A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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LENGUAS MINORITARIAS Y DIGLOSIA
LENGUAS MINORITARIAS Y DIGLOSIA


Xesús Alonso Montero, insigne maestro y lingüista



Te preguntarás, avisado lector, por qué escribo esta crónica sobre un tema específico y de tan poca actualidad para quienes manejan la res pública y la cosa mediática. Bueno, porque es parte de inquietudes inspiradas, quizá, en la opción de pertenecer a la inmensa minoría y no a la pequeña mayoría vociferante. Pues en la vida social también habitan, y a menudo se contraponen, el microcosmos y el macrocosmos.

En un mundo que persigue la uniformidad cacofónica y ramplona, donde el paradigma es vestirse igual, escuchar la misma música, opinar según lo que dice el canal de mayor ratting (estoy empleando el estereotipo al uso), hablar como hablan los otros, saltar al ritmo del tambor dirigente, optar por lo minoritario parece necedad mayor. Muchos, tantos, sugieren ser “universales” o se ufanan de “cosmopolitas”. A esta última categoría se refería Camilo José Cela, nuestro Nobel gallego de 1989, diciendo: “cosmopolita es aquel que mora en los hoteles”.

Yo prefiero los hogares, es decir, esos espacios insuperables donde, según su etimología, “se conserva el fuego”; del latín “fogar”. Cientos de miles de años tardaron los homínidos en atesorar las brasas hospitalarias, y acuñar, al mismo tiempo, las palabras con que nominarían su intimidad, el entorno y el vasto mundo, tallando con llamas y vocales sus cosmogonías. Ahí nacieron, probablemente, las lenguas y luego los idiomas; con literatura oral, primero, a cargo de las mujeres, que traspasaban la cultura y los conocimientos de supervivencia en forma de coloquios; luego, con la reciente invención de la imprenta, a cargo de los varones, medio formidable para el progreso y para la dominación por medio de la palabra.

Los nacionalismos, que mucho repugnan a Fernando Savater y a otros conocidos “cosmopolitas”, tienen, para mí, un aspecto positivo en la batalla, quizá de antemano perdida, que libran para defender sus particularidades y diferencias frente a un proceso avasallador y, al parecer, sin retorno. Por lo tanto, constituyen una quimera, como afirma, rotundamente, un pariente consanguíneo. Me aferro a esta ilusión en el modesto frente de batalla de las lenguas que luchan por sobrevivir, mientras escucho los cantos mortecinos de las ya abatidas en nuestro largo y enjuto Chile: chono, selknam, kawésqar, yagán; las por acallar en breve: quechua, mapudungun, aimara y rapanui.

Yo, hijo de la Hispania multicultural, que algunos tratan de reducir a plaza de toros, cancha de fútbol “real-madrileña” o “colmao” flamenco, encaucé mis afanes en la preservación de la lengua gallega. (“Allá usted con sus locuras, hijo”, hubiese dicho mi abuela Ramírez Salinas, emparentada con los Ahumada abulenses, hermanos sanguíneos y espirituales de Teresa de Ávila).

Vamos ahora a lo nuestro.

El concepto de lengua minoritaria se asigna a un idioma hablado por un pequeño número de usuarios en una comunidad determinada. El término lengua “minorizada”, se aplica a las que padecen mengua en su mantenimiento y posible extensión, debido al apremio, a menudo incontrarrestable, que ejerce la lengua dominante, tanto a través de los hablantes como del aparato burocrático y académico del Estado. En todo caso, ambos conceptos no son equivalentes, pues no siempre una lengua minorizada es minoritaria, aunque se encamine a ello. Sin embargo, en la mayor parte de los casos hace referencia a lenguas amenazadas, utilizando “minorizada” como uno de tantos eufemismos empleados por los poderes hegemónicos para reducir y luego aplastar las particularidades culturales. Ayer, lo hizo el Imperio (Isabel la Católica, Felipe II); luego, el totalitarismo militar-eclesiástico (Francisco Franco), prohibiendo, mediante drásticas penas, el uso público de las lenguas vernáculas, en beneficio del castellano (español), como idioma único. Hoy, este proceso, aún más avasallador que el anterior, es promovido, de manera consciente o inconsciente, por la globalización, que actúa como aplanadora sobre las culturas más débiles. Los especialistas estiman que cerca de diez mil lenguas minoritarias desaparecerán por completo, de aquí al año 2050. Es una constatación tan probable como el derretimiento de los glaciares y el aumento del volumen de los océanos.

En la época del dictador gallego se colgaban letreros en las escuelas y lugares de concurrencia masiva, con expresiones tan gráficas como esta: “No sea rústico, hable el idioma de los caballeros (no se mencionaba a las damas, claro): el Castellano”. Y se cometía aberraciones tales como introducir en las escuelas rurales de Galicia a maestros traídos de Andalucía, para que enseñasen a los niños galego falantes el rotundo idioma imperial. Alfonso Castelao recoge, en de geniale caricatura, una anécdota decidora al respecto:
El profesor andaluz pregunta a un niño gallego de nueve o diez años de edad, con esa característica prosodia de los hijos de Al Andalus, que se comen las eses y las eles finales (sí, como nosotros, los chilenos):

-¿Cuántoh añoh tieneh tú, chaval?

El niño gallego piensa un instante, tratando de descifrar la pregunta que no entiende, para responderle, en la única lengua que conoce y ha mamado desde sus primeros días:

-Na miña casa non temos años, senón dúas ovellas. (En mi casa no tenemos corderos, sino dos ovejas).

Año, en idioma gallego, significa cordero; procede del latín “agnus”. Dado que el gallego es una lengua menos evolucionada que otras romances, su sintaxis se halla más cerca del idioma que extendieron en Occidente los romanos.

El caso trazado por el hijo de Rianxo, Daniel Alfonso Rodríguez Castelao, clarifica, mejor que una cátedra universitaria, lo que significa la diglosia, esto es, la convivencia, a menudo forzosa, de dos lenguas (di = dos; glosia = lengua), donde una de ellas prevalece, deturpando a la otra, desnaturalizándola hasta llegar, como en muchos casos, a absorberla para siempre. Este es un proceso que se ha repetido a lo largo de la historia, dinámico e inexorable, como lo son la decrepitud y la muerte. Aunque así como el ser humano lucha contra la enfermedad, puede y debe hacerlo para preservar valores y tesoros culturales en riesgo de perecer bajo la ceniza del olvido o la bota del poder de turno.

Conviene tener presente que la Carta Europea de las Lenguas Minoritarias o Regionales, donde se establece que son lenguas minoritarias “las no oficiales del Estado” o, si lo son, se encuentran en franco deterioro. Por ejemplo, el idioma catalán puede ser considerado como lengua minoritaria con respecto a la Península española, sin serlo en su territorio, como lengua habitual de unos 4,4 millones de personas; además, son capaces de hablarlo unos 7,7 millones y es comprendido por cerca de 10,5 millones de personas, adicionalmente quienes habitan territorios más o menos cercanos a la región autonómica de Cataluña.

El gallego o galego es una lengua romance (derivada del latín vulgar), del subgrupo galaico-portugués, que dio origen a la lengua portuguesa, como bien lo afirma el gran poeta luso del siglo XVI, Lluis de Camoens, en su epopeya Os Lusíadas, hablada principalmente en la comunidad autonómica de Galicia. Se estima en tres millones el universo de sus hablantes, aunque quienes lo escriben corresponderían a un tercio de esta cifra. Para los españoles castellano-hablantes no se hace muy difícil el entendimiento del gallego, por su cercanía con el portugués y con la lengua de Castilla, aunque sea más complicado acceder a sus formas escritas más refinadas. También se hablan diferentes variedades del gallego en las comarcas del Bierzo y en Sanabria.

Tal como ocurre en Cataluña, el gallego está definido como su idioma propio y tiene carácter oficial, junto al castellano (castelán), así establecido en el Estatuto de Autonomía de Galicia.
No obstante, como suele ocurrir con muchos textos constitucionales, a menudo los hechos y situaciones de la vida social y cotidiana ponen en entredicho las mejores intenciones del legislador. Porque estimar en un nivel de igualdad de derechos, en un territorio acotado, a una lengua mayoritaria y universal, como el castellano, respecto del catalán o del vascuence o del gallego, resulta un claro despropósito. Sería como articular una carrera entre un potro de fina sangre y un pequeño caballo de tiro.

Al respecto, las aspiraciones más avanzadas (o radicales) de los defensores de las lenguas vernáculas peninsulares, es inducir el empleo y utilización de estas lenguas en la enseñanza escolar, impartiendo todas las asignaturas en la lengua materna, para lograr así un cierto equilibrio lingüístico con el idioma más fuerte, en este caso, el castellano o español, propuesta que no ha sido aceptada por los poderes centrales ni autonómicos, en ninguno de los tres casos. Por lo tanto, los hablantes más jóvenes solo reciben la enseñanza de la lengua nacional como otra más de sus asignaturas, sin experimentar la necesidad real de hablarla en todos los ámbitos de la vida, donde es mayor el prestigio de la lengua de Cervantes.

Quizá en Cataluña este fenómeno sea menos corrosivo, porque las capas medias de la sociedad catalana, su burguesía o hidalguía acomodada, nunca despreciaron el uso del catalán, como sí ocurriera, durante siglos, en Galicia, donde el uso masivo y constante del idioma propio quedaba circunscrito al pueblo campesino y marinero. El caso de Rosalía de Castro nos ilustra bien en este sentido. Ella, la principal figura del Rexurdimento, no hablaba la lengua gallega, porque en su casa de hidalgos nadie lo hacía; aquel idioma era el medio de comunicación de la servidumbre y del campesinado. Ahora bien, como poeta excelsa que ve donde otros no ven, Rosalía descubrió la riqueza del galego y fue capaz de hacerlo florecer, luego de cuatro siglos de oscurantismo, dando a luz, en 1863, Cantares Gallegos.

La imagen que encabeza esta crónica es la de Xesús Alonso Montero, maestro a quien conocí en Santiago de Compostela. Él, con el concurso de Paulina Valente y mío, tradujo el célebre poema de Manuel Curros Enríquez, “Do mar pola orela”, a cuarenta lenguas minoritarias, incluyendo el mapudungun, gracias al aporte de Leonel Lienlaf, poeta mapuche. Se publicó un pequeño libro con esos versos vibrantes.
El testimonio de Alonso Montero cierra, de la mejor manera posible, este escrito.

“Aprendí el gallego en la aldea, con nueve años. Mi padre y mi madre hablaban gallego entre sí, pero a nosotros se dirigían en castellano, la lengua de los ricos. Recuerdo que tuve muchos problemas con mis congéneres cuando salíamos al recreo o íbamos a cazar pájaros o a buscar nidos. Los amigos se metían conmigo porque tenía un gallego castellanizado. Pero no porque fueran nacionalistas. No. Ellos entendían que yo, hijo de labrador, que andaba con zuecos y pantalón remendado como ellos, no tenía derecho a hablar la lengua del hijo del médico”.

