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La vida de las mujeres de Alice Munro
Al comenzar la novela, Del Jordan es una chiquilla que vive con sus padres y su hermano Owen en una granja en la que se crían zorros. Su casa está ubicada en la difusa frontera que separa la pequeña población de Jubilee del campo, y que divide virtualmente también a la familia: el padre se dedica a las arduas labores del criadero y la madre, agnóstica, culta y feminista, vende enciclopedias a los granjeros de la zona.

Del relata su vida cotidiana, sus relaciones con los vecinos, amigos y parientes, y muy en especial con los tíos, que son personajes entrañables: el tío Benny, las tías Elspeth y Grace, maliciosamente pícaras, el tío Craig, mimado y convencido de ser un paladín de la memoria. Pasado un tiempo, la madre decide trasladarse al centro del pueblo en busca de horizontes más estimulantes. Fern, su nueva inquilina, participa de la vida familiar y les abre nuevos horizontes, y Del entiende que tendrá que decidir entre la vida socialmente impuesta –hogar, iglesia, matrimonio, hijos– y la vida elegida, que está en otra parte. Ese descubrimiento es también el de la vocación literaria, una suerte de llamada, de deber para
con el mundo.

Esta deliciosa novela, prácticamente la única en sentido estricto que la autora ha publicado hasta la fecha, es «autobiográfica en la forma, que no en los contenidos», como comenta irónicamente la misma Alice Munro. En este texto, traducido por primera vez al castellano, están ya todo el talento, la ironía, el modo tan peculiar de ver la realidad que ha distinguido su obra posterior.En una hermosa entrevista publicada en 'The Paris Review', Alice Munro recuerda que el año que escribió 'La vida de las mujeres' tenía cuatro niños a su cargo, trabajaba dos días a la semana en la librería de su primer marido y escribía hasta la una de la madrugada. También fue el año, 1971, en el que supo que nunca escribiría una novela convencional, porque no dominaba las largas distancias, no acertaba los ritmos que necesita una trama para desplegarse como un mapa, sus geografías siempre cuajaban en una miniatura frágil y breve, un callejón sin salida.

'La vida de las mujeres' es una colección de relatos disfrazada de novela: el disfraz es un punto de vista narrativo, un hilo conductor que cose una serie de retratos –el padre apocado, la madre que buscó liberarse vendiendo enciclopedias, el tío excéntrico– para, a partir de ellos, concebir una voluntad, aplaudir una toma de conciencia: la de la escritora que descubre su vocación.

Dice Alice Munro que 'La vida de las mujeres' solo es autobiográfica "en la forma, no en los contenidos". Extraña afirmación si tenemos en cuenta que la historia de Del Jordan parece describir un camino de iniciación que tiene mucho que ver, casi literalmente, con el despertar de una necesidad de aprehender el mundo, de elaborar un espacio íntimo desde el que revelarse contra un destino –el del matrimonio, el de la rutina doméstica y la aceptación de los roles de género– que estaba escrito por otros.

Es el texto donde Munro revela, con transparente honestidad, sus deudas con el William Maxwell de 'Adiós, hasta mañana' o el Sherwood Anderson de 'Winnesburg, Ohio': con ellos comparte el hecho de saber que lo cotidiano es insondable, que en la vida de cualquiera hay un misterio que se resiste a ser resuelto, que un narrador no es más que la punta del iceberg de una conciencia colectiva, un universo apresado en la omnisciencia subjetiva de la primera persona.

La voz tiene edad, es cronológica, y devora el espacio de nuestros recuerdos. El primer capítulo del libro, 'Flats Road', parte de una idealización infantil, como si Tom Sawyer se hubiera trasladado al Canadá rural para hablarnos del vecindario, del tío que se casó por correspondencia y se perdió cuando fue a la busca de su esposa fugada. El último, 'El fotógrafo', es el bello nacimiento de Munro como escritora, la comunión que pretende celebrar no con sus lectores sino con sus personajes. Funciona como el epílogo a unas sentidas memorias de infancia y juventud, aunque lo cierto es que es un colofón que transforma a esta falsa novela en un metatexto, un toque de posmodernidad en una obra marcadamente clásica.

