A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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LAS ABEJAS
DULCE REINA MORIBUNDA


Dijo la abeja al zángano: jamás equivaldrá vuestro zumbido
a una gota de miel que yo fabrique.


Hace poco, escribí una crónica en la que me declaraba -una vez más-, desde el espíritu republicano, opositor a las monarquías; asimismo, enemigo de las dictaduras y de todo tipo de tiranías, lleven cualquier apellido. Pero en tal manifiesto de principios existía una excepción, no advertida entonces, que rectifico aquí, con desolado empeño. Admiro, defiendo y comienzo a llorar la inexorable muerte de una Reina y de su maravillosa monarquía. Me refiero a la soberana de las abejas, hoy en alarmante peligro de extinción, como bien sabemos, por informaciones que recibimos desde diversos puntos del planeta, en los que cientos de miles de colmenas son abandonadas por sus habitantes, laboriosas abejas, para no regresar ni menos fundar nuevas colonias, como era, hasta hace poco, el móvil de su benéfico ciclo vital.

Muchos opinan que es éste uno de los signos del fin de los tiempos, entre ellos, Albert Einstein, quien advirtió: “Si las abejas desaparecieran del planeta, al hombre sólo le quedarían cuatro años de vida”. No lo sabemos, a ciencia cierta, como tampoco se explica la causa de masiva mortandad planetaria de este maravilloso insecto que renueva la vida de la naturaleza con el insustituible trabajo de la polinización. Sin este amoroso afán de extraer el dulzor de las flores y depositar el polen en millones de árboles y plantas, se hace en extremo difícil la fertilización de los frutos. Hay otros agentes menores, pero irrelevantes por su número y concurso, como la mariposa y el colibrí. También los vientos cumplen parte de esta función.

Hemos visto cómo en China, miles de hombres, provistos de una extraña herramienta de madera y plumas, intentan reemplazar a la diligente abeja, polinizando de manera burda, lenta e ineficaz. Mientras contemplamos el espectáculo de los hombres-abeja, encaramados en los árboles como torpes simios, surgen las más diversas teorías sobre el terrible fenómeno de aniquilación de la apis mellifera, la obrera de la aromática miel, sea por insectos depredadores, bacterias asesinas o por los pesticidas humanos con que la industria química ha inundado el planeta. Existen hipótesis y sospechas, pero ninguna certeza. Entretanto, ya ha desaparecido más de un cuarenta por ciento de las abejas, en los cinco continentes.

Por cierto, no es el único ciclo o proceso ecológico que se ha visto alterado por el factor humano en las últimas décadas, pero tal vez su quebrantamiento, en el caso de la abeja, sea el más aciago de todos, por la importancia de su equilibrio en la regeneración de la vida vegetal y animal. Se supone que el pequeño insecto se ha estado alimentando, desde hace veinte años, de productos transgénicos que contienen toxinas venenosas, a base de sustancias letales que se incorporan en los procesos genéticos, para aumentar la productividad de las semillas. En el caso de las abejas, la acción humana, al parecer, no previó las desastrosas consecuencias ni posee la capacidad técnica de sustitución del complicado proceso.

Hace más de medio siglo, Alfredo Piola, antiguo caballero de historias y de libros que peregrinan por los caminos para ser leídos con deleite, me regaló “La Vida de las Abejas”, del escritor belga, en lengua francesa, Maurice Maeterlinck, que leí con apasionado interés, sorprendiéndome por muchas de sus reflexiones, en especial aquellas que apuntan a cuestionar el pretendido antropocentrismo del universo que los seres humanos nos hemos arrogado, sintiéndonos dueños y depositarios de la creación, hechos como estaríamos, “a imagen y semejanza de Dios”. Esto lo pone en duda el sagaz escritor, tomando como ejemplo de refutación, precisamente, la vida de las abejas y lo extraordinario –misterioso en muchos aspectos- de su ordenamiento existencial y la precisión de su constante labor regeneradora.

Quizá no sea necesario leer a Maeterlinck para apreciar esta tragedia ecológica que estamos viviendo, pero su libro nos conmueve, gracias a una visión profunda y poética de una realidad que está bajo nuestras narices, pero que no somos capaces de entrever, sumidos en falsos abalorios y pueriles vías de escape.

“Las abejas han sacudido el entorpecimiento del invierno. La Reina (no está con mayúscula en el original, pero ya no podré escribirla de otro modo) ha vuelto a poner sus huevos desde los primeros días de febrero. Las obreras han visitado las anémonas, las aliagas, las pulmonarias, las violetas, los sauces, los avellanos… Luego, la primavera ha invadido la tierra; los graneros y las cuevas del panal rebosan de miel y de polen, millares de abejas nacen cada día. El hacinamiento, no obstante, se hace insoportable".

“Una inquietud conmueve a todo el pueblo. Y la vieja Reina se agita. Comprende que se prepara para ella un nuevo destino. Ha cumplido religiosamente su deber de buena creadora. Y del deber cumplido surgen la tristeza y la tribulación. Una fuerza invencible amenaza su reposo; pronto tendrá que abandonar la ciudad donde reina… Ella ha sido allí la madre y el órgano único del amor”.

¿Cuál es la potencia que rige su destino de soberana y el de todos sus miles de súbditos? Maeterlinck lo define con precisión no exenta de poesía y certera metáfora de la naturaleza:

“El ‘espíritu de la colmena’ es el móvil, secreto y misterioso, de un ordenamiento perfecto. Él dispone, implacablemente, pero con discreción y como si estuviese sometido a un gran deber, de las riquezas, la libertad y la vida de todo un pueblo alado. Regula día por día el número de los nacimientos y lo pone en estricta relación con el de las flores que iluminan la campiña. Anuncia a la Reina su destronamiento o la necesidad de que parta con un nuevo séquito fundacional”

Al parecer, sólo el hombre ha sido capaz de perturbar ese espíritu y de alterar ese orden, introduciendo el caos de una muerte desbocada, producto de comportamiento homicida e irracional: la razón de su sinrazón en aras de la codicia desmesurada.

“El hombre tiene la facultad de no someterse a las leyes de la Naturaleza; saber si hace mal o bien en usar esa facultad, es el punto más grave y menos aclarado de la moral. Por ello, es interesante sorprender la voluntad de la Naturaleza en un mundo distinto al humano. Pues, en la evolución de los himenópteros, que, inmediatamente después del hombre, son los habitantes del globo más favorecidos desde el punto de vista de la inteligencia, dicha voluntad parece muy clara”.

Del arquetipo de estas Reinas, que vuelan hoy hacia el exterminio, disociadas del “espíritu de la colmena”, escoltadas por las abejas enloquecidas y sin rumbo, por obra del mal proclamado “rey de la creación”, me declaro enamorado, ferviente súbdito, y, cuando la muerte nos separe, viudo inconsolable.


Edmundo Moure
Julio 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 21-07-2014 00:18
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PALESTINA
LOGROS DEL PUEBLO ELEGIDO


Israel es el Pueblo Elegido que deambuló por el mundo, durante milenios, en busca de la Tierra Prometida que iba a devolverles el Mesías. Pero este salvador no advino para ellos en la figura de Cristo, a quien desecharon por loco, sino en la forma de un general moderno, un guerrero dotado con las mejores armas para la aniquilación, un adalid imperialista e implacable, como el mismísimo Jehová de los Ejércitos.

Desde 1948, el Estado Israelí se asentó en Palestina, sobre territorios usurpados a más de un millón de palestinos, a quienes no quedó otro camino que el éxodo, aunque no fuese hacia una tierra de promisión, sino hacia el atroz albur de la rosa de los vientos. Los que permanecieron, aferrados a una patria inhóspita y desmembrada, según el trazado equívoco de sus amos, iban a conocer, en carne y espíritu, de manos de los hijos de Israel, tres logros apocalípticos:

- El Ghetto más extenso jamás conocido: Palestina.
- El Campo de Concentración más eficaz y duradero de todos los tiempos: Palestina.
- El Infierno en la Tierra, émulo perfecto de la gejena con que Jahvé amenaza a sus enemigos y a los pecadores hebreos, peor que el inferno de Dante o el yahim musulmán: Palestina.

El Pueblo Elegido, o Israel, ha podido alcanzar estos logros notables de su historia, porque no está solo. Cuenta con el apoyo irrestricto del imperialismo estadounidense y de sus aliados occidentales, más la complicidad de algunos países musulmanes que son los proveedores del petróleo para la industria del primer mundo.

El conservador y monárquico, Lawrence de Arabia, advirtió, hace un siglo, del peligro que un enclave militar israelí en Medio Oriente iba a significar para la estabilidad de la región y la integridad del mundo árabe.

No se equivocó: el muro israelita –émulo aventajado del muro de Berlín- crece y se extiende, como demencial laberinto, ahogando los aislados territorios palestinos que aún subsisten bajo una de las guerras de ocupación más criminales y devastadoras de que se tenga memoria.

Mientras el Hijo Pródigo aplasta al pueblo palestino: -ancianos, mujeres, niños y hombres-, sus corifeos publicitarios siguen pasándonos la cuenta de los horrores del Holocausto y del genocidio de Auchswitz y de Treblinka… Pero no es necesario para ello remitirse al pasado, porque el nuevo holocausto lleva hoy el nombre martirizado de Palestina, la tierra cien veces avasallada de Canaán.