“Mis padres eran labradores de la zona del Ribeiro y, para mejorar mínimamente de fortuna, pusieron una taberna en Vigo. La idea era volver a la aldea cuando las cosas fueran mejor, tener unas cuantas viñas más y ser un poco menos humildes en aquel tiempo de miseria”.



“Para que vayan cachando”, como se dice en lenguaje coloquial, una antigua expresión de origen gallego, incorporada al léxico chileno, aunque se atribuya, equivocadamente, a un dicho estadounidense, o “gringo”, si se quiere…

Sí, porque han de saber ustedes que el verbo “cachar” es contar los animales que entran a la majada, observando sus cachas, es decir, el costado visible de sus grupas, por quien realiza el escrutinio, cada tarde, para no perder ese escurridizo patrimonio que se mueve en cuatro patas.

Después de todo, el universo de las palabras es más grande que todos los Estados de la Tierra, y más amable, aun cuando no conviene olvidar el terrible aserto de Bertoldt Brecht: “La palabra es el peligro de los peligros para el hombre”. Cierto. Ahí están, pendiendo sobre nosotros, desde Caín y Abel, esas verbas: odio, muerte, guerra fratricida, a las que oponemos: luz, poesía, libertad…

Es, asimismo, la más entrañable de todas las patrias, como lo afirmara, ha mucho, Wolfgang Goethe .


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Edmundo Moure
Octubre 6, 2017





Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 07-10-2017 02:23
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POR LA SINRAZÓN O LA FUERZA (Referendum catalán)

POR LA SINRAZÓN O LA FUERZA


Las imágenes de Cataluña nos impactaron. Cientos de miles de ciudadanos enfrentando, sin otras armas que sus brazos extendidos, a la policía militarizada del Estado Español. La información, tanto gráfica como escrita, era escasa y sesgada. La TVE entregaba sus programas sosos de tenderetes y teleseries edulcoradas, reportajes del nuevo opio del pueblo: el fútbol, e imágenes trucadas de los guardias civiles “agredidos con votos de papel que les produjeron heridas incurables”.
Don Ramón del Valle-Inclán Peña y Montenegro, Marqués de Bradomín, hubiese gozado con este insuperable despliegue de la esperpéntica nacional (española). Pero el asunto era –es- más grave que el humor escénico, sin duda. Se trata de la tragedia de un pueblo que viene luchando, hace siglos, por su real independencia, siendo avasallado, una y otra vez, por los poderes centrales de la España tardo imperial y neo franquista, con el manido expediente de que “España es una e indivisible”. Una especie de dogma –digamos- como el de la Santísima Trinidad, en el que sus tres entes pueden diferenciarse pero no segregarse, porque integran una sola sustancia.
Cataluña, pues, no puede atentar contra la “esencia española” (nadie ha sido capaz aún de definirla) ni con aquella entelequia de colmao llamada “lo español”, cuya representación cabal es un toro cargado de banderillas que embiste, sin aguardar razones, bajo el grito más universal de España: “olé”, repetido en todas las lenguas y latitudes, no ya en una plaza de toros -¡ay!- porque el balompié ha sustituido, con ventaja, a la fiesta taurina, y Leonardo Messi es mucho más que Manolete, sin arriesgar otra cosa que una canilla luxada y habiendo ganado más dinero y mantones abatidos que todos los toreros juntos…
Los versos de Antonio Machado parecen escucharse hoy a lo largo y ancho de la ibérica península:

Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.

Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

El resultado del plebiscito del 1 de octubre de 2017 carece por completo de validez constitucional, según afirma y proclama Mariano Rajoy, porque no fue autorizado por el gobierno central (mesetario), ni su ejecución está prescrita en la moderna Constitución española que nos obsequió la llamada “transición democrática”, con rey y altar asegurados per secula seculorum…

Pongámonos en el caso, como la mayoría de los españoles con DNI y pasaporte al día, que esto es cierto. Pero el problema va más allá, pues los catalanes pugnan por pronunciarse y optar por una independencia cabal, al punto de entrever la proclamación de la República de Cataluña, a despecho de los centralistas, entre los cuales conviven los neofranquistas del PP, los socialistas a la violeta y aprovechados del PSOE y otros “monárquicos forzosos” de la democracia paniaguada. Porque la palabra “república” tiene en España una connotación terrible; es como pronunciar “huracán” en el Caribe, a riesgo de obtener de la prosodia una inmediata conjunción de la palabra-cosa y sus funestas consecuencias.
Ahora bien, si la “benemérita guardia civil”, como solía decir y escribir el gallego Manuel Fraga, actuó con enconada ferocidad contra los ciudadanos inermes y las pecaminosas urnas, ¿qué hará en el caso de ratificarse la independencia de Cataluña? No bastará su simple concurrencia “pacificadora”, no. Requerirá de apoyos más contundentes, y para eso está el glorioso ejército español, dispuesto a cubrirse de honores, como lo hiciera, en 1934, batiéndose contra los heroicos mineros asturianos, o en la Guerra Incivil, arrasando ciudades y poblaciones (“venid a ver la sangre por las calles”) con el concurso fraternal de las fuerzas alemanas e italianas, del Führer y del Duce, respectivamente.
Pero la pasividad complaciente, o elusiva, de quienes se dicen “demócratas” resulta insólita e indescriptible. Anoche, domingo 1 de octubre, fuera de las declaraciones comedidamente contestatarias de Pablo Iglesias, el resto de los conglomerados políticos españoles cerraban filas en torno al cacique Rajoy, mientras el líder máximo del PSOE se limitaba a criticar “los métodos inadecuados” del gobierno central para enfrentar la crisis catalana. Era, como si dijéramos, más una cuestión de estilo en los procedimientos que un asunto de fondo. Por su parte, el compuesto jerarca de “Ciudadanos”, Albert Rivera, afirmaba anoche que la Generalitat es “la culpable absoluta de la violencia” y clama por la aplicación del artículo 155, para llamar a “elecciones libres” en Cataluña.

Para él y los otros, la voz de dos millones y medio de catalanes carece de cualquier peso político o ciudadano. Como decir: “Yo toco la música, pongo la pieza de baile y elijo a las parejas”. La perfecta democracia de quienes han venido a conocer, tardíamente, solo una parte de sus presupuestos.
Amigo lector, que algo me conoces, yo creo más en la voz de los poetas que en la de estos tribunos del “gay trinar”, a quienes pagan en oro las malas frases que perpetran desde el estrado. Por eso, concluyo aquí esta breve crónica con un poema de Joan Maragall (1860-1911), el gran poeta de Cataluña.
Oda a España

Escucha, España, la voz de un hijo
que te habla en lengua no castellana;
hablo en la lengua que me ha legado
la tierra áspera;
en esta lengua pocos te hablaron;
en la otra, demasiado.

Demasiado de los saguntinos
y de los que mueren por la patria;
y por tus glorias y tus recuerdos,
recuerdo y gloria de cosas muertas,
triste has vivido.

De distinta manera quiero hablarte.
¿Por qué derramar la sangre inútil?
La sangre es vida, si está en las venas,
vida hoy, vida para los que vengan;
vertida, es muerte.

Demasiado pensaste en tu honor
y escasamente en tu vida:
tus hijos, trágica, diste a la muerte.
Mortales honras te satisfacían;
tus fiestas eran tus funerales,
¡oh triste España!

Yo vi barcos zarpar repletos
de hijos que a la muerte entregabas:
sonriendo iban hacia el azar,
y tú cantabas junto a la mar
como una loca.

¿Dónde tus barcos? ¿Dónde tus hijos?
Pregúntalo al Poniente, a la ola brava:
perdiste todo, a nadie tienes.
¡España, España, vuelve en ti,
rompe el llanto de madre!

Sálvate, sálvate de tantos males;
que el llanto te haga alegre, fecunda y viva;
piensa en la vida que te rodea;
alza la frente,
sonríe ante los siete colores del iris.

¿Dónde estás España, dónde que no te veo?
¿No oyes mi voz atronadora?
¿No comprendes esta lengua que entre peligros te habla?
¿A tus hijos no sabes ya entender?
¡Adiós, España!


Versión de José Batlló
Sí, no te equivocas, él escribió aquello que hoy resuena en las cuatro provincias de Catalunya: “He aquí el alma catalana: Libertad”.

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Edmundo Moure
Octubre 2, 2017
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 03-10-2017 00:37
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A CUESTIÓN CATALANA desde Chile
DESCONCIERTO Y DESASOSIEGO


Escribo esta carta, que quiere transformarse en crónica y aun en entrevista, a un puñado de buenos amigos de la España peninsular, de la España autonómica, pese a que no comulgo ni comulgaré con monarquía alguna. Como bien escribe mi amigo sefardita, Jorge Zúñiga: “¡Ni altar ni trono! ¡República!”. Al amparo de estas afirmaciones, algo rotundas, por cierto, pero honestas, me atrevo a formularos algunas preguntas clave sobre lo que hoy se define como “la cuestión catalana”. Vuestras respuestas serán muy valiosas para mí, y confío que me libren del desconcierto y mengüen mi desasosiego.

Ayer escribí a cuatro amigos: una mujer y tres hombres, de distintas nacencias en el vario calidoscopio hispánico. Ella, oriunda de Galicia; los tres varones, uno nacido en Córdoba y habitante de Barcelona, donde vive con su mujer e hijos; el segundo, gallego viguense o vigués, mejor dicho; el tercero, habitante barcelonés, aunque no tengo clara su procedencia natal.

Ninguno me ha contestado aún (vuelvo a ponerlos en esta lista de correos, a ver si se animan…), aunque mi amiga me envió un poema de José Espronceda (1808-1848) –ni más ni menos- que pudiera ser una respuesta a mis inquietudes (iba a escribir “inquedanzas”, sí, na lengua galega de meu señor Pai). No insertaré el poema aquí, porque me parece muy extenso y asaz malo, aun cuando provenga de una figura eminente de las letras hispanas. He aquí sus primeros versos:


Oigo, patria, tu aflicción,
y no entiendo por qué callas,
viendo a traidores canallas
despedazar la nación.
Dando a un ingrato felón
estúpidas concesiones,
están haciendo jirones
esta tierra milenaria
de gente ayer solidaria,
hoy podrida de ambiciones…


No sé bien a quiénes se refería el patriótico don José, pero nada raro que fuese a los propugnadores del federalismo español, cuyas banderas apuntaban entonces a obtener la autonomía de las tres nacionalidades ibéricas no castellanas, bajo la férula del Estado español: Galicia, Euzkadi y Cataluña. Sé bien que en los albores de los años 30 del pasado siglo, bajo estos tres países se creó una entidad autonomista cuya sigla era GALEUZCA, a la que bien se refiere Alfonso Castelao, en su inmortal libro Sempre en Galiza, cuya primera edición bonaerense (1944) conservo en mi biblioteca.

