A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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ACERCAR MUNDOS

Pues sueño contra sueño es la vida.
Arturo Cuadrado Moure



Es el valor de la cultura, entendida como redes de acercamiento para compartir experiencias, apreciarlas y enriquecer el propio acervo, dentro del respeto por la diversidad humana... Esa forma de cultura mezquina, que algunos proponen e impulsan bajo banderas de nacionalismos trasnochados, es mala ficción onanista del mundo y de la multiculturalidad que lo cohabita; es agresión más que entendimiento.
Pudiera resultar extraño que aquí, en el finisterre austral o Último Reino -como se llamó a Chile durante el Virreinato del Perú-, estemos nosotros empeñados en unir, a través de la palabra, del mito fundacional y de la imaginación creadora, los dos confines donde laten nuestros sueños: el Chiloé del extremo sur –Nueva Galicia- y la Galicia Atlántica de Rosalía y Castelao. Invitamos a conocer estos confines, que hemos intentado aproximar, desde el ensayo investigativo, en el libro “Chiloé y Galicia, Confines Mágicos”, editado en Santiago de Compostela (1997) y en Vigo (2008), disponible en versión PDF, gratuita, en el ancho universo de la Web.
Y no sólo eso. Contamos con dos obras más, a saber: “Chile a la Vista”, conjunto de crónicas del notable escritor gallego, oriundo de Ourense, radicado por medio siglo en Buenos Aires, Eduardo Blanco Amor, libro editado en 1951-1953 (Editorial del Pacífico, Santiago de Chile); y en 2003 (Editorial Galaxia, Vigo, Galicia; esta última, edición íntegra, a cargo de quien pergeña esta crónica)… Y “La Feria del Mundo”, selección de más de trescientos artículos periodísticos de Ramón Suárez Picallo, diputado de la Segunda República española, orador insigne y fino cronista, que vivió dieciséis años de exilio en Chile, donde se dio maña y derrochó talento para escribir más de un millar de crónicas, sobre los más diversos tópicos, entre 1940 y 1956.

Ayer, en la tertulia que animamos, semana a semana, en el Café Hamburgo, comuna de Ñuñoa, nos acompañaron dos invitados especiales: Begoña Pereira y Antonio Chaves, gallegos de Vigo y ciudadanos del mundo… El café lleva el nombre del viejo puerto teutón, lugar de arribo, zarpe y confluencia de muchos pueblos y culturas a lo largo de los siglos. ¿Coincidencias? No existen. Como dijera un poeta indio “Coincidencia o casualidad, así llamamos a los hilos secretos con que se teje la vida”.
Antonio abrió la conversación, refiriéndose al gran gestor cultural que fuera Arturo Cuadrado Moure, de quien escribe, en su opúsculo Mar azul/ Cielo azul/ Blanca vela, que me ha dedicado con un bello dibujo marino, hecho en trazos vertiginosos, confirmando su oficio de pintor y dibujante, además de escritor:

“Arturo Cuadrado Moure, poeta, escritor, articulista, crítico de arte, prologuista, orador, locutor de radio, conferenciante, animador sociocultural e intelectual comprometido, nació en Denia (Alicante), el tres de mayo de 1904… Hijo de Cruz Arturo Cuadrado Miján, madrileño, y de Mercedes Moure Carollo, natural de Santiago de Compostela… Como bien dejó señalado: Mis ojos nacen en el mar Mediterráneo. Ahí se forja quizá uno de mis sonetos más perfectos. Cuyo primer endecasílabo es ‘Mar azul. Cielo azul. Blanca vela’… Desde esa metáfora se forjaba mi destino de poeta, es decir, no ver las cosas como son, sino como el deseo de cómo deben ser…
“Pero hoy, ahora, y también antes, el salto que uno da es el del vértigo y retorcimiento por la muerte y ausencia del amigo, del hombre –que no del poeta- enfrentado a la mediocridad de un tiempo y de una tierra… Son instantes para recordar a quien mantuvo elevada e inalterable la bandera de su signo, de su ensueño, corroborando su altura de miras. Altura de miras de un intelectual –no se olvide- vinculada a la Generación del 27, a la generación de la España Peregrina…”

Y en esa Buenos Aires que los paisanos intelectuales bautizaron como la “Atenas de América del Sur”, desde antes de la Guerra Civil, comenzó a fructificar una sobresaliente generación de artistas, poetas y escritores, cuya culminación creadora se dio en la extensa posguerra, la “noche de piedra” del franquismo. Arturo fue uno de los más activos aglutinadores de ese proceso, con sus dotes polifacéticas y su incansable empuje y proverbial valentía. Rafel Dieste, Alfonso Castelao, Luis Seoane, Lorenzo Varela, Ramón Suárez Picallo, y muchos otros, compartieron y acrecentaron su afán…
Y Eduardo Blanco Amor, por supuesto, cuyo libro “Chile a la Vista” estuvo ayer, jueves 4 de diciembre de 2014, en nuestras manos: la edición de Editorial del Pacífico (1951), a cargo Antonio; la de Galaxia (2003), para este cronista.
Antonio leyó el emocionante texto referido a la llegada de Blanco Amor a Chile y su encuentro con Ramón Suárez Picallo, en nuestra Plaza de Armas, y la exaltación que éste hizo de las bondades hospitalarias de Chile, prodigadas a los republicanos españoles desde el arribo del Winnipeg, el “barco de la esperanza”, en septiembre de 1939… Apasionado, a ratos vehemente, Antonio Chaves habla de aquellos intelectuales comprometidos en la lucha por la justicia, que entregaron con generosidad los frutos de sus talentos, sin claudicar, aunque terminaran –como Eduardo, hijo pródigo de la mítica Auria (Ourense); como Arturo- en el olvido y el abandono del “oficialismo gallego”, entronizado sobre los despojos de la lucha libertaria.
Y yo, con el prurito de regresar a los confines, leí la curiosa experiencia de “sobrevida” o resurrección de Blanco Amor, cuando despierta de un sueño de plomo, luego de larga tempestad en los canales del sur de Chile, y observa desde la borda del barco el paisaje idílico y brumoso de Ortigueira, reflexionando, en la confusión de su pasmo, que ha vuelto a la niñez en brazos de la Parca… Pero un manotazo inesperado en su espalda y la voz del capitán, en cantarino acento chilote, lo sacan de su ensoñación: -“Aquí no está usted en su Galicia natal, señor… Aquí estamos en el puerto de Quellón, en Chiloé…”
Y Blanco Amor concluye aquella crónica entrañable, manifestándole al lector que ya nunca podrá escribir con imparcialidad sobre Chiloé, pues se le había arraigado para siempre en el corazón.

Las dos horas prefijadas para nuestra tertulia volaron como golondrinas presurosas. Tuvimos apenas tiempo para recordar la amistad de Eduardo con Federico, y recitar el primero de los Seis Poemas Gallegos que García Lorca escribiera, en 1933, en Compostela, el “Madrigal á Cibdá de Santiago”, que gustó particularmente a las hermanas Patricia y Verónica Tagle, nietas de Pablo de Rokha, para quien también hubo palabras encomiásticas al finalizar la reunión, del propio Antonio, de Guillermo Martínez y de Juan Pablo del Río, recordándonos que el gran poeta jamás claudicó en sus ideales de luchador social, ajeno a todo oportunismo o componenda con los poderosos.
Poesía y crónica. Viaje y aventura fundacional. Los gallegos van y vienen; siempre traen en su fardel de pescadores una liza invisible con la que estrechan y vinculan los mundos de esta pequeña esfera azulada que llamamos Tierra.

