A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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LOS 120 DÍAS DE SODOMA
Manuscrito original, conocido como «el rollo de la Bastilla».


ENVIDIA DEL ÉXITO PECUNIARIO


Transcribo parte de la noticia, extraída del diario español El País. Estoy inundado por la envidia, y no voy a repetir la tontería de “sana envidia”, porque ningún pecado capital puede ostentar buena salud, aunque en los tiempos que corren impere una generalizada confusión de conceptos y hay quienes encuentran “simpática” hasta la pedofilia.
Doce millones de euros son hoy, en este Chile menesteroso y terremoteado, una cifra difícil de escribir, como a mí me gusta, en palabras: nueve mil millones ciento veinticuatro mil trescientos veintinueve pesos. Me alcanzaría para comprar una parcela de una hectárea, con casa incluida y un perro borzoi o galgo ruso, extraordinaria raza cuyos ejemplares criaron, entre otros conocidos, el intelectual ucraniano, León Trotsky, y el español catalán, Ramón Mercader, su asesino, quien le ultimara (al revolucionario, no al perro) el 20 de agosto de 1940, en México, por orden expresa de José Stalin, a quien no le agradaban ni los gatos… También el conde León Tolstoi empleaba en sus cacerías a este fino y resistente galgo, porque el borzoi cuenta con unas quijadas poderosas, capaces de acabar, en trío concertado, con un oso siberiano… Y con el vuelto o sobrante de esta maravillosa transacción, que desmiente el manido desinterés de los ricachones por el arte, ofrecería una fiesta monumental a mis amigos y compañeros escritores, para que confíen en que algún día, aunque sea dos o tres siglos después de muertos, su arduo ejercicio solitario se verá compensado por el éxito económico que no tuvieron en vida, aun cuando el consuelo que nos asiste sea apenas la incierta inmortalidad de nuestras palabras urdidas en la tela del lenguaje universal.
Lean la nota de prensa, por favor.
El manuscrito de Los 120 días de Sodoma, del Marqués de Sade, fue robado a sus legítimos dueños por un editor sin escrúpulos en 1982. Tras ser escondido, vendido y peleado por dos familias durante un largo litigio judicial, la mítica obra escrita por el Divino Marqués mientras estaba preso por pederastia en la Bastilla, ha reaparecido en Ginebra, y ahora ha regresado a París de la mano de un emprendedor y bibliófilo francés, llamado Gérard Lhéritier, presidente y fundador del Museo de las Letras y los Manuscritos, una institución privada.
El nuevo propietario del pergamino sádico asegura haber dedicado tres años de negociaciones y pagado siete millones de euros por el original, que ha sido asegurado por Lloyds en 12 millones y se convierte así, según decía ayer la Agencia France Presse, en uno de los tres originales más caros depositado en Francia.
Los 120 días de Sodoma es una especie de catálogo interminable de perversiones sexuales y actos criminales en cascada y a granel. Cuatro hombres de entre 45 y 60 años, encerrados en pleno invierno en un castillo de la Selva Negra, someten a 600 abusos, sevicias y vejaciones de toda índole a 40 muchachas y muchachos, que sufren su poder y su violencia durante cuatro meses.
Casi dos siglos después de ser escrita, en 1976, la obra sería llevada al cine —Saló o los 120 días de Sodoma— por Pier Paolo Pasolini, que la releyó como una metáfora precursora del fascismo.

Dudo que la lectura de la obra en cuestión, que será probablemente un best seller, cause demasiado revuelo. En nuestra época quedan al parecer pocas aberraciones que no hayan sido exhibidas en público, no como actos de higiene moral o docta regula, sino como instancias de constante entretenimiento y búsqueda de sensaciones más y más “duras”… Cómo hubiera gozado Sade con infinitos pergaminos de su escatología orgánica y mental desplegados en la red de Internet. ¡Cuántos lectores asiduos, Dios mío!

Si alguien duda de la inmortalidad del augusto marqués, remítase a los conceptos creados y salidos de su nombre: sádico (a), sadismo. Cabe preguntarse cuántos siquiatras, sicólogos, gurús, pastores y guías del desasosiego humano, contrajeron con él una deuda perenne, aunque ninguno de ellos pague un peso por “derecho de autor”, cuando diagnostica las inclinaciones sádicas o los traumas asociados que padecen sus cada vez más numerosos clientes de la angustia existencial contemporánea.

Y como estamos hablando del mundo imaginario de la literatura, pensemos por un momento en la posible visita del Marqués de Sade, hoy, a Chile. Aparte del estruendoso recibimiento de sus incontables fans, es seguro que el canal católico de televisión le compraría los derechos exclusivos de Los Ciento Veinte Días de Sodoma, para un reality de alto ratting, aunque con los ya exhibidos –omisión pontificia mediante- ningún escándalo resultaría ya novedoso o extremo.


Edmundo Moure
Abril de 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboracións de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 05-04-2014 01:54
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EL ALMA Y SUS AFEITES
EL ALMA Y SUS AFEITES




ALMA (acepciones):
Parte inmaterial del ser humano que es capaz de sentir y pensar y que, con el cuerpo o parte material, constituye la esencia humana; según algunas religiones, también es inmortal;
Espíritu o alma de una persona muerta que está en el purgatorio sufriendo para purificarse e ir al cielo, o que anda errante por el mundo de los vivos sin poder ir al
cielo;
Persona que está siempre sola, triste y
melancólica.



La actriz tiene mi edad, acercándose a los setenta y cinco. Aparece sobre el escenario con un vestido largo y ceñido. La figura, esbelta y bien conservada, se desplaza con movimientos leves, aunque no gráciles, porque el tiempo mueve en ella con torpeza sus goznes herrumbrosos. Cuando la cámara, en un primer plano, muestra su rostro, se aprecia el forzado estiramiento facial, los ojos prisioneros en cápsulas que otrora fueron párpados graciosos, el cuello planchado como camisa vieja, la boca luce labios rojos que se adelantan, como el gesto de una flor plástica de utilería, abierta en patética rigidez… Esperamos la voz, tampoco es la misma, ha enronquecido y debe amoldarse, en cada inflexión, con los compases de la música. No está mal, cuando fue mejor; no desafina, cuando hace tres décadas cabalgó libre sobre el abanico de las notas juveniles. Suspiramos con disimulo.

-Qué bien se mantiene- dice mi amigo… -Si está igualita.

Asiento con la cabeza, pero no digo nada. Mi vecino es un varón septuagenario que se tiñe el pelo… Ganas me dan de decirle que parece un payaso triste, provisto de peluca ennegrecida que pone en evidencia la triste orografía de sus arrugas, que le desaliña el espíritu y el alma, pero me callo para escuchar juntos a la vieja paloma que amenaza cantar.

El recuerdo y su amante, la nostalgia, no son suficientes para paliar la sensación de la decrepitud y, sobre todo, el patetismo grotesco de la inútil lucha contra el tiempo que expresan las cirugías y los afeites externos, para detener al implacable Chronos. Es uno de los signos de nuestra época, la negación de la muerte, su ocultamiento, su elusión constante. Cultura de lo efímero, de lo intrascendente y fútil, del parecer que olvida el ser. Junto a ello, el exitismo y la fanfarria permanente; el “estado de fiesta” como razón de vida, aunque ya solo bailen esqueletos y despojos lamentables.