Junto al gran Castelao, resuenan en mí los nombre de Joan Maragall y de Lluis Companys, poeta excelso el primer, político y luchador social el segundo; ambos catalanistas irreductibles. Y la trágica epopeya catalana en la Guerra Incivil española. ¿Cómo se puede omitir este “peso de la Historia”?

Muchos dicen hoy que eso es cuento ya pasado, que la actual Constitución, que consagra las diecisiete autonomías peninsulares, otorgando a Galicia, al País Vasco y a Cataluña el estatus de “nacionalidades históricas”, es suficiente logro libertario.
Pero los catalanes son porfiados, como bien lo afirmara ese tozudo y gran escritor que fue Josep Pla, pese a que su catalanismo era más bien una cuestión romántico-cultural, pudiéramos decir. Por eso, incluyo aquí un breve texto que resume las aspiraciones de los herederos de Maragall:
DIEZ RAZONES PARA UN ESTADO CATALÁN

Dimecres, 5 De Agost De 2015 Pujat Per Toni Soler
1. DEMOCRACIA. El crecimiento del independentismo es un fenómeno muy transversal, masivo y totalmente pacífico. Es absurdo negar esta realidad y, como en Escocia, lo más lógico es que una cuestión tan importante se dirima en las urnas. No es cierto que los referéndums fracturen a la sociedad. Al contrario, si la cuestión se cierra en falso con la mera aplicación de la ley, nos abocamos a un escenario de frustración, reproche y ruptura emocional. El independentismo ha señalado por activa y por pasiva que respetará el veredicto de las urnas. Esa apuesta radical por la democracia es una de sus fortalezas.
2. DIGNIDAD. Muchos catalanes, con independencia de su perfil identitario y su ideología, se han sentido agredidos desde que el tribunal constitucional anuló el Estatuto de Autonomía de 2006, aprobado en el Parlament por 120 votos (de 135) y refrendado en las urnas a pesar de que el Congreso de los Diputados se cepilló (en palabras de Alfonso Guerra) parte de su contenido. La independencia supone la garantía plena de que el futuro de Cataluña y su gobierno estará en manos de sus ciudadanos.
3. SOBERANÍA. La autonomía de Cataluña está, en la práctica, intervenida. Políticamente, buena parte de sus atribuciones han sido bloqueadas con leyes y decretos; financieramente, depende del techo de déficit impuesto por el ministerio de hacienda. Además, el gobierno del PP ha utilizado al tribunal constitucional a su antojo, bloqueando, en el último año, medidas aprobadas por el Parlament catalán como por ejemplo el impuesto sobre depósitos bancarios, las medidas contra la pobreza energética y diversas tasas medioambientales.
4. DIVERSIDAD. Cataluña es, más allá del tópico, una tierra de acogida, y Barcelona una urbe diversa y cosmopolita. Un Estado catalán puede y debe ser más respetuoso que el Estado español en cuanto a la identidad diversa de sus ciudadanos, especialmente con los cientos de miles que tienen vínculos sentimentales con España. Si la independencia la construimos entre todos, el futuro Estado catalán será la garantía de una relación próxima y fraternal con los pueblos de España, con Europa y con todo el mundo. Esto incluye la oficialidad de la lengua española y el respeto hacia el resto de idiomas que se hablan en Cataluña.
5. LENGUA. La lengua y la cultura catalanas han sufrido siglos de persecución e incluso ahora se encuentran amenazadas por fenómenos nuevos como la globalización, la inmigración, los ataques al modelo educativo y la preeminencia del español y el inglés en los grandes canales de comunicación y difusión cultural. Un Estado catalán puede ayudar a mejorar el conocimiento del catalán, ayudar a los creadores locales, mejorar el status de nuestra lengua propia y su reconocimiento internacional, escamoteado aún hoy por las autoridades españolas en todos los ámbitos, incluyendo el académico.
6. SOLIDARIDAD. Cataluña necesita aprovechar el esfuerzo fiscal de sus ciudadanos, como cualquier territorio soberano del mundo. Todos los estudios publicados sobre la cuestión de las balanzas fiscales demuestran que los ciudadanos de Cataluña reciben una inversión pública muy por debajo de su aportación fiscal. Aún manteniendo una cuota de solidaridad con el resto del Estado español (libremente acordada), el gobierno de una Cataluña independiente podría disponer de los recursos necesarios para garantizar el estado del bienestar, mejorar inafraestructuras, ayudar a sectores clave como investigación, cultura, educación…
7. REGENERACIÓN. Cataluña, como el resto del Estado español, se encuentra en un escenario de fin de régimen, y se ha visto azotada por graves casos de corrupción que cuestionan el modelo surgido de la transición democrática. La revolución pacífica del independentismo ha puesto patas arriba el sistema catalán de partidos; la construcción de un nuevo Estado es una ocasión única para acometer una nueva etapa basada en la regeneración democrática y la exigencia de transparencia y honradez en el servicio público. Esto incluye la persecución de todos los fenómenos de corrupción pasados y presentes.
8. AUTOGOBIERNO. Un proceso de independencia está lleno de incógnitas. Pero la actual situación nos lleva a la certeza de que, si este proceso fracasa, la autonomía catalana quedará tutelada y se consolidarán las injusticias y la discriminación que hasta ahora hemos denunciado. Los grandes partidos españoles apuestan por ajustes constitucionales que blinden las competencias del estado y armonicen las atribuciones de las autonomías. Se trata de una reacción centralista, con alguna concesión federalizante, como la reforma del Senado.
9. VECINDAD. Nada impide a un futuro Estado catalán llegar a fórmulas de cooperación con el territorio español, incluyendo la confederación si ambas partes lo acuerdan y lo refrendan democráticamente. Mientras la relación bilateral sea en pie de igualdad, todo lo demás es planteable, aún más si ambos territorios pertenecen a la UE. La independencia es una oportunidad para empezar de nuevo y cooperar con el proceso constituyente que reclaman los sectores más dinámicos de la izquierda española.
10. REPÚBLICA. Queremos un Estado de derecho, republicano, laico, de ciudadanos libres, que renuncie a privilegios trasnochados y que demuestre a las élites económicas y mediáticas que la gente -a través del sufragio- está al mando de su propio destino.

A mí no me parecen descabelladas estas razones, como hoy se plantea y esgrime, a rajatabla, por tirios y troyanos. Es más, en lo esencial, puedo traslaparlas a la realidad gallega y a los propósitos y visiones de Alfonso Castelao, hoy injustamente relegado a una especie de “museo ideológico” en Galicia, como otras ideas sustanciales que hoy se pretenden obsoletas, mientras se proclama y defiende un españolismo hueco, inspirado más en los juegos de poder del neoliberalismo a ultranza, con su feroz rostro globalizado, que en las raíces culturales de los pueblos y naciones que habitan la Península Ibérica.


Pues bien, al calor de estas afirmaciones, formulo mis preguntas:


-¿Tiene razón de ser el actual movimiento independentista de Cataluña?

-¿Cuáles son sus bases de sustentación históricas y políticas?

-¿Dentro del marco constitucional y jurídico de España, es viable y legal la convocatoria del Plesbicito?

-¿Qué gana y qué pierde Cataluña como estado independiente?

-¿Qué herramientas jurídicas, políticas y aun militares podría aplicar el Estado español para conjurar las aspiraciones catalanas de independencia?

-¿Podría el independentismo catalán, de concretarse, producir un “contagio” peligroso en el País Vasco o en Galicia?


Me llama la atención que muchos españoles, autoproclamados “progresistas”, socialistas histórico o comunistas de la vieja guardia “santiagocarrillana” sustenten hoy argumentos parecidos –huelguen eufemismos de “correcta política”- a los versos perpetrados por Espronceda en el flojo poema de marras. Ni qué decir de la derecha española y su manu militari, el PP, con el gallego Rajoy como cacique mayor.

Y como en mi oficio de escriba surgen a menudo las analogías y relaciones, no dejo de pensar en los anhelos y derechos libertarios del más antiguo de los pueblos que habitan este cono sur de América, que constituyen también, por historia, lengua y cultura, una nación. Sí, me refiero al pueblo Mapuche, hoy avasallado por los poderes centrales del Estado chileno, que ha convertido sus territorios en una zona militarizada, al punto que el actual comandante del Ejército, general Oviedo, ha ofrecido sus “servicios pacificadores” para intervenir en Arauco, como lo hiciera uno de sus odiosos predecesores, el militar Cornelio Saavedra, hace ciento cincuenta años, cometiendo entonces uno de los más brutales genocidios ocurridos en Chile.


No os aburro más y quedo a la espera de vuestras respuestas y comentarios, ojala antes del 1 de octubre de 2017. Mientras tanto, releo a Castelao.

