A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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MUJERES EN LA VIDA Y OBRA DE CERVANTES

Judería de Ribadavia (Ourense)
Cuna de los Cervantes y Saavedra



MUJERES EN LA VIDA Y OBRA DE CERVANTES


Esto en este cuento pasa:
los unos por no querer,
los otros por no poder,
al fin ninguno se casa.
De esta verdad conocida
pido me den testimonio:
que acaba sin matrimonio
la comedia entretenida…

La Gitanilla


A propósito de los cuatrocientos años de la publicación de la segunda parte del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, iba yo a pergeñar una crónica sobre el maravilloso libro que nos enseñó a leer nuestro padre gallego, pero se ha escrito tanto sobre el Caballero de la Triste Figura y su escudero Sancho, innumerables ensayos, interpretaciones, glosas, comentarios y apostillas… que me arrepentí, optando por otro leitmotiv: las mujeres en la vida de Miguel de Cervantes y Saavedra –madre, hermanas, amantes y musas-; ese cristiano nuevo o judío converso, más bien, cuya estirpe, por ambas ramas, procede de la judería de Rivadavia, en Ourense, Galicia, aunque hay una caterva de “puristas” que vienen pujando por declararlo, definitivamente, cristiano-viejo, sin contaminación alguna, ni mudéjar ni marrana.

De “sangre pura”, aseguran estos epígonos trasnochados del nazismo irracional, como si ser judío converso, marrano o cristiano-nuevo, imposibilitara el surgimiento de un genio.
Luis Astrana Marín, en su voluminosa y sesuda biografía de Cervantes, nos dice que Juan de Cervantes, licenciado en derecho y abuelo del escritor, vivía con su familia en la calle de la Imagen, en el antiguo barrio judío, detrás del Hospital de Nuestra Señora de Antezana, en Alcalá de Henares, morada que luego vendería la familia Cervantes, para trasladarse a Valladolid. En 1527, Juan de Cervantes se acoge al servicio del Duque del Infantado, Diego Hurtado de Mendoza, diplomático y poeta a quien se atribuye la autoría de “El Lazarillo de Tormes”, cuestión hasta ahora no establecida. Se cuenta que uno de los hijos bastardos del duque, un tal Martín, se enamora de María, hija de Juan y luego tía de Miguel, que era una moza muy atractiva y desenvuelta. Tanto que, pese al mal fin de sus amores, obtiene una pequeña fortuna que permitirá a la familia un buen pasar en Alcalá de Henares. Aunque más temprano que tarde, el dinero se esfuma y Rodrigo, padre de Cervantes, asume el oficio de cirujano, profesión entonces de escaso prestigio, pero necesaria y rentable, dentro de los llamados “oficios menores”.
Con María parece iniciarse este ciclo vital que se extenderá, a lo menos, por cuatro generaciones de la ilustre familia Cervantes, en que las mujeres serán más hábiles y pertinaces proveedoras en el hogar que los varones, aunque ello les acarreara fama de disolutas y casquivanas.

La primera mujer en su vida, qué duda cabe, es su madre, Leonor de Cortinas, hidalga oriunda de Arganda del Rey, en las cercanías de Madrid. Luego de conocer a Rodrigo de Cervantes, humilde cirujano cordobés, casó con él, a disgusto de su familia, que se negó a entregar la dote ante la mala elección del cónyuge. Médico, es decir sangrador y barbero, poca cosa para la hija de hacendados de buen pasar. Así comienzan, para la vida del ingenioso Miguel, las contradicciones entre el ser y el deber ser, entre los rigores cotidianos y los sueños de inasible grandeza.
Se dice que Leonor sabía leer y escribir y que era lectora pertinaz. Al mismo tiempo se afirma que su familia provenía de cristiano-viejos y sin mácula, lo que resulta dudoso si consideramos que los únicos que educaban a sus mujeres en las letras eran los judíos, conversos o no. Y esta tradición se mantendrá en la familia Cervantes, favoreciendo a sus tres hermanas y a su hija Isabel, como queda dicho en aquella curiosa obra del Manco, “La Tía Fingida”, donde se exalta, además, otros atributos de aquellas mujeres, sin duda avanzadas para su tiempo, arriesgándose de manera continua en acciones y hechos de inusual liberalidad.
A finales de 1567, cuando Miguel tiene veinte años y su hermana veinticuatro, ocurre un suceso trascendental para la vida de ambos. Andrea y Miguel caminan por una calle de Madrid. De pronto, les intercepta un hidalgo de vistoso atuendo y espada al cinto, quien increpa a su hermana, con palabras soeces. Miguel reacciona con prontitud, extrae una daga y propina una estocada en el pecho al ofensor. Se produce un revuelo entre los transeúntes. Cervantes es apresado por alguaciles y luego condenado a la amputación de su mano derecha. Días antes de ejecutarse la sentencia, Miguel huye y pasa a Italia, donde servirá al cardenal Acquaviva. La manquedad, prevista o intuida en este incidente, llegará cuatro años más tarde, para la mano izquierda, merced a la metralla de una espingarda turca que le volará la extremidad hasta más arriba de la muñeca… Es muy diferente ser el “Manco de Lepanto” que un simple baldado de la justicia.

Entre 1575 y 1580, cuando los padres de Cervantes vivían en Madrid, merced a la herencia recibida de doña Elvira, la madre de Leonor y abuela del Manco (otra mujer favorecedora), un dramático suceso llenó de inquietud y zozobra aquella casa: Miguel y su hermano Rodrigo fueron hechos prisioneros en Argel, donde permanecerían en cautiverio por largos cinco años. Durante ese tiempo, Leonor acude al famoso Consejo de la Cruzada, con el fin de obtener dinero para la liberación de sus hijos. No trepida en hacerse pasar por viuda, aunque su marido anduviese activo en trabajos propios de su oficio de sangrador y barbero, recurriendo a diversas artimañas en la consecución de su propósito.
Los documentos de la época, que son muchos y fidedignos, demuestran que esta madre, ejemplar en la defensa de sus hijos, engañó a funcionarios reales y a sus propios vecinos, empeñada en su tarea de rescate. Parece que hacía suya la vieja sentencia de Maquiavelo: “El fin justifica los medios”. Y tuvo premio su pertinacia, pues el 19 de septiembre de 1580 queda en libertad Miguel, el Manco de Lepanto. Trece años más tarde, Leonor de Cortinas tendría su pasamento o tránsito a la otra ribera.

Su hermana Andrea, tres o cuatro años mayor, ejerció significativa influencia en la vida de Cervantes. Y aunque no poseemos testimonios directos debidos a la pluma de Miguel, porque en aquel entonces no se escribía Diarios ni Memorias, a la usanza de hoy, salvo aquellos adelantados o conquistadores exigidos por el Rey para dar cuenta con celo de sus encomiendas. Pero un insigne creador literario como Cervantes expresaba sus avatares de vida a través de las innumerables peripecias de sus personajes, echando mano de argucias léxicas entonces desconocidas. En el caso de su hermana Andrea, Miguel parece sublimar las difíciles circunstancias vividas por ella y por su hermana menor, Magdalena, a través de “La Tía Fingida”, cuya trama, descarnada y sin artificio literario padecieran ambas mujeres, forzadas por la necesidad que les llevaría a practicar ese riesgoso oficio, considerado el más antiguo del mundo, para sostener a sus familias, mientras los varones sufrían presidio o estaban lejos, escapando de sus acreedores o urdiendo formas de obtener recursos pecuniarios.

-Señores, habrá ocho días, que vive en esta casa una señora forastera, medio beata y de mucha autoridad. Tiene consigo una doncella de estremado parecer y brío, que dicen ser su sobrina. Sale con un escudero y dos dueñas, y según he juzgado es gente honrada y de gran recogimiento: hasta ahora no he visto entrar persona alguna de esta ciudad, ni de otra a visitallas, ni sabré decir de cuál vinieron a Salamanca. Mas lo que sé es que la moza es hermosa y honesta, y que el fausto y autoridad de la tía no es de gente pobre.
(La Tía Fingida)

Así dan noticia unos estudiantes sobre aquella casa –en Salamanca, según la historia- donde esa mentada tía recibe hidalgos de buen cuño para procurar solicitaciones amorosas a su bella sobrina, a cambio de unos ducados con qué fortalecer el quebranto de su olla. El suceso, según el autor, acaece en 1575, año en que Miguel de Cervantes es apresado en Argel. Su hermana mayor, entonces, tiene treinta y un años de edad; su hermana Magdalena, 22. La hija “natural” de Andrea, Constanza, cumplirá 15 años en 1580.

Mira, pues, Esperanza, con qué variedad de gentes has de tratar, si será necesario, habiéndote de engolfar en un mar de tantos bajíos e inconvenientes, te señale yo y enseñe un norte y estrella por donde te guíes y rijas, porque no dé al trabés el navío de nuestra intención y pretensa que es pelallos y disfrutallos a todos; y echemos al agua la mercadería de mi nave, que es tu gentil y gallardo cuerpo, tan dotado de gracia, donaire y garabato para cuantos de él toma codicia. Advierte, niña, que no hay maestro en toda esta Universidad, por famoso que sea, que sepa tan bien leer en su facultad, como yo sé y puedo enseñarte en esta arte mundanal que profesamos; pues así por los muchos años que he vivido en ella y por ella, y por las muchas esperiencias que he hecho, puedo ser jubilada en ella: y aunque lo que agora te quiero decir, es parte del todo que otras muchas veces te he dicho, con todo eso quiero que me estés atenta y me des grato oído, porque no todas veces lleva el marinero tendidas las velas de su navío, ni todas las lleva cogidas, porque según es el viento tal el tiento.
(La Tía Fingida)

Sabemos que ninguna de las hermanas de Cervantes contrajo el sagrado vínculo, lo que no impidió que tuviesen relaciones con hombres, por lo que se cuenta, tormentosas y traumáticas. No obstante, ellas fueron capaces, en una época en que resultaba insólito, de ostentar una cierta independencia económica, al precio mal mirado de aprovecharse de los hombres haciendo uso de sus encantos. Con ello desafiaron abiertamente la estructura social que condicionaba la vida de la mujer a someterse al arbitrio del varón, mediante el matrimonio.

