba). Nada más entrar al salón de reuniones, Afonso se topó de narices con dos retratos fotográficos de sendos caudillos militares: Augusto Pinochet Ugarte, a la sazón Presidente forzoso de Chile, y Francisco Franco Bahamonde; de éste último, una foto de perfil de los años 60, con ampulosa dedicatoria de puño y letra que llenaba de orgullo a directores y socios. Uno de ellos, que había recibido aquel testimonio en julio de 1963, aseguraba que Franco le estrechó la mano, diciéndole: -“Enhorabuena, querido paisano”. (Presumía de no haberse lavado más aquella diestra bendecida).
Poco más tarde, ya en contacto con los cuarenta y pico estudiantes matriculados en su curso, Vázquez-Monxardín pudo percatarse de que el pequeño ferrolano no estaba vivo sólo en el retrato blanquinegro, sino en el espíritu y la memoria de estos paisanos suyos del extremo sur del mundo, que seguían viéndole como el “Gran Cruzado de la Fe”, ungido así por Pío XII. Y la confirmación definitiva de tamaña sorpresa iba a constatarla en Estadio Español de Las Condes, donde los viejos emigrantes de las varias Españas, sus hijos y nietos, hablaban del dictador presuntamente fenecido, como una figura admirable y de plena vigencia, de cuyo legado imperecedero ellos eran parte esencial y de suyo agradecida.
De los cuarenta y tres matriculados en el interesante y dinámico curso de Afonso, permanecimos dos hasta el final: José Bouzo Pavón, uno de los pocos que aún podía hablar en la lengua de Rosalía, y este cronista. El resto se fue desgranando. Algunos adujeron compromisos “personales” que les impedían continuar; otros manifestaron, sin ambages, su descontento por el “sesgo político” del profesor, que no narraba la historia de Galicia y de España como ellos la conocían, de fuentes más fidedignas, por supuesto, según testimonios de emigrantes enriquecidos que volvían de sus viajes de placer a la Península y daban fe del progreso y del bienestar alcanzados en la interminable era de Franco. (Y de la calidad de la comida y los buenos precios y de las mujeres púdicas y glamorosas).
Esa España “idílica” no la conocí. Mi primer viaje fue en mayo de 1983. Estuve apenas tres días en Madrid y cuatro semanas en Galicia. Amigos y parientes chilenos me reprochaban no haber recorrido más ciudades y países.... ¿Cómo no crucé a Francia o no volé a Italia? Yo les respondía que aún me faltaba mucho para conocer de Galicia, que es un territorio enorme, quizá el más extenso del planeta, con sus miles de aldeas por visitar, una a una, conversando con los vecinos, al calor de sus intemporales lareiras…
A menudo imagino que soy émulo de Francisco Umbral respecto de Santiago de Chile; camino voy de ser su cronista, como lo fuera en su época Joaquín Edwards Bello. Cuando reviso el millar de crónicas que he pergeñado durante treinta años, me siento con los méritos suficientes para serlo, aunque nuestra ciudad capital no cuente con los pergaminos cosmopolitas de Madrid ni con su tradición de cinco siglos de Corte.
Y pienso en la resurrección -no de mi cuerpo perecedero o de mi incierta alma-, sino en el renacer de las palabras, en ese modesto milagro que cada lector obra cuando hace suyos los sueños del escriba y los revive en su propio corazón, es decir en la memoria cordial que vence el olvido.

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Edmundo Moure
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 25-10-2016 23:11
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BOB DYLAN. TROVADORES E POETAS
TROVADORES Y POETAS


…Vi diez mil oradores de lenguas rotas
Vi pistolas y espadas en manos de niños pequeños
Y es dura, dura, dura
Muy dura la lluvia que va a caer…


Bob Dylan


Sí, un trovador estadounidense ha remecido el ambiente musical y literario de Occidente. La Academia Sueca, en un proceder inédito y sorpresivo, ha otorgado el Premio Nobel de Literatura al cantautor Bob Dylan. ¡Enhorabuena!
En nuestro país –como bien lo señala Alejandro Lavquén-, entre los “puristas” literarios, o más bien clasificadores algo trasnochados de los diversos géneros estéticos, el revuelo representa una virtual transgresión, algo así como una boutade de académicos por lo general cautos, como suelen ser los funcionarios de las letras y la ciencia suecos, algo sesgados políticamente, según nuestros conocidos carcamales del mundo del arte y de la política establecida. Y antes que yo, Lavquén reflexiona:
“La Academia sueca da como fundamento de la elección, que Dylan se adjudicó el premio por ‘haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición de la canción americana’ [léase norteamericana o estadounidense]. Ahora bien, si parafraseamos este argumento, podríamos decir, por ejemplo, en relación a dos cantautores y poetas latinoamericanos, como lo son Silvio Rodríguez y Patricio Manns, que ellos se merecerían también el premio en algún momento por ‘haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición de la canción latinoamericana’. Un hecho de la causa irrefutable. Estos dos autores están a la misma altura poética y musical que Dylan. La diferencia para efectos de reconocimiento es que Dylan es estadounidense y Rodríguez y Manns son cubano y chileno. (*Las negritas son originales del texto de Alejo).”
Habría que recordar que el oficio de trovador es tan antiguo como el de poeta, o mejor dicho, que durante siglos los unió en una sola voz creadora, junto a la música. Esa conjunción hizo posible que la poesía se divulgase en amplios sectores de la comunidad, máxime cuando se trataba de espectáculos públicos, léase fiestas populares.
Los trovadores, con sus canciones amorosas, entre las que se diferenciaban la Cantiga de Amor y la Cantiga de Amigo, pues la primera recogía los poemas cantados por el varón a la amada; la segunda, las canciones de la mujer al amado-amante, a quien se daba el eufemístico tratamiento de “amigo”, para no herir las susceptibilidades morales del medioevo, aunque se diera por entendida y aceptada, poéticamente, aquella transgresión amorosa rechazada en la fémina, tolerada y aun digna de admiración en el macho.
La literatura producida por los trovadores y juglares se iba a transformar en una de las fuentes básicas de la poesía cultivada en la Europa occidental, a lo largo de tres siglos. Pero traía también consigo contenidos irreverentes, que se manifestaban en las formas del “escarnio o maldecir”, donde el poeta-cantor denunciaba abusos y tropelías de los poderosos, conductas atrabiliarias del propio rey, si cabía, además de críticas a la jerarquía eclesiástica. Esto expuso a trovadores, vates, rapsodas, y juglares, desde los tiempos de Homero, al riesgo letal de la picota.
Los trovadores se remontan a los albores de la literatura occitana. Escribían en una variedad culta del antiguo idioma provenzal, que surgió en Occitania a finales del siglo XI y se extendió por el occidente europeo, sobre todo en el reino de Cataluña y el norte de la Península Itálica, para florecer luego hacia el noroeste de la Península Ibérica, a través del Camino de Santiago. La tradición literaria de los trovadores atraviesa los siglos con su riqueza melódica y lírica, dejando su huella en la poesía catalana del siglo XX. Del mismo modo, sus géneros y subgéneros tuvieron singular florecimiento en la región galaico-portuguesa, con figuras vigentes hasta nuestros días, revitalizadas, en Chile, por el trovador del siglo XXI, Eduardo Peralta, quien incluye en su repertorio a Pero da Ponte y a Meendinho; también al poeta gallego del siglo pasado, Álvaro Cunqueiro.
Conviene esclarecer la diferencia entre trovador y juglar. El trovador era un poeta lírico, por lo general de condición social elevada, que se acompañaba de una melodía fija y cuyo texto se fijaba por escrito y no se transmitía con variantes, además de que no necesitaba utilizar sus facultades artísticas como medio de vida. El juglar, sin embargo, llevaba una vida ambulante, recitaba con una entonación específica pero no melódica, memorizaba los textos e incluso improvisaba a partir de determinados motivos temáticos, podía ayudarse de la mímica y la dramatización; características que lo convierten en uno de los máximos representantes de la literatura de transmisión oral de carácter folclórico o popular. No obstante, en ocasiones es posible confundirlos o reconocer individuos que reunieron las dos tipologías. De modo muy esquemático, suele asociarse al trovador con el autor (creador), y al juglar con el actor (intérprete). Ambos se sintetizarían en la cultura musical del siglo XI, con la imagen del cantautor .