Edmundo Moure
Café Hamburgo, diciembre 4, 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 06-12-2014 00:56
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RECORDANDO A BLANCO AMOR DESDE CHILE


RECUERDOS DE EDUARDO BLANCO AMOR


En 1956, mi padre, Cándido Moure Rodríguez, de profesión contable y gallego de nacencia y vocación, viajó a Buenos Aires, por unas gestiones familiares, coincidiendo con el Congreso de la Emigración, que allí se desarrolló. En su maleta de modesto viajero llevaba tres ejemplares de "Chile a la Vista", el libro que contenía las principales crónicas que Eduardo Blanco Amor escribiera sobre Chile y su "loca geografía", publicadas en medios de prensa locales, bajo ese acertado y sugestivo título sugerido por Hernán Díaz Arrieta, "Alone", crítico literario que ejerció una suerte de patronazgo hermenéutico, durante tres décadas, desde las páginas de "El Mercurio" de Santiago.
A su regreso, nuestro padre traía en sus manos los tres ejemplares dedicados, de los cuales sólo quedó uno en casa, cuya dedicatoria rezaba "A Cándido Moure Rodríguez, paisano y amigo, con el aprecio de EBA". Mi madre, con su perfecta dicción y templada voz, iba a leernos, en las sobremesas de los sábado y domingo, aquellas vibrantes crónicas del entrañable escritor orensano. Era aquel un rito que nos inició en el amor por los libros y en el prurito de vincularnos a la Terra Nai, herencia que Cándido, galego de A Touza, Santa María de Vilaquinte, Carballedo, Lugo, nos dejara como vocación de vida. Al respecto, traigo a colación una sentencia de Camilo José Cela: "No se puede ser gallego impunemente".
Medio siglo más tarde, desde mi cátedra de Lingua e Cultura Galega, en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, a instancias de su directora, Carmen Norambuena Carrasco, nos dimos a la tarea de recuperar todas las crónicas escritas en Chile por Blanco Amor, las que fueron publicadas, en 2003, por Galaxia, con el patrocinio del Consello da Cultura Galega. Esa edición lleva un pórtico de mi amigo escritor, Hernán Ortega, y un breve ensayo introductorio de mi autoría.
Tres años antes, habíamos concluido en el Instituto IDEA la recopilación del millar y pico de crónicas escritas por otro gallego notable, orador, cronista, diputado de la II República Española, Ramón Suárez Picallo, oriundo de Sada, que vivió su exilio en Chile, desde 1940 hasta 1956, cuando volvió a Buenos Aires, para establecerse allí hasta su pasamento, en 1964. En 2008, el Consello da Cultura Galega editó "La Feria del Mundo", una selección de cuatrocientas crónicas del inquieto y agudo sadense.

A treinta y cinco años del fallecimiento de Eduardo Blanco Amor, organizaremos algunos sencillos homenajes a su obra y a su trayectoria de fino escritor, entre las que se cuenta un acto en la casa del Escritor, sede de la Sociedad de Escritores de Chile. En este caso, me otorgarán su respaldo fraternal dos amigos gallegos -a quienes conozco desde la época de Rosalía de Castro-, Begoña Pereira y Antonio Chaves.
Lo dijo Jorge Luis Borges, lo ratificó mi padre con su enseñanza de vida: "Sólo una cosa no existe: es el olvido".
Nosotros, los gallegos, hemos venido al mundo para recordar, es decir, para tejer y destejer los hilos vitales a través del corazón.

Edmundo Moure
Santiago de Chile
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 05-12-2014 00:52
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RECUERDOS

EL BUEN REFUGIO


La mariposa nocturna no sabe
que va a quemarse en la luz.


Quizá sea demasiado esperar que lleguen para ti días tranquilos, de paz contigo mismo, si ya no es posible la concordia con otros, pero sigues buscándola, talvez como un viejo sueño que acariciaste desde la infancia, como impulso genético y al mismo tiempo con una buena dosis literaria que vino con las historias de espacios abiertos y de lugares amenos, sueños aventureros que se mezclaban con extrañas ansias de eremita. Pero como escribió aquel poeta griego, nunca te desprenderás de la ciudad que llevas contigo, pues todo viaje, si es simple huída, te llevará a contemplarte en el mismo espejo, donde tu imagen repetirá la desnuda verdad de tu espíritu.

Estás viejo, aunque el ánimo no haya abandonado tus pasos y cada día te atraiga el pulso de los caminos, como la primera mañana en que tu padre te llevó con él de cacería, ocasión en que se grabaron en ti, de manera indeleble, aquellos sonidos y aromas y palabras que traerían de nuevo la excitante convocatoria a buscarte a ti mismo en el mundo, en la naturaleza que sentías propia, como si ella fuese parte de ti y su pulso descomunal latiera en el tuyo, al unísono.

Ahora que toda aventura yace y palpita en los libros, vuelves una y otra vez a las amadas palabras, pero cada día resulta más arduo encontrar en ellas el buen refugio… Sucede como con los primeros frutos de la primavera, con esas primicias que antes parecían estallar en tus manos desde la carga dulce de sus sabores. Y recuerdas, ahora con dolor, la frase de Rainer María Rilke: “Sólo los niños y los pájaros conocen el sabor de las cerezas”. Es una certeza irremediable.

También la sentencia del Caballero de la Triste Figura, al regreso postrero de sus correrías desmesuradas: “En los nidos de antaño ya no hay pájaros hogaño”… Ni siquiera son las mismas aquellas golondrinas de cabecita estrellada que tu padre te instaba a reconocer en la remota aldea.

Pero no son los frutos ni los pájaros los que han cambiado, sino tú, que te has hecho viejo. Es tan sencillo como rotundo, porque no hay vuelta atrás.

Entonces, quizá sea necesario habituarse a la inclinación de tu cabeza y de tu cuerpo hacia el regazo de la tierra, que te aguarda en su cobijo final, para que restituyas el animado polvo de estrellas que te fue concedido, hace muchas décadas, en esa cópula de eternidad que mora en todas las cosas.

La tarde ha vuelto a ti. A través de la ventana observas las verdes hojas del jacarandá, en perfecta combinación cromática con los racimos de sus flores moradas, que se mecen en la suave brisa y parecen saludarte con extrañas venias… Pero nada de eso es real, aunque sean verdaderas las ilusiones de la imaginación, esa que proyecta en el mundo su ansiosa búsqueda tras el júbilo de comprender, un estado de conciencia cada vez más difícil de alcanzar, por más que apelemos al tesoro huidizo de la memoria.

Entonces, sientes el latir de una inefable congoja. Te levantas, coges ese viejo libro que un anciano trajera para ti, ha muchos años, como regalo nacido en la amistad sin mácula de las palabras. Es “Walden o la vida en los bosques”, de Henry David Thoreau, y lees:

“Ningún hombre se guió jamás por su genio hasta el punto de equivocarse. Aunque el resultado fuera la postración física, o incluso en el caso de que nadie pudiera afirmar que las consecuencias habían sido lamentables, para tales hombres existía una vida conforme a unos principios más elevados. Si recibes con alegría el día y la noche, si la vida despide la fragancia de las flores y las plantas aromáticas, si es más flexible, estrellada e inmortal, el mérito es tuyo. La naturaleza entera es tu recompensa, y has provocado por un instante que sea a ti mismo a quien bendiga. Los grandes logros y principios son muy difíciles de apreciar. Dudamos de su existencia con facilidad. Pronto los olvidamos. Pero son la más elevada de las realidades… La auténtica cosecha de la vida cotidiana es tan intangible e indescriptible como los matices de la mañana o de la noche. Es como atrapar un poco de polvo de las estrellas o asir el fragmento de un arco iris”.

Una voz, esa voz que buscaste a tientas por muchos caminos, te habla ahora desde el corazón de la casa, invitándote a la mesa. El buen refugio cierra sus brazos y te regala de nuevo el dulce milagro cotidiano.


Edmundo Moure
Noviembre 2014



Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 25-11-2014 00:12
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TERTULIAS
TERTULIAS