Este es otro de los aspectos revolucionarios de la vida y de la obra de Miguel de Cervantes, cuyas manifestaciones, por cierto, sólo podemos intentar descifrarlas a través de las diversas claves de su escritura, pues una de sus más notables virtudes literarias, aun no del todo dilucidada, es la de articular sutiles alegorías para eludir las garras de la Inquisición y de los otros poderes de su tiempo, recurriendo a menudo al anagrama y al juego metafórico de las paradojas. Asimismo, a distintos hablantes líricos que narran por él las historias que pudieran ser objeto de controversia, poniéndole en jaque con los censores o con sus poderosos mecenas.

Luego de lo que da en llamarse la “primera aventura amorosa” de Andrea, con Nicolás de Ovando, que termina, como era habitual, con la mujer como perdedora y madre de una hija no reconocida, Constanza. La hermana mayor de Cervantes reincidirá con otras relaciones que nunca acabarán “como Dios manda”, echando sobre ella las sombras de una mala reputación.

Pero quizá el más bullado de esos lances de amor furtivo, que compartió con su hermana Magdalena, fue el mantenido con Alonso y Pedro Portocarrero, hermanos e hijos de uno de los lugartenientes de don Juan de Austria. Magdalena tiene apenas 17 años y Andrea 26. Un par de semanas antes de la célebre batalla de Lepanto, Alonso Pacheco de Portocarrero se compromete, ante escribano, a reconocer una “escritura de obligación”, mediante la cual debe satisfacer a Andrea la suma de 500 ducados. Rica suma, entonces, pero pobre para pagar una honra mancillada.


Las mujeres que amó Cervantes –de las que tenemos noticia- fueron Ana Franca y Catalina de Salazar. Con la primera, tuvo a su hija Isabel. Es posible que existiesen otras mujeres en su vida amorosa, pero no lo sabemos con certeza, aunque a través de su profusa obra literaria parecieran surgir otras musas inspiradoras de sus sueños. Quizá de sus propias experiencias y de la azarosa vida de su madre y de sus hermanas, Miguel asumió una posición frente a las relaciones amatorias reñida con los presupuestos machistas de su época, que constreñían a la mujer al servicio abnegado y de por vida al varón, mediante el matrimonio, o al enclaustramiento, forzoso o vocacional, que las arrancaba de los placeres y goces de este mundo. Así lo manifiesta, con sus propias palabras, el Manco de Lepanto:


«En los reinos y en las repúblicas bien ordenadas, había de ser limitado el tiempo de los matrimonios, y de tres años se habían de deshacer, o confirmarse de nuevo, como cosa de arrendamiento, y no que hayan de durar toda la vida, con perpetuo dolor de entrambas partes».

"Se me entiende que se compadece con el sacramento de matrimonio el justo y debido deleite que los casados gozan, y que si él falta, cojea el matrimonio y desdice de su segunda intención del sacramento... ".

En su profusa obra literaria, la actitud de Miguel de Cervantes hacia la mujer es comprensiva y afectuosa, tolerante en aquellas ocasiones de transgresión de los rigurosos cánones de la época, como era en las relaciones extramatrimoniales, inconcebibles en su tiempo, como no fueran actos pecaminosos objeto de repudio privado y público, de anatema y condenación bajo el moralismo patriarcal de la Iglesia Católica. Así, Preciosa, la protagonista de La Gitanilla, dirá de sus jefes gitanos que tienen la prerrogativa de entregarla al mejor postor: -“Bien pueden entregarte mi cuerpo, pero no mi alma, que es libre y nació libre, y ha de ser libre cuando yo quisiere”-.

En El Quijote, Cervantes enaltece e idealiza la figura de Aldonza Lorenzo, la rústica campesina vuelta en su magín Dulcinea del Toboso, dotándola de belleza y nobles virtudes, a través de la mirada benevolente e imaginativa del Caballero de la Triste Figura, su personaje inmortal y alter ego. Y deja mal parado a Sancho cuando éste, debido a su zafio realismo, alega con su amo las limitaciones físicas, morales y nobiliarias de aquella muchacha que el escudero había conocido desempeñando faenas propias más de una destripaterrones que de una dama de la corte. Don Quijote amenaza a Sancho, le hace callar, y el lector que somos vuelve a mirar a Dulcinea como a prenda ensoñada y llena de ilustres prebendas.

Pero la figura femenina más importante de su creación es, sin duda, la pastora Marcela, a través de quien Cervantes entrega una suerte de alegoría de la actitud existencial de sus hermanas, Andrea y Magdalena. Marcela ofrece al lector un notable discurso donde insiste y reivindica su condición de mujer libre, lo que significa, en su época, entenderla como a una loca que ha extraviado su razón en el monte agreste, alejándose de esa obligación moral que la somete a la servidumbre patriarcal del matrimonio y a la maternidad continua y resignada. No obstante, Miguel ve en esa libertad ideal la liberación, aunque sólo sea literaria, de sus amadas hermanas.

Quizá como Chéjov, tres siglos después, a propósito de la vida y del amor, colegiría Miguel de Cervantes y Saavedra: “La felicidad no existe. Sólo existe el deseo de ser feliz”. Este aserto resulta mucho más real en la mujer, que debió esperar muchos siglos para obtener una “igualdad de género”, aún precaria y condicionada a la voluntad del varón, en pleno siglo XXI.

Este genio de la literatura universal aprendió, desde sus ancestros en la judería de Rivadavia, que la mujer posee una dignidad nunca menor que la del varón, y a menudo una inteligencia más aguda que éste para sobrevivir y perpetuar la especie.

En este propósito de enaltecimiento de nuestras “dueñas”, y con el goce perenne de esa escritura que atraviesa los siglos, incólume y lozana, ofreciéndonos nuevos hallazgos e interpretaciones, acompañamos al genio con parecido anhelo y renovado entusiasmo, pues para Don Quijote y sus musas cuatrocientos años vienen a ser un leve suspiro.




Edmundo Moure
Mayo 14, 2015
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 19-05-2015 00:47
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¿DESTINO O LIBRE ALBEDRÍO?
¿DESTINO O LIBRE ALBEDRÍO?



"Aunque creemos que podemos elegir lo que hacemos, nuestra comprensión de las bases moleculares de la biología muestra que los procesos biológicos se rigen por las leyes de la física y la química, y por lo tanto están tan determinados como las órbitas de los planetas".

Stephen Hawking




-Entonces, ¿cree usted en el destino?

-En la predestinación, querrá usted decir; en el destino como fatalidad inevitable.

-Eso, la inútil elección o la falta absoluta de ésta para el ser humano.

-Mi experiencia –si de algo vale- me dice que existe el libre albedrío, la posibilidad real de escoger, casi siempre, entre dos opciones ante la disyuntiva… Así, cada vez que analizo aquellas elecciones mías ante la escogencia de uno u otro camino, advierto que pude haber elegido bien, y no lo hice... Luego, hago mía esta reflexión de Álvaro Mutis, al comienzo de su extraordinario libro “Empresas y Tribulaciones de Maqroll el Gaviero”, -que me atrevo a recomendarle: Me intriga sobremanera la forma como se repiten en mi vida estas caídas, estas decisiones erróneas desde su inicio, estos callejones sin salida cuya suma vendría a ser la historia de mi existencia.

-¿Y por qué no supo usted elegir la vía acertada?

-No lo sé bien. Quizá fuese un problema de la voluntad, de no afrontar la cuestión desde un principio, para encauzarme por la senda correcta.

-¿Y no será eso la predestinación: una incapacidad innata de elegir, debido a una sucesión de causalidades irremontables?

-Tiendo a pensarlo; caigo, por así decirlo en esa tentación a menudo, pero al cabo de los años, merced a mi buena memoria, recuerdo aquellos trances fallidos con bastante lucidez… No me atrevo a describirlos ahora, porque sería tedioso para el lector, pero ante cada uno de ellos –puedo asegurarlo- tuve el tiempo necesario para optar, sin ajenas interferencias ni presiones desmedidas. Sin embargo, fallé, una y otra vez, como si de una cadena de desvaríos se tratase.

-A ver… Me ha hablado usted de su karma, asumiendo que le afecta esa constante servidumbre del trabajo numérico, por su profesión activa de contable, si vamos a ser más precisos, que vuelve a acosarle cuando pareciera que se abre una ventana a una existencia que dependiera más de la palabra literaria que de las sumas y restas… Ese karma, en su caso particular, yo lo vería como una fatalidad atribuible al destino.

-O a la falta de pertinacia y voluntad del afectado… Ya ve que volvemos a lo mismo, y esta repetición pudiese también resultar “karmática”…

-Si no es posible elegir, si es mentira la ilusión del libre albedrío, entonces se derrumbarían los conceptos del pecado y del mal, como los consagra nuestra cultura de raigambre religiosa –católica, para mayor abundamiento-, y todo estaría entregado a una sucesión de causas y efectos cósmicos, cuyo resultado no podremos variar jamás… El criminal no es culpable de sus actos, si careció de alternativas para evitarlos. ¿Por qué, entonces, aplicarle castigo? O será únicamente para aliviar la conciencia social de la res pública y garantir la feble seguridad ciudadana.

