libros



O meu perfil
 CATEGORÍAS
 RECOMENDADOS
 BUSCADOR
 BUSCAR BLOGS GALEGOS
 ARQUIVO
 ANTERIORES

La cena de Herman Koch
Quizá recuerden una noticia de hace algunos años. En Barcelona, en 2005, tres jóvenes de entre 16 y 18 años fueron detenidos por agredir y asesinar a una indigente que dormía en un cajero automático. La quemaron viva. No creo que haga falta entrar en detalles. Esta novela de Herman Koch va de eso. Bueno, en realidad, “parece” que va de eso. Déjenme que cite un extracto del texto de la contraportada y luego les explico el origen de mis dudas:

¿Hasta dónde es capaz de llegar un padre para encubrir a un hijo que comete un delito injustificable? ¿Debe prevalecer el instinto de protección paterna, o la lealtad a unas normas sociales que garantizan la coherencia y la fortaleza del grupo? Estas y otras preguntas de igual calibre surgen como dardos durante la lectura de La cena, una novela ácida y provocadora que apunta sin miramientos a toda una clase social acomodada de los Países Bajos y, por extensión, de toda Europa, instalada en una inercia de autosatisfacción y complacencia, e indiferente hacia el devenir de la generación que ha de sucederla.
[…]
Tras cosechar un éxito inmediato y arrollador en Holanda —copó las listas de bestsellers, y ya ha vendido más de 340 mil ejemplares—, La cena ganó el Premio del Público y fue declarado Libro del Año 2009.

Este último párrafo es la parte que yo no entendía: ¿cómo una novela en apariencia tan de crítica social había logrado colocarse como betseller tanto en Holanda como en España? Yo siempre había pensado que los betsellers (lo que se entiende hoy en día como tal y salvo honrosas excepciones) eran esos libros de los que no se extraían enseñanzas ni buscaban confrontación directa con acontecimiento social alguno si no era para sacar provecho a fuerza de exprimir los tópicos de acción más habituales del cine y la televisión. Cuando leo la citada contraportada que me habla de inercias, autosatisfacciones, complacencias, devenires indiferentes generacionales y tiros a matar a la burguesía holandesa y luego veo lo de éxito arrollador y sí chorrocientos mil ejemplares vendidos me asaltan las dudas: ¿habremos al fin aprendido a leer? ¿Son los holandeses una raza aparte? ¿Tendrá el cambio climático algo que ver con todo esto? Sólo había una forma de salir de dudas (dos, si incluimos la tortura al editor): leerlo. Lo acabé hace poco.

* * * * * * * *

LA NOVELA

La historia que cuenta la novela es la siguiente: el protagonista, un hombre de clase media, mediana edad, felizmente casado y con un hijo de dieciséis años, asiste con su mujer a una cena en un restaurante de postín en el que ha quedado con su hermano, un político de prestigio cuyo partido tiene todas las papeletas para ganar las inminentes elecciones. La cena en cuestión tiene una razón de ser: decidir el futuro de sus hijos después de que estos hubiesen matado a una indigente en un lugar y de un modo similar al hecho real mencionado al comienzo de este post. Las preguntas formuladas en la contraportada son, pues, legítimas. Se las recuerdo: ¿Hasta dónde es capaz de llegar un padre para encubrir a un hijo que comete un delito injustificable? ¿Debe prevalecer el instinto de protección paterna, o la lealtad a unas normas sociales que garantizan la coherencia y la fortaleza del grupo?

Bien, de ser así; si la cena fuese realmente un lugar para el debate acerca de la ética y sobre la burguesía y la indiferencia, la inercia, la complacencia y la autosatisfacción yo podría haber perfectamente sucumbido a sus encantos y proclamado a voz en grito: benditos los holandeses que han hecho de esto un betseller y benditos sus hijos y sus nietos también y bendita la madre que los parió. Pero no puedo. Y no puedo por Koch, el bueno de Koch, quien para colar esto como betseller ha tenido que hacer trampa.

(A partir de este instante ándense con ojo pues no voy a tener miramientos a la hora de destriparles tanto los entresijos como el final de la novela por lo que si no quieren conocer el final pero sí mi opinión les invito a saltarse el resto de la reseña desplazándose directamente al último párrafo donde trataré de resumir, en muy pocas palabras, la sensación final que me ha producido.)