A Juan Pablo López Maluenda


Las tertulias o reuniones de personas afines en torno a temas comunes que se conversan o tratan en grupos, al parecer, se iniciaron como tales en la segunda mitad del siglo XVIII, en París, práctica surgida de los afanes de la Ilustración, que luego se extendería a Berlín, Viena, Amsterdam, Praga, Madrid, Lisboa y otras ciudades de acervo cosmopolita… Expresiones de una burguesía que buscaba el conocimiento como ideal filosófico, también como exhibición de prestigio social, pues aquellas reuniones solían ser encabezadas por mujeres, damas de alcurnia que convocaban a sus amistades entre la intelectualidad y las celebridades artísticas.
Famosos fueron los Salones Berlineses, animados por la joven judía Rahel Vernhagen, insertos en la antigua tradición hebrea que hizo posible, desde tiempos remotos, la instrucción de las mujeres en las letras y las artes, desafiando los cánones de la sociedad que prescribían para la mujer sólo quehaceres domésticos y de crianza. La familia de Miguel de Cervantes y Saavedra, de origen judío, conoció esta costumbre, que hizo posible la alfabetización de sus hijas. Este hecho le jugaría en contra cuando pretendió oficializar su “pureza de sangre” y condición de “cristiano viejo”.
En España, y sobre todo en Madrid, en la segunda mitad del siglo XIX, las tertulias se hicieron comunes en los cafés. Algunos de ellos, como el de La Montaña, El Colonial o el de Artistas, convocaban a los más preclaros intelectuales de la Generación del 98, como Jacinto Benavente, Ramón del Valle-Inclán, Manuel Machado, Miguel de Unamuno, Pedro Salinas y otros. Allí se dialogaba, se discutía y también se disputaba con la vehemencia propia de los españoles. En una de esas acaloradas discusiones, Valle-Inclán perdió su brazo izquierdo, luego de un terrible bastonazo que le propinara Manuel Bueno, ofendido por una crítica demoledora en su contra, publicada bajo la firma de don Ramón. Ofensa imperdonable entre pares, que podía llevar a batirse a duelo, con padrinos y pistolas..
Rafel Cansinos Assens, escritor sevillano radicado en Madrid, de origen sefardita, admirado por Borges, en su obra “La Novela de un Literato”, da cuenta, con maestría y humor, de las tertulias madrileñas en los días de la Primera Guerra Mundial, cuando la neutralidad española permitía el desarrollo de una vida más o menos normal para los artistas y bohemios de la época. Extraigo para ti, amigo lector, parte de esa crónica, titulada “El Colonial”:
“Poco a poco, sin yo pretenderlo, me veo convertido en cabecera de una tertulia literaria. Jóvenes poetas, tímidos como lo era yo en otro tiempo para los escritores que admiraba, se me acercan espontáneamente, se me presentan con un primer libro en las manos trémulas o simplemente con un verso no escrito en los labios, solicitando ser admitidos en mi círculo del Colonial. Nuestra mesa toma un carácter marcadamente literario, que aleja a los antiguos amigos como Alsagak, que, con aire de superioridad, miran a estos noveles atacados, como ellos dicen, del sarampión de la literatura…
“Lo cierto es que en este café ruidoso y bullente, de prosa y vulgaridad frívola, nuestro rinconcito es un pequeño Parnaso en el cual sólo se habla de literatura…, se recitan versos, se leen páginas inéditas, se hacen planes de grandes obras, se discuten valores… y se acarician sueños de gloria, que ponen ardientes de fiebre los ojos y los dilatan como estrellas…
“¿Quiénes son estos noveles, todavía ignorados de la Crítica, desdeñados de los colegas, que ya tienen un nombre, y que vienen a mí, como a un hermano mayor, en demanda de comprensión y ayuda? Siempre el mismo entusiasmo loco, la misma exaltación, los mismos ojos de fiebre y el mismo temblor en la voz…
“Entre estos noveles hay la natural emulación, los celos y menudas envidias, propias de todo grupo de humanos. Todos pretenden tener el secreto del arte y de la obra maestra, y todos miran con desdén al compañero. Todos, en una palabra, se creen genios…
“Con una sonrisa comprensiva y alentadora, les oigo sus versos y asisto a sus discusiones acaloradas, que a veces hacen volver la cabeza, asombrados, a los vecinos de mesa… ¡Qué vehemencia, qué gritos, qué disputas tan enconadas, no por una mujer, sino por esa cosa fantástica, irreal, que se llama literatura!...”

Recuerdo las reuniones en el bar Unión Chica, precedidos por el gran poeta Jorge Teillier, acompañados de Rolando Cárdenas y Aristóteles España, en los oscuros años 80’, cuando toda la bohemia vivía bajo sospecha y la noche era, sin eufemismos ni metáforas, la boca del lobo.
Ahora voy los lunes a la Sociedad de Escritores de Chile, procurando reeditar las tertulias en el refugio López Velarde, en torno al vino y la cerveza. Es como hurgar en los anaqueles algo desvaídos de la nostalgia… Cuesta conversar en medio del bárbaro ensimismamiento tecnológico que inunda la ciudad como negra epidemia.
Y aunque mi padre criticara a menudo mi excesiva facundia, yo, porfiado y modesto émulo de tertulianos célebres, encabezo una tertulia semanal en el Café Hamburgo, en la comuna de Ñuñoa, donde resido. Me acompañan amigos y poetas, entre los que destaco a Juan Antonio Massone, a Soledad Molina y a Manuel Andros. Asimismo, a mi buen amigo cordobés, ingeniero de oficio, Gregorio Dobao, y al productor de cine, antiguo compañero de afanes libertarios, Carlos Cabrera. Todos los miércoles, a partir de las siete de la tarde, abrimos este espacio para ejercer uno de los hábitos más placenteros y necesarios: conversar.
Te esperamos, buen amigo lector. Puedes hablar allí de lo que te plazca, y aun escuchar, que es un acto difícil en estos tiempos de incomunicación y de inocua algazara.

Edmundo Moure
Moderador de Tertulias
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 03-11-2014 00:20
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Presentación del libro “Zurita, Arquitectura del Escritor”, ensayo de Hernán Ortega Parada,
Reproducimos a continuación a intervención de Edmundo Moure na presentación do libro sobre o poeta chileno Raúl Zurita do que é autor Hernán Ortega.


EL SÓLIDO EDIFICIO POÉTICO DE RAÚL ZURITA


Como bien afirma Hernán Ortega, autor del libro, “Zurita, Arquitectura del Escritor”: “Con estas ‘arquitecturas’ se ha creado una inédita herramienta de análisis de los múltiples factores que hacen crecer a los autores de este género”.
Hablamos de una aguda y acabada indagación en el proceso creativo del escritor, en este caso específico, del poeta Raúl Zurita, para develar experiencias vitales y estéticas en función de la estructura de su obra literaria. En 1999, abriendo esta notable serie arquitectural, aparece “Enrique Gómez Correa”; en 2004, “Jorge Teillier”; en 2009, “Ludwig Zeller”; en 2014, una segunda edición de “Jorge Teillier”, en sobresaliente formato; y la primera edición de “Zurita”, que hoy nos ocupa en esta presentación.
Me une con Hernán Ortega una sólida amistad de más de tres décadas, incubada bajo el alero de la revista Huelén, en aquella casa mítica de avenida España esquina Blanco, donde el aroma dulzón del cuero curtido se confundía con el de la tinta de aquellos impresos en los que Hernán ponía el pulso constante e incansable de sus afanes de escritor, reuniendo a un grupo de soñadores y soñadoras capaces de sustraerse, aunque fuera en aquellas reuniones clandestinas, del peso aleve y corrosivo de esa “larga noche de piedra” en que las fuerzas militarizadas del lado oscuro habían sumido a nuestra República.
Desde un comienzo, me llamó profundamente la atención este individuo alto y desgarbado, de aspecto serio y algo solemne, que asumía el oficio de escritor como una suerte de cruzado quijotesco en beneficio de la literatura, concebida como ideal de trabajo compartido, posponiendo ese yo que entre nosotros suele ser gigantesco, aislándonos entre muros de vanidad y egolatría… Hernán quiso conformar un grupo selecto de creadores, en torno a una revista literaria como ha habido pocas en Chile, que logró sobrevivir en catorce números consecutivos, sorteando todas las limitaciones, exacerbadas en aquella época en que prevalecía el zafio terror del Estado fascista.
En el terreno semántico de las suposiciones -lo que pudo o debió ser y no fue-, se me ocurre que Hernán Ortega debió haber nacido en Alemania o en Inglaterra o en Suecia, países, ámbitos quizá privilegiados para el desarrollo de la investigación y de su hijo legítimo y pródigo, el ensayo. Hubiese dispuesto de medios y oportunidades para el desarrollo pleno de sus notables capacidades, analíticas y creativas. No obstante, la cruda realidad, que se impone a nuestros sueños y expectativas hizo que él creciera entre nosotros, en medio de esta menesterosa aldea de las letras, en cuyas
callejuelas precarias nuestro amigo ha sabido levantar su propia y fundamentada arquitectura, hecha de las mejores palabras repartidas con generosidad en su mesa fraterna.
El número 10 de la revista Huelén (agosto de 1983) fue dedicado a Raúl Zurita, con un artículo-entrevista, bajo el subtítulo “¿Infierno o Paraíso”, que ocupó un tercio de la publicación. En este texto se revela la capacidad indagadora de Hernán y el propio conocimiento de lo que constituye el proceso creativo del escritor, para articular una sólida estructura estética y vital al servicio del lector despierto y del escritor en vías de serlo, caminando entre las palabras por una senda estrecha que jamás termina, porque este es un oficio sin meta prefijada ni consagración definitiva… El que diga lo contrario no conoce sus avatares ni la imposibilidad, recurrente y dolorosa, de asir, de aprehender el lenguaje, siempre escurridizo y traicionero, mitad mariposa y mitad serpiente.
De ese texto, extraigo el colofón, de la pluma de Hernán Ortega:
“La historia se escribe con huellas. Y la poesía con inteligencia.
Nos queda la impresión que Zurita no irá al Purgatorio. Irá derecho al Infierno o al Paraíso. Allá, escrituras de fuego o de nubes denotarán su presencia.
Y en alguno de esos dos lugares, Zurita se encontrará con sus enemigos o sus panegiristas principales.”