Los primeros poetas cultos eran llamados “trovadores” en lengua provenzal. El trovador, además de poeta refinado, era también compositor de la música que acompañaba a los textos literarios. Se desarrolla, pues, una lírica cantada para un público que escucha y se siente interpretado en sus propias vivencias y aspiraciones. La música asociada a la poesía era un divertimento en las fiestas medievales, pero los juglares hacían lo suyo en las ferias aldeanas y en los carnavales, en comunión con los villanos o “bajo pueblo”. Los trovadores eran los compositores de las “cantigas” y pertenecían a la clase nobiliaria; las damas les hacían sus predilectos, quizá contrastándolos con sus bárbaros y rústicos señores. Así, muchas de las “cantigas de amigo” eran inspiradas en los impulsos licenciosos de las “dueñas” enamoradas del poeta.


Mi amigo escritor, Isaac Otero, incansable cronista de “Galicia en el Mundo”, sintetiza con acierto lo que es la trova galaico-portuguesa:

Cuando evocamos los siglos medievales, es inevitable resaltar que la lengua común tanto para los documentos como para los ‘diplomas’, al igual que para los libros escritos, era la lengua latina; un latín ‘romanceado’ al cual llegaban las ‘influencias’ de la lengua hablada por el pueblo en Galicia, esto es, el gallego, que hasta entonces había sido empleado como vehículo expresivo por los trovadores y juglares. A ellos también les alcanzaron las inspiraciones foráneas de la inmarcesible poesía ‘provenzal’ y de los troveros que cantaban a la vez que divertían a quienes transitaban cruzando las rutas de los diversos ‘caminos’ de los peregrinos a Compostela. ¿Quién podría olvidar el hermoso conjunto de poesías líricas –“cantigas de amigo”, “canciones de amor” y “cantigas de escarnho e maldizer”– de los siglos XII y XIII contenidas en los célebres ‘Cancioneros’ de la Biblioteca Vaticana, Ajuda o Colocci-Brancutti?

La energía cultural compostelana dio origen a la denominada “escuela trovadoresca”, de la que forman parte muchos poetas y cuyas composiciones y estrofas figuran en tales ‘Cancioneros’. La lengua gallega –que se nos presenta como una de las primeras manifestaciones de las lenguas ‘romances’– fue dando paso firme hacia la poesía lírica española.

¿Y cómo podríamos dejar de mencionar a los eternos “trovadores del mar”? Meendinho, que cantó al amor, a la ermita y al mar de la isla de San Simón, en la ensenada del mismo nombre, frente a Redondela, en la anchurosa Ría de Vigo? El inmoral Martín Códax, autor de las siete ‘cantigas de amigo’, musicalizadas, en el mar de Vigo. Xohán de Cangas, cantor de la ermita de San Mamede en las orillas de Aldán. Nuno Pérez, cantor de San Cremenzo, santo del mar, venerado en la ermita de un islote, en la costa de Santa María de Ardán. Y el pontevedrés Paio Gómez Chariño, el almirante - trovador que “ganó Seuilla siendo de moros” en el siglo XIII. Universal lírica galaico-portuguesa del Occidente europeo. Cantos de los peregrinos flamencos. “¡Ultreia! ¡Ultreia!

Trovador excepcional, que combina con acierto la poesía con la música, en una simbiosis de alto contenido lírico, es el cantautor chileno Eduardo Peralta, de vasta y pertinaz trayectoria. Musicalizador y traductor del célebre Brassens, ha llevado a la canción versos de conocidos poetas universales y de creadores chilenos, entregando, en especial los lunes, en el Mesón Nerudiano, el talento de su música y su voz. Es él mismo un poeta que crea canciones-poemas de su propio estro. Una demostración cabal del antiquísimo maridaje entre canto y poesía. No cabe duda que Peralta aplaudirá con entusiasmo el otorgamiento del Premio Nobel de Literatura 2016 a Bob Dylan, como él, fino trovador de la modernidad.

¿Y qué fue Violeta Parra, sino la más grande trovadora del alma popular chilena y poeta insigne?
El mérito mayor de Bob Dylan es haber difundido y difundir, más allá de los estrechos cenáculos literarios y los corrillos elitistas de la academia, una poesía auténtica hecha canción, viva y actual, en esos encuentros multitudinarios que solo la música parece capaz de convocar. Muchos de sus poemas constituyen una protesta contra la injusticia, la ignominia, la mentira y el avasallamiento que los feroces poderes del reino de este mundo ejercen sobre las grandes mayorías y contra esas minorías odiadas por ser diferentes o “anormales”, según cánones cerriles y totalitarios.
Ante el otorgamiento de este Premio Nobel de Literatura 2016, he visto gestos enfurruñados entre mis pares de la Casa del Escritor y escuchado también opiniones que lo califican de “despropósito con intencionalidad política”.
¿Será que muchos de nuestros poetas, sumidos en el silencio ominoso de sus libros, en la agostada ceniza de versos marchitos, han olvidado que la poesía es y seguirá siendo canto inmemorial que atraviesa los siglos?