A Munro –que, en 1971, era una novata en el mundillo literario– no le tiembla el pulso cuando decide firmar la declaración de principios por la que Del Jordan se convierte en autora de lo que hemos leído, creadora última de un pueblo que no parece real, sino verosímil: "Y ninguna lista podía contener lo que yo quería», escribe, «porque lo que yo quería era hasta el último detalle, cada capa de discurso y pensamiento, cada golpe de luz sobre la corteza o las paredes, cada olor, bache, dolor, grieta, engaño, y que se mantuvieran fijos y unidos, radiantes, duraderos". O sea, una visión de lo humano. En fin, una literatura sabia.
Comentarios (0) - Categoría: Xeral - Publicado o 06-06-2014 12:56
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Demasiada felicidad de Alice Munro
Alice Munro, nacida en un pueblo de Ontario, Canadá, hace 82 años, tal y como se ha repetido tanto estas semanas, fue una niña extremadamente rebelde, según sus propias palabras, y una jovencita que soñaba con ser escritora. Pero se casó, abandonó la universidad y se dedicó al cuidado de su familia. Sin embargo, el veneno de la ficción no se diluyó en el tedio infinito de las tareas domésticas, y no dejó de escribir. El primer titular de prensa que mereció, en 1961, fue “Ama de casa encuentra tiempo para escribir relatos”. Y así era, exactamente, aprovechando la hora de la siesta de sus hijas. Su deseo hubiera sido escribir novelas, pero la atención de la casa y de las niñas la obligaba a desarrollar sus historias de manera más breve. De la necesidad hizo virtud, y sin renunciar a todo cuanto quería contar en cada ocasión fue madurando una estructura, un estilo y un uso del tiempo narrativo que suponen todo un logro literario: el de contar en unas decenas de páginas lo que a cualquier otro escritor le hubiera ocupado el espacio mucho más dilatado de una novela.

Leer un libro de Alice Munro –leer el libro que acabo de terminar, Demasiada felicidad, y ahora presiento que cualquier otro- equivale a adentrarse en un complejo entramado de vidas humanas, cada una de las cuales se abre a otras vidas, a otros caracteres perfectamente dibujados, a otras honduras psicológicas que acaban penetrando en la conciencia del lector. La sencillez expresiva que uno cree percibir leyendo las primeras líneas de sus relatos o abriendo cualquiera de sus libros al azar, no sólo es aparente: es totalmente engañosa. Terminado el libro, después de haber pasado con fascinación de un relato al siguiente, el lector está habitado por una pluralidad de seres de ficción, pero también por mínimos instantes imperecederos que, por alguna razón, uno cree recordar como si los hubiera tenido delante de los ojos: esa mujer joven que ha perdido a sus tres hijos siempre será un rostro inexpresivamente asomado a las ventanillas de cualquiera de los tres autobuses que ha de tomar para visitar a su marido encarcelado; hay otra mujer, mayor esta vez, que hace cola en una librería para que una joven escritora le firme la novela en la que esa mujer ha creído reconocer algunas escenas de su propia vida, contadas desde una perspectiva distinta; hay el chasquido que hacen unas nalgas desnudas al separarse «de la lustrosa tapicería de la silla del comedor» en una casa opulenta; hay una viuda reciente charlando en su cocina con un desconocido cada vez más amenazante; hay una niña pintándose la cara con una brocha y un padre que se echa al hombro el cuerpo maltrecho de su hijo, que acaba de caer por un hueco de una montaña, y una niña de trece años sentada en el primer escalón de una larga escalera después de haber cerrado con llave la habitación donde agoniza un enfermo, y dos niñas a quienes todos toman por mellizas aunque acaban de conocerse en un campamento de verano, y un hombre gateando en un bosque, y una matemática de finales del XIX atravesando el crudo invierno centroeuropeo en tren.
Infanticidios, envenenamientos, robos, automutilaciones, suicidios, caídas casi mortales... Cualquiera diría que Alice Munro (Wingham, Canadá, 1931) se ha pasado a la literatura sensacionalista, de sangre e higadillos y sección de sucesos. Las apariencias engañan: la violencia está en los 10 cuentos de 'Demasiada felicidad' para convertirse en el corazón herido de la trama; corazón que Munro decide acariciar y operar sin asegurarnos que la víctima vaya a curarse. Y trata la violencia de un modo naturalista y necesario, como si lo más atroz (véase el magnífico relato 'Dimensiones') fuera inevitable. Lo inevitable es normal, y la normalidad con que introduce esa catarsis, que cambiará la hoja de ruta del relato, sorprende al lector, acostumbrado al emotivo, tranquilo detallismo de la llamada Chéjov canadiense.