-Hace cuarenta días atrás, me ocurrió un hecho, a la vez curioso y pedestre, que pareció confirmar esa posibilidad de escoger bien… Estaba yo en mi oficina y tuve que sacar un libro ubicado en el más alto de los andeles. Tenía que treparme al escritorio. Para ello, cogí una silla contigua, sabiendo que tenía ruedas, en lugar de caminar hasta la habitación vecina y procurar una fija y de mejor soporte. No obstante que puse las ruedecillas en posición lateral, para evitar así el inminente deslizamiento, supe, en ese preciso momento, que mi decisión era errada; incluso puedo afirmar que la conocí con antelación a mi caída… Intenté trepar, y cuando mi pie aún no se afirmaba en la cubierta del escritorio, la silla rodó, luego del movimiento de las ruedas por mi propio peso, y gané un porrazo memorable… Sí, porque mi rodilla y mi pierna izquierda, desde la base de la zona glútea hasta el tobillo, me recuerdan, desde hace un mes, con dolorosa constancia, lo estúpido de mi empeño.

-No siga usted, no abunde en ejemplos, menos después que nuestro amigo común –soy testigo de ello-, el ingeniero Gregorio Dobao, le dijera: “No puedo creer que una persona inteligente como tú sea capaz de encaramarse a una silla con ruedas… No logro entenderlo”… -En su caso, voy entendiendo el entramado de hechos y consecuencias que conformarían su destino, mi amigo…

-Ya lo ve. Después de todo, quizá esto no sea un asunto del acaso ciego, sino un simple acto necio reñido con la capacidad de discernir. Una suerte de bloqueo mental que bien pudiera atribuirse a un impulso inconsciente de autodestrucción, si entramos en el terreno del psicoanálisis.

-Mire, si el hacedor o el big-bang o lo que sea no nos dotó -como afirmara el propio Einstein, contraviniendo al poeta Rabindranath Tagore- de la equívoca herramienta del libre albedrío, es evidente que nos proporcionó una dosis de sentido común, aunque tal parece que de ella no ha recibido usted ni una pizca.

(Entre golpear a mi interlocutor y callarme, escogí esta segunda opción. Para su bien, la primera actitud posible estaba ya descartada por la inextricable concatenación de circunstancias).

-En todo caso, me prometo no trepar nunca más a una silla movediza, aunque sea ya extensa la historia de mis propósitos incumplidos.



Edmundo Moure
Mayo 2015
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 14-05-2015 01:16
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MÁS SOBRE LA PATRIA

MÁS SOBRE LA PATRIA



“…Esta patria, como cualquiera otra, para ser noble
ha de tener, como Cristo, abiertos sus brazos
hacia todos los hombres de la tierra”

Gabriela Mistral




Hoy, cuando según los comerciantes es el “Día de la Madre”, escribo algo más sobre la patria, pues luego de mi crónica anterior “De qué Patria me hablan”, algunos lectores, que creen a pie juntillas en la patria vieja de mistela y sajuriana, o que vienen a ser más patrioteros que patriotas, apostillaron mi texto: un amigo chillanejo, coterráneo del gran Bernardo fundador, reconozco que con buena voluntad y empatía crítica; una amiga, con cierto prurito trasnochado y estilo “nacionalista” de “huaso quinchero”...

A mí me gustan las palabras –que constituyen también una patria, quizá la mejor y menos enajenable de todas- y sus múltiples significados, así que busco en mi diccionario enciclopédico de Martín Alonso y extraigo, para la voz patria, una definición de hace dos siglos, pero válida hoy: “Nación propia nuestra, con la suma de cosas materiales e inmateriales, pasadas, presentes y futuras que cautivan la amorosa adhesión de los patriotas”. Es decir, el amor entrañable es la base del patriotismo y no ese coraje vocinglero y ramplón, presto para aplastar al vecino y clavarle la bandera ajena en su propio domicilio, “por la razón o la fuerza”, según reza nuestro agresivo lema patrio, bien denostado en su tiempo por don Miguel de Unamuno, quien nos sugirió reemplazarlo: “Por la razón, siempre por la razón”, aunque a él de poco le haya servido ésta, cuando el mutilado general Millán Astray esgrimiera, sobre el escritorio del insigne catedrático salmantino, la rata negra de su pistola, espetándole: “Muera la inteligencia, viva la muerte”.

Alfonso Castelao designaba a Galicia como la Matria, y proponía esta palabra para sustituir el concepto patriarcal, avasallador y guerrero, por la idea hospitalaria de fecundidad y cobijo, de fuego propiciatorio y espacio de ensoñación creadora. Y aunque la suya –patria o matria- hubiese sido y fuese aún ingrata y dura con sus millares de hijos que lanzaba a la incierta emigración, oleada tras oleada, en implacable sangría, él la amaba, procurando para ella, desde su actividad ideológica y artística, mejores días. Porque, paradojalmente, se puede amar hasta el martirio una patria que se vuelve amarga y mezquina, como si fuese una madre incapaz de repartir en su mesa el pan de una felicidad equitativa... La que no merece adhesión alguna, creo, es una patria mercenaria, vendida al postor de turno para beneficiar a la clase expoliadora que utiliza sus símbolos como armas de enajenación colectiva.

Recuerdo que mi padre afirmaba: “Si yo no fuese español, sería gallego; y si no fuese gallego, no sería nada”. Más allá de la perenne discusión hispana sobre las nacionalidades y la pertinencia de agruparlas, a todo trance, bajo esa bandera roja y gualda -reciente y algo moderna-, establecida por Carlos III en mayo de 1785, cuando el Imperio era poco más que nostalgia y ceniza, la auténtica patria se escoge desde esa afectividad profunda que nos liga, sobre todo, a la Madre-Casa.

Quizá por eso, él, después de las sobremesas de sábado y domingo, luego que mi madre hubiese cumplido el rito de lectura lúcida y comentada, se dirigía hacia la puerta de la casa, para clavar sus ojos azules en lontananza, como si aguardase el arribo de un barco que iba a llevarle de regreso a su pequeña patria de A Touza, al sur de Lugo, en la Galicia profunda.

Nosotros, sus ocho hijos, nacimos en este Santiago del Nuevo Extremo, y aunque poseamos esa curiosa “doble nacionalidad” que nos hace salir de Chile con pasaporte chileno y entrar en España con pasaporte español, nuestra nación de raíces, de historia y de cultura es ésta, la que se alarga como una serpiente sobre los volcanes iracundos de la América del Sur, desde las áridas pampas hasta los hielos del finisterre austral, como la canta Pablo Neruda, en su Himno y Regreso, escrito en 1939, al volver de la España aherrojada por las garras del franquismo:

PATRIA, mi patria, vuelvo hacia ti la sangre.
Pero te pido, como a la madre el niño
lleno de llanto.
Acoge
esta guitarra ciega
y esta frente perdida.
Salí a encontrarte hijos por la tierra,
salí a cuidar caídos con tu nombre de nieve,
salí a hacer una casa con tu madera pura,
salí a llevar tu estrella a los héroes heridos.
Ahora quiero dormir en tu sustancia.
Dame tu clara noche de penetrantes cuerdas,
tu noche de navío, tu estatura estrellada.
Patria mía: quiero mudar de sombra.
Patria mía: quiero cambiar de rosa.
Quiero poner mi brazo en tu cintura exigua
y sentarme en tus piedras por el mar calcinadas…

La patria puede volverse un dolor. Así, a Unamuno “le dolía España”, como a valerosos patriotas chilenos su tierra se les ha hecho martirio y, a la postre, inmolación, porque la quisieron libre y digna y no se conformaron con los cánones establecidos ni con esa expresión, anodina y satisfecha, de quienes la confunden con la palabra patrimonio y actúan como si ella no fuese más que una hacienda llena de inquilinos a su servicio.
La patria es madre, es casa y es mesa donde se comparten el pan y el vino. Lo contrario puede ser una prisión aleve, aunque tremole sobre ella el impávido pendón izado por sus carceleros, como nos ocurriera en Chile, durante casi dos décadas. Conviene no olvidarlo, porque la patria es también memoria viva y clamor que nos despierta con la luz esperanzada del amanecer.


Edmundo Moure
Mayo 2015
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 11-05-2015 01:03
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Si Bolivia busca el mar...¿qué hará Chile?
¿DE QUÉ PATRIA ME HABLAN?