Recuerdo que en 1990, recién inaugurada nuestra “democracia protegida”, Raúl Zurita viajó a Roma como flamante agregado cultural. Este nombramiento provocó escozores y generó diatribas entre algunos de sus pares de oficio. Se le criticó ácidamente, acusándole de connivencia publicitaria con los nuevos poderes… Entonces, escribí una crónica en el diario La Época, entregando al poeta mi modesto apoyo y mi reconocimiento expreso a la indiscutible calidad de su obra literaria. La publicación de mi texto me atrajo las iras y descalificaciones de aquellos iracundos detractores del poeta, que dedicaron un programa radial a descalificarme por mi osadía y a menoscabar la obra de Zurita…
Ahora, volviendo al colofón de Hernán, deseo a Raúl Zurita que no se tope, ni en el paraíso, ni en el infierno ni en ningún limbo escatológico, con esos canes iletrados que siempre ladrarán a quienes emprenden con ánimo y valentía los arduos caminos de la literatura… Como dijera nuestro recordado Filebo, “si algo no te perdonan tus camaradas de oficio, es que escribas bien”.

Paso a dar cuenta de algunas reflexiones en torno a Raúl Zurita y a su obra, surgidas luego de la lectura de este excelente ensayo, que recomiendo de manera entusiasta y desinteresada.
Consciente o inconscientemente, uno busca referentes, pares de espíritu, sea para sí mismo o para otros camaradas de oficio. Es el prurito de relación que toda actividad cultural requiere, estableciendo ligazones entre sus múltiples redes.
En el caso de Zurita, cantor epopéyico de las entrañas telúricas e históricas de Chile, como heredero aventajado de las voces clásicas de la poesía griega, latina e hispánica, y también de la aún novel poesía chilena, aparece ante mí uno de sus pares espirituales. Me refiero al escritor griego, de origen cretense, Niko Kazantzakis (1883-1957), uno de los grandes de la literatura universal, que no recibió el de sobra merecido Nobel, omisión que alcanzara también a Jorge Luis Borges y a otros dilectos no bien queridos de la Academia sueca.
Después de releer “Carta al Greco”, escucho de nuevo el eco telúrico de aquellas formidables imprecaciones con que el cretense desafía a la divinidad, mientras la busca, apelando a la figura de ese Cristo, humano y desgarrado, iluminado y sufriente, que atormentara a Kazantzakis… Este discurso, imprecativo y desmesurado, está presente en la poesía de Raúl Zurita, cuando nos dice: Les aseguro que no estoy loco… Créanme/ puede sí que el cielo me ponga un poco nervioso/ Es que hoy iba a rayar obscenidades en un baño/ y vi algo como un ángel –eso es todo/ “Escribe Dios y virgensantísima” me ordenó… O este otro verso: En los inmundos baños/ y en las altas catedrales/ hablan del éxtasis en las paredes/ Soy el hombre –respondo/ De Tu Sagrado Vientre Jesús/ me replican las paredes…
Esta actitud de Zurita, semejante a la de Kazantzakis, constituye quizá el meollo de su mérito estético, ser capaz de traducir en bella poesía aquella eclosión intermitente de un espíritu inquieto e insatisfecho, que aunque se declara escéptico y aun ateo, afirma una suerte de profesión de fe cósmica, cuando nos dice: “En el Universo, cada partícula de lo viviente da un testimonio de sí mismo”… Dar cuenta de sí mismo no deja de ser emocionante”… Así, Zurita ha plasmado versos en las pétreas llanuras del desierto y en los cielos ingrávidos de su pequeña patria.
Y cuando Hernán Ortega pregunta a Raúl Zurita: “¿Crees que ya has escrito la obra más libre y creativa, según alguna sospecha íntima?”, el poeta responde: “No quiero creer que sí. Me gustaría que todavía, si Dios llegase a existir, tuviese la gentileza de darme un par de años, me gustaría escribir un par de cosas que valiesen la pena…”
En las postrimerías de su vida, Niko Kazantzakis pedía a su Dios que le otorgase un año más para concluir su autobiografía espiritual, “Carta al Greco”, obra cuyo manuscrito hubo de compaginar y terminar Elena, su viuda, porque su petición, al parecer, no fue acogida por el innombrable.
De este coloquio entre Zurita y Ortega, espigo para mi crónica una reflexión de Raúl que me parece esencial:
“Quisiera creer que la única función de la literatura y del arte es hacer que la vida humana sea un poco más vivible. Pero, en todo caso, es un poco lo siguiente: los hechos en sí, son absolutamente parcos y secos, se murió mi papá, hoy me separé, nació mi hijo, hoy conocí a fulano de tal. Solamente el arte y la literatura son los que le dan a los hechos la piedad, la profundidad y la conmiseración que los hechos en sí mismos jamás tienen. O sea, el hecho de la muerte de mi padre es un dato seco, pero a través del arte yo puedo darle a la humanidad, despojada, el sentido que eso tiene. Entonces, puede ser que la literatura sea la única posibilidad de corrección de la experiencia, corrección que, por supuesto, nunca es suficiente. Muchas veces me he sorprendido pensando en que, para que dos seres que se amaban y que nunca tenían que morirse por luchas que no les correspondían, tuvo que escribirse ‘Romeo y Julieta’, ¿me entiendes? Me acuerdo tan patente que en la guerra de Sarajevo –yo estaba en Italia-. Vi imágenes de dos tipos tirados en un puente, eran un chico y una chica, creo que una musulmana y un serbio, de los dos bandos, muertos, jóvenes, y de inmediato los noticieros los llamaron ‘Romeo y Julieta de Sarajevo’… Pero siempre el arte es ese gran reservorio, lleno de conmiseración, para que los seres humanos no cometan las locuras y demencias que esas mismas obras se ven obligadas a contar, y sin embargo, nunca alcanzan…”
Kazantzakis escribió: “No es el hombre lo que me maravilla, sino el fuego que devora al hombre”.
En ese fuego propiciatorio, que jamás se extingue para quienes nos movemos tras sus anhelos, veo hoy a Raúl Zurita, nuestro gran poeta, emergiendo victorioso de las páginas de ésta su Arquitectura.

Edmundo Moure
25 de octubre, 2014
Presentación en la Feria Internacional del Libro, de Santiago, del libro “Zurita, Arquitectura del Escritor”, ensayo de Hernán Ortega Parada, Ediciones Universitarias de Valparaíso, 2014
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 27-10-2014 14:33
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La Feria Internacional del libro en Santiago de Chile en 2014
SACERDOTES Y BENEFICIARIOS DEL LUCRO


En publicitada arenga televisiva, que apunta a su futura campaña a la presidencia, Sebastián Piñera descalificó la reforma educacional, hoy en trámite legislativo. Sus razones son clarísimas: la iniciativa proscribe el lucro, es decir el alma misma del sistema capitalista, que funciona y se manifiesta a través de dos ángeles tutelares, la ambición y la codicia. Sin éstas, nada funciona, no puede haber “emprendimiento”, sustantivo clave que se aplica sólo a empresas de carácter comercial y utilitario; quedan fuera de su concepto aquellos cometidos humanos ajenos al beneficio pecuniario inmediato y a la usura, vale decir creaciones artísticas y de índole diversa que no se nutren de la “filosofía” mercantil al uso.

Piñera llama a los suyos a cerrar filas en torno a la defensa de la “libertad de empresa”; poco importa el rubro, trátese de educación, salud, sistema carcelario, extracción de basura o ahorro previsional. Donde exista la posibilidad de un beneficio pecuniario a costa de la inmensa mayoría, allí apuntarán los dardos de los “emprendedores”. Curiosamente, Sebastián Piñera no es creador de empresas, como creen o suponen muchos de sus feligreses. Se trata de un sagaz e implacable especulador, sacerdote de Mamón que supo aprovechar las oportunidades de sus contactos exteriores para montar el pingüe negocio de las tarjetas de crédito, base de su enorme fortuna personal. El resto se va concatenando por sí solo, porque, como bien afirma el vulgo, “la plata llama a la plata”.

El lucro, como incentivo y paradigma, según realidad estadística, sólo beneficiará a una minoría de la población; no podría ser de otra manera, porque la sustentación del sistema así lo requiere. De lo contrario, ocurriría la catástrofe, el desplome de sus estructuras. Como paliativo intermitente, advienen las crisis periódicas del capitalismo salvaje, cuyos remezones suelen favorecer a los propios sacerdotes, de acuerdo a otra verdad popular: “tener la sartén asida por el mango”. (De esto sí que sabe Piñera).

Un joven trabajador, personaje de una comedia de Bernard Shaw, afirma que prefiere la incertidumbre capitalista, la posibilidad de alcanzar estadios superiores del orden socioeconómico, a la certeza de una seguridad laborista que vuelva su vida, en el plano de las expectativas hedonísticas, tan mediocre como igualitaria. Y es que todo apunta, en el sistema hoy imperante en casi todo el orbe, a exacerbar los espejismos de una felicidad exhibida en las vitrinas de las tiendas y en los pasillos del supermercado, teniendo, como ejemplos a emular, a los cantantes exitosos, a los actores de masiva fama o a los futbolistas de elite. También caben aquí los escritores best seller, si saben adecuarse a la oferta y a la demanda del mercado, sin discursos críticos.

