A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


Visitas (desde o 05/08/2010)





Únete a nós!
comisionsuarezpicallo@gmail.com
 CATEGORÍAS
 GALERÍAS FOTOGRÁFICAS
 RECOMENDADOS
 BUSCADOR
 BUSCAR BLOGUES GALEGOS
 ARQUIVO
 ANTERIORES
 DESTACADOS

PASTEL DE CHOCLO
Neste artigo o noso colaborador -desde Chile- Edmundo Moure, ao tempo que lembra o exquisto pastel de choclo que preparou a sua muller Gloria Marisol Moreno del Canto, recorda momentos e vivencias familiares mentras disfrutaba vendo o triunfo dos cataláns no partido Barça-Madrid o pasado domingo...


PASTEL DE CHOCLO



Ayer, domingo, cocinaste un exquisito pastel de choclo, gracias a este largo verano que ha hecho fructificar el maíz hasta los albores del otoño… Doce choclos grandes, pasteleros, una mata de olorosa albahaca (bella palabra árabe que llevaron los moros a la Península, junto a la benéfica planta), un kilo de carne molida, cuatro cebollas con su “escarcha cristalina y pura”, seis dientes de ajo, siete huevos duros, cien gramos de pasas y doscientos de aceitunas (árabe también el vocablo y sus aromáticas olivas)… “Aceituneros altivos, ¿de quién son esos olivos?” Doy los ingredientes, pero no los secretos de tu preparación, que es incomparable. Bien lo apreció nuestro buen amigo Gregorio Dobao, cordobés de nacencia, gallego de antergos y alemán de adopción, pese a que estos españoles peninsulares miran el maíz como alimento de puercos y gallinas… Mi padre le hacía asco a las indígenas “humitas” -o tamales, como les dicen en México-, pero aprendió a comer el pastel de choclo, éste que al primer bocado encantó a Gregorio… Lo acompañamos con un cabernet Medalla Real y todo fluyó como la buena conversa en un almuerzo memorable, aunque parezca refutarme Michelle Perrot, eximia escritora francesa, que en su libro “Mi Historia de las Mujeres”, escribe:
“Las mujeres dejan pocas huellas, escritas o materiales. Su acceso a la escritura fue tardío. Sus producciones domésticas se consumen más rápido, o se dispersan con mayor facilidad. Ellas mismas destruyen, borran sus huellas porque creen que esos rasgos tienen poco interés… Hay incluso un pudor femenino que se extiende a la memoria… Un silencio consustancial a la noción de honor.”
Pero esto va cambiando, poco a poco, ¿no es verdad?
Cuando nos conocimos, tenías treinta años de edad, venías llegando de la sabia y orgullosa Europa, y no sabías cocinar ni te interesaba lo más mínimo. Desde tu marcada condición de intelectual y filósofa, te reías de tus propias amigas chilenas, casadas y “dueñas de casa”, como decimos aquí en relamido eufemismo, para ocultar la condición secular de servidumbre bajo la tutela del varón.
En el Rincón de La Florida, donde nos fundamos como pareja, entre árboles y acequias rumorosas, preparaste un día “niños envueltos”, plato chileno de nuestra primitiva cocina, como dijera un chef internacional, que no es un guiso antropófago, sino unas hojas de repollo que envuelven lo que llamamos “pino”, sofrito de cebolla, ajo y carne molida, cocidas en olla o al horno, acompañadas de arroz graneado… ¿Recuerdas, amada, cuando serviste los platos en nuestra pequeña mesa de coligües, bajo el parrón, y observaste mi cara de sorpresa, y luego de pasmo, cuando intenté trozar aquella envoltura de repollo crudo, con sus hojas tiesas y duras como una cartulina? El arroz tampoco tuvo una cocción feliz; era una mazamorra blanca e insípida...
Los tiempos cambiaron y tus manos fueron habituándose a los menesteres culinarios, aun a contrapelo de tus inclinaciones especulativas y literarias, hasta el punto que ni Sol ni José María encuentran guisos y preparaciones mejores que los tuyos… También yo, que cargo con una tradición culinaria memorable, a menudo recordada y escrita en las imágenes de las tías gallegas, asociadas a los placeres de la buena mesa. Pero nada mejor que este pastel de choclo dominguero, que saboreamos hasta pasadas las tres de la tarde, coronado con una roja sandía de Paine… Te levantaste a lavar la loza, a limpiar los restos del sencillo banquete que nos habías regalado, mientras Gregorio y yo nos aprestábamos a disfrutar del partido de liga entre el Barcelona y el Real Madrid, batalla futbolera que tiene toda una historia de rivalidad que sobrepasa los marcos deportivos (aun dudando que se trate de un deporte al modo de los griegos olímpicos), y que asume connotaciones políticas, desde que el gallego Franco utilizara, a partir de 1950, al Real Madrid como punta de lanza de su propaganda “españolista”, cuando le insufló al “cuadro merengue” considerables aportes pecuniarios que le llevarían, muy pronto, a ser campeón en casa y en competencias europeas de clubes… Gregorio y yo, republicanos a ultranza, hinchamos por el Barcelona, deseándole lo peor al Real de los “fachas”, o sea, la ignominiosa derrota, cosa que ocurrió este domingo, gracias a la República.
Te fuiste a dormir una siesta y nos dejaste frente a los veintidós peloteros sobre el campo verde… José María nos ayudó con los ajustes técnicos necesarios para una buena visión, aunque apenas si miró el partido… Como bien sabes, a nuestro hijo no le gusta el fútbol, asunto que es parte de mis frustraciones de padre, pero nadie puede ser perfecto. El resultado sí lo fue: dos a uno en favor de los catalanes, que se encumbraron en la punta de la tabla.
Ya me lo dijiste, hace veintisiete años: “No entiendo cómo un individuo como tú, apasionado por la literatura, puede gozar el pobre espectáculo de veintidós pelotudos pateándose las canillas…” Ya ves, amor, cómo discurre la vida entre sus constantes paradojas. ¿Quién hubiese dicho entonces que ibas a preparar estos platos gloriosos?
Termino. Me callo. Pero antes, una reflexión y una pregunta para ti: -El verano se ha ido, pero aún nos sonríen los dientes áureos del maíz en las mazorcas… ¿Cuándo vas a sacramentar el último pastel de choclo de la temporada?

Edmundo Moure
Marzo 24, 2015
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 24-03-2015 00:05
# Ligazón permanente a este artigo
MEMORIA DA AUGA
MEMORIA DEL AGUA