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Edmundo Moure
Septiembre 25, 2017
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 25-09-2017 16:08
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EL SEÑOR SANTIAGO EN EL REFUGIO
No se trata, amabilísimo lector, de la reclusión del Señor Santiago -o Santiago Apóstol, o Santiago peregrino, o matamoros o mata-indios, según la multiplicidad de sus oficios y roles históricos asignados por la ambición humana- en algún sitio de cobijo por algún exilio o extrañamiento provisorios. Nada de eso. Simplemente, aprovechamos nuestra tertulia de los lunes en el conocido Refugio López Velarde, en la Casa del Escritor, sede de la ilustre Sociedad de Escritores de Chile, anteayer lunes 24 de julio, siendo las 19:00 horas en el hemisferio sur y la 1:00 de la madrugada del 25 de julio en la Galicia Atlántica, para rememorar el significado histórico y cultural de la leyenda del Apóstol, hecha mito secular, pero, sobre todo, para destacar la trascendencia literaria de esa virtual ecúmene de rutas universales en que devino el Camino de Santiago, desde el año 816, con la peregrinación de Carlomagno al incipiente santuario, hasta nuestros días.
Mi hijo gaitero, José María, abrió los fuegos musicales ofreciendo melancólicas canciones del Noroeste peninsular, para predisponer a los contertulios, creando la adecuada atmósfera compostelana, si pudiéramos así decirlo o pretenderlo, motivados sólo por esta pasión nacida de la herencia cultural y literaria de los ancestros, venero inagotable de nuevos hallazgos e ingentes relaciones entre saberes... Luego, hablamos de la trova galaico-portuguesa, de sus orígenes remotos y del influjo en ella de la poesía occitana y aun de los viejos metros líricos de Italia.
Salvo mi buen amigo, pintor y escritor, nieto de abuelo gallego, Guillermo Martínez Wilson, de primer oficio panadeiro (como informó hace unos meses el diario El País: “El pan de Chile tiene sabor gallego”), mi hijo músico y el cronista, los demás cofrades eran chilenos, poetas, escribas y parroquianos asiduos al rito semanal de la conversa. Uno de los directores de la SECH, Alfredo Lavergne, ironizó: -Este Moure cree que la Casa del Escritor es una especie de lar gallego; si continúa por este camino, va a galleguizarnos a todos.
Brincadeiras, o bromas aparte, en esto de difundir el acervo literario de Galicia llevamos ya cuatro décadas y no callaremos sino en trance del propio pasamento. Es un tema muy amplio, con variados tópicos y alcances innumerables, que se abre como sucesión de abanicos y se requerirían muchas vidas para abordarlo en plenitud. Pero en la hora vespertina del día 24, nos abocamos a las célebres cantigas.
De la conocida clasificación básica: Cantiga de Amor; Cantiga de amigo y Cantiga de Escarnio y Maldecir, dijimos que la primera deriva de la lírica trovadoresca en occitano (langued’Oc) y que es una composición basada en el tópico del amor cortés (cortesano); habla de una encendida pasión amorosa por lo general no correspondida, lo que hace de su canto una cuita desgarrada y doliente. A la dama o musa destinataria, se le da el trato de senhor; la explicación semántica es que en aquella época el sustantivo habría sido válido para femenino y masculino. Mi versión es otra: otorgar a la amada, minhasenhor, la categoría divina, comparándola con el gran señor del universo, en la desmesura amorosa.
La segunda, Cantiga de Amigo, es la que canta la mujer a su amado. Se llama así, puesto que la dama no puede tener amante, en virtud de la sujeción absoluta, tanto legal como afectiva, al marido. Pero aquella sociedad cortesana emplea el eufemismo amigo, aceptando tácitamente que la mujer noble puede tener un amante (o más de uno), sea éste de carácter platónico o de fuego carnal, como se cuenta, por ejemplo, en el Libro de Buen Amor, del Arcipreste de Hita.
La tercera, Cantiga de Escarnio y Maldecir, era empleada como una suerte de catarsis social, a través de cuyos versos solía satirizarse a los poderosos, utilizando formas elípticas y nombres supuestos. Cabe decir que más de algún trovador perdió su cabeza, literalmente, en el ejercicio de estas rimas temerarias que fueron materia de sesudo análisis por la Santa Hermandad de la Inquisición, madre de todas las censuras.
La más célebre de las cantigas de amigo es La Ermita de San Simón, de Mendiño, trovador que vivió en la segunda mitad del siglo XIII, de quien se conserva únicamente esta pieza lírica que le inmortalizó, y que traducimos aquí, para ustedes, desde el galaico-portugués:


Descansaba yo en la ermita de San Simón
y me rodearon las olas, que grandes son.
Y yo esperando por mi amigo. ¿Acaso vendrá?

Estando en la ermita ante el altar,
me rodearon las olas grandes del mar.
Y yo esperando a mi amigo. ¿Acaso vendrá?

Y me rodearon las olas, que grandes son:
no tengo barquero, ni remador.
Y yo esperando a mi amigo. ¿Acaso vendrá?

Y me cercaron las olas del alto mar:
no tengo barquero, ni sé remar.
Y yo esperando a mi amigo. ¿Acaso vendrá?

No tengo barquero, ni remador:
moriré yo hermosa en el mar mayor.
Y yo esperando a mi amigo. ¿Acaso vendrá?

No tengo barquero, ni sé remar:
moriré hermosa en el alto mar.
Y yo esperando a mi amigo. ¿Acaso vendrá?




La repetición y la cadencia del estribillo nos revelan la espera desesperanzada del amigo-amante, que no llega ni vendrá nunca... Es también el tópico del amor imposible o inalcanzable, que suele simbolizarse en la figura de la paloma, imagen del amor no correspondido, como bien lo expresa el poeta gallego contemporáneo, Álvaro Cunqueiro (1911-1981), quien recoge y renueva la tradición de las viejas cantigas medievales, como lo hiciera George Brassens en Francia, como lo hace hoy, en Chile, nuestro gran trovador, Eduardo Peralta… Así la escribe, don Álvaro el Fabulador:


No niño novo do vento
No niño novo do vento
hai una pombadourada
meu amigo!
Quenpoideranamorala!

Canta aoluar e aomencer
enfrauta de verde olivo
Quenpoideranamorala,
meuamigo!

Ten áers de frolrecente,
cousas de recén casada,
meu amigo!
Quenpoideranamorala!

Tamén ten sombra de sombra
e andar primeiro de río
Quenpoideranamorala,
meuamigo!


En el nido nuevo del viento
En el nido nuevo del viento
hay una paloma dorada
¡mi amigo!
¡Quién pudiera enamorarla!

Canta al plenilunio y al amanecer
en flauta de verde olivo
¡Quién pudiera enamorarla,
mi amigo!

Tiene aires de flor nueva,
cosas de recién casada,
¡mi amigo!
¡Quién pudiera enamorarla!

También tiene negrura de sombra
y andar prematuro de río.
¡Quién pudiera enamorarla,
mi amigo!


Acentuó el sonido de la gaita aquel disfrute de la trova amorosa en nuestro rincón de tertulia. Mario pidió leer un breve cuento pícaro, y lo hizo; Víctor Hugo lanzó al aire del cenáculo su más reciente poema; le siguió Benito, el poeta de visiones arquitectónicas, con breves versos de su libro IV; Sylvia declamó, con voz contenida de soprano, su último poema de amor; Carlos Fonseca, acompañado de su guitarra, interpretó el entrañable tango Sur… Yo acaricié con los labios el beso del vino rojo.
Pasadas las nueve de la noche nos despedimos.
¡Hasta el próximo lunes, compañeras y compañeros!
Sí, será el lunes 31 de agosto, día de San Ramón, onomástico del hijo ilustre de Vilanova de Arousa, el Marqués de Bradomín… Aunque para entonces, el Señor Santiago habrá abandonado ya el Refugio López Velarde, caminando hacia el sur de sures, quizá hasta la última villa del Finisterre austral que lleva su nombre: Santiago de Castro, en Chiloé, la Nueva Galicia.


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Edmundo Moure
25 de julio 2017

Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 31-07-2017 17:38
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LA ILUSIÓN DE PUBLICAR
LA ILUSIÓN DE PUBLICAR


En el Refugio de la Casa del Escritor me aborda un joven veinteañero que trae consigo una voluminosa carpeta.
-Don Edmundo, disculpe… me dijeron que usted puede ayudarme con algún contacto editorial para publicar mi primer libro de poemas.
(Soy quizá yo mismo que pregunto, hace treinta y nueve años, con la ilusión viva de publicar mi Ciudad Crepuscular).
-Primero, omite el don, porque aquí vale la democracia del trato directo. Segundo, esos contactos a que aludes son inexistentes. No hay editoriales que publiquen poesía, salvo si se trata de consagrados, como Nicanor Parra, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Jorge Teillier o Gonzalo Rojas.
El joven poeta se muestra confundido y algo azorado.
-Y entonces, ¿cómo hago para publicar?
-La única opción, que yo sepa, es financiar por ti mismo la publicación.
-¿Y eso es muy caro?
-Trescientos ejemplares te costarán un millón doscientos mil pesos; te pedirán seiscientos mil anticipados y el resto cuando te entreguen tus libros.
-Pero eso es mucha plata…
-Mucha, casi toda para un poeta.
-Pero me dijeron que había fondos concursables.
-Sí, pero tan accesibles como jugar un boleto de lotería.
Invito al bisoño vate a una cerveza. Me acepta un té, porque no bebe alcohol… (Así, no llegará a ninguna parte, pienso, pero no digo nada; los veganos son más susceptibles que cualquier pendolista).

Este proceso lo viví varias veces, agudizando periódicos y latentes conflictos conyugales. Claro, publicar libros, cuando la despensa está escuálida, es grave irresponsabilidad, amén de un desatino social que, tarde o temprano, te pasará la cuenta. Los números son implacables, como afirmaba el poeta Pessoa, desde su buhardilla de contable en la Rúa dos Douradores, corazón de Lisboa… (Debo sí, reconocer el apoyo fraternal de parientes y amigos cercanos que alentaron en mí la persistente ilusión y, en ocasiones, la hicieron realidad).
Hasta el tercer libro, uno esperaba que ocurriera algo extraordinario, comentarios favorables, una crítica encomiástica en el suplemento dominical de El Mercurio. Después, la esperanza se diluía como los sueños que se miran tras la copa de vino y la conformidad se desposaba en el simple y duradero sacramento del disfrute íntimo de las palabras. Y no es poco, créanme, jóvenes poetas ilusos, porque viene siendo el único galardón del oficio.
Me acercaba a las librerías, ofreciendo mis ejemplares en consignación. Las condiciones eran las mismas: yo fijaba un precio neto (sin el fatídico IVA); sobre ese valor, la casa libresca descontaba un cincuenta por ciento, la mitad del producto de tu creación, liquidable un mes después de producida la venta.
-¿Le dejo diez libros?
-No, déjeme dos y vuelva en quince días.
Nunca volví ni tuve en mis manos liquidación alguna por participaciones. Tampoco he recibido en Chile, de dieciséis libros publicados, un solo peso como derecho de autor. Los únicos réditos de mi escritura han provenido de mis publicaciones en Galicia, por los cinco libros allá editados y merced a siete centenares de crónicas aparecidas en la dulce y áspera patria de Rosalía de Castro. (En ningún caso hubiese podido subsistir con ese dinero feliz, pero su sabor ha sido incomparable).
Cuando publiqué la segunda edición de mi novela autobiográfica, La Voz de la Casa, recibí la llamada de un viejo amigo de La Cisterna, comerciante sagaz, próspero ferretero.
-Hola Edmundito, tanto tiempo. Tu hermano Mario me contó que publicaste un libro en el cual figuro como personaje… Tráeme uno, por favor, ojalá mañana; te invito a un café.
Acudí con el ejemplar, dedicado con ese afecto a menudo traicionero de la nostalgia. Mientras bebíamos sendos cafés cortados, lo cogió con entusiasmo, buscando su nombre entre los folios.
-Gracias, muchas gracias…
-Son diez mil pesos –le dije, y el tono de mi voz sonó suplicante.
-¡Cómo! ¿Me lo vas a cobrar? Su rostro insinuaba las súbitas arrugas del reproche.
-Mira, amigo –le dije- podríamos hacer un canje. Te quedas con el libro y me llevo dos lámparas económicas de velador; un trueque.
-No pues… Si yo vivo de esto… es mi negocio.
Iba a responderle que uno debiera vivir con decoro de la escritura de sus libros; que si yo considerase el tiempo y el esfuerzo volcado en esas páginas entrañables, bien podrían costar o valer muchas lámparas, gracias a su propia luz, sobre todo… Pero no dije nada y me despedí. Me pagó los diez mil pesos, mirándome como si le hubiese abierto la cartera por sorpresa.
¿Y qué hice, entonces, con mis centenares de libros publicados? Los fui regalando, como acostumbramos a hacer los escribas de este Último Reino, a parientes, amigos, conocidos y extraños, según fuese la oportunidad o la circunstancia… A tal punto que me quedé sin ningún ejemplar de algunos de esos títulos. Ahora, cuando camino en la senectud, he procurado recuperar esos libros míos desde librerías de viejo, donde aún el olvido cobija algunos volúmenes, aunque futuros e impredecibles eventos pudiesen regresarlos a sus polvorientos anaqueles.
Ayer, Ricardo San Martín, amable compañero de la Casa del Escritor, me trajo dos ejemplares de la primera edición de La Voz de la Casa, uno de la edición prima de Gente de la Tierra y un volumen de Ciudad Crepuscular. Pagó por los cuatro la suma de diez mil pesos (unos quince dólares).
Me sentí feliz, como quien recupera un tesoro perdido. Además, los cuatro libros venían con dedicatoria incluida: de los dos primeros, uno dedicado a Marcos Ortega (no recuerdo quién es); el segundo, con afectuosa dedicación al viejo amigo de La Cisterna, Patricio Piola, a quien llamé “habitante de la casa de los sueños” (hipérbole y pleonasmo algo gratuitos); el poemario iniciático, está dedicado a Iris Domínguez, pintora, con palabras que no menciono, porque lindan con la cursilería. ¿Y el cuarto? Ni vale la pena mencionarlo.
Lo peor de todo, caro amigo lector, es que esto de la ilusión de publicar vuelve a inquietarnos y caemos, una y otra vez, en la aviesa tentación de oler la tinta fresca y prometedora de nuestras palabras, aunque ni ellas ni “nosotros los de entonces” seamos ya los mismos.