Edmundo Moure
Julio 13, 2014
Comentarios (1) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 13-07-2014 22:03
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70 aniversario de SEMPRE EN GALIZA

“SEMPRE EN GALIZA”
ALFONSO CASTELAO

(70 anos da publicación en Bós Aires: 1944)

Con ocasión del aniversario 70 de la publicación de esta obra imperecedera de Alfonso Castelao, se dará curso, en Santiago de Compostela, bajo el patrocinio del Consello da Cultura Galega, a la lectura de libro por gallegos de la diáspora y de la Galicia atlántica, a través de grabaciones de textos escogidos.
Me tocó en suerte ser elegido para leer el párrafo siguiente, en lengua gallega:

(En Libro Segundo, XX)

Ainda que os factores económicos fosen d-abondo para esplicar o fenómeno migratorio de Galiza é o certo que nós sabemos andar pol-o mundo a cata de benestar, e que os demáis hespañoes morren de fame con tal de non enfiaren camiños descoñecidos. Os galegos sabemos arranxar os papeis e pedir un pasaxe de terceira; sabemos agacharnos nas bodegas d-un trasatlántico cando non temos diñeiro; sabemos pillar estradas c-un fatelo ao lombo ou empurrando a roda de amolar; sabemos abrir fronteiras pechadas e pedir traballo en todal-as língoas; sabemos, en fin, canto debe saber un bó camiñante, ainda que o viaxe sexa o primeiro da nosa vida.




Les ofrezco mi traducción... En breves palabras, Castelao sintetiza en este párrafo el espíritu migratorio de los hijos de Galiza.

Respecto al empleo por Castelao del topónimo Galiza, debemos decir que es la denominación originaria del Reino, posterior al nombre romano de Gallequia, y era de preferencia usado en el gallego medieval, junto con el topónimo Galicia. Sin embargo, la forma Galiza cayó en desuso durante los «Séculos Escuros» (desde el advenimiento de Isabel la Católica hasta 1863, año de publicación de Cantares Gallegos, de Rosalía de Castro, hito en la recuperación literaria de la lengua gallega), mientras que la forma Galicia fue la única que siguió empleándose, de forma ininterrumpida, a lo largo de cuatro siglos de historia en la lengua hablada. En el siglo XIX, durante el «Rexurdimento» de la lengua gallega, se recupera el uso de Galiza por parte de intelectuales y literatos.
Actualmente, las Normas ortográficas y morfológicas del idioma gallego también aceptan Galiza como forma legítima en gallego junto a la forma Galicia.
Edmundo Moure
Traducción al Castellano:

Aunque los factores económicos fuesen suficientes para explicar el fenómeno migratorio de Galicia, es cierto que nosotros sabemos andar por el mundo en busca de bienestar, y que los demás españoles mueren de hambre con tal de no aventurarse en caminos desconocidos. Los gallegos sabemos amañar los papeles y pedir un pasaje en tercera; sabemos escondernos en las bodegas de un transatlántico cuando no tenemos dinero; sabemos encontrar carreteras con un hato al hombro o empujando la rueda de afilar; sabemos abrir fronteras clausuradas y pedir trabajo en todos los idiomas; sabemos, en fin, cuanto debe saber un buen caminante, aunque el viaje sea el primero de nuestra vida.



Galicia es una comunidad autónoma española, situada al noroeste de la península ibérica y formada por las provincias de La Coruña, Lugo, Orense y Pontevedra, las cuales se dividen en 314 municipios que se agrupan en 53 comarcas.
Superficie: 29.574 km²
Población: 2,781 millones (2012) Instituto Nacional de Estadística


Edmundo Moure
Junio 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 05-07-2014 20:08
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XOSÉ. A. VALENTE: O FULGOR DA PALABRA
JOSÉ ANGEL VALENTE: EL FULGOR DE LA PALABRA



La palabra poética –escribió José Angel Valente– ha de ser, ante todo, percibida, no en la mediación del sentido, sino en la inmediatez de su repentina aparición”.

O sea, en su fulgor, en esa chispa por la que el lenguaje nos entrega el hallazgo precioso de su revelación, ofreciéndonos el don que permite ver donde otros no ven... “El fulgor, el rayo oscuro, la aparición o desaparición del cuerpo o del poema en los bordes extremos de la luz”.

José Angel Valente nació en la ciudad de Ourense, en la “Galicia profunda”, el 25 de abril de 1929, en la casa de la rúa Bedoya, cara al parque de San Lázaro. Su pasamento, es decir su travesía postrera, ocurrió el 18 de julio de 2000. Vida intensa, proyectada desde el seno de una familia de siete hijos, cuyos padres fueron: Marcial Valente García y Purificación Docasar de la Torre: José Angel, Pilar, Manuel, Ramón, Purificación, Marcial y Lucila. En aquella casa iba a despertarse su temprana fascinación por los libros, en la amplia biblioteca familiar donde Marcial Valente, el pater familia, el contable, alternaba el peso de las horas entre números con el vuelo de la palabra escrita.

Nos cuenta el poeta: “Eu nacín en ningures. Ou non nacín –de ter nacido, se ben cadra– nun lugar que xa non eisiste. Por iso lle chamo Augasquentes. Non lle atopo outro nome na miña memoria, por máis que nela furgo...”.
Porque tamén a casa onde coido aqueceu ese presunto nacemento ten sido demoída e xa nada fica dela, nin cimentos nin ren. Pantasma, imaxe da lembranza. Parque de San Lázaro, santo moi da miña devoción o probe Lázaro...”.

José Angel estudió en las universidades de Santiago de Compostela y Madrid, donde se licenció en filosofía románica. Enseñó durante algunos años en Oxford y obtuvo el Master of Arts. Entre 1958 y 1980 trabajó en Ginebra como traductor de organizaciones internacionales, y luego en París, para la Unesco. Inició su obra poética en 1955, con un significativo título: ‘A modo de esperanza’, libro que le valdría el Premio Adonais. En dos ocasiones obtuvo el Premio de la Crítica, 1960 y 1980. En 1988 recibe el Premio ‘Príncipe de Asturias’ de las Letras; en 1993 será galardonado con el Premio Nacional de las Letras; también le fue otorgado el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. En el año 2000 es nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Santiago de Compostela.

No le faltaron en vida reconocimientos y homenajes, aunque fue un creador solitario, un poeta volcado hacia su propia intimidad, otorgando a su poesía una esencial vibración mística. “Sólo se llega a ser escritor cuando se empieza a tener una relación carnal con las palabras”. Digamos, la absoluta comunión del yo con el verbo creador.

Escribió José Andrés Rojo: “La lucidez de sus juicios, la profunda ironía de su mirada, su inagotable capacidad para desentrañar las honduras espirituales de tantos escritores y artistas, todo ello quedaba siempre subordinado a su pasión por la poesía. La suya se agrupó en tres grandes ciclos poéticos: Punto Cero, que reunía su obra entre 1953 y 1976; Material Memoria, 1977 a 1992; y Fragmentos para un Libro Futuro, en los que trabajaba con sus poemas de los últimos años...”.

Ya la mirada del poeta tórnase melancólica, retrospectiva:

Eiquí, neste punto e hora, nesta malenconía, crítica e biografía converxen ou son de feito a mesma cousa. Auga que move o mesmo muíño... Xa só sentímo-la crítica como afinidade ou cáseque, diríamos, como autobiografía. Nesa afinidade de reigaño é onde fai o poeta Luis Pimentel a súa aparecencia…”.
Fidalga e fonda figura, paxaro de prata viva. Pimentel. Sonoridade do nome. Segredo da persoa. Ninguén no seu tempo e na nosa lingua falou poeticamente con misterio maior. ‘Máis alá da néboa, máis alá do mar, máis alá da chuvia, máis alá do bosque’ ¿Onde? Alén. Terra de alén, a nosa terra. E máis alá de alén, e alén de alén, ¿qué viches Pimentel?”.

Es la pregunta hecha por el poeta en su madurez al maestro que escogió un día temprano y a cuya sabiduría creadora vuelve, como torna él a los ámbitos de su Galicia amada.

Este galego de Ourense y español de Madrid encarna en sí mismo la dualidad cultural de su patria gallega y la riqueza multifacética de lo que llamó con lucidez Francisco de Quevedo, en su tiempo, “nuestras Españas”, universo donde conviven –no sin sobresaltos ni conflictos, como ocurre en toda relación afectiva– pueblos, lenguas, tradiciones; calidoscopio de la infinita variedad humana, enriquecedora, por cierto, en sus matices diferenciadores.

Ante la avasalladora marea de la globalización contemporánea, los pueblos cultos, aquellos que se nutren en las sólidas raíces de sus cosmogonías particulares, se resisten a homogeneizar el modelo impuesto por un pragmatismo aniquilador, ajeno a nuestro mundo iberoamericano, que ofrece la dudosa panacea de sus abalorios tecnológicos como pobrísima respuesta a las elementales cuestiones de la condición humana.
La obra de José Angel Valente fluye por los veneros de la lengua castellana, a través de la cual el poeta orensano ratifica esa notable maestría ostentada por grandes escritores gallegos para hacer brillar con luces nuevas el idioma de Castilla... Recordemos a Ramón María del Valle Inclán, a Gonzalo Torrente Ballester, a Alvaro Cunqueiro, a Camilo José Cela, a Eduardo Blanco-Amor, ese otro hijo de Orense que se enamorara de Chile, hace más de medio siglo...