La cáscara de esta fruta humana se lustra y recompone, dentro de lo posible. Pero, ¿y el interior? Allí el proceso sigue su ritmo y los órganos se desgastan y retraen; aún no se ha inventado cómo renovarlos o hacerles un “afinamiento”, aunque se reemplacen ciertas válvulas del corazón decrépito y se transplanten piezas de urgencia y con poco uso, aunque se recurra a las grageas azules para recuperar el pulso viril, o a la ingesta de hormonas para restablecer los jugos perdidos en la fuente de Venus.

-¿Y más adentro de los órganos?

-¿Hay algo más allá… ¿El alma, sugiere usted?

-Allí, precisamente, en el meollo, donde habita el hálito inmortal.

-Creí que usted era ateo, o agnóstico, como se autodenominan hoy los ateos “cobardes”…

-Ahórrese los calificativos torpes… Un amigo mejor que usted, cantor de lo humano y lo divino, me reveló la existencia del alma, nada más observando el vuelo de las mariposas.

-Curiosa reflexión, a partir de un insecto que vive cuarenta y ocho horas. ¿No pretenderá que ellas poseen alma?

-Todos los seres la tienen, pero el alma también envejece, aunque se renueva antes de morir con el soplo de la esperanza, si sabemos insuflárselo por sobre toda aniquilación… Hay seres humanos que dejan morir el alma; son los “desalmados”, y abundan en nuestro tiempo, al punto de hacer disminuir, con sus acciones venales, el número de almas.

-¿Y no surgen, acaso, almas nuevas con cada nacimiento?

-Así debiera ser, pero no lo sabemos a ciencia cierta. Es posible que el Hacedor se haya cansado de soplar sus figuritas de arcilla…

-No creo que exista el alma; eso es un invento de iluminados y frailes para explotar la credulidad en función de los poderes de este mundo.

-Es cosa de mirar con atención a nuestros semejantes; son “almitas” que deambulan por la existencia, persiguiendo no se sabe qué, quizá ese pájaro azul de la felicidad que nadie ha visto posarse en su jardín… Véalas cómo corren y se afanan por todos los vericuetos de la ciudad.

-Lo escucho hablar y pienso, vaya cómo nos cambia la vida… Yo que lo escuché hace treinta o cuarenta años, tan rotundo y materialista dialéctico, a ratos “progresista”.

-Míreme a los ojos… ¿No advierte en su fondo el brillo del alma?

-Sólo veo la contracción de la miopía y unas sombras que reptan en el cristalino.

-Hombre de poca fe. Le dejo aquí, mientras retomo mi andar.

-Veo que es usted caminante compulsivo. ¿Qué gana con tragarse tantos caminos?

-Respirar a pleno pulmón, mantener ágil el cuerpo, para que los anhelos aireen el espíritu, para no envejecer tan rápido…

-Bicho raro es usted. ¿Quiere que le acompañe?

-Gracias, no. A estas alturas prefiero andar a solas con mi alma.


Edmundo Moure
Marzo 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboracións de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 20-03-2014 01:32
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Sobre O ESCANO BALEIRO de Xulio López Valcárcel
UN ESCAÑO COMPARTIDO


Todo o que eu amo é eterno
como ti Terra o eres
como as amadas mulleres
como as neves
máis leves
do máis esquecido inverno.
Uxío Novoneyra


Mi entrañable amigo poeta, Xulio López Valcárcel, lucense nacido en Quiroga, para mayor abundamiento, me ha enviado, desde la otra ribera del mar, su ensayo poético de viaje, memoria y testimonio, O Escano Baleiro, libro de bella y fina edición que guardé para su lectura en estas breves vacaciones de febrero, disfrutadas al amparo de una vieja caleta del llamado Norte Verde de Chile, convertida hoy en popular balneario, Guanaqueros.

Libros hay que uno hubiese querido escribir; éste es uno de esos… Caminar las rutas vitales de un autor amado, desde el sortilegio de la palabra poética, rescatando su memoria a través de los senderos del contumaz peregrino que somos, en la única resurrección posible, aquella que comienza con la contemplación del escaño vacío, que llenaremos con una presencia más perdurable que nuestros cuerpos, en virtud de anhelos hechos palabra creadora.

Una de mis tareas pendientes es conocer la comarca de O Courel, como caminante, desde las tierras de Quiroga, a donde mi abuelo Cándido iba de cacería, llevando al entonces cativo de mi padre como compañero y can de circunstancia, para que recogiera las torcazas que abatía con su escopeta, rito que éste iba a repetir, en campos del sur remoto de Chile, con su hijo Edmundo, en tácito encadenamiento de aficiones y ansias por abrazar sin pausa los incontables caminos.

Entonces, haciendo mío el propósito de nuestra Isidora Aguirre (1), acojo su exhortación, que es título de un libro memorioso: “Doy por vivido todo lo soñado”, y sin ánimo pretencioso ni sacrílego, comparto el escaño con Uxío, a quien no tuve la fortuna de conocer, y con Xulio, andariego de rutas fraternales, para entablar con ellos un coloquio que vincule, una vez más, nuestros mundos remotos y contiguos, en el mapa de la poesía, donde los kilómetros se conjugan en sílabas y los continentes se abren como las tapas cálidas de un libro cuya lectura acabamos de oficiar, en el febrero de este Último Reino, renovando las viejas y amadas verbas, tal y como lo sugiriera nuestro padre y devanceiro.

Ao fondo do camiño albisco a casa do poeta. A memoria devolve unha imaxe, a dun home manexando un chanto no lousado. Era Uxío Novoneyra reparando as goteiras con fortes, pesadas lousas que resistirán os ventos da invernía.

Na fachada dianteira, baixo un amplo cobertizo, arrimado á parede está o vello escano onde acostumaba sentar Uxío. O escano, baixo, de rústica factura en madeira, parece ofrecerse convidando ao descanso ou a disfrutar da fresca…

Cojo al vuelo la invitación de Xulio y, en sus palabras, volvo ao Courel sobre os seus pasos, mirando e sentindo, desde a miña experiencia o que el mirou e sentiu…

Nos hemos levantado los tres, para iniciar el viaje por las corredoiras del libro, lugares y rincones que tantas veces transitara nuestro admirado Uxío... No es un agasajo cualquiera y, como tal, convoco a quien siempre va conmigo, para tomar parte en el viaje, ahora que revivo sus sueños, dándoles vida como él sabía hacerlo: con las viejas verbas revividas en el ocaso, golondrinas sin tregua… Cada cierto tiempo, voy a la página 183, donde está el mapa que muestra la sonora grafía de los nombres, mientras subimos, desde Quiroga hacia el noreste, los montes que nos contaba Cándido Pai, como si los volviera a ver a través de la saudade: Conventos, Altos do Boi, Vidallón, A Campa, Valdomir, Eiriz (onde eu tiven unha noiva secreta)… Folgoso do Courel, Sobredo, Ferreiros de Abaixo, Ferreiros de Arriba, Parada, Cotelo, Esperante, Moreda, Seoane, O Carbedo, Romeor…

Surge la casa, en Parada, a Casa da Fonte, donde nació Eugenio Novo Neira, inmortalizado en la literatura como Uxío Novoneyra, en acertado bautismo estético… ¡A casa de pedra e cal vella/ -solaina e ventás prá serra-/ feita fai cen anos a miña maneira! Y si alguien sabe de casas, en sentido poético y fenomenológico, él es Xulio, que nos regaló su Casa Última, sita en la aldea mítica de Naemor, su pequeña patria de Quiroga. Ahora nos presenta y abre para nosotros los ámbitos secretos de la morada del poeta de O Courel, donde Uxío viviera su infancia y adolescencia, esas etapas vitales que cribarán lo que seremos en definitiva.