Lo más admirable de 'Demasiada felicidad' es el modo en que esa violencia –que puede estar fuera de campo, en forma de un adulterio que se cuece en el mismo espacio doméstico ('Ficción'), o que puede estallar como un grito velado, en forma de violación no reconocida ('El filo de Wenlock')– varía el destino de sus personajes sin caer en la redención epifánica ni en la condena moralista. Parece que los cuentos de Munro no acaben: no es que sus finales sean abiertos sino que sus protagonistas siguen su camino, convirtiéndose lentamente en un punto que se funde con el horizonte. Como si tras haber entrado en detalles, de grabar con la microcámara de las palabras el objeto más banal –y por ello más significativo–, el lenguaje abandonara a su materia prima a la más lánguida o tenebrosa de sus suertes.

Munro explora el eterno femenino sin hacer concesiones de género. En muchos relatos las mujeres salen mal paradas: a menudo no saben calibrar la distancia entre lo que esperan de la vida y lo que van a recibir. O a veces explican, vagamente indiferentes, un hecho terrible que escandalizaría a muchos. Son más inteligentes que los hombres, más apasionadas y más peligrosas. Incluso en el memorable relato 'Cara', narrado desde un punto de vista masculino, la mujer aparece como la oportunidad perdida, la que tomó la sartén por el mango marcándose el rostro a cuchillo para parecerse más a su objeto amado, que nació con un antojo.

En 'Demasiada felicidad', Munro vuelve al género del basado en hechos reales que puso en práctica en 'La vista desde Castle Rock'. Si en 'Tres rosas amarillas' Raymond Carver se conformaba con observar la agonía de Chéjov para componer una sentida elegía, Munro concentra en 60 páginas la atribulada vida de Sofia Kovalevski, novelista y matemática rusa, para ensayar una meditación sobre su personaje favorito, esa mujer que se debate entre la sumisión a las normas viriles y la reivindicación de su lugar en el universo. No es difícil reconocer en los rasgos de Kovalevski el ADN del arquetipo Munro: la heroína que, presa de su sensibilidad, ha aprendido a respetar su visión del mundo. ¡Y qué maravillosa visión del mundo tendremos si nos encaramamos sobre estos bellísimos cuentos.
Comentarios (0) - Categoría: Xeral - Publicado o 06-06-2014 12:47
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Malena es un nombre de tango de Almudena Grandes
Malena tiene doce años cuando recibe, sin razón, y sin derecho alguno, de manos de su abuelo el último tesoro que conserva la familia : una esmeralda antigua, sin tallar, de la que ella nunca podrá hablar porque algún día le salvará la vida. A partir de entonces, esa niña desorientada y perpleja, que reza en silencio para v olverse niño porque presiente que jamás conseguirá parecerse a su hermana melliza, Reina, la mujer perfecta, empieza a sospechar que no es la primera Fernández de Alcántara incapaz de encontrar el lugar adecuado en el mundo. Se propone entonces desenmarañar el laberinto de secretos que late bajo la apacible piel de su familia, una ejemplar familia burguesa madrileña. A la sombra de una vieja maldición, Malena aprende a mirarse, como en un espejo, en la memoria de quienes se creyeron malditos antes que ella y descubre, mientras alcanza la madurez, un reflejo de sus miedos y de su amor en la sucesión de mujeres imperfectas que la han precedido.
Comentarios (0) - Categoría: Xeral - Publicado o 06-06-2014 12:38
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