Claudio Rodríguez Fer, gran conocedor de la obra de José Angel Valente, nos dice: “En un autor con la autenticidad creativa de Valente la elección lingüística no es resultado de una decisión extrapoética, sino de una pulsión espontánea derivada de demandas externas o internas que provocan que sea la lengua quien elija al poeta más que el proceso inverso. El propio cultivo de la lengua gallega es, pues, suceder y consecuencia al mismo tiempo de una correlación de hechos biográficos”.

“En efecto, tras abandonar el gallego como lengua poética desde que marchó de Galicia, ya en la juventud, Valente se encontró con aquél cuando fue invitado, por la asociación emigrante A Nosa Galiza, de Ginebra, para disertar sobre las Cántigas de Alfonso X el Sabio, concretamente con motivo del Día de las Letras Gallegas de 1980, dedicado a la memoria del Rey Poeta que empleaba el galego como lengua refinada de excelso quehacer poético… La inmersión en la lírica alfonsí despertó en el poeta recuerdos biográficos y resonancias literarias que de manera natural sólo podían materializarse en gallego”, y es el propio poeta quien nos dice: “Se escribe desde muy hondos posos, desde muy sumergidos ritmos de la lengua, que se nos imponen o hablan en nosotros”.

La Galicia orensana, la mítica Auria que inventó Blanco-Amor, siempre identificada con las aguas, y que sería rebautizada por el poeta como Augasquentes, metáfora y topónimo de la infancia recobrada, rebrota con sus secretos manantiales, como la sangre rumorosa de la geografía gallega:

Dicer de tódalas las augas
Da beiramar fuxín, / Subín o monte. / Hoxe dícenme as augas: / Mañán é ante.
Para non morrer, / para non morrer / endexamáis de morte, / a frol de acacia levo / vecino e lonxe.
Coa ponla loura, / veciño e lonxe, / as augas alumeo, / anque fai noite. / Na peneda furada / bebín meniño. / Das augas da peneda / fíxenme río. / Fíxenme río e río / e mar e fonte. / Chamádeme somente / coa miña voce. / Coa miña voce, / na miña voce, / alonxáronse as augas: / ficou a ponte.


El poeta regresa, al fin. Es su alma la que vuelve, posada en la golondrina inquieta de la lengua, en esa andoriña que es para los gallegos metáfora volandera de la emigración. Y entonces, José Angel Valente habla a su madre carnal y a su Terra Nai, porque Galicia es el mito vivo de la Tierra Madre, la dulce invención femenina del mundo…

Escoita, mai, voltei / Estou no adro onde aquel día / o grande corpo de meu abó ficou / lnda oio o pranto. / Voltei. Nunca partira. / Alongarme somente foi / o xeito de ficar para sempre.

& & &


EDMUNDO MOURE
Sobre Valente
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 16-06-2014 00:55
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REPÚBLICA Y CIUDADANÍA

REPÚBLICA Y CIUDADANÍA

El ideal republicano no se limita a las experiencias de nuestras dos repúblicas, el republicanismo es una afirmación de la ciudadanía como fuente del poder político, por tanto de una soberanía del pueblo que aspira a la implantación de valores universales como la libertad, la igualdad, la justicia, la solidaridad, la democracia en un Estado de derecho, la racionalidad y la autonomía de las personas... entre otros.
La II República aglutinó el entusiasmo popular ante la perspectiva de una nueva vida en todos los aspectos y ante el apoyo de la intelectualidad de su época fue definida como una “república de profesores e intelectuales”…
(Alfredo Navarro)


De las cosas esenciales que recibimos de los griegos, están los conceptos de República y Ciudadanía, herencia preciosa de hace treinta siglos -o tres mil años, según se prefiera-. Los tres pilares fundamentales de la República que señala Aristóteles son:
1.- La división de poderes y su control recíproco.
2.- La participación política activa por parte de los ciudadanos. Esto supone la publicidad de los actos estatales y la necesidad de instrucción en materias de ciencias jurídicas y políticas, tanto teórica como material, según sea la circunstancia histórica en que la vida ciudadana se desenvuelva. (La ciudad o polis es donde se desarrolla la política y el accionar ciudadano).
3.- La representación de todas las clases sociales dentro de las instituciones de gobierno con iguales atribuciones y sin que ninguna de ellas se arrogue la prevalencia. (El acceso a dichas magistraturas, necesariamente colegiadas, en razón de la materia debe ser restringida; el magistrado debe pertenecer a la clase que representa y ser elegido con el voto solo de ésta).
Es necesario considerar que para Aristóteles los fines supremos de las formas de gobierno deben ser:
1.- La libertad-igualdad (“sólo somos libres entre iguales”: consideración griega de la época, entendible en esa realidad remota.
2.- La realización de la justicia y del bien común.
3.- La realización plena del desarrollo de las capacidades cognitivas humanas (para lo cual considera necesaria la realización de los dos puntos anteriores siguiendo el concepto fundamental de Sócrates: el bien equivale a la verdad, y el mal a la ignorancia. (Vaya problema que se nos presentaría hoy si aplicásemos a nuestra sociedad contemporánea la máxima del sabio ateniense…)

Sócrates explica esto de la siguiente manera: -el humano busca la felicidad, llenar su vacío existencial -para esto utiliza medios por los cuales pretende lograr dicho fin -la mayor parte de las veces utiliza medios que consiguen satisfacciones efímeras, etéreas, superficiales, que no van más allá de los “deseos pasionales” , como tener sexo, alimentarse… Bien podríamos agregar hoy la compulsión del consumismo y el prurito de lo superfluo como recompensa de carácter individual.
Concluye Sócrates que el ser humano busca un fin por medios que no pueden procurárselo, ya que sólo es posible alcanzar la felicidad mediante la contemplación de la verdad, entendida como el conocimiento de la realidad a través del “júbilo de comprender”.
Se podrá argüir que los griegos vivían en una sociedad de clases estratificada, e incluso que poseían esclavos provenientes de las continuas guerras. Pero es preciso ubicarse en el contexto histórico, para aquilatar el extraordinario legado que recibimos de ellos, como hijos de Occidente, a través de sus ideas esenciales.
Siglos de oscurantismo debieron transcurrir para que esa herencia pudiera germinar en nuevas formas de convivencia libertaria. A ello se opusieron, tenazmente, las monarquías –y todo lo que ellas suponen, cobijan y representan-, en estrecha sociedad con la Iglesia católica, a través de esa considerable fuerza política, económica y militar que constituyó el Papado. La Ilustración y la Revolución Francesa abrieron caminos liberadores, tanto en el saber como en la política activa.
Uno de los países de Europa donde se hizo más difícil la instauración de regímenes liberales, fue España, junto a su vecino Portugal. Así, la Primera República Española se instauró, luego de su proclamación por las Cortes, el 11 de febrero de 1873, y tuvo corta vida. El primer intento republicano en la historia de España fue una experiencia breve, caracterizada por la inestabilidad política, bajo la constante presión de la jerarquía clerical y de los terratenientes (aún no existía en la Península una clase industrial poderosa, salvo los incipientes empresariados fabriles de Cataluña y el País Vasco). Hay que tener en cuenta que los obispos amenazaban con la excomunión a quienes votasen por la República.
En sus primeros once meses se sucedieron cuatro presidentes del Poder Ejecutivo, todos ellos del mismo Partido Republicano Federal, incluyendo el golpe de Estado del general Pavía del 3 de enero de 1874, que puso fin a la República Federal proclamada en junio de 1873 y dio paso a la instauración de una República Unitaria bajo la dictadura del general Serrano, líder del conservador partido constitucional. Esto duró hasta el 29 de diciembre de 1874, cuando el golpe de estado del general Martínez-Campos dio comienzo a la Restauración borbónica en España (los Borbones, para variar)...