Para empezar no conocemos los traumáticos hechos –aquellos de los que los críos son culpables- sobre los versará la cena hasta la trascendental página 120. Eso son 120 páginas (de un total de 285) dedicadas a presentarnos los personajes y su status social. Esta es la parte de la novela que concentra el prometido debate sobre la concienciación social, pero no porque así lo plantee la acción desarrollada sino porque quien más quien menos ya sabe de qué va la película y dedica los ratos tontos en que se describen pormenorizadamente los platos del menú y el método de trabajo del restaurante a pensar en ello. Lo de los menús, por cierto, es la forma que tiene Koch de contarnos lo gilipollas que se vuelven algunos cuando tienen dinero; el mencionado ataque a la burguesía. En realidad si encontrásemos en la calle una versión de este libro con las portadas arrancadas y nos pusiésemos a leerlo inmediatamente lo más probable es que creyésemos que alguien nos está tomando el pelo y nos preguntásemos cuándo va el escritor a tomarse la molestia de contarnos a qué viene tanto misterio.

LA PÁGINA 120

Y es que, como decía antes, la página 120 es vital, no por la hazaña juvenil de matar un indigente sino por lo que ocurre antes y después. Fíjense.
ANTES el protagonista era el bueno, ya saben: padre de familia que se preocupa por si hijo, que descubre algo terrible y se pregunta cómo afrontarlo; padre que tiene a mayores la desgracia de un hermano que se dedica a la política, que como tal es medio gilipollas y lo invita a cenar seguro que para pedirle que guarde silencio por aquello de joderle las elecciones con algo tan insignificante como la muerte de un muerto de hambre, algo que nuestro protagonista, un hombre de intachable conducta, profesor de instituto, no está seguro de querer escuchar (no sabemos si aceptar).
DESPUES el protagonista es un hijo de puta y su hijo, a su lado, la madre Teresa de Calcuta por muchos indigentes que haya flambeado. Su madre más o menos: antes nos hubiéramos casado con ella, ahora es peor que una Angela Chaning venida del infierno. Y su hermano, como no podía ser de otra manera, una bellísima persona que quiere lo mejor para sus niños: una educación ejemplar y una conciencia tranquila.

Yo siento una particular debilidad por Fernando Arrabal. Recuerdo como una de mis grandes novelas de mi juventud aquella torre herida por el rayo que me enganchó al ajedrez. Arrabal dedicaba toda la novela a invertir los papeles de los protagonistas, dos jugadores de ajedrez, logrando que el que en un primer momento parecía buena persona demuestre durante el transcurso de la novela ser un auténtico cabrón mientras que el otro pasa de demonio a querubín. Arrabal, decía, dedica a hacer creíble ese cambio más de doscientas páginas. ¿Cómo puede Herman Koch lograr el prodigio de hacer lo mismo en el mismo espacio si ya hemos visto que la mayor parte de la primera mitad del libro la dedica a contar banalidades? ¿Quieren saberlo? ¿De verdad quieren que se lo diga? Vale. Hace trampa.

LA TRAMPA

¿Es un betseller, recuerdan? Tenía que haber algo que bajase el nivel. Bien, pues la trampa es una enfermedad hereditaria sin nombre (al menos no se llega a decir). Así de sencillo. En la mitad del libro, más o menos, descubrimos que el protagonista es un ser violento que ha sido inhabilitado temporalmente para ejercer la docencia hasta que un psiquiatra determine que está psicológicamente preparado para ello, algo que se ve a todas luces no va a ocurrir jamás. En un momento determinado, como si tal cosa, nos enteramos también de que lleva nueve años de baja y que hace poco abandonó voluntariamente la medicación que inhibía sus impulsos. Con esto lo que Koch justifica es que durante la primera parte el tipo fuese como una marioneta y sus actitud bastante pacífica y que lo que no sabía no lo sabía porque no se lo había contado su mujer, que lo protegía para no alterale los biorritmos. Lo que no se justifica de ningún modo es que esta novela, que está narrada en primera persona desde el presente, esto es, desde un momento claramente violento del personaje, oculte esa información. Si hubiese sido narrado en tercera persona a partir de los diarios del protagonista podría aceptar la trampa, pero así no. La imagen del personaje durante la novela no se corresponde con la que tenemos al final, con la del narrador actual. Esto es muy molesto o a mí me lo parece, que para el caso es lo mismo, por más que el resultado –la supuesta sorpresa- sea lo que haga de esta novela lo que realmente es -un betseller- y por lo tanto entretenida. Que de repente todos dejasen de ser lo que parecían para convertirse en caricaturas de una película del oeste es lo que acaba con la presunción de que estamos frente a una novela de reflexión pues leyendo esto la conclusión a la que llegamos no es tanto la amoralidad que se apodera de la sociedad como la importancia de hacerse la amniocentesis para evitar la proliferación de indeseables.