Para Patricio Barboza


En estos días en que Bolivia pugna ante la Corte de La Haya por obtener lo imposible –diplomáticamente hablando-, es decir una salida soberana al mar, un pedazo de geografía chilena según los mapas, se escuchan voces exaltadas, como ese sujeto que dijo: “A Chile le ha ido mejor con las armas que con la diplomacia”, lo que resulta una verdad enojosa y muy poco diplomática. Otros –la inmensa mayoría, según dicen- opinan que por ningún motivo, que el territorio de la Patria (con mayúscula) es inalienable y que nadie hollará el suelo defendido y consagrado por nuestros héroes, aunque para ello tengamos que derramar toda nuestra sangre mestiza, criolla e indiana.
Y yo vuelvo a preguntar: ¿De qué patria me hablan?
Según los teóricos del patriotismo trasnochado, el patrimonio territorial no se transa a ningún precio. Curioso, porque el agua que corre por nuestros ríos enjutos, desde la cordillera al mar, no nos pertenece a los chilenos; está en poder de empresas transnacionales, sea el líquido más o menos transparente que ingieres en casa, o el “vital elemento” que debiera regar sin pausa nuestros cultivos, o el H2O básico para las explotaciones mineras, enajenado por las grandes corporaciones, de capital extranjero, que contaminan a diario esos cauces que han cantado los poetas, en cuyas aguas desaparecen truchas, carpas y pejerreyes. También la electricidad que generan los benéficos torrentes es propiedad ajena, o sea extraterritorial, como el gas, el petróleo y todas las fuentes energéticas.
Y si viajo por las excelentes carreteras construidas bajo la administración de Ricardo Lagos, debo pagar por cada metro recorrido a los consorcios españoles, generosamente gratificados por el presidente “socialista”, con el peculio de todos los chilenos… Aunque también habría que revisar qué parte del presupuesto votado en nuestro Congreso pertenece a la usura de ese otro amo expoliador que se llama Fondo Monetario Internacional, que carece de bandera (ni falta que le hace), pero que erige sus pendones cual si fuera Carlos V en ese “imperio donde no se ponía el sol”.
Si uso el teléfono, Internet y demás adelantos de la tecnología, debo pagar regalías a los suecos, a los japoneses, a los noruegos, a los chinos… Las malas lenguas afirman que estos últimos –lo advirtió Ortega y Gasset en 1920- se están adueñando de las grandes economías mundiales, poco a poco, desde las sombras y no tanto, usando la supuesta soberanía como un papel higiénico made in China, barato, abundante y eficaz.
Los chilenos no lo hacemos tan mal. Horts Paulman, por ejemplo, nuestro sonderkomand teutón, ha establecido “cabezas de playa” en Argentina, Perú y otros “estados soberanos”, como auténtico emprendedor, en virtud de su credo del internacionalismo capitalista… Nadie sabe cuántos réditos extraerá de esas naciones, para gratificar las arcas de multimillonarios como él, adelantados que ya superaron esa pequeñez obsoleta de la “patria inexpugnable”, por encima de los himnos decimonónicos y de las banderas tejidas por las madres forjadoras de la nacionalidad, bajo la débil luz de las velas, mientras sus hombres luchaban a brazo partido contra el invasor realista.
Hace años atrás, en una visita a nuestro país, José Saramago proponía una solución definitiva al endeudamiento interno y a la miseria de dos países “en vías de desarrollo” o “emergentes”, como se denomina, con eufemismos economicistas, a los pobretes del concierto internacional. Era sencillo. Vender a The Coca Cola Company las dos naciones, Portugal y Chile, debido a que esa empresa, productora del “elixir de la felicidad”, maneja un capital de negocios equivalente a la suma de ambos presupuestos nacionales. The Coca Cola administraría con eficacia los dos pequeños estados, proporcionándonos, además, bebida gratis ad eternum. Habría algunos pequeños detalles que resolver en la celebración de días patrios y efemérides, como el asunto de los himnos y las banderas; así, se interpretaría el de la nación y el de la embotelladora, y se izarían ambos pabellones, con igual devoción y solemnidad.
Pienso que Saramago exageró. No hay para qué llegar a tales extremos. Aunque una buena solución sería potenciar al máximo la “pequeña patria”, es decir la aldea, el villorrio, el pueblo, la localidad. Y tendríamos para dar la vuelta al año con las conmemoraciones: Putre, Chinchilla, Combarbalá, Putaendo, Campanario, Chimbarongo, Llanquihue, Queilén… Chile las tiene por miles; imposible nombrarlas todas.

Amigo y patriota lector, también yo poseo una “pequeña patria”, pero es secreta y a nadie se la mencionaré… No quiero que una transnacional me la compre por treinta denarios. Porque entonces, ¿dónde quedaría mi arraigado patriotismo?


Edmundo Moure
Mayo 5, 2015
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 06-05-2015 01:16
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PASTEL DE CHOCLO
Neste artigo o noso colaborador -desde Chile- Edmundo Moure, ao tempo que lembra o exquisto pastel de choclo que preparou a sua muller Gloria Marisol Moreno del Canto, recorda momentos e vivencias familiares mentras disfrutaba vendo o triunfo dos cataláns no partido Barça-Madrid o pasado domingo...


PASTEL DE CHOCLO



Ayer, domingo, cocinaste un exquisito pastel de choclo, gracias a este largo verano que ha hecho fructificar el maíz hasta los albores del otoño… Doce choclos grandes, pasteleros, una mata de olorosa albahaca (bella palabra árabe que llevaron los moros a la Península, junto a la benéfica planta), un kilo de carne molida, cuatro cebollas con su “escarcha cristalina y pura”, seis dientes de ajo, siete huevos duros, cien gramos de pasas y doscientos de aceitunas (árabe también el vocablo y sus aromáticas olivas)… “Aceituneros altivos, ¿de quién son esos olivos?” Doy los ingredientes, pero no los secretos de tu preparación, que es incomparable. Bien lo apreció nuestro buen amigo Gregorio Dobao, cordobés de nacencia, gallego de antergos y alemán de adopción, pese a que estos españoles peninsulares miran el maíz como alimento de puercos y gallinas… Mi padre le hacía asco a las indígenas “humitas” -o tamales, como les dicen en México-, pero aprendió a comer el pastel de choclo, éste que al primer bocado encantó a Gregorio… Lo acompañamos con un cabernet Medalla Real y todo fluyó como la buena conversa en un almuerzo memorable, aunque parezca refutarme Michelle Perrot, eximia escritora francesa, que en su libro “Mi Historia de las Mujeres”, escribe:
“Las mujeres dejan pocas huellas, escritas o materiales. Su acceso a la escritura fue tardío. Sus producciones domésticas se consumen más rápido, o se dispersan con mayor facilidad. Ellas mismas destruyen, borran sus huellas porque creen que esos rasgos tienen poco interés… Hay incluso un pudor femenino que se extiende a la memoria… Un silencio consustancial a la noción de honor.”
Pero esto va cambiando, poco a poco, ¿no es verdad?
Cuando nos conocimos, tenías treinta años de edad, venías llegando de la sabia y orgullosa Europa, y no sabías cocinar ni te interesaba lo más mínimo. Desde tu marcada condición de intelectual y filósofa, te reías de tus propias amigas chilenas, casadas y “dueñas de casa”, como decimos aquí en relamido eufemismo, para ocultar la condición secular de servidumbre bajo la tutela del varón.
En el Rincón de La Florida, donde nos fundamos como pareja, entre árboles y acequias rumorosas, preparaste un día “niños envueltos”, plato chileno de nuestra primitiva cocina, como dijera un chef internacional, que no es un guiso antropófago, sino unas hojas de repollo que envuelven lo que llamamos “pino”, sofrito de cebolla, ajo y carne molida, cocidas en olla o al horno, acompañadas de arroz graneado… ¿Recuerdas, amada, cuando serviste los platos en nuestra pequeña mesa de coligües, bajo el parrón, y observaste mi cara de sorpresa, y luego de pasmo, cuando intenté trozar aquella envoltura de repollo crudo, con sus hojas tiesas y duras como una cartulina? El arroz tampoco tuvo una cocción feliz; era una mazamorra blanca e insípida...
Los tiempos cambiaron y tus manos fueron habituándose a los menesteres culinarios, aun a contrapelo de tus inclinaciones especulativas y literarias, hasta el punto que ni Sol ni José María encuentran guisos y preparaciones mejores que los tuyos… También yo, que cargo con una tradición culinaria memorable, a menudo recordada y escrita en las imágenes de las tías gallegas, asociadas a los placeres de la buena mesa. Pero nada mejor que este pastel de choclo dominguero, que saboreamos hasta pasadas las tres de la tarde, coronado con una roja sandía de Paine… Te levantaste a lavar la loza, a limpiar los restos del sencillo banquete que nos habías regalado, mientras Gregorio y yo nos aprestábamos a disfrutar del partido de liga entre el Barcelona y el Real Madrid, batalla futbolera que tiene toda una historia de rivalidad que sobrepasa los marcos deportivos (aun dudando que se trate de un deporte al modo de los griegos olímpicos), y que asume connotaciones políticas, desde que el gallego Franco utilizara, a partir de 1950, al Real Madrid como punta de lanza de su propaganda “españolista”, cuando le insufló al “cuadro merengue” considerables aportes pecuniarios que le llevarían, muy pronto, a ser campeón en casa y en competencias europeas de clubes… Gregorio y yo, republicanos a ultranza, hinchamos por el Barcelona, deseándole lo peor al Real de los “fachas”, o sea, la ignominiosa derrota, cosa que ocurrió este domingo, gracias a la República.
Te fuiste a dormir una siesta y nos dejaste frente a los veintidós peloteros sobre el campo verde… José María nos ayudó con los ajustes técnicos necesarios para una buena visión, aunque apenas si miró el partido… Como bien sabes, a nuestro hijo no le gusta el fútbol, asunto que es parte de mis frustraciones de padre, pero nadie puede ser perfecto. El resultado sí lo fue: dos a uno en favor de los catalanes, que se encumbraron en la punta de la tabla.
Ya me lo dijiste, hace veintisiete años: “No entiendo cómo un individuo como tú, apasionado por la literatura, puede gozar el pobre espectáculo de veintidós pelotudos pateándose las canillas…” Ya ves, amor, cómo discurre la vida entre sus constantes paradojas. ¿Quién hubiese dicho entonces que ibas a preparar estos platos gloriosos?
Termino. Me callo. Pero antes, una reflexión y una pregunta para ti: -El verano se ha ido, pero aún nos sonríen los dientes áureos del maíz en las mazorcas… ¿Cuándo vas a sacramentar el último pastel de choclo de la temporada?