La Segunda República Española fue el régimen político democrático que existió en España entre el 14 de abril de 1931 (fecha de la proclamación de la República, en sustitución de la monarquía de Alfonso XIII) y el 1 de abril de 1939, data final de la Guerra Civil Española, que dio paso a la dictadura del general Francisco Franco Bahamonde, que concluyó con su muerte, en noviembre de 1975. Casi cuarenta años de férrea tiranía, erigida sobre los cadáveres de más de un millón de españoles; cuatro décadas sin república y sin ciudadanos, como se entenderá, bajo un régimen de permanente estado de sitio y ejecuciones sumarias. Al respecto, hubo periódicas solicitudes de clemencia, en casos muy especiales, requeridas por el Vaticano y otras entidades internacionales. Nunca Franco se negó a las peticiones del Papa de turno, sólo que los decretos de indulto firmados por él llegaron, invariablemente, después de aplicada la pena de muerte… Ante las lógicas dudas de los nuncios, el dictador respondió: -“No es mi culpa el atraso de los motoristas en la entrega del perdón… Eso no depende de mí…”-.
De este sátrapa inmisericorde, que gobernó a los españoles con mano de hierro, secundado por la Iglesia, el Ejército, los terratenientes, los grandes empresarios y, finalmente, como regio colofón, la Monarquía resucitada, el joven rey Juan Carlos, discípulo suyo impuesto para una transición interminable, dejó estampadas para la Historia estas palabras:
El general Franco es verdaderamente una figura decisiva históricamente y políticamente para España. Él es uno de los que nos sacó y resolvió nuestra crisis de 1936. Después de esto, él actuó políticamente para sacarnos de la Segunda Guerra Mundial. Y por esto, durante los últimos treinta años, él ha sentado las bases para el desarrollo de hoy en día… Para mí es un ejemplo viviente, día a día, por su desempeño patriótico al servicio de España y, por esto, yo tengo por él un gran afecto y admiración”.
No puedo sentir admiración por un sujeto como éste, aunque exhiba “patente nobiliaria”. Y me vienen a la memoria similares opiniones acerca de otro dictador, reo también de crímenes de lesa humanidad: “nuestro” Augusto Pinochet Ugarte, admirador y discípulo aventajado del pequeño mílite de El Ferrol. Este militarote mestizo, según opiniones de algunos tirios y de muchos troyanos compatriotas, sería nada menos que “el artífice de la modernización de Chile”, además, claro, de “haber salvado a la Patria de caer en las garras marxistas”.
Si otros admiran al rey cazador, y a la vez se sienten con ello demócratas y liberales, y hasta “socialistas”, allá ellos con su afición y aquiescencia, que para gustos…
Más allá del patético personaje, mi porfía republicana me lleva a reforzar mi escogencia: prefiero ser un ciudadano idealista a un súbdito pragmático.
¡Viva la III República!


Edmundo Moure
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 09-06-2014 02:46
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ANTE EL MUNDIAL DE FÚTBOL DE BRASIL

EL MUNDO VUELTO PELOTA


Mi primer registro memorioso de un campeonato mundial de fútbol data de 1954, cuando tuvo lugar en Suiza. Escuchamos algunos partidos por la radio, en nuestra casa de Ñuñoa. El equipo favorito era el de Hungría, donde destacaban Ferenc Puskás, Zoltán Czibor, Sandor Kocsis, lamado “el team de oro”, que caería derrotado en la final, de manera sorpresiva, por Alemania, con el estrecho resultado de 2-3… (Los germanos son así; cuando menos se espera, se apoderan del mundo)… Nos costaba mucho pronunciar aquellos nombres que los relatores deportivos descifraban, como de costumbre, a su manera, pero tratábamos de hacerlos nuestros en las pichangas del Manzanal, en calle Exequiel Fernández, comandados por Toño, dueño entonces tanto de las cachañas como de la pelota de cuero, que solía quitarnos –como se ha contado- cuando contradecíamos sus formaciones, estrategias o jugadas... Como buen derechista, desde pequeño defendió a brazo partido la propiedad privada y su concepción esférica.

Cuatro años más tarde, celebramos con júbilo el triunfo de Brasil en el mundial de Suecia. Entonces, la imaginación sustituía con creces la invisibilidad de los encuentros transmitidos por la radio, hasta que pudimos ver en el cine, a través del famoso noticiero “El Mundo al Instante”, las maravillosas filigranas de aquella delantera donde destacara un muchacho de diecisiete años, Pelé, secundado por Didí, Zagallo, Garrincha y Vavá… La emulación, ahora con acento portugués, se desarrollaba en la cancha de baby fútbol, casa-quinta de La Cisterna. Yo tenía la misma edad de Edson Arantes do Nascimento, pero ni una millonésima de su talento, lo que no fue óbice para jugar con mucho entusiasmo, escasa técnica y derroche de vigor físico hasta los treinta.

El Mundial del 62, con mayúsculas, fue una fiesta colectiva con los mejores ingredientes, comenzando por la televisión, recién inaugurada en el “patio trasero” de nuestro sur tercermundista. En casa no contábamos con un aparato, por aquellos días raro lujo, pero sí lo tenía don Arturo Cañas, cordial vecino, propietario de modesta bomba bencinera, quien nos abrió las puertas de su casa a un grupo de muchachos “serios”, como parecíamos en aquellos días.

Sería absurdo pretender hoy que los jóvenes entendiesen el auténtico pasmo que significó para nosotros ver, en blanco y negro, aquellas veintidós figuras atléticas que se movían sobre el césped grisáceo, detrás de la oscura bola de cuero, más pesada que la de ahora, provista de una cámara de goma inflable en su interior, que al perder aire se transformaba en una especie de animal fofo y torpe que se negaba a obedecer las órdenes transmitidas de cerebro a pie... Pese a todo, la selección de Chile obtuvo un honroso tercer puesto.

En el concierto deportivo mundial –no sólo en el fútbol- nos alegramos muchísimo con las menciones honrosas, como esos poetas de provincia que cuelgan el diploma de algún certamen nacional junto a las fotografías de sus seres queridos, para admiración de los amigos íntimos y reforzamiento de la autoestima. Desde 1962 han transcurrido doce campeonatos mundiales de balompié… Este de 2014 sería el número trece después de aquella actuación extraordinaria de nuestros empeñosos mestizos. Pudiera ser un número agorero, una “cábala” –como dicen los periodistas deportivos- a la que aferrarnos en espera de un milagro, que algunos ilusos compatriotas ya anuncian: el primer Campeonato Mundial de Fútbol para Chile… Mi escepticismo, acentuado bajo las alas inmisericordes de Cronos, me dice que la selección chilena no aprobará ni siquiera la etapa clasificatoria de tres partidos. Quisiera equivocarme.

De los mundiales vistos ya con tecnología confiable, los que recuerdo con nostalgia son: el de 1970, con el triunfo apabullante de Brasil; y el de 1986, con la hazaña futbolera de Maradona y los suyos, aunque haya habido un gol argentino con la mano, en contra de los muchachos de la “pérfida Albión”. Ambos los presenciamos en compañía de nuestro padre Cándido, cuya afición al fútbol nunca fue la de hincha furibundo, como ahora se estila, sino de quien disfrutaba las buenas jugadas y era capaz de aplaudir incluso las habilidades de los rivales. El gallego no había perdido el espíritu laureado de Píndaro…

Con el próximo mundial en Brasil, quizá más que antes, el mundo entero de ha vuelto una pelota que gira y se desplaza, sin rumbo, de manera caótica y asaz controvertida. Por un lado, la prensa deportiva internacional, jugando su propio certamen de intereses económicos, junto a los agentes publicitarios y a los poderosos estamentos de ese desaforado negocio que es el fútbol internacional, procura encantarnos con la mal llamada “fiesta deportiva planetaria”, que va pareciendo más una tragicomedia que un jolgorio de los pueblos, cuyo espíritu deportivo –si es que alguna vez lo tuvo- no es más que pugna sorda y oscura entre quienes especulan y se benefician con el dinero dispendiado a raudales, exhibiendo hechos vergonzosos e injustificables ante la miseria del prójimo, como el de un jugador argentino –sin duda habilísimo en la cancha- que percibe un salario mensual superior a los mil millones de pesos chilenos. Es la otra cara de la moneda del dios Creso.

Las protestas sociales en Brasil serán conjuradas por la anuencia tácita de dos poderes: el de las fuerzas armadas, brazo utilitario de un gobierno ineficaz, y el del narcotráfico, que ve en peligro un formidable negocio servido por quienes debieran ser sus enemigos. Si “el fútbol une a los pueblos”, como afirmara cierto periodista colorín y bobalicón, también es capaz de coludir voluntades perversas.

Tales aberraciones se muestran como la proyección legítima de un posible logro similar para millares de niños y jóvenes, que sueñan con pertenecer a la elite de los grandes peloteros privilegiados, sea en América del Sur, en África, en Asia, en Oceanía o en Europa… Es como el “sueño americano” vuelto esfera giratoria y botante para los innumerables emprendedores pedestres… Ya no es necesario aspirar a que los hijos o nietos vayan a titularse de abogados, ingenieros o médicos prósperos… ¿Para qué? Se ha revertido la negatividad del concepto de “hacer las cosas con los pies” o “meter la pata”.

Por el contrario, hay que emprenderlas con las extremidades que nos sostienen como androides de pie, y no con las manos, como se nos enseñara en épocas remotas… La manu-factura será sustituida por la pata-factura, con resultados espectaculares, a la vista de todo el mundo empelotizado… Podemos regodearnos con cifras quiméricas, mientras contamos las monedas para comprar el pan. Sucede también cuando jugamos a la lotería… Algo así expresaba un personaje de Bernard Shaw, sencillo trabajador que repudiaba la ideología laborista, prefiriendo la quimera gozosa del capitalismo a cualquier certeza de medianidad económica.

Una voz crítica me advierte: -¿De qué te sirve tanta lectura y tanto ejercicio crítico, si en diez días más vas a terminar gritando como energúmeno frente al televisor?