El sábado 25 de octubre me correspondió presentar, en la Feria Internacional del Libro de Santiago, el libro “Zurita, Arquitectura del Escritor”, de mi amigo y notable ensayista chileno, Hernán Ortega. Como se sabe, este año, la Cámara Chilena del Libro, gremio que reúne a editores y libreros –empresarios y comerciantes del rubro- negó a los escritores chilenos el ingreso a la feria sin previo pago de entrada. Como alternativa, quedaba la de ingresar al recinto con invitaciones puntuales a determinados actos, pero con la limitación de acceder sólo algunos minutos antes de esos eventos.

Pues bien, llegué a la FILSA veinte minutos antes del acto de presentación. Exhibí a una boletera la cartulina de convocatoria. La miró, devolviéndomela con una especie de mohín de triunfo: -“No le sirve, señor, porque ya llegaron todos los invitados”. Me recuperé del riesgo de pasmo, respondiéndole: -“Señorita, yo soy quien va a presentar el libro; allí está escrito mi nombre, y, para mayor abundamiento y por si le sirve el dato, soy escritor…” No hubo respuesta. Se produjo un momento de silencio, como esas pausas dramáticas entre diálogos de suspenso. Un fulano que hacía de cabeza del grupo de controladores de acceso, se volvió, alargando a la moza un ticket, con ademán displicente, diciéndole: -“Dásela no más, y que entre…”

Alejo Lavquén recordaba que la feria del libro fue creada por miembros de la Sociedad de Escritores de Chile, como una instancia libertaria e independiente, que permitiera al preterido escritor chileno mostrar sus producciones y poder ofrecerlas al público lector, sin pasar por las consabidas humillaciones y despojos de libreros y editores venales. En los albores de los 80’, fui designado por el directorio de la SECH para articular la feria en el parque Forestal, a un costado del Museo de Arte Contemporáneo. Lo hice, con la colaboración de Manuel Melero, entonces presidente de la Cámara Chilena del Libro. La entrada era gratuita y la SECH contó con un stand igual al de los otros expositores.

Hoy, la FILSA es un gigantesco supermercado del libro, apto para grandes editoriales y cadenas de libreros. Un negocio más, con lucro incluido, donde todo se cobra a precio de mercado. La única presencia “destacable” para los creadores literarios es la de ciertos escribas súper ventas, más o menos regalones del sistema, como es el caso del tránsfuga ideológico, diplomático piñerista de circunstancia, Raúl Ampuero… La caseta de la SECH se alza, como contrapartida, menesterosa y ausente, en un pasillo lateral.

Pero los escritores somos pocos para organizar un desfile, y nuestros intereses no concuerdan –salvo casos señalados- con los sacerdotes del lucro ni con sus beneficiarios. Y no hay políticos ni empresarios que nos defiendan, salvo quizá aquellos que emprenden la aventura de publicar un libro, aunque no se les dé la gramática ni les sonría otra metáfora que la de “In God we trust”.

Para quienes no lo saben, Don Francisco es también socio de la SECH (no sé si continúa pagando las cuotas sociales). Hace dos décadas o algo más, publicó un libro con sus “memorias”, e ingresó al gremio. El popular animador, al igual que Sebastián Piñera, no posee cabal dominio del lenguaje (está a la vista), pero recurrió a un gran escritor chileno, Alfonso Alcalde, por esos días sumido en la miseria, para que le escribiera sus “vivencias”, a cambio de una considerable soldada como retribución. Bueno, esa es otra posibilidad real de emprendimiento, diría el ex mandatario Piñera, hacer de “negro” para los ignaros de la farándula que quieren salir de la agrafía y publicar un libro.

Puede ser, amigo lector… Ojalá a ti se te diera bien eso del lucro. En mi caso, prefiero no abundar en ello.


Edmundo Moure
Emprendedor literario
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 26-10-2014 23:36
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¿DESAPARECERÁ GALICIA?

¿DESAPARECERÁ GALICIA?


Hoy hablamos de los celtas y de los visigodos, etnias que desaparecieron hace siglos, cuyos vestigios genéticos se hallarían entre los gallegos y españoles de hoy, más como hipótesis que certeza científica, más como imaginería mítica que como rasgos étnicos sujetos a comprobación. ¿En cuántos años o décadas más se hablará de los gallegos como etnia extinguida, de su lengua como remoto medio de comunicación y de imaginería para nominar el mundo?
No lo sabemos a ciencia cierta, aunque las predicciones, basadas en demoledora estadística actual, no resultan halagüeñas.
Hace quince años, con ocasión del Curso de Lingua e Cultura Galega para Extranxeiros, del ILGA, en Santiago de Compostela, hablamos de este delicado y controvertido tema con nuestros profesores y amigos, Maricarme Pazos y Xesús Domínguez, en las encendidas tertulias después de clases. El ambiente de aquellas reuniones no era pesimista, como las conclusiones de hoy. Nos apoyábamos en escritores como Álvaro Cunqueiro, en su célebre exhortación: “Mil primaveras máis para a lingua galega”, y en ese optimismo equívoco que surge del amor ultramarino por las raíces de la estirpe.
Ayer leí, con verdadera desazón, un artículo de El País, “La España terminal”, notable crónica de Luis Gómez, del que extraemos lo siguiente:

Lugo, Teruel, Zamora, Ourense y Asturias, las provincias que más pierden
Todos los estudios señalan a Lugo y Ourense como las más afectadas. Y numerosos autores se preguntan cuántos gallegos habrá dentro de varios decenios. “Haría falta una inmigración neta anual de 20.000 mujeres para mantener estable el número de nacimientos hasta 2050”, ha llegado a calcular Xoaquín Fernández Leiceaga, profesor de Economía Aplicada en la Universidad de Santiago y diputado autonómico socialista. Fernández establece una dura previsión para el futuro de Galicia en uno de sus trabajos: “Galicia gira alrededor de la autopista atlántica: el resto será paisaje”. “Puede parecer una frase excesiva”, dice, “pero lo que es evidente es que la población se concentrará en esa franja atlántica y en un periodo de 10 a 15 años su peso será superior. No tendrá unos efectos dramáticos porque la población de las zonas rurales ya está inactiva. Habrá una mayor actividad forestal, que tirará poco del empleo, algunas cabeceras de comarca que serán más dinámicas, pero, sí, se consolidará el paisaje”.
El paisaje gallego que describen los expertos es preocupante: el 85% de los municipios (que agrupan varios pueblos y aldeas cada uno) tiene problemas, tal y como lo describe Julio Hernández Borge, coordinador de la cátedra Unesco de Migraciones, quien en su obra “Galicia, unha poboación aventellada”, señala 211 municipios con más del 20% de personas de 65 años en adelante, 168 con más del 30%, 54 con más del 40% y tres, con más del 50%. Cuando escribió el libro, fechado en 2010, solo había un municipio con más del 50% de población mayor. Al revisar sus datos para 2011, aumentaron a tres. Están en Ourense. Son A Teixeira, San Xoan de Rio y Lobeira.
Harían falta 20.000 mujeres más al año para mantener la población gallega.
La prensa local se ha hecho eco de la vida en estas poblaciones, señaladas con el dedo del demógrafo. Así el diario La Voz de Galicia glosaba el pasado junio la mejor noticia sucedida en mucho tiempo en Teixeira: el nacimiento de Tomasina, hija de una inglesa y un catalán, dos artesanos que emigraron a esta zona de la Ribeira Sacra. El alcalde, el popular Miguel Antonio Cid Álvarez, era capaz de decirle a los periodistas, uno por uno, los niños —“rapazones”— que hay en A Texeira y alrededores. El censo refleja una población de 406 habitantes, 219 de los cuales (el 54%) han alcanzado la edad de jubilación.
La Xunta de Galicia emprendió hace un año un Plan de Dinamización Geográfica sin consenso, cuyos resultados no podrán evaluarse, según la Consejería de Bienestar, hasta 2016. Entre las 69 medidas está la divulgación de anuncios en prensa y televisión animando a la población a fecundar hijos, una estrategia que los demógrafos consultados consideran inútil. Castilla y León propone medidas para cuando el PIB de la región crezca a un ritmo superior al 2,5%, un hecho improbable en estos años. (Hasta aquí la cita).