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Edmundo Moure
Abril 2017

LA ILUSIÓN DE PUBLICAR
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 05-04-2017 01:32
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EDUARDO BLANCO AMOR, CREATIVIDAD Y MITOS DE LA EMIGRACIÓN
EDUARDO BLANCO AMOR, CREATIVIDAD Y MITOS DE LA EMIGRACIÓN

Este año 2017 se conmemorarán ciento veinte años del nacimiento del grande y admirado escritor, nacido en Ourense (Auria), Galicia, el 14 de septiembre de 1897. Blanco Amor es aún recordado en Chile, donde estuvo desde agosto de 1948 hasta finales de 1949. Visitó Santiago de Chile invitado a la boda de la hija del entonces Presidente de la República, Gabriel González Videla, desposada por el primogénito de uno de los más grandes hacendados de la Patagonia chilena y argentina, Alfonso Campos Menéndez, en suntuoso enlace que se llevó a cabo el 28 de septiembre de 1948, en la ciudad de Viña del Mar.
Te preguntarás, curioso lector, por las circunstancias de tal invitación. Bueno, Eduardo fue preceptor lingüístico-literario de los hermanos Alfonso y Enrique Campos Menéndez, en Buenos Aires, a instancias del padre de estos, Francisco Campos Torreblanca, miembro de la alta burguesía adinerada argentina (ya Neruda dejó en claro que en nuestros países del cono sur de América no existen ni existieron auténticos aristócratas), preocupado de entregar a sus hijos una educación óptima. Y no se equivocó al respecto con el ilustre Eduardo orensano, a juzgar por cierto prestigio literario alcanzado más tarde por Enrique, quien obtuvo el máximo galardón de las letras nacionales chilenas, en 1987, merced a su obra narrativa, donde exalta a sus antepasados latifundistas de la Patagonia, a quienes ensalza como “pioneros”; pero, sobre todo, gracias a su proclividad “ideológica” con la dictadura criminal de Augusto Pinochet, que también supo premiar a los escasos individuos del arte y la cultura afectos a su gobierno.
Al controvertido Eduardo se le criticó, entre sus paisanos gallegos izquierdistas de la numerosa colectividad bonaerense, por sus coqueteos con individuos y grupos ligados a las altas finanzas, mientras ostentaba posturas progresistas y se aliaba a un decidido antifranquismo. No nos hacemos parte de esa crítica asaz despiadada, pues hay que entender –y padecer en carne propia- las limitaciones económicas que afligen a los cultores de la literatura y de otras artes en este tercer mundo, donde su marginalidad suele comenzar en el seno de la propia familia, para luego extenderse a casi todos los ámbitos de la vida social (salvo las propias cofradías y los bares bohemios).
En Chile, Blanco Amor fue objeto de continuos agasajos, homenajes y viajes bien remunerados; asimismo, dictó cursillos y profirió conferencias en universidades y recintos de la Armada de Chile. Pero se dio maña para recorrer y vivir el largo Chile “de mar y vino y nieve”, de punta a cabo, escribiendo luego un puñado de extraordinarias crónicas, publicadas en el diario El Mercurio, y recogidas más tarde en un volumen editado en 1951 por Editorial del Pacífico, bajo el preciso y sugerente título Chile a la Vista, obra de la cual aparecieron tres ediciones sucesivas: 1951, 1953 y 1955.
Mi padre gallego estuvo en el “lanzamiento” de aquella primera edición y regresó muy ufano a casa, exhibiendo la dedicatoria. “A Cándido Moure Rodríguez, paisano y amigo, con el afecto de Eduardo Blanco Amor”, con la ancha y bella caligrafía del autor. Aquel ejemplar se extravió; sospechamos de un tío que se lo pidió al papá sin devolvérselo. Por algo nuestro progenitor afirmaba: -“El que presta un libro es un huevón, pero más huevón aún es quien lo devuelve”.
Recuperé, de la hemeroteca de la Biblioteca Nacional (Chile), cuatro crónicas que no fueron incluidas en las primeras ediciones, las que integrarían la edición gallega de 2003 (Galaxia), patrocinada por el Consello da Cultura Gallega, con un breve ensayo introductorio (de mi autoría), en lengua gallega; una cuidada edición en la que releo las sabrosas y vibrantes crónicas, en especial las referidas a Chiloé, la Nueva Galicia, y las ofrendadas a Ramón Suárez Picallo, su entrañable amigo sadense, incluyendo los epitafios irónicos que ambos se dedicaron.
Hay dos posiciones encontradas respecto a la trascendencia cultural y lingüística de la diáspora gallega sudamericana, representada, sin duda, por Buenos Aires, la “quinta provincia”, con su medio millón de gallegos transterrados (desterronados, escribió el poeta Efraín Barquero), en las últimas décadas del siglo XIX y las tres primeras del siglo XX. Para Luis Seoane, como bien lo señala, a través de certera entrevista, Víctor Freixanes, en su libro Unha ducia de galegos, los emigrantes radicados en la capital del Plata constituyeron, a lo largo de medio siglo, el reservorio vivo de la cultura gallega, avasallada en el noroeste de la Península Ibérica, tanto por el centralismo secular como por la férrea mano “españolista” de Francisco Franco. Para Blanco Amor, esto constituye una mitificación, muy alejada de la realidad. (Debiésemos considerar, no obstante, el sesgo personal de quien vivió una experiencia dura y a ratos, odiosa y discriminadora, en la sociedad argentina de su tiempo). Así se lo manifiesta Eduardo a Freixanes, en un breve texto que traduzco para ti, comprensivo lector:
…Hubo grandes mitólogos de la Galicia emigrante, y todo tenía su explicación, todo tenía un sentido claro en el momento en que la Galicia de aquí no era nada, estaba muerta, avasallada, sin poder expresarse. Entonces, había que reforzar y aun crear como fuera la ‘otra Galicia’. Pensemos en los años inmediatamente posteriores a la guerra civil, sobre todo cuando llegan a Buenos Aires los exiliados. La galleguidad necesitaba una patria, porque la suya original no le pertenecía. Había que crear otra patria que reuniera a los gallegos esparcidos por el mundo o que resistían en la propia tierra, escondidos con la esperanza de que vendrían mejores tiempos; había que mantener la esperanza en algún sitio, y se creó el gran mito de la Galicia Emigrante. Pero, ¿qué era esa Galicia emigrante? Una minoría que luchaba aislada comparado con la gran marea de la emigración, una minoría que hacía a veces milagros para mantener la lumbre entre centenares de enanos y las masas indiferentes o manipuladas. Eso es cierto. El dinero que gastó Seoane, por ejemplo, con sus empresas editoriales… Es cierto que no todos los emigrantes son enanos, claro que no, pero la mayor parte de ellos jamás hizo nada para apoyar o merecer el gran esfuerzo de los que allá lucharon por dignificar una tierra y una cultura ante el mundo… Recuerdo, por ejemplo, una conferencia que fui a proferir en un pequeño teatro de una comunidad gallega. Comencé a hablar en gallego. ¡La que se armó! ¡Me arrojaron objetos al escenario! El presidente vino a decirme que qué pensaba yo que eran ellos, si creía que eran unos desgraciados, unos incultos, unas bestias que no sabían hablar como todo el mundo. (Como los “caballeros”) Nuestra gente arrastra un complejo histórico que es como un cáncer y yo, aquel día, no proferí en realidad una conferencia, sino que encabecé un mitin (1)...
A la luz de nuestra propia experiencia -guardando la distancia con el admirado Blanco Amor-, aunque sea desde Chile, donde habita una reducida colectividad gallega (tres mil individuos, quizá, contando los escasos inmigrantes originarios que aún sobreviven), nos sentimos más identificados con los juicios un tanto escépticos o pesimistas de Blanco Amor. Hace unos días, intercambiamos opiniones al respecto con mi amigo Louis Casado, escritor, periodista, editor de la revista cibernética Polítika. Coincidimos en la apreciación de que la colectividad gallega y otras entidades del variopinto calidoscopio hispano, se encuentran cada día más distantes de sus propias raíces culturales, sumidos en las motivaciones primarias del exitismo económico, dando la espalda al carácter dramático –y aún trágico- de esa sangría social y étnica que fue para sus ancestros –que sigue siendo para muchos seres humanos- la emigración, sea esta forzada por el hambre o por la guerra.
Lo hemos experimentado en muchas ocasiones, viendo cómo se estrellan o difuminan las iniciativas culturales ante la indiferencia o la desidia de la mayoría, para constatar un hecho irredargüible: sólo una minoría es capaz de valorar el patrimonio intelectual, lingüístico y estético de la patria de nuestros antepasados.
Quiere decir que somos muy pocos los ilusos y perseverantes en esta causa, quizá perdida de antemano, aunque nos neguemos a asumirlo, aferrados a los lazos intangibles de la esperanza.
-“Somos pocos, pero buenos” –diría mi padre, sonriendo hacia dentro, como su querido paisano, Eduardo, hijo pródigo de Auria, conservando hasta el fin lo único que parece quedarnos: la antorcha tenue del humor retranqueiro (2).