Carezco de respuesta, apreciado lector, pero sé a ciencia cierta que el viernes 13 de junio estaré frente a la pantalla azulada, mirando con atención las evoluciones de nuestros once valientes paladines en el campo de juego, alentándolos y sintiendo en cada jugada las palpitaciones del corazón, el ardor en las mejillas y el resuello agitado del asma después de perder el balón en la puerta del arco… También escucharé la reprimenda cordial de mi buen hermano Toño: -“Concéntrate en los pases, huevón…”-

Es que el mundo se ha vuelto pelota… Si hasta el mismísimo Papa es hincha declarado de “San Lorenzo de Almagro”… Quizá yo también me esté redondeando, como ese balón colorido que llaman “brazuca”, y que muchos temen se vuelva una granada de mano en las rúas brasileñas donde antes solía estallar la alegría de la samba.



Edmundo Moure
Junio 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 03-06-2014 00:29
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Concurso de Relatos Breves do Lar Galego de Santiago de Chile

Reproducimos o texto que obtivo o primeiro lugar no Concurso patrocinado polo Lar Galego de Chile, a principal agrupación asociativa dos galegos en Chile con motivo do III Concurso de Relato Breve Rosalía de Castro, que organiza dita Corporación en torno á celebración das Letras Galegas.
O autor da narración gañadora do concruso é Fernando Moure Rojas, irmán do noso habitual colaborador Edmundo Moure que foi quen de facilitarnos dita nova.


SIL


El primer perro de mi padre era mestizo; hijo de la loba Marota y del macho principal de su hogar campesino en las montañas boscosas de Galicia. Esta loba llegó de pequeña, a consecuencia de que el abuelo descubrió la madriguera de la camada después de haber cazado a la madre en una trampa; ahogó en el estero cercano a las crías y dejó sólo a una hembra para cruzarla con su sabueso y así lograr una descendencia más fiera, que sirviera para proteger la casa, las caballerizas y el ganado de posibles incursiones de bandidos. Su primer perro-lobo se llamó Sil, que es el nombre del torrentoso río que baja por un profundo cajón montañoso y es afluente del Miño, al que aporta caudal superior al que trae éste; tanto así que existe un dicho: El Sil aporta el agua y el Miño la fama. El día de su séptimo cumpleaños, mi padre recibió de regalo del abuelo a Sil, quien llegó a ser el amigo más fiel y con quien más horas compartía. El muchacho tendría trece años cuando debió abandonar su lar para cruzar el Atlántico con destino a Sudamérica, en su emigración de por vida. Cuando amaneció la terrible jornada en que mi padre debía dejar su tierra para siempre, ya llevaba dos días llorando sin consuelo; tanto él como su can apenas habían comido. Al momento de la partida, el llanto del niño hacía coro con los ladridos y gimoteos del pobre animal, quien intuía que el destino les separaría. El abuelo se vio forzado a arrebatarle a Sil de los brazos y lo amarró a uno de los pilares de la bodega al fondo de la aldea. Sin embargo, el perro cortó la cuerda que lo mantenía atado tras varias dentelladas y ayudándose con sus garras, y siguió horas más tarde a los carruajes que transportaron toda la parentela con sus enseres hasta el puerto de Vigo, a unos ciento y poco kilómetros de distancia. Se contaba en la familia que aquel perro, desde el zarpe y hasta varios meses posteriores, permaneció echado en el muelle sin quitar la vista del horizonte; tiempo después le vieron desaparecer monte arriba y bosque adentro, donde retornó a su estado salvaje. Los aldeanos relataban que en las noches de luna llena bajaba cerca del caserío y se escuchaban sus aullidos, que sonaban más parecidos a lamentos y llamados que no encontraban respuesta. Para aquel niño que era mi viejo, perder su tierra y su can significó un mismo doloroso duelo....
En Chile mi padre tendría una larga descendencia y un número significativo de perros que -por lo bajo- la triplicó. Una cliente de mi padre, anciana de ascendencia germana, tenía un criadero de ovejeros o pastores alemanes. Un día ella lo visitó trayéndole una propuesta para pagar su antigua deuda; negoció y llegó a acuerdo con él ofreciendo a cambio de su obligación entregar un perro. Él se sentía un hombre muy afortunado; no por recuperar esa cuenta que hacía años había dado por perdida, sino que por recibir un ejemplar de aquella magnífica raza. Mi viejo visitó el canil y eligió un macho de alrededor de cuatro años que había pertenecido a un oficial de Carabineros en retiro y había sido amaestrado por éste. No era el ovejero de mayor porte ni prestancia; tenía una oreja caída y le faltaba un pedazo de la otra, era menos ancho de ancas que otros ejemplares de su edad, y su lomo negro estaba descolorido por un tono amarillento pajizo. Todas esas características podrían haber puesto en duda la autenticidad de su pedigrí. A pesar de ello mi padre lo escogió, porque al tratar de hacerle cariño en la cabeza el animal le dio un tremendo tarascón en una de sus manos, cuyos colmillos quedaron grabados para siempre en dibujo similar a un tatuaje, marca que exhibía orgulloso en su círculo de amigos. Mi padre no se inmutó y permaneció impávido cuando el animal le desgarró la piel; simplemente chupó la sangre que escurría hacia su brazo sin quitarle la vista a su agresor. Se produjo allí una potente conexión entre ambos, con la que el amo se ganó para siempre el respeto del animal al no mostrarle ni un atisbo de temor ante su fiereza. La veterana permanecía inmóvil desde la escena de la mordida, sin pestañear, y en su rostro iban combinándose desvaídos tonos blanquizco-verdosos. Aunque mi viejo nunca compartió el motivo, estábamos convencidos que escogió el animal porque su ferocidad le conectó con el perro-lobo de su infancia. Eso pareció confirmarse cuando dejó escapar un pensamiento en voz alta: -Le pondré el mismo nombre. Sil. Sí, se llamará Sil- dijo convencido. La señora alemana, como si despertara de una pesadilla, preguntó: Perdón, ¿qué ha dicho? Mi viejo, pasando por alto que la anciana seguía al borde de un desmayo, contestó sin más: -Este es el que quiero- y agregó: -Además le compro una hembra. Y mirándome a los ojos, acompañado de un guiño, me comentó a media voz: -Para que le haga compañía a Sil y nos regalen hartos cachorros- y dándome un palmetazo en la espalda se dibujó en su rostro una amplia sonrisa. La nueva pareja de canes se apropió de cada pedazo del sitio de la quinta, demarcando todo su territorio. Con los miembros estables de la familia mostraron una gran docilidad. Sin embargo, para protegernos daban pruebas fehacientes de su bravura; jamás ingresaron amigos de lo ajeno al sitio y quienes requerían entrar por su trabajo desistieron de hacerlo. Sil había adquirido cierta fama en el barrio por su bravura. Un día cualquiera, un respetable cliente frecuente de mi padre se trabó en una larga discusión con él sobre cuáles eran las razas de perros más bravíos; la disputa verbal se zanjó con el desafío de enfrentar al sabueso del cliente con Sil, lo que fue aceptado por mi viejo. El combate sería en la cancha que había en nuestra quinta; en su interior se cerró un espacio con sacos de aserrín para no dar chance a alguna bestia de rehuir a su rival. El dóberman rival lucía imponente: fina estampa, brillante pelo negro, sin cicatrices, buena estatura, brioso, sólida musculatura y nervios tensos, mandíbula con impresionantes colmillos y más joven que Sil, quien lucía inquieto y cansado. Echaron los perros al improvisado ruedo. Con mis hermanos temblábamos. El peligroso visitante parecía apropiarse del espacio y tomar la iniciativa; Sil a la expectativa y sin quitarle la vista esquivaba los tarascones. Así estuvieron varios minutos, con el afuerino hostigando feroz y el local eludiendo los asaltos. Apareció sangre en ambos canes. La pelea acentuaba su fragor. El continuo choque entre las bestias levantaba nubes de polvo; los sacos se tambaleaban. El dóberman llevaba las de ganar y su dueño sacaba cuentas alegres; estaba excitadísimo, ufano y exultante. En mi viejo había preocupación por la evolución de la pelea y molestia con los alardes del cliente. El contendor arrinconó a Sil, quien exhausto e inmóvil daba la impresión de haberse entregado. El primero le acertó al segundo un par de severos mordiscos; Sil resintió el embate con dificultad y se sostuvo apoyado sobre sus cuartos traseros. Al tomar ventaja, el dóberman retrocedió unos centímetros, recogiéndose para su acometida final; en una fracción de segundo Sil cubrió el espacio que los separaba y cogió por abajo del cuello al oponente, más un giro simultáneo que le hizo caer sobre el otro animal y mantenerlo limitado de movimiento; Sil lo sostenía sin soltar y apretaba más y más su mandíbula. Así estuvieron cerca de un minuto, las dos bestias inamovibles cual escultura de piedra. Con el dóberman sin defenderse surgieron los gritos del dueño: -¡Detengan la pelea, por favor! ¡Lo va a matar! Mi padre abrió los brazos en señal de prohibir el ingreso al campo de batalla antes del desenlace. Transcurridos unos segundos con su adversario inmóvil, Sil lo soltó y trotó con sus últimas fuerzas para subirse a los sacos próximos a mi padre, quien extendió sus manos para recibirlo y éste se las lamió satisfecho. El dóberman quedó tendido sin vida. Su amo entró cabizbajo, lento como si llevara una enorme carga y levantó el cadáver de su guardián abrazándolo. Había lágrimas en sus ojos cuando se retiraba, lo que hizo en completo silencio, amargado y vencido en su amor propio.