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Edmundo Moure
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 17-10-2016 01:34
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GALICIA, ¿PARAÍSO DE LA DERECHA?
GALICIA,¿PARAÍSO DE LA DERECHA?

Un paso adiante i outro atrás, Galiza
i a tea dos teussonos non se move.
As spranza nos teusollos se esperguiza.
Aran os bois e chove.



Un paso adelante y otro atrás, Galicia
y la tela de tus sueños no se mueve.
La esperanza en tus ojos se despereza.
Aran los bueyes y llueve.

José María Díaz Castro



En mayo de 1983, con ocasión de uno de mis viajes a Galicia, me encontré con las primeras elecciones municipales, desde 1936. El Partido Socialista Obrero Español (poco socialista y menos obrero), junto a otras colectividades situadas en la Izquierda del espectro electoral, obtuvo un triunfo estruendoso y previsible, en toda la Península. Luego de la muerte del tirano,mílite gallego nacido en El Ferrol, se esperaba el consiguiente “castigo” en las urnas… Pero solo en una de las cuatro provincias de la Autonomía Gallega, A Coruña, el resultado fue favorable a la Izquierda. En Lugo, Ourense y Pontevedra, ganó la Derecha.
Para los gallegos no fue una sorpresa, sino la constatación de la fortaleza de los núcleos retardatarios en tierras de Rosalía de Castro, hecho que ha vuelto a confirmarse ayer, con el aplastante triunfo, por mayoría absoluta-que se repite por tercera vez consecutiva-, del llamado Partido Popular, encabezado por Núñez Feijoo.
Revisando las últimas doce elecciones municipales en Galicia, constatamos que la Derecha venció en todas ellas, desde 1983 hasta 2015. En cuanto a los comicios autonómicos, en 2005 la Izquierda logró hacerse con el gobierno de la Xunta, por primera y única vez, merced a una alianza electoral entre el PSOE y el BNG (Bloque Nacionalista Gallego). Fueron solo cuatro años de pausa para la Derecha gallega, pues en 2009 se eligió al PP Alberto Núñez Feijoo, quien se repitió el plato el 2012, y también ahora, en 2016. Los conservadores galaicos habían ganado las elecciones de 1981, 1985, 1989, 1993, 1997 y 2001, con dos períodos para Gerardo Fernández Albor y cuatro consecutivos para Manuel Fraga Iribarne, ministro de Información y Turismo, en el gobierno dictatorial de Francisco Franco. (Fraga estuvo a cargo de la censura de la prensa y de los libros, donde ejerció como riguroso inquisidor. Al mando de la Xunta de Galicia, sin embargo, procuró vestirse con el ropaje de un demócrata ejemplar, a la mejor usanza de una clase política y de una ciudadanía desmemoriadas).
Toño Fraguas, en una publicación electrónica de La Marea, apunta seis razones de un triunfo forjado sobre los despojos de la sociedad gallega (y española), que pueden analizarse también dentro de esa capacidad del neoliberalismo de mantenerse, como Saturno, fagocitando a sus propios hijos, es decir, reforzando sus poderes a partir de sus crisis periódicas, cargando los costes y despojos sobre las espaldas de la inmensa mayoría.
De esas seis causas o ‘claves’, como las califica Fraguas, solo considero dos como esenciales, también aplicables a la realidad chilena, pues el dichoso “modelo” liberal a ultranza viene estableciéndose con calco en muchas naciones de occidente, con los resultados conocidos; en el caso de Chile, la inequidad es extrema, mayor que en otros países de la región, y los índices de desigualdad imperan en casi todas las actividades económicas, aun en las que se encuentran bajo tuición estatal.
Fraguas dice que “somos idiotas”, y define el adjetivo como propio de aquel individuo que sólo piensa en sí mismo y que sólo se preocupa por lo privado, por lo que le afecta a él, desdeñando lo público. Y agrega: sin ánimo de insultar y ciñéndonos a la etimología, podemos decir que la mayoría de los españoles tradicionalmente sólo se ha preocupado por lo propio, aunque cada vez en mayor número nos vamos dando cuenta de que lo individual no mejora si no defendemos lo colectivo.
A esta clasificación, dura y algo chocante, añade que “somos dóciles”,otro ingrediente sociológico que tiene que ver con la madurez democrática de buena parte de los españoles, su grado de participación ciudadana y su capacidad crítica. Todo ello está bajo mínimos y, aunque no queramos verlo, no ha cambiado sustancialmente desde el franquismo.

El mismo drama de la cesantía, o “paro”, como dicen en España, es arma que sirve a los dueños del poder para chantajear y extorsionar a los propios trabajadores: -“Hombre, agradece que te doy trabajo; hay miles allá afuera esperando por tu puesto”. Y así, hasta los recortes de remuneraciones hay que aceptarlos, porque “peor es nada”. En Chile conocemos bien esos mismos artilugios de manipulación social, junto a la campaña de desprestigio de los sindicatos que son, a la postre, la única instancia de defensa efectiva de los trabajadores.
Sin embargo, para Galicia y su llamativa “derechización”, esgrimiré otras razones o circunstancias, a mi juicio valederas por antiguas y arraigadas en el inconsciente colectivo de los gallegos. Como hijo de emigrante que ha vivido en parte la cultura gallega y que algo conoce de su historia y avatares, me atrevo a opinar.