Y es imprescindible leer y escuchar la voz de Xulio, que sintetiza lo que pensamos y sentimos de aquellos espacios esenciales:

Consciente do legado recibido dos devanceiros, do peso da memoria, do gozo e do sufrimento habido entre aquelas paredes, Uxío amaba a súa casa sabéndose membro dunha comunidade da que formaban parte os vivos pero tamén os mortos. Uxío respectaba a tradición herdada e era fiel a ela, pousaba vagaroso a man sobre os obxectos e cando se dispoñía a ordenar ou facer limpeza era cuidadoso en extremo, pois sabía que estaba collendo un patrimonio material e emocional, afectivo, do que non era dono, só depositario:

Ando limpando a casa de cacharros e trastos
lacenas e faios sen deixar rechubazo.
Ando a tocarlles as mans ós antepasados...


El recorrido nos lleva por lugares, casas, iglesias, tabernas, paisajes, y también seres humanos que entregan sus testimonios vitales de Uxío, como ese paisano querido y luminoso que desde el amor a la tierra rústica y bravía de O Courel supo extraer la mejor síntesis poética, versos certeros, desnudos y prístinos como los amaneceres de la montaña, hondos y viscerales como los crepúsculos que inaugura en las aldeas el cotidiano y rasante vuelo del abrenoite.

Y están sus pares coetáneos, poetas y escritores que compartieron ese quehacer y que a menudo cuesta integrar en la difícil hermandad de la poesía… Xosé María Díaz Castro, Ánxel Fole, su fiel amigo Manuel María, los compañeros del grupo Brais Pinto, Ramón Piñeiro y otros…

Me detengo con especial fruición en el texto en que Xulio trae a nuestra memoria al poeta José Ángel Valente Docasar, pues más allá de la admiración que profesamos a este extraordinario orensano universal, a mí me liga una vieja amistad con los hermanos Valente Docasar, radicados en Chile hace más de cuarenta años: Manuel, Ramón y Marcial. Con este último, sobre todo, me unen afanes literarios de antigua data. Él es un destacado editor, y su hija, Paulina Valente Uribe, fina poeta chilena, con quien compartiéramos las aulas de nuestro Centro de Estudios Gallegos de la Universidad de Santiago de Chile. A través de Marcial pude conocer en profundidad la obra de José Ángel, acercarme a ese gallego que en los últimos años recuperara la lengua vernácula para su propia creación, mostrando en esa actitud el drama de los idiomas avasallados por la cerril incomprensión de los centralismos políticos, que imponen sus códigos burocráticos por encima de la libertad creadora.

Así lo expresa Valente en carta que recoge e incluye Xulio en su sobresaliente ensayo:

Hace unos meses fui visitado, repentinamente y sin buscarlo, por la lengua gallega, que tiene de todos modos muy sumergidos fondos en mí, y escribí de seguido siete poemas que he titulado Sete Cantigas de Alén…

Una noche, en casa de Manuel Valente, al calor de una incomparable cena gallega, Marcial recitó una de esas cantigas, que está en el acervo poético de mi memoria:

Escoita, mai, voltei.
Estou no adro
onde aquel día o grande corpo
de meu abó ficou.
Inda oio o pranto.
Voltei. Nunca partira.
Alongarme somente foi o xeito
de ficar para sempre (2)



Ya ves, caro lector, cómo se unen y entrelazan los confines y de qué manera nuestro prurito finisterrán no hace sino acercar la Galicia atlántica a la Galicia de la diáspora o de alén mar, como escribe Xulio… Por eso, recibir y disfrutar libros imprescindibles, como O Escano Baleiro, asume para nosotros un significado que está más allá de toda hermenéutica literaria o pasión por la palabra. Dicho por el propio Uxío Novoneyra:

Camiño de volta fago
volvo do cabo do Mundo.
Terra sólo en ti me fundo:
é a certeza que traio.


Quisiera seguir hablando y escribiendo de este libro que gocé en el verano del Sur, pero no es posible en el acotado espacio de la crónica. Cabe sólo agradecer a Xulio López Valcárcel y anotar en mi libro de débitos literarios esta nueva deuda de uno de sus galanos, que espero recibir hasta que mi propio escaño quede vacío…


Edmundo Moure
Febrero 2014
(1) Isidora Aguirre, nacida en 1919, es más conocida en la literatura chilena por su producción teatral. Recién en 1987 incursiona en la novela con "Doy por vivido todo lo soñado". A pesar de ser una novata en este género, Aguirre demostró poseer un don innato en el arte de narrar. La autora falleció el 25 de febrero de 2011, a la edad de 92 años.
(2) Sugiero ver, en Internet, el ensayo Tierra de Meigas: Cántigas de Alén, de Paulina Valente Uribe, sobrina chilena de José Ángel Valente.
Comentarios (0) - Categoría: Colaboracións de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 28-02-2014 17:02
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CHILOÉ E GALICIA
CRÓNICA SOBRE UNA CONFERENCIA


El domingo 9 de febrero de 2014, proferí una conferencia en el Teatro del Lago, sito en la localidad de Frutillar, Región de Los Lagos, Chile, Último Reino. Construido sobre las azules aguas del lago Llanquihue, el segundo de Sudamérica en tamaño, después del Titicaca, el recinto es un auténtico palacio de la cultura, digno de la más pretenciosa de las ciudades del mundo… El tema: “Chiloé y Galicia, Confines Mágicos”, quizá nada novedoso para quienes conocen mi libro homónimo, publicado en Galicia, en sendas ediciones de 1997 y 2009, pero sí atractivo para el numeroso público asistente que -aparte de mi hermano Mario- no conocía estos contenidos, y recibió, con interés y expectación, estas palabras acerca de las analogías entre ambos imaginarios populares, el chilote y el gallego.

Por lo tanto, la charla fluyó, sobre la base de un monólogo coloquial, sin lectura programada, como si conversáramos alrededor del fogón chilote o de la lareira gallega. Hablé de dos amores femeninos, que no son mujeres, Chiloé, la Nueva Galicia, y la Galicia Atlántica, desde donde viniera nuestro progenitor lucense, Cándido Francisco, hijo de A Touza, Santa María de Vilaquinte, Chantada, Lugo. Di a conocer parte de las numerosas semejanzas entre ambos confines, partiendo por las latitudes comparadas, norte y sur, que muestran coincidencias entre ambos hemisferios. Clima, topografía y paisajes similares; apellidos gallegos que abundan en Chiloé, sobresaliendo los Andrade, Alvarado, Bahamonde, Álvarez y Gómez, entre otros; entes legendarios y míticos, como el Trauco chilote (trasgo o trasno gallego), reinventado en el archipiélago mágico por la simbiosis de la crónica oral de aquellos primeros encomenderos galaicos, asentados en la Isla Grande a partir de 1601, y la rica tradición imaginaria de chonos y huilliches, primeras etnias que habitaron las comarcas isleñas de la Nueva Galicia y que hoy perviven en muchas tradiciones asimiladas por los mestizos y en las hermosas toponimias, vencedoras del castellano para nominar el mundo isleño.