Por Edmundo Moure Rojas

La palabra vacaciones, asociada desde temprano al agua sonora y misteriosa, era para nosotros algo quimérica en los años de infancia y juventud. Con una prole de ocho hijos, la abuela que vivía con nosotros, un tío abuelo y el hermano enfermizo de mi madre, más uno que otro residente a tiempo completo, que nunca escaseaban en aquella casa de cuartos innumerables y de larga mesa provista como milagro cotidiano, salir de veraneo, en familia, era asunto tan improbable como embarcarse en un transatlántico rumbo a Europa.
Pero mis padres nos llevaron, por primera vez –éramos sólo cuatro-, a un breve regalo estival en la localidad de Puente Negro, cerca de San Fernando, quince kilómetros hacia la cordillera, villorrio emplazado entre los ríos Tinguiririca y Claro, más cerca de este último, donde había abundantes truchas –hablo de febrero de 1946- que hacían la delicia del gallego Cándido, asiduo pescador.
Nos alojamos en la Pensión Parra, propiedad de doña Fidelia. Era un enorme caserón de dos altos pisos, provisto de ancho corredor y balaustrada que daba al camino de tierra en ascenso por los contrafuertes cordilleranos, hasta llegar a las Termas del Flaco y a la Sierra de Bellavista. Las amplias habitaciones de la segunda planta carecían de baño. Sobre una vieja cómoda había un gran lavatorio de fierro enlozado y un jarro o jofaina del mismo material, artilugios que servían para un aseo de cintura arriba, quedando el resto, incluidas las partes pudendas, al arbitrio de los baños en el río, a donde llevábamos una barra de jabón “gringo”, para mantener la necesaria higiene de los cuerpos. Al fondo de la quinta arbolada, sobre la acequia de rumorosas aguas, se alzaba una caseta de madera, provista de asiento con orificio redondo, que permitía desahogar los apremios escatológicos… De un clavo en la pared pendían papeles cuadriculados de periódico, dispuestos para aquella necesidad más urgente que la lectura.
Al despuntar el alba, mi padre, junto a su hermano Manuel y al amigo Arnaldo, remontaban las márgenes del río Claro y gozaban del placer de la pesca con mosca, una de las más difíciles especialidades, tan bien descrita por Ernest Hemingway en su notable novela autobiográfica, Nick Adams, donde narra sus primeros pasos en el arte de la caña vibrante y el sedal presto, bajo enseñanza de su padre, estableciendo fina analogía poética entre el acto de atraer al pez, hacerle picar el anzuelo, y cogerlo, aún palpitante y escurridizo, para depositarlo en la canasta del morral, con los escarceos amatorios del adolescente que descubre los primores del sexo.
Yo tenía apenas cinco años, así que aquella fantástica aventura sólo quedaba librada a la imaginación y a las promesas de un futuro remoto, “cuando seas grande”. La incitación palpitaba para mí entre el sonido del agua y el olor pegajoso y salobre de los aparejos de pesca y de esa canasta de la que emergían las truchas que íbamos a comer con deleite…
Recuerdo una tarde, en que padre Cándido había salido, solitario, a repetir la excursión de la mañana, quizá descontento por los escasos frutos obtenidos… Mi madre se veía muy inquieta por su tardanza, a medida que el sol trazaba su ruta de reposo, preocupación que se trocó en angustia después de la hora de cenar… Más aún, cuando al cabo del crepúsculo estalló súbita tormenta cordillerana, con truenos y relámpagos, y la lluvia se dejó caer con furioso repiqueteo contra aquella vieja casona y sobre el espeso polvo del camino.
Tío Manuel disimulaba su propio desasosiego, burlándose de la aprensión materna: “Ya va a llegar, cuñadita… Capaz que haya pasado a beber chicha en la cantina de los arrieros, o quizá esté charlando con la viuda de la botica”…
Cerca de la medianoche, furiosos ladridos del viejo can de la pensión alertaron a los adultos. Se escuchó el característico silbido que bien le mereció a papá el alcume gallego juvenil de O Grilo (El Grillo), allá en A Touza, porque, al decir de su amigo Maduro: “ía sempre polas congostras, asubiando” (iba siempre por los senderos, silbando).
Mi madre ahogó un grito de sorpresa. Cándido apareció en el umbral, calado hasta los huesos, con su alta silueta recortada bajo el dintel. En su cara se veían marcas de profundos arañazos que aún sangraban. Sus anchas manos exhibían similares heridas, pero una sonrisa de satisfacción le iluminaba el rostro, donde centelleaban los ojos azules. Me pareció temible aquella figura, con un sesgo de vitalidad salvaje que me hizo estremecer.... Al día siguiente, durante el almuerzo, narró en detalle lo ocurrido: Luego de llegar a un punto elevado del río, comenzó a pescar desde la orilla, para ir aventurándose cada vez más dentro del agua, buscando los bajos donde suelen pernoctar las truchas. Logró pescar una docena de ellas. El morral pesaba lo suyo, mientras seguía en la faena, sin percatarse que la corriente del río se intensificaba, hasta que el agua le llegó a la cintura. Con recelo, advirtió que el cauce iba encajonándose poco a poco entre unos farallones cubiertos de zarzamora. Oscurecía. No era posible retroceder. Pensó desembarazarse de aquella preciosa carga de plata húmeda y reluciente, pero resistió aquel impulso derrotista. Buscó afanosamente un lugar, una grieta en aquel muro natural por donde poder trepar… Tenía que escuchar la voz del agua y su compás memorioso, que señala vías, honduras y recodos salvadores… Repitió varios intentos infructuosos. El agua le acariciaba las axilas. Era preciso salir o la corriente le arrastraría hacia la confluencia del Claro con el Tinguiririca, donde el torrente se despeñaba con estruendo irreparable. Logró aferrarse a la zarzamora, a esa silveira que recordaba tan amable en los días de la infancia, con sus dulces amoriñas (moras) que recogiera para agasajar a su madre Elena… Sus manos poderosas y sus fuertes brazos posibilitaron el lento ascenso hacia la ribera… El denodado empeño por sobrevivir hizo insensibles las desgarraduras de espinas y piedras, pero los estragos en su cuerpo resultarían más elocuentes que sus palabras.
En febrero de 1948, mis padres arrendaron casa en el balneario de El Quisco. Veraneamos en ese lugar idílico, donde no había entonces más de veinte casas y la playa era una extensión dorada, casi desierta, que se ofrecía, exclusiva, a nuestros juegos… Hay fotografías, en blanco y negro, donde aparezco con mi hermano Toño, en trajes de baño de lana… Entre los vívidos recuerdos de aquellas dos semanas, sobresalen dos; el primero, mi forzoso aprendizaje de torpe nadador, cuando mi primo hermano Julio me lanzó a una poza de tres metros de profundidad, gritándome, con brutal pragmatismo: “o nadas o te ahogas, huevón”… Nadé. No cabía otra cosa. El segundo recuerdo fue un violento acceso nocturno de asma, que mi madre procuró aliviar mediante espesa infusión de leche hervida con ajo; la tragué con irreprimible asco y obediencia casi beatífica… Al parecer fue un buen paliativo, aunque no he repetido su prescripción… Parecen hoy más eficaces los inhaladores, salvo aquellos de procedencia rusa, que no le sirvieron al Che en sus agudos sofocos selváticos, como bien lo expresa en el célebre Diario de Combate, a despecho de estalinistas de entonces... y de ahora.
Con el correr de los años, ir de vacaciones fue sinónimo de gratos días en Chacra El Olivo, para los que debíamos turnarnos, entre los seis varones. Fui quizá el huésped más asiduo, acogido por mis primos Sergio y Manolo, coetáneos y compinches de fechorías y aventuras en aquel lar remoto que surge a menudo en los recuerdos de mi conciencia, y, sobre todo, en mis sueños, lugar en que la esperanza suele encontrar, como lo hiciera mi padre, el camino de regreso por la infalible memoria del agua, que rescata los murmullos de la vieja lengua campesina de los antergos, como si discurriera por el Búbal de Santa María de Vilaquinte.
En el verano de 1974, veintiocho años después, arrendé una cabaña en la localidad de Shangri La, ubicada siete kilómetros al oriente de Puente Negro, rústico balneario en la ribera del río Claro, que regentaba un judío-ruso, Boris Krivoss, y que le había otorgado aquel pretencioso nombre de oriental y místico exotismo… Solo, yo remontaba el río en persecución de las truchas, agitando el anzuelo-mosca sobre la límpida piel del agua, sin la habilidad de mi padre, pero con algo de fortuna que me permitía volver con algunos ejemplares, para luego cocinarlos en el ennegrecido fogón. Solía caminar hasta el pueblo, para comprar vituallas. Una mañana advertí, bajo el corredor frontal de la Pensión Parra, la figura venerable de doña Fidelia, sentada en silla de mimbre. Me acerqué a saludarla. Estaba ciega, pero al parecer lúcida, a los noventa y cinco años de edad… Recordó a mi padre: “Era muy buenmozo don Cándido y tenía acento extranjero; venía mucho por aquí, a pescar en verano y a cazar en invierno… A veces se alojaba en mi pensión, pero prefería quedarse donde la Mireya, la viuda del boticario”…
En el eterno fluir, va develando sus secretos el camino del agua.

Marzo 2015
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 14-03-2015 23:47
# Ligazón permanente a este artigo
CONEJOS
Recibimos esta encantadora colaboración desde Chile, do noso bo amigo escriba e poeta Edmundo Moure Rojas, na que nos lembra e remite a vellas costumes da nosa terra.
Incluimos ademáis, nun enlace ao pé pola relación co tema, un artigo de Ramón Suárez Picallo escrito en 1949 -cando a sua estadía en Chile- no que falaba dos coellos españois (e que xa publicamos hai tempo)...



CONEJOS


(Para Joaquín Moure Figueroa)


Por Edmundo Moure


Cándido padre hizo construir, en nuestra casaquinta de La Cisterna, una enorme pajarera, levantada sobre un muro circular de ladrillos de noventa centímetros de alto, que protegía un hoyo de un metro y medio de hondura, a la usanza de las construcciones celtas que se ven aún en O Cebreiro, en la Galicia profunda, con sus agudos techos cónicos. Los maderos verticales se alzaban un metro sobre el murete, cubiertos en su circunferencia por tupida malla de alambre, incluidas sus dos puertas enrejadas. En el centro de la construcción se instaló un tronco seco de muchas ramas, para que se posasen en ellas los pájaros prisioneros, aliviando su claustrofobia. En la base de las paredes interiores, a ras de piso, se cavaron agujeros en forma de media circunferencia, con una profundidad aproximada de un metro; esto, con el objeto que los conejos (Oryctolagus cuniculus), pudiesen continuar cavando sus laberínticas madrigueras, sintiéndose a sus anchas en un amplio espacio. (Ese era el propósito algo idílico de mi progenitor).