Una de las razones históricas del conservadurismo gallego es el minifundio, la pequeña propiedad diseminada a extremos que nos parecen hoy curiosos y aun grotescos, como aquel caso, consignado en un censo de propiedad rural de 1907, en que se destaca un predio agrícola de 32 metros cuadrados, en cuyo centro crece un castaño; el predio pertenece a un dueño, el castaño a un segundo propietario, y las castañas que produce el árbol, a un tercer posesionario. Los tres ostentan el rango de “labrador propietario”. Poco parece importar que esa posesión individual sea miserable; lo que cuenta, en la psicología social gallega, es el hecho de poseer algo, ser dueño de… Ese individuo será conservador, desconfiando de cualquier propuesta “socializante” que ponga en peligro o entredicho su mínimo peculio. Aquí podríamos aplicar el antiguo refrán: “Ni dejar lo viejo por lo mozo ni lo cierto por lo dudoso”.
Como efecto perverso del minifundio está la sangría de la emigración. Los emigrantes, en tierras americanas, suelen adherirse a los partidos derechistas, tal vez como instrumentos cívicos que protegerán su bienestar económico alcanzado con singular esfuerzo, reverso benéfico de las penurias ancestrales.
Como interesante referencia comparativa, en nuestro Chiloé austral (Nueva Galicia), la particularidad del minifundio y el acendrado catolicismo heredado de los padres jesuitas, a través de las “misiones circulares” desarrolladas en el siglo XVIII en las treinta y ocho islas del archipiélago, nos muestran también una sociedad de raigambre conservadora, donde la Derecha mantiene su enclave tradicional. Asimismo, el chilote aún emigra a la Patagonia argentina, en busca de mejores horizontes dejando a la mujer y a la prole aguardándole en la engañosa quietud de los villorrios…
Otra razón es el apego a las creencias religiosas impuestas por la Iglesia católica, otrora gran poder económico en Galicia, sobre todo en el agro, a través del sistema foral, ejerciendo sin contrapeso su potestad espiritual e ideológica sobre las almas y las mentes, particularmente entre las mujeres, cuya significativa influencia rige la vida familiar, a través del matriarcado, asumido como rígida norma de convivencia moral. El párroco, administrador y usufructuario de los foros, tenía en sus manos ambas llaves: la del devenir cotidiano y la del destino escatológico, elementoscon los que se pudo manejar una sociedad monolítica durante cinco siglos. La República fue un breve clamor libertario que se esfumó, violentamente, bajo la bota y la sotana.
Un observador externo colegiría que, en treinta y cinco años de autonomía gallega, la Derecha, representada por el PP, ha gobernado satisfactoriamente la nación de Breogán, puesto que sus ciudadanos le siguen otorgando el sufragio universal previsto en la contienda democrática.
Por otra parte, hay quienes sostienen que existe una extrapolación del viejo caciquismo de cuño gallego en la administración institucional, con el objeto de asegurar los “votos cautivos” de los funcionarios.
¿O será que Galicia sigue aferrada al atavismo somnoliento que refleja el célebre poema “Penélope”, de José María Díaz Castro: Un paso adiante i outro atrás…?
Quizá el paraíso de la Derecha sea también un tiempo estático, una especie de limbo, un reloj inmóvil, desprovisto del mecanismo dinámico de la Historia.

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Edmundo Moure
Septiembre 27, 2016
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 27-09-2016 22:15
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EL EXILIO DE LOS LIBROS

EL EXILIO DE LOS LIBROS

A mi hermano Toño, en sus setenta y siete.


(Entonces yo no sabía que el exilio de los libros iba a ser mi propio exilio).


Mi hermano Antonio, Toño, acopió en la casa de Ñuñoa los primeros libros nuestros (los otros eran de la biblioteca familiar, que padre Cándido y madre Fresia procuraban y enriquecían, con ese amor que heredaríamos por la palabra impresa y su aroma de tinta y hojas crepitantes); eran de aventuras, Emilio Salgari, sobre todo, Julio Verne y Zane Grey, y Toño los ordenaba en su habitación y había que pedírselos, uno a uno, para leerlos, dentro de los breves plazos que el primogénito estipulaba.
En la casa de La Cisterna, a los trece años, comencé a armar mi propia biblioteca, que acrecentaría desde los dieciséis, a instancias de doña Carmen Casarejos, que me recomendaba libros de su pequeña pero bien surtida librería del paradero 28 de Gran Avenida. Entre éstos, recuerdo una hermosa edición de Las Uvas y el Viento, de Neruda, otra de Hijo de Ladrón, de Manuel Rojas, Casa Grande, de Luis Orrego Luco, y La Colonia Tolstoyana, de Fernando Santiván, ejemplares que aún no han desaparecido, entre tanto extrañamiento forzoso, de la única propiedad conque hasta ahora cuento… Y no olvido Rimas y Leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer, cuyos poemas memoricé para recitárselos, con poético entusiasmo, a María Elena, aunque no siempre la efusión lírica cumple su cabal cometido…
Comencé a trabajar a temprana edad y compraba libros con mi propia soldada, también discos 78 y 33. A ellos les escribía mi nombre, con la ilusión de que aquella rúbrica aseguraría la permanencia entre mis manos de ese raro acervo, de dudoso valor material para la inmensa y enajenada mayoría. Aún hoy, luego de tantas páginas pasadas por mis manos y bajo mis ojos, suelo encontrar uno que otro ejemplar perdido en librerías de viejo, como también volúmenes de mi propia autoría, que alguna vez regalé a desaprensivos amigos lectores, que se deshicieron sin piedad de ellos, no sé si por apremios económicos o por simple escrutinio estético, a la manera de esa expurgación memorable del cura y el barbero… Sí, en la biblioteca de don Alonso Quijano el Bueno, en ese lugar de La Mancha que solo existió en la imaginación de Miguel de Cervantes. (Mis dedicatorias escritas en la primera hoja equivalen a recordar pecados irremediables).
En el caso de tales hallazgos, vuelvo a comprar esos libros que yo adquiriera o editara en el pretérito remoto, como si fuesen nuevos ejemplares abiertos a mi fascinación.
Por otra parte, desde que escribo artículos y crónicas (más de un millar hasta ahora), recibo a menudo libros obsequiados por amigos escritores o bisoños escribas que esperan un halago o una referencia crítica para esa carrera que, algún día, todos los amantes de las letras soñamos como camino a la ardua e inasible celebridad.
En la casa de La Cisterna tuve por un tiempo mi propio cuarto. Allí construí, con inveterada torpeza manual, un precario estante o andel de libros, donde fui ordenando mis adquisiciones, a las que agregaba –preciso es reconocerlo- ejemplares que encontraba olvidados en otras habitaciones, porque los buenos libros deben pertenecer, a mi juicio, a quienes los aman de modo incondicional, y yo soy uno de esos extraños amantes, ¿qué duda cabe?
Cuando estaba en aquel menester de torpe carpintero, entró en la pieza el tío abuelo Clemente, y me preguntó, sin remilgos:
-¿Te gustan harto los libros, ah?
-Sí, mucho –le dije, y suspiré, con renovado orgullo.
-Entonces, serás un individuo pobre –replicó, abandonando la habitación.
Tú bien sabes, inestimable amigo lector, que el tío Clemente no erró en el juicio lapidario, porque el tesoro de los folios –tampoco es novedad- en contadas ocasiones llega a tornarse dinero contante y sonante.
A los veinticuatro de mi larga vida, comenzó el éxodo existencial y de mis amados libros, en lugares y moradas diversos: calle Goycolea, calle Ossa, de La Cisterna; el Rincón de La Florida; la Casa del Escritor; calle Macul; hogares de Los Jazmines y Tomás Moro; moradas de Vallenar y Copiapó; casas de Hermanos Neut Latour y Ayquina…
En cada mudanza y traslado, se extraviaron muchos libros, no por hurtos de transporte (los libros no son materia apetecible para cleptómanos, salvo que se trate de escribas voraces), sino por olvidos de circunstancia, o porque era preciso hacer espacio para muebles y cachivaches de mayor importancia o necesidad práctica…
(Hoy es raro encontrar una biblioteca en las casas de familias de clase media o aun acomodadas, salvo libros de jardín o de sanaciones orientales).
Algunos de ellos fueron incinerados, por torva mano inquisidora y vindicativa, como ocurriera con los textos que traje de mis primeros viajes a Galicia, escritos en lengua gallega la mayoría de ellos... Es probable que los libros galaicos ardan mejor, porque muchos fueron escritos con tinta mezclada con sangre de brujas y trasgos, la que resulta tan combustible como la más desaforada imaginación.
Ahora me he procurado un espacio, que pago con mis servicios contables, un cuarto en antigua casa del viejo barrio de Blanco Encalada, en el Santiago vetusto y bohemio, con un andel provisorio pero eficaz, donde empecé hace unos días a ordenar esos libros recuperados de casas de parientes y amigos que los custodiaron desde mi más reciente debacle económica, volúmenes que no caben en nuestro apartamento de Ñuñoa, pero que reciben cobijo aquí, bajo altos muros, para que yo vuelva a acariciarlos como antes, con algo más de miopía, pero con parecido anhelo…
Y está la proverbial compañía de los gatos de la casa, tres o cuatro felinos de diversa estampa, amantes de la letra impresa, como lo fueran los gatos de Allan Poe, Baudelaire y Umbral, aficionados a las tertulias literarias y también a los raros incunables.
Don Grillo me pregunta:
-¿Y cuándo terminarán estos exilios?
-Cuando en esa inhallable Ítaca del regreso dé yo la vuelta a la última y preciada página de lectura.