EN RESUMEN

Que muy mal por Koch, en general, por vender humo y bien por la editorial por haberse hecho con los derechos de una novela de tanto éxito. Para aquellos que se hayan saltado lo anterior decirles que en general me gustó moderadamente tirando a poco mientras la leía pero que el final resulta decepcionante por una trampa que pone el autor en el camino; una trampa que desmerece el conjunto y acaba con lo que podía haber sido: el prometido análisis del hombre versus la amoral sociedad.
Autor y actor holandés, Herman Koch ha desarrollado una notable carrera como actor, tanto en la radio como en la televisión o el cine, participando en populares series cómicas de su país, así como en varias películas con papeles menores. Además, es un colaborador habitual en prensa escrita, donde mantiene dos columnas de opinión.

En lo literario, es conocido por sus relatos cortos, con los que ha publicado varias antologías, así como por sus novelas, logrando un gran éxito con La cena (2009) obra que se llevó el Premio del Público en Holanda y que ha sido traducida a más de 20 idiomas. Ha recibido sendas adaptaciones tanto al teatro como al cine.

Desde entonces ha publicado varias novelas más, algunas de ellas tan importantes como Casa de verano con piscina o Estimado señor M.
Comentarios (0) - Categoría: Xeral - Publicado o 02-07-2018 19:47
# Ligazón permanente a este artigo
Para acabar con EDDY BELLEGHEULE de EDOUARD LOUIS
Lo habitual a su llegada al colegio es que el niño Eddy Bellegueule sufriera las humillantes palizas de un chico pelirrojo y otro un poco jorobado. Le escupían a la cara. En ocasiones le obligaron a comerse el esputo. Sus dos verdugos son chicos reales, viven en Picardía (norte de Francia), pero su víctima nunca les puso nombre. La violencia, dice ahora ese niño adulto, “está fuera de los individuos. Es el sistema el que la produce”.


Para terminar con Eddy Bellegueule fue uno de los libros más exitosos del año en Francia en 2014. Era y es todavía la primera obra de un joven homosexual que ha puesto palabras a su calvario. Eddy huyó de su casa a los 16 años, rompió con su pasado y se cambió el nombre. Ahora es un universitario llamado Édouard Louis y una revelación literaria: este su primer libro ha vendido 250.000 ejemplares. Su impacto ha sido enorme. Tras su publicación recibió entre 2.000 y 3.000 cartas. “En ellas todos me decían lo mismo: que habían sufrido la misma situación”.

Traducido a una decena de idiomas, su libro, que sacude los cimientos de una sociedad que se quiere culta e igualitaria, llega a España.

Esta entrevista tiene lugar en un gran café de París, donde ahora vive. Con solo 22 años y sus maneras delicadas, habla echando el cuerpo hacia delante, con la misma pasión y la misma fuerza de su estilo narrativo.

PREGUNTA. Resulta llamativo comprobar que haya tanta homofobia en la sociedad francesa.

RESPUESTA. No creo que sea diferente en otros países. Mucha gente me dice que esta realidad que yo describo no existe, y no es cierto. Lo que pasa es que es algo de lo que no se habla. Es invisible porque se excluye del discurso político y del discurso literario. Es uno de los mecanismos de la violencia: hacerla invisible. También sucede que hay mucha dificultad en contar el sufrimiento, confesar que uno sufre, que es humillado y excluido. Porque eso también es violento para uno mismo. Eddy Bellegueule se deja pegar en el colegio. Yo mismo protegía a mis agresores. Yo mismo era el más eficaz mecanismo de simulación. Empecé a escribir mi libro en 2010, antes de los movimientos homófobos que hemos conocido, como La Manif Pour Tous [contra el matrimonio homosexual]. Son movimientos que demuestran la existencia de esa realidad que describo. Aunque es verdad que vivir la homosexualidad en París es algo más sencillo.