Los conejos comenzaron a reproducirse según la mitología de los refranes que destacan su fertilidad a toda prueba y en cualquier trance. En los primeros tres meses, todo se desarrolló según lo planificado, hasta que los pequeños orejudos comenzaron a salir a la superficie por orificios muy alejados de su habitáculo, lo que presumía túneles de cincuenta metros o más. Al parecer, su acotada y relativa libertad no concordaba con su espíritu salvaje y buscaron escaparse como cualquier prisionero honorable. Pero la completa libertad tiene graves riesgos, y comenzaron a ser víctimas de los perros guardianes, que les acechaban para aniquilarlos, aunque nunca los devoraban… Este privilegio correspondía a los humanos, a despecho de animalistas y vegetarianos, menos activos que hoy en aquella época de bullangueras cacerías semanales.

Quizá no se hayan enterado –los animalistas o zoólogos compungidos- que el conejo es una de las diez especies más nocivas para la agricultura y la forestación, sobre todo cuando menguan sus depredadores naturales, incluidos, en este caso, los cazadores y sus pares gourmets o simples devoradores de ocasión… Nosotros los comíamos en casa, según probadas recetas gallegas, de las que yo prefería el conejo escabechado. Empezábamos por la matanza, mediante un golpe con el filo de la palma de la mano, en la parte posterior del cuello, a dos centímetros de la base de las orejas. Mi padre era experto, poseedor de unas manos capaces de descalabrar un becerro… Luego venía el proceso de descuere, cuidando de no dañar la piel, que iba a ser curtida... Cándido pretendía comercializar los conejos y también sus pieles; nada de eso llegaría a concretarse, pero nos aficionamos a comerlos, aunque hoy sea difícil conseguirlos, a menos que te pasen gato por liebre… Se les extraía las entrañas, lavándolos con esmero, para luego dejarlos en remojo, con una mezcla de vinagre, sal y orégano; especie de líquido pastoso con el que se suele adobar también los cabritos lechones. Veinticuatro horas más tarde, estaban listos para ser puestos al fuego.

Era preciso no encariñarse con los conejos, no considerarlos como mascotas, pues eso impediría el deleite carnívoro de su masticación e ingesta, acompañadas de un vino tinto nuevo, liviano, pues se trata de una carne blanca y magra, muy sabrosa y nutritiva, aunque si no se lava y remoja bien, emite un dejo a orines salvajes (algo así como los riñones mal preparados)… Mis hermanas no comían conejos, encontraban que era un acto de barbarie deglutirlos. Y claro, cabe imaginar la forma e incluso la cara del conejo mirando la fuente o el plato donde yace para su destino final, lo que no ocurre cuando manducamos un bife de vaca, salvo el caso de algún poeta, pacifista trasnochado, que intuya su cara triste y sus ojos melancólicos, mirándole desde la pradera mientras muge llamando al ternero perdido, y ensaye él un soneto geórgico, pidiendo de paso una impoluta ensalada de lechuga como toda ración del condumio.

Cuando mi padre envejeció, ya perdida para siempre la casa originaria, nos distanciamos de tales hábitos de comensalía, salvo mi hermano Eugenio, reemplazando aquellas delicias por plásticos pollos de supermercado, pescados en rictus de congelamiento, y las papas fritas con sabor a conservantes químicos. Pero como todo es cíclico, ahora nuestros sobrinos y nietos recogen lo granado de los genes remotos, inclinándose por el honroso y feliz oficio de la cocina, como lo hacen Fernando e Iñigo, de manera profesional. Pero hoy destaco a Joaquín Moure Figueroa, hijo de mi sobrino mayor, José Antonio, hedonista refinado y gozador de la naturaleza, en el estilo algo rústico de los gallegos, por rama paterna, y de los colchagüinos huasos, por la materna.

Así, premunido de un sencillo rifle a postones, Joaquín recorre los predios suburbanos del llamado “barrio alto”, donde las casonas y mansiones suelen limitar con montes aledaños, que sirven de telón de fondo a los burgueses adinerados, esos que contemplan desde lejos el paisaje, con un whiskey o un pisco sour en la mano, sin contaminarse con la peligrosa rusticidad circundante.

Hasta esos pagos se allega Joaco, pasada la medianoche, con su arma en ristre, ojo avizor y un foco para encandilar a los conejos que merodean cerca de las casas, algo confundidos y quizá aburguesados con verduras de primera selección y frutas turgentes que los propietarios extraen de las cajas de exportación y luego desechan, casi íntegras, para aprovechamiento de animalitos domésticos y bestezuelas silvestres.

No se trata de un francotirador, sino de un batidor joven que aprovecha las piezas obtenidas para transformarlas en guisos apetecibles, que comparte con amigos y parientes también seleccionados, que en esto de la familia, como en la caza, no todo es digno de llevarse a la mesa… Y si esto se acompaña con buen mosto y mejor conversa, el conejo se vuelve redivivo paradigma cocinado.

Pero no he dicho nada de las aves de aquella pajarera-conejera, quizá porque no las comíamos –salvo las cazadas en los campos de Pilay o en Camarico- y eran apenas un adorno abigarrado y variopinto: zorzales, tórtolas, codornices (sus huevos sí los disfrutábamos); jilgueros, loros y canarios. Este escriba ya contó cómo, en el verano de 1963, el primo de mi padre, Indalecio, combatiente republicano de la Guerra Civil española, que logró exiliarse en México, abrió de par en par las puertas de la jaula e hizo volar a todos los pájaros fuera de ese cubículo que él consideraba cárcel ominosa. Las amenazas e imprecaciones de mi padre no le arredraron. Pero Indalecio no era animalista ni vegetariano. Degollaba un cordero y bebía su sangre, aliñada como exquisito ñachi, a la usanza mapuche, rito culinario que aprendió en el sur indígena de Chile. Pero las aves había que mirarlas hacia arriba, como a las doncellas hermosas.

Ayer estuvo Joaquín en nuestra casa. Llegó a las ocho de la noche, con tres conejos bajo el brazo, que preparó según una de sus mejores recetas. Éramos cuatro en la cocina, un cocinero avezado y tres curiosos conversadores que bebían cerveza para aligerar los jugos gástricos o “limpiar las cañerías”, como dice un amigo académico. Pero todo chef que se precia degusta un buen vino mientras ejerce el sacramento de las especias y los primores que darán el punto pletórico al sacramento de la mesa… Una hora y diez minutos estuvieron los tres conejos hirviendo en dos ollas metálicas; mejor hubiera sido un par de cazuelas de barro de Pomaire, pero será para la próxima oportunidad, porque mi querido sobrino Joaco siempre está donde salta la liebre; en este caso, en el sendero donde surge un suave conejo criado entre quienes no saben apreciarlo. Y donde pone el ojo pone la bala (el postón).

La buena mesa también convoca la morriña… Si apelara hoy al tópico del ubi sunt, diría, levantando la copa llena de entrañable vino chileno: ¿Qué se ficieron aqueles nobles e garridos conejos?



Febrero 25, 2015
Coellos autóctonos españois
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 28-02-2015 00:04
# Ligazón permanente a este artigo
ULTREIA, publicación do Centro de Amigos de Galicia en Viña del Mar
Polo noso colaborador e amigo en Chile, Edmundo Moure, temos noticias da publicación da revista Ultreia, editada polo Centro Cultural Amigos de Galicia, de Viña del Mar, en Santiago de Chile.
Parabéns pola inciativa e que sexa un estímulo e medio para espallar na América Hispana as nosas tradicions e a nosa cultura...