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Edmundo Moure
Agosto 10, 2016


Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 14-08-2016 13:11
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EN EL ANIVERSARIO 80 DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
LAS VIEJAS HERIDAS

Como si se me hubiera muerto el cielo
de España me separo:
salgo en un tren precipitado al hielo
de su materna piedra, de su fuego preclaro
.

Miguel Hernández



Si el dolor del recuerdo se hace insoportable, es preciso olvidar. Pero no siempre logramos tender un piadoso manto de olvido sobre las penurias del pasado. Entonces, cabe hacer frente al peso de la remembranza, apelando al beneficio de la reflexión y quizá a un atisbo de sabiduría, para superar el porfiado escozor de las viejas heridas.
Es lo que nos ocurre ante el octogésimo aniversario del comienzo de la Guerra Civil española, el 18 de julio de 1936, con el alzamiento de Francisco Franco Bahamonde contra la II República, con el apoyo irrestricto de la Curia española y de buena parte de las fuerzas armadas que se plegaron al movimiento, cumpliendo a cabalidad su encomienda de gendarmes al servicio de los poderes financieros y clericales.
Cuando se cumplió el cincuentenario del cruento golpe militar que significó la muerte de más de un millón de españoles (1986), regalamos a nuestro padre Cándido, gallego y republicano hasta el fin de sus días, el documental de la BBC de Londres sobre el conflicto, en tres VHS que completaban casi dos horas de rodaje. Mi hermano Mario procuró el transmisor adecuado y lo echó a andar después del almuerzo, en el dormitorio de papá, quien se arrellanó en su sillón preferido, dispuesto a rememorar aquellos sucesos en las elocuentes y desgarradoras imágenes.
Quince minutos después, con los ojos enrojecidos y un rictus amargo, entró en el salón, donde hacíamos la sobremesa, devolviéndonos las grabaciones con escuetas palabras: -“Gracias…, pero es mejor que se las lleven”. Era sencillo, él no podía resistir el cuchillo aciago de la memoria; le superaba el peso de aquella contienda fratricida que le sorprendió en Chile, a tres años de la llegada desde Argentina. Luego viviría, a través de las noticias radiales y periodísticas, los avatares del conflicto que iba a concluir, en su fase de guerra civil, el 1 de abril de 1939, con el lacónico parte de Franco: “La guerra ha terminado”. Aunque no significaba el advenimiento de la paz sobre la sufrida España, sino el inicio de una larga posguerra que iba a extenderse hasta la muerte del “caudillo”, ocurrida treinta y seis años después, en noviembre de 1975. Apenas dos meses antes de su fallecimiento, fueron ajusticiados cinco militantes de izquierda, dos vinculados a ETA y tres activistas. Nunca se clausuraron los paredones de la muerte, como esos cuadros negros de Goya…
El dictador gallego no era partidario de los indultos. Sobre el particular, se cuenta una siniestra anécdota. El papa Pablo VI habría intercedido, a través del nuncio en España, para que el sátrapa otorgara el perdón a los últimos condenados a muerte. Franco aceptó la elevada solicitud y firmó los decretos de conmutación. Pero surgió un detalle inesperado: el motorista que llevaba los documentos de salvación llegó al patíbulo media hora después de consumada la ejecución. Cuando el nuncio papal pidió explicaciones, Franco le respondió, con su voz atiplada de seminarista: -“Monseñor, a mi edad ya no manejo motocicletas”. Humor negro y homicida, propio del autócrata omnímodo.