“Se nos etiqueta nada más llegar a este mundo y nos hemos construido como personas en esa dominación invisible”

P. Sorprende también la falta de cultura que describe en su entorno.

R. Sí. Describo un mundo en el que la literatura está completamente ausente. Desde que nací hasta los 16 años nunca leí. Leer era, de hecho, un síntoma de afeminamiento. Son cosas que fomentan aún más la exclusión. Que te guste la escuela, someterte a su disciplina, también es cosa de maricas. Hay una especie de desajuste entre el sistema escolar y los hijos de clases populares. Se encuentran en el mismo espacio, pero no hablan el mismo idioma.

P. Finalmente, usted se ha convertido en un burgués culto, como dice que se veía a sí mismo en su libro, alejado del monstruo que creyó ser. Se ha liberado.

R. El transfuguismo es un elemento habitual en la literatura y el cine, pero yo soy ahora libre casi por azar. No tenía otra salida más que la huida.

P. Podía quedarse y seguir sufriendo.

R. No. La vida de Eddy Bellegueule era imposible. Yo no podía convertirme en un duro y huyendo no tenía nada que ganar. Ahora estoy contento, pero me interesa explorar esto de la huida, que no es fácil ni en la vida ni en la política. Ahí está el caso de Edward Snowden.

P. ¿Ha podido reconstruir su relación con su familia y sus amigos de antaño?

R. Es imposible. Los reencuentros son violentos. Cada cosa que digo es tomada por una agresión. Soy el único de mi familia que ha estudiado y me echan en cara cómo visto y cómo hablo. Creen que lo hago para humillarles. Es una violencia que nos aleja. Hay una obra de teatro que me gusta mucho de Jean-Luc Lagarce, Juste la Fin du Monde (Solo el fin del mundo), una pieza autobiográfica. Lagarce murió de sida muy joven, era de origen humilde y vino a París. Cuenta que antes de morir volvió a su familia, a la que no veía desde hacía mucho, para anunciarles su muerte. Y no logra hablar con ellos. La obra de teatro es una sucesión de monólogos. Nunca consigue un auténtico diálogo. De modo que se va sin decirles que va a morir. Es lo que me pasa a mí. Cualquier intento de diálogo es violento. Mi libro es en realidad una llamada a la revuelta contra este tipo de vida que lleva gente como mi familia. Es una vida dominada.

P. Produce mucha tristeza saber que usted no tiene un solo recuerdo feliz de su infancia.

R. Es cierto. El rechazo que yo sentía por ser diferente era tan poderoso que condicionaba toda mi visión del mundo. Pero de lo que me interesa hablar es de la violencia, porque cuando llegamos a este mundo se nos etiqueta: eres marica, negro, judío, árabe, mujer, provinciano… Me parece que todos nos hemos constituido en esa dominación a veces invisible que nos conforma como personas.

“Hice teatro y también fui militante político, pero la literatura es para mí el mejor medio para expresarme”

P. ¿Le ha salvado la literatura?

R. Por supuesto. Al irme de casa sentí una gran necesidad de dar la palabra a ese mundo que había vivido. Hice teatro y he sido militante político, pero la literatura es para mí el mejor medio de expresarme. Hablar de la violencia es una forma de combatirla. Mi madre, por ejemplo, es víctima de todo ello. Si se le pregunta por qué dejó de estudiar, responde que no le interesaba, que fue ella la que eligió dejarlo, cuando en realidad fue excluida violentamente porque su perfil no se correspondía con el medio en el que estaba, porque no tenía las herramientas para tener éxito en la escuela.

P. ¿Ha empezado ya su segundo libro?

R. Sí, estoy a punto de acabarlo. Se centra en las condiciones de vida de los inmigrantes argelinos en Francia. Conocí a un chico con el que estuve hablando toda la noche. Me contó su vida y la de su padre, y de golpe descubrí ahí toda la violencia racista que no conocía. El racismo de la gente, pero también del Estado francés, que alojaba a los argelinos después de la guerra en inmuebles inmundos, insalubres, donde había reglas estrictas para volver a casa o acostarse a una hora determinada. Comer todos juntos... Un sistema inimaginable en el siglo XX en Francia. Son vidas que no se conocen. Para mí, utilizar la fuerza de la literatura para dar la palabra a todo eso me parece importante.

P. Ha desarrollado usted una gran sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno.

R. La violencia que he conocido no es responsabilidad de los que la ejercían, sino producida por su propia exclusión. Es el principio de la conservación de la violencia. Por eso construyo mi libro describiendo la vida de los otros. Todo está calculado literariamente para lograr una revuelta no contra la violencia de las clases populares, sino contra lo que produce toda esa violencia. Mire lo que ha pasado con los atentados de París. Cuando se mira la vida de esos hombres que mataron se ve que verdaderamente llevaban una existencia miserable, muy violenta, de una extrema pobreza. Evidentemente, lo ocurrido se puede comprender.