ULTREIA: GALICIA EN EL ÚLTIMO REINO


Tengo en mis manos el primer número de la revista Ultreia, editada en febrero 2015, por el Centro Cultural Amigos de Galicia, de Viña del Mar, Chile. Quien observe su vistosa portada en color, donde aparecen sus fundadores y principales integrantes del centro, en fotografía que cubre portada y contraportada, pensarán que es una publicación más de tantas que surgen de las numerosas asociaciones de gallegos espalladas por el mundo, sobre todo en nuestra América Hispana.
La página editorial está escrita por María Verónica Aros Meneses, la gentil presidenta del Centro, entusiasta impulsora de sus múltiples acciones y fundadora del mismo, junto a su marido, Enrique Fernández Cabezas, en el año 2011. En ella, su presidenta nos dice: ¨Si un día nos reunimos para cultivar lo mejor de las tradiciones gallegas en Chile, hoy queremos convocarlos a ser parte de Ultreia, una publicación en la que vamos a volcar nuestras actividades y las motivaciones que nos han hecho crecer como colectivo¨.
Luego viene una interesante crónica de Javier Asencio Piñeiro, socio radicado en Temuco, nieto de gallegos: ¨Laitec, una colonia gallega. Desde las Rías Baixas al Golfo de Corcovado¨, que nos transporta a una de las más bellas y remotas islas de Chiloé, la Nueva Galicia conquistada, en 1567, por Martín Ruiz de Gamboa, donde hoy surgen huellas anímicas y culturales, de las que dan testimonio quienes llevan, después de más de cuatro siglos, apellidos gallegos de los primeros encomenderos: Andrade, Bahamonde, Varela, Alvarado, Veiga…
En la página siguiente, sección ¨Relatos Breves¨, Mariana Fernández, monitora del Taller de Lengua Gallega, nos ofrece un poema de María Luisa Pazó, alumna del taller y nieta de gallegos, titulado Ó meu avó (A mi abuelo), en versión gallega y castellana. Mariana nos informa: “Actualmente, el taller funciona en la Ilustre Municipalidad de Viña del Mar, a cargo de la monitora, con el apoyo de gallegos avecindados en la ciudad”… Enseguida, encontramos una breve reseña sobre este escriba ligado también entrañablemente a la lengua y la cultura gallegas, donde aparece sosteniendo un hermoso libro de Anxos Sumai.
Me atrevo a decir que el texto principal y significativo de la revista, es “Trabajo espiritual y pastoral, los pilares de la vocación de Francisco Sampedro”, dedicado a la notable figura de este sacerdote nacido en Villar de Barrio, Ourense, Galicia, en 1941. Falleció en Valparaíso, año 2004. Su trayectoria académica y pastoral es impresionante, en particular su actividad docente en la Universidad Católica de Valparaíso y su contacto afectuoso con las colectividades hispanas.


Pues bien, el ¨Padre Pancho¨, como se le denominaba afectuosamente, por sus pares, amigos y alumnos, esparció también esa semilla del amor por la patria de Rosalía y su lengua rumorosa, entre quienes le conocieron y frecuentaron. Entre ellos, María Verónica, Enrique y los suyos, que pese a no tener ascendencia gallega en su genealogía, han sido capaces de crear un auténtico rincón de Galicia en su acogedora morada de Jardín del Mar (Viña del Mar), costa central de Chile, articulando un Centro a punta de esfuerzo personal y amorosa dedicación. Para tal efecto, tuvieron que vencer muchos obstáculos, comenzando por la reticencia de gentes de Estadio Español y grupos “oficiales¨de gallegos de la Quinta Región de Chile, porque “carecían de ascendencia gallega comprobada”, como si la condición y vocación de la galleguidad ameritase de pergaminos genealógicos. Pero nada les arredró y siguieron en su empeño, hasta constituir una asociación dinámica y viva, capaz de motivar a quienes descubren la riqueza de una cultura milenaria, preterida injustamente, durante siglos, por la ceguera política y la ignorancia. Un mérito que no me canso de ponderar.
Debo decir que este cronista, en su calidad de director y profesor, durante once años, del Programa de Estudios Gallegos de la Universidad de Santiago de Chile, pudo comprobar cómo muchos jóvenes chilenos, sin esa “ascendencia probada”, aprendieron a estimar la cultura y la lengua de nuestros devanceiros, reafirmando ese virtual cariño en la experiencia de los cursos de verano en Santiago de Compostela, becados por el ILGA y promovidos por nuestro Programa. Y mientras sólo dos o tres descendientes directos de la emigración gallega asistieron en aquel período a nuestros cursos abiertos y gratuitos, los mozos nativos de este Último Reino descubrieron la Galicia d’alén mar y sus huellas fundacionales en la patria de Gabriela Mistral.
Curioso y lamentable fenómeno de desapego a sus raíces ancestrales de muchos descendientes de esa esforzada emigración que nunca olvidara “miña casiña, meu lar”, dicho en versos de Rosalía. En pro de un “españolismo” zafio, alentado aún por un franquismo trasnochado, dieron la espalda a una cultura maravillosa que sigue abriéndose, como abanico interminable, a quienes son capaces de descubrir sus vieiros.
Cabría decir, en popular modismo chileno: “Ellos no más se lo pierden”… Y vaya si es pérdida significativa no empaparse de aquellas raíces hechas de lluvia y esperanza, según cantó el poeta Álvaro Cunqueiro. Como recita esta joven poeta, María Luisa Pazó, bajo los árboles de la casaquinta de los Fernández Aros, donde hemos compartido un xantar memorable, este 14 de febrero:
Como quixera compartir eses soños xunto a ti.
Hoxe é tarde, ti non estás,
pero eu son froito dos teus soños,
que forxaches xunto ó mar.

El son de la gaita, acompañada de panderetas enciende la morriña de la tarde, pero los aromas de la cocina gallega nos transportan a la alegría fraternal del condumio.
María Verónica y Enrique han abierto para nosotros su cálida lareira y las páginas de Ultreia, Galicia viva y perdurable en el Último Reino.

Edmundo Moure
Febrero 2015
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 20-02-2015 00:41
# Ligazón permanente a este artigo
LO EFÍMERO

(Retrato del doctor Paul Gachet)



LO EFÍMERO

"Vivo, pues, como un ignorante que sabe con certeza una sola cosa: en pocos años debo concluir una tarea determinada..."

V. Van Gogh




Quizá más temprano que tarde nos golpea la conciencia de lo efímero, manifestación de la caducidad como estado permanente de la naturaleza -y de nosotros, que somos parte de ella, aun a riesgo del curioso prurito de inmortalidad-, deterioro visible a través de la sucesión de cambios temporales acotados entre los enigmáticos límites de la vida y la muerte, con las marcas, ilusorias o reales, de la cronología que trazan las esferas del reloj.
El arte, en su velado o evidente afán de trascendencia, se nutre de lo efímero para conjugar el anhelo de eternidad, como una voz angustiada que buscara vencer toda desesperanza. Van Gogh pinta, escribe y expresa, tal vez como ningún otro artista, ese grito que atraviesa los siglos y que no recibe otra respuesta más allá de su propio eco desolado.
El crítico de arte francés, Aurier, escribió: "Van Gogh pintaba hasta quedarse sin letra, hasta entender cada aureola viva de color, definitivo, por encima de la fugacidad del paisaje cambiante de la luz. Pintaba contra el tiempo, porque no hay frase mejor que un golpe feroz de amarillos o naranjas o azabaches o bermellones para nombrar esa tarde que quizá sea la última..."
Palabra y color, escritura y pincelada, porque Vincent poseía ambos talentos, aunque el literario sólo conociera la expresión de sus seiscientas cincuenta y una cartas, conocidas por la antología "Cartas a Théo". Precisión del lenguaje, síntesis poética de los conceptos, imágenes donde condensa y revela toda la intensidad cromática de su pintura, desde esa modestia volcada en el devenir cotidiano, aunque nunca en la lucidez de su voluntad creadora, donde está seguro de sus limitaciones y, al mismo tiempo, de la grandeza de su búsqueda incesante, al punto de denostar a los críticos que aventuraron algún elogio que él consideró prematuro, pues, según afirma en carta a su hermano, remitida desde Arlés en 1888:
"Porque no busco representar con exactitud lo que tengo delante de los ojos, sino que me sirvo del color en forma arbitraria para expresarme con mayor fuerza".
Treinta y siete breves años de vida (1853-1890), poco más de seiscientos cuadros y menos de un centenar de dibujos. Lo efímero se vuelve aquí extraordinaria potencia creadora, intensidad superlativa que sus contemporáneos no entendieron, siendo rebasados por el genio de Van Gogh. Dos o tres telas suyas -no se sabe con certeza cuántas- fueron vendidas antes de su muerte. Fue, literalmente, "trocar oro por calderilla", unas monedas que sirvieron para mitigar su hambre física de anacoreta y para adquirir nuevos materiales con que satisfacer, en mínima proporción, su ansia enfebrecida por expresar las imágenes que parecían ahogarle, rompiendo modos y modas de su época, subvertiendo los moldes estrechos de todos los tiempos, logrando esa intemporalidad trascendente del genio, que pocos elegidos alcanzan.
Esta crónica, amable lector, ha sido motivada por la lectura de "La viuda de los Van Gogh", extraordinaria novela del escritor argentino Camilo Sánchez, en la que aporta nuevas luces sobre la obra de Vincent y la estrecha relación de éste con su hermano menor y mecenas, Théo, entretejida con la presencia vivificadora de Johanna Bonger, esposa de Théo y viuda de ambos, como deduce y propone el novelista, en sentido espiritual y afectivo, a través de ese don de raigambre femenina que entendemos por hospitalidad, y que la memoria literaria asocia al verso de Antonio Machado: “Amé cuanto ellas tienen de hospitalario”.
Seis meses después del suicidio de Vincent Van Gogh, su hermano Théo sucumbe bajo el dolor irrestañable de aquella pérdida. Más allá de la pena fraternal, la relación de ambos se hallaba entrelazada como suele ocurrir entre gemelos, aunque ellos no lo fueran… Un sentimiento de culpa agobiaba a Théo, quizá por no haber ayudado al pintor más de lo que le entregara a través de constantes remesas en dinero, o como su representante en los círculos del arte, procurando exposiciones y aun ventas de esos cuadros que pudieron enriquecer a varias generaciones. Y, sobre todo, le corroía el desasosiego por no haber podido salvarle la vida luego del trágico pistoletazo que sumió a Vincent en larga agonía. Es lo que nos revela Camilo Sánchez, con honda lucidez, a través del vívido personaje de Johanna Bonger, esposa de Théo y depositaria del legado pictórico de Vincent; también de esa breve herencia literaria que son las cartas del pintor.