Debes saber, caro lector, que muchas de estas crónicas nacen de diálogos que sostenemos al calor de una copa de vino, cuando se hermanan las palabras y se aligera la memoria. Gregorio, mi amigo cordobés, avecindado en Chile por causa laboral, me cuenta de su padre, militar de la República:
“Antonio Dobao Lopera tenía dieciocho años cuando estalló la sublevación. Se marchó de su pueblo natal, en Guadalcázar, Córdoba, a luchar como voluntario en contra de los conjurados. Durante los tres años de la guerra civil combatió en los frentes de Andalucía, Levante y Madrid, a donde llegó a ser subteniente de la Guardia de Asalto, teniendo a su cargo la instalación y mantenimiento de las líneas de comunicaciones…
“Al concluir el conflicto, tuvo que entregarse al enemigo y fue encerrado, junto a sus compañeros, en la plaza de toros de Las Ventas, desde donde escapó con un camarada, para caminar durante tres meses, sólo por la noche, hasta llegar a su pueblo de Córdoba. Fue detenido y llevado a un campo de confinamiento en Cádiz. Salió de allí, cerca de un año más tarde, ayudado por un primo que trabajaba en la cocina, por ‘buena conducta’… Debió cumplir tres años de ‘servicio militar’ en el ejército franquista, y luego casó con Mercedes Cuenca, mi madre… Pero su existencia y la de su familia se desenvolvían en el filo de la navaja, con el peligroso anatema de haber sido activo republicano… Bueno, en 1959 se marchó a Alemania Federal, donde se precisaba de mano de obra calificada. Tres años después, mi madre, mis cinco hermanos y yo pudimos reunirnos con él en la ciudad de Essen… Lo demás lo sabes, Moure, mis treinta años en Alemania y esta ‘militancia republicana’ que sólo me abandonará el día de mi muerte”.
Hacemos una pausa para brindar, con la breve arenga de otro amigo, Jorge Zúñiga, sefardita y chileno: ¡Ni altar ni trono! ¡Viva la Tercera República! Algo que debiera cumplirse, como los sueños labrados sobre la dura tierra, algún día…

También se cumplirán ocho décadas, el 19 de agosto de 2016, del asesinato del poeta Federico García Lorca, una de las víctimas paradigmáticas del franquismo, por su condición de artista y de homosexual, porque los corporativistas hispanos, en su versión católica del fascismo italiano y del nazismo alemán, también fueron homofóbicos y racistas, aunque emplearan sin escrúpulos tropas moras para combatir a los republicanos.
Hace ochenta años nació en Madrid el conocido escritor chileno, Poli Délano, mientras su padre, escritor y diplomático, Luis Enrique Délano, estudiaba Letras e Historia del Arte, en la Universidad de Madrid. Pablo Neruda vivía entonces en el barrio de Argüelles, ejerciendo como cónsul chileno en la capital española, donde iba a compartir enriquecedoras experiencias con Federico García Lorca, con Rafael Alberti, con Miguel Hernández y otras grandes figuras intelectuales del mundo hispanoamericano, reunidas en torno a la preclara Generación del 27.
Así cantó el vate su conmoción ante la tragedia que vio cernirse sobre la patria de Cervantes:


MADRID (1936)


MADRID sola y solemne, julio te sorprendió con tu alegría
de panal pobre: clara era tu calle,
claro era tu sueño.
Un hipo negro
de generales, una ola
de sotanas rabiosas
rompió entre tus rodillas
sus cenagales aguas, sus ríos de gargajo.
Con los ojos heridos todavía de sueño,
con escopeta y piedras, Madrid, recién herida,
te defendiste. Corrías
por las calles
dejando estelas de tu santa sangre,
reuniendo y llamando con una voz de océano,
con un rostro cambiado para siempre
por la luz de la sangre, como una vengadora
montaña, como una silbante
estrella de cuchillos.
Cuando en los tenebrosos cuarteles, cuando en las sacristías
de la traición entró tu espada ardiendo,
no hubo sino silencio de amanecer, no hubo
sino tu paso de banderas,
y una honorable gota de sangre en tu sonrisa.


En 1939, en las postrimerías de la guerra, el 22 de febrero, muere en Collioure, Francia, Antonio Machado, mirando hacia la patria envuelta en llamas y humo negro, panorama brutal que le hace volver los ojos hacia el pozo sereno de los recuerdos: -“Estos días azules y este sol de la infancia”, su postrer verso... El poeta catalán de la canción, Joan Manuel Serrat, canta con dulce melancolía aquellos instantes crepusculares del sevillano.
En marzo de 1942, muere el joven poeta, Miguel Hernández, en la prisión de Alicante. Le recuerda así Vicente Aleixandre:

No lo sé. Fue sin música.
Tus grandes ojos azules
abiertos se quedaron bajo el vacío ignorante,
cielo de losa oscura,
masa total que lenta desciende y te aboveda,
cuerpo tú solo, inmenso,
único hoy en la Tierra,
que contigo apretado por los soles escapa.


Preguntarás, amigo lector: ¿Por qué los poetas, por qué la poesía para recordar lo que aún nos duele, lo que el tiempo no ha sido capaz de restañar?


Porque la palabra poética pervive sobre la ceniza del olvido; porque de ella siempre manará el agua clara de la esperanza: -“Desde la muerte, renacemos…”, como cantó Neruda, como seguiremos cantando sobre las ruinas de todas las guerras.

Que así sea.



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Edmundo Moure

18 de julio de 2016
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 17-07-2016 15:45
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Recordardo a GarciA Lorca
FEDERICO GARCÍA LORCA, EL DUENDE ANDALUZ

En el grato espacio del refugio López Velarde, Casa del Escritor, rendimos homenaje a Federico García Lorca y a su duende poético, sobre la base de aquella notable conferencia que pronunciara en Buenos Aires, en el año 1933, acompañado de poetas, escritores e intelectuales de una generación privilegiada. Allí estuvieron entonces Rafael Aberti, Silvina y Victoria Ocampo, Delia del Carril, Pablo Neruda y Raúl González Tuñón, entre otras figuras de Iberoamérica y de España. “Juego y Teoría del Duende” fue también presentada por el poeta granadino, ese mismo año, en La Habana.

Y aquí, en uno de los rincones de este “Último Reino” del austro, donde pugnamos por remozar y extender la palabra creadora de poetas y escritores, tomamos como leitmotiv de la animada tertulia del pasado viernes 20 de mayo, aquella conferencia cuyos presupuestos siguen vigentes, como una arte poética que atraviesa ya ocho décadas y que une, acercando mundos, como dice nuestro amigo Antonio Chaves Cuiñas, inquieto gestor cultural, pintor eximio y poeta, quien ha dedicado dieciocho meses a la investigación literaria en Chile y al rescate de memorias preteridas en este extraño y olvidadizo país; tal ha sido su aporte respecto de la obra de Pablo de Rokha, con hallazgos e interpretaciones que no terminan de sorprendernos.