Edmundo Moure
Marzo 24, 2015
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 24-03-2015 00:05
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MEMORIA DA AUGA
MEMORIA DEL AGUA


Por Edmundo Moure Rojas

La palabra vacaciones, asociada desde temprano al agua sonora y misteriosa, era para nosotros algo quimérica en los años de infancia y juventud. Con una prole de ocho hijos, la abuela que vivía con nosotros, un tío abuelo y el hermano enfermizo de mi madre, más uno que otro residente a tiempo completo, que nunca escaseaban en aquella casa de cuartos innumerables y de larga mesa provista como milagro cotidiano, salir de veraneo, en familia, era asunto tan improbable como embarcarse en un transatlántico rumbo a Europa.
Pero mis padres nos llevaron, por primera vez –éramos sólo cuatro-, a un breve regalo estival en la localidad de Puente Negro, cerca de San Fernando, quince kilómetros hacia la cordillera, villorrio emplazado entre los ríos Tinguiririca y Claro, más cerca de este último, donde había abundantes truchas –hablo de febrero de 1946- que hacían la delicia del gallego Cándido, asiduo pescador.
Nos alojamos en la Pensión Parra, propiedad de doña Fidelia. Era un enorme caserón de dos altos pisos, provisto de ancho corredor y balaustrada que daba al camino de tierra en ascenso por los contrafuertes cordilleranos, hasta llegar a las Termas del Flaco y a la Sierra de Bellavista. Las amplias habitaciones de la segunda planta carecían de baño. Sobre una vieja cómoda había un gran lavatorio de fierro enlozado y un jarro o jofaina del mismo material, artilugios que servían para un aseo de cintura arriba, quedando el resto, incluidas las partes pudendas, al arbitrio de los baños en el río, a donde llevábamos una barra de jabón “gringo”, para mantener la necesaria higiene de los cuerpos. Al fondo de la quinta arbolada, sobre la acequia de rumorosas aguas, se alzaba una caseta de madera, provista de asiento con orificio redondo, que permitía desahogar los apremios escatológicos… De un clavo en la pared pendían papeles cuadriculados de periódico, dispuestos para aquella necesidad más urgente que la lectura.
Al despuntar el alba, mi padre, junto a su hermano Manuel y al amigo Arnaldo, remontaban las márgenes del río Claro y gozaban del placer de la pesca con mosca, una de las más difíciles especialidades, tan bien descrita por Ernest Hemingway en su notable novela autobiográfica, Nick Adams, donde narra sus primeros pasos en el arte de la caña vibrante y el sedal presto, bajo enseñanza de su padre, estableciendo fina analogía poética entre el acto de atraer al pez, hacerle picar el anzuelo, y cogerlo, aún palpitante y escurridizo, para depositarlo en la canasta del morral, con los escarceos amatorios del adolescente que descubre los primores del sexo.
Yo tenía apenas cinco años, así que aquella fantástica aventura sólo quedaba librada a la imaginación y a las promesas de un futuro remoto, “cuando seas grande”. La incitación palpitaba para mí entre el sonido del agua y el olor pegajoso y salobre de los aparejos de pesca y de esa canasta de la que emergían las truchas que íbamos a comer con deleite…
Recuerdo una tarde, en que padre Cándido había salido, solitario, a repetir la excursión de la mañana, quizá descontento por los escasos frutos obtenidos… Mi madre se veía muy inquieta por su tardanza, a medida que el sol trazaba su ruta de reposo, preocupación que se trocó en angustia después de la hora de cenar… Más aún, cuando al cabo del crepúsculo estalló súbita tormenta cordillerana, con truenos y relámpagos, y la lluvia se dejó caer con furioso repiqueteo contra aquella vieja casona y sobre el espeso polvo del camino.
Tío Manuel disimulaba su propio desasosiego, burlándose de la aprensión materna: “Ya va a llegar, cuñadita… Capaz que haya pasado a beber chicha en la cantina de los arrieros, o quizá esté charlando con la viuda de la botica”…
Cerca de la medianoche, furiosos ladridos del viejo can de la pensión alertaron a los adultos. Se escuchó el característico silbido que bien le mereció a papá el alcume gallego juvenil de O Grilo (El Grillo), allá en A Touza, porque, al decir de su amigo Maduro: “ía sempre polas congostras, asubiando” (iba siempre por los senderos, silbando).
Mi madre ahogó un grito de sorpresa. Cándido apareció en el umbral, calado hasta los huesos, con su alta silueta recortada bajo el dintel. En su cara se veían marcas de profundos arañazos que aún sangraban. Sus anchas manos exhibían similares heridas, pero una sonrisa de satisfacción le iluminaba el rostro, donde centelleaban los ojos azules. Me pareció temible aquella figura, con un sesgo de vitalidad salvaje que me hizo estremecer.... Al día siguiente, durante el almuerzo, narró en detalle lo ocurrido: Luego de llegar a un punto elevado del río, comenzó a pescar desde la orilla, para ir aventurándose cada vez más dentro del agua, buscando los bajos donde suelen pernoctar las truchas. Logró pescar una docena de ellas. El morral pesaba lo suyo, mientras seguía en la faena, sin percatarse que la corriente del río se intensificaba, hasta que el agua le llegó a la cintura. Con recelo, advirtió que el cauce iba encajonándose poco a poco entre unos farallones cubiertos de zarzamora. Oscurecía. No era posible retroceder. Pensó desembarazarse de aquella preciosa carga de plata húmeda y reluciente, pero resistió aquel impulso derrotista. Buscó afanosamente un lugar, una grieta en aquel muro natural por donde poder trepar… Tenía que escuchar la voz del agua y su compás memorioso, que señala vías, honduras y recodos salvadores… Repitió varios intentos infructuosos. El agua le acariciaba las axilas. Era preciso salir o la corriente le arrastraría hacia la confluencia del Claro con el Tinguiririca, donde el torrente se despeñaba con estruendo irreparable. Logró aferrarse a la zarzamora, a esa silveira que recordaba tan amable en los días de la infancia, con sus dulces amoriñas (moras) que recogiera para agasajar a su madre Elena… Sus manos poderosas y sus fuertes brazos posibilitaron el lento ascenso hacia la ribera… El denodado empeño por sobrevivir hizo insensibles las desgarraduras de espinas y piedras, pero los estragos en su cuerpo resultarían más elocuentes que sus palabras.
En febrero de 1948, mis padres arrendaron casa en el balneario de El Quisco. Veraneamos en ese lugar idílico, donde no había entonces más de veinte casas y la playa era una extensión dorada, casi desierta, que se ofrecía, exclusiva, a nuestros juegos… Hay fotografías, en blanco y negro, donde aparezco con mi hermano Toño, en trajes de baño de lana… Entre los vívidos recuerdos de aquellas dos semanas, sobresalen dos; el primero, mi forzoso aprendizaje de torpe nadador, cuando mi primo hermano Julio me lanzó a una poza de tres metros de profundidad, gritándome, con brutal pragmatismo: “o nadas o te ahogas, huevón”… Nadé. No cabía otra cosa. El segundo recuerdo fue un violento acceso nocturno de asma, que mi madre procuró aliviar mediante espesa infusión de leche hervida con ajo; la tragué con irreprimible asco y obediencia casi beatífica… Al parecer fue un buen paliativo, aunque no he repetido su prescripción… Parecen hoy más eficaces los inhaladores, salvo aquellos de procedencia rusa, que no le sirvieron al Che en sus agudos sofocos selváticos, como bien lo expresa en el célebre Diario de Combate, a despecho de estalinistas de entonces... y de ahora.
Con el correr de los años, ir de vacaciones fue sinónimo de gratos días en Chacra El Olivo, para los que debíamos turnarnos, entre los seis varones. Fui quizá el huésped más asiduo, acogido por mis primos Sergio y Manolo, coetáneos y compinches de fechorías y aventuras en aquel lar remoto que surge a menudo en los recuerdos de mi conciencia, y, sobre todo, en mis sueños, lugar en que la esperanza suele encontrar, como lo hiciera mi padre, el camino de regreso por la infalible memoria del agua, que rescata los murmullos de la vieja lengua campesina de los antergos, como si discurriera por el Búbal de Santa María de Vilaquinte.
En el verano de 1974, veintiocho años después, arrendé una cabaña en la localidad de Shangri La, ubicada siete kilómetros al oriente de Puente Negro, rústico balneario en la ribera del río Claro, que regentaba un judío-ruso, Boris Krivoss, y que le había otorgado aquel pretencioso nombre de oriental y místico exotismo… Solo, yo remontaba el río en persecución de las truchas, agitando el anzuelo-mosca sobre la límpida piel del agua, sin la habilidad de mi padre, pero con algo de fortuna que me permitía volver con algunos ejemplares, para luego cocinarlos en el ennegrecido fogón. Solía caminar hasta el pueblo, para comprar vituallas. Una mañana advertí, bajo el corredor frontal de la Pensión Parra, la figura venerable de doña Fidelia, sentada en silla de mimbre. Me acerqué a saludarla. Estaba ciega, pero al parecer lúcida, a los noventa y cinco años de edad… Recordó a mi padre: “Era muy buenmozo don Cándido y tenía acento extranjero; venía mucho por aquí, a pescar en verano y a cazar en invierno… A veces se alojaba en mi pensión, pero prefería quedarse donde la Mireya, la viuda del boticario”…
En el eterno fluir, va develando sus secretos el camino del agua.

Marzo 2015
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 14-03-2015 23:47
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CONEJOS
Recibimos esta encantadora colaboración desde Chile, do noso bo amigo escriba e poeta Edmundo Moure Rojas, na que nos lembra e remite a vellas costumes da nosa terra.
Incluimos ademáis, nun enlace ao pé pola relación co tema, un artigo de Ramón Suárez Picallo escrito en 1949 -cando a sua estadía en Chile- no que falaba dos coellos españois (e que xa publicamos hai tempo)...