Dos años más tarde mi padre cayó enfermo. Era muy extraño encontrarle en cama, postrado, falto de energía, silencioso como si sólo su cuerpo permaneciera en el lecho y todo el resto suyo en algún recóndito lugar. ¿Viajaría con sus ojos entrecerrados a través del tiempo, a correr con su perro-lobo de niño por los campos de trigo recién cegados, o loma abajo sorteando gigantescos castaños que formaban extensos y umbríos bosques? Nunca nos compartió sus sueños; sólo nos hablaba del paraíso perdido de su niñez, en el cual su Sil originario había sido actor principal, a la vez causante inocente de su primera tristeza que soportaría de por vida. Eso explicaba la presencia constante en sus estados de ánimo de la morriña; esa emoción única que sufren los emigrantes gallegos -incomprensible para foráneos- mezcla difusa de nostalgia por recuerdos que se aman y de tristeza por la pérdida del lugar que se es oriundo, siempre añorados. La mañana en que no fue capaz de levantarse, los perros se mostraron inquietos, excitados e impacientes; giraban alrededor de la casa yendo y viniendo sin propósito aparente ni destino alguno; percibían lo que sucedía a mi padre y sentían los mismos padecimientos. Nuestro viejo se fue apagando y consumiendo como una vela. Los animales no se movieron más de la terraza aledaña a su dormitorio, así que hubo que darles el alimento allí. Se levantaban cuando sentían abrirse la puerta y se acercaban a quien saliera en actitud de pregunta respecto a la evolución del amo. Mi padre se durmió para siempre dos meses después de haberse indispuesto con las primeras fiebres. Sucedió una noche en que no había luna llena; lo menciono porque los perros aullaron igual que lobos, quizás anticipándose como suelen hacerlo cuando su sensibilidad detecta la inminencia de un cataclismo; así vivieron ellos aquel final. Cuando fuimos a dejar a mi viejo en su última morada, Sil siguió el cortejo hasta el cementerio. Se echó al lado de la tumba de mi padre y entonces no regresó más a casa.
Hay noches en que escucho unos ladridos lastimeros y me asomo al balcón para mirar en la dirección de donde vienen. Permanezco quieto, con los ojos cerrados, y pienso que es Sil que me habla desde el más allá. ¿Tal vez desde el cielo de los perros?

Fernando Moure Rojas
17 de mayo 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 28-05-2014 02:45
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MEMORIA OLFATIVA

De "El laboratorio y la señalización en seguridad y salud. Conceptos generales M.García Rosell


LA MEMORIA OLFATIVA



Entras en un ascensor y te llega de súbito un olor a líquido de limpieza, lo que llamábamos “brasso” en los días de la infancia, al parecer el nombre de una marca que se volvió denominación universal, y ves en la interminable película de la memoria a la abuela, sentada frente a la mesa del comedor, con los finos cubiertos desplegados y un paño amarillo con el que limpia aquellas piezas de plata o de plaqué o de peltre, quizá, con sus finas manos alargadas, en paciente morosidad, y las va colocando en una caja con espacios para tenedores, cuchillos, cucharas, según tamaño y destino preciso del difícil oficio de comensalía.

A veces entras en un espacio que huele parecido a un hostal donde te alojaste en Lugo, hace mucho, y regresa la sensación agridulce de la nostalgia, porque allí estuviste solo y nunca se te ha dado bien la soledad, aunque a menudo te encierres en el nimbo cerrado de la lectura o de la escritura… Es para ti imprescindible la compañía, sobre todo la presencia femenina. ¿Cómo concebir la vida desprovista de una mujer, de sus aromas, de sus olores amatorios y domésticos?

Cuando vas a la ferretería, a comprar algún adminículo u objeto para reparaciones caseras, tienes que detenerte en busca de la serenidad, porque son demasiados los olores que ingresan a las glándulas olfativas, pugnando por su decodificación memoriosa… La creolina, con su oliscar intenso, picante e invasivo, te recuerda la vieja ferretería del Paradero 27, y otros efluvios intensos, como el aguarrás, el diluyente a base de piroxilina, el aceite de linaza, dulzón y resinoso como los pinos radiales… La creolina te recuerda el baño de los canes, en la mañana del sábado, cuando llenábamos de agua y viscoso líquido desinfectante, un ancho recipiente metálico e íbamos metiendo, uno a uno, a nuestros fieles perros… La Diana no rehusaba el baño, coqueta y melindrosa, parecía alegrarse ante la perspectiva de una piel limpia y lustrosa; el Sil gruñía su disgusto, pero aceptaba el higiénico fregado, bajando la cola en ademán de resignada sumisión… En cambio el Cofi, perdiguero de buena raza, era alérgico al agua, y apenas sentía el fuerte olor de la creolina, arrancaba a perderse, y había que sacarlo a tirones de algún escondrijo, como podía ser debajo de mi cama. Los perdigueros o gracos, suelen ser asiduos al agua fresca, pero yo creo que Cofi tenía ancestros franceses.

Y si de Francia se trata, hay un autor que te atrae con predilección. Es Louis Ferdinand Celine, maestro de la narrativa, recurrente en los tópicos de la escatología… Y no me refiero a la vida ultraterrena, sino a las instancias terrenales de los detritos humanos, a las exudaciones corporales, a las evacuaciones nauseabundas, que el parisino repite hasta asquear al lector, aunque siempre hay un destello lúcido o poético que puede sacarte –en sentido literal- de la mierda que recorre páginas de escepticismo y desencanto frente al sucio animal humano que somos. Así, el joven personaje (autobiográfico) de la novela “Muerte a Plazos”, habla y describe sus propios hedores con una fruición que a ratos suena patológica. Parece que oliéramos su ropa interior, sus calcetines, sus pies que solo lavaba el día sábado, si es que su madre, jofaina y toalla en mano, le conminaba al aseo personal. Por otra parte, tanto él como otros personajes del libro, vestían camisa blanca, corbata y ternos convencionales, según práctica burguesa y laboral, aunque no se dieran la ducha diaria que a nosotros no debe faltarnos… Bueno, a veces, si puedo, me salto el baño matinal porque creo, al igual que mi recordado padre gallego, que la ducha cotidiana es un invento gringo que, con tanto jabón, agua caliente y sobajeo, debilita las defensas cutáneas y estraga la piel… (Marisol no concuerda con esta peregrina teoría, y su olfato finísimo puede transformarse en implacable enemigo de la incuria higiénica).

Pero hay aromas y olores gratos que resultan incomparables y necesarios para la estética sutil del olfato. Uno de ellos es el hálito del mar, más intenso en el océano Pacífico que en el Atlántico, y aun que en el mar Cantábrico, según mi experiencia. Hay una hermosa palabra gallega, marusía, que nos hace sentir en las fosas nasales las invisibles partículas salinas que las olas hacen estallar en sus constantes abrazos con la arena de la playa… El aroma del tocino en la preparación de una tortilla española, el olor penetrante de los jamones y chorizos que cuelgan en la bodega de la casa de A Touza; el olor del heno recién cortado que la campesina carga sobre el carro; el inigualable aroma del pan que cada mañana surge del horno y que trae, sobre su piel tostada, la imagen áurea de los trigales y el halo del viento seco que los agita al ponerse el sol.

El olor del recién nacido, con sus intensos efluvios augurales… Pero, sobre todo, el aroma de un cuerpo femenino en el umbral de la plétora amorosa…

Recuerdas a ese joven trabajador que aconsejaste para que se alejara de la empedernida bohemia, y te respondió, como si hubiese sido el mejor de los poetas: -“Profesor, yo no puedo evitar embriagarme con el olor de la noche”.

Pero también cabe oler el mundo en la madrugada, como si fuese una doncella desnuda, cubierta de rocío sobre la hierba temprana.


Edmundo Moure
Mayo 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 26-05-2014 10:03
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CAUSA DE MUERTE

CAUSA DE MUERTE


El misterio de la vida nos duele y nos aterroriza de muy diversos modos. Unas veces viene sobre nosotros como un fantasma sin forma y el alma tiembla con el peor de los miedos – el de la encarnación disforme del no-ser...

(Fernando Pessoa)

Múltiples son las causas de muerte, comenzando por la más segura e ineluctable de ellas: la decrepitud. Será por eso que mi primer maestro intelectual, don Alfredo Piola, afirmaba que su raíz estaba en el origen mismo de la vida, adhiriéndose así a la opinión unamuniana de que nacemos para morir. Según el ilustre rector de Salamanca, la cuestión fundamental que enfrenta el ser humano es la muerte y la quimérica resolución de su enigma, morigerado por la fe religiosa y la promesa de una existencia más allá de la finitud corporal, panacea articulada y erigida por el desasosiego humano frente al pavoroso misterio del no ser.