En los cursos de lengua y literatura gallega, que impartimos, durante once años (1998-2009), en el Centro de Estudios Gallegos de la Universidad de Santiago de Chile, escuchábamos a los jóvenes alumnos que soñaban con insertarse en Galicia, sobre todo luego de asistir a los cursos de verano en Compostela. Volvían encantados con la tierra de nuestros devanceiros, aun cuando en su mayoría no tenían ascendencia gallega. En contraste, fueron muy escasos los estudiantes hijos, nietos o biznietos de gallegos que se inscribieron en nuestro programa –gratuito, por cierto-, mostrando ya el alejamiento de sus raíces lingüísticas y culturales que exhiben los descendientes “españolizados” de algunas colectividades galaicas en Hispanoamérica. Pero esos discípulos chilenos, con algunos de los cuales todavía suelo reunirme, creían posible transformar aquella fascinación que lográbamos traspasarles, en móvil para cruzar el charco y asentarse en las viejas comarcas de Breogán, para vivificarlas con nutrida prole, tal como hicieran, en un pasado no tan remoto, durante dos siglos, nuestros antergos, que prodigaron en la América del Sur sus fundaciones, que nos trajeron la magia del idioma rumoroso y el calor perdurable de su lareira.
Se hablaba entonces de planes de inserción, de programas de ayuda para establecerse al otro lado del mar; una suerte de proyecto de proliferación de savia joven en el cuerpo añoso de la anciana Galicia. Aquello resultó, como tantas iniciativas de sello político circunstancial, letra muerta sobre folios amarillos…
Uno de mis más entusiastas alumnos, Cristián Loyola Carvallo, administrador público titulado en la USACH (Universidad de Santiago de Chile), lleva varios años intentando materializar su propósito de asentarse en Galicia. Lo que comenzara como apasionada iniciativa, hoy se ve tal si fuese un sueño utópico, alejado de cualquier realidad tangible, porque las oportunidades allá se ven cada día más remotas.
Frente a este grave drama poblacional que viven Galicia y otras regiones rurales de España, cabe preguntarse por qué la clase política –tirios y troyanos- no ha sido capaz de articular estrategias de presente y futuro con miras a evitar una tragedia terminal, cuando parecen preocupados y sumidos en el inmediatismo económico y en esas falsas cifras o porcentajes de supuesto “crecimiento anual”, que sólo nutren los intereses bastardos del “capitalismo salvaje global”.
Carecemos de respuesta, y esa inquietante pregunta sigue resonando en nosotros, como las campanas de Bastabales que repicaban a muerte en el corazón de Rosalía:
¿Desaparecerá Galicia?

Edmundo Moure
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 22-10-2014 00:07
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NICANOR PARRA cumple 100 anos
Nicanor Parra

(Centenario: 5 de Septiembre 1914 - 2014 )


Un siglo de vida ha cumplido Nicanor Parra, uno de los grandes de la poesía chilena, hispanoamericana y universal. Sus aportes a la creación poética son extraordinarios e indiscutibles, desde la clásica rigurosidad semántica del metro castellano, hasta la más desenfadada poesía, esa que a ratos no parece poseer estatus lírico, y a menudo ni siquiera rango poético, como buena parte de sus “artefactos”, que sus más entusiastas discípulos corean y citan como artículos de fe.
Como bien se ha escrito:
Un Antipoema no es, por supuesto, otra cosa que un poema: debe eliminarse cualquier mitología al respecto, Antipoemas han existido siempre en la historia de la poesía. Y también antiantipoemas, etcétera. La vida interna de la poesía está hecha de tales posiciones. Marcial es antipoeta de Ovidio, Quevedo lo es de Garcilaso; Heine de Goethe, Michaux, de Valéry; Pound, de Tennyson... Así se trenzan en la historia poética lo dionisíaco y lo apolíneo, lo románico y lo clásico, la ironía y el lirismo, el evento existencial y la perfección esencial. Hay una mecánica del proceso antipoético: las formas expresivas que llamamos clásicas, y que consagran el equilibrio, entre la experiencia y el lenguaje, por el camino de la perfección estética tienden a alejarse de la existencia, de la historia, del sentimiento, y a endurecerse en retóricas, su cansancio engendra antipoetas de fortuna varia, poetas de crisis, cuyo verbo irónico y corrosivo quisiera devolvernos el contacto con la experiencia real del hombre en situación.
Puede que la antipoesía sea una reacción más o menos circunstancial frente a la fatiga de lo solemne y adocenado de los poetas “tradicionales” que agobiaban las viejas tertulias con sus declamaciones lloronas, un grito del desenfado verbal contra el tontogravismo (en el caso nuestro, enfermedad transversal de la patria chilena). Cierto es que la obra de Parra vivificó los ambientes enrarecidos de nuestros vates soturnos y atormentados en exceso, es decir, en cuerpo, alma y modales, estableciendo valores lúdicos en el ejercicio de la palabra poética. Es su mérito mayor, amén de una capacidad histriónica –propia de los Parra que conocemos- que le ha permitido estar en primer plano, dentro de nuestra república (o aldea) de las letras, y también en los ámbitos universales del quehacer literario, al punto que su nombre suena y resuena en Estocolmo, cada vez que va a discernirse el galardón universal de las letras.

Pero a mí no me gusta mucho la poesía de Nicanor el Grande –salvo la Obra Gruesa-, por más premios y reconocimientos públicos e internacionales que se den a su creación. Me parece agotadora su pertinacia en el facilismo en que cayó la antipoesía, de su pluma y de la de sus discípulos e imitadores. Y tiene tantos; más incluso que Neruda, que los tuvo por centenares, quizá por miles; que aún los tiene, en Chile y en el extranjero mundo… Ignacio Valente –José Miguel Ibáñez Langlois- sacerdote Opus Dei, sagaz crítico literario, contribuyó con sus exégesis, a través del mausoleo cultural de El Mercurio, a sacralizar la antipoesía, cuyos numerosos cultores recibían premios por doquier en los modestos concursos nacionales, hasta que transformaron el subgénero en una suerte de moda pueblerina, que hoy está agotándose de manera irremediable.

Nicanor tiene cien años de edad y está vigente, activo y creador. Es un genio indiscutible, que suma al amor vitalicio por las palabras su talento de matemático y de físico, cumpliendo, quizá, el antiguo precepto griego de que todo poeta debe ser, primero, un buen matemático, asunto que pareciera contradictorio en nuestro mundo de especializaciones aberrantes y de educación orientada a producir tecnócratas zafios e insensibles, estéticamente hablando, claro está.

La noticia del Premio Cervantes hace tres años, tuvo clamorosa resonancia en nuestro país, como si Nicanor fuese un entrenador de fútbol exitoso o una figura del balompié mundial. También esto es motivo de alegría para nosotros, sus modestos pares de oficio, porque al menos la Antipoesía (con mayúscula) ocupa el primer plano del acontecer chileno. Si hasta el Presidente Piñera elogió entonces su obra, apostillando, casi como una novedad, que es hermano de la gran Violeta y que “todos los Parra llevan el talento en la sangre”, asunto dudoso, porque pareciera tratarse de los genes, y aun las ecuaciones químico-matemáticas de éstos no garantizan la genialidad hereditaria, tal vez menos en las artes que en otros menesteres de la inquietud humana.

Tenemos ahora tres premiados al alero de Miguel de Cervantes y Saavedra: Jorge Edwards, Gonzalo Rojas y Nicanor Parra. Gana la poesía en la estadística y ratifica nuestra proclividad a la lírica, desde nuestros dos Premios Nobel, Pablo y Gabriela, en desmedro de narradores y cronistas.

País de imitadores es éste, como que hoy se mide el talento por la perfección de la copia. Seguro que van a surgir muchos que afirmarán: “Yo soy Nicanor Parra”, y nos infligirán sus antipoemas o artefactos al más puro estilo del original. Pero los buenos lectores no van a confundirse. Seguro.

Me alegro por el venerable y genial Nicanor. Después de todo, que a mí me guste o no su poesía, no agrega ni quita a sus méritos ganados en buena lid, como los mejores de esta patria mezquina con los genios que de tarde en tarde pergeña.

El día de su centenario, a lo largo y ancho de Chile, en teatros, plazas y bibliotecas, se recita su famoso poema “El Hombre Imaginario”, que me he permitido traducir en lengua gallega. Lo he recitado hoy, en la soledad silenciosa de la madrugada, y creo que suena bien, como si el poeta, en vez de haber nacido en la bucólica aldea de San Fabián de Alico, en el campesino centro-sur de Chile, lo hubiese hecho en el casal de A Touza, en la Galicia profunda.


EL HOMBRE IMAGINARIO


El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario

De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios

Todas las tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios

Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario

Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario.