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Edmundo Moure
Enero de 2017





(1) Extraído del libro Unha ducia de Galegos, de Víctor Freixanes; Editorial Galaxia; Vigo, 1982; páginas 95-96.
(2) Retranqueiro: en lengua gallega, propio de la retranca, forma del humor elíptico del campesinado gallego.
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CRÓNICA ENTRE AÑOS: PROGRESO Y DESENCANTO
PROGRESO Y DESENCANTO


Escuché la palabra “progreso” cuando niño (fines de la década de los 40’), por boca de mi padre, quien estaba influido por las ideas del neopositivismo, entonces en boga en esta parte del mundo, pese a que en Europa se imponía el existencialismo, como reacción a la barbarie bélica de la II Guerra. La ciencia y su brazo activo, la tecnología, estaban haciendo posibles logros impensados un siglo antes. Algunos sostenían (sostienen) que las grandes guerras aceleran las aplicaciones tecnológicas. Discutible, pero aquel progreso era un fenómeno –lo sigue siendo en muchos ámbitos- indiscutible y de suyo perturbador. En julio de 1969, la carrera espacial llegaba a su cenit con el alunizaje de la nave Apolo. (Mi abuela decía que se trataba de una patraña, una invención más del cine aliado a la publicidad, una puesta en escena de burda tramoya).

Ortega y Gasset había advertido, en los años 20’ del pasado siglo, que el progreso tecnológico y científico no avanzaba a parejas con una filosofía que lo sustentara, muy lejos de un proceso coherente de crecimiento, moral y espiritual, del orgulloso homo sapiens. Casi un siglo después podemos constatar, con profunda decepción y escepticismo, que su aserto sigue siendo válido y aun que se agudiza el diagnóstico. Nuestro planeta Tierra –el único que hasta ahora poseemos como hogar- padece un deterioro ecológico y climático de insospechables consecuencias, mientras los estados más poderosos lucubran paliativos falaces para mitigar el “efecto invernadero” y la contaminación acelerada de ríos y mares, puesto que el sistema económico mundial explota los recursos naturales de manera desquiciada, en pro de una productividad que se basa en el concepto “desechable”, esto es, crear para destruir de inmediato y volver a producir, acumulando chatarra, basuras y desechos que, en más de un noventa por ciento, no se reciclan ni renuevan. El panorama –me parece- no puede ser más desolador y oscuro. Y uno se pregunta: ¿hasta dónde será susceptible mantener los forzados “índices de crecimiento”, dudosa tabla para medir la factibilidad del sistema?

No obstante, surgen voces ilustres que afirman lo contrario, como la de Michel Serres, prestigioso filósofo francés quien sostiene, en su nuevo libro, que “el mundo vive su mejor época desde hace 3.000 años”. Esto podríamos sostenerlo desde dos perspectivas: una, a partir del añejo providencialismo, basado en el “plan de Dios para la redención del ser humano y su posterior felicidad eterna”, lo que significa que todo está previsto para un fin específico y radiante: la teleología judeo-cristiana que comparten otros credos del positivismo escatológico; la otra, sustentada en los avances vertiginosos de la ciencia y la tecnología, que serán capaces, incluso, de revertir los procesos, hasta hoy “naturales”, de la enfermedad, la decrepitud y la muerte, produciendo y clonando individuos cada vez más perfectibles –biológicamente hablando-.

Michel Serres advierte que: "Si usted busca en Internet 'causas de mortalidad en el mundo", argumenta, "le saldrán las cifras oficiales facilitadas por la Organización Mundial de la Salud. No son datos de Michel Serres, sino de la OMS. Bueno, pues verá usted que la causa menos frecuente de muerte en la actualidad es 'guerras, violencia y terrorismo'. Muere infinitamente más gente a causa el tabaco y de accidentes de coche. Así que hay una gran contradicción entre el estado real de las cosas y la forma en que lo estamos percibiendo, porque vivimos como si estuviéramos inmersos en un estado de violencia perpetua, pero eso no es real en absoluto".

Le faltó al venerable Serres mencionar la obesidad, la diabetes y el cáncer. Pero quizá omite una de las causas de muerte que aumenta con mayor celeridad en este mundo “ancho y ajeno”: el suicidio, cuyas cifras de crecimiento estadístico resultan alarmantes. Y otra no menos alarmante: el asesinato cotidiano de mujeres y la expoliación de niños y mujeres por los nuevos amos de la economía globalizada.

Me imagino que “estar bien o mejor” apunta a la incierta probabilidad de encontrar el pájaro azul de la felicidad, lo cual es muy difícil de establecer como parámetro colectivo, salvo que nos atengamos a ciertas encuestas televisivas orientadas a constatar el efecto entretenimiento/dicha, cuyos resultados macro, por ejemplo, asegurarían que “Chile es uno de los países más felices del mundo”. ¿Cómo puede ser feliz una nación? Será preciso sumar los guarismos de felicidad personal –en este caso- de sus dieciséis millones de habitantes, establecer luego una escala de la dicha, como quien emplea los rangos Mercali o Richter para medir la potencia devastadora de los sismos, y dividir por esta fórmula el total de la población, aunque sería preciso dejar fuera de ella a los recién nacidos (¿cómo preguntarles, si carecen de memoria transmisible?); asimismo a quienes padecen Alzheimer agudo, pues ni siquiera recordarán momentos felices o desdichados; a los locos o perturbados mentales, aunque entre estos pudiera haber individuos dichosos, ocultos tras las máscaras de su desvarío.

No he leído ninguna de las obras de Michel Serres, por lo que no puedo opinar con propiedad acerca de su pensamiento filosófico. De hecho, el artículo desde donde extraigo sus difundidas opiniones, publicado en el diario El País de España, me fue enviado por mi querido sobrino y amigo, José Antonio Moure Bolados, quien ostenta la saludable inquietud por develar los complejos misterios (problemas, escriben los científicos, renuentes a la palabra “misterio”) de la existencia, que se reducirían a tres: la vida, el amor y la muerte (caminos entrecruzados de Eros y Tánatos). No obstante, su optimismo (el de Serres) me parece errado, aun cuando debiera yo concluir, ante lo que percibo como mezcla de ingenuidad y ceguera, parodiando a un tío de humor retranqueiro : -“Ojalá que yo me equivoque y él tenga razón, pero ni lo creo ni lo espero”.

Ya me conoces, amigo lector, soy un escéptico irremediable. Como tal, miro el rostro afable y simpático de Michel Serres, en la nítida fotografía que publica El País, al borde de cumplir los ochenta y siete años. Imagino que vive en una hermosa casaquinta (como la que yo sueño), alejado de los apremios del mundo, quizá en el “lugar ameno” que cantaba Fray Luis de León, saboreando el breve ocaso de la vejez y el confortable laissez faire. Si yo fuera mal pensado, diría que atisbo en la base de la pupila de sus ojos claros la línea rotunda de la irreparable senectud, aunque el brillo de su mirada, más que efecto del lente fotográfico, pudiera ser el destello postrero de su sabiduría, ampliada y enriquecida en los ámbitos de la academia francesa, donde casi todo lo que se diga o escriba nos sigue pareciendo –sobre todo a los menesterosos del tercer mundo occidental- como un prolongado y emulador destello del Siglo de las Luces.

Otro ilustre anciano como él, a su misma edad de ahora (87), de origen portugués, Premio Nobel de Literatura 1998, José Saramago, escribe en El último cuaderno (2007):

DESENCANTO
Todos los días desaparecen especies animales y vegetales, idiomas, oficios. Los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Cada día hay una minoría que sabe más y una mayoría que sabe menos. La ignorancia se expande de forma aterradora. Tenemos un gravísimo problema en la redistribución de la riqueza. La explotación ha llegado a extremos diabólicos. Las multinacionales dominan el mundo. No sé si son las sombras o las imágenes las que nos ocultan la realidad. Podemos discutir sobre el tema infinitamente, lo cierto es que hemos perdido capacidad crítica para analizar lo que pasa en el mundo. De ahí que parezca que estamos encerrados en la caverna de Platón. Abandonamos nuestra responsabilidad de pensar, de actuar. Nos convertimos en seres inertes sin la capacidad de indignación, de inconformismo y de protesta que nos caracterizó durante muchos años. Estamos llegando al fin de una civilización y no me gusta la que se anuncia . El neoliberalismo, en mi opinión, es un nuevo totalitarismo disfrazado de democracia, de la que no se mantienen más que las apariencias.
El centro comercial es el símbolo de ese nuevo mundo. Pero hay otro pequeño mundo que desaparece, el de las pequeñas industrias y de la artesanía. Está claro que todo tiene que morir, pero hay gente que, mientras vive, tiende a construir su propia felicidad, y ésos son eliminados. Pierden la batalla por la supervivencia, no soportan vivir según las reglas del sistema. Se van como vencidos, pero con la dignidad intacta, simplemente diciendo que se retiran porque no quieren este mundo.


A mí, Saramago me interpreta bien. Si alguna duda me surge de sus ideas, la aclaro de inmediato, leyendo el Libro del Desasosiego, de ese grandísimo lusitano, poeta y contable, que fue y que sigue siendo en sus textos, Fernando Pessoa.

Si estuviésemos en condiciones de desentrañar la historia que cada cual trae grabada en sus genes, podríamos dilucidar qué eran, hace 3.000 años o más, los antepasados de Michel Serres y los de José Saramago. Quizá los del primero fuesen jefes de la tribu o guerreros poderosos o brujos omnipresentes; los del segundo, campesinos que iniciaban las tareas de la agricultura en una pequeña aldea de Tras os Montes, quizá inventores, a la postre, del espirituoso viño verde.


En esto de especular, todo podría ser, amigo lector. Entretanto, concluyo el 2016 en la tarea de cronista e inicio el 2017 de la mejor manera: encabalgado en las palabras.

Te deseo felicidad, en la medida de lo posible.