CONEJOS


(Para Joaquín Moure Figueroa)


Por Edmundo Moure


Cándido padre hizo construir, en nuestra casaquinta de La Cisterna, una enorme pajarera, levantada sobre un muro circular de ladrillos de noventa centímetros de alto, que protegía un hoyo de un metro y medio de hondura, a la usanza de las construcciones celtas que se ven aún en O Cebreiro, en la Galicia profunda, con sus agudos techos cónicos. Los maderos verticales se alzaban un metro sobre el murete, cubiertos en su circunferencia por tupida malla de alambre, incluidas sus dos puertas enrejadas. En el centro de la construcción se instaló un tronco seco de muchas ramas, para que se posasen en ellas los pájaros prisioneros, aliviando su claustrofobia. En la base de las paredes interiores, a ras de piso, se cavaron agujeros en forma de media circunferencia, con una profundidad aproximada de un metro; esto, con el objeto que los conejos (Oryctolagus cuniculus), pudiesen continuar cavando sus laberínticas madrigueras, sintiéndose a sus anchas en un amplio espacio. (Ese era el propósito algo idílico de mi progenitor).

Los conejos comenzaron a reproducirse según la mitología de los refranes que destacan su fertilidad a toda prueba y en cualquier trance. En los primeros tres meses, todo se desarrolló según lo planificado, hasta que los pequeños orejudos comenzaron a salir a la superficie por orificios muy alejados de su habitáculo, lo que presumía túneles de cincuenta metros o más. Al parecer, su acotada y relativa libertad no concordaba con su espíritu salvaje y buscaron escaparse como cualquier prisionero honorable. Pero la completa libertad tiene graves riesgos, y comenzaron a ser víctimas de los perros guardianes, que les acechaban para aniquilarlos, aunque nunca los devoraban… Este privilegio correspondía a los humanos, a despecho de animalistas y vegetarianos, menos activos que hoy en aquella época de bullangueras cacerías semanales.

Quizá no se hayan enterado –los animalistas o zoólogos compungidos- que el conejo es una de las diez especies más nocivas para la agricultura y la forestación, sobre todo cuando menguan sus depredadores naturales, incluidos, en este caso, los cazadores y sus pares gourmets o simples devoradores de ocasión… Nosotros los comíamos en casa, según probadas recetas gallegas, de las que yo prefería el conejo escabechado. Empezábamos por la matanza, mediante un golpe con el filo de la palma de la mano, en la parte posterior del cuello, a dos centímetros de la base de las orejas. Mi padre era experto, poseedor de unas manos capaces de descalabrar un becerro… Luego venía el proceso de descuere, cuidando de no dañar la piel, que iba a ser curtida... Cándido pretendía comercializar los conejos y también sus pieles; nada de eso llegaría a concretarse, pero nos aficionamos a comerlos, aunque hoy sea difícil conseguirlos, a menos que te pasen gato por liebre… Se les extraía las entrañas, lavándolos con esmero, para luego dejarlos en remojo, con una mezcla de vinagre, sal y orégano; especie de líquido pastoso con el que se suele adobar también los cabritos lechones. Veinticuatro horas más tarde, estaban listos para ser puestos al fuego.

Era preciso no encariñarse con los conejos, no considerarlos como mascotas, pues eso impediría el deleite carnívoro de su masticación e ingesta, acompañadas de un vino tinto nuevo, liviano, pues se trata de una carne blanca y magra, muy sabrosa y nutritiva, aunque si no se lava y remoja bien, emite un dejo a orines salvajes (algo así como los riñones mal preparados)… Mis hermanas no comían conejos, encontraban que era un acto de barbarie deglutirlos. Y claro, cabe imaginar la forma e incluso la cara del conejo mirando la fuente o el plato donde yace para su destino final, lo que no ocurre cuando manducamos un bife de vaca, salvo el caso de algún poeta, pacifista trasnochado, que intuya su cara triste y sus ojos melancólicos, mirándole desde la pradera mientras muge llamando al ternero perdido, y ensaye él un soneto geórgico, pidiendo de paso una impoluta ensalada de lechuga como toda ración del condumio.

Cuando mi padre envejeció, ya perdida para siempre la casa originaria, nos distanciamos de tales hábitos de comensalía, salvo mi hermano Eugenio, reemplazando aquellas delicias por plásticos pollos de supermercado, pescados en rictus de congelamiento, y las papas fritas con sabor a conservantes químicos. Pero como todo es cíclico, ahora nuestros sobrinos y nietos recogen lo granado de los genes remotos, inclinándose por el honroso y feliz oficio de la cocina, como lo hacen Fernando e Iñigo, de manera profesional. Pero hoy destaco a Joaquín Moure Figueroa, hijo de mi sobrino mayor, José Antonio, hedonista refinado y gozador de la naturaleza, en el estilo algo rústico de los gallegos, por rama paterna, y de los colchagüinos huasos, por la materna.

Así, premunido de un sencillo rifle a postones, Joaquín recorre los predios suburbanos del llamado “barrio alto”, donde las casonas y mansiones suelen limitar con montes aledaños, que sirven de telón de fondo a los burgueses adinerados, esos que contemplan desde lejos el paisaje, con un whiskey o un pisco sour en la mano, sin contaminarse con la peligrosa rusticidad circundante.

Hasta esos pagos se allega Joaco, pasada la medianoche, con su arma en ristre, ojo avizor y un foco para encandilar a los conejos que merodean cerca de las casas, algo confundidos y quizá aburguesados con verduras de primera selección y frutas turgentes que los propietarios extraen de las cajas de exportación y luego desechan, casi íntegras, para aprovechamiento de animalitos domésticos y bestezuelas silvestres.

No se trata de un francotirador, sino de un batidor joven que aprovecha las piezas obtenidas para transformarlas en guisos apetecibles, que comparte con amigos y parientes también seleccionados, que en esto de la familia, como en la caza, no todo es digno de llevarse a la mesa… Y si esto se acompaña con buen mosto y mejor conversa, el conejo se vuelve redivivo paradigma cocinado.

Pero no he dicho nada de las aves de aquella pajarera-conejera, quizá porque no las comíamos –salvo las cazadas en los campos de Pilay o en Camarico- y eran apenas un adorno abigarrado y variopinto: zorzales, tórtolas, codornices (sus huevos sí los disfrutábamos); jilgueros, loros y canarios. Este escriba ya contó cómo, en el verano de 1963, el primo de mi padre, Indalecio, combatiente republicano de la Guerra Civil española, que logró exiliarse en México, abrió de par en par las puertas de la jaula e hizo volar a todos los pájaros fuera de ese cubículo que él consideraba cárcel ominosa. Las amenazas e imprecaciones de mi padre no le arredraron. Pero Indalecio no era animalista ni vegetariano. Degollaba un cordero y bebía su sangre, aliñada como exquisito ñachi, a la usanza mapuche, rito culinario que aprendió en el sur indígena de Chile. Pero las aves había que mirarlas hacia arriba, como a las doncellas hermosas.

Ayer estuvo Joaquín en nuestra casa. Llegó a las ocho de la noche, con tres conejos bajo el brazo, que preparó según una de sus mejores recetas. Éramos cuatro en la cocina, un cocinero avezado y tres curiosos conversadores que bebían cerveza para aligerar los jugos gástricos o “limpiar las cañerías”, como dice un amigo académico. Pero todo chef que se precia degusta un buen vino mientras ejerce el sacramento de las especias y los primores que darán el punto pletórico al sacramento de la mesa… Una hora y diez minutos estuvieron los tres conejos hirviendo en dos ollas metálicas; mejor hubiera sido un par de cazuelas de barro de Pomaire, pero será para la próxima oportunidad, porque mi querido sobrino Joaco siempre está donde salta la liebre; en este caso, en el sendero donde surge un suave conejo criado entre quienes no saben apreciarlo. Y donde pone el ojo pone la bala (el postón).

La buena mesa también convoca la morriña… Si apelara hoy al tópico del ubi sunt, diría, levantando la copa llena de entrañable vino chileno: ¿Qué se ficieron aqueles nobles e garridos conejos?



Febrero 25, 2015
Coellos autóctonos españois
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 28-02-2015 00:04
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ULTREIA, publicación do Centro de Amigos de Galicia en Viña del Mar
Polo noso colaborador e amigo en Chile, Edmundo Moure, temos noticias da publicación da revista Ultreia, editada polo Centro Cultural Amigos de Galicia, de Viña del Mar, en Santiago de Chile.
Parabéns pola inciativa e que sexa un estímulo e medio para espallar na América Hispana as nosas tradicions e a nosa cultura...