La conferencia-coloquio estuvo articulada en dos de las variadas vertientes de la creación estética de García Lorca: primero, el “duende” y su espíritu universal; luego, ese genial poemario que compusiera en Santiago de Compostela, en el año 1932, imbuido de la figura y de la obra de Rosalía de Castro; nos referimos a los Seis Poemas Gallegos, que escribe en la lengua vernácula, quizá secundado por sus entrañables amigos, los escritores gallegos Ernesto Guerra da Cal y Eduardo Blanco Amor. Este último conservará aquellos manuscritos, con las tachas y correcciones manuscritas del genio andaluz, documento que hoy se guarda en uno de los museos de Galicia.

Procuramos hacer vibrar, aquella noche, las palabras de Federico, recordando que el próximo día 6 de junio es el aniversario ciento dieciocho de su nacimiento en Granada, y que el 19 de agosto se cumplen ocho décadas de su vil asesinato en Viznar, crimen del que nos sigue hablando, con acento desgarrado, el poema de otro andaluz universal, Antonio Machado:

Se le vio, caminando entre fusiles,
por una calle larga,
salir al campo frío,
aún con estrellas de la madrugada.
Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.
El pelotón de verdugos
no osó mirarle la cara.
Todos cerraron los ojos;
rezaron: ¡ni Dios te salva!

En esta conferencia suya, quizá como negra premonición, surgen sus consideraciones sobre el sentido de la muerte en España:

En todos los países la muerte es un fin. Llega y se corren las cortinas. En España, no. En España se levantan. Muchas gentes viven allí entre muros hasta el día en que mueren y los sacan al sol. Un muerto en España está más vivo como muerto que en ningún otro sitio del mundo: hiere su perfil como el filo de una navaja barbera…

Y si nos sigue hiriendo su prematura e injusta muerte, sentimos a Federico vivo en sus versos y palabras inmortales, en ese duende suyo que extrajo de las raíces gitanas de su tierra y supo transformarlo en pulso que late aún en todas las latitudes. Escuchémosle:

En toda Andalucía, roca de Jaén y caracola de Cádiz, la gente habla constantemente del duende y lo descubre en cuanto sale, con instinto eficaz. El maravilloso cantaor, El Lebrijano, creador de la Debla, decía: “Los días que yo canto con duende no hay quien pueda conmigo”; la vieja bailarina gitana, La Malena, exclamó un día, oyendo tocar a Brailowsky un fragmento de bach: “¡Olé! ¡Eso tiene duende!, y estuvo aburrida con Gluck y con Brahms y con Darius Milhaud. Y Manuel Torres, el hombre de mayor cultura en la sangre que he conocido, dijo, escuchando al propio Falla su Nocturno del Generalife, esta espléndida frase: “Todo lo que tiene sonidos negros, tiene duende”. Y no hay verdad más grande.

Con esa verdad a cuestas había llegado Federico a Galicia, en la lluviosa primavera de 1932, para disfrutar de ese duende lleno de lluvia y colores de musgo que descubre en Santiago de Compostela, en sus milenarias rúas misteriosas, donde parece escuchar, desde las piedras humedecidas, la voz de la gran poeta Rosalía de Castro, a quien dedica uno de sus seis poemas gallegos…

Y no resistimos la tentación de recitarlo, en ese ambiente de la SECH que de pronto parecía el de las viejas tascas de Campus Stellae, con sus mesas puestas en U para avivar el coloquio del vino y las palabras en un espacio fraternal:


Canzón de cuna pra Rosalía Castro, morta
Canción de cuna para Rosalía de Castro, muerta


¡Érguete, miña amiga,
¡Levántate, amiga mía

que xa cantan os galos do día!
que ya cantan los gallos del día!

¡Érguete, miña amada,
¡Levántate, amiga mía,

porque o vento muxe, coma unha vaca!
porque el viento muge como una vaca!


Os arados van e vén
Los arados van y vienen

dende Santiago a Belén.
desde Santiago a Belén.


Dende Belén a Santiago
Desde Belén a Santiago

un anxo ven en un barco.
un ángel viene en un barco.


Un barco de prata fina
Un barco de plata fina

que trai a door de Galicia.
que trae el dolor de Galicia.


Galicia deitada e queda
Galicia yaciente y callada

transida de tristes herbas.
transida de tristes hierbas.


Herbas que cobren teu leito
Hierbas que cubren tu lecho

e a negra fonte dos teus cabelos.
y la negra fuente de tus cabellos

Cabelos que van ao mar
Cabellos que van al mar

onde as nubens teñen seu nidio pombal.
donde tienen las nubes su nido y palomar.


¡Érguete, miña amiga,
¡Levántate, amiga mía,

que xa cantan os galos do día!
que ya cantan los gallos del día!

¡Érguete, miña amada,
¡Levántate, amiga mía,

porque o vento muxe, coma unha vaca!
porque el viento muge como una vaca!

Alfonso Castelao diría de estos poemas: “O noso idioma ten tal fermosura, que un poeta andaluz como García Lorca –o poeta mártir-, non foi quen de resistir o seu engado e compuxo poemas en galego”. (Nuestro idioma tiene tal belleza, que un poeta andaluz como García Lorca –el poeta mártir-, no fue capaz de resistir su hechizo y compuso poemas en lengua gallega). Otro escritor y exegeta suyo, César Antonio Molina, calificaba estos poemas, en uno de sus estudios interpretativos, como “milagro.
¿Milagro? No; hallazgo de amor, sí, desde las entrañas de ese andaluz universal, pródigo y multifacético que fue, que sigue siendo, Federico García Lorca, hijo predilecto de Granada y de España.



Edmundo Moure
Mayo 22, 2016
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 23-05-2016 10:59
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JUICIOS CRÍTICOS ( Edmundo Moure opina sobre a sua obra)
JUICIOS CRÍTICOS


Cada hombre lleva en sí un mundo compuesto por todo aquello que ha visto y amado, adonde continuamente regresa, aun cuando recorra y parezca habitar un mundo extraño.
René de Chateaubriand