Las particularidades del imaginario comienzan, quizá, con las analogías de la “cultura de los muertos”, entre la Santa Compaña Gallega, procesión de ánimas penitentes por los caminos aldeanos y el interminable periplo de espectros que buscan consuelo a bordo del Caleuche, el buque fantasma de Chiloé. Las fiestas comunitarias o ceifas gallegas, donde los paisanos se unen para compartir y colaborar en distintas faenas, equivalentes a la célebre “minga” chilota, que incluye una versión inconcebible en Galicia: la tiradura o traslado de casas enteras, de un lugar a otro, tanto por tierra como a través del mar. Esta última versión, donde se ve una casa cuya planta baja está sumergida bajo una ilusoria línea de flotación, mientras el piso superior semeja un navío surcando el mar de los canales, bajo los compases de valses chilotes que los pasajeros –moradores de la casa- interpretan, apoyados de acordeones y guitarras, en compañía de vecinos que comparten el jolgorio e incentivan los repetidos brindis con espirituosa chicha de manzana o con vino blanco.

Y es que en Chiloé, Macondo no es una invención literaria, sino una realidad cotidiana que asombra al viajero desprevenido, tal vez habituado a las obviedades de la vida urbana. Y así lo recuerdo, en un relato que escribiera veinte años atrás:

Hace años, conversaba con una lugareña de la isla de Quinchao, dueña del restaurante en el atracadero de la balsa que viene de Dalcahue, en la Isla Grande de Chiloé, cruzando los dos kilómetros del estrecho que separa ambas ínsulas australes... El negocio y la casa están unidos y asentados en gruesos maderos del palafito. Al subir la marea, las aguas acarician la parte baja de las habitaciones.

-Cuando es inviemo y baja la espesa niebla me dice doña Isolina, abro la ventana de mi dormitorio y me divierto escuchando conversaciones de los vecinos de Dalcahue...

-Perdone le respondo, pero eso es imposible; las casas de Dalcahue distan más de dos kilómetros de la suya; a esa distancia sólo podría escucharse el ruido del viento o el eco de gritos destemplados ...

La mujer sonríe ante mi escepticismo cosmopolita.

-Señor me dice, usted no conoce Chiloé; aquí los sonidos atraviesan intactos la distancia, gracias a los brujos que graban en el aire las conversaciones de los vivos y, a veces, nos traen el mensaje de los muertos.

García Márquez, al ser interrogado por periodistas acerca de su fértil imaginación, prodigada en Cien Años de Soledad, respondió que no había inventado casi nada, que las anécdotas y sucesos principales de su novela eran parte de lo vivido en su infancia, en la minúscula aldea de Aracataca, experiencia de una realidad americana que en las comarcas rurales es una suerte de magia al alcance de la mano: los aparentes prodigios corresponden a un mundo maravilloso que no hemos develado en su plenitud.

Recuerdo que, en mayo de 1983, luego de mi primer viaje a Galicia, leí un artículo del gran narrador colombiano titulado “Viendo llover en Galicia”, donde contaba que Úrsula, la matriarca de Cien Años de Soledad, había sido inspirada por su abuela matema, de origen gallego, oriunda de Lalín, en la provincia de Pontevedra, quien abrió con sus historias el cauce de esa imaginería fantástica que iba a recrear mucho más tarde en su obra.

Para mi abuela -escribía García Márquez- la realidad y la fantasía constituían un mundo indisoluble, y sus muertos, fueran antepasados remotos o contemporáneos suyos, habitaban un espacio con el que podía uno comunicarse en ocasiones especiales.

En Chiloé palpita aún ese realismo mágico que muchos autores buscan para dar vida a sus ficciones. Fenómenos climáticos que desconocemos otorgan al observador señales que pueden interpretarse como extraños sucesos. Una niebla espesa sobre el mar, a determinadas temperatura y densidad, transmitirá los sonidos con gran nitidez, dará a la voz humana tonalidades que no percibimos a diario; un amanecer sobre el mar de los canales, cuando se prepara la tormenta, infundirá a seres y cosas especiales contornos. Así, veremos que las aves marinas ostentan caras humanas, oiremos cantos de sirenas que vienen de lo profundo, escucharemos en el graznido de los pájaros nombres de individuos conocidos (nuestro propio nombre, si la muerte nos ronda con sus prematuras alas nocturnales).

Antonio Bórquez Solar, poeta chilote, denominó al puñado de islas que conforman Chiloé “archipiélago sonoro”, porque allí las cosas están dotadas de cierta musicalidad, de una especie de natural eufonía que fascina y sugiere a la vez... ”El viento se desliza siseando entre los árboles; el mar sacude sus olas en las playas en un constante rumor que se extiende hacia la tierra, escuchándose muy adentro; la lluvia es como un alocado tamborcillo infatigable y pertinaz... En fin, el hombre para no ser menos, sincroniza muchos de sus actos y ritos del trabajo con sencillas melodías y canciones que tararea en la diaria faena”. Si observamos con atención, el lenguaje de los chilotes es melodioso y cantarino...

-Como en Galicia, afirma don Demófilo Pedreira Rumbo, un viejo gallego que encontró en Chiloé su segunda patria; como en las aldeas donde la lengua gallega venció el uniformismo avasallador de militaristas y burócratas obtusos, porque sus hablantes practicaban a diario la música de las viejas verbas, con ese acento pleno de eufonías que no se encuentra en las grandes ciudades...

-Porque como usted sabrá - me dice, estas tierras fueron bautizadas hace más de cuatro siglos (1567), por Martín Ruiz de Gamboa, como “Nueva Galicia”, en homenaje a su suegro, Rodrígo de Quiroga, a la sazón Gobernador del Reino de Chile, que era gallego, y su capital fue llamada Santiago de Castro, la más austral de las villas bajo advocación del Apóstol...

-Bah - le retruco, fue costumbre de los descubridores y conquistadores ibéricos otorgar los nombres de sus lugares de origen a las comarcas americanas; y así, Nueva España por México, Nueva Granada por Colombia, Santiago del Nuevo Extremo por la Nueva Extremadura de don Pedro de Valdivia ...

-Aquí es distinto - replica el gallego; los paisajes, el clima, la gente, sus costumbres, su lenguaje, sus creencias anímicas, todo ello recrea vivamente a la rumorosa Galicia. Es cosa de ver, hombre, cosa de ver ...

Cierto, es cosa de ver. Y a mí me fueron abiertos los ojos de la imaginación y el encantamiento vital por medio de las historias que mi padre gallego nos narraba, de su aldea natal; y luego, en el hallazgo visceral e imaginativo, por boca de lugareños y amigos poetas, como don Tono Cárdenas y su hijo Renato; Mario Contreras Vega, Rosabetty Muñoz, Carlos Trujillo y otros habitantes privilegiados de estas comarcas amadas –puedo decir, yendo más allá del abuso lingüístico: ‘para siempre’- por el alma de este humilde trovador peregrino, hijo de los confines.