Con breves retazos de aquellas descarnadas misivas a Théo y parte del Diario personal escrito por Johanna, Camilo Sánchez estructura su poética narración, que discurre con la maestría de una sucesión de imágenes, engarzadas con suma habilidad, otorgando al relato los necesarios ingredientes de tensión y dramatismo, aun cuando conozcamos el desenlace trágico.
No sé, no me he dado el trabajo de averiguarlo, si de veras existió ese diario de la viuda de Théo. El autor no lo dice, entre citas históricas, glosas y datos biográficos de los Van Gogh, pero quizá no sea necesaria aquella verificación, pues la bien lograda novela no precisa de referencias bibliográficas ni indicaciones al uso periodístico; al decir del lacónico prologuista, Luis Harss: “La realidad histórica se amplía con la verdad poética de cada observación”.
Nos enteramos que el “Retrato de Paul Ferdinand Gachet” fue adquirido en 1990 por un excéntrico millonario japonés, a cambio de 82,5 millones de dólares (algo así como cincuenta mil millones de pesos chilenos). Desde entonces –apunta la cita a pie de página 61-, prestigiosos museos, como el Metropolitano de Nueva York, han procurado dar con su paradero, pero su destino sigue siendo uno de los mayores misterios del mundo del arte.
Para aumentar el suspenso, se sabe que su último dueño, Ryoei Saito, dejó dispuesto en su voluntad testamentaria que la pintura fuese incinerada junto con su cadáver…
¿Fetichismo sicótico a ultranza o acto postrero por abrazar en el fuego la inasible eternidad de lo efímero?


Edmundo Moure
febrero 2015
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 18-02-2015 00:06
# Ligazón permanente a este artigo
Más sobre Chiloé y Blanco Amor

ACERCAR MUNDOS

Pues sueño contra sueño es la vida.
Arturo Cuadrado Moure



Es el valor de la cultura, entendida como redes de acercamiento para compartir experiencias, apreciarlas y enriquecer el propio acervo, dentro del respeto por la diversidad humana... Esa forma de cultura mezquina, que algunos proponen e impulsan bajo banderas de nacionalismos trasnochados, es mala ficción onanista del mundo y de la multiculturalidad que lo cohabita; es agresión más que entendimiento.
Pudiera resultar extraño que aquí, en el finisterre austral o Último Reino -como se llamó a Chile durante el Virreinato del Perú-, estemos nosotros empeñados en unir, a través de la palabra, del mito fundacional y de la imaginación creadora, los dos confines donde laten nuestros sueños: el Chiloé del extremo sur –Nueva Galicia- y la Galicia Atlántica de Rosalía y Castelao. Invitamos a conocer estos confines, que hemos intentado aproximar, desde el ensayo investigativo, en el libro “Chiloé y Galicia, Confines Mágicos”, editado en Santiago de Compostela (1997) y en Vigo (2008), disponible en versión PDF, gratuita, en el ancho universo de la Web.
Y no sólo eso. Contamos con dos obras más, a saber: “Chile a la Vista”, conjunto de crónicas del notable escritor gallego, oriundo de Ourense, radicado por medio siglo en Buenos Aires, Eduardo Blanco Amor, libro editado en 1951-1953 (Editorial del Pacífico, Santiago de Chile); y en 2003 (Editorial Galaxia, Vigo, Galicia; esta última, edición íntegra, a cargo de quien pergeña esta crónica)… Y “La Feria del Mundo”, selección de más de trescientos artículos periodísticos de Ramón Suárez Picallo, diputado de la Segunda República española, orador insigne y fino cronista, que vivió dieciséis años de exilio en Chile, donde se dio maña y derrochó talento para escribir más de un millar de crónicas, sobre los más diversos tópicos, entre 1940 y 1956.

Ayer, en la tertulia que animamos, semana a semana, en el Café Hamburgo, comuna de Ñuñoa, nos acompañaron dos invitados especiales: Begoña Pereira y Antonio Chaves, gallegos de Vigo y ciudadanos del mundo… El café lleva el nombre del viejo puerto teutón, lugar de arribo, zarpe y confluencia de muchos pueblos y culturas a lo largo de los siglos. ¿Coincidencias? No existen. Como dijera un poeta indio “Coincidencia o casualidad, así llamamos a los hilos secretos con que se teje la vida”.
Antonio abrió la conversación, refiriéndose al gran gestor cultural que fuera Arturo Cuadrado Moure, de quien escribe, en su opúsculo Mar azul/ Cielo azul/ Blanca vela, que me ha dedicado con un bello dibujo marino, hecho en trazos vertiginosos, confirmando su oficio de pintor y dibujante, además de escritor:

“Arturo Cuadrado Moure, poeta, escritor, articulista, crítico de arte, prologuista, orador, locutor de radio, conferenciante, animador sociocultural e intelectual comprometido, nació en Denia (Alicante), el tres de mayo de 1904… Hijo de Cruz Arturo Cuadrado Miján, madrileño, y de Mercedes Moure Carollo, natural de Santiago de Compostela… Como bien dejó señalado: Mis ojos nacen en el mar Mediterráneo. Ahí se forja quizá uno de mis sonetos más perfectos. Cuyo primer endecasílabo es ‘Mar azul. Cielo azul. Blanca vela’… Desde esa metáfora se forjaba mi destino de poeta, es decir, no ver las cosas como son, sino como el deseo de cómo deben ser…
“Pero hoy, ahora, y también antes, el salto que uno da es el del vértigo y retorcimiento por la muerte y ausencia del amigo, del hombre –que no del poeta- enfrentado a la mediocridad de un tiempo y de una tierra… Son instantes para recordar a quien mantuvo elevada e inalterable la bandera de su signo, de su ensueño, corroborando su altura de miras. Altura de miras de un intelectual –no se olvide- vinculada a la Generación del 27, a la generación de la España Peregrina…”

Y en esa Buenos Aires que los paisanos intelectuales bautizaron como la “Atenas de América del Sur”, desde antes de la Guerra Civil, comenzó a fructificar una sobresaliente generación de artistas, poetas y escritores, cuya culminación creadora se dio en la extensa posguerra, la “noche de piedra” del franquismo. Arturo fue uno de los más activos aglutinadores de ese proceso, con sus dotes polifacéticas y su incansable empuje y proverbial valentía. Rafel Dieste, Alfonso Castelao, Luis Seoane, Lorenzo Varela, Ramón Suárez Picallo, y muchos otros, compartieron y acrecentaron su afán…
Y Eduardo Blanco Amor, por supuesto, cuyo libro “Chile a la Vista” estuvo ayer, jueves 4 de diciembre de 2014, en nuestras manos: la edición de Editorial del Pacífico (1951), a cargo Antonio; la de Galaxia (2003), para este cronista.
Antonio leyó el emocionante texto referido a la llegada de Blanco Amor a Chile y su encuentro con Ramón Suárez Picallo, en nuestra Plaza de Armas, y la exaltación que éste hizo de las bondades hospitalarias de Chile, prodigadas a los republicanos españoles desde el arribo del Winnipeg, el “barco de la esperanza”, en septiembre de 1939… Apasionado, a ratos vehemente, Antonio Chaves habla de aquellos intelectuales comprometidos en la lucha por la justicia, que entregaron con generosidad los frutos de sus talentos, sin claudicar, aunque terminaran –como Eduardo, hijo pródigo de la mítica Auria (Ourense); como Arturo- en el olvido y el abandono del “oficialismo gallego”, entronizado sobre los despojos de la lucha libertaria.
Y yo, con el prurito de regresar a los confines, leí la curiosa experiencia de “sobrevida” o resurrección de Blanco Amor, cuando despierta de un sueño de plomo, luego de larga tempestad en los canales del sur de Chile, y observa desde la borda del barco el paisaje idílico y brumoso de Ortigueira, reflexionando, en la confusión de su pasmo, que ha vuelto a la niñez en brazos de la Parca… Pero un manotazo inesperado en su espalda y la voz del capitán, en cantarino acento chilote, lo sacan de su ensoñación: -“Aquí no está usted en su Galicia natal, señor… Aquí estamos en el puerto de Quellón, en Chiloé…”
Y Blanco Amor concluye aquella crónica entrañable, manifestándole al lector que ya nunca podrá escribir con imparcialidad sobre Chiloé, pues se le había arraigado para siempre en el corazón.