En 1950 ingresé al primer año de Humanidades, en el Liceo Manuel de Salas (7° Básico, hoy). Tenía nueve años, era el más chico en edad y porte. La profesora de “Castellano”(me gusta este sustantivo más que “Lenguaje”), una vieja gorda y mal encarada (tal vez cuarentona), nos encomendó la primera tarea: escribir en casa una composición, en dos hojas de cuaderno, sobre el tema “Vacaciones”. Escribí mi texto, ese fin de semana, y lo entregué el lunes. El miércoles, la maestra leyó las calificaciones, cuya relación acostumbraba a informar desde la nota más alta, e iba descendiendo en los guarismos, hasta llegar a los desafortunados… Con estupor, advertí que no decía mi nombre; fui el último en ser mencionado: -Edmundo Moure, tiene un uno... Casi me caí del asiento. Imposible, yo había hecho mi tarea con empeño y convencimiento. Cuando sonó la campana del recreo, me acerqué a la gorda, con cara interrogativa y suplicante… -Mire jovencito, acepto cualquier cosa menos la deshonestidad… -No le entiendo señorita… -Seamos claros, esta composición se la escribió algún adulto, su papá o su mamá, ¿cierto? –No –le respondí en un susurro. –La escribí yo solo. –No le creo, el lenguaje empleado no corresponde a un niño. Respiré hondo, saqué fuerzas de flaqueza, y le rogué: -Señorita, por favor, deme otro tema y yo se lo escribo aquí mismo... Me escrutó, sorprendida. –Bueno, tome esta hoja y escríbame algo sobre la primavera.
Lo hice, en no más de quince minutos, y le alargué la hoja. Mientras leía mi nueva creación, observé que la gorda maestra fruncía el entrecejo. Sonrió levemente, diciéndome: -Tiene usted talento lingüístico, debieracultivarlo si quiere llegar lejos…Suspiré, exitoso. Mi nota final se había empinado a un seis coma cinco.
Dos años después de este primer juicio crítico, organizaron en el colegio un concurso de cuentos, en dos niveles: primero y segundo ciclo de humanidades. Participé con mi relato “El capitán indómito”. Era la historia de un comandante de barco de origen irlandés, de apellido Mac Muty, y transcurría en el Mar de los Sargazos (no me acuerdo hoy de la trama, pero se desencadenaban terribles acontecimientos)…

Bueno, obtuve el primer premio, y eso me dio alas para soñar que alguna vez sería un escritor célebre y, por supuesto, adinerado, quizá propietario de un velero que atravesara los mares procelosos hasta el Cabo de Hornos… Los libros de Emilio Salgari me habían transformado en navegante cabal, e intenté construir pequeñas embarcaciones de madera, pero mis manos carecían (y carecen) de toda habilidad artesanal. Mi compañero de banco, el alemán Meyer, que construía maravillosos galeones en miniatura, con palos de fósforos y madera de balsa, criticó mis dedos, comparándolos con los de un campesino bruto: -Quizá podrías probar inscribiéndote en el curso gratuito de jardinería… Y rio de buena gana, con su risa teutona y salivosa.
Nueve años más tarde, a los dieciocho, pergeñé un puñado de poemas inspirados en las atrocidades del imperialismo yanqui en la guerra de Vietnam. Un día, tuve el coraje de entregárselos a mi padre, para que los leyera y me aportara su juicio crítico de lector contumaz. Pasaron dos o tres semanas, sin que me dijese nada. Lo abordé, preguntándole qué le habían parecido aquellos textos –para mí- de indudable interés literario. Me miró de soslayo, alargándome la carpeta que los contenía, mientras me preguntaba, con acento sardónico: -¿Has leído a Quevedo? –No mucho, papá –le respondí, algunas cosas que nos pidieron en el colegio. –Bueno, ahí en la biblioteca del salón están las obras completas. Y se volvió, ofreciéndome su espalda como telón que hubiese caído en rotundo veredicto.
Pasaron veinte años de intensas y constantes lecturas. Es posible que durante ese tiempo haya yo escrito algunas páginas que jamás di a conocer, que extravié en la prolífica biblioteca del olvido, donde yacen quizá las mejores obras de la literatura universal. En 1979 publiqué, merced al sistema de autoedición, mi primer poemario, Ciudad Crepuscular, mediante venta de suscripciones entre mis compañeros de la empresa alemana en la que trabajaba. Presenté a aquel hijo de mis palabras en el Instituto Chileno-Hispánico de Cultura, con el respaldo y apoyo intelectual de mi buen amigo, el poeta Raúl Mellado Castro, ante nutrida concurrencia.
Dos semanas más tarde, en el suplemento literario de El Mercurio, Enrique Lafourcade comentaba el nuevo libro con escaso entusiasmo, en su estilo entre perdonavidas satisfecho y crítico arrogante. Pero ese juicio me afectó menos que el de Jorge Garrido, estafeta de la empresa germana, quien me pidióque le concediera unos minutos, porque debía manifestarme algo importante.
Entramos en uno de los bares que entonces abundaban en calle Teatinos. Jorge me miró a los ojos, diciéndome: -Estoy sentido con usted, porque no me consideró en las suscripciones de su libro… -Amigo –le respondí, no quise gravarte con un gasto semejante. –Esa no es una buena razón –retrucó… Además, yo compré el libro en la presentación y le voy a decir, en su cara, que es regularcito… De los dieciocho poemas, hay tres que se salvan; el resto es prescindible, sin mayores luces poéticas. Yo que usted, lo pensaría antes de publicar otro libro de poemas.

A estas alturas de mi vida, con veintiún libros publicados –dieciséis en Chile y cinco en España- y más de un millar de crónicas aparecidas en diarios y revistas literarias, a lo que cabe agregar cuatro obras inéditas, el juicio categórico del estafeta Garrido me parece acertadísimo. De aquel libro, rescataría yo dos poemas; el resto no merece estar impreso.
Puesto ahora a ordenar mis escritos, pensando en la posteridad, incorporé todo, incluyendo los libros, en formato PDF, en una carpeta virtual, con el título “Mi Herencia”, con copia de seguridad en pendrive, por lo que pudiera suceder. Este notable patrimonio pertenece desde ya a mis hijos. Ellos, o mis nietos o biznietos sabrán hacer algo productivo con el trascendental legado…
Puede que algún joven crítico, sagaz y conocedor, de aquellos que reciben las becas Guggenheim u otras prebendas académicas por el estilo, y se van a estudiar al vilipendiado imperio del norte, descubra el valor de una obra como la mía, merecedora sin duda del más alto encomio…
El grillo que guardo en el armario, apostilla:
-¿Y de qué te va a servir el prestigio póstumo?
-Después de todo –le respondo-, puede que el Paraíso sea la biblioteca infinita que soñaba Borges. Aunque también cabe que ella fuese el mismísimo Infierno…
-Eso, ni los críticos lo saben con certeza, -sentencia el grillo, mientras canta en su rincón, como si se mofara.

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Edmundo Moure
Marzo de 2016
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 01-04-2016 00:23
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