¡Veamos!

Edmundo Moure
Febrero 2014
Sobre Chiloé (Illa grande)
Comentarios (0) - Categoría: Colaboracións de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 25-02-2014 23:24
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CONMEMORACIONES Y DIDÁCTICAS
Onte, 4 de febreiro, no 73 cumpleanos do noso colaborador e amigo Edmundo Moure Rojas, recibimos estes artigos que reproducimos ao tempo que o felicitamos con moito agarimo.



CONMEMORACIONES



Por Edmundo Moure Rojas


El 2 de febrero es el cumpleaños, ahora conmemorativo, de James Joyce, el irlandés que recreó en la modernidad el mito de Ulises; el 3 de febrero cumple años Paul Auster, notable narrador estadounidense –eximio en tierra de grandes contadores de historias-… Hoy, cuatro de febrero, conmemoro mi septuagésimo tercer febrero. Es cuando casi todos los amigos, conocidos y parientes están de vacaciones, así es que uno se ahorra saludos y parabienes, quizá algún regalo que, salvo se trate de vinos o libros, huelgue como saludo de circunstancia… Todavía carezco de la notoriedad merecida de mis dos referentes bajo el signo de Acuario, pero la fama vendrá, aunque fuere póstuma, que suele ser aún más grandiosa… Si no me creen, remítanse a Cervantes.

Iba a tejer algunos recuerdos remotos de la infancia, como aquel temporal de verano del 4 de febrero de 1945, cuando la tarde se llenó de nubes y de tristeza, porque ni mis primos ni mis amigos llegaron a saludarme en mi cuarto cumpleaños, y estuve toda la tarde jugando con una camioneta azul de metal, parecida a la del padre Hurtado, mientras miraba la palmera de calle Loreto, abatida por el viento…

Pero, basta. Ya hay amigos que me recomiendan cierta abstinencia verbal, y puede que tengan razón, después de todo y de tanta palabra volandera salida de esta “cabeza llena de pájaros”, como dijera de mí el Gallego, poco antes de su pasamento o último viaje.

Prefiero intentar un símil, fruto de insatisfechos deseos o de anhelos cumplidos a medias, apoyándome en las palabras, casi textuales, de Paul Auster, en su “Diario de Invierno”. Saca tú, amable lector, que hoy echas en falta mis crónicas semanales, las conclusiones que te vengan en gana.

“Tienes setenta y tres años. Rara vez, en el largo trayecto desde tu infancia hasta hoy, ha habido un momento en que no estuvieras enamorado. Veinticinco años de “sereno” matrimonio, pero en los veintitrés anteriores, ¿cuántos caprichos y enamoramientos, cuántos afanes y ardores, cuántos delirios de loco deseo? Desde que tienes conciencia has sido un esclavo solícito de Eros. Las chicas que amaste de niño, las mujeres que amaste de hombre, cada una diferente de las demás, algunas altas, otras bajas, algunas esbeltas, otras pulposas, intelectuales, deportistas, sociables, solitarias, blancas, negras, algunas asiáticas; nunca fue la apariencia lo que te importaba realmente, sino la luz interior que detectabas en ellas, la chispa de singularidad, el fulgor de su identidad revelada; esa luz la hacía bella para ti, aunque para los demás fuera invisible aquella belleza. Ardías por estar con ella, lo más cerca posible, porque la belleza femenina es algo a lo que nunca has podido resistir. Ya en el jardín de infantes te enamoraste desde el primer día de la niña rubia de larga cola de caballo. La maestra, Frau Eduvigis, los castigaba a menudo por esconderse juntos a hacer travesuras, pero esos castigos no significaban nada para ti, porque estabas enamorado, porque el amor era tu debilidad, como lo sigue siendo ahora, cuando no eres más que un anciano, algo triste y siempre enamorado…”

Un abrazo, en este 4 de febrero, para los que me saludan y también para los otros…



DIDÁCTICAS

Inicio aquí una serie de breves textos, en su mayoría ajenos, porque otros han dicho lo que pienso de mejor manera.

Éste, el primero de la serie, va dedicado al editor Juan Carlos Sáez, ingeniero de los de verdad, para mayor abundamiento.




HABLA JUAN DE MAIRENA A SUS ALUMNOS

(Mairena, en su clase de Retórica y Poética)

-Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”.

El alumno escribe lo que se le dicta.

-Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.

El alumno, después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle”.

Mairena. –No está mal.

-Cada día, señores, la literatura es más escrita y menos hablada. La consecuencia es que cada día se escribe peor, en una prosa fría, sin gracia, aunque no exenta de corrección, y que la oratoria sea un refrito de la palabra escrita, donde antes se había enterrado la palabra hablada. En todo orador (escritor) de nuestros días hay siempre un periodista chapucero. Lo importante es hablar bien: con viveza, lógica y gracia. Lo demás se os dará por añadidura.


(Antonio Machado, a través de su heterónimo, Juan de Mairena, voz que pervive entre tanto cacareo).

--
Edmundo Moure Rojas
Poeta, Escriba y Tenedor de Libros
Comentarios (0) - Categoría: Colaboracións de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 05-02-2014 00:01
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LA POESÍA COMO MEDIO DE CONOCIMIENTO DE LA NATURALEZA

Incluímos hoxe o encabezamento e resumo do traballo que publica o noso colaborador e amigo Edmundo Moure na revista de filosofía Eikasía editada pola Sociedade Asturiana de Filosofía que dedica este número monográfico de xaneiro de 2014 á Filosofía da Natureza.


LA POESÍA COMO MEDIO DE CONOCIMIENTO DE LA NATURALDEZA


Por Edmundo Moure Tojas

La poesía es conocimiento, salvación, poder,abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro. Octavio Paz

Hay dos maneras de conocer, que los místicos llaman Meditación y Contemplación. La Meditación es aquel enlace de razonamiento por donde se llega a una verdad, y la Contemplación es la misma verdad deducida cuando se hace substancia nuestra, olvidado el camino que enlaza razones, y pensamientos con pensamientos. La Contemplación es una manera absoluta de conocer, una intuición amable, deleitosa y quieta, por donde el alma goza la belleza del mundo,privada del discurso y en divina tiniebla. Ramón del Valle-Inclán

La pasión del conocimiento está ínsita en el artista completo… Fuente de amor; fuente de conocimiento; fuente de iluminación; fuente de descubrimiento; fuente de consuelo; fuente de verdad… Si alguna vez la poesía no es eso, no es nada. Vicente Aleixandre



Resumen

En nuestra cultura occidental se da por entendido que el conocimiento tiene su origen en la percepción sensorial, para acceder al entendimiento, cuyos procesos se alojan y actúan en el cerebro, donde se lleva a cabo el análisis de la razón, para completar el proceso ognoscitivo de aprehensión de la realidad. El ser humano, sin duda, posee otros atributos fuera de la razón especulativa. Dentro de ellos está el ámbito del arte, con su proceso creativo y su visión simbólica y representativa, que deviene en lo que
llamamos “conocimiento artístico” (poiesis), que se desenvuelve a través de las diversas expresiones, entre las que se encuentra la poesía, no como mero ejercicio de versificación ni conjunto de recursos semántico-expresivos,
sino como auténtica clave de acceso a aspectos de la realidad que otras esferas del conocimientos no abordan ni develan. Apoyados en este aserto, que desarrollaremos como breve ensayo, elaborado desde nuestra propia experiencia en el campo de la literatura, ejemplificado a través de autores y textos que estimamos esenciales, esperamos llevar a cabo este propósito, dentro del amplio marco de la Filosofía de la Naturaleza.