Las dos horas prefijadas para nuestra tertulia volaron como golondrinas presurosas. Tuvimos apenas tiempo para recordar la amistad de Eduardo con Federico, y recitar el primero de los Seis Poemas Gallegos que García Lorca escribiera, en 1933, en Compostela, el “Madrigal á Cibdá de Santiago”, que gustó particularmente a las hermanas Patricia y Verónica Tagle, nietas de Pablo de Rokha, para quien también hubo palabras encomiásticas al finalizar la reunión, del propio Antonio, de Guillermo Martínez y de Juan Pablo del Río, recordándonos que el gran poeta jamás claudicó en sus ideales de luchador social, ajeno a todo oportunismo o componenda con los poderosos.
Poesía y crónica. Viaje y aventura fundacional. Los gallegos van y vienen; siempre traen en su fardel de pescadores una liza invisible con la que estrechan y vinculan los mundos de esta pequeña esfera azulada que llamamos Tierra.

Edmundo Moure
Café Hamburgo, diciembre 4, 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 06-12-2014 00:56
# Ligazón permanente a este artigo
RECORDANDO A BLANCO AMOR DESDE CHILE


RECUERDOS DE EDUARDO BLANCO AMOR


En 1956, mi padre, Cándido Moure Rodríguez, de profesión contable y gallego de nacencia y vocación, viajó a Buenos Aires, por unas gestiones familiares, coincidiendo con el Congreso de la Emigración, que allí se desarrolló. En su maleta de modesto viajero llevaba tres ejemplares de "Chile a la Vista", el libro que contenía las principales crónicas que Eduardo Blanco Amor escribiera sobre Chile y su "loca geografía", publicadas en medios de prensa locales, bajo ese acertado y sugestivo título sugerido por Hernán Díaz Arrieta, "Alone", crítico literario que ejerció una suerte de patronazgo hermenéutico, durante tres décadas, desde las páginas de "El Mercurio" de Santiago.
A su regreso, nuestro padre traía en sus manos los tres ejemplares dedicados, de los cuales sólo quedó uno en casa, cuya dedicatoria rezaba "A Cándido Moure Rodríguez, paisano y amigo, con el aprecio de EBA". Mi madre, con su perfecta dicción y templada voz, iba a leernos, en las sobremesas de los sábado y domingo, aquellas vibrantes crónicas del entrañable escritor orensano. Era aquel un rito que nos inició en el amor por los libros y en el prurito de vincularnos a la Terra Nai, herencia que Cándido, galego de A Touza, Santa María de Vilaquinte, Carballedo, Lugo, nos dejara como vocación de vida. Al respecto, traigo a colación una sentencia de Camilo José Cela: "No se puede ser gallego impunemente".
Medio siglo más tarde, desde mi cátedra de Lingua e Cultura Galega, en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, a instancias de su directora, Carmen Norambuena Carrasco, nos dimos a la tarea de recuperar todas las crónicas escritas en Chile por Blanco Amor, las que fueron publicadas, en 2003, por Galaxia, con el patrocinio del Consello da Cultura Galega. Esa edición lleva un pórtico de mi amigo escritor, Hernán Ortega, y un breve ensayo introductorio de mi autoría.
Tres años antes, habíamos concluido en el Instituto IDEA la recopilación del millar y pico de crónicas escritas por otro gallego notable, orador, cronista, diputado de la II República Española, Ramón Suárez Picallo, oriundo de Sada, que vivió su exilio en Chile, desde 1940 hasta 1956, cuando volvió a Buenos Aires, para establecerse allí hasta su pasamento, en 1964. En 2008, el Consello da Cultura Galega editó "La Feria del Mundo", una selección de cuatrocientas crónicas del inquieto y agudo sadense.

A treinta y cinco años del fallecimiento de Eduardo Blanco Amor, organizaremos algunos sencillos homenajes a su obra y a su trayectoria de fino escritor, entre las que se cuenta un acto en la casa del Escritor, sede de la Sociedad de Escritores de Chile. En este caso, me otorgarán su respaldo fraternal dos amigos gallegos -a quienes conozco desde la época de Rosalía de Castro-, Begoña Pereira y Antonio Chaves.
Lo dijo Jorge Luis Borges, lo ratificó mi padre con su enseñanza de vida: "Sólo una cosa no existe: es el olvido".
Nosotros, los gallegos, hemos venido al mundo para recordar, es decir, para tejer y destejer los hilos vitales a través del corazón.

Edmundo Moure
Santiago de Chile
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 05-12-2014 00:52
# Ligazón permanente a este artigo
RECUERDOS

EL BUEN REFUGIO


La mariposa nocturna no sabe
que va a quemarse en la luz.


Quizá sea demasiado esperar que lleguen para ti días tranquilos, de paz contigo mismo, si ya no es posible la concordia con otros, pero sigues buscándola, talvez como un viejo sueño que acariciaste desde la infancia, como impulso genético y al mismo tiempo con una buena dosis literaria que vino con las historias de espacios abiertos y de lugares amenos, sueños aventureros que se mezclaban con extrañas ansias de eremita. Pero como escribió aquel poeta griego, nunca te desprenderás de la ciudad que llevas contigo, pues todo viaje, si es simple huída, te llevará a contemplarte en el mismo espejo, donde tu imagen repetirá la desnuda verdad de tu espíritu.

Estás viejo, aunque el ánimo no haya abandonado tus pasos y cada día te atraiga el pulso de los caminos, como la primera mañana en que tu padre te llevó con él de cacería, ocasión en que se grabaron en ti, de manera indeleble, aquellos sonidos y aromas y palabras que traerían de nuevo la excitante convocatoria a buscarte a ti mismo en el mundo, en la naturaleza que sentías propia, como si ella fuese parte de ti y su pulso descomunal latiera en el tuyo, al unísono.

Ahora que toda aventura yace y palpita en los libros, vuelves una y otra vez a las amadas palabras, pero cada día resulta más arduo encontrar en ellas el buen refugio… Sucede como con los primeros frutos de la primavera, con esas primicias que antes parecían estallar en tus manos desde la carga dulce de sus sabores. Y recuerdas, ahora con dolor, la frase de Rainer María Rilke: “Sólo los niños y los pájaros conocen el sabor de las cerezas”. Es una certeza irremediable.

También la sentencia del Caballero de la Triste Figura, al regreso postrero de sus correrías desmesuradas: “En los nidos de antaño ya no hay pájaros hogaño”… Ni siquiera son las mismas aquellas golondrinas de cabecita estrellada que tu padre te instaba a reconocer en la remota aldea.

Pero no son los frutos ni los pájaros los que han cambiado, sino tú, que te has hecho viejo. Es tan sencillo como rotundo, porque no hay vuelta atrás.

Entonces, quizá sea necesario habituarse a la inclinación de tu cabeza y de tu cuerpo hacia el regazo de la tierra, que te aguarda en su cobijo final, para que restituyas el animado polvo de estrellas que te fue concedido, hace muchas décadas, en esa cópula de eternidad que mora en todas las cosas.

La tarde ha vuelto a ti. A través de la ventana observas las verdes hojas del jacarandá, en perfecta combinación cromática con los racimos de sus flores moradas, que se mecen en la suave brisa y parecen saludarte con extrañas venias… Pero nada de eso es real, aunque sean verdaderas las ilusiones de la imaginación, esa que proyecta en el mundo su ansiosa búsqueda tras el júbilo de comprender, un estado de conciencia cada vez más difícil de alcanzar, por más que apelemos al tesoro huidizo de la memoria.

Entonces, sientes el latir de una inefable congoja. Te levantas, coges ese viejo libro que un anciano trajera para ti, ha muchos años, como regalo nacido en la amistad sin mácula de las palabras. Es “Walden o la vida en los bosques”, de Henry David Thoreau, y lees:

“Ningún hombre se guió jamás por su genio hasta el punto de equivocarse. Aunque el resultado fuera la postración física, o incluso en el caso de que nadie pudiera afirmar que las consecuencias habían sido lamentables, para tales hombres existía una vida conforme a unos principios más elevados. Si recibes con alegría el día y la noche, si la vida despide la fragancia de las flores y las plantas aromáticas, si es más flexible, estrellada e inmortal, el mérito es tuyo. La naturaleza entera es tu recompensa, y has provocado por un instante que sea a ti mismo a quien bendiga. Los grandes logros y principios son muy difíciles de apreciar. Dudamos de su existencia con facilidad. Pronto los olvidamos. Pero son la más elevada de las realidades… La auténtica cosecha de la vida cotidiana es tan intangible e indescriptible como los matices de la mañana o de la noche. Es como atrapar un poco de polvo de las estrellas o asir el fragmento de un arco iris”.