Vivimos en una sociedad que procura ocultar la muerte, eludirla a todo trance, maquillarla bajo distintos subterfugios, desde los “parques del recuerdo” hasta las pócimas y emulsiones para detener el natural deterioro del tiempo, pasando por las reparaciones quirúrgicas de la cáscara exterior... Y aunque sesudos físicos, y aun metafísicos de vario jaez, afirmen que el tiempo no existe, que es pura ilusión acotada en los márgenes de este micro espacio universal en que nos ha tocado la suerte –o la providencia- de existir, el espejo y el propio cuerpo desmienten aquellas teorías, al menos para esta forma de existencia, la única que hasta ahora conocemos.

A tales aberraciones de la cultura que nos rige, contribuye el constante paliativo de la estadística, herramienta aritmética que sirve para convencernos que las cosas no son tan malas como parecen, que ahora hay menos de esto y de lo otro, pero mucho más de aquello... La reflexión filosófica sobre las cuestiones esenciales de la condición humana ha sido sustituida por el recurso acomodaticio de las líneas esquemáticas, correspondan éstas a vaivenes de la bolsa de valores o a fluctuaciones de los índices de mortalidad, envejecimiento y supervivencia. La última de las encuestas en boga busca determinar cuáles son los ciudadanos más felices del planeta, si es que los hay en grupo o bloque, como si fuesen miembros de un idílico club de la alegría.

En 1930, ya se sabe, Josip Stalin afirmó, con la convicción irrebatible de su verbo omnipotente, que nunca los rusos habían sido tan dichosos como entonces… Bueno, puede que el oso georgiano se haya referido a los que sobrevivieron a las purgas, al genocidio y al desarraigo masivo de etnias. (Los ucranianos experimentan hoy la tortura viva de aquellos recuerdos históricos, ante los asedios imperiales de la Rusia post moderna y seudo democrática)… Hitler quiso hacer felices, a lo menos, a un millón de germanos, suministrándoles igual número de escarabajos Volkswagen, pero la urgente producción de tanques le impidió cumplir la promesa.

Y claro, no es lo mismo morir de diabetes, por exceso de comida, en las urbes del primer mundo, y aun en ciudades del segundo o tercero, como pudieran ser algunas de Latinoamérica, que fallecer de sed e inanición, o de enfermedades infecciosas –incluyendo el Sida de transmisión sexual- en las exhaustas praderas de África o en las hacinadas ciudades asiáticas. Otra variante posible es la de ser acribillado por narcotraficantes en una urbe mexicana.

El fin inexcusable es el mismo, pero se trataría de vivir mejor dentro de esa arbitraria medición de Cronos, que va desde la epifanía al oficio de difuntos, aunque esta ilusoria calidad diste mucho de ceñirse a los ideales utópicos de una existencia en plenitud de virtudes, como preconizaran los grandes filósofos de la Antigüedad, o similar a la que recomendara, a partir del amor al prójimo, el dulce Nazareno, crucificado por mandantes del Reino de este Mundo.

Entre la virtual maraña de cifras, especulaciones y asertos contradictorios con que se nos bombardea en esta “sociedad de la comunicación”, destacan datos irrefutables, como las principales causas de deceso, atribuidas, en orden de importancia, al tabaquismo, al alcoholismo y al consumo de alimentos de alto contenido graso, y a los diversos tipos de cáncer terminal... No obstante, la producción de tabaco y la venta de cigarrillos sigue siendo excelente negocio, pese a que en las cajetillas se explicite imágenes de atroz realismo, como las encías tumefactas o los alvéolos pulmonares corroídos por la mezcla letal de alquitrán y nicotina, o el patético rostro, semicubierto con una mascarilla de oxígeno, del enfermo que pugna por rescatar el último hálito, arrepintiéndose a destiempo de aquellos instantes de fruición en que dibujaba azules volutas de humo, como si repitiera los bobalicones versos del tango “Fumando espero”.

Son hábitos consagrados por la cultura y aun por la fe; en el caso del vino, bendecido tanto por su vieja exhortación dionisiaca de La Odisea, como por su transformación evangélica en la sangre de Cristo, mediante el sacrificio de la misa; respecto al tabaco, afinidad difundida a partir del descubrimiento de Vasco Núñez de Balboa, el primer fumador en la humosa tradición de occidente, comercializada con eficacia por el emprendedor inglés Walter Raleigh…

Y no nos habíamos referido al opio, estupefaciente servido en fumaderos públicos que contribuyera al enriquecimiento del imperio británico en el siglo XIX y al apogeo victoriano en todos los ámbitos del quehacer humano, incluidos los del arte, sin parar mientes en el deterioro físico y moral ni en la muerte prematura de su abigarrada clientela asiática, y de millares de adictos europeos y aun americanos, algunos de renombre artístico y literario, como Thomas de Quincey, quien escribe en su breve libro “Diario de un inglés consumidor de opio”: Allí me persiguieron durante años fantasmas tan atroces, como los que rodeaban el lecho de Orestes y en algo fui más desgraciado que él, pues el sueño que a todos trae descanso y refrigerio derramó un bálsamo bendito sobre su corazón herido y su cerebro alucinado, y para mí, fue el más amargo de los flagelos…

Y si de fantasmas se trata, cada día se nos amenaza con distintos espectros acechantes... Acabo de escuchar sobre la existencia de uno terrorífico, llamado «furano» (¿acaso hijo de las Furias que sirven a la Parca ?), un compuesto orgánico cancerígeno que se encuentra en muchísimos alimentos elaborados... hasta en las otrora inocentes galletas de agua o de soda, en el pan tostado, en los residuos que dejan en la sartén los huevos revueltos... ¡No hay salud, ciudadanos !

De los trangénicos, mejor ni hablar, porque hay quien asegura que yo mismo soy fruto de una combinación arbitraria y abusiva de genes descarriados... En cuanto a la posibilidad del suicidio, como causa eficiente, me quedo con las reflexiones lúcidas de Albert Camus, que apuesta por la vida. Y es que la muerte acosa y atrae de diversas maneras y nos escruta en los senderos que se bifurcan, tras espejismos elaborados con infinita paciencia. Todo este juego absurdo por evitarla se transforma así en un baile de máscaras que hoy linda en lo grotesco.

Por una parte, las fuerzas productivas se coluden para aniquilar toda existencia en el planeta, en aras de un supuesto progreso, desenfrenado y suicida, porque carece de fines valederos; por otra, los avances de la ciencia, en el ámbito de la salud, y las numerosas instancias ecológicas, pugnan por la preservación de la vida, enfrentándose a corifeos y guardianes del capitalismo salvaje...

En los países con mayor nivel de desarrollo –asimismo en el nuestro-, la expectativa de supervivencia ha crecido en varios años, pero tampoco este incremento cronológico pareciera conllevar el ascenso de la felicidad «media», que también luce rango estadístico.

Otro factor a considerar como causa de muerte efectiva es el odio, que mora en el corazón de los hombres, pudiendo devenir cancerígeno, ulceroso y metastásico... Es cosa de dar vida a su pólvora, con un simple chispazo de muerte, a veces con una mirada de torva inquina, o con el filo de un puñal que se guarda bajo el poncho. (Alguien me susurra en el oído que también hay amores que matan).

Causa significativa de muerte puede ser la fe fundamentalista, como lo afirma este anónimo musulmán que recoge Max Aub en sus Crímenes Ejemplares : -«Es tan sencillo: Dios es la creación, a cada momento es lo que nace, lo que continúa, y también lo que muere. Dios es la vida, lo que sigue, la energía y también la muerte, que es fuerza y continuación y continuidad. ¿Cristianos éstos que dudan de la palabra de su Dios? ¿Cristianos ésos que temen a la muerte cuando les prometem la resurrección ? Lo mejor es acabar con ellos de una vez. ¡Que no quede rastro de creyentes tan miserables!».

Y si nos servimos de la paradoja hasta las últimas consecuencias, diremos que la principal causa de muerte sería la vida misma... Por eso, el poeta Álvaro Cunqueiro escribe su conjuro en un verso elusivo, pero esperanzador: «Procuren un lonxe ou un ningures os camiños onde morrer» (Procuren una lejanía o un lugar inexistente los caminos donde morir). Y el vate así lo escribe, desde la primavera, donde se renace de la consunción invernal, recogiendo el eterno mito de Ofelia:


De quen fuximos? Quizaves, dime, a cinza
non rexeita a garrida mocedade e o sangue?
En abril e maio non hai cinza, dicen.
Fiquemos, amigo, sob das azas de abril.

(¿De quién huimos? Quizá, dime, ¿la ceniza
no rechaza la espléndida mocedad y la sangre?
En abril y mayo no hay ceniza, dicen.
Permanezcamos, amigo, bajo l
as alas de abril.)



De la muerte no cabe huir, porque desconocemos la fecha y hora de su cita inevitable, sino dejarla pasar en silencio, o verla venir esbozando una sonrisa, como barca y pasaje al puerto que a todos nos aguarda.