(Pódese ler o seu contido completo ao pé)
Ler contido completo da revista e o citado artigo
Comentarios (0) - Categoría: Colaboracións de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 18-01-2014 10:12
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ÚLTIMA Y PRIMERA CRÓNICA
EL ALBERGUE DE LOS MAESTROS


Estamos un año más viejos -¡vaya novedad!- y sentimos el vértigo del tiempo cada vez con mayor apremio, como si recorriésemos una larga montaña rusa y tras la próxima cuesta la velocidad se tornara incontrolable.

Ya no es necesario para nosotros detenernos en el necio resumen del año que se fue, como si pudiésemos conjurar lo malo y atesorar lo que nos parece positivo. En nuestro fuero interno sabemos lo que nos trajo el soplo aleve del desasosiego o la sencilla alegría de una satisfacción postrera, porque, como aquel personaje llamado Bras Cubas, ya todo nos suena a legado póstumo que pudiera ser incluso escrito por un difunto, como columbrara en sus geniales devaneos narrativos, Joaquim Machado de Assis.

En un ritual que venimos repitiendo hace veinte años, haremos lo posible por pasar el límite ilusorio de las cero horas mientras leemos una líneas de algún querido libro, como si con este acto ligásemos un año con otro en la cadena interminable de las palabras, como si contribuyésemos también, agregando un minúsculo eslabón a ese gran libro que los contiene a todos, en el sueño recurrente de Jorge Luis Borges y su biblioteca infinita.

Casi a tientas –o al azar, si prefieren- busqué entre los libros de la biblioteca a uno de mis maestros, porque el posible sosiego, aunque sea parte de nuestro inveterado escepticismo, sólo podría venir en voces probadas de estilo y sabiduría; jamás en la del gay trinar de esos vanguardistas a la violeta que confunden el arte con la publicidad estridente de los zafios.

Alguien se preguntará, al pasar de estas líneas, por qué hablo de “nosotros” y de “mí”, de manera alternativa. Es muy simple: somos al menos dos: yo y el que siempre va conmigo. Esto lo saben bien los viejos escribas que se entregaron, en la dualidad de cuerpo y alma, a la servidumbre amorosa de las palabras.

Cogí del andel el “Libro del Desasosiego”, de mi amado maestro Fernando Pessoa, a la vez poeta y tenedor de libros, ambos oficios ejercidos a lo largo de las tres cuadras que van desde el cuarto piso de su modesta morada de soltero hasta el segundo piso de la oficina de comercio del patrón Vasques. No requirió de mayores espacios el solitario vate de la Rúa dos Douradores para acuñar una obra que vino a hacerle justicia treinta o cuarenta años después de su muerte, ocurrida en 1935, como un suceso trivial que pasó inadvertido en la vieja Lisboa…

Abro al azar y leo… Son las 11:55 PM del día martes 31 de diciembre de 2013… Mi madre hubiera cumplido hoy cien años, un siglo de vida que no alcanzó, aunque el número secular se haya realizado en la suma de sus descendientes directos que le dijeron adiós la noche del 22 de julio de 2012… Leo lo que voy a transcribir a continuación, y cuando termines la lectura, caro lector cautivo, piensa que estás viviendo los primeros minutos del año 2014, con sus promesas, ilusiones y presagios. Te autorizo a regalarme tu abrazo, aunque yo esté lejos de ti. Voy a recibirlo en silencio y tu congratulación será el mejor saludo para nosotros:

“…La mayor acusación al romanticismo está todavía por hacerse: es la de que representa la verdad interior de la naturaleza humana. Sus exageraciones, sus ridículos, sus diversos poderes de conmover y seducir, residen en que él es la figuración exterior de lo que hay más adentro del alma, más concreto, visualizado, visible incluso, si el ser posible dependiera de cosa distinta que el Destino.

¡Cuántas veces yo mismo, que me río de semejantes seducciones de la distracción, me encuentro suponiendo que sería bueno ser célebre, que sería agradable ser mimado, que sería brillante ser triunfador! Pero no logro verme en esos papeles de alta cumbre sino es con una carcajada del otro yo que tengo siempre junto a mí como una calle de la Baixa. ¿Me veo célebre? Pero me veo célebre como tenedor de libros. ¿Me siento encumbrado a los tronos de ser conocido? Pero la cosa sucede en la oficina de la Rúa dos Douradores y los compañeros son un obstáculo. ¿Me oigo aplaudido por multitudes varias? El aplauso llega hasta el cuarto piso donde vivo y choca con el mobiliario tosco de mi cuarto barato, con la vulgaridad que me rodea y me humilla de la cocina al sueño. Ni siquiera tuve castillos en España, como los grandes españoles de todas las ilusiones. Los míos fueron de cartas de baraja, viejas, sucias, de una baraja incompleta con la que no se podría jugar nunca: ni siquiera llegaron a caer, fue preciso destruirlos, con un gesto de la mano, bajo el impulso creciente de la vieja criada, que quería recomponer, sobre toda la mesa, el mantel colocado en la mitad del otro extremo, porque la hora del té había sonado como una maldición del Destino. Pero hasta eso no pasa de una visión estética, pues no tengo la casa provinciana, o las viejas tías en cuya mesa tome yo, al fin de una velada familiar nocturna, un té que me sepa a descanso. Mi sueño fracasó hasta en las metáforas y figuraciones. Mi imperio no llegó a las astrosas cartas de la baraja. Mi victoria fracasó sin ni siquiera una tetera o un gato antiquísimo. Moriré como he vivido, entre el ajetreo de los alrededores, apreciado por mi esfuerzo entre las posdatas de lo perdido.

Que al menos lleve al inmenso posible del abismo total la gloria de mi desilusión como si fuera la de un gran sueño, el esplendor de no creer como un pendón de la derrota… Nadie sabe, porque nadie sabe nada, y las arenas sumergen por igual a los que tienen pendones y a los que no los tienen. Y las arenas lo cubren todo, mi vida, mi prosa, mi eternidad.

Llevo conmigo la conciencia de la derrota como un pendón de victoria. ”

Ya ves, amigo, que uno puede sufrir también desvaríos románticos, aunque no sea apropiado reconocerlo hoy, cuando la realidad toda pareciera proyectarse con las lentes unidimensionales de la filosofía del mercado.

Ahora siento tu abrazo, que correspondo, mientras contemplo los fuegos de artificio en una playa de Concón, al sur del mundo.

Boaventura e moitos agarimos, como pienso que diría el maestro Pessoa, mirando la última lluvia de diciembre desde la ventana de su cuarto en la Rúa dos Douradores.