P. Aunque no justificar.

R. Exacto. Lo difícil es operar una reformulación del compromiso político. No se trata de excusarlos, pero la cuestión es buscar las causas, porque estas suelen estar fuera de los individuos. Decir simplemente que esos tipos son monstruos no lleva a ninguna parte. Nada cambia. Si modificas el sistema escolar, si se renuevan las prisiones y todo eso, quizá las cosas sean diferentes. Yo no creo que mi padre sea culpable de llamarme marica cuando era niño. Es un sistema el que lo produjo.
Édouard Louis, nacido con el nombre de Eddy Bellegueule y que más tarde transformó en Édouard Bellegueule, creció en el norte de Francia, en Amiens, en la capital de Picardía, donde precisamente se ambienta su primera novela Adiós a Eddy Bellegueule. Louis creció en el seno de una familia pobre sostenida con ayudas del gobierno: su padre era un trabajador en paro y su madre se ganaba la vida cuidando ancianos.3​ La pobreza, el racismo y el alcoholismo le rodean desde su niñez, así como la violencia, temas que abordará en su obra literaria.4​

Fue el primero de su familia en ir a la universidad, y en 2011 fue admitido en la École Normale Supérieure de París.5​ En 2013 cambió oficialmente su nombre por Édouard Louis.6​ Ese mismo año editó la obra colectiva, Pierre Bourdieu. L'insoumission en héritage, en la que analiza la influencia de Pierre Bourdieu en el pensamiento crítico y la emancipación política.7​ Con esa misma editorial concibió Des Mots (Las palabras), una serie de textos sobre las humanidades y las ciencias sociales, el primero de los cuales sería para una recolección de ensayos de Georges Didi-Huberman y Didier Eribon.8​

En enero de 2014, con 21 años, publicó Para acabar con Eddy Bellegueule, una novela autobiográfica. El libro recibió una gran atención de los medios de comunicación.9​10​11​ La novela también alimentó el debate y controversia sobre la percepción de la clase trabajadora.12​ El libro fue uno de los más vendidos en Francia, con más de 200.000 copias, y se ha traducido a más de 20 lenguas.13​14​ Didier Eribon habló de la «enorme gesta» del libro y Le Monde y Les Inrocks elogiaron Louis como «un gran escritor que recuerda Thomas Bernhard», mientras que Xavier Dolan destacó «la autenticidad inconfundible de los diálogos, como si Édouard Louis hubiera escrito siempre».
Comentarios (0) - Categoría: Xeral - Publicado o 02-07-2018 19:36
# Ligazón permanente a este artigo
El astronauta de Bohemia de Jaroslav Kalfar
En la aventura, nos encontramos con Jakub Procházka, un joven dedicado al estudio de la astrofísica con un pasado ligado al comunismo que aun en su mayor esplendor profesional sigue atormentándole con el recuerdo traumático de su infancia. Por su excelencia en la labor científica, y la total certeza de librarse de toda la culpa y rechazo social debido a la vinculación política de su padre en el pasado, el Gobierno le otorga la misión de recoger muestras de un polvo cósmico que ha aparecido en el Espacio interponiéndose entre la Tierra y Venus.

Más allá del viaje de su vida, con todo el poder para convertirle en un héroe para la historia de la Republica Checa y el mundo en general, esta decisión le pondrá entre la espada y la pared: el abandono de su mujer, enfrentarse a la soledad así como al peso del pasado que le oprime.

Ello nos invita a empatizar con el dolor, el sufrimiento, la soledad, la confusión y el miedo de Jakub. Con una destreza brillante y única, el joven escritor Jaroslav Kalfar nos conduce por los distintos caminos de la mente con una angustiosa, real y habilidosa destreza, en el que el lector, comparte las emociones del protagonista.

El miedo a uno mismo, al pasado y al futuro, en sí mismo, se personifica para convertirse en el mejor acompañante de un viaje que le llevará más allá de la misión astrofísica. El viaje le permite conocer todos los rincones de su memoria, enfrentarse a sus miedos y angustias y enfrentarse a un presente, cada día, que no reconoce.