Una voz, esa voz que buscaste a tientas por muchos caminos, te habla ahora desde el corazón de la casa, invitándote a la mesa. El buen refugio cierra sus brazos y te regala de nuevo el dulce milagro cotidiano.


Edmundo Moure
Noviembre 2014



Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 25-11-2014 00:12
# Ligazón permanente a este artigo
TERTULIAS
TERTULIAS


A Juan Pablo López Maluenda


Las tertulias o reuniones de personas afines en torno a temas comunes que se conversan o tratan en grupos, al parecer, se iniciaron como tales en la segunda mitad del siglo XVIII, en París, práctica surgida de los afanes de la Ilustración, que luego se extendería a Berlín, Viena, Amsterdam, Praga, Madrid, Lisboa y otras ciudades de acervo cosmopolita… Expresiones de una burguesía que buscaba el conocimiento como ideal filosófico, también como exhibición de prestigio social, pues aquellas reuniones solían ser encabezadas por mujeres, damas de alcurnia que convocaban a sus amistades entre la intelectualidad y las celebridades artísticas.
Famosos fueron los Salones Berlineses, animados por la joven judía Rahel Vernhagen, insertos en la antigua tradición hebrea que hizo posible, desde tiempos remotos, la instrucción de las mujeres en las letras y las artes, desafiando los cánones de la sociedad que prescribían para la mujer sólo quehaceres domésticos y de crianza. La familia de Miguel de Cervantes y Saavedra, de origen judío, conoció esta costumbre, que hizo posible la alfabetización de sus hijas. Este hecho le jugaría en contra cuando pretendió oficializar su “pureza de sangre” y condición de “cristiano viejo”.
En España, y sobre todo en Madrid, en la segunda mitad del siglo XIX, las tertulias se hicieron comunes en los cafés. Algunos de ellos, como el de La Montaña, El Colonial o el de Artistas, convocaban a los más preclaros intelectuales de la Generación del 98, como Jacinto Benavente, Ramón del Valle-Inclán, Manuel Machado, Miguel de Unamuno, Pedro Salinas y otros. Allí se dialogaba, se discutía y también se disputaba con la vehemencia propia de los españoles. En una de esas acaloradas discusiones, Valle-Inclán perdió su brazo izquierdo, luego de un terrible bastonazo que le propinara Manuel Bueno, ofendido por una crítica demoledora en su contra, publicada bajo la firma de don Ramón. Ofensa imperdonable entre pares, que podía llevar a batirse a duelo, con padrinos y pistolas..
Rafel Cansinos Assens, escritor sevillano radicado en Madrid, de origen sefardita, admirado por Borges, en su obra “La Novela de un Literato”, da cuenta, con maestría y humor, de las tertulias madrileñas en los días de la Primera Guerra Mundial, cuando la neutralidad española permitía el desarrollo de una vida más o menos normal para los artistas y bohemios de la época. Extraigo para ti, amigo lector, parte de esa crónica, titulada “El Colonial”:
“Poco a poco, sin yo pretenderlo, me veo convertido en cabecera de una tertulia literaria. Jóvenes poetas, tímidos como lo era yo en otro tiempo para los escritores que admiraba, se me acercan espontáneamente, se me presentan con un primer libro en las manos trémulas o simplemente con un verso no escrito en los labios, solicitando ser admitidos en mi círculo del Colonial. Nuestra mesa toma un carácter marcadamente literario, que aleja a los antiguos amigos como Alsagak, que, con aire de superioridad, miran a estos noveles atacados, como ellos dicen, del sarampión de la literatura…
“Lo cierto es que en este café ruidoso y bullente, de prosa y vulgaridad frívola, nuestro rinconcito es un pequeño Parnaso en el cual sólo se habla de literatura…, se recitan versos, se leen páginas inéditas, se hacen planes de grandes obras, se discuten valores… y se acarician sueños de gloria, que ponen ardientes de fiebre los ojos y los dilatan como estrellas…
“¿Quiénes son estos noveles, todavía ignorados de la Crítica, desdeñados de los colegas, que ya tienen un nombre, y que vienen a mí, como a un hermano mayor, en demanda de comprensión y ayuda? Siempre el mismo entusiasmo loco, la misma exaltación, los mismos ojos de fiebre y el mismo temblor en la voz…
“Entre estos noveles hay la natural emulación, los celos y menudas envidias, propias de todo grupo de humanos. Todos pretenden tener el secreto del arte y de la obra maestra, y todos miran con desdén al compañero. Todos, en una palabra, se creen genios…
“Con una sonrisa comprensiva y alentadora, les oigo sus versos y asisto a sus discusiones acaloradas, que a veces hacen volver la cabeza, asombrados, a los vecinos de mesa… ¡Qué vehemencia, qué gritos, qué disputas tan enconadas, no por una mujer, sino por esa cosa fantástica, irreal, que se llama literatura!...”

Recuerdo las reuniones en el bar Unión Chica, precedidos por el gran poeta Jorge Teillier, acompañados de Rolando Cárdenas y Aristóteles España, en los oscuros años 80’, cuando toda la bohemia vivía bajo sospecha y la noche era, sin eufemismos ni metáforas, la boca del lobo.
Ahora voy los lunes a la Sociedad de Escritores de Chile, procurando reeditar las tertulias en el refugio López Velarde, en torno al vino y la cerveza. Es como hurgar en los anaqueles algo desvaídos de la nostalgia… Cuesta conversar en medio del bárbaro ensimismamiento tecnológico que inunda la ciudad como negra epidemia.
Y aunque mi padre criticara a menudo mi excesiva facundia, yo, porfiado y modesto émulo de tertulianos célebres, encabezo una tertulia semanal en el Café Hamburgo, en la comuna de Ñuñoa, donde resido. Me acompañan amigos y poetas, entre los que destaco a Juan Antonio Massone, a Soledad Molina y a Manuel Andros. Asimismo, a mi buen amigo cordobés, ingeniero de oficio, Gregorio Dobao, y al productor de cine, antiguo compañero de afanes libertarios, Carlos Cabrera. Todos los miércoles, a partir de las siete de la tarde, abrimos este espacio para ejercer uno de los hábitos más placenteros y necesarios: conversar.
Te esperamos, buen amigo lector. Puedes hablar allí de lo que te plazca, y aun escuchar, que es un acto difícil en estos tiempos de incomunicación y de inocua algazara.

Edmundo Moure
Moderador de Tertulias
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 03-11-2014 00:20
# Ligazón permanente a este artigo
Presentación del libro “Zurita, Arquitectura del Escritor”, ensayo de Hernán Ortega Parada,
Reproducimos a continuación a intervención de Edmundo Moure na presentación do libro sobre o poeta chileno Raúl Zurita do que é autor Hernán Ortega.