&

O HOME IMAXINARIO


O home imaxinario
vive nunha mansión imaxinaria
rodeada de árbores imaxinarias
á beira dun río imaxinario

Dos muros que son imaxinarios
penduran antigos cadros imaxinarios
irreparabeis gretas imaxinarias
que representan feitos imaxinarios
ocorridos en mundos imaxinarios
en lugares e tempos imaxinarios

Todas as tardes imaxinarias
sobe as escaleiras imaxinarias
e asómase ao balcón imaxinario
a mirar a paisaxe imaxinaria
que consiste nun val imaxinario
arrodeado de cerros imaxinarios

Sombras imaxinarias
veñen polo camiño imaxinario
entoando cancións imaxinarias
á morte do sol imaxinario

E nas noites de lúa imaxinaria
soña coa muller imaxinaria
que lle brindou o seu amor imaxinario
volve sentir ese mesma dor
ese mesmo pracer imaxinario
e volve a latexar
o corazón do home imaxinario.


Brindemos por Nicanor Parra en su centenario, con tinto chileno o con orujo gallego. Ambos le vienen bien a la poesía y renuevan la inmortalidad en el Parnaso.

Edmundo Moure
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 05-09-2014 11:06
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De Josep Plá y Rafael Cansinos
LA DICHA DE LAS PALABRAS


A Gregorio Dobao, cordobés universal.


Las palabras literarias te ofrecen su dicha paradojal, pues si ellas a menudo están construidas en un ámbito de tristeza, angustia, desolación, fracaso, comedia o tragedia, traen consigo el raro júbilo de su estética. Así, puedes leer a Rimbaud, a Kafka, a Borges o a Cioran, y recibir del lenguaje un extraño contentamiento, que es como fuego propiciatorio, el cual jamás termina por confortarnos, pero cuyos leños ardientes hemos de alimentar de manera incesante, atrapados como estamos en el hambre de sus primicias.

Estas palabras de que te hablo, amigo lector, suelen venir en los libros, en esos cofres llenos de páginas escritas con “tinta sangre”, que abrimos en busca de viciosa delectación, abiertas como abanico interminable de renovadas incitaciones.

Hace poco, tuve el agrado de conocer a un librero “de viejo”, el que posee la mayor casa de libros usados de Latinoamérica, que se empina por sobre los trescientos mil volúmenes; una suerte de “biblioteca infinita” en la que se hubiera extraviado el mismísimo Borges. Decía Héctor -feliz dueño-, que su mayor placer advenía luego de comprar partidas de libros, cuando examinaba, como un goloso, aquella mercancía siempre misteriosa, indagando títulos, autores, ediciones, traductores y demás detalles propios de cada publicación… Me invitó a conocer su librería, que está ubicada en calle San Diego, una cuadra al sur de Avenida Matta. No sé si iré a visitarla; me da miedo, no de perderme en el laberinto de sus anaqueles, sino de morir víctima de un síncope de dicha torrencial.

Mi amigo Gregorio, ingeniero de prolífico ingenio y literaria devoción, me trajo desde Barcelona, hace cuatro meses, el dietario de Josep Plá, “El Cuaderno Gris”, escrito originalmente en lengua catalana, por fortuna traducido al castellano del imperio, pues de las tres lenguas vernáculas peninsulares, preteridas por la derecha hegemónica de todos los tiempos, sólo puedo leer el gallego. Hice breve comentario de este libro en crónica anterior(1) , pero me referiré al fenómeno de la censura soterrada que afectara al notable prosista catalán, durante más de una década, luego de la muerte del dictador Franco, ejercida por editoriales y círculos literarios hispanos “progresistas”, que vetaban a Plá por sus simpatías con el régimen del sátrapa gallego, y por su repudio, más estético que político, a la República.

Se ejerció contra él una suerte de revancha, no oficializada, por sus pecados de “incorrección ideológica” y supuesto desprecio a la democracia, aunque después de la lectura de su “Cuadern Gris”, nuestra visión es distinta.

En efecto, se trata más bien de una actitud aristocrática -desde el punto de vista estético-, del oficio de escribir y de la vocación de leer, entendiéndolos como ejercicio unívoco disfrutado por minorías más o menos diletantes. Posición parecida a la de Borges y a la de Celine, con la que no concordamos, aunque aceptemos aquella premisa de que el arte, en sus varias expresiones, no ha sido ni será jamás afinidad masiva; ni siquiera el arte folclórico popular lo es, salvo sus derivaciones costumbristas y vulgares, carentes de la creatividad originaria.

Otro autor que padeció semejante discriminación, fue Rafael Cansinos Assens (1882-1964), sevillano de origen, y ascendencia sefardita, que vivió la mayor parte de su vida en Madrid, donde compartiera con grandes escritores, intelectuales y bohemios de su generación, durante más de medio siglo, de cuya obra llegué a interesarme por recomendación expresa de Jorge Luis Borges, quien nos habla de él con entusiasmo literario y lirismo epopéyico, e incluso llegó a componerle un breve poema de exaltación hebrea:



La imagen de aquel pueblo lapidado
Y execrado, inmortal en su agonía,
En las negras vigilias lo atraía
Con una suerte de terror sagrado.
Bebió como quien bebe un hondo vino
Los Psalmos y el Cantar de la Escritura
Y sintió que era suya esa dulzura
Y sintió que era suyo aquel destino.
Lo llamaba Israel. Íntimamente
La oyó Cansinos como oyó el profeta
En la secreta cumbre la secreta
Voz del Señor desde la zarza ardiente.
Acompáñame siempre su memoria;
Las otras cosas las
dirá la gloria


A Gregorio –cómo si no- le encargué que me trajese de Barcelona la “Novela de un Literato”, en tres tomos, obra extraordinaria en la que Cansinos Assens reconstruye la riquísima vida literaria y bohemia de la ciudad mesetaria, llamada “Corte”, entre el final del siglo XIX y el estallido de la Guerra Civil (1936).

Como apunta el prologuista: “Sobre el trasfondo de los principales acontecimientos históricos del período, desfilan las figuras de Alejandro Sawa, Villaespesa, Rubén Darío, Valle-Inclán, Antonio y Manuel Machado, Juan Ramón Jiménez, Colombine, Santos Chocano, Blasco Ibáñez, y otros…” Mediante ágil y fino estilo, pleno de humor e ironía sutil, Cansinos Assens nos ofrece una auténtica fiesta del lenguaje y, a la vez, desarrolla con maestría una cátedra de humanismo, en el incomparable mundo de las letras que le tocó vivir en aquella época turbulenta, pródiga y desenfrenada.

Cedo a la tentación de citar palabras del autor, que hago mías, desde parecida dicha y común pasión:

“Yo era un joven raro y soñador, que apenas hablaba en casa y reservaba su efusión para las reuniones literarias en casa de Villaespesa, en el sanatorio de Juan Ramón Jiménez o en los cafés. Salía de casa en la tarde, ya oscurecido –como los murciélagos, comentaba mi tío-. Y vagaba sin rumbo, entre la muchedumbre de individuos vulgares, con el íntimo orgullo de ser un literato, un elegido, captando sensaciones o tipos para argumentos de futuras novelas. El mundo era mío y la humanidad se había creado para que yo escribiese sus vidas oscuras y las iluminase con mi genio…”

Estas y parecidas ilusiones, amigo lector, serán contrastadas o deshechas por la realidad brutal, a medida que el escritor penetra en los intrincados recovecos del mundo cotidiano, sujeto a sus afanes, servidumbres y contradicciones. Pero el amor por las palabras, cuando ha nacido de un apremio irremediable, de una exigencia vocacional, es para toda la vida, y ningún descalabro, por penoso que fuere, hará que abandonemos a esta amante subyugadora.

Nosotros, los tertulianos de los jueves a la hora vespertina, hacemos lo posible por mantener y acrecentar esta mesa de las verbas compartidas, dando espacio en ella a distintos manjares literarios, aun a riesgo de ser censurados por tirios y troyanos, es decir, por aquellos que propugnan la torre de marfil del “arte por el arte”, o por quienes se aferran a los presupuestos del “realismo socialista”. Para nosotros, la dicha de las palabras es un pan tibio y oloroso, que debe gustarse en toda su variedad de sabores, sin mesianismos de ninguna especie.

A propósito, quisiera leer, después de Cansinos Assens, las crónicas periodísticas del gallego Julio Camba, ese maestro del humor, contemporáneo de aquél, que pasara del anarquismo juvenil a la repulsa de los ideales republicanos, y a su adhesión tácita al régimen franquista… No obstante, se trata de un notable escritor, testigo privilegiado de su tiempo y merecedor de nuestra lectura.