ULTREIA: GALICIA EN EL ÚLTIMO REINO


Tengo en mis manos el primer número de la revista Ultreia, editada en febrero 2015, por el Centro Cultural Amigos de Galicia, de Viña del Mar, Chile. Quien observe su vistosa portada en color, donde aparecen sus fundadores y principales integrantes del centro, en fotografía que cubre portada y contraportada, pensarán que es una publicación más de tantas que surgen de las numerosas asociaciones de gallegos espalladas por el mundo, sobre todo en nuestra América Hispana.
La página editorial está escrita por María Verónica Aros Meneses, la gentil presidenta del Centro, entusiasta impulsora de sus múltiples acciones y fundadora del mismo, junto a su marido, Enrique Fernández Cabezas, en el año 2011. En ella, su presidenta nos dice: ¨Si un día nos reunimos para cultivar lo mejor de las tradiciones gallegas en Chile, hoy queremos convocarlos a ser parte de Ultreia, una publicación en la que vamos a volcar nuestras actividades y las motivaciones que nos han hecho crecer como colectivo¨.
Luego viene una interesante crónica de Javier Asencio Piñeiro, socio radicado en Temuco, nieto de gallegos: ¨Laitec, una colonia gallega. Desde las Rías Baixas al Golfo de Corcovado¨, que nos transporta a una de las más bellas y remotas islas de Chiloé, la Nueva Galicia conquistada, en 1567, por Martín Ruiz de Gamboa, donde hoy surgen huellas anímicas y culturales, de las que dan testimonio quienes llevan, después de más de cuatro siglos, apellidos gallegos de los primeros encomenderos: Andrade, Bahamonde, Varela, Alvarado, Veiga…
En la página siguiente, sección ¨Relatos Breves¨, Mariana Fernández, monitora del Taller de Lengua Gallega, nos ofrece un poema de María Luisa Pazó, alumna del taller y nieta de gallegos, titulado Ó meu avó (A mi abuelo), en versión gallega y castellana. Mariana nos informa: “Actualmente, el taller funciona en la Ilustre Municipalidad de Viña del Mar, a cargo de la monitora, con el apoyo de gallegos avecindados en la ciudad”… Enseguida, encontramos una breve reseña sobre este escriba ligado también entrañablemente a la lengua y la cultura gallegas, donde aparece sosteniendo un hermoso libro de Anxos Sumai.
Me atrevo a decir que el texto principal y significativo de la revista, es “Trabajo espiritual y pastoral, los pilares de la vocación de Francisco Sampedro”, dedicado a la notable figura de este sacerdote nacido en Villar de Barrio, Ourense, Galicia, en 1941. Falleció en Valparaíso, año 2004. Su trayectoria académica y pastoral es impresionante, en particular su actividad docente en la Universidad Católica de Valparaíso y su contacto afectuoso con las colectividades hispanas.


Pues bien, el ¨Padre Pancho¨, como se le denominaba afectuosamente, por sus pares, amigos y alumnos, esparció también esa semilla del amor por la patria de Rosalía y su lengua rumorosa, entre quienes le conocieron y frecuentaron. Entre ellos, María Verónica, Enrique y los suyos, que pese a no tener ascendencia gallega en su genealogía, han sido capaces de crear un auténtico rincón de Galicia en su acogedora morada de Jardín del Mar (Viña del Mar), costa central de Chile, articulando un Centro a punta de esfuerzo personal y amorosa dedicación. Para tal efecto, tuvieron que vencer muchos obstáculos, comenzando por la reticencia de gentes de Estadio Español y grupos “oficiales¨de gallegos de la Quinta Región de Chile, porque “carecían de ascendencia gallega comprobada”, como si la condición y vocación de la galleguidad ameritase de pergaminos genealógicos. Pero nada les arredró y siguieron en su empeño, hasta constituir una asociación dinámica y viva, capaz de motivar a quienes descubren la riqueza de una cultura milenaria, preterida injustamente, durante siglos, por la ceguera política y la ignorancia. Un mérito que no me canso de ponderar.
Debo decir que este cronista, en su calidad de director y profesor, durante once años, del Programa de Estudios Gallegos de la Universidad de Santiago de Chile, pudo comprobar cómo muchos jóvenes chilenos, sin esa “ascendencia probada”, aprendieron a estimar la cultura y la lengua de nuestros devanceiros, reafirmando ese virtual cariño en la experiencia de los cursos de verano en Santiago de Compostela, becados por el ILGA y promovidos por nuestro Programa. Y mientras sólo dos o tres descendientes directos de la emigración gallega asistieron en aquel período a nuestros cursos abiertos y gratuitos, los mozos nativos de este Último Reino descubrieron la Galicia d’alén mar y sus huellas fundacionales en la patria de Gabriela Mistral.
Curioso y lamentable fenómeno de desapego a sus raíces ancestrales de muchos descendientes de esa esforzada emigración que nunca olvidara “miña casiña, meu lar”, dicho en versos de Rosalía. En pro de un “españolismo” zafio, alentado aún por un franquismo trasnochado, dieron la espalda a una cultura maravillosa que sigue abriéndose, como abanico interminable, a quienes son capaces de descubrir sus vieiros.
Cabría decir, en popular modismo chileno: “Ellos no más se lo pierden”… Y vaya si es pérdida significativa no empaparse de aquellas raíces hechas de lluvia y esperanza, según cantó el poeta Álvaro Cunqueiro. Como recita esta joven poeta, María Luisa Pazó, bajo los árboles de la casaquinta de los Fernández Aros, donde hemos compartido un xantar memorable, este 14 de febrero:
Como quixera compartir eses soños xunto a ti.
Hoxe é tarde, ti non estás,
pero eu son froito dos teus soños,
que forxaches xunto ó mar.

El son de la gaita, acompañada de panderetas enciende la morriña de la tarde, pero los aromas de la cocina gallega nos transportan a la alegría fraternal del condumio.
María Verónica y Enrique han abierto para nosotros su cálida lareira y las páginas de Ultreia, Galicia viva y perdurable en el Último Reino.

Edmundo Moure
Febrero 2015
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 20-02-2015 00:41
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LO EFÍMERO

(Retrato del doctor Paul Gachet)



LO EFÍMERO

"Vivo, pues, como un ignorante que sabe con certeza una sola cosa: en pocos años debo concluir una tarea determinada..."

V. Van Gogh




Quizá más temprano que tarde nos golpea la conciencia de lo efímero, manifestación de la caducidad como estado permanente de la naturaleza -y de nosotros, que somos parte de ella, aun a riesgo del curioso prurito de inmortalidad-, deterioro visible a través de la sucesión de cambios temporales acotados entre los enigmáticos límites de la vida y la muerte, con las marcas, ilusorias o reales, de la cronología que trazan las esferas del reloj.
El arte, en su velado o evidente afán de trascendencia, se nutre de lo efímero para conjugar el anhelo de eternidad, como una voz angustiada que buscara vencer toda desesperanza. Van Gogh pinta, escribe y expresa, tal vez como ningún otro artista, ese grito que atraviesa los siglos y que no recibe otra respuesta más allá de su propio eco desolado.
El crítico de arte francés, Aurier, escribió: "Van Gogh pintaba hasta quedarse sin letra, hasta entender cada aureola viva de color, definitivo, por encima de la fugacidad del paisaje cambiante de la luz. Pintaba contra el tiempo, porque no hay frase mejor que un golpe feroz de amarillos o naranjas o azabaches o bermellones para nombrar esa tarde que quizá sea la última..."
Palabra y color, escritura y pincelada, porque Vincent poseía ambos talentos, aunque el literario sólo conociera la expresión de sus seiscientas cincuenta y una cartas, conocidas por la antología "Cartas a Théo". Precisión del lenguaje, síntesis poética de los conceptos, imágenes donde condensa y revela toda la intensidad cromática de su pintura, desde esa modestia volcada en el devenir cotidiano, aunque nunca en la lucidez de su voluntad creadora, donde está seguro de sus limitaciones y, al mismo tiempo, de la grandeza de su búsqueda incesante, al punto de denostar a los críticos que aventuraron algún elogio que él consideró prematuro, pues, según afirma en carta a su hermano, remitida desde Arlés en 1888:
"Porque no busco representar con exactitud lo que tengo delante de los ojos, sino que me sirvo del color en forma arbitraria para expresarme con mayor fuerza".
Treinta y siete breves años de vida (1853-1890), poco más de seiscientos cuadros y menos de un centenar de dibujos. Lo efímero se vuelve aquí extraordinaria potencia creadora, intensidad superlativa que sus contemporáneos no entendieron, siendo rebasados por el genio de Van Gogh. Dos o tres telas suyas -no se sabe con certeza cuántas- fueron vendidas antes de su muerte. Fue, literalmente, "trocar oro por calderilla", unas monedas que sirvieron para mitigar su hambre física de anacoreta y para adquirir nuevos materiales con que satisfacer, en mínima proporción, su ansia enfebrecida por expresar las imágenes que parecían ahogarle, rompiendo modos y modas de su época, subvertiendo los moldes estrechos de todos los tiempos, logrando esa intemporalidad trascendente del genio, que pocos elegidos alcanzan.
Esta crónica, amable lector, ha sido motivada por la lectura de "La viuda de los Van Gogh", extraordinaria novela del escritor argentino Camilo Sánchez, en la que aporta nuevas luces sobre la obra de Vincent y la estrecha relación de éste con su hermano menor y mecenas, Théo, entretejida con la presencia vivificadora de Johanna Bonger, esposa de Théo y viuda de ambos, como deduce y propone el novelista, en sentido espiritual y afectivo, a través de ese don de raigambre femenina que entendemos por hospitalidad, y que la memoria literaria asocia al verso de Antonio Machado: “Amé cuanto ellas tienen de hospitalario”.
Seis meses después del suicidio de Vincent Van Gogh, su hermano Théo sucumbe bajo el dolor irrestañable de aquella pérdida. Más allá de la pena fraternal, la relación de ambos se hallaba entrelazada como suele ocurrir entre gemelos, aunque ellos no lo fueran… Un sentimiento de culpa agobiaba a Théo, quizá por no haber ayudado al pintor más de lo que le entregara a través de constantes remesas en dinero, o como su representante en los círculos del arte, procurando exposiciones y aun ventas de esos cuadros que pudieron enriquecer a varias generaciones. Y, sobre todo, le corroía el desasosiego por no haber podido salvarle la vida luego del trágico pistoletazo que sumió a Vincent en larga agonía. Es lo que nos revela Camilo Sánchez, con honda lucidez, a través del vívido personaje de Johanna Bonger, esposa de Théo y depositaria del legado pictórico de Vincent; también de esa breve herencia literaria que son las cartas del pintor.