Edmundo Moure
diciembre 31 2013; enero 1, 2014

Fernando Pessoa; “Libro del Desasosiego”; Editorial Acantilado; Barcelona, 2003
Comentarios (0) - Categoría: Colaboracións de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 04-01-2014 10:58
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PATRIA DAS MIÑAS PALABRAS
PATRIA DAS MIÑAS PALABRAS
PATRIA DE MIS PALABRAS

Antón Tovar
(Rairiz de Veiga, 1921; Ourense, 2004.)



La lengua es la única patria del escritor.
(Mario Levi)





Patria temporal da lingua Patria temporal de la lengua
onde me acobillo e me defendo donde me cobijo y me defiendo
fixen dos ecos que sementaron hice de los ecos que sembraron
os labios dos mortos los labios de los muertos
a miña casarella de home triste. mi pequeña casa de hombre triste.

Agora son o pegoreiro probe Ahora soy el pobre pastorcillo
que conduce as greas de palabras que conduce rebaños de palabras
polas brañas lentorecidas do silencio. por los matojos yertos de silencio.

Comungo, tal un neno tatexante,Comulgo, como un niño tartamudeante,
os nomes primixenios, verdadeiros los nombre originarios, verdaderos
que desgalgan dende os outos píncaros que se despeñan desde los altos promontorios
e baixan cos regatos polas corgas. y bajan con los arroyos por las quebradas.

Termo da cabezada dise carro Extremo del cabestro de ese carro
de cantigas que regresa co seu feno de cantigas que regresa con su heno
secular, invisíbel abrazado secular, invisible atado
polo adibal do tempo. por la cuerda del tiempo.

Esculco os peitos dos mozos que esgutían Indago en el pecho de los jóvenes que claman
contra a lúa nas noites de troulada contra la luna en noches de jarana
i aturuxo só no meu libro solitario. y grito solo en mi libro solitario.
Apreixo os barazos dos suicidas Aprieto los temblores de los suicidas
que inda colgan das trabes nas casoupas que aún cuelgan de las vigas en las casuchas
asasinados pola indiferencia asesinados por la indiferencia
dos cidadaos de grabata cortesán. de los ciudadanos de corbata cortesana.

Pequena patria das palabras Pequeña patria de las palabras
tristes coma aforcados abalando tristes como ahorcados balanceándose
que eu degraño como un millo que yo desgrano como el maíz
nas miñas maos culpábeis e inocentes. en mis manos culpables e inocentes.




(Traducción de E. Moure)
Comentarios (0) - Categoría: Colaboracións de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 28-12-2013 09:37
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RECORDANDO O NADAL
MISTERIOS DEL TIEMPO



El tiempo es asunto misterioso. Fluye, lo advertimos, de manera continua e inexorable. El río de Heráclito no es el tiempo que corre por el cauce del existir; somos nosotros que avanzamos o retrocedemos, según se interprete. Suponemos que el tiempo comienza con la vida y concluye con la muerte, pero hay quienes sostienen que el devenir cronológico, tal como lo entendemos, es pura ilusión en el vasto universo del que somos menos que un grano de arena. Otros aseguran que habrá un “tiempo sin tiempo”, en brazos de la eternidad, cuestión que supera nuestra capacidad de entendimiento.

Mas, nuestra memoria y la experiencia que cargamos sobre su implacable fardel, nos dicen que algo transcurre y nos transforma, segundo a segundo. A riesgo de plagiar a Heráclito, podríamos colegir que jamás el mismo rostro se contempla en el mismo espejo, aunque esa extraña misericordia que significa vernos, día a día, nos impide percatarnos de la ocurrencia del cambio, como no es dado, a primera vista, apreciar el moroso crecimiento de una planta o de un árbol… Hasta que nos encontramos con un viejo amigo, que no veíamos desde hacía décadas, y en medio del esfuerzo por mutuo reconocimiento, pensamos: “¡Qué viejo está!”, lo que también pensará él, absteniéndose en la diplomática falacia de las buenas maneras…

Aparte de este curioso instrumento llamado reloj, medimos el tiempo a través de los sucesos, hechos y situaciones que vamos experimentando; muchos de ellos desaparecen tal como llegaron, aventados en la ceniza del olvido; otros dejan su huella en la memoria y podemos recordarlos, por medio del enigmático viaje hacia el pasado, para obtener un rescate que carga con las imprecisiones del pretérito desvaído y las enmiendas de la anhelante imaginación restauradora.

En casa, cuando éramos niños, allá en calle Exequiel Fernández, medíamos el tiempo con la dolorosa impaciencia de la niñez, desde el día 23 de diciembre, cumpleaños de la abuela Fresia, hasta el 31 de diciembre, cumpleaños de mamá Fresia, con el más importante de los interludios, la Nochebuena, momento en que recibíamos los esperados regalos, aparecidos como por arte de magia, pasadas las doce de la noche, bajo al árbol navideño, con esos tonos multicolores que ya no podemos ver como entonces, pues nuestros ojos no son los mismos, desprovistos hoy del candor extraviado, como el paladar que extraña el remoto sabor de las cerezas.

Aquel día 23, los saludos, parabienes y visitas comenzaban antes del almuerzo, se prolongaban en la imperdonable hora del té, cuando la abuela decía, luego que el viejo reloj de péndulo tañía las cinco campanadas, con un dulce seseo que parece aún resonar en mis oídos: “vamos a hacer onces”, expresión única y de rara semántica que a veces intento restaurar, con ese dejo de triste humor por lo perdido…

Entonces, el tiempo se tornaba para nosotros extenso camino, y veíamos muy lejos la víspera de Navidad, que nos aguardaba titilando, en un puñado de horas que hoy sería destello efímero, medido con la desbocada velocidad de la luz que parece arrastrarnos, sin pausa, hacia el delta final.

Los niños, al igual que los pájaros, viven el presente como único estadio de sus móviles y apremios, pues la memoria es en ellos apenas una sensación inconsciente para actuar en relación a los seres y las cosas… Así, el recuerdo, que es la pulsión ávida por recuperar lo pretérito, se volverá también el verdugo de aquel presente difuminado donde fuimos –o creímos ser- felices. La remembranza posee ese valor dual: perseguir la memoria y segarla de un golpe, como la hoz que corta la espiga para desgranarla y convertirla en pan. El alimento ha olvidado el grano, como la espiga no puede evocar por sí misma a la semilla.

Veo ahora la línea del tiempo, mientras escribo; cómo las palabras que van quedando atrás en la frase ya son pasado irremediable… También tú lo sentirás, caro lector, al mover tus ojos entre una y otra palabra… Pero si brota en ti ese fulgor del que nos habló el poeta, habrás atesorado al menos una minúscula semilla en tu corazón… Y créeme, volverá a germinar, porque hemos venido a derrotar el olvido y a vencer toda aniquilación.

Al cabo de las palabras, eso tendrá que ser posible; es mi esperanza y quizá sea también la tuya.


