libros



O meu perfil
 CATEGORÍAS
 RECOMENDADOS
 BUSCADOR
 BUSCAR BLOGS GALEGOS
 ARQUIVO
 ANTERIORES

Demasiada felicidad de Alice Munro
Alice Munro, nacida en un pueblo de Ontario, Canadá, hace 82 años, tal y como se ha repetido tanto estas semanas, fue una niña extremadamente rebelde, según sus propias palabras, y una jovencita que soñaba con ser escritora. Pero se casó, abandonó la universidad y se dedicó al cuidado de su familia. Sin embargo, el veneno de la ficción no se diluyó en el tedio infinito de las tareas domésticas, y no dejó de escribir. El primer titular de prensa que mereció, en 1961, fue “Ama de casa encuentra tiempo para escribir relatos”. Y así era, exactamente, aprovechando la hora de la siesta de sus hijas. Su deseo hubiera sido escribir novelas, pero la atención de la casa y de las niñas la obligaba a desarrollar sus historias de manera más breve. De la necesidad hizo virtud, y sin renunciar a todo cuanto quería contar en cada ocasión fue madurando una estructura, un estilo y un uso del tiempo narrativo que suponen todo un logro literario: el de contar en unas decenas de páginas lo que a cualquier otro escritor le hubiera ocupado el espacio mucho más dilatado de una novela.

Leer un libro de Alice Munro –leer el libro que acabo de terminar, Demasiada felicidad, y ahora presiento que cualquier otro- equivale a adentrarse en un complejo entramado de vidas humanas, cada una de las cuales se abre a otras vidas, a otros caracteres perfectamente dibujados, a otras honduras psicológicas que acaban penetrando en la conciencia del lector. La sencillez expresiva que uno cree percibir leyendo las primeras líneas de sus relatos o abriendo cualquiera de sus libros al azar, no sólo es aparente: es totalmente engañosa. Terminado el libro, después de haber pasado con fascinación de un relato al siguiente, el lector está habitado por una pluralidad de seres de ficción, pero también por mínimos instantes imperecederos que, por alguna razón, uno cree recordar como si los hubiera tenido delante de los ojos: esa mujer joven que ha perdido a sus tres hijos siempre será un rostro inexpresivamente asomado a las ventanillas de cualquiera de los tres autobuses que ha de tomar para visitar a su marido encarcelado; hay otra mujer, mayor esta vez, que hace cola en una librería para que una joven escritora le firme la novela en la que esa mujer ha creído reconocer algunas escenas de su propia vida, contadas desde una perspectiva distinta; hay el chasquido que hacen unas nalgas desnudas al separarse «de la lustrosa tapicería de la silla del comedor» en una casa opulenta; hay una viuda reciente charlando en su cocina con un desconocido cada vez más amenazante; hay una niña pintándose la cara con una brocha y un padre que se echa al hombro el cuerpo maltrecho de su hijo, que acaba de caer por un hueco de una montaña, y una niña de trece años sentada en el primer escalón de una larga escalera después de haber cerrado con llave la habitación donde agoniza un enfermo, y dos niñas a quienes todos toman por mellizas aunque acaban de conocerse en un campamento de verano, y un hombre gateando en un bosque, y una matemática de finales del XIX atravesando el crudo invierno centroeuropeo en tren.
Infanticidios, envenenamientos, robos, automutilaciones, suicidios, caídas casi mortales... Cualquiera diría que Alice Munro (Wingham, Canadá, 1931) se ha pasado a la literatura sensacionalista, de sangre e higadillos y sección de sucesos. Las apariencias engañan: la violencia está en los 10 cuentos de 'Demasiada felicidad' para convertirse en el corazón herido de la trama; corazón que Munro decide acariciar y operar sin asegurarnos que la víctima vaya a curarse. Y trata la violencia de un modo naturalista y necesario, como si lo más atroz (véase el magnífico relato 'Dimensiones') fuera inevitable. Lo inevitable es normal, y la normalidad con que introduce esa catarsis, que cambiará la hoja de ruta del relato, sorprende al lector, acostumbrado al emotivo, tranquilo detallismo de la llamada Chéjov canadiense.

Lo más admirable de 'Demasiada felicidad' es el modo en que esa violencia –que puede estar fuera de campo, en forma de un adulterio que se cuece en el mismo espacio doméstico ('Ficción'), o que puede estallar como un grito velado, en forma de violación no reconocida ('El filo de Wenlock')– varía el destino de sus personajes sin caer en la redención epifánica ni en la condena moralista. Parece que los cuentos de Munro no acaben: no es que sus finales sean abiertos sino que sus protagonistas siguen su camino, convirtiéndose lentamente en un punto que se funde con el horizonte. Como si tras haber entrado en detalles, de grabar con la microcámara de las palabras el objeto más banal –y por ello más significativo–, el lenguaje abandonara a su materia prima a la más lánguida o tenebrosa de sus suertes.

Munro explora el eterno femenino sin hacer concesiones de género. En muchos relatos las mujeres salen mal paradas: a menudo no saben calibrar la distancia entre lo que esperan de la vida y lo que van a recibir. O a veces explican, vagamente indiferentes, un hecho terrible que escandalizaría a muchos. Son más inteligentes que los hombres, más apasionadas y más peligrosas. Incluso en el memorable relato 'Cara', narrado desde un punto de vista masculino, la mujer aparece como la oportunidad perdida, la que tomó la sartén por el mango marcándose el rostro a cuchillo para parecerse más a su objeto amado, que nació con un antojo.

En 'Demasiada felicidad', Munro vuelve al género del basado en hechos reales que puso en práctica en 'La vista desde Castle Rock'. Si en 'Tres rosas amarillas' Raymond Carver se conformaba con observar la agonía de Chéjov para componer una sentida elegía, Munro concentra en 60 páginas la atribulada vida de Sofia Kovalevski, novelista y matemática rusa, para ensayar una meditación sobre su personaje favorito, esa mujer que se debate entre la sumisión a las normas viriles y la reivindicación de su lugar en el universo. No es difícil reconocer en los rasgos de Kovalevski el ADN del arquetipo Munro: la heroína que, presa de su sensibilidad, ha aprendido a respetar su visión del mundo. ¡Y qué maravillosa visión del mundo tendremos si nos encaramamos sobre estos bellísimos cuentos.
Comentarios (0) - Categoría: Xeral - Publicado o 06-06-2014 12:47
# Ligazón permanente a este artigo
Chuza! Meneame
Deixa o teu comentario
Nome:
Mail: (Non aparecerá publicado)
URL: (Debe comezar por http://)
Comentario:
© by Abertal