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Edmundo Moure
Diciembre 31, 2016
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 01-01-2017 19:36
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Libros galegos en Chile
EL FELIZ AGASAJO DE LOS LIBROS

Ayer compartimos -Marisol y yo- con mi amigo Oscar Pedreira Álvarez, primo hermano (curmán) de nuestro recordado Demófilo Pedreira Rumbo, en casa de su hija Marisol y de su yerno Pablo Terra, un almuerzo memorable. Marisol Pedreira cocinó una paella deliciosa, que acompañada de un espirituoso vino blanco, escanciado gentilmente por Pablo y de una entretenida conversación, articuló la grata velada.
Oscar Pedreira, coruñés, de profesión ingeniero y de largo oficio como vendedor de libros en Argentina, reside en Caracas, Venezuela, junto a su hijo. Disfrutará la canícula estival de Chile, merced a la hospitalidad de su hija, yerno y nietos (Andrea y Diego), hasta mediados de enero próximo. Nos une nuestra común ascendencia gallega y el recuerdo entrañable del inolvidable (inesquencíbel) Demófilo, ese magnífico “gallego de dos mundos”, como le bautizáramos en mi libro Gente de la Tierra, cuya muerte física (pasamento) parecemos no asumir, como si nuestra porfía gallega lo trajera de nuevo al permanente coloquio.
Oscar posee con su hijo una librería en Caracas, que a duras penas sobrevive en medio del desastre económico y social que padece hoy la patria de Simón Bolívar. Al concluir el almuerzo, mientras disfrutábamos un exquisito flan de leche (recordé la “leche asada” que preparaba mi abuela gallega en Chacra El Olivo), Oscar me distinguió con el feliz agasajo de siete libros, que paso a detallar:
Unha ducia de Galegos, de Víctor Freixanes, destacado escritor y periodista, a quien conocí en Vigo, hace diez años. Se trata de un conjunto de doce biografías de grandes gallegos de la literatura: Ramón Otero Pedrayo, Valentín Paz Andrade, Luis Seoane, Eduardo Blanco Amor, Ramón Piñeiro, Celso Emilio Ferreiro, Xaime Isla Couto, Xesús Alonso Montero, Xosé Manuel Beiras, Xosé Luis Méndez Ferrín y Monseñor Araúxo Iglesias... Con estos autores me vincula (vencella) mi amor por la palabra creadora y mi fidelidad anímica y espiritual con la lengua de Rosalía de Castro. (Esta mañana, durante mi viaje habitual en el Metro, he leído las bellas y certeras páginas dedicadas a Ramón Otero Pedrayo, el hijo dilecto de Trasalba).
...Sigo en la mención de los libros: Homes do espacio, de Lois F. Marcos, breves relatos; Adiós María, novela de Xohana Torres; Historias do Canizo, de Ánxel Sevillano; Manuel Curros Enríquez, súa vida e súa obra, de Luis Carré Alvarellos, obra editada en 1953, en Buenos Aires, la “quinta provincia gallega”; La Monja de San Payo, de Valentín Lamas Carvajal, el escritor ciego del siglo XIX gallego; un conjunto de viejas leyendas escritas en lengua castellana, edición de 1930, hecha en Ourense.
Dejo para el final de este escrutinio-resumen del amable agasallo de Oscar, ese libro extraordinario que mi padre leía y releía, glosando a pie de página y marcando frases, oraciones y párrafos. Me refiero a Sempre en Galiza, del gran Alfonso Rodríguez Castelao, auténtico renacentista gallego: narrador, ensayista, dibujante eximio, médico y destacado político de la II República Española, fallecido en el exilio de Buenos Aires, el 7 de enero de 1950. Se trata de una edición de 1976, auspiciada por el Centro Galego de Bos Aires. Mi padre decía que se trataba de un virtual “evangelio gallego” que todos los paisanos debiesen leer y conocer en profundidad. Su reflexión era quizá un resabio tardío del positivismo, cuyos mentores confiaban en la perfectibilidad humana a través de la educación.
Sempre en Galiza es una suerte de diario testimonial de Castelao, escrito en lengua gallega, a partir de sus experiencias políticas e ideológicas en esa España “de charanga y pandereta” que hombres notables como él lucharon por liberar y modernizar, por arrancarla de las garras de una monarquía decadente y de una jerarquía eclesiástica aun sumida en la atmósfera inquisitorial de la Edad Media. Extraigo un breve párrafo, palabras donde destella la vieja ironía galaica, que alguna vez nos leyera mi padre en la sobremesa de los domingos (la traducción es mía, del original en gallego):
Estoy lejos de mi Tierra, en Badajoz. Me cubre un inmenso fanal azul. Me encuentro en la torre de “Espanta Perros” y veo desde aquí las calles incardinadas de la ciudad. Una espigada cigüeña vigila desde el borde de su nido, y las torcazas chillan en el aire. En la lejanía percibo la fortificación de Elvas -la plaza portuguesa, enemiga temporal de Badajoz-Me acompaña un perro vagabundo, que me sigue a todas partes; un can nostálgico y fiel, que me mira con ojos amorosos; un perro agradecido hasta el servilismo, que por un terrón de azúcar me aguarda en la puerta del café, para hacerme compañía en el paseo vespertino... Este afectuoso animal me provoca enojo y compasión, y viéndolo tan hambriento, tan sucio y tan manso, me parece un símbolo... ‘Aquí se muere de asco hasta el obispo’.
Prosa vibrante, incisiva, a ratos descarnada, en ocasiones poética, sin falso lirismo ni efusiones edulcoradas. Es el artista pleno, a quien “le duele España”, como le dolía a Unamuno y a Machado. (Siento la tentación de seguir leyendo, pero mi jefe me pide la relación de los impuestos a pagar; guardo el volumen y espero, como si yo fuera Fernando Pessoa, escondiendo entre los libros de contabilidad los poemas que escribía en desmedro de la anotación compulsiva de los registros contables)…
Oscar Pedreira no habló mucho esta tarde. Yo le observaba de soslayo. Sus ojos, de cuando en cuando, parecían perderse en lontananza, entristecidos por la añoranza de su patria actual, Caracas. También a él le duele su Venezuela ultrajada.
Los gallegos, apreciado lector, tenemos al menos siete patrias, como bien me lo hiciera saber, hace quince años, ese gran maestro gallego llamado Basilio Losada.
Ya te contaré acerca de eso, curioso lector, uno de estos días. Por ahora, disfruto el regalo de los libros que han llegado a mí de la mano de Oscar, un galego bo e xeneroso.


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Edmundo Moure
diciembre 19, 2016
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 21-12-2016 00:08
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FIDEL CASTRO, hijo de padre lucense
FIDEL CASTRO, HIJO DE PADRE LUCENSE

Paciente y alerta lector cautivo, me propongo escribir aquí una crónica distinta, más entrañable, quizá, obviando el odioso enfrentamiento ideológico (por lo general, desprovisto de ideas) con el que se pretende denostar al líder cubano después de su muerte, con aleteos de zopilotes y graznidos de cuervos.
Como bien sabéis, Fidel Castro Ruz fue hijo de un gallego de Lugo, de la aldea o villa de Láncara, que visitara en julio de 1992, donde fue vitoreado por tirios y troyanos; más por gentes de derecha, muy abundosas en Galicia desde tiempos remotos. El periodista Fernando Orgambides escribió a la sazón una interesante crónica, publicada en el diario El País. Con ella haré algo inusual y espero contar con vuestra benevolencia: glosaré los principales párrafos del artículo, destacándolos en cursiva y negritas, amparado en la irrefutable certeza de la muerte del controvertido líder de la Revolución Cubana. (Sí, con mayúsculas, como la Francesa, la Mexicana y la Rusa, aunque les escueza a los neo-admiradores de Pinochet).
Preciso es recordar que nosotros, los Moure Rojas, somos como él, hijos de campesinos humildes por la vía paterna.
El líder cubano, Fidel Castro, se declaró ayer (28 de julio de 1992)"hijo legítimo de Galicia" y prometió que jamás defraudará a sus progenitores, en el curso de la jornada más emotiva de su viaje a la tierra de sus antepasados, donde conoció personalmente el terruño de su padre. Castro, acompañado siempre por el presidente de la Xunta de Galicia, Manuel Fraga Iribarne, confesó que su estancia ayer en Láncara (Lugo), donde fue vitoreado por los vecinos, queda registrada ya como uno de los días más importantes de su vida.
Curiosa compañía, paradojal para algunos. Manuel Fraga Iribarne fue ministro de Turismo y Comunicaciones, durante los treinta y ocho años de férrea dictadura militar-católica-corporativista de otro gallego, oriundo de El Ferrol (A Coruña), Francisco Franco Bahamonde. Pero a ambos los ligó una suerte de amistad, puesto que el padre de Fraga compartió con el padre de Fidel, varios años, como emigrante en Cuba.
Para tanto desavisado, cumple recordar que el gobierno de Franco, pese a la indignación del Departamento de Estado de USA, no se sumó al infame bloqueo contra Cuba. Ante la reclamación hecha por un delegado oficial de John Kennedy, enrostrando a Francisco Franco su “inconsecuencia” al apoyar a un régimen marxista-leninista y ateo, el cazurro dictador respondió: -“Doscientos años antes de que ustedes existieran como nación, nosotros ya teníamos estrechos vínculos con Cuba”-.
Aclamado por un grupo incondicional de adictos que le siguen a modo de coro por todas partes, el líder cubano cumplió por fin su anhelado deseo de conocer el lugar donde nació su padre: Láncara, un pueblecito situado a veinte kilómetros de Lugo. Castro y Fraga, rodeados por un impresionante dispositivo policial, llegaron a Láncara poco antes de la una de la tarde. Estuvieron en el pueblo poco más de veinte minutos y visitaron juntos la casa, hoy deshabitada, donde nació Ángel Castro y Argiz, un emigrante de extracción humilde que hizo fortuna en la isla.
Recuerdo que la hermana de Fidel, quien se autoexilió en Miami, en procura de la democracia de color verde, transformándose en feroz opositora al régimen de su hermano, rompió definitivamente con Fidel cuando éste se negó a pagarle una cuantiosa indemnización, luego de haber expropiado la hacienda cañera de su padre, que pasó a ser propiedad del Estado.
La casa, sin luz eléctrica, es una vivienda de una sola planta construida sobre piedra, que sólo ha sido habitada por otras dos familias más después de la de Castro.
Al respecto, mi padre comentaba que, desde la Edad Media y hasta fines de los 70, en la “Galicia profunda”, de la que era originario, la vida rural y sus consiguientes relaciones parroquiales, habían variado muy poco. De hecho, apenas a comienzos de los 80 llegó allí el maravilloso (y terrible) invento de la televisión.
El líder cubano departió con su familia, paseó por la única calle de Láncara y fue vitoreado por unas doscientas personas. La banda de música de Sarria le obsequió con unos pasodobles y la orquesta cubana Neno González, que se trasladó a Láncara expresamente desde Asturias, le interpretó unas congas.
Todo resultó feliz, pero no hubo grandes emociones. Una hora antes, Castro fue nombrado "hijo predilecto" del lugar en la parroquia donde está instalado el concejo, Puebla de San Julián. Paradójicamente, la emoción no se apoderó de Castro, que era el homenajeado, sino de Fraga que, a mitad de un discurso de bienvenida al líder cubano, prorrumpió en sollozos. Nadie se explicaba ayer por qué lloró Fraga y no Fidel. Las lágrimas del presidente de la Xunta se desprendieron justamente en el instante en que recordaba la emigración gallega y, particularmente, la de su padre a Cuba, cuya historia personal es muy paralela a la del progenitor de Castro.
En 1999, luego de la ceremonia oficial de la entrega de los Premios Galicia, a personajes de distintas esferas que han hecho lo suyo por el engrandecimiento de la patria de Rosalía de Castro, comenté a mi amiga, la maestra Maricarmen Pazos, que yo había visto llorar a Manuel Fraga. Ella me respondió, con laconismo y retranca gallega: -“Non te preocupes, Fraga sempre chora”. Bueno, pero no serían, en este caso, lágrimas de cocodrilo…
El líder revolucionario recordó a su padre en sus intervenciones públicas de ayer, pero insistió en declararse "nieto de campesinos pobres" más que hijo de un emigrante gallego que hizo fortuna en América. Reveló que su padre pensó en volver siempre a Láncara, pero no pudo hacerlo, y por eso ayer era para él un día de emoción grande. El presidente de la Xunta recordó las vidas paralelas de ambas familias y, dirigiéndose a Castro, comentó que los gallegos son gente que saben distinguir entre lo público y lo privado, personas entregadas al trabajo, el ahorro y la iniciativa individual, e invocó a Dios para que la isla encuentre rápidamente la reconciliación entre sus dos comunidades enfrentadas.
Parientes míos, tocados por la vara de la fortuna, afirman aún hoy que nuestro abuelo Cándido no era un emigrante, sino un diplomático que viajó para cumplir funciones representativas en Buenos Aires. La mala imaginación suele correr a parejas con la desmemoria.
En realidad, Fraga formuló un llamamiento velado a que Fidel hiciera cambios en la isla, pero Castro -que ayer suspendió por sorpresa una comparecencia ante los medios informativos- no contestó. Fraga, por último, le ofreció "nuestra casa", en alusión a Galicia, "no exenta de problemas, pero abierta a todos y con todos en paz", y le invitó a adaptarse a los nuevos tiempos, lo que se interpreta como un velado llamamiento para la democratización de la isla.
Este “llamamiento” resulta curioso y algo esperpéntico, viniendo de quien fuera Ministro de un régimen que conculcó todas las libertades cívicas. Fraga, como bien se sabe, articuló durante su larga gestión la censura de los medios periodísticos y de la literatura. En cuanto a la “paz” -relativísima por cierto-, a la que alude, en nombre de su Dios vengador, esta se logró después de un millón de españoles muertos, parte en la guerra fratricida y parte por las ejecuciones sumarias a lo largo de tres décadas.
La exhortación de Fraga Iribarne se parece mucho a los clamores de los pinochetistas chilenos “en defensa de la democracia y de los derechos humanos”. Al menos, a Fraga le ayudaba el incomparable humor gallego.
Y concluye el cronista, sin mucho entusiasmo, como se aprecia, por aquel ilustre visitante indiano:
…Terminó con una romería popular, a la que asistieron más de mil personas, en la localidad lucense de Armea de Arriba. Castro y Fraga degustaron vinos de la tierra y almorzaron empanadas, pulpo, sardinas, pimientos asados y rosquillas. Ambos cerraron el día con una partida de dominó. Ganó Fraga.
El dominó requiere de cierta pericia numérica y de una buena dosis de picardía. Lo que le sobraba a Manuel Fraga le faltaba a Fidel Castro, seguro. Después de todo, es misterioso el reparto de los dones.
Y si nos atenemos a la pertinacia y a la longevidad -en el poder, en el ánima y en el cuerpo- de Fidel Castro Ruz, coincidiremos con Camilo José Cela (escritor gallego, Premio Nobel de Literatura 1979), en que: “nunca se puede ser gallego impunemente”.
¡Que viva Galicia! ¡Que viva Fidel!