En un futuro incierto, que cada día puede no llegar, Jakub en El Astronauta de Bohemia se convierte en una mirada reflexiva para los lectores. Una vista hacia la humanidad, una reflexión de la democracia actual y una representación del ser. ¡Agárrense que despegamos hacia la aventura!
El astronauta de Bohemia (Editorial Tusquets) es el título con el que el escritor norteamericano de origen checo, Jaroslav Kalfar, se ha dado a conocer en todo el mundo. Un nuevo autor que, en palabras de su editorial, evoca intensamente los mundos de Murakami y Kundera, en una odisea sorprendente e intergaláctica en torno al amor, la ambición y la naturaleza humana. “Parte de mi motivación a la hora de escribir la novela fue indagar en la complejidad del legado del comunismo y la paradoja que se produce a resultas de la fricción que se da entre la importancia de recordar y el hartazgo que genera en la opinión pública: sí, somos una nación oprimida, sí, conseguimos liberarnos, ¿y ahora qué hacemos con esta libertad?, ¿cómo moldeamos nuestro futuro?”, comenta Kalfar, en relación a su obra. Del espacio exterior a la superficie terrestre, del pasado reciente al futuro inmediato, de los acontecimientos históricos a la intimidad de la vida doméstica, de la aspereza de la realidad política a los delirios de una mente desbocada, El astronauta de Bohemia se plantea en su centro una serie de cuestiones eternas sobre la condición humana: los límites del deber filial y patriótico, la capacidad de redención, la posibilidad de entender y perdonar al otro, el derecho a una segunda oportunidad…

«Quizá lo más desconcertante de la misión era lo deprisa que me había acostumbrado a las rutinas. Mi primera semana en el Espacio había sido un ejercicio de ininterrumpida expectación, como si me encontrara en un cine vacío aguardando a que el zumbido de un proyector iluminara la pantalla y ahuyentara todo pensamiento».

Huérfano desde niño y criado por sus abuelos, a Jakub Procházka lo acompaña el estigma de un padre que fue colaboracionista de la dictadura comunista checa y de una infancia traumática. Convertido de adulto en un reputado astrofísico, se le ofrece la oportunidad de limpiar su apellido erigiéndose en el primer astronauta de la República Checa. Para ello su misión será la de recoger muestras de una misteriosa nube de polvo que se ha interpuesto entre la Tierra y Venus. Su conversión en un héroe nacional está garantizada pero serán muchos los sacrificios: deberá viajar solo, abandonar a su esposa y tener en cuenta que lo más probable es que muera en el intento. Mientras avanza por el espacio exterior en la nave JanHus1, Jakub va recordando… la infamia del régimen totalitario impuesto desde Moscú, la gradual adaptación a una vida normal, las sospechas de que su mujer le ha dado la espalda… Sumido en la incertidumbre y la melancolía, comienza a recibir las visitas de un alien con forma de araña gigante que siente una gran curiosidad por las emociones y forma de ser de los terrícolas. En compañía de esta extraña criatura, que puede ser o no una mera alucinación causada por la soledad y el aislamiento, el protagonista mata las horas sosteniendo conversaciones de cariz filosófico sobre el amor, la vida, la muerte… y la exquisitez del beicon. Cuando el marciano vínculo entre ambos alcanza su punto más álgido, la misión sufre un percance y lo que parecía escrito en las estrellas para Jakub salta por los aires.

«La ligereza de mis huesos, las funciones de las máquinas, los chirridos y los golpes secos de la nave, com si tuviera vecinos en el piso de arriba, todo resultaba excitante y digno de maravilla pero, durante la segunda semana, el deseo de variedad empezó a asentarse y el acto de escupir pasta de dientes en una toalla desechable en vez de en un vulgar lavabo perdió su carácter novedoso ».

Jaroslav Kalfar nació en Praga en 1990 y a los quince años emigró a Estados Unidos. Se licenció por la University of Central Florida, centro en el que recibió la beca Frances R. Lefkowitz y los premios Outstanding Fiction Writer y Founder´s Scholar. Seguidamente obtuvo un máster en Fine Arts por la New York University, donde gozó de una beca Goldwater y quedó finalista de la beca E.L. Doctorow. Su debut literario, El astronauta de Bohemia, ha sido recibido con entusiasmo por el público y la crítica especializada. Actualmente reside en Brooklyn, donde trabaja en su segunda novela.
Comentarios (0) - Categoría: Xeral - Publicado o 02-07-2018 19:30
# Ligazón permanente a este artigo
© by Abertal