Mi duda es si me atreveré o no a encomendarle este nuevo encargo a Gregorio Dobao, porque nuestro buen amigo sufre de súbitas lagunas en su memoria y extravía las facturas de compra, amén de olvidar su valor de coste…

Yo trato de compensarle, con el obsequio esporádico de libros chilenos y otros agasajos menores. Él acepta, con su fina cordialidad de “hombre de mundo”… Y entonces, mi pudor se desdibuja, y toda vergüenza queda relegada cuando siento que podemos compartir, junto a otros hermanos como él, la rara dicha de las palabras.

(1) Ver “Viaje en autobús”, crónica de E.Moure

Edmundo Moure
Agosto 2014
Ver artigo Viaje en autobús
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 26-08-2014 00:01
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Reforma Tributaria en Chile...

EL PODER DE LOS PODERES


Madre, yo al oro me humillo,
Él es mi amante y mi amado,
Pues de puro enamorado
Anda continuo amarillo.
Que pues doblón o sencillo
Hace todo cuanto quiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.



Más valen en cualquier tierra
(Mirad si es harto sagaz)
Sus escudos en la paz
Que rodelas en la guerra.
Pues al natural destierra
Y hace propio al forastero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.



Se me viene al magín otro poema, de uno de los grandes de la Generación Española del 27’, Miguel Hernández:


Tened presente el hambre: recordad su pasado
turbio de capataces que pagaban en plomo.
Aquel jornal al precio de la sangre cobrado,
con yugos en el alma, con golpes en el lomo.

El hambre paseaba sus vacas exprimidas,
sus mujeres resecas, sus devoradas ubres,
sus ávidas quijadas, sus miserables vidas
frente a los comedores y los cuerpos salubres.

Los años de abundancia, la saciedad, la hartura
eran sólo de aquellos que se llamaban amos.
Para que venga el pan justo a la dentadura
del hambre de los pobres aquí estoy, aquí estamos...




Pero ni los políticos ni los empresarios ni los economistas suelen leer a los poBasten la primera y la última estrofa del célebre poema de Francisco de Quevedo, para abrir los fuegos de esta crónica, paciente lector.

Bastaron los esbozos de una tímida reforma tributaria, y los tartamudeos falaces de una confusa reforma educacional, para que los escasos numerarios del poder financiero y económico, desde las atalayas fortificadas de sus conocidos “gremios empresariales”, hayan rasgado vestiduras y puesto a buen recaudo sus faltriqueras, ante la amenaza a la estabilidad económica, consolidada bajo el (buen) gobierno de Piñera, (fiel) sucesor del modelo heredado de Pinochet y sus rapaces correligionarios de la escuela chicaguense (chicaguina), junto a los no menos eficientes gobiernos concertacionistas, sobre todo el de Ricardo Lagos, el mejor presidente de “izquierda” que ha tenido en nuestro país la derecha.

Para quienes dan fe del modelo neoliberal que sustenta el capitalismo salvaje, en versión chilena, las cifras corroboran y demuestran las prevenciones de aquellos iluminados personeros que, con patriotismo y lealtad sin tacha, advirtieran en su momento de los peligros que las políticas demagógicas y socializantes de la “izquierda” cernían sobre la salud de una economía sana y pujante, que se empinaba por sobre el seis por ciento de crecimiento anual… Durante el segundo trimestre de este año, no hemos alcanzado ni siquiera el dos por ciento… Un desastre, una vergüenza, un despilfarro incalificable del erario público, para favorecer a sectores pasivos, sin tener como norte la productividad.


Las consecuencias se dejan sentir, según los mandamases de la SOFOFA y de otras no tan “fofas” dirigencias empresariales, incluyendo el brazo político UDI-RN y grupos fácticos al acecho de cualquier traspié que ponga en entredicho la sacrosanta libertad del mercado, que es como decir el libre albedrío de la nación, el mismo que recuperaron los militares de la garra marxista de Allende y compañía… Los hechos hablan, a través de las cifras, mejor que las palabras: disminuye la inversión, sube la tasa de desempleo, se desacelera la economía, se resiente el sector de la construcción y su socia, la piraña inmobiliaria, caen las exportaciones, descienden las ventas del comercio… Ya no escuchamos en los medios de comunicación frases alusivas al paraíso terrenal: “los comerciantes sacan cuentas alegres”, “el consumo crece más allá de lo esperado”, “los chilenos son los más endeudados de Latinoamérica en sus economías privadas”, y otras halagüeñas noticias que opacan negativos guarismos que clasifican a nuestra juventud como “la más ebria del mundo”, “la más tabaquera y marihuanera del continente” y “la de menor índice de comprensión de lectura”. Pero debemos quedarnos con lo positivo y propender al fortalecimiento, a todo trance, de los indicadores del auténtico progreso (no confundir con esos “progresistas” que quieren reverdecer los marchitos árboles del marxismo y sus dudosos frutos).

No es necesario ser doctor en economía por las universidades estadounidenses, ni siquiera licenciado en academias de estudio chilenas, para entender que una economía que goce de buena salud debe atenerse a preceptos y muy claros, fáciles de ser asimilados, incluso por pequeños empresarios, profesionales, trabajadores especializados y no tanto, proletarios de manufactura, y aun por las mismísimas dueñas de casa de esta bendita nación. A saber:

- Contar con un Estado que no participe jamás como ente empresarial en la economía del país, aun cuando deba intervenir –siempre- a favor de los empresarios (emprendedores), en el caso que advengan catástrofes naturales o financieras (véase, año 1983, cuando el Banco Central asumió las colosales deudas de la banca privada);
- Tener libre disponibilidad para explotar (comercialmente hablando) las áreas de Salud, Educación, Transporte, y otras consideradas estratégicas;
- Creer, como artículo de fe indiscutible, en la regulación natural del Mercado y en la infalibilidad de sus leyes dinámicas;
- Reducir la carga tributaria a su mínima expresión, para incentivar las inversiones de capital. La minimización del gasto público (Estado) es directamente proporcional al fomento de la riqueza y al bienestar de las naciones;
- Fijar el salario mínimo cada diez años, con el objeto de abaratar la mano de obra y menguar, de pasada, el desempleo;
- Fomentar (aún en mayor grado que el actual) las políticas de entretenimiento popular, a través de la televisión y otros medios, dando preeminencia a los programas de imitación farandulera, y al fútbol, deporte nacional por antonomasia (“la pelota une a los pueblos”; Carcuro dixit).


Hay, sin duda, muchas otras medidas de importancia, pero eso es tarea de científicos y especialistas y no de un simple escriba ignaro como yo. A propósito, se me ocurre que, a la luz de las premisas anteriores, el fenómeno de concentración de la riqueza también puede ser benéfico y natural. Hace poco escuché a un economista de derecha decir que, así como fue preciso, en la década de los 90’, que surgieran multimillonarios rusos, “para que pudiesen interactuar en igualdad de condiciones con sus pares occidentales”, del mismo modo está ocurriendo hoy con algunos jerarcas o ex jerarcas del partido comunista chino, que han amasado fortunas “top ten” a costa de la esclavitud de sus connacionales, proveedores de mano de obra por algo más que un plato de arroz al día, utilizados con “espíritu internacionalista” para ayudar a grandes empresarios del primer mundo (¿colegas?), con manufactura multitudinaria de costo irrisorio.

¿Y los llamados artistas, y los productores de la Cultura? El libre mercado sabrá qué hacer con ellos. Los ejemplos huelgan, desde Van Gogh en adelante -sólo para partir de un hito-, hasta la colosal Violeta.

Se podrá argumentar que los poetas poco saben de política y aún menos de economía. Platón los expurgó de su República ideal, aunque también descartara a los comerciantes como sujetos de dirigencia del Estado. En todo caso, la sociedad que nos ha tocado vivir está regida, casi sin contrapeso, por la filosofía mostrenca de los mercaderes, sustentada en la diosa de la codicia. Y así estamos, saltando de crisis en catástrofe, mientras los dueños incólumes del “poder de los poderes” lucran con la desgracia de los expoliados, que pagan el descalabro y jamás se benefician de la bonanza.
etas… Ni falta que les hace y es mejor que se abstengan; no vayan a escribir, en sonetos o en décimas, las causas aleves de la crisis venidera.

Por ahora, y para terminar este análisis esperpéntico, saltemos de Quevedo y aterricemos en Nicanor Parra:


Un movimiento socio-económico
Basado en la idea de armonía
Del ser humano con la naturaleza

Que lucha por una vida lúdica
Creativa pluralista Igualitaria
Libre de explotación

Muchos los problemas
Una la solución
Economía mapuche de subsistencia



El mes que viene, Parra Nicanor cumplirá cien fructíferos años, un siglo de riqueza poética y de irreverencia ideológica, y aunque no lo haya escrito expresamente, él sabe que seguirá siendo “muy poderoso caballero, Don Dinero”.


Amén.


Edmundo Moure
Agosto 21, 2014

Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 22-08-2014 16:49
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