EL SÓLIDO EDIFICIO POÉTICO DE RAÚL ZURITA


Como bien afirma Hernán Ortega, autor del libro, “Zurita, Arquitectura del Escritor”: “Con estas ‘arquitecturas’ se ha creado una inédita herramienta de análisis de los múltiples factores que hacen crecer a los autores de este género”.
Hablamos de una aguda y acabada indagación en el proceso creativo del escritor, en este caso específico, del poeta Raúl Zurita, para develar experiencias vitales y estéticas en función de la estructura de su obra literaria. En 1999, abriendo esta notable serie arquitectural, aparece “Enrique Gómez Correa”; en 2004, “Jorge Teillier”; en 2009, “Ludwig Zeller”; en 2014, una segunda edición de “Jorge Teillier”, en sobresaliente formato; y la primera edición de “Zurita”, que hoy nos ocupa en esta presentación.
Me une con Hernán Ortega una sólida amistad de más de tres décadas, incubada bajo el alero de la revista Huelén, en aquella casa mítica de avenida España esquina Blanco, donde el aroma dulzón del cuero curtido se confundía con el de la tinta de aquellos impresos en los que Hernán ponía el pulso constante e incansable de sus afanes de escritor, reuniendo a un grupo de soñadores y soñadoras capaces de sustraerse, aunque fuera en aquellas reuniones clandestinas, del peso aleve y corrosivo de esa “larga noche de piedra” en que las fuerzas militarizadas del lado oscuro habían sumido a nuestra República.
Desde un comienzo, me llamó profundamente la atención este individuo alto y desgarbado, de aspecto serio y algo solemne, que asumía el oficio de escritor como una suerte de cruzado quijotesco en beneficio de la literatura, concebida como ideal de trabajo compartido, posponiendo ese yo que entre nosotros suele ser gigantesco, aislándonos entre muros de vanidad y egolatría… Hernán quiso conformar un grupo selecto de creadores, en torno a una revista literaria como ha habido pocas en Chile, que logró sobrevivir en catorce números consecutivos, sorteando todas las limitaciones, exacerbadas en aquella época en que prevalecía el zafio terror del Estado fascista.
En el terreno semántico de las suposiciones -lo que pudo o debió ser y no fue-, se me ocurre que Hernán Ortega debió haber nacido en Alemania o en Inglaterra o en Suecia, países, ámbitos quizá privilegiados para el desarrollo de la investigación y de su hijo legítimo y pródigo, el ensayo. Hubiese dispuesto de medios y oportunidades para el desarrollo pleno de sus notables capacidades, analíticas y creativas. No obstante, la cruda realidad, que se impone a nuestros sueños y expectativas hizo que él creciera entre nosotros, en medio de esta menesterosa aldea de las letras, en cuyas
callejuelas precarias nuestro amigo ha sabido levantar su propia y fundamentada arquitectura, hecha de las mejores palabras repartidas con generosidad en su mesa fraterna.
El número 10 de la revista Huelén (agosto de 1983) fue dedicado a Raúl Zurita, con un artículo-entrevista, bajo el subtítulo “¿Infierno o Paraíso”, que ocupó un tercio de la publicación. En este texto se revela la capacidad indagadora de Hernán y el propio conocimiento de lo que constituye el proceso creativo del escritor, para articular una sólida estructura estética y vital al servicio del lector despierto y del escritor en vías de serlo, caminando entre las palabras por una senda estrecha que jamás termina, porque este es un oficio sin meta prefijada ni consagración definitiva… El que diga lo contrario no conoce sus avatares ni la imposibilidad, recurrente y dolorosa, de asir, de aprehender el lenguaje, siempre escurridizo y traicionero, mitad mariposa y mitad serpiente.
De ese texto, extraigo el colofón, de la pluma de Hernán Ortega:
“La historia se escribe con huellas. Y la poesía con inteligencia.
Nos queda la impresión que Zurita no irá al Purgatorio. Irá derecho al Infierno o al Paraíso. Allá, escrituras de fuego o de nubes denotarán su presencia.
Y en alguno de esos dos lugares, Zurita se encontrará con sus enemigos o sus panegiristas principales.”

Recuerdo que en 1990, recién inaugurada nuestra “democracia protegida”, Raúl Zurita viajó a Roma como flamante agregado cultural. Este nombramiento provocó escozores y generó diatribas entre algunos de sus pares de oficio. Se le criticó ácidamente, acusándole de connivencia publicitaria con los nuevos poderes… Entonces, escribí una crónica en el diario La Época, entregando al poeta mi modesto apoyo y mi reconocimiento expreso a la indiscutible calidad de su obra literaria. La publicación de mi texto me atrajo las iras y descalificaciones de aquellos iracundos detractores del poeta, que dedicaron un programa radial a descalificarme por mi osadía y a menoscabar la obra de Zurita…
Ahora, volviendo al colofón de Hernán, deseo a Raúl Zurita que no se tope, ni en el paraíso, ni en el infierno ni en ningún limbo escatológico, con esos canes iletrados que siempre ladrarán a quienes emprenden con ánimo y valentía los arduos caminos de la literatura… Como dijera nuestro recordado Filebo, “si algo no te perdonan tus camaradas de oficio, es que escribas bien”.

Paso a dar cuenta de algunas reflexiones en torno a Raúl Zurita y a su obra, surgidas luego de la lectura de este excelente ensayo, que recomiendo de manera entusiasta y desinteresada.
Consciente o inconscientemente, uno busca referentes, pares de espíritu, sea para sí mismo o para otros camaradas de oficio. Es el prurito de relación que toda actividad cultural requiere, estableciendo ligazones entre sus múltiples redes.
En el caso de Zurita, cantor epopéyico de las entrañas telúricas e históricas de Chile, como heredero aventajado de las voces clásicas de la poesía griega, latina e hispánica, y también de la aún novel poesía chilena, aparece ante mí uno de sus pares espirituales. Me refiero al escritor griego, de origen cretense, Niko Kazantzakis (1883-1957), uno de los grandes de la literatura universal, que no recibió el de sobra merecido Nobel, omisión que alcanzara también a Jorge Luis Borges y a otros dilectos no bien queridos de la Academia sueca.
Después de releer “Carta al Greco”, escucho de nuevo el eco telúrico de aquellas formidables imprecaciones con que el cretense desafía a la divinidad, mientras la busca, apelando a la figura de ese Cristo, humano y desgarrado, iluminado y sufriente, que atormentara a Kazantzakis… Este discurso, imprecativo y desmesurado, está presente en la poesía de Raúl Zurita, cuando nos dice: Les aseguro que no estoy loco… Créanme/ puede sí que el cielo me ponga un poco nervioso/ Es que hoy iba a rayar obscenidades en un baño/ y vi algo como un ángel –eso es todo/ “Escribe Dios y virgensantísima” me ordenó… O este otro verso: En los inmundos baños/ y en las altas catedrales/ hablan del éxtasis en las paredes/ Soy el hombre –respondo/ De Tu Sagrado Vientre Jesús/ me replican las paredes…
Esta actitud de Zurita, semejante a la de Kazantzakis, constituye quizá el meollo de su mérito estético, ser capaz de traducir en bella poesía aquella eclosión intermitente de un espíritu inquieto e insatisfecho, que aunque se declara escéptico y aun ateo, afirma una suerte de profesión de fe cósmica, cuando nos dice: “En el Universo, cada partícula de lo viviente da un testimonio de sí mismo”… Dar cuenta de sí mismo no deja de ser emocionante”… Así, Zurita ha plasmado versos en las pétreas llanuras del desierto y en los cielos ingrávidos de su pequeña patria.
Y cuando Hernán Ortega pregunta a Raúl Zurita: “¿Crees que ya has escrito la obra más libre y creativa, según alguna sospecha íntima?”, el poeta responde: “No quiero creer que sí. Me gustaría que todavía, si Dios llegase a existir, tuviese la gentileza de darme un par de años, me gustaría escribir un par de cosas que valiesen la pena…”
En las postrimerías de su vida, Niko Kazantzakis pedía a su Dios que le otorgase un año más para concluir su autobiografía espiritual, “Carta al Greco”, obra cuyo manuscrito hubo de compaginar y terminar Elena, su viuda, porque su petición, al parecer, no fue acogida por el innombrable.
De este coloquio entre Zurita y Ortega, espigo para mi crónica una reflexión de Raúl que me parece esencial:
“Quisiera creer que la única función de la literatura y del arte es hacer que la vida humana sea un poco más vivible. Pero, en todo caso, es un poco lo siguiente: los hechos en sí, son absolutamente parcos y secos, se murió mi papá, hoy me separé, nació mi hijo, hoy conocí a fulano de tal. Solamente el arte y la literatura son los que le dan a los hechos la piedad, la profundidad y la conmiseración que los hechos en sí mismos jamás tienen. O sea, el hecho de la muerte de mi padre es un dato seco, pero a través del arte yo puedo darle a la humanidad, despojada, el sentido que eso tiene. Entonces, puede ser que la literatura sea la única posibilidad de corrección de la experiencia, corrección que, por supuesto, nunca es suficiente. Muchas veces me he sorprendido pensando en que, para que dos seres que se amaban y que nunca tenían que morirse por luchas que no les correspondían, tuvo que escribirse ‘Romeo y Julieta’, ¿me entiendes? Me acuerdo tan patente que en la guerra de Sarajevo –yo estaba en Italia-. Vi imágenes de dos tipos tirados en un puente, eran un chico y una chica, creo que una musulmana y un serbio, de los dos bandos, muertos, jóvenes, y de inmediato los noticieros los llamaron ‘Romeo y Julieta de Sarajevo’… Pero siempre el arte es ese gran reservorio, lleno de conmiseración, para que los seres humanos no cometan las locuras y demencias que esas mismas obras se ven obligadas a contar, y sin embargo, nunca alcanzan…”
Kazantzakis escribió: “No es el hombre lo que me maravilla, sino el fuego que devora al hombre”.
En ese fuego propiciatorio, que jamás se extingue para quienes nos movemos tras sus anhelos, veo hoy a Raúl Zurita, nuestro gran poeta, emergiendo victorioso de las páginas de ésta su Arquitectura.

Edmundo Moure
25 de octubre, 2014
Presentación en la Feria Internacional del Libro, de Santiago, del libro “Zurita, Arquitectura del Escritor”, ensayo de Hernán Ortega Parada, Ediciones Universitarias de Valparaíso, 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 27-10-2014 14:33
# Ligazón permanente a este artigo
© by Abertal