Con breves retazos de aquellas descarnadas misivas a Théo y parte del Diario personal escrito por Johanna, Camilo Sánchez estructura su poética narración, que discurre con la maestría de una sucesión de imágenes, engarzadas con suma habilidad, otorgando al relato los necesarios ingredientes de tensión y dramatismo, aun cuando conozcamos el desenlace trágico.
No sé, no me he dado el trabajo de averiguarlo, si de veras existió ese diario de la viuda de Théo. El autor no lo dice, entre citas históricas, glosas y datos biográficos de los Van Gogh, pero quizá no sea necesaria aquella verificación, pues la bien lograda novela no precisa de referencias bibliográficas ni indicaciones al uso periodístico; al decir del lacónico prologuista, Luis Harss: “La realidad histórica se amplía con la verdad poética de cada observación”.
Nos enteramos que el “Retrato de Paul Ferdinand Gachet” fue adquirido en 1990 por un excéntrico millonario japonés, a cambio de 82,5 millones de dólares (algo así como cincuenta mil millones de pesos chilenos). Desde entonces –apunta la cita a pie de página 61-, prestigiosos museos, como el Metropolitano de Nueva York, han procurado dar con su paradero, pero su destino sigue siendo uno de los mayores misterios del mundo del arte.
Para aumentar el suspenso, se sabe que su último dueño, Ryoei Saito, dejó dispuesto en su voluntad testamentaria que la pintura fuese incinerada junto con su cadáver…
¿Fetichismo sicótico a ultranza o acto postrero por abrazar en el fuego la inasible eternidad de lo efímero?


Edmundo Moure
febrero 2015
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 18-02-2015 00:06
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Más sobre Chiloé y Blanco Amor

ACERCAR MUNDOS

Pues sueño contra sueño es la vida.
Arturo Cuadrado Moure



Es el valor de la cultura, entendida como redes de acercamiento para compartir experiencias, apreciarlas y enriquecer el propio acervo, dentro del respeto por la diversidad humana... Esa forma de cultura mezquina, que algunos proponen e impulsan bajo banderas de nacionalismos trasnochados, es mala ficción onanista del mundo y de la multiculturalidad que lo cohabita; es agresión más que entendimiento.
Pudiera resultar extraño que aquí, en el finisterre austral o Último Reino -como se llamó a Chile durante el Virreinato del Perú-, estemos nosotros empeñados en unir, a través de la palabra, del mito fundacional y de la imaginación creadora, los dos confines donde laten nuestros sueños: el Chiloé del extremo sur –Nueva Galicia- y la Galicia Atlántica de Rosalía y Castelao. Invitamos a conocer estos confines, que hemos intentado aproximar, desde el ensayo investigativo, en el libro “Chiloé y Galicia, Confines Mágicos”, editado en Santiago de Compostela (1997) y en Vigo (2008), disponible en versión PDF, gratuita, en el ancho universo de la Web.
Y no sólo eso. Contamos con dos obras más, a saber: “Chile a la Vista”, conjunto de crónicas del notable escritor gallego, oriundo de Ourense, radicado por medio siglo en Buenos Aires, Eduardo Blanco Amor, libro editado en 1951-1953 (Editorial del Pacífico, Santiago de Chile); y en 2003 (Editorial Galaxia, Vigo, Galicia; esta última, edición íntegra, a cargo de quien pergeña esta crónica)… Y “La Feria del Mundo”, selección de más de trescientos artículos periodísticos de Ramón Suárez Picallo, diputado de la Segunda República española, orador insigne y fino cronista, que vivió dieciséis años de exilio en Chile, donde se dio maña y derrochó talento para escribir más de un millar de crónicas, sobre los más diversos tópicos, entre 1940 y 1956.

Ayer, en la tertulia que animamos, semana a semana, en el Café Hamburgo, comuna de Ñuñoa, nos acompañaron dos invitados especiales: Begoña Pereira y Antonio Chaves, gallegos de Vigo y ciudadanos del mundo… El café lleva el nombre del viejo puerto teutón, lugar de arribo, zarpe y confluencia de muchos pueblos y culturas a lo largo de los siglos. ¿Coincidencias? No existen. Como dijera un poeta indio “Coincidencia o casualidad, así llamamos a los hilos secretos con que se teje la vida”.
Antonio abrió la conversación, refiriéndose al gran gestor cultural que fuera Arturo Cuadrado Moure, de quien escribe, en su opúsculo Mar azul/ Cielo azul/ Blanca vela, que me ha dedicado con un bello dibujo marino, hecho en trazos vertiginosos, confirmando su oficio de pintor y dibujante, además de escritor:

“Arturo Cuadrado Moure, poeta, escritor, articulista, crítico de arte, prologuista, orador, locutor de radio, conferenciante, animador sociocultural e intelectual comprometido, nació en Denia (Alicante), el tres de mayo de 1904… Hijo de Cruz Arturo Cuadrado Miján, madrileño, y de Mercedes Moure Carollo, natural de Santiago de Compostela… Como bien dejó señalado: Mis ojos nacen en el mar Mediterráneo. Ahí se forja quizá uno de mis sonetos más perfectos. Cuyo primer endecasílabo es ‘Mar azul. Cielo azul. Blanca vela’… Desde esa metáfora se forjaba mi destino de poeta, es decir, no ver las cosas como son, sino como el deseo de cómo deben ser…
“Pero hoy, ahora, y también antes, el salto que uno da es el del vértigo y retorcimiento por la muerte y ausencia del amigo, del hombre –que no del poeta- enfrentado a la mediocridad de un tiempo y de una tierra… Son instantes para recordar a quien mantuvo elevada e inalterable la bandera de su signo, de su ensueño, corroborando su altura de miras. Altura de miras de un intelectual –no se olvide- vinculada a la Generación del 27, a la generación de la España Peregrina…”

Y en esa Buenos Aires que los paisanos intelectuales bautizaron como la “Atenas de América del Sur”, desde antes de la Guerra Civil, comenzó a fructificar una sobresaliente generación de artistas, poetas y escritores, cuya culminación creadora se dio en la extensa posguerra, la “noche de piedra” del franquismo. Arturo fue uno de los más activos aglutinadores de ese proceso, con sus dotes polifacéticas y su incansable empuje y proverbial valentía. Rafel Dieste, Alfonso Castelao, Luis Seoane, Lorenzo Varela, Ramón Suárez Picallo, y muchos otros, compartieron y acrecentaron su afán…
Y Eduardo Blanco Amor, por supuesto, cuyo libro “Chile a la Vista” estuvo ayer, jueves 4 de diciembre de 2014, en nuestras manos: la edición de Editorial del Pacífico (1951), a cargo Antonio; la de Galaxia (2003), para este cronista.
Antonio leyó el emocionante texto referido a la llegada de Blanco Amor a Chile y su encuentro con Ramón Suárez Picallo, en nuestra Plaza de Armas, y la exaltación que éste hizo de las bondades hospitalarias de Chile, prodigadas a los republicanos españoles desde el arribo del Winnipeg, el “barco de la esperanza”, en septiembre de 1939… Apasionado, a ratos vehemente, Antonio Chaves habla de aquellos intelectuales comprometidos en la lucha por la justicia, que entregaron con generosidad los frutos de sus talentos, sin claudicar, aunque terminaran –como Eduardo, hijo pródigo de la mítica Auria (Ourense); como Arturo- en el olvido y el abandono del “oficialismo gallego”, entronizado sobre los despojos de la lucha libertaria.
Y yo, con el prurito de regresar a los confines, leí la curiosa experiencia de “sobrevida” o resurrección de Blanco Amor, cuando despierta de un sueño de plomo, luego de larga tempestad en los canales del sur de Chile, y observa desde la borda del barco el paisaje idílico y brumoso de Ortigueira, reflexionando, en la confusión de su pasmo, que ha vuelto a la niñez en brazos de la Parca… Pero un manotazo inesperado en su espalda y la voz del capitán, en cantarino acento chilote, lo sacan de su ensoñación: -“Aquí no está usted en su Galicia natal, señor… Aquí estamos en el puerto de Quellón, en Chiloé…”
Y Blanco Amor concluye aquella crónica entrañable, manifestándole al lector que ya nunca podrá escribir con imparcialidad sobre Chiloé, pues se le había arraigado para siempre en el corazón.

Las dos horas prefijadas para nuestra tertulia volaron como golondrinas presurosas. Tuvimos apenas tiempo para recordar la amistad de Eduardo con Federico, y recitar el primero de los Seis Poemas Gallegos que García Lorca escribiera, en 1933, en Compostela, el “Madrigal á Cibdá de Santiago”, que gustó particularmente a las hermanas Patricia y Verónica Tagle, nietas de Pablo de Rokha, para quien también hubo palabras encomiásticas al finalizar la reunión, del propio Antonio, de Guillermo Martínez y de Juan Pablo del Río, recordándonos que el gran poeta jamás claudicó en sus ideales de luchador social, ajeno a todo oportunismo o componenda con los poderosos.
Poesía y crónica. Viaje y aventura fundacional. Los gallegos van y vienen; siempre traen en su fardel de pescadores una liza invisible con la que estrechan y vinculan los mundos de esta pequeña esfera azulada que llamamos Tierra.

Edmundo Moure
Café Hamburgo, diciembre 4, 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 06-12-2014 00:56
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