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Edmundo Moure
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 02-12-2016 00:53
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FIDEL CASTRO, UN SUEÑO HECHO ISLA
FIDEL CASTRO, UN SUEÑO HECHO ISLA

Vuestros brazos son un bosque
que llena toda la tierra;
si enarboláis vuestras manos
el cielo cubrís con ellas.
.
Marcos Ana


Cuando escribía, aún conmocionado por la noticia una crónica en homenaje al poeta Marcos Ana, fallecido este 26 de noviembre de 2016, me entero de la muerte de Fidel Castro Ruz. Soy incapaz, en este momento, de escribir un texto sobre el gran revolucionario cubano, hijo de emigrante gallego, que logró la singular hazaña de derrotar a Fulgencio Batista en los albores de 1959, a solo noventa millas de las fauces imperialistas del Tío Sam.
Entonces, recojo una crónica escrita hace un cuarto de siglo, que para mí no ha perdido vigencia ni oportunidad, pues trasunta lo que experimentara nuestra joven generación de los 60, imbuida del idealismo combatiente de los anhelos revolucionarios durante la segunda mitad del siglo XX. La ofrezco a mis lectores, como un homenaje al gran Fidel:

“Teníamos dieciocho años en 1959. Aquel Año Nuevo, el tío Indalecio, ex anarquista de la columna Durruti, irrumpió con la noticia: Fidel Castro y los suyos entraban victoriosos en las calles de la Habana... Batista huía a Miami, a disfrutar los cientos de millones de dólares sustraídos al erario nacional. El balneario caribeño de Washington cerraba sus casinos y prostíbulos.

“Para los españoles que habían padecido la derrota a manos de Franco, los viejos sueños parecían encarnar en la esperanza. En especial los gallegos progresistas, cuyo flujo vital hacia Cuba fuera intenso al promediar el siglo XX, se sentían identificados con la victoria de las milicias populares sobre el ejército regular de Fulgencio Batista. Para nosotros, jóvenes iberoamericanos, un mundo nuevo surgía en medio de los gastados regímenes de nuestra preterida América. Poco después lo confirmamos: la Revolución Cubana era una formidable expresión de antiimperialismo, el primer triunfo político y militar contra los amos del Norte, que lograba afianzarse como gobierno socialista en su mismísimo “patio trasero”.

“Los victoriosos barbudos de Sierra Maestra hablaban el lenguaje de una dignidad hasta entonces desconocida por nuestros próceres de salón. Habían ganado una guerra verdadera, combatiendo contra uno de los ejércitos mejor preparados de Iberoamérica. Los opresores criollos temblaban, esperando la enérgica intervención del tío Sam en defensa de sus intereses.

“Cuba fue consolidándose gracias al trabajo de su pueblo. Obtuvo logros notables en salud, educación, economía productiva, cultura. Su influjo se extendió a lo largo y ancho de nuestro continente. “Los resultados de una revolución verdadera sólo pueden medirse al cabo de muchos años, porque se trata de un movimiento político, económico y social de alcances universales, un nuevo concepto de las relaciones humanas...”, nos decía Indalecio, lleno de entusiasmo juvenil.

“Cierto. Y aunque en las décadas siguientes la Revolución Cubana sufriera rudos golpes, entre los que estuvo la muerte del Che y el fracaso de la guerrilla en el corazón de la América del Sur, sus efectos se hacían notar por doquier. En Chile, la Democracia Cristiana levantaba al emblema de la “revolución en libertad”, y en su proyecto político figuraban las principales reivindicaciones del proceso cubano, como si perteneciesen a su ideario reformista.

“Igual cosa ocurrió en Venezuela, Ecuador, Perú, e incluso en la Argentina anterior a las dictaduras militares de Videla y Galtieri. Por otra parte, la actitud política de las derechas sufrió cambios importantes, buscando adecuarse a las nuevas exigencias sociales que el “mal ejemplo” cubano exacerbaba en nuestros países, y, de paso, elaborando estrategias conjuntas para erradicar “el peligro castrista”. Así nació la infamante “doctrina de seguridad nacional”, sangre y espíritu de las castas cuarteleras, que la hicieron suya sin mayores escrúpulos “patrióticos”; en el caso concreto de Chile, aceptándola con monolítica aquiescencia y singular servilismo.

“La muerte de Salvador Allende, víctima de la traición y el abandono, constituyó para nosotros una gran decepción... ”Las derrotas deben fortalecernos; otros tomarán nuestro lugar con renovados bríos”, insistía Indalecio, físicamente desgastado por la vejez, pero con sus ojos encendidos por un inclaudicable espíritu de lucha que apagaría sólo la muerte. “Quisiera ver el sueño de Cuba hecho realidad en toda América”, fue una de sus postreras expresiones. “Ustedes lo verán, antes de que el siglo concluya”...

“La crisis del mundo socialista y la derechización de la Comunidad Europea han fortalecido a las oligarquías criollas. Sus ideólogos van imponiendo, cada vez con mayor desparpajo, esquemas económicos aberrantes para los sectores más desposeídos, con la complicidad de los movimientos reformistas que se sienten hoy avasallados por el lenguaje y la acción de la tecnocracia neoliberal, eficiente administradora de la miseria ajena en beneficio de las minorías.

“En nuestro país resulta patética la actitud de ciertos demócratas de supuesto cuño izquierdista, empeñados en no inquietar a la Derecha, asegurándole una “administración eficiente” de sus negocios; ofendido por el repudio internacional al ex dictador, a quien –oh paradoja– ha contribuido a legitimar paso a paso desde el acatamiento de la espuria Constitución del 80; entusiasta para celebrar los “éxitos económicos” del pinochetismo, mientras los tecnólogos de palacio se comprometen a consolidarlos en el “mediano y largo plazo”, y juran al empresariado amor eterno y fidelidad a toda prueba.

“Entretanto, los trabajadores siguen aguardando mejores días, desconcertados ante el nuevo rumbo que tomaron sus líderes, enérgicos y combativos ayer, contemporizadores y “pragmáticos” hoy. Nada ha cambiado para los desposeídos. Al contrario, los niveles de vida han ido deteriorándose paulatinamente, con el consiguiente aumento de la delincuencia y de actos violentistas que no parecen obedecer a móviles ideológicos, pero que son imputados a la Izquierda revolucionaria chilena (a lo que resta de ella) por un oficialismo que parodia los ademanes autoritarios de sus predecesores.

“¿Y Cuba?

“Resiste a pie firme los embates de sus enemigos, acosada por el vecino Imperio que espera el momento propicio para asestar el golpe final contra la Revolución. Pero su ideario no será borrado mientras exista el anhelo de un futuro promisorio para los pueblos de América. Sueño y esperanza siguen siendo isla encantada en la entraña rumorosa del Caribe, y memoria viva en el recuerdo de Indalecio, “muerto en acción” hace quince años.”

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Edmundo Moure
Mayo 1991; noviembre 2016
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 26-11-2016 23:14
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