Edmundo Moure
Diciembre 2013
Comentarios (0) - Categoría: Colaboracións de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 23-12-2013 09:29
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LEMBRANDO Ó EXILIO
LOS CABALLEROS DE LA SIRENA NEGRA


Editorial Senda/Senda Förlag; Estocolmo; Suecia; Serie Narrativa; agosto de 2012. Guillermo Martínez Wilson

La publicación “al otro lado del mar” nos indica la condición de exiliado, que aún no abandona por completo al autor, aunque esté hace dos décadas de vuelta entre nosotros, porque esa escisión a que fueran forzados tantos compatriotas resulta, en muchos casos, irreparable. El desterrado ha perdido toda referencia de domicilio estable, se encuentra fuera de su centro vital y la propia tribu le mira como a un extranjero que hubiese transgredido el secreto de sus habitaciones…

Y así lo dice el autor, a través de su logrado protagonista:

“El exilio, cuando dicen que es una especie de muerte en vida o peor que la muerte ¡es verdad! Vas por el mundo pero no vives el mundo, eres una especie de espectro de ti mismo que peregrina, ves las cosas bellas del mundo; quizá las veas con más agudeza y más detalles que los demás que visitan una ciudad como turista, incluso que los nativos que de verla tanto no la ven. Las ciudades no se construyeron ni adornaron para los que fueran a verlas. El turista es más bien un fenómeno moderno, y no se puede negar que Europa saca tajada de estas masas que circulan, que van y vuelven por oleadas. El turismo es la gran fuente de ingresos de nuestro tiempo. Los que van en plan turista por la vida, pienso, son los que menos ven y aprecian una ciudad. Peor si van en esos tours a la carrera, están minutos frente a una belleza, y ya están partiendo; no comprenden nada de nada. En realidad, conocer una ciudad te lleva casi una vida; has de ir como un viajero, un peregrino, sin mucho plan, y ahí te vas confundiendo con las rutinas, con el ritmo de las ciudades, sólo así puedes conocer otras culturas”.

La palabra será el medio para intentar la imposible catarsis a la que Guillermo Martínez dará la forma narrativa de una novela, desgranando, primero para sí, el rosario de múltiples vicisitudes; en segundo término, para los otros, sin que haya aquí una clara intencionalidad de mensaje ideológico o político, aunque tenga muy claras sus ideas... Por el contrario, un socarrón escepticismo parece dominar al narrador, que tiene la virtud palmaria de no mostrarse jamás omnisciente ni menos soberbio con las creaturas que nacieron de su pluma, a ratos con un ritmo torrencial, como los breves ríos de esta larga y angosta cinta terrestre que fue látigo implacable para las generaciones que soñaron con el proyecto de un país mejor.

El título parece el de una novela del siglo XVIII. Pero nada de eso, se trata de una narración contemporánea, situada en la década de los 80’ del pasado siglo, época crucial y dolorosa para muchos chilenos que, como el autor, debieron vivir el desgarramiento del exilio y los acosos de la dictadura militar, dentro y fuera de Chile.

Guillermo Martínez se dice antes pintor que escritor, porque su oficio vocacional es la pintura, pero ha logrado una obra literaria de factura realista, novela muy chilena en su lenguaje, modos y expresiones, en la estructura de ágiles y amenos diálogos a través de los cuales se desliza el estilete de fino humor, para contarnos una serie de peripecias vitales, en su mayoría ocurridas en un pueblo sin nombre, ubicado al parecer en algún lugar de la costa central de Chile, una suerte de Macondo particular que construye con acierto, para entregarnos la apropiada atmósfera que requiere el meollo de la historia de un desterrado interior, como yo le llamaría, apoyándome en la categoría de artista introvertido que representa el personaje principal –y el autor-, cuya narración fluye en primera persona, no obstante que el narrador mantiene una cierta distancia afectiva que permite el libre desenvolvimiento del protagonista.

El nexo medular a través del cual se desenvuelve la trama es el hallazgo de un ser mitológico que aparece desde las profundidades del mar, con su carga de misterio atávico y su simbolismo, presentes en los avatares cotidianos y en las relaciones de los variados personajes, como si de una red de pesca social se tratase. Tanto los seres femeninos como los masculinos poseen una presencia vívida y sólida, son por completo verosímiles y no obedecen a estructuras crípticas o manidas. Por eso, la narración fluye sin tropiezos bajo los ojos del lector, que bien podrá sentirse identificado con personajes y situaciones casi tangibles.

El humor de Guillermo Martínez no es chileno, si entendemos éste como la picardía más o menos lineal, de chiste fácil y burla ramplona del prójimo. Por el contrario, el estro humorístico del autor está más cerca del humor gallego, ese que conocemos como “retranca” o forma de afrontar el mundo y a los otros de manera elíptica, con alusiones algo veladas, como quien habla sumido en una especie de niebla. Es la respuesta ancestral de un pueblo como el gallego, que ha padecido discriminaciones y oprobios seculares de parte del centralismo castellano; recurso inteligente para interactuar con un poder hegemónico al que no puede atacarse de frente, con la lanza en ristre, como hiciera el bueno de Don Quijote, sin evitar un descalabro mayúsculo contra los molinos de viento.

Guillermo tiene, como se decía antes, sangre gallega… Ahora optamos por la denominación menos tangible y más misteriosa de “genes”… Y claro, como dijera el Premio Nobel galaico, Camilo José Cela, nunca se es impunemente gallego. Y esto significa un modo muy especial de mirar la realidad y de acometerla, entre la permanente ironía y el pulso incesante por el trabajo sin pausa, cuyos posibles réditos con menos necesarios que la compulsión casi deportiva del esfuerzo cotidiano, consecuencia de cientos de años bajo la servidumbre atroz de la atomizada propiedad agraria.

Y es que si alguien puede hablar con propiedad del exilio lo será un hijo de Galicia, nación en permanente sangría durante tres siglos, con su población campesina y marinera repartida en todos los confines, especialmente en Cuba y Sudamérica… Desarraigo forzoso que ha tenido dos causas fundamentales: el hambre del minifundio y la garra implacable de los dictadores, llámense Miguel Primo de Rivera o Francisco Franco Bahamonde; este último, gallego, para mayor penuria abundamiento.

Por las páginas de esta novela discurre un personaje notable: Serafín, un emigrante gallego que, como tantos, fijó su última residencia en este extremo austral de la Tierra, sin perder con los años un ápice de su calidad de hijo de esa tierra del Noroeste atlántico que jamás olvida, que palpita en esa saudade particular que conocemos como “morriña”, nostalgia del lar originario, de la casa donde se conoció el fuego primigenio.

El mérito mayor de “Los Caballeros de la Sirena Negra” estriba, a mi juicio, en la capacidad del protagonista-narrador para construir un universo narrativo que se sostiene por sí mismo, pintando a sus personajes con vívidos colores y trazos exentos de toda caricaturización. Asimismo, siguiendo el consejo de viejos maestros como Chéjov y Maupassant: saber amar a sus criaturas, sin denigrarlas en su condición humana, mediante esas tres claves del quehacer literario que son la verosimilitud, el humor y la misericordia.

Nada más quiero decir. El resto está en sus páginas y queda a cargo del más importante e insustituible agente de la literatura, juez y parte: el lector.



Edmundo Moure
Diciembre 13, 2013
Obra presentada en la Sociedad de Escritores de Chile
Comentarios (0) - Categoría: Colaboracións de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 18-12-2013 00:10
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