Edmundo Moure
Mayo 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 20-05-2014 18:14
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ELSA
E L S A


“Viajero, no vayas a Galicia… Se te quedará prendida para siempre en el corazón"


De esto hace treinta y un años. Fue en mi primer viaje a Galicia, mayo de 1983, primavera lluviosa en la tierra de mi padre, atmósfera relatada con maestría en la célebre crónica de García Márquez, escrita en esa época… Llegué a Compostela el 12 de mayo... Estuve tres días recorriendo la urbe de piedra, mientras repetía en silencio los versos de Federico: “Chove en Santiago, meu doce amor/ camelia branca do ar brila/ entebrecida ao sol/ Chove en Santiago na noite escura/ herbas de prata e de soño/ cobren a baleira lúa…”. La ciudad del Apóstol hechiza a primera vista; hay una nostalgia de sus calles y portales pétreos que no te abandonará. Esto lo vivieron, primero el granadino universal y luego el ilustre colombiano de Macondo.

Viajé después al puerto de A Coruña, donde conocí a Antonio Cela, propietario de un bar en la calle Antonio Viñes. A una de sus mesas me senté, durante los cuatro días de mi estada, para comer y tomar notas de viaje que luego iban a plasmarse en “La Voz de la Casa” y “Gente de la Tierra”… El nombre Antonio es como la advocación de la buena amistad… Me alojé en casa de doña Milagros, en ancha y cómoda habitación que tenía un enorme ropero, con estampas de la Virgen y un rosario del peregrino que me hicieron recordar entonces a la abuela Fresia. Doña Milagros me agasajaba con desayunos memorables y por la noche me ofrecía café con oruxo o una copa de ribeiro frío.

Durante los cuatro días llovió a cántaros en la ciudad de Breogán y de María Pita; desde mi arribo en Lavacolla llevaba siete jornadas en las que no había visto el sol, pero si algo aviva mis emociones poéticas, es la lluvia, y la mejor de todas es la gallega, con su irrepetible y morosa cantiga sobre las losas de piedra.

Una mañana abordé el tren que me llevaría a Lugo, la “bien murada” descrita por la memoria de mi padre. Desde allí, cogería el autobús a Chantada, para seguir hacia Carballedo y Santa María de Vilaquinte, hasta el casal de A Touza, donde me esperaba la casa en donde había nacido pai Cándido, un 12 de febrero de 1912. Me ubiqué en el compartimiento y me puse a escribir antes de que el tren se pusiera en marcha. En eso estaba, absorto, cuando percibí de soslayo el paso de una figura femenina que tomaba ubicación enfrente mío. Un suave perfume y el hálito de frescura temprana inundaron el pequeño espacio. Alcé los ojos y la miré. Menuda, de cabello castaño y grandes ojos negros, labios encarnados, nariz fina y alargada, vestía impecable blusa blanca y falda azul marino. Desplegó las hojas de una revista de modas, aunque solo parecía observar con indiferencia el paisaje, a través de los vidrios que la lluvia comenzaba a oscurecer… En el destello de su mirada latía algo de tristeza.

Me preguntó la hora y así comenzó nuestro diálogo, desde la futilidad acotada del tiempo. -¿Es usted argentino? -No –le respondí, soy chileno… -Ah –me dijo, tengo un primo que trabajó unos años en Valparaíso, y luego marchó a Buenos Aires, donde vive ahora con su familia… Administro una pequeña tienda de modas en Lugo, mi ciudad natal… -Yo soy escritor –le dije- y he venido a Galicia para conocer la patria desde donde emigró mi padre, y visitar la casa petrucial de A Touza.
El tren serpenteaba en medio de las verdes colinas lustrosas de lluvia. Le pregunté por el nombre de unos árboles de tronco blanquecino, esbeltos como grandes juncos mecidos por el viento. –Son abidueiras, o bidueiras; su nombre procede del latín betula alba –me dijo, y agregó su nombre castellano: abedules… Pensé en mi deuda con la lengua gallega, sólo conocida antes a través de mi abuela paterna, de mi padre y de mis tías gallegas, un idioma deteriorado por la diglosia, con sus reminiscencias campesinas de la Galicia profunda y el prestigio de los poemas de Rosalía, Curros y Pimentel, que mi padre solía leernos en voz alta, en la extraña evocación de la morriña remota, como si su desarraigo se aferrara al sostén ingrávido de las palabras… Es posible que él me lo hubiese explicado antes: “Distínguese perfectamente pola súa cáscara branca, as follas romboidais e estar a beira dos ríos galegos. É moi abondoso en Galicia. Está en primeira liña de río, despois dos salgueiros e amieiros”.
-¿Tienes dónde alojar en Lugo –me preguntó Elsa. –No, le respondí –pero buscaré un hostal barato… -Iremos primero a mi apartamento –dijo Elsa, comeremos algo y luego te llevaré a un buen sitio que conozco.

Vivía en amplio piso, en un edificio recién construido desde cuyo balcón se veía, anchuroso y señorial, el río Miño. –Vivo aquí, sola… –me informó, mi ex marido es un hombre mayor, con negocios agrícolas en Ourense… Estamos separados hace cinco años y no tuvimos hijos, porque yo soy estéril… Suspiró, mientras sus ojos parecieron perderse en la lejanía. –Mantengo con él una relación de cordialidad civilizada… Su sonrisa me regaló la perfecta albura de sus dientes.

Elsa cocinó una olorosa tortilla, con pimientos y papas doradas. Me alcanzó una botella de Mencía que destapé, escanciando las copas. Brindamos y bebimos. Contamos uno al otro lo que nacía en el flujo ávido de las palabras. –Si quieres puedes dormir aquí esta noche –me dijo, con afectuosa naturalidad- y mañana buscaremos con calma un hostal. –Elsa –le dije- tú a mí no me conoces, soy un extranjero, un sudamericano con el que te has topado por casualidad en el tren… -Me ha bastado mirarte a los ojos para saber quién eres –me respondió.

Al día siguiente fuimos al hostal. Luego me llevó a descubrir Lugo, como eficiente y singular guía turística. Comimos en el Mesón de Alberto, un lugar del que yo tenía referencias literarias por Camilo José Cela y Álvaro Cunqueiro. Después recorrimos el paseo junto al Miño, para rematar la jornada en la librería Balmés, donde compré un ejemplar de “La casa de la Troya” y otro de “Merlín y Familia”.

Tres días más tarde viajé con destino a la Casa, en A Touza. Le había sugerido a Elsa que me acompañase, pero respondió, escueta y certera: -Ese encuentro con tus raíces gallegas debes experimentarlo solo, sin distracciones… Nos dijimos adiós en la estación de autobuses. Al llegar a Chantada, un esquivo sol asomó sus guiños entre las nubes.



Dos años más tarde volví a Galicia, en mi segundo viaje. Esta vez yo venía como ponente del Congreso Rosalía de Castro e o seu Tempo, que se inauguró el 15 de julio de 1985, en Compostela, acompañado de mi amigo chileno, José López. Terminado el congreso nos dirigimos hacia A Touza y disfrutamos allí un grato fin de semana con Eladio y María, Ramón, Giralda y José Manuel, Conchiña y otros paisanos cuyos rostros dibuja hoy mi memoria, procurando revivir las sílabas huidizas de sus nombres. El lunes por la mañana viajamos a Lugo. Yo quería volver a encontrarme con Elsa.

Los tres recorrimos juntos las calles de Lugo. Elsa nos invitó a un lugar especial, en donde había encargado previamente un “xantar de bispos”. Comimos como mandan los dioses lares, durante cuatro horas, entre la conversación y los brindis sucesivos. Pero la tristeza parecía haberse posado con mayor intensidad en los ojos de Elsa. Se veía pálida y en extremo delgada. Mientras mi amigo José López cumplía menesteres de servicio impostergable, le pregunté a ella por su estado. Me respondió que estaba enferma de gravedad y sometida a un largo tratamiento… -Pero no quiero hablar de eso ahora –me dijo con resolución, como si aventara un mal presagio. –Disfrutemos lo que nos queda –agregó- con una sonrisa que me supo a un adiós postrero.

La dejamos en la puerta de su apartamento. Nos despedimos de ella en silencio, con súbito recato. Cada vez que me era posible, telefoneaba a Elsa desde Chile. Pasaron para mí varios años de afanes y crisis… Al cabo, en un lapso de tres meses, mi llamada resultó inútil, hasta que del otro lado de la línea, una voz de mujer mayor me dijo, fríamente: -Elsa ya no vive aquí. Nosotros adquirimos el piso… -¿Tiene usted alguna referencia de ella, algún número telefónico? –No. Ninguno –me respondió, seca y cortante como una mujer despechada.

Pasaron trece años para que yo pudiese regresar a Galicia –hablo de regreso como si yo fuera un reincidente Ulises en busca de su Penélope galaica-.

No supe más de Elsa, aunque en 1998 y 1999 volví a recorrer las calles de Lugo, esperando que apareciera, como esas figuras ensoñadas que se aguardan en el andén y de pronto surgen entre los anónimos pasajeros de la estación.

Cada vez que renuevo el rito incomparable del viaje en ferrocarril, recuerdo la figura de la bella modista, deslizándose en mi compartimiento. Si no fuera por aquellas dulces palabras en lengua gallega, que el recuerdo ha guardado en gozosa y recurrente prosodia, pensaría que aquello fue un sueño al que yo otorgué un dulce nombre de dos sílabas: Elsa.


Edmundo Moure
Mayo 12, 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 13-05